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EL BESO DE TUS OJOS

PARTE: II

Por: Gaiasole

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Dos años más tarde

—¿Entonces te parece bien el cambio? –pregunto Eleanor en dirección a su hijo que asintió sin despegar la mirada de la revista de autos y motos que estaba leyendo—. No se por qué sigues leyendo esas cosas, ya chocaste con una moto, ¡Te fracturaste la pierna!

—No será la primera vez que me fracturo algo con o sin moto –comento Terry que aún seguía leyendo la revista.

Madre e hijo se encontraban desayunando, era la primera vez en varios meses que el moreno estaba en casa, hasta hace quince días había estado trabajando en Venezuela, antes de eso Estados Unidos, antes Australia, su último destino había sido Brasil, su hijo había visitado tal cantidad de países que a ella le sorprendió verlo en excelente forma.

—¿Volverás a irte de viaje?

—Sí, tengo un trabajo en California estaré ahí por lo menos un mes –respondió Terry mirando con atención un nuevo modelo americano de autos—. Deberíamos mudarnos de Inglaterra e irnos a América, ¿Qué te parece vender esta casa madre?

—Si con eso tengo oportunidad de verte más seguido tomare el primer avión que salga a Estados Unidos, me gustaría mucho ver a Candy aún tengo la dirección de donde esta viviendo.

Terry entonces si que despego la mirada de la revista, sabía que su madre y el embrollo rubio aún se escribían, a el en cambio su amiga de la infancia le había mandado apenas tres líneas en casi dos años, ¿Cómo se encontraría la pequeña Ardley? ¿Seguiría viviendo en Boston con su tía abuela? ¿Qué era lo último que le había escrito a su madre en su carta?

—¿Entonces cuando vas a Estados Unidos Terrence?

—Sabes lo poco que me gusta que me llames Terrence –comentó al castaño preguntándose porque de pronto su madre le miraba con reproche—. ¿Hay algo que me quieras decir?

—En absoluto querido, ¿Más café?

Después de dos cuartos de hora el castaño salió a dar un paseo como acostumbraba, siempre le había gustado el habito de caminar, aún recordaba las veces que Candy lo había acompañado en muchos de sus paseos y como ella siempre conseguía meterlos en un problema. Pensar en ella era un idea fija que no se había acostumbrado a excluir de su mente. Iba a regresar a su casa cuando escuchó unas risas procedentes del lago, no se consideraba chismoso pero una sonrisa femenina siempre atraía su atención.

—¡Cuando la tía nos vea se pondrá furiosa!

—¡Bah! Un poco de agua no ofenderá a la gran señora.

Terry se detuvo a observar con la mirada entrecerrada a las dos figuras que bromeaban entre sí, ambos rubios, un chico y una chica, la chica llevaba unas finas sandalias, un vestido azul y un sombrero, el chico llevaba pantalones informales, zapatos, una camisa blanca y un chaleco, al escucharlos se dio cuenta que eran Americanos, ambos demasiado parecidos entre sí.

—¡Oh! –la chica perdió el equilibrio y cerro los ojos al pensar que pronto tocaría el suelo, en su lugar cayo en brazos del duque.

—Con esas sandalias es natural que resbale –comentó Terry mientras la enderezaba, el castaño no se dio cuenta que dejo de respirar cuando una fija mirada verde se topo con él.

—Le agradezco su ayuda –dijo el muchacho rubio ayudando a incorporar a su compañera—. Mucho gusto –dijo extendiendo una mano—. Soy Anthony Brower, esta es mi prima la señorita...

—¡Blanca! –grito la rubia aferrándose al brazo de su primo—. Mi nombre es Blanca, ¡Mucho gusto señor!

Anthony la miro curioso, después de las presentaciones los americanos se retiraron mientras Terry miraba con incredulidad la figura de Blanca, ¡Al demonio con ese nombre! Esa era Candy, no la que él conocía en el pasado, había cambiado, cierto, ahora era más alta, temía nuevas curvas, una piernas tan maravillosas como el movimiento de sus caderas, su rostro era diferente en algunos rasgos igual que la cabellera que ahora llevaba suelta pero su mirada verde era la misma que siempre le dirigía desde niña.

—¿Blanca? Vaya descaro el no querer reconocerme –pensaba el inglés al regresar a su casa, le sorprendió ver a su madre conversando con un hombre que no había visto antes, empezó a recordar rostros hasta que dio con el hombre, George, era el hombre de confianza de Albert Ardley.

—¡Terry! –Eleanor sonrió aunque su hijo tenía una cara de pocos amigos que pareció intimidar un poco al otro hombre—. George ha tenido la amabilidad de traer una invitación de Albert, parece que esta noche cenaremos en su casa y luego habrá un pequeño baile, ¿No te parece emocionante?

—Ya siento que me palpita el corazón de tanta alegría –musito de manera caustica—. ¿Y a que se debe el honor de la cena?

—El señor Ardley esta recibiendo la visita de su familia americana, su tía abuela, sus sobrinos y su primo. Será un gusto recibirlo esta noche duque.

—Yo tendré mayor gusto en presentarme –dijo él mirando a George que nunca se le había dado bien ocultar lo mucho que le gustaba su madre.

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—Candy estás muy guapa esta noche –comentó Anthony.

—Gracias.

La rubia sonrió al espejo sin darse cuenta la fijeza con que la miraba su primo, Anthony siempre agradecería a la tía Elroy el día que llevo a América a su desconocida prima lejana, nada más al verla la primera vez se había quedado irremediablemente atontado, la conoció en un día de campo organizado por la matriarca Ardley, sus días de campo eran de lo más aburridos, todo estaba tan perfectamente planeado y todos conocían de memoria el comportamiento que debían seguir que una sola cosa fuera de lugar habría hecho enfurecer a la tía abuela.

Pero Candy no solo no había seguido la etiqueta, ¡Había roto del todo con ella!

—¿Ya conociste a la pequeña fiera? –preguntó Archie a su amigo y compañero de estudios Anthony Brower.

Él rubio estuvo a punto de preguntar a que se refería cuando se produjo el escándalo, un coatí blanco empezó a correr por encima de las mesas con comida mientras una rubia le perseguía de cerca gritándole por un nombre que el no entendía, la rubia sorprendió a todos cuando siguió al animal hasta un árbol por el cual el pequeño escalo, eso no fue tan sorprendente como verla a ella escalar detrás de él, ¡Ambos habían llegado hasta la corona del frondoso árbol!

—¡Candice! –gritaba la matriarca Ardley debajo del árbol—. ¡Baja de ahí muchacha tonta!

—¡No! –grito la rubia—. ¡Le has asustado tía, mira que cara a puesto Clint!

Anthony soltó una carcajada que hizo que por un instante varios de los invitados de vieran, ¡Ciertamente la tía Elroy daba miedo en esa ocasión!

—Gracias por ayudarme está tarde, no esperaba encontrarme de cara con Terry, es una suerte que no me haya reconocido –Candy terminó de comprobar que el vestido violeta le sentaba como guante.

—Nunca me habías hablado de él.

—No, no lo hice.

Candy se alejó de él que por un momento sintió que un mal presentimiento lo envolvía. Durante casi una hora llegaron varios invitados, entre ellos el padre de Anthony que miraba con atención como su hijo no se despegaba de Candy, ¿No se daba cuenta de lo obvio que era? Albert permanecía cerca de la tía Elroy que se había dedicado a arreglar todo para que esa noche la cena fuera perfecta, como siempre las fiestas de la tía seguían un perfecto estándar, al menos hasta que dos invitados llegaron.

—¡Ah que gusto verlos Eleanor, Terry! –saludó Albert mientras los acercaba hacía donde se encontraba su tía que miro con reprobación al duque que iba con un aspecto más cómodo que elegante.

—Este es Terry duque de Grandchester mi vecino y amigo –dijo Albert viendo que la tía no creía nada del titulo nobiliario—. Y esta es su madre, Eleanor.

La tía estiro su mano pensando que Terry la besaría como hacían todos, en su lugar la apretó fuertemente, la agito y la soltó.

—Señora… –musito el castaño que inicio una conversación con Albert.

Todos miraron con curiosidad al recién llegado, las chicas que estaban ahí ya todas conocían al esquivo duque pero al verlo de cerca los comentarios no le hacían justicia.

—La cena esta servida –anuncio uno de los sirvientes.

Candy miro con terror como al duque lo sentaban a lado de ella, ni si quiera se dio cuenta como Anthony había quedado sentado frente a ella y la miraba con recelo, ella se había ruborizado nada más al ver a Terry que le había sonreído con malicia antes de sentarse.

—Señorita Blanca nos volvemos a ver –dijo el inglés—. Dulce Blanca, ¿No quiere saber como adiviné su primer nombre?

La rubia se sintió empequeñecer al ver la sonrisa burlona.

—Nadie me toma por idiota querida Candy, ¿Entonces por que tu siempre lo intentas?

Si, ¿Por qué lo hacía?

—Seré tonta –pensó mientras sus mirada verde miraba a Terry a detalle.

—¿Qué harás cuando esta charada de fiesta termine?

Candy lo miro con curiosidad, ¿Qué creía el que iba a hacer?

—¿Recuerdas el lugar donde te vi la primera vez? Te veré ahí al filo de la medianoche pecosa, es justo que nos pongamos al corriente de nuestras vidas.

—No iré.

—Entonces vendré yo por ti. Y no intentes decirme que no puedes salir de la casa, este museo de Albert esta rodeado de arboles y no será la primera vez que te fugas para verme.

Candy se sonrojó, entonces Anthony llamó su atención y también la de Terry que se preguntaba por que el primo parecía furioso con él, ¿Qué se pensaba ese rubio? A Terry le pareció que la fiesta duraba eternas horas, en algún momento se escabullo de la fiesta y regresó a su casa, no necesitaba de una lámpara para seguir el camino, lo sabía de memoria, también sabía que en menos de veinte minutos una rubia se deslizaría por la ventana y se encontraría con él en la buhardilla de su casa.

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—No debería ir –pensó Candy mientras veía como algunos invitados bailaban al ritmo de un vals.

—¿Quieres…? –Anthony interrumpió la pregunta dirigida a su prima cuando una chica se adelanto y él se vio obligado a bailar con ella. Candy aprovecho el momento para salir de la casa, a diferencia de lo que Terry creía ella ya no escalaba arboles, con paso y firme y resuelta a ser cortante se dirigió a la casa vecina, llamó a la puerta de esa casa por primera vez en su vida, nunca antes había necesitado tocar.

El castaño abrió la puerta y la miro con curiosidad, había esperado que Candy entrara por la ventana usando sus dotes de mono, craso error, frente a él estaba una bellísima joven que lo hacía sentir nervioso, ¡Pero si era Candy!

—¿Me vas a dejar fuera?

—Perdona –se disculpo el duque haciéndola pasar, no se pudo resistir a tomarla del brazo y llevarla a sentar a un sillón que estaba frente a la chimenea donde ardía el fuego, de repente sintió que la habitación estaba demasiado calurosa como si el fuego hubiera provocado que la temperatura se elevara—. ¿Ya no escalas árboles?

—La tía abuela amenazó con mandar a cortar todos los de la propiedad si yo insistía en ello –Candy se encogió de hombros—. No quería llevar el peso de tantas muertes en mi conciencia, así que deje de hacerlo.

Terry rio hasta que vio la mirada cortante de la rubia.

—Siempre te estas burlando de mi –comento ella con aspereza—. ¿Tan divertida soy?

—Lo eres, pero tu humor no es la única razón por la que brillas –Terry ignoro el sonrojo del rostro de su acompañante y continuó—. ¿Por qué te quedaste tanto tiempo en Estados Unidos? Albert regresó hace un año, tuve la esperanza de que tú también regresaras.

—América es de lo más entretenida.

—Lo sé, he trabajado ahí, la ultima vez intente buscarte pero me dijeron que te había ido a de vacaciones con tus primos.

—Eso fue hace seis meses –pensó Candy viendo la habitación y su alrededor, había cambiado poco—. ¿Dónde esta Susana?

—En Londres –ella no parecía darse cuenta de su pregunta hecha en voz alta—. Es ahora la prima ballerina.

—Tú esposa ha llegado muy lejos –comentó Candy.

—No me casé con ella –Terry vio que ella se ponía pálida—. Finalmente Susana fue más ambiciosa en su carrera y además me di cuenta que era muy controladora cuando inicio los preparativos de la boda, quería ordenarme cada tres segundos y se lo permití un tiempo hasta que exploté.

—No te conocía bien.

—Ni yo me conocía en ese momento –dijo Terry pensando en esa época, había estado enojado, luego triste, de nuevo enojado y cuando finalmente se dio cuenta que la razón era su rubia vecina empezó a aceptar todos los trabajos fuera del país—. ¿Qué hiciste en América que te mantuvo tan ocupada?

Ella le narró todo lo que había hecho a detalle y le sorprendió cuando le informo que a escondidas de la tía abuela había completado enfermería, hablaba de varias cosas triviales pero a Terry no le importaba, estaba fascinado con su nuevo acento americano.

—Estás preciosa –dijo interrumpiendo la charla—. Debiste conquistar muchos americanos, por lo menos a tu primo Anthony lo tienes comiendo de tu mano.

—¡No es así!

Terry la levanto entonces de la cintura y la coloco frente a él.

—Él te mira como si fueras suya, ¿Vas a decir que no te das cuenta?

Candy no entendía lo que él decía, estaban tan cerca que así parados ambos parecían una pareja apunto de besarse.

—Mejor… mejor regresó a casa antes de que me empiecen a buscar.

Terry asintió y la soltó de los hombros, ella en lugar de alegrarse por estar libre sintió que empezaba a tener un gran disgusto, sus expresivos ojos no se percataban de cómo el castaño sonreía satisfecho.

—Te acompañare –dijo él tomando su mano para dirigirse de regreso a la mansión Ardley. Cuando las luces de la mansión estuvieron suficientemente cerca ella se soltó.

—Ya puedo entrar yo sola. Buenas noches Terry –dijo dándole la espalda, caminando apenas unos pocos pasos.

—Buenas noches Blanca.

—¡No me llames así! –dijo girándose de nuevo—. Me disculpo por mentirte pero es que no esperaba verte.

—No es problema… Blanca.

Candy le miro enojada y regresó para propinarle una patada, pero antes de poder hacer algo fue él quien se acerco y le dio un beso en la mejilla.

—Duerme bien Candy, yo se que esta noche yo lo haré –el castaño se alejo dejándola en completo silencio.

Terry llegó a su casa pensando que a pesar de los cambios ella aún lo miraba de la misma forma. El beso de sus ojos aún permanecía ahí.

—Aún es mía —pronunció al sacar la cartera en su bolsillo, la misma donde se veía la foto de Candy—. Y pronto lo va a saber con certeza. Y al demonio con Brower.

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Anthony miraba enojado la sala donde la gente ya empezaba a retirarse, la tía abuela parecía aprobar el éxito de la noche, Albert parecía sentirse agradecido de que sus deberes como anfitrión, su propio padre tenía rato de haberse retirado, pensaba en ello cuando por fin dio con la figura que había estado buscando, con un gesto amargado se acerco hasta ella.

—¿Dónde estabas?

—Salí a pasear –respondió Candy pensando en la sonrisa burlona de Terry al despedirse—. Ya sabes que siempre me escapo de estas fiestas.

—Lo sé –el rubio pensaba que él siempre la seguía durante esas escapadas.

—¿Siguen aquí? –pregunto Albert mirándolos con curiosidad.

—Me voy a dormir –dijo Candy apresuradamente.

La rubia se tranquilizo una vez que se pudo sentar frente a su tocador, se miro al espejo y noto que se encontraba igual que hace dos años antes, demasiado ansiosa por estar cerca del duque, ¿Todavía lo quería? Ignorando la respuesta afirmativa que flotaba en su mente se levanto y comenzó a cambiarse, tal vez por la mañana olvidaría el aroma del castaño cuando había estado tan cerca que a ella casi le reventaba el corazón.

Acostumbrada a madrugar despertó a las siete de la mañana, lo primero que vio fue un sobre con su nombre, reconoció la caligrafía de Terry y ni si quiera dio cuenta de cómo sonrió al ver el mensaje dentro del mismo, ¡Tendría que darse prisa! Cerca de las ocho salió al encuentro del castaño, no alcanzó a ver la rosa blanca que había quedado abandonada frente a su habitación.

Continuará…

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¡Hola chicas! Bueno primero que nada quiero agradecer muchisimo sus comentarios, no me esperaba de golpe y porrazo diez comentarios, ¡Mil gracias Candicita 1998, lupita1797, Avepurpura, Iris, Maggy de Andrew, Arual, Iris, Mia Londono, cyt y lola1024! Debo confesor que primero pensé en esta historia como un one shot, pero conforme más escribía pues... se me fue de las manos jaja, pero con toda probabilidad el próximo será el capitulo final. Dependiendo de sus reacciones y sobre todo de los tiempos veré si hago un epilogo o no, en fin. Hasta el próximo capitulo :D

Parte III: 9 Marzo