Esos extraños

"Todos llevan el nombre de extraños, hasta que decides que no lo sean más."

—No lo puedo creer.

—¿Qué salió? —preguntó Ginny que la esperaba fuera del cubículo. Hermione se tapó la cara con ambas manos, pasó una mano por su cabello, se levantó de la tasa y salió al baño de mujeres del colegio con demasiada lentitud; le extendió la prueba de embarazo a su amiga para que la viera, Ginny se tapó la boca cuando vio el resultado, totalmente sorprendida—. No puede ser. ¿Qué harás?

—Decírselo a Draco, obviamente —contestó Hermione mientras se miraba en el espejo del baño.

No podía dejar de pensar cuán "buena suerte" había tenido, sólo había intimado con Draco una vez, y esa sola vez sirvió para quedar embarazada. Hacía ya dos días que amanecía con nauseas y su periodo había presentado una semana de atraso, por lo que confió en Ginny y le platicó de todos sus malestares. Así que esa misma mañana, antes de entrar a clases, su amiga le llevó la prueba que se ofreció a comprar para de una vez sacarse de dudas.

Amaba a Draco, sin dudar. Pero éste acontecimiento la tenía muerta de miedo. Confiaba en que su chico iba a tomarlo con menos temor que el que ella sentía.

En la tarde, cuando las clases terminaron, Hermione buscó a Draco para darle la noticia, lo halló sentado en la cafetería del colegio leyendo sus apuntes de historia, se sentó a su lado y lo miró impaciente.

—¡Hola, Hermione! —la saludó, dándole un tierno beso en los labios—. No te vi en toda la mañana. ¿Dónde estabas? —indagó, abrazando a su novia.

—Bueno, tenía que hacer algo importante —le dijo.

—¿Se puede saber qué era?

—Tengo que darte una noticia —comenzó Hermione, mirándolo a los ojos, hizo a un lado el inminente temblor que comenzaba a sentir para poder continuar hablando—, estoy embarazada —lo dijo tan rápido que Draco lo asimiló lentamente.

Se quedó en silencio unos segundos. Por su mente pasaron miles de cosas: la emoción, el miedo, pero sobre todo: su padre. Sabía que reaccionaría mal, y eso opacaba cualquier sentimiento de felicidad.

Volvió a mirar a Hermione y por un momento, esos ojos le dieron todo el valor que necesitaba. Amaba a aquella mujer, y en ese instante sintió que podía con aquello, a pesar de lo que le esperaba en casa.

—¡Es maravilloso, Hermione! —expresó al fin mientras la abrazaba con más fuerza. Sentía que un hijo lograría unirlos más, porque la amaba, la amaba con locura. No tenía miedo a la responsabilidad de criar a un bebé tan joven, solo temía por el momento en que tuviera que contárselo a su padre.

Todo sonaba tan sencillo teniendo a Hermione a su lado, en el momento en que vio la angustia en su mirada, quiso brindarle esa seguridad y se mostró valiente. Pero ahora que conducía sólo hasta su casa, el temor lo embriagaba. Conocía a su padre, Lucius Malfoy jamás le perdonaría.

Llegó a su mansión, la cual se ubicaba en uno de los sitios más sofisticados de Londres. La familia Malfoy había cosechado fama y riqueza gracias a los negocios de Lucius; invertía en las mejores empresas sus servicios de cobranza, sus clientes lo amaban porque tenía la capacidad de recuperar dinero de las carteras vencidas. Lo que nadie sabía eran los medios con los que conseguía hacer que la gente pagara sus deudas: las amenazas, secuestros e incluso asesinatos que él mismo mandaba. Recalquen que ninguna gota de sangre manchaba sus pulcras manos, para eso tenía gente que se encargaba de todo eso. Simplemente, Lucius era un magnate intocable.

Draco no conocía todo lo anterior, pero eso no dejaba de lado su mala relación con su padre, no había sido capaz de platicarle que tenía novia, una novia que era becada por la preparatoria. Al rubio nunca le importó, Hermione fue un respiro en su vida gris. Enamorarse le tomó menos de lo pensado.

Entró a la mansión buscándolo, el mayordomo le dijo que su padre estaría en su despacho. Caminó por los largos pasillos de la mansión hasta posarse frente a la puerta. El rubio tomó un gran bocanada de aire antes de irrumpir.

—Pasa hijo ¿Necesitas algo? Estoy con un pendiente bastante difícil —preguntaba sin mirarlo a la cara, no apartaba su vista de la infinidad de documentos que se esparcían por el fino escritorio.

—Padre, no planeo quitarte mucho tiempo —Lucius detectó cierto nerviosismo en la voz de su hijo, levantó su vista para enfrentarlo a los ojos—, vengo a decirte algo muy importante.

—¿Necesitas dinero? —fue lo primero que preguntó.

—Pues sí, en parte, pero —Draco se sentó frente a él—, necesito que me ayudes. Embaracé a mi novia y necesito más que sólo dinero —lo había dicho, así sin más. Si no lo soltaba de golpe, sentía que mejor saldría huyendo de ahí.

Lucius ni se escandalizó. Miraba sin importancia a su hijo, el cual no sabia que tanto pasaba por la mente del Malfoy mayor.

—¿Tienes novia? ¿Quién es? —preguntó al fin. Sabía que Lucius comenzaba con su interrogatorio, no sabía si eso era una buena señal, pero optó por contarle toda la verdad.

—Su nombre es Hermione Granger, es una becaria del colegio, muy linda e inteligente. Tenemos meses saliendo, y vamos en serio —dijo firmemente Draco.

—¿Becaria? —Lucius se levantó de su asiento, hablaba de una forma tan tranquila que esto ponía más nervioso a Draco. Lo normal hubiera sido que saltara a los gritos. Pero por el contrario, se mostraba indiferente.

—Así es padre, pero que eso no te confunda, como te comentaba ella es la más inteligente...

—No me importa en lo más mínimo —lo interrumpió, sinceramente no parecía querer escuchar razones—, Hermione o como se llame no puede estar embarazada, no de un Malfoy. Hijo, no puedes ir embarazando a una cualquiera ¿Sabes que puede aprovechar su situación para sacarte una fortuna?

—Ella no es una cualquiera. No le importa mi dinero —Draco se levantó de su asiento comenzando a perder la paciencia, ahora sabía que haber acudido a su padre había sido un error—. Ella es mucho más que nosotros dos juntos.

—No, Draco ¡No te permito que nos compares! —espetó su padre con agravio mientras se acercaba para enfrentar a su hijo, al parecer ser comparado con una becaria lo había ofendido gravemente—. Un Malfoy no se rebajará a ayudar a una cualquiera que sólo busca dinero acostándose contigo; además ¿cómo sabes que ese hijo es tuyo? —preguntó el hombre, haciendo que Draco sintiera una mezcla de enojo y asco por su padre.

—Tal vez las mujeres que tú conoces sean así, pero Hermione no ¡No tienes ni la más mínima idea de cómo es ella! —Un golpe sordo resonó en el despacho: Draco cayó en el escritorio al recibir un golpe por parte de su padre provocando que los papeles cayeran al suelo.

—¿Esto es lo que quieres? Entonces, vete con ella y no cuentes conmigo para nada, me aseguraré que ella y su pequeño bastardo no tengan una vida feliz por llevarse a mi hijo —afirmó—. Un gran y distinguido Malfoy engatusado por una sinvergüenza —decía, acercándose a su hijo que apenas se estaba levantando del escritorio.

—A ellos no les harás daño —rumió Draco.

—Entonces no la vuelvas a ver —le exigió Lucius sin dudarlo—. Es por tu bien y por tu futuro, hijo. Ellos no valen la pena, si es tan inteligente como tú dices, ella sabrá qué hacer sola —fue lo último que dijo Lucius antes de salir del despacho.

Draco se volvió a sentar en la silla en la que había estado antes, se tocó la mejilla y esta le dolió.

No podía tomar a la ligera las amenazas de su padre. Se maldijo a sí mismo por creer que lo apoyaría, si hubiera sido una mujer con una fortuna similar a la de ellos, su padre se hubiera alegrado y seguramente ya estaría anotando en su testamento a su no nacido hijo. Sabía que mantenerse a lado de Hermione significaría hacerle más daño que bien.

Por lo que no podía objetar nada a su favor.

•••

En los siguientes días había cumplido con el cuidado de su madre. Por las tardes se pasaba al hospital para hacer guardia a la vez que hacía sus deberes y estudiaba. La señora Pevensie lo miraba siempre tan dedicado, pero sabía que todo aquello comenzaba a estresarlo debido a que sus últimas notas habían sido más bajas. Y en cierto punto, era porque su hijo se encontraba preocupado por ella, por la opinión de Peter y por su examen de admisión.

Pero ni siquiera ella misma lograba convencer a Edmund de que dejara de ir a cuidarle y que mejor se fuera a la biblioteca a terminar sus deberes.

—Déjalo mamá, yo puedo con esto. Descansa.

Era la respuesta de Edmund siempre.

La tarde del viernes, Edmund había hecho un trato con su profesor de física. Le dijo que le aumentaría dos puntos a su calificación final si le entregaba una tesis a más tardar el lunes. Sabía que podía lograrlo sin problemas, pero existía un inconveniente: cuidar a su mamá no le permitiría terminar a tiempo. Por lo que aquella tarde, se dio la libertad de faltar a la guardia de su madre.

Fue hasta las nueve de la noche que quiso dejar de avanzar en su trabajo y se dirigió directo al hospital. Se sentía satisfecho, le había dado un gran avance a su tesis y sentía que ya tenía esos dos puntos más.

Al llegar a su destino, se llevó la sorpresa de encontrarse a todos sus hermanos fuera de la habitación de su madre. Las expresiones de cada uno no le indicaba nada bueno. Nada más verlo llegar, Peter se despegó de la pared de donde estaba recargado, y se acercó directo a él con un semblante serio y enojado.

—¿¡Dónde carajo estabas!? ¡No, no me respondas! Se exactamente tu monótona respuesta.

Edmund estaba acostumbrado a los sermones de Peter, pero este no era un sermón. Su hermano se mostraba afligido y, en cierto punto, triste.

—¿Qué sucede? —preguntó mirando a Susan. Prefería hablar con su hermana que con él.

—Mamá —la voz se le quebró, Lucy se abrazó a ella ocultando el rostro en su pecho mientras se soltaba a llorar. Susan cerró fuertemente los ojos tratando de que las lágrimas no cayeran, pero fue en vano. Al final dejó ceder su llanto, y Edmund no necesitó más explicaciones.

La señora Pevensie había fallecido aquella tarde, simplemente sus fuerzas fueron consumidas por el cáncer, que le robó su último aliento. Edmund se encaminó a la entrada de la habitación, vio que ya estaban alistando el cuerpo para retirarlo de ahí. No se creyó con fuerza suficiente para acercarse a darle el adiós, él no estuvo presente en el debido momento, murió sola; mientras él se encontraba estudiando. Se sentía fatal, más concretamente, se sentía escoria.

•••

Al día siguiente, Draco se dirigía a casa de Hermione, justo como Lucius le había ordenado. No sabía cómo decirle que ya no podría apoyarla, que se alejaría de ella; que si no lo hacía su vida correría un inminente peligro.

Quiso no llegar, dar media vuelta y obligar a su padre a entrar en razón. Pero en ningún escenario, Hermione salía ilesa. Dándose por vencido llegó a su destino, apagó el auto y miró a la pequeña casa que se alzaba ante él. Debía darse prisa para que sus palabras pudieran salir y no arrepentirse y cometer un grave error.

Entró al pequeño jardín de los Granger y tocó la puerta. Hermione abrió inmediatamente sonriendo solo con verlo, salió de la casa, cerrando la puerta tras de ella.

—¡Qué bueno que hayas venido! —manifestó y abrazó a Draco, él correspondió a ese abrazo pensando que podría ser el último que le diera, que así sería. Hermione, al mirar el rostro de Draco, vio que sus ojos estaban vidriosos, sus hermosas orbes grises se inundaban en lágrimas; Hermione se exaltó—. ¿Qué sucede? —preguntó, cambiando todo tono de alegría. Draco no sabía cómo articular esas palabras, pero tenía que hacerlo.

—Siento tanto esto —dijo con mucha dificultad, pues la voz se le iba. Se separó de ella mirando hacia el suelo, no podía mirarla a los ojos—, ayer hablé con mi padre y él… él se enfureció con lo sucedido. No acepta que tenga un hijo contigo y me ha ordenado… yo no quiero, Hermione, jamás haría esto si no tuviera que, mi padre es… es una horrible persona, créeme, yo no quiero… —seguía aferrando su visa al suelo mientras intentaba justificar algo que ni él mismo era capaz de aceptar o comprender. Hermione jamás pensó verlo así, Draco siempre había sido fuerte, pero ahora solo se veía débil y temeroso.

—Draco, ve al grano y te pido que me mires a los ojos —le pidió con seriedad, ciertamente se temía lo peor. El rubio exhaló un suspiro, ante aquello no podía oponerse. Lentamente buscó la mirada de Hermione, la chica se veía firme; no cómo él que sentía que la tierra se lo comería ahí mismo.

—No debo seguir contigo, no puedo verte más, tengo… —sentía que moriría en ese momento si tan solo continuaba hablando—, tengo que dejarte para siempre —culminó.

Lo que un momento fue firmeza se transformó en dolor, Hermione se cubría la boca con ambas manos y de sus ojos lágrimas se derramaban, y todo provocado por él y se odiaba, se detestaba porque jamás hubiera querido hacerla sufrir así.

Aquello parecía una ilusión, una pesadilla, Draco no podía hacerle eso ¿La abandonaría estando embarazada? «Lo siento», oyó que le decía, pero ella no lo veía, miraba al suelo desolada. Bastaron unos segundos para volver a mirar donde se encontraba Draco, pero en ese lugar no había nadie, efectivamente, la había dejado.

Se comenzó a sentir muy mal, sabía todo lo que se le venía encima, todo lo que ahora debía enfrentar sola. Sintió como el corazón se le aceleraba, su cabeza dar vueltas y un dolor que no provenía de su corazón sino de su vientre la hizo doblarse en dos. Llevó una mano hasta su sexo y descubrió con horror un fluido rojo cubriéndola, los ojos se le cerraron y el sol desapareció.

Draco avanzaba en su coche, intentaba no dejar salir sus lágrimas frente al hombre que lo acompañaba.

—Así es como debe de ser, hijo. Ciertamente, en un futuro me lo agradecerás —decía Lucius, pero la voz de Draco lo calló.

—Ya hice mi parte, tú haz la tuya: no hagas daño a Hermione —masculló Draco con un gran enojo en su alma. Así era como se alejaba de esa casa, de esa persona que cambió su mundo, del hijo que por un instante fue suyo.

•••

Edmund despertó en la sala de espera, nadie lo había llamado. Lo bueno era que no había nadie en esa sala que lo viera dormido. Se incorporó en la silla, su cabeza le dolía un poco; recordó la pelea que tuvo con Peter, lo enojado que su hermano estaba y lo destrozadas que se encontraban sus hermanas. Su madre había muerto y la idea apenas se comenzaba a clavar en su mente.

Se levantó para buscar al doctor que les daría el papeleo para sacar el cuerpo y llevarlo a una funeraria, Susan se encargaría de eso, pero él aprovecharía a adelantar algunas cosas, era lo menos que podía hacer. Caminó a la recepción de urgencias con paso lento y le habló a la mujer que estaba allí.

—Disculpe… —La enfermera lo miró un instante, pero luego se levantó rápidamente al ver cómo unas personas entraban a la sala de urgencias pidiendo ayuda.

—¡Ayúdennos! —grito una chica de cabello pelirrojo, Edmund se hizo a un lado del camino para que las personas pasaran; un hombre, igualmente pelirrojo, cargaba a una inconsciente chica de cabellos castaños. La enfermera hizo señas a un compañero para le que trajera inmediatamente una camilla.

—La encontramos desmaya y con mucha sangre en sus piernas —explicaba la chica—. Tiene pocas semanas de embarazo.

—No se preocupen le haremos un estudio, no todo está perdido —aseguró la enfermera—. ¿Son familiares de ella?

—Mientras sus padres están de viaje, somos responsables de ella —afirmó una señora de baja estatura de cabellera igualmente pelirroja.

—Bueno, todos aguarden en la sala de espera. ¿¡Dónde está la camilla que pedí!? —La enfermera buscaba por todos lados a su compañero, pero éste no aparecía.

Edmund se percató de la urgencia por atender a la paciente así que él mismo entró al cuarto donde se encontraban las camillas y sillas de ruedas. Tomó una camilla y la acercó dónde se encontraba la enfermera

—Gracias muchacho —le dijo.

Edmund ayudó a subir a la paciente junto con el pelirrojo que la sostenía. En ese breve instante, pudo mirar a la chica detenidamente, su mirada se perdió en aquel rostro; no importando lo débil que se veía, su rostro no perdía belleza y en ese momento se sintió extraño por ponerse a pensar en esas cosas, se regañó a sí mismo por apreciarla de ese modo mientras ella se encontraba convaleciente.

Aun y con todo ese remolino de ideas en su mente no podía dejar de mirarla.

En ese instante, ella abrió los ojos y vio a Edmund a su lado, esos ojos la tranquilizaron, ese extraño que la miraba de una forma distinta, la hizo sentir que no estaba sola. Tenía una mirada cálida, vio que ese hombre mostraba preocupación por ella, tal vez era el doctor que la atendería y sintió que su vida y la de su bebé dependían de ese joven.

—No nos dejes morir… —le suplicó en un tono que apenas Edmund pudo distinguir, y fue el único que lo escuchó. Sonrió y dijo:

—No te pasará nada —Hermione cerró los ojos tranquilizada por las palabras de aquel jover. La enfermera comenzó a mover la camilla para llevarla a revisión y salvar la vida de aquel pequeño que estaba en su vientre.

Edmund se quedó paralizado. ¿Qué había hecho? ¿Qué había sucedido? En tan sólo esos segundos que estuvo con esa chica, su corazón latía más fuerte y su cuerpo temblaba, su madre había muerto hacía apenas unas horas y esa joven se veía muy mal. No soportaría volver a repetir otra experiencia de muerte tan pronto, no sabía por qué, pero de pronto, la preocupación por esa extraña se volvió tan suya. No quería que se muriera y rogó con todas sus fuerzas que se salvara.

En ese momento, Susan entraba por las puertas de urgencias, su rostro se veía tan mal como el día anterior, se acercó a su hermana y la abrazó fuertemente, al mirarla a los ojos vio que había estado llorando hasta hace unos pocos minutos atrás. Y la culpa volvió a invadirlo.

—¿Dónde te quedaste? —preguntó Susan.

—Aquí, no quería ir a casa con Peter, y sin querer me quedé dormido en la sala de espera —contó.

—Peter está mejor, ayer estaba abatido, como todos lo estamos. Ya no intentes alejarte, por favor —pidió Susan, tratando de contener las ganas de volver a llorar. Edmund la abrazó más hacía su cuerpo. No se había dado cuenta de que su actitud les afectaba a sus hermanas. Debía dejar de actuar en base a Peter.

—Siéntate, yo me encargo del papeleo —le dijo. Susan hizo caso, pues sentía que caería al piso derrotada si daba un paso más.

Se sentó a un lado de la chica pelirroja que acompañaba a la castaña. Edmund por su parte se encaminó al mostrador de recepción esperando que alguna otra enfermera volviera para que le diera la papelería que debían firmar.

La puerta de urgencias se volvió a abrir mientras un chico de cabello negro y gafas extrañamente redondas entraba corriendo, se acercó a la familia de pelirrojos y la chica que anteriormente estaba sentada junto a Susan, se abalanzó sobre él.

—¡Harry! —susurró y lo abrazó. Aparentemente, era su novio.

—¿Cómo está ella? —preguntó el azabache. A lo lejos Edmund escuchaba todo lo que decían, disimuladamente.

—No lo sabemos, pero la enfermera dijo que no todo estaba perdido.

—Tranquila, Hermione es fuerte, no se rendirá tan fácil y menos con la vida que lleva dentro de ella —afirmó el muchacho y volvió a abrazar a la chica.

—Tengo que ir al baño ¿Mamá, me acompañas? —pidió Ginny separándose de su novio. Harry tomó asiento al lado de Susan. En ese momento, llegó otra enfermera a recepción y Edmund se puso a hablar con ella, pensando con alivio que Hermione —ahora sabía cómo se llamaba— podría salir bien.

—¿Te encuentras bien? —indagó de pronto Harry a Susan que la había mirado y visto su triste rostro. Susan volteó contrariada a ver a ese extraño hablarle y preocuparse por ella.

—No, siento que me falta el aire.

—¿Quieres que llame a una enfermera? —le preguntó Harry.

—No, sólo vine por unos papeles y me voy, pero muchas gracias —sonrió Susan con dificultad, sus manos temblaban, su rostro estaba pálido y sus ojos enrojecidos.

—¿Segura?

—¿Por qué se toma tantas molestias? —quiso saber la joven.

—Bueno, eso es normal, si alguien te ve mal tiene que ayudarte —justificó y le dedicó una sonrisa sincera a la cual Susan devolvió.

—Gracias.

—No tienes que agradecer, estás en un hospital y cualquiera que te vea así te ayudaría.

—No es por eso —le dijo Susan.

—¿Entonces, por qué?

—Me sacaste una sonrisa, algo que en estos momentos no creía que pudiera pasar —Harry no comprendía—. Mi madre acaba de morir —con eso fue suficiente.

—Y sientes que estarás solo por siempre, que esa calidez y comprensión que sólo las madres dan no la volverás a tener, y te sientes solo aunque estés rodeado por otras personas —musitó tristemente, Harry. Susan se sorprendió, pues eso era lo que ella sentía en esos momentos y ese extraño la comprendía como si leyera su mente—. Yo también perdí a mis padres hace mucho tiempo, pero, ¿te digo algo que aprendí? —Susan asintió mostrando interés por lo que iba a deci—. Siempre vuelves a sonreír, encuentras personas que hacen de tu vida una alegría y jamás estarás solo. Esa tristeza que tienes pronto la olvidaras porque sólo recordarás a tus padres y esos momentos perfectos vividos con ellos con amor y todo pasará.

—Te equivocas —murmuró Susan, Harry frunció el ceño—, esta tristeza no tendrá que esperar para que la pueda olvidar, tú has hecho que se esfumara —le dijo y sonrió. Harry vio como el color de sus mejillas volvía, un rosado que la hacía ver más bonita y vio que sus manos habían parado de temblar—. ¡Gracias Harry! —susurró, pues había escuchado como Ginny decía su nombre.

—Tengo los papeles Susan —Edmund se había acercado a ellos. Miró a Harry que seguía absorto observando a su hermana—. Veo que estás mejor, Susan —comentó Edmund, mostrando una pequeña sonrisa al ver como su hermana se ponía más roja que nunca y miraba a Harry.

—Sí, ahora me siento mucho mejor —Harry no dejaba de mirarla. En ese instante, volvían Ginny y Molly del baño y Harry reaccionó, poniéndole atención a su novia, ante esto, Susan bajó la mirada.

La enfermera de Hermione salía del quirófano, tanto los pelirrojos como Edmund miraron atentos a la mujer.

—Hermione es una chica fuerte, por ahora está muy débil al igual que el embrión, pero ambos están con vida. —Ginny abrazó con fuerza a Harry, Susan miró ese gesto y le pareció ver que Harry estaba incómodo con eso. Edmund, sin saber por qué sonrió tanto que la tristeza de la pérdida de su madre se había hecho a un lado por un momento.

—Gracias, muchas gracias —decía Molly. Edmund y Susan, a pesar de que tenían todo listo para poder retirarse, no lo hacían, sólo estaban en esa sala compartiendo un poco de esa alegría que esos extraños les habían dado. Susan se puso de pie e hizo un gesto a Edmund para indicarle que era hora de irse, Edmund alegre por saber que Hermione seguía viva, camino hacia la salida.

—Oye —le llamó Harry que se había separado del grupo. Edmund y Susan voltearon, pero al ver quién era, Edmund siguió su camino. Harry se acercó a Susan—. Susan, fue un gusto conocerte —Ella sonrió y salió a la calle.

Edmund la esperaba en su camioneta, al entrar, ambos se miraron y se echaron a reír, esos extraños en verdad habían hecho que su tristeza volara a otro lado, al menos por ese día.

Condujeron a casa en silencio, pensando en que su vida tendría que seguir. Sería difícil, pero no eran los únicos sufriendo. Edmund confiaba en que Hermione iba a estar bien. Aquella extraña mujer había invadido su mente sin proponérselo.