Disclaimer: Hetalia ni sus personajes me pertenecen. ¿Para qué debo repetirlo? -brokenheart-.

Advertencias: AU humano; futura relación BL.

Nombres humanos:

Mathias Kohler: Dinamarca.

Lilian Zwingli: Liechtenstein.

Palabras: 3028.


"Ametýst"

Capítulo 2


Tenues rayos del sol matinal se colaban por entre las blancas cortinas que cubrían la ventana del cuarto de Emil. Sorina subió hasta la habitación de su hijo, y con su dulce voz, le despertó. Emil no tardó mucho en despertar y levantarse, y Sorina le ayudó a arreglarse. Era día lunes, día de escuela.

Tras ayudar a su hijo a vestirse correctamente, la mujer bajó con delicadeza las escaleras, para terminar de preparar el desayuno. Emil, se quedó en su cuarto, caminando por él a tientas, sin usar su bastón. Tomó un peluche que estaba sobre el escritorio y lo acarició. Aquél peluche era su preferido, era un frailecillo de felpa, suave al tacto y blando para abrazar, había sido regalado por Lukas, uno de sus mejores amigos. Sonrió suavemente, y oyó a su madre llamarle para que bajara a desayunar. El joven dejó su peluche nuevamente encima del escritorio, y tomó su bastón. Bajó las escaleras ayudado de este y la baranda, y fue a sentarse a la mesa para desayunar.

Dejó el bastón junto a la silla y se sentó. Su madre ya estaba sentada, esperándolo con una ligera sonrisa, que aunque no pudiese verla, Emil podía sentirla, porque sabía que su madre siempre le esperaba con una sonrisa, y que su sonrisa expresaba alegría y el infinito amor que sentía por él. Y esas son cosas que se sienten.

Se sentó frente a ella, en donde estaba su plato, y comenzó a comer tranquilo, sin prisas. Después de todo, su madre gustaba despertarle más temprano de lo necesario, para poder pasar tiempo con él en la mañana, ya que en las tardes su hijo acostumbraba a estar con amigos estudiando, haciendo sus deberes o bien, salía a recrearse con ellos. Como fuese, en la tarde no podía pasar el tiempo esperado con Emil.

— ¿Esta tarde vendrá algún amigo tuyo? — Preguntó Sorina, recargando su cabeza en la palma de sus manos, sin borrar su sonrisa. Hacía tiempo que los amigos de Emil no visitaban la casa, en cierto modo, los extrañaba, a pesar de verlos diariamente cuando iba a dejar a Emil a la escuela.

— Creo que no… — Respondió el menor, mientras comía lo que había preparado su madre.

— Qué mal, hace tiempo que no vienen. ¿Cómo le ha ido a Lily en sus clases?

— Bastante bien…

— ¿En serio? ¡Me alegro! Hoy les llevaré un presente.

Emil esbozó una suave y tierna sonrisa. Su madre amaba llevarle presentes a sus amigos, y estos, a su vez, amaban recibirlos. Por lo general, era repostería preparada por ella misma, y su madre era una gran repostera.

Cuando acabó de desayunar, se levantó de la mesa y tomó su bastón. Sorina le entegó su bolso, y el chico se lo colgó al hombro. El trayecto a la escuela siempre era ameno, acompañado de su madre. Tras unos 20 minutos de andar, el enorme edificio se alzó frente a sus ojos. Tras las rejas altas e imponentes, se vislumbraba la escuela de tres pisos, con paredes de ladrillo constantemente pintado en rojo, y los marcos de las ventanas y puertas de un pulcro color blanco. El enorme portón de madera, pintado de marrón, tenía sus puertas abiertas para la entrada y salida de estudiantes, que usaban orgullosamente el bonito uniforme escolar.

En la puerta de la reja, estaba parado un grupo de jóvenes. Habían dos muchachas, de baja estatura, y melena rubia. Eran bastante parecidas desde lejos, pero de cerca, se podía distinguir la diferencia de sus facciones. La primera, poseía unos enormes y brillantes ojos verdes, y en su rostro, poseía una expresión de ternura e inocencia mezcladas. Su mejillas eran de un tenue color damasco, y sus labios, levemente sonrosados y entreabiertos, se mantenían serios. Por su parte, la otra joven, un poco más alta y voluptuosa, tenía unos bonitos ojos azules, con tintes violáceos. Sus labios rojos estaban curvados en una gran y dulce sonrisa, y en sus sonrojadas mejillas, se distinguían pequeños hoyuelos. Además, tenía el cabello ligeramente rizado hasta los hombros.

Los demás, eran chicos. El más alto, era un joven de cabello corto, rubio claro, y un tanto desordenado, que poseía unas gafas en su masculino y duro rostro, de mentón grueso, y facciones que lo hacían lucir mayor. Sus ojos eran de un azul oscuro, y su expresión permanecía firme y fija, seria y estoica. Junto a él, había un chico sólo un poco más bajo. Como un centímetro y medio, más o menos. Pero la diferencia de estatura no se notaba por los desordenados cabellos que parecían darle altura. Ojos de color celeste, brillantes y vivos, como el cielo despejado y pulcro. Tenía también, una vivaz sonrisa en su casi perfecto rostro, que lo hacían ver aún más atractivo de lo que podía ser a simple vista. El tercero, y más bajo de todos –pero más alto que Emil, y ambas chicas allí presentes–, tenía el flequillo algo largo, y recogía la mitad con un broche en forma de cruz. Sus ojos azules, como el cielo de noche, parecían vacíos y carentes de emoción, a simple vista. Su nariz fina y algo puntiaguda, sus ojos con largas y rizadas pestañas rubias, y cada una de sus facciones, le daban un aspecto ligeramente afeminado, pero no por eso, menos atractivo.

Todos esperaban la llegada de Emil y su madre, y cuando ambos estuvieron al fin frente a aquél grupo, las chicas se acercaron, siendo las primeras en saludar.

— ¡Hola! — Dijo animada la ojiazul, besando la mejilla del chico, quien se sonrojó levemente, aunque ya estaba acostumbrado a ser saludado de esa forma por chicas. — ¿Qué tal estás, Emi? ¿Y usted, señora? ¡Hacía bastante que no la veía!

— Oh, Aliisa, siempre tan simpática… — Comentó Sorina, dedicándole una dulce sonrisa, la cual sin duda fue correspondida. — Sólo desde el viernes.

— De todos modos, se le extraña.

— Buenos días, Emil, señora… — Saludó más tímida la segunda chica, con una pequeña reverencia.

— Buenos días, Lily, Aliisa… — Saludó al fin Emil, cuyo sonrojo no había desaparecido.

Los muchachos se habían acercado también, y habían esperado a que las jóvenes saludaran primero, para pasar a saludar ellos también.

— ¡Hey, Emi! ¿Qué tal estás? ¡Parece que has crecido un poco! — Comenzó animado el de cabellos desordenados, revolviendo el cabello del menor, quien hizo una pequeña mueca de disgusto. — Sí, como dos milímetros. Definitivamente, ¡estás más alto!

— Deja, Mathias, eres molesto. — Se quejó Emil, apartando al más alto. Mathias, aquél joven de origen danés, le llevaba alrededor de veinte centímetros de altura.

— Sí, estás más alto… — Confirmó el chico de la cruz.

— ¡Eh! ¡Sorina! ¿Cómo has estado? Te hemos extrañado un montón.

— No seas irrespetuoso, Mathias. — Habló el tercer muchacho.

— No seas amargado, Berwald.

Sorina soltó una risita. Los amigos de su hijo eran realmente simpáticos, generalmente amables y siempre dispuestos a ayudar, tanto a ella como a su hijo. Además, podían ser muy divertidos. Se sentía aliviada de que Emil tuviera unos amigos así. Aunque éste no parecía muy a gusto, las peleas entre Berwald y Mathias parecían molestarle, pero en el fondo, no era así. Y Sorina lo sabía.

— Saben que pueden llamarme como quieran… — Confirmó Sorina, sonriéndoles. Entonces recordó aquél regalo que les había llevado.

Sacó de su cartera una cajita con un lindo envoltorio de corazones y ositos, que traía un lacito rojo con bordes decorados con plateado. Estiró la cajita y se la entregó específicamente a Mathias.

— Este es un regalo para todos ustedes, espero les guste.

Aliisa se acercó enseguida a Mathias, mirando emocionada la cajita. Todos agradecieron el presente entregado por Sorina, y posteriormente, se ofrecieron para llevar a Emil hasta dentro de la escuela, y directamente a su salón. Emil iba abrazado del brazo de Lily, puesto que iban en el mismo salón, era mejor que ella lo guiara. Se había decidido que Emil se quedaría con el regalo –luego de constantes guejas de parte de Mathias–, hasta que fuese hora de almuerzo, que sería cuando lo abrirían.

Todos se despidieron y se dirigieron a sus respectivos salones. Y así, las horas de clases pasaron, hasta que la ansiada hora del almuerzo llegó. Lily caminó, guiando a Emil, hasta la cafetería. El muchacho llevaba en sus manos, la cajita que todos ansiaban abrir.

Tras retirar cada uno su bandeja con comida, se sentaron todos en la misma mesa. Habían decidido que abrirían el regalo luego de comer, ya que suponían qué sería.

— Ah, quiero abrirlo ya… — Dijo quejumbroso Mathias, tocando con el dedo índice, el lacito que envolvía la caja.

— Sé paciente, idiota. — Le regañó el de la cruz, comiendo su porción.

— Pero seguramente es un delicioso postre, y los que hace Sorina son muy ricos. Además, es mucho mejor comer eso que este puré mutante… — Dijo Mathias, apoyando sus codos en la mesa, y su rostro en las palmas de sus manos. Tenía un puchero bastante infantil.

— Es cierto… — Le apoyó Aliisa. — Pero eso no quita que deberías ser paciente.

— No entiendo cómo es que Emil te ha soportado todos estos años…

Emil, que había permanecido callado, comiendo la comida de mala gana, dejó de comer. Se contuvo de soltar una risita, mientras recordaba, cómo había conocido a cada uno de sus amigos. Generalmente, solía recordar aquellos momentos cada vez que estaban juntos, pues, para él, eran muy amenos.


Bien, clase, hoy les presentaré a un compañero nuevo… Habló la maestra. Una mujer alta, de cuerpo atractivo y una tierna sonrisa en su rostro. Cabello corto, adornado con una diadema del color de su vestido, y algunos broches para cabello. Él es Emil Steilsson Comenzó, señalando al niño que estaba junto a ella. El pequeño sostenía su bastón blanco en la mano, y tenía la mirada fija en el frente. Es ciego, pero quiso venir a esta escuela para vivir como un niño normal… Les pido que sean dulces con él, le traten bien, y ayuden cuando lo necesite.

Todos habían comenzado a cuchichear, y Emil sintió un gran deseo de salir corriendo de aquella habitación. Oía cosas como "él realmente es raro", "mira sus ojos, ¿el color morado te hace ser ciego?", "es bonito, es una pena que no vea", "seguro los maestros le tendrán preferencia", entre otras varias cosas. Su corazón se comprimió, y un nudo se formó en su garganta, pero se mantuvo firme.

Silencio, por favor. Pidió la maestra, y puso su delicada mano en el hombro del niño. Emil, te sentarás junto a Lilian, una de mis mejores alumnas. Le dijo dulcemente la maestra, y lo guió hasta el pupitre junto a la niña que debía llamarse Lilian. Emil sólo asintió y la siguió. Dejó su mochila en el pupitre, y se sentó, dejando a un lado su bastón.

Buenos días… Saludó cordialmente una voz que provenía de su lado derecho. Era una vocecita aguda, incluso algo chillona, pero tierna y tímida. Mi nombre es Lilian, Lilian Zwingli…

H-hola… Saludó Emil, tímido también. Yo soy Emil. Le dijo, y se sintió algo idiota. La maestra ya lo había dicho. E-es un gusto. Dijo rápidamente, para que no se notase su pequeño error.

Lo mismo digo. Le dijo la niña, sonriéndole levemente, aunque sabía que el otro no la vería. Si necesitas ayuda con algo, puedes pedírmelo…

Claro Asintió Emil, sonriendo levemente. Muchas gracias.

De nada… Hubo una pausa. ¿Seamos amigos?

¿Hm…? P-pues, claro… No me molestaría.

Genial Rió un poco la niña, y un par de niños la miraron. Lilian no solía sonreír, y mucho menos reír. Tenía una educación muy estricta, y sentía que no podía liberarse de esa forma. Pero rió. En cualquier caso, ignoró completamente las miradas de los demás niños, y continuó conversando con su nuevo amigo. Puedes llamarme Lily… ¿Puedo llamarte Emi?

Emil hizo un mohín. No le gustaba ser llamado por apodos, pero no podía negársele a aquella niña de tan dulce y amable voz.

Claro, Lily…

Genial, Emi. Volvió a sonreírle.

Todos fueron callados nuevamente por la maestra, y la clase comenzó como normalmente lo hacía. Lily ayudaba a Emil con todo lo que podía, aunque éste era muy tímido –y orgulloso– como para pedir ayuda.


— ¡Hey, dame eso! — Aquél grito sacó a Emil de sus pensamientos. Fue un chillido del danés, quien intentaba agarrar un bocado del postre que le había quitado Lukas. El postre era lo único que las cocineras de la escuela sabían hacer bien.

— No, ahora es mío. — Dijo Lukas, llevándose el último bocado a la boca. Parecía que en cualquier momento, Mathias se echaría a llorar.

— ¡Luke~! ¡Eres malo, realmente malo! — Se quejó el danés, cruzando sus brazos con un infantil puchero. — De todos modos, yo comeré más del postre de Sorina. Después de todo, ¡yo conocí primero a Emil!

— En ese caso, debería comer más Lily… — Comentó Aliisa, señalando a la susodicha con su pulgar. La joven no digo nada, sólo los miraba, con el rostro casi serio, pero con un pequño toque de dulce y tierna diversión en él.

Emil sólo los oía, sonriendo muy discretamente, y de forma tan leve, que a penas y podía notarse. Continuó comiendo, sin dejar de recordar, como conoció a cada uno de sus amigos.


Mira, ahí está el ciego… Oyó a alguien murmurar. Se sobre sí mismo, sentado en el pasillo de la escuela, recargado en la pared. Lily había decidido faltar aquella semana completa, y había sido horrible para Emil pasar cada día solo, y eso que a penas era miércoles. Lily padecía de una enfermedad que Emil desconocía, y que le dificultaba tener buena asistencia en clases. Sin embargo, había estado bien todo el año anterior y el actual, hasta esa semana. Había decaído terriblemente, y se había quedado en casa para descansar.

Emil siempre había sido algo acosado por ser ciego, según sus compañeros, él tenía la preferencia de todos los maestros. Pero, ¡maldición! Él no tenía la culpa de haber nacido así, él sólo quería ser un chico normal, ¿por qué no lo entendían?

El hecho de que la maestra Chernenko, la mujer que lo había recibido en la escuela, y sería su maestra jefe por varios años más, le tratara como su hijo, no ayudaba. Si bien, la joven maestra quería conseguir que Emil realmente viviera una vida escolar normal, no era lo que estaba alcanzando con su comportamiento especialmente dulce para con el chico.

Deberíamos darle una lección. Comentó un niño, de los que rodeaban a Emil, quien permanecía abrazando sus piernas.

Se mordió el labio inferior, intentando ignorar, por todos los medios, lo que decían los demás. Y de pronto, sintió un agudo dolor en una de sus costillas; lo pateraron. Cayó de costado, y se sostuvo con sus brazos. Una lágrima cayó, le dolía mucho. Era demasiado sensible a los golpes, y jamás, nadie le había golpeado. Sus compañeros le acosaban, pero jamás había pasado del bullying verbal.

A esa patada le siguieron otra, y otra. De distintos zapatos, algunas más dolorosas que otras. Más de dos a la vez, por lo que podía suponer fácilmente que habían al menos cinco niños pegándole

¡Hey, montón de inútiles! ¿Qué le hacen a ese niño? ¿Qué acaso no ven que lo lastiman? ¡Vamos, lárguense si no quieren recibir un buen golpe! Oyó a alguien gritar. Vaya, ¿lo estaban defendiendo?

¿Y qué nos vas a hacer? ¿Te crees que por ser tres años mayor, nos vas a pegar?

¿Quieres comprobarlo?

Emil se quedó en el suelo, secando las lágrimas que no había podido impedir que salieran. Más golpes se oyeron, no dirigidos a él, claramente. Oía a sus acosadores quejarse, insultar su nombre, y nombrar a un desconocido. "Mathias", decían, acompañado de alguna maldición o insulto. ¿Mathias? Le sonaba, era popular entre las niñas de su curso, pero nunca había hablado con él directamente.

¡Basta ya, ustedes! ¡Sepárense si no quieren que llame a sus padres! Oyó la voz del monitor de patio, un hombre con acento alemán y voz bastante grave. Los golpes cesaron, y oyó los pasos firmes y decididos del monitor de patio, caminar hacia él. Le oyó agacharse, y sintió su gran mano en su hombro. Emil seguía acostado de lado, y con ayuda del hombre, se levantó.

¿Estás bien? Te llevaré a la enfermería.

El alemán ayudó a Emil a levantarse, y recogió también el bastón de éste. Miró a Mathias, frunciendo el ceño, y luego a los demás niños.

Sean sinceros, ¿quién le pegó?

Los compañeros de Emil bajaron sus miradas, avergonzados. Después de todo, no eran más que niños de 7 años. A penas y sabían lo que hacían.

¡Pero Mathias nos pegó a nosotros! Exclamó uno, señalando al susodicho.

¡Bien merecido lo tenías, maric…

Basta, ya. Sentenció el alemán, mirando de reojo a Mathias. Citaré a tus padres y que no se vuelva a repetir. Luego, volvió a mirar al grupo de niños. Y ustedes, derechito a la oficina del director.

¿Puedo acompañarlo a la enfermería? Preguntó Mathias, señalando al principal agredido. El alemán, tras quejarse un poco, sin soportar la insistencia del niño de diez años, accedió, y los tres fueron a la enfermería.

El resto, fue una charla con Mathias, Mathias Kohler. Un niño danés que iba tres cursos más arriba, bastante parlanchín. Era imposible callarlo, sin embargo, era muy divertido y simpático, aunque un tanto molesto.


Emil recordaba que, tras ese incidente, nunca más fue molestado. No sabía el porqué. Siempre temía que le volvieran a acosar, culpándolo del duro castigo que quizás les dio el director a los niños, pero dicen que el director ocultó el caso incluso de los padres de los muchachos, a cambio de que meditaran lo que habían hecho. Ni siquiera volvieron a molestar verbalmente a Emil, y estaba muy agradecido.

Ahora, su "héroe" –así le denominó en su inocente niñez- era uno de sus mejores amigos, aunque obviamente ya no le llamaba así. Su orgullo no se lo permitía.

— Vamos, Mathi, no seas llorón… — Dijo Aliisa, llevándose el último bocado de su almuerzo a la boca.

— Efectivamente, lo eres. — Apoyó Berwald.

Habían continuado peleando, acerca de quien comería más del postre de Sorina. Aunque Lily y Emil seguían pensando que lo más sensato, sería repartirlo en partes iguales.


N/A:

¡Hola nuevamente! ¿Qué tal este capítulo? Quizás la historia dio un giro extraño, o no son más que ideas tontas mías. Traté de introducirme más en la vida y recuerdos de Emil, antes de comenzar a avanzar de forma significativa con la trama. ¡Pero aún no se han conocido de forma oficial a todos sus amigos, ni presentado como fue que los conoció! Así que el siguiente capítulo también tratará de eso.

Me gusta recibir opiniones de su parte, ideas, predicciones, etc. Así que, agradecería que siguieran haciéndolo y dejándolo en reviews.

Por otra parte, este capítulo va dedicado a la pequeña Aylín, mi lillesoster y partner de rol en la página "Fans de Hetalia", te quiero mucho preciosa. Espero te guste el capítulo, y sea lo que esperabas. Que lo subí anticipado por ti.

¡También espero que les haya gustado a todas! No olviden dejar reviews, y gracias por los que ya han dejado, por aquellas que han añadido el fic a favoritos y lo han seguido. ¡Nos leemos!