Inuyasha y todos sus personajes no me pertenecen… son propiedad enterita de Rumiko Takahashi. Yo solo los tomo prestados para hacer esto sin fines de lucro.
El misterio de la estrella
Inuyasha siempre estuvo enamorado de la hija del terrateniente, Kikyo. Pero ella le pone una prueba al medio demonio sin saber que lo enviaría directo a una guerra y lo peor ¿Qué sucederá cuando se encuentre con la insoportable, malcriada y gritona estrella Kagome?
Capitulo 2: Advertencias extrañas
¿Quién podría criticar su forma de vivir? Definitivamente nadie. Tan solo es un viajero solitario en busca de una horrible criatura con lo que ponía su vida en riesgo. No es una mala manera de vivir, él quería salvar a todos los humanos de un gigantesco peligro. Pero, lo más impresionante de las palabras que solía decir al llegar a una aldea, era que le creían, ciertamente se encontraba en búsqueda del causante de sus desgracias, pero sentía un gigantesco miedo a la muerte. Eso era algo que nadie sabía y debía de continuar así. Él no llegaba a las aldeas con la intención de quitarle algo a la gente, por supuesto que no, esa era su manera de vivir.
De vez en cuando, la gente llega a ser muy ingenua ¿demostración? El montón de cachivaches que llevaba a cuestas. Obvio, no había manera de salir de la aldea sin haber recibido un par de obsequios por las exorcisaciones de sus casas. Aunque si le gustaba que alguien fuera ingenuo, eran las mujeres, en especial las jóvenes.
Todas las mujeres son hermosas y eso Miroku lo sabía perfectamente. La anatomía femenina le encantaba y no había nada de malo en ello ¿cierto? Aunque, bueno, había que admitir que su manía le había ganado un par (muchos) golpes. Ejemplo, ese insoportable dolor en su hombro derecho ¿Quién diría que la furia puede canalizarse a través de un inocente apretón? Pero él no tenía la culpa, ¿Cómo iba a saber que aquella bella señorita era su prometida? En ese momento él no había tenido ni la más mínima idea, aunque al sentir ese dolor lo supo. Además todo debía de atribuírsele a su mano maldita que siempre hace lo que quiere, aunque su maldición en realidad no tenga nada que ver con la exploración de la silueta femenina en especial por las partes bajas.
Salir al alba del siguiente día hubiera sido mucho mejor, sin embargo, no soportaría otro apretón como el anteriormente descrito. Por eso al caer la noche se despidió de los aldeanos reanudando su viaje. Se preguntaran ¿Miroku no se podría resistir a su manía aunque sea por un día? La respuesta es un rotundo no, mejor irse en cuanto antes y no esperar a que lo quieran matar. Una suerte para el pobre tener el agujero negro, de otra manera ya se lo hubieran tragado las bestias y los demonios.
Mejor no pensar en su inminente muerte, dedicarse a buscar un lugar donde acampar lo mantendría ocupado por un tiempo. Aunque sencillamente parecía que el mal tiempo se empeñaba en dirigirlo, además el no hacía nada para ir en su contra. Lo que Miroku nunca se imagino fue encontrarse con semejante belleza.
Piel blanca como la nieve, en contraste con un cabello largo azabache. Vestida de un color blanco puro. Toda ella, a la luz de la luna, brillaba. La mujer tiritaba de frio bajo la delgada tela de su vestido de manga larga. Estupefacto, Miroku simplemente se acerco y tomo sus manos.
– ¿Le gustaría tener un hijo conmigo, bella señorita? – otra de las manías de Miroku. Ni siquiera siendo un mujeriego como él, se pueden tener tantos hijos como la cantidad de mujeres a las que se lo había preguntado.
Pero si con toda esa experiencia conocía bastante bien las diversas reacciones que pueden tener las mujeres a esa pregunta. Lo habían rechazado, golpeado, gritado e incluso noqueado. Cuando bien le iba, ellas solo se sonrojaban y movían su cabeza en una negativa. Pero ninguna había reaccionado como ella, al menos que recordara. Ella simplemente sonrió de buena gana, sin sonrojarse (se le hubiera notado en las claras mejillas), se soltó de una forma tan delicada que apenas y se percibió su toque, un toque tan suave como una pluma. Termino por alejarse unos cuantos pasos sin dejar el menor rastro de su presencia tras su andar.
– ¡Ay! Miroku – le llamo entre risas – la harás sufrir mucho cuando la encuentres.
¿Cómo diantres conocía su nombre? Sin duda ella era muy hermosa pero, aunque allá oído hablar del libidinoso monje Miroku, su belleza era antinatural. Por esa razón, Miroku deslizo cuidadosamente una mano dentro de su traje para hallar un pergamino. En ese instante ella dio media vuelta, el dulce volado de su vestido casi lo hizo desviarse de su objetivo pero logro recobrar la postura para que, justo en ese instante en el que ella dejo de ponerle atención, lanzo el pergamino en su contra. Lo que sucedió a continuación lo dejo sin aliento. Unos pocos segundos antes de lograr tocarla, el pergamino se desintegro entro de un pequeño flash de luz.
Ella volteo la vista observando con una mirada difícil de descifrar. Miroku se quedo observándola, su piel había dejado de ser tan blanca para tomar un tono más natural. Viéndola bien, parecía una mujer cualquiera pero su andar estilizado y ligero, la tranquilidad de sus ojos y la luminosidad que irradia la volvían completamente diferente.
–Mi nombre es Kagome – se presento con un ligero tono de severidad – prometo que si me acompañas te diré que soy.
Ahí estaba su respuesta en que, no un quien. Aun con esta duda, Miroku le siguió en silencio. Había algo en ella como si, simplemente, su corazón irradiara una de las luces más bellas del universo.
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Las risas de los niños comenzaban a perderse poco a poco en sus respectivas casas. Pero había una pequeña chamaquita que no quería aparecer por ningún lado. Sango se comenzó a desesperar. Si bien, su vida como exterminadora era muy satisfactoria, había algo que le molestaba de sobremanera, la pequeña niña de la que cuidaba. Pero aquella vez no pudo dejarla sola. La vio tan indefensa suplicando por ver a sus papas que solo se atrevió a abrazar y ofrecerle un lugar donde vivir. Sus padres habían muerto en manos de un horrible monstro.
Cuando ella llego a la aldea del ataque. Ya era demasiado tarde por lo que lo único que pudo hacer fue enterrar a las personas fallecidas. Con ayuda de su hermano y su padre se dedico a hacer los hoyos y depositarlos ahí con delicadeza. Pero un llanto se escucho dentro de una casa. Un único testigo sobreviviente. Al tenerla en brazos escucho su relato. Se trataba de un único monstro que se llevo a la sacerdotisa del pueblo no sin antes haber matado a los demás aldeanos.
El nombre de la pequeña era Rin. Tiempo después entendió el porqué logro sobrevivir. Rin es muy escurridiza. No había un solo día en que se perdiera de su vista para encontrarla en las afueras o en los tejados de alguna casa. Nunca se quedaba quieta a pesar de obedecer todo lo que le dicen. Por eso ahora mismo la estaba buscando. Ya era muy tarde y a veces por la noche salen horribles criaturas que buscan a personas indefensas. Y Rin no sabía defenderse. A demás al otro día debía de marcharse a buscar un poco de trabajo, a veces las criaturas llegaban a ellos pero otras veces debían de salir a buscarlas, no quería irse sin haberse despedido de Rin. Saldría antes del alba por lo que no la vería al siguiente día antes de marcharse. Sango se detuvo a pensar un momento ¿Dónde podría estar la pequeña? En ese momento tomo rumbo a la puerta de la aldea y la vio afuera observando al cielo.
– ¡Rin! – la llamo una vez, se le ocurrió observar lo que la pequeña veía logrando ver una estrella fugaz caer. Hacia doscientos años que no caía una a la tierra y según las leyendas, su corazón te podría convertir en el ser más poderoso sobre el planeta, solo había que arrancárselo. Sango rio por lo bajo, ¿quién diantres creería algo como eso? - ¡Rin! – grito más fuerte esta vez.
La niña se volteo a ella y corrió a su encuentro.
–Callo una estrella – grito feliz por el descubrimiento.
–Sí, Rin, la vi – le sonrió con suficiencia mientras entraba de nuevo a la aldea y cerraba las puertas de la misma – ya es hora de dormir – advirtió.
La pequeña asintió con una sonrisa para ir corriendo hasta la casa que compartía con Sango y su familia.
Pero esa noche Sango no pudo dormir. Algo estaba sucediendo en sus sueños. Una figura con un aura demoniaca la tomaba del cuello. Trataba de ahorcarla y por más que hiciera para zafarse simplemente no podía.
–Gracias exterminadora – sugirió la horrible criatura humanoide – por traerme a la estrella.
–estas muy equivocado si crees que te vas a quedar con ella – Sango no supo cómo pero al abrir su boca escucho su propia voz. – solo venimos por la perla de Shikon para enviarla a su casa. ¡Aléjate! – un horrible dolor se apodero de ella. Se oyó ella misma gritando desgarradoramente.
– ¡detente! – se escucho una tercera voz, una voz de mujer. Sango no pudo ver de dónde venía pero estaba segura que nunca la podría olvidar – me iré contigo pero déjalos en paz.
Volvió a escuchar un grito. Un grito desgarrador que no provenía de ella, sino de un tercer testigo. Un solo monosílabo salió en repentinas ocasiones de aquella voz. No, no, no, no. Era todo lo que repetía. Suplicaba que no lo hiciera, ¿Qué no hiciera qué?
Todo se detuvo, no hubo más suplicas. Ni reclamos. Ni gritos. No hubo más dolor. ¿Habría acabado ya el sueño? Sus pensamientos fueron interrumpidos por una luz.
– solo tú y ellos la pueden proteger. Si alguien obtiene su corazón, todo su mundo acabara. No queremos perder a nuestra hermana. Ayúdanos a que regrese. Protege a Kagome. Salva a Kagome – justo en ese momento, Sango despertó.
La luz del amanecer le advirtió que se hacía tarde para partir. No tuvo tiempo de pensar en tan extraño sueño pues de inmediato tomo todo lo que necesitaría. Rin seguía dormida pero su padre y su hermano se encontraban a su lado para despedirla.
–Cuídate mucha hermana – le sugirió Kohaku.
–No te esfuerces mucho y vuelve pronto – se despidió su padre.
Sango salió de la aldea bastante enérgica. Camino durante bastante tiempo. Hasta que algo le llamo la atención. Alguien pedía ayuda. Sin evitar la curiosidad mezclada con su deber como exterminadora se dirigió hacia donde provenía el ruido. Un gigantesco ciempiés atacaba a dos personas, una mujer y un hombre.
–Malditas bestias – pensó Sango.
– ¡Miroku! – Escucho una voz un tanto conocida gritar – haz algo.
Sin tener tiempo para dedicarse a pensar de donde se le hacía conocida la voz. La exterminadora lanzo su arma, un gigantesco boomerang hecho de huesos de demonios llamado hiraikotsu, en contra del ciempiés. Lo que Sango no sabía era que esta acción que por años se le hizo tan rutinaria, marcaria el inicio de su destino.
Continuara…
