¡Hola! Muchas gracias por el apoyo recibido. No esperaba que el fic tuviera tan buena acogida (hablo por malas experiencias XD). Espero no decepcionar con el segundo capi. Ahora me vienen los exámenes fuertes de la universidad, así que no sé cuando podré actualizar ni si tendré ideas suficientemente rápidas, jeje.

Salu2 y espero que disfrutéis de la lectura.

Capítulo 2. Shuppatsu - Salida

Las paradas del metro estaban a reventar a aquellas horas, justo tras la puesta del sol. En aquella franja horaria, todos los empresarios y trabajadores de Odaiba regresaban a sus casas, y por tanto los desplazamientos del transporte público eran máximos.

Apretujado entre varias personas que esperaban el siguiente tren, un chico de unos dieciocho años leía un pequeño manual de inglés. O al menos eso aparentaba, pues sus ojos negros no cambiaban de posición tras las gafas y llevaba mucho rato sin pasar la página. Una campana electrónica anunció la llegada del metro, y la gente empezó de nuevo una desesperada lucha por subir o bajar el vagón. El joven alzó la mirada por unos segundos, hasta que la estación se quedó vacía y el metro se perdió en la lejanía, sumergiéndose en la oscuridad y meciendo sus luces intermitentes en la parte trasera. El gentío se fue dispersando y se quedó solo, así que volvió a su lectura.

Sin embargo, escuchó unos pasos lentos pero decididos acercarse poco a poco hacia su posición. Le observó de reojo, más no se movió ni un ápice. No podía arriesgarse a delatarse con una mirada indiscreta. El recién llegado se sentó en un banco, dándole la espalda, y sacó un ordenador portátil de una mochila que llevaba colgada al hombro. Lo encendió y se puso a teclear obsesivamente durante un par de minutos. Finalmente, el aparato emitió una señal sonora y el informático levantó la vista de la pantalla.

–Ahora ya podemos hablar -informó, en medio del aplastante silencio-. He bloqueado todas las señales de radio y de móvil en un radio de diez metros.

El otro suspiró profundamente y se guardó el manual en el bolsillo delantero de la camisa. Dio la vuelta a la columna de hierro que le separaba de su interlocutor y le miró fijamente. El chico de cabellos pardos le observaba intensamente, con una calma que resultaba casi profesional reflejada en su mirada oscura.

–Crees que han empezado a moverse otra vez, ¿verdad? -sugirió el mayor, con la voz alterada por un leve estremecimiento.

–No lo tengo muy claro, Joe -fue la escueta respuesta-. He conseguido pinchar sus conversaciones telefónicas y su red de ordenadores, pero apenas las utilizan y con eso no podemos identificar a sus nuevos objetivos. Utilizan métodos muy rebuscados para ponerse en contacto con las víctimas. No es algo que se puede detectar con facilidad.

–Ya veo -susurró el otro, cruzándose de brazos y mirando hacia el cielo iluminado de la noche de Tokio-. Y... ¿estamos a salvo?

Sus miradas se cruzaron y, a juzgar por la tensión en la mirada de su compañero, Joe supo que algo no iba bien. Conocía a Koushiro desde hacía muchos años, y sabía que era una persona de unas impresionantes fortaleza y serenidad, que rara vez perdía la calma.

Estaba nervioso, sin embargo.

–No sé qué decirte -musitó el más joven, con expresión fatalista-. Hace tiempo que nos siguen la pista, pero parece ser que tienen cosas más importantes con las que tratar. Objetivos más interesantes y provechosos, ¿me entiendes?

–Sé a dónde quieres ir a parar, pero tenía que preguntarlo -se excusó Joe, llevándose una mano a las sienes doloridas.

Cerró los ojos, agotado tanto a nivel físico como intelectual. La universidad resultaba demasiado dura para él y el persistente insomnio que sufría desde hacía meses empezaba a dejarle evidentes signos de extenuación, como eran aquellas desfavorecedoras ojeras.

–¿Cómo está Mimi? De ánimos, quiero decir... -quiso saber Koushiro, evitando mirarle a la cara.

Joe se subió las gafas que habían resbalado hasta el puente de su nariz y entornó los ojos con una leve sonrisa.

–Ya sabes cómo es, no hay quien la pare. Estaba algo asustada hace unos meses, pero ahora ya está bien -explicó con tranquilidad.

–Me alegro mucho -aseguró Koushiro con sinceridad, volviendo la vista al monitor.

Joe suspiró, algo exasperado. Koushiro era agudo e inteligente, pero su mayor defecto era que el ordenador solía absorber toda su atención, de modo que uno nunca sabía si realmente prestaba oídos a la conversación o simplemente asentía sin ser consciente de en qué estaba de acuerdo.

–Pero hay algo diferente en ella... -musitó Joe, hundiendo las manos en los bolsillos-. Por ejemplo... No puede dormir con la luz apagada. Ahora tiene pánico a la oscuridad.

–Y más que justificado -repuso Koushiro, cerrando el ordenador portátil con más fuerza de la justa y mirándole de nuevo.

Silencio de nuevo. El aire frío de la noche les golpeaba el rostro, arrastrando un aroma salobre procedente del mar. Algunos transeúntes empezaban a aparecer a lo lejos, en el andén sombrío, dispuestos a coger el metro que tenía que llegar en breve. Joe estornudó ruidosamente y sacó un pañuelo del bolsillo. Una de sus tantas alergias.

–¿Hay alguna pista de... "ella"?

Koushiro se estremeció visiblemente, pues sus intentos por ocultar su inseguridad resultaron fallidos. Aquel tema era más candente que cualquier otra cuestión que les implicara. De hecho, en ocasiones tenía la nefasta sensación de que aquella era la única razón de su existencia.

–Nada. Sabes bien que puede tardar meses en salir a la luz. O años, o décadas... O quizás nunca mostrarse abiertamente -explicó, en un hilo de voz.

–Debo decir que me alegro. Mientras esté oculta, no podrán hacerle daño -suspiró Joe, frotándose las manos para hacerlas entrar en calor.

–Eso espero -aseguró Koushiro con sinceridad, aunque se guardó sus malos augurios para sí mismo-. De momento sólo toca esperar.

Después, sacó un tema trivial al azar. Por primera vez, el diálogo entre ambos se acercó bastante al típico entre dos amigos que se reencuentran tras una semana en sus respectivas ocupaciones.

Miró hacia la vía tenebrosa que se perdía en la oscuridad nocturna. Unos faros se acercaban velozmente desde el otro extremo de Shibaura, al mismo tiempo que la estación volvía a estar algo concurrida. El joven se puso en pie con cuidado y guardó el ordenador en su bolsa, colocándosela rápidamente a la espalda. Se encaró a su compañero y ambos se palmearon la espalda con cariño hasta que el metro se detuvo en la parada.

–Cuídate, ¿vale? Y dale recuerdos a Mimi de mi parte -sonrió levemente Koushiro mientras subía al vagón.

–Seguro que se alegra -coincidió Joe, despidiéndose con la mano-. Avísame como siempre si hay algo nuevo.

Las puertas automáticas se cerraron y les separaron definitivamente. El metro arrancó con velocidad creciente y pronto cruzó el puente en dirección a Odaiba.

Cuando el universitario se marchó a paso ligero por el andén, enfrascado en su manual de inglés, la estación quedó tan vacía como al principio.

Como si aquella inusitada conversación nunca hubiera sucedido allí.

+º+º+º+º+º+º+º+º+º+

Hikari estaba tendida en el sofá, mirando la televisión mientras bebía un zumo de naranja, cuando la puerta de entrada se abrió. Bajó rápidamente el volumen y se giró con una sonrisa para recibir a los recién llegados.

–Ya estoy en casa, Hikari -repuso la voz cansada de Taichi.

Éste andaba un poco encorvado y con la cartera colgando laxamente de su hombro izquierdo. Era evidente que había seguido entrenando un rato después de clase, a juzgar por la pelota que llevaba debajo del brazo. A su lado, y no con mejor aspecto, Sora Takenouchi trataba de cerrar la puerta. Al ver a Hikari, la pelirroja se apresuró a esbozar una gran sonrisa cariñosa, muy característica en ella.

–Hikari, cuantos días sin vernos. Te veo con buen aspecto -saludó.

–Me alegro de verte. ¿Te quedas a cenar, Sora? -preguntó la pequeña de los Yagami, corriendo para abrazarla.

–Esa era la intención -intervino Taichi, con una sonrisa entusiasta de oreja a oreja-. Seguro que a mamá y papá no les molesta.

–¿Por qué estás tan contento? -sugirió Hikari, con los brazos en jarras y una ceja maliciosamente arqueada.

–Bueno, ya que Sora viene a cenar, podría prepararnos un poco de arroz al curry... -se relamió Taichi, visiblemente animado con aquel panorama.

Las dos chicas le miraron con el ceño fruncido, sin saber si reírse o sentir vergüenza ajena. Para nadie era un secreto que Yuuko Yagami, la madre de ambos hermanos, tenía unas habilidades culinarias un tanto excéntricas, y sólo algunos estómagos muy resistentes podían tolerar su efecto. En cambio, Sora era bastante buena en la cocina. De hecho, cuando iban a jugar partidos fuera de su distrito, era ella la que preparaba los almuerzos que debían llevarse.

Se sentaron en el sofá y se pusieron a hablar animadamente. Sora siempre había sido de la simpatía de Hikari y no podía imaginar una mejor compañía femenina para su hermano. No obstante, la pequeña de los Yagami pronto perdió el hilo de la conversación cuando ésta empezó a profundizar en el tema del fútbol, campo en el que ella resultaba bastante ignorante. Se limitó a escuchar y callar por mera cortesía, tratando sin éxito de despertar su interés en el blanco de la conversación. Cuando se acercaban las nueve y media de la noche, la joven se disculpó y fue a su cuarto para ponerse el pijama.

Tras cambiarse, Hikari se sentó en el escritorio y encendió el ordenador. Los programas iban algo lentos, pues Taichi no cesaba de descargarse películas y juegos, y cuando el ordenador de su cuarto estaba lleno, creía conveniente ocupar la memoria del suyo. Abrió su cuenta de correo electrónico y se dispuso a leer los mensajes. Sin embargo, una pequeña ventana llamó su atención al aparecer en la esquina superior izquierda de la pantalla.

"El usuario Kibô no Yume te ha agregado a su lista de contactos."

Era la dirección de Takeru. Se había dado prisa.

La chica sonrió, cada vez más segura del hecho de que podía confiar en aquel muchacho. Presionó "aceptar" en la ventana y enseguida descubrió que estaba conectado. Ni siquiera tuvo tiempo de pulsar en el nombre cuando él ya había abierto una conversación:

Kibô no Yume dice: Hola, ¿cómo va todo? ¿Alguna novedad?

Hikari expandió su sonrisa y se apresuró a teclear una respuesta.

Yagami034 dice: Desde hace un par horas, cuando nos hemos visto, no.

Kibô no Yume dice: Me alegro. Tú no te preocupes: lo más seguro es que sea algún bromista, aunque no tenga ninguna gracia.

Yagami034 dice: Gracias por ayudarme. Siento haberte echado las culpas.

Kibô no Yume dice: Deja de disculparte. Yo también hubiera sospechado de mí.

La chica advirtió que estaba totalmente pegada a la pantalla, con la mano rígida sobre el ratón. Aquella conversación se le hacía tan natural y espontánea que apenas podía creérselo. Pensó en algo que decir y decidió tratar de romper el hielo.

Yagami034 dice: ¿Dónde estudiabas antes? ¿Has venido a vivir a Odaiba hace poco?

La respuesta tardó un poco, y la chica temió haber sonado impertinente, pero nada más lejos de la realidad.

Kibô no Yume dice: No hace ni una semana. Vivía en Shinjuku Oeste con mi madre, pero nos mudamos porque se cambió de trabajo. Antes estudiaba en un instituto de allí. ¿Te puedes creer que no llevábamos uniforme?

Hikari rió levemente, recordando lo incómodo que se veía ya a simple vista Takeru con aquella ropa tan formal.

Yagami034 dice: Ya había notado que no te gustaba mucho.

El tiempo parecía quieto, estático en aquella lejana conversación. Hikari no recordaba haber sentido tanta impaciencia en su vida como la que experimentaba en aquellos momentos, en los escasos segundos de lapso que precedían a la respuesta de su interlocutor. Se mordió las uñas un par de veces, esperando ver una nueva línea de mensaje.

Aunque se avergonzaba de ello, al mismo tiempo se sentía feliz en medio de aquella pueril situación.

Unos golpes resonaron en la cara exterior de la puerta. La chica se sobresaltó y dio un salto en su silla de oficina. Miró el reloj que colgaba de la pared, justo sobre el espejo del tocador, y descubrió con perplejidad que eran prácticamente las once menos veinte.

–Hikari-chan, son más de las diez y media. ¿No vas a salir a cenar? -sugirió la voz atenta de su madre desde fuera.

–Ya voy -informó la chica, mandando un rápido mensaje de despedida y apagando el ordenador-. Lo siento mucho, me he distraído.

Salió rápidamente del cuarto, a pasos rápidos y entusiastas, con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en su pálido rostro. El aroma del arroz al curry flotaba deliciosamente desde la cocina.

+º+º+º+º+º+º+º+º+º+

"El usuario Yagami034 ha abandonado la conversación"

Takeru sonrió con cierto aire de satisfacción y apagó el equipo y el monitor. Se desperezó a sus anchas y bostezó ruidosamente, levantándose de su silla con un cansancio superior a él inundándole el cuerpo. Se rascó levemente el estómago bajo la camiseta del pijama y se metió en su cama, pequeña y vieja, pero acogedora como ninguna.

Contempló el techo y las paredes plagadas de pósteres de baloncesto en la penumbra del cuarto. Tras las leves cortinas, el cielo nocturno de Odaiba presentaba un tinte anaranjado debido a las luces de las calles. En Tokio nunca había noche absoluta, pues en las tinieblas siempre flotaba una leve neblina fosforescente, mezcla voluble de contaminación y luz artificial.

Takeru se sentía agotado. Se consideraba una persona excepcionalmente dormilona, y aquel pequeño defecto le dificultaba mucho las cosas si quería compaginar el trabajo con el instituto. Sin ir más lejos, aquella mañana se había puesto en marcha a las seis de la mañana para cumplir con dos entregas que no había logrado hacer el día anterior. Quizás no debería haberse quedado en la cancha de baloncesto del barrio después del instituto, tratando de recuperar la práctica en su amado deporte. Lo raro hubiera sido que no estuviera molido de cansancio.

Sonrió, medio dormido, y hundió la cabeza rubia en la mullida almohada. El primer día de instituto había sido mucho mejor de lo que creía. Como mínimo había hecho una amiga, aunque fuera en base a dudosas circunstancias. Suspiró, y su cálido aliento le removió unos mechones dorados. Aquella muchacha, Hikari, parecía despertar en él un instinto de calidez y protección que no recordaba haber sentido nunca. A su ojos se asemejaba a una figura de bello cristal veneciano, tan frágil que un solo un soplido podía quebrarla.

Quizás nunca había visto unos ojos tan llenos de pureza como aquellos. Su simple recuerdo provocaba en él un estremecimiento tan profundo como el corazón de un abismo.

Acariciado por aquellos placenteros pensamientos, fue cayendo lentamente en los brazos del sueño, que le apresaba con su férreo pero maleable abrazo. Sin embargo, antes de quedar sumido en los misteriosos recovecos de su mente dormida, divisó en la penumbra, por un instante, una figura que sólo reconocía en algunos de sus más antiguos y brumosos recuerdos. Desdibujada, casi irreal, pero allí estaba.

Arrugó las cejas, sobrecogido por aquella súbita visión. La conciencia adormecida suele jugar malas pasadas.

"Oni-san..."

+º+º+º+º+º+º+º+º+º+

Para el enorme disgusto de Yuuko Yagami, que no quitaba un sólo momento la mirada de sus retoños, Taichi devoraba a toda prisa su segunda ración de arroz al curry y extendía su brazo para pedir una tercera. Yuuko se sentía algo disgustada y traicionada, pero ante todo furiosa. Miró a su marido, que también parecía encantado con la cena que Sora tan amablemente había preparado para pagar de algún modo el rato que iba a pasar allí.

Frunció los labios sin que nadie lo notara. Allá ellos si no querían apreciar sus exquisiteces gastronómicas.

–Voy a por más agua -masculló entre dientes, aferrando la jarra con más fuerza de la justa.

–¿Qué mosca le ha picado...? -susurró Taichi, mirándola de reojo y con expresión de resignación. En ocasiones, su madre parecía más infantil que él mismo. Miró a su padre con un renovado entusiasmo-. Eh, papá, ¿así que tú y mamá podréis venir al partido que haremos en Nerima?

–Ya he pedido el día libre, así que no tiene sentido que me lo pierda -rió Susumu de forma jovial. Señaló a su primogénito con los palillos-. Pero más te vale ganar o sufrirás las consecuencias -bromeó.

–No te preocupes, papá. Les vamos a meter una paliza. ¿A que sí, Sora? -exclamó Taichi, dándole un codazo a su compañera.

–No podemos perder -aseguró la chica, entusiasmada, aunque frotándose el brazo con cara de pocos amigos-. Hemos entrenado muy duro y tenemos más nivel que ellos.

La familia en conjunto rió, sintiéndose bendecida por aquel ambiente tan agradable. Y fue Sora en especial quién más lo agradeció, más no exenta de culpabilidad. Se sumió un momento en el recuerdo de su madre, que en aquellos momentos debía estar sentada ante una cesta de flores, creando un ornamento digno de alabanza.

Tan sola, triste y gris como el día en que enviudó.

–¿Cómo está tu madre, Sora? Hace tiempo que no sabemos nada de ella -preguntó de pronto Susumu con despreocupación.

–Ah, muy bien. La escuela va viento en popa, cada vez se apuntan más alumnos -respondió la chica con una leve sonrisa.

La madre de Sora era una maestra del ikebana, el arte del arreglo floral, un oficio que le daba más que suficiente para vivir. Toshiko Takenouchi estaba empeñada en que su hija heredara su negocio y su amor por el ikebana, pero lo cierto es que los intereses de Sora iban encaminados en una dirección totalmente opuesta, como era en aquellos momentos el fútbol. Aquella desaveniencia creaba constantes conflictos entre ella y su madre, algunos realmente graves y que llevaban varias semanas de suturar.

Taichi dejó los palillos usados de cualquier manera dentro del bol de arroz y se desperezó a sus anchas, visiblemente saciado. Posó su mirada soñolienta en la pantalla del televisor, donde el informativo de las once hablaba sobre la situación climatológica preocupante que estaba sufriendo la costa este de Hokkaido. Bostezó de nueva cuenta y recostó la barbilla en una mano. Estaba casi seguro de que el sopor desencadenaría en un inminente sueño, pero entonces un titular que vio en la pantalla del televisor le llamó la atención.

–Pon voz, Hikari -exclamó, señalando el aparato.

La chica, que también había estado algo ausente, se apresuró a buscar el mando a distancia en la mesa, rescatándolo de debajo de unos papeles y presionando la tecla para activar el sonido. Dos presentadores vestidos de manera pulquérrima fingían a la perfección sentir cierta preocupación mientras anunciaban la noticia.

...hacer hincapié en el caso de la chica desaparecida el día de ayer en el distrito de Odaiba.

Aquella simple información llamó la atención de todos los presentes, incluso de Susumu, que hasta aquel momento había estado totalmente absorto en su postre de diversos chocolates. Los padres de Yagami se miraron con preocupación y Hikari subió más el volumen con el mando a distancia.

Miyako Inoue, una estudiante de dieciséis años que reside en Odaiba, ha sido dada oficialmente por desaparecida esta noche, pasadas veinticuatro horas desde que fue vista por última vez por una de sus compañeras de clase. La policía y las fuerzas de rastreo se desplegaran hoy a las doce y media de la noche. En un principio, no se descarta el secuestro...

La imagen de los presentadores quedó sustituida por el primer plano de un rostro femenino. Era una adolescente, y llevaba un uniforme azul de marinero. Tenía los ojos de un tono cobrizo intenso y el cabello teñido de un suave color púrpura, algo muy común entre las chicas en aquellos tiempos.

Hikari sacudió levemente la cabeza con aturdimiento y señaló la pantalla con un dedo.

–Esa chica... Es del instituto de Odaiba Este -explicó-. He hablado algunas veces con ella. Está en el Club de Informática y a veces viene a nuestro instituto a dar convenciones sobre tecnología.

Terminaron de escuchar la exclusiva, pero ésta no arrojó nada nuevo a lo que sabían. De hecho sólo sirvió para aumentar su inquietud respecto a aquel asunto. Cuando Hikari apagó el televisor, todos los presentes quedaron sumidos en un incómodo silencio. Fue Yuuko la única que se atrevió a romper aquel tiempo de insonoridad.

–Sora, ¿no sería mejor que te quedaras aquí a dormir esta noche? -repuso con una mueca de angustia-. No me hace gracia que tengas que ir sola habiendo un secuestrador suelto por ahí.

–Mi madre tiene razón, Sora. Quédate en la litera de abajo, como hace unos años -sonrió Taichi en un intento de ser cortés. Señaló a su hermana con la cabeza-. Hikari puede prestarte algún pijama o algo.

Sora no supo qué decir. No sentía miedo alguno a ir sola por la calle durante la noche, pero la idea de regrear a su casa, con su ambiente enfermizo, logró deprimirla. Antes de poder darse cuenta, estaba siguiendo a Tai en el camino a su cuarto.

+º+º+º+º+º+º+º+º+º+

Sora se mordió la lengua al intentar abrocharse un pijama rosa que, evidentemente, le iba demasiado pequeño. Hikari era de constitución menuda y tenía un par de años menos que ella, así que no era de extrañar que el plan de Taichi de cederle ropa de su hermana hubiera topado con aquel pequeño obstáculo. Sin embargo, la chica no se quejó y siguió sonriendo nerviosamente cuando Taichi volvió de la ducha y se dispuso a trepar hacia la litera superior.

–Si necesitas algo, dilo, ¿eh? -murmuró, dejándose caer con fuerza en el mullido colchón.

El porque de que Taichi se hubiera quedado con el cuarto grande, donde cabía cómodamente la litera, era aún un misterio para Sora. El caso era que desde que apenas era una niña que no medía más de un metro había dormido en aquella litera en las noches de verano, e incluso había subido con Taichi a la de arriba y habían contado cuentos de terror bajo las sábanas, con la única ayuda de una lámpara con las pilas semi gastadas.

Sonrió soñadoramente. Jamás olvidaría aquella noche, ocho años atrás, en que Yuuko apareció en el cuarto a las dos de la mañana y descubrió que Taichi había tirado accidentalmente la lámpara luminosa que decoraba la mesilla de noche. Había sido un tirón de orejas digno de ver.

La joven apoyó una mano en la barra de la litera para agacharse, y entonces el dolor reclamó su atención. Sus recuerdos infantiles se derrumbaron súbitamente y dejaron paso a una angustia creciente, latente en su ser como una pequeña brasa que se resiste a apagarse. Se miró la mano izquierda con cierta aprensión, observando bajo la tenue iluminación la rudimentaria venda que cubría el largo corte de la palma. Al parecer, no fue la única que reparó en aquel detalle.

–Sora, ¿cuando te has hecho eso? -preguntó Taichi, sobresaltándola.

La chica posó su mirada en él, y su mente buscó una rápida e instintiva respuesta, deseando que fuera viable.

–¿Esto? Me he caído esta mañana mientras entrenábamos -se encogió de hombros, restándole importancia con una risilla. Se metió en la cama con rapidez.

–Debía estar despistado, porque no te he visto caerte... -murmuró el chico, colgando cabeza abajo como un murciélago desde la litera superior. Borró de inmediato su expresión de sospecha y se dejó caer de nuevo sobre la almohada-. Oye, ¿donde te has metido esta tarde, durante el entrenamiento? El entrenador estaba que se subía por las paredes... -añadió, bostezando ruidosamente.

–Tenía cosas que hacer... -dejó escapar Sora, en un murmullo cada vez más apagado.

Lejos de cualquier mirada, la joven pelirroja se acurrucó en la cama y hundió la cabeza en las mantas, con las mejillas encendidas. Se rozó instintivamente la larga herida de la mano con las yemas de los dedos.

"Perdóname, Taichi..."

En aquella noche de octubre, aún a pesar de la congoja y el arrepentimiento, Sora recordó con reavivada felicidad que "él" había sido el último en besar su sangre.

+º+º+º+º+º+º+º+º+º+

Como un ente insignificante en la oscuridad de la nada. Si había una expresión mejor para definir su situación, Miyako Inoue no la conocía.

Había despertado largos minutos atrás en una oscuridad densa y ponzoñosa como el veneno. Sus últimos recuerdos se reducían a una despreocupada conversación con una compañera de curso. Si trataba de ir más allá, todo se disolvía en una neblina gris y fría que no le permitía avanzar. Sacudió la cabeza, y al hacerlo un dolor fuerte como una explosión le martilleó las sienes. El eco de su quedo gemido de dolor le fue devuelto con una atronadora cercanía.

Trató de moverse, su cuerpo entumecido reaccionó satisfactoriamente, más por desgracia unas cadenas físicas, al parecer de hierro, rodeaban su torso y le mantenían las manos fijas en la espalda. El horror creció al empezar a tomar conciencia de que las circunstancias eran superiores a ella.

Cogió aire con fuerzas y gritó, clamando ayuda. Poseía una mente brillante, pero el autocontrol no se contaba entre sus cualidades. Sólo el eco le devolvió una respuesta inútil, conocida y carente de sentido. Los ojos ciegos de la muchacha se inundaron de lágrimas en el acto, profusas e hirientes como el ácido. Siguió chillando en la oscuridad, contemplando con impotencia cómo su calma se desintegraba poco a poco en pedazos minúsculos. Pataleó contra su prisión invisible y forjeceó contra sus ataduras, pero en el fondo empezaba a comprender que de nada serviría.

Agotada tras minutos y horas de llanto, se dejó caer en el suelo frío de su siniestra celda, escuchando el silencio y contemplando las tinieblas. Se mordió el labio inferior con impotencia, saboreando el sabor salado y a la vez amargo de sus propias lágrimas. No sabía dónde estaba ni si podría salir de allí. Y sólo sentía un deseo irracional de volver a la casa de la que tanto se quejaba, con sus padres y sus hermanos.

Un sonido mecánico reverberó en aquel espacio. Curiosa y esperanzada, Miyako se incorporó y observó el leve resquicio de penumbra que se había formado en un extremo del cuarto. Unos ojos azules, oscuros como el agua profunda, la observaban con una mirada tan penetrante como una herida.

–¿Q-quién eres...? ¿Por qué estoy aquí? -consiguió articular agudamente, con la voz rota.

La puerta se abrió más, y alguien apareció en el umbral. La fantasmal luz azulada del exterior arrancó reflejos en sus cabellos negros como la brea, brillantes y cuidados. Miyako abrigó algunas dudas sobre el género de su captor, pues su vista emborronada le jugaba malas pasadas. Sin embargo, la voz que se hizo oír en el compartimiento eliminó de inmediato cualquier duda.

–Porque eres especial, Miyako Inoue -la voz era masculina, sedosa y a la par regia como la de un rey-. Porque tu alma y tu sangre abrigan mucho poder.

La joven empezó a calibrar la idea de que había enloquecido o de que estaba sumergida en una pesadilla. Aquello sonaba perfectamente a una de las tantas películas de terror que sus hermanos mayores tanto gustaban de ver.

Pero entonces... ¿por qué sentía dolor?

–No temas. Matarte carece de sentido -repuso la voz con serenidad-. Al menos por ahora.

Miyako trató de tragarse sus lágrimas y mirar al que supuso su secuestrador. A simple vista no ofrecía rasgo alguno que le calificara como un psicópata o un criminal. Era muy joven, quizás incluso más que ella. Sus rasgos eran perfectos, con una nariz recta y una mandíbula suave. Los ojos de aquel particular azul reflejaban un poderoso brillo de inteligencia. No obstante, mientras más le miraba, aquel estremecimiento en su interior se intensificaba a pasos agigantados.

Había "algo". Algo en aquel chico que resultaba terrorífico, hasta el punto de desear desaparecer para no estar bajo el influjo de su mirada. Lo notaba con una claridad pasmosa y desconcertante.

Miyako agachó la cabeza, incapaz de mantener el contacto visual. Sentía que si lo hacía perdería el equilibrio de su cordura y se vería lanzada a un abismo de irrealidad y demencia.

Los labios del muchacho allí presente se curvaron en una sonrisa de satisfacción, calculadora y maquinal.

–Espero que te calmes un poco. Vas a pasar aquí mucho tiempo -determinó, dando dos pasos atrás y apoyando una mano en la puerta metálica.

La chica advirtió en el acto sus intenciones y la histeria hizo de nuevo presa de ella.

–¡No! ¡Por favor, no me encierres! -chilló, deshaciéndose de nuevo en lágrimas-. ¡Por favor, déjame salir! ¡POR FAVOR...!

Su grito fue acallado por el portón blindado. El joven aguardó unos segundos, escuchando los insistentes pataleos de la muchacha, al parecer desesperada en su intento de salir de allí.

Sonrió para sus adentros. Jamás lo conseguiría. No sin ayuda externa.

Giró sobre sus talones y caminó despacio por el corredor sombrío. La luz espectral iluminaba su rostro de un modo tétrico, otorgándole un aura sobrenatural y estremecedora.

Oía pasos, así que se detuvo. Y tal y cómo había esperado, su "socio" apareció al doblar el recodo. Éste le dirigió una prepotente mirada azul, cargada de altanería, más se le acercó con confianza hasta pararse a dos metros de él. Se apartó unos mechones rubios del rostro con una leve sacudida y le observó de forma hiriente.

–¿Realmente era necesario traerla aquí, Ichijouji? -sugirió, levantando la barbilla-. No creo que ahora mismo necesitemos utilizarla.

–Estás en lo cierto. No ahora, no aún -insistió el aludido, con una sonrisa calculadora-. Sin embargo, si queremos eliminar todos los obstáculos, la necesitamos como cebo. Ya se ha hecho pública su desaparición -añadió, apretando los puños con excitación-. En breve esos ilusos intentarán venir a por ella. No serán capaces de abandonar a alguien que está en su situación.

El rubio rió por lo bajo, con las manos hundidas en los bolsillos. No soportaba la actitud dominante de aquel chaval, pero si de forma prepotente habían de comunicarse, él mismo llevaba las de ganar.

–Cómo sucedió con aquella chica, Tachikawa... También estabas convencido de que no la iban a rescatar y sin embargo se la llevaron con una facilidad vergonzosa -sugirió, burlón.

Le había dado donde más duele. Los ojos de Ichijouji se convirtieron en rendijas y parecieron derramarse de pura rabia. No obstante, poseía un buen control de sus propias emociones.

–Eso no es asunto tuyo. Tú te ocupas de traérmelos y yo de custodiarlos -determinó de forma tajante-. Lo que ocurra con ellos una vez estén en mis manos es cosa mía.

Buscó en uno de los bolsillos de su regio y serio traje gris y sacó una fotografía pequeña, que cabía en su mano. Se la tendió a su compañero y éste la cogió con presteza. Miró el rostro que aparecía en ella y a duras penas logró evitar una reacción equivocada.

Se recompuso a tal velocidad que el otro no lo notó. Su rostro seguía siendo una máscara de indiferencia y apatía. Alzó la mirada ultramar hacia Ichijouji.

–¿Quién es? -sugirió.

–Tu nuevo objetivo -determinó el más joven-. Hay algo especial en ella, aunque aún no he determinado qué es. Ya le he enviado el saludo de cortesía -rió de forma socarrona-. Quiero que averigües sobre ella y descubras si ha desarrollado algún tipo de poder intuitivo...

El otro bajó de nuevo la mirada hacia la fotografía. Conocía aquel rostro angelical, con aquellos ojos cobrizos rezumantes de vitalidad y ternura. Por lo general, sólo debería haber sido un objetivo más. Pero, por desgracia, aún era demasiado humano.

–Te lo haré saber en cuanto sepa algo -aseguró, guardándose la foto en el bolsillo delantero de la camisa, junto a la daga de plata-. Pero dame algo de tiempo. Tengo otras cosas que hacer.

–Ya... Como proteger a Takenouchi de mí, ¿no? -sugirió Ichijouji, ladeando la cabeza.

Aquella vez fue él el que se sintió atrapado en la trampa. Giró hacia el joven de cabellos negros. Una mueca soberbia y etérea adornaba su rostro como el preludio de un desgraciado suceso.

No soportaba ser inferior a nadie. Nunca. Y mucho menos que le amenazaran o le insinuaran que iba a ser chantajeado.

–Sora es cosa mía -soltó con cierta fiereza-. Yo la encontré y yo me ocupo de ella. No es asunto tuyo.

Se dio la vuelta de forma categórica y se marchó por el pasillo, confundiéndose en las sombras debido a sus ropas totalmente negras. Caminó por diversos pasillos, guiándose con una facilidad pasmosa en las tinieblas que reinaban. Alcanzó el exterior, y un cielo sin estrellas visibles le recibió como parte de él.

Una parte de la noche profunda. Eso era desde que poseía memoria.

Se palpó el pecho y sacó la imagen de su objetivo. Normalmente debía esperar un poco para que Ichijouji le mandara los datos de su víctima por correo, pero en aquella ocasión no era en absoluto necesario. Conocía bien a aquella chica, a su familia, su residencia.

Los ojos rojizos de Hikari Yagami le devolvieron la mirada desde el papel impreso.

Descendió las leves escalinatas de la casa y se dirigió hacia una motocicleta azul cobalto aparcada en una esquina. Se subió con agilidad y aferró el casco debajo del brazo, más no arrancó. Permaneció unos instantes pensativo, como si tratara de camuflarse en la negrura, pero terminó por decidirse. Sabiendo que se arrepentiría de lo que iba a hacer, sacó su celular del bolsillo.

+º+º+º+º+º+º+º+º+º+

Taichi maldijo en todos los idiomas al descerebrado que había inventado la tecnología cuando su teléfono móvil emanó un molesto zumbido y empezó a vibrar sobre la plataforma de madera que había a los pies de la litera, sacándole de su placentero sueño. Gruñó por lo bajo, sin ser consciente del todo de lo que estaba pasando, y se incorporó con un quejido de malhumor. Cogió el teléfono con una mano y agudizó la mirada para distinguir el número y nombre que aparecía, parpadeando, en la pantalla delantera.

Una mezcla turbia de rabia y desconcierto inundó su pecho. Estrujó el aparato entre las manos, apretando la mandíbula con tanta fuerza que creyó que se le partirían los dientes. Se castigó mentalmente: creía haber borrado aquel número de la agenda mucho tiempo atrás. La confusión inicial dejó paso al fastidio, así que se quitó las cobijas de encima y se dispuso a bajar de la cama.

¿Por qué le llamaba después de tanto tiempo?

–Mmm... ¿Quién es, Taichi...? -musitó, Sora adormecida, dándose la vuelta sobre el colchón.

–El contestador... -repuso éste, intentando ser convincente-. Tengo unos mensajes...

Sin mediar más palabra, bajó de la litera tan deprisa como le permitió su cuerpo, torpe en horas nocturnas, y salió al pequeño balcón que daba en dirección al mar. No reparó en que sólo llevaba la parte de abajo del pijama hasta que el húmedo frío de la noche se le clavó en el torso desnudo como mil agujas. Ignorando aquella sensación, aceptó la llamada y se llevó el auricular al oído, tratando de calmar su agitada respiración.

–¿Qué es lo que quieres, cabrón? -susurró, intentando por todos los medios controlar una explosión de agresividad.

Una risa fría y altanera le respondió desde el otro extremo de la línea, helándole los huesos. La reconoció, aunque sonaba más grave de como la recordaba, quizás debido al cambio de voz habitual en la edad que ambos poseían. La impaciencia hizo mella en Taichi al no obtener una respuesta. No toleraba que se burlaran de él, y mucho menos por teléfono.

–Escúchame, mal nacido: cómo vuelvas a llamarme, te juro que... -masculló, respirando erráticamente.

Hace tiempo que no hablábamos, Yagami -repuso la voz masculina del otro lado-. Y no representa un placer especial para mí tener que oír tu voz de nuevo. Pero estoy seguro de que lo que tengo que decirte te interesará.

Taichi no pudo ocultar una expresión de sorpresa ante aquella afirmación. El corazón le latía violentamente a la altura de la nuez y sentía como si un puño de tamaño desorbitado estrujara su pecho y le cortara la respiración. No tuvo duda alguna de que estaba siendo víctima de una burla descarada de un ex-compañero frustrado.

–Ishida, no tengo ninguna razón para escucharte. Ya puedes cortar esta llamada y meterte el teléfono móvil por...

¿Ni siquiera me escucharías por tu hermana? -sugirió de pronto su interlocutor en un tono casual.

La opresión aumentó en el pecho de Taichi, y distinguió claramente el tacto desagradable del sudor frío deslizándose por su rostro. Trató de responder, pero articuló varias veces sin emitir sonido alguno.

Veo que sí te interesa -la voz sonaba divertida, como si todo aquello fuera un ameno entretenimiento.

–¿M-mi hermana...? ¿Q-qué tienes que decirme sobre Hikari...? -tartamudeó Taichi, horrorizado.

Sé que alguien intentará hacerle daño, alguien que ya está en marcha, de hecho -fue la contundente respuesta-. Sería mejor que vigilaras muy de cerca a tu hermana y tuvieras en cuenta con qué tipo de personas se relaciona... y en quien confía.

Taichi apretó con más fuerza de la justa la baranda metálica del balcón. Le sudaban las manos, y su respiración entrecortada empezaba a convertirse en una sucesión de jadeos de angustia. Tragó saliva levemente y consiguió despegar los labios.

–¿Por qué me dices esto...? -susurró, con la voz ronca.

Por los viejos tiempos -respondió el otro.

E, inmediatamente, se cortó la comunicación.

Taichi siguió varios segundos en aquella posición, escuchando el sonido electrónico de la línea vacía. Quieto, como un animal sorprendido y acorralado por el miedo, contempló con los ojos abiertos la noche luminosa de Odaiba. Más no veía nada.

Se quitó el aparato del oído y buscó en la agenda el número del cual acababa de recibir la llamada. Apenas tuvo que esperar.

"El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento. Si desea dejar un mensaje..."

Colgó, totalmente desalentado. Permaneció varios minutos allí, pero en cuanto el frío volvió a parecerle palpable pasó la puerta corrediza de cristal y entró de nuevo en el cuarto. En realidad, meterse en la cama no deja de ser algo instintivo: aquel miedo que sentía le condenaba a una noche entera de insomnio.

+º+º+º+º+º+º+º+º+º+

Koushiro Izumi se frotó la cara por enésima vez aquella noche y después cogió con la misma mano la taza de su tercer café, muy cargado, de aquella noche. La otra la mantuvo sobre el ratón del ordenador, en el monitor del cual aparecía un mapa de la zona de Odaiba. Unas ojeras terribles adornaban el pálido rostro del adolescente y lucía los cabellos pardos desordenados. Sin embargo, no podía permitirse tregua alguna.

Hacía ya meses que vivía una doble vida, por decirlo de algún modo. Estudiaba y hacía vida social durante el día, y por la noche se sumía en arduos trabajos de investigación y espionaje informático. Afortunada era la noche en la que conseguía dormir más que fueran cuatro horas. Su salud empezaba a resentirse, pero de momento podía suplir la falta de sueño con café y azúcar.

Sopló sobre la taza para disipar el vapor y después bebió con lentitud. El café le abrasó la garganta, pero ello sirvió para espabilarle un poco más. Después, se recostó en el respaldo de la silla y abrió una nueva ventana que observó con detenimiento. No pareció ver nada anormal, pues abrió una ventana del explorador de Internet y se puso a buscar más información.

No podía dormir, más no por necesidad, sino por la exclusiva ansia de conocer, de descubrir algo nuevo. Y estaba cerca, increíblemente cerca de alcanzar el conocimiento que tan fervientemente había buscado. Estaba rozando la verdad, las respuestas y la solución al enigma con las puntas de los dedos.

Pero aún faltaban piezas. Elementos esenciales que no encajaban en su complejo esquema mental.

Una señal sonora llamó su atención. Se incorporó de nuevo en la silla y abrió un programa adyacente. Entornó los ojos para entrever la causa de la alarma y no pudo contener un escalofrío que recorrió su espalda, sin duda producto de la adrenalina.

"Ha cometido un error"

Esperanzado, se puso a teclear con una rapidez desorbitada, que dejaría boquiabiertos a expertos de mayor edad y experiencia. Ante sus ojos se desplegó el código de una llamada telefónica realizada apenas un minuto atrás. Por fin tantos días de pinchar la línea habían dado su fruto. Conectó una memoria externa a la torre del ordenador y se dispuso a activar la base de datos de la Prefectura de Tokio.

Esperó, y el número de teléfono destino de la llamada apareció ante sus ojos. Ahora quedaba lo más simple: identificar el nombre y la localización del destinatario. No tuvo que intervenir en aquel proceso, y en apenas dos minutos dispuso del apellido y la dirección que buscaba.

"Bingo"

Una sonrisa de humilde triunfo desdibujaba sus labios mientras cogía su teléfono móvil y marcaba un número a toda prisa. Esperó un rato, y al cabo de tres tonos descolgó.

–Joe, sé dónde puede estar su próximo objetivo. He rastreado una llamada telefónica de su línea personal -soltó directamente.

Imaginó a su amigo dormido sobre un libro de medicina, por lo que comprendió que su mente rindiera a la mitad de eficiencia de lo normal. Koushiro casi saltó de puro nervio de su silla cuando se puso en pie y leyó en la penumbra la información recopilada.

–Es un número de Odaiba. Sí, familia Yagami... Ésta vez nos adelantaremos.

+º+º+º+º+º+º+º+º+º+

Espero que no moleste que responda aquí los reviews anónimos:

Estefi: Supongo que las dudas que tenías ya te han sido contestadas. Tienes razón con lo de sospechar de que no se va a acabar un fic. En mi pueblo dicen: piensa mal y acertarás. El problema con los fics es que llega a un punto que uno se bloquea y no sabe cómo seguirlo para autosatisfacerse. Yo haré todo lo que pueda por terminarlo. De momento tengo MUCHAS ideas XD. Salu2 y mil gracias.

Gracias a xuxo y kami por haberos aventurado a leer esta locura XD. Salu2.