Las vidas traen un conocimiento que se acumula a lo largo de siglos de existencia. Cada una lleva en sí la semilla de la sabiduría, el coraje y el poder. Podías ser enormemente sabio en una vida, un guerrero en la otra y un tirano en la siguiente. Y, si bien las decisiones influían enormemente en el destino, había factores que no podrían ser cambiados jamás.

"Yo sé de eso" pensó Kaepora, limpiando las plumas de su ala diestra con el pico al que se había acostumbrado luego de muchos años. "Ahora puedo ser un animal, pero en mi tiempo fui un sabio que ya nadie recuerda."

Llevaba tiempo ya mirando cómo el chiquillo se debatía entre las rocas de la Montaña de la Muerte, intentando subir a la cúspide, intentando salvar algo que ni siquiera entendía bien. Siempre rubio, siempre de ojos sorprendentemente azules, siempre él: Serio, con el aspecto y el pensamiento de un líder, con la Espada Maestra colgada a su espalda. Sabía que el paso de los años le conferiría un aspecto temerario y noble, digno de un rey; pero… ¿Cómo no saberlo? Kaepora Gaebora lo había visto en sus muchas vidas bajo distintos disfraces. Había sido un viejo que vivía en algo similar al desierto, o un animal, o un pariente, o un ser ultraterrenal… En fin, lo conocía tan bien que se asustaba de solo pensarlo.

Le tenía mucho aprecio, ¿cómo no? ¡Hasta había sido su tío! Diosas, cuánto le costó esconder su pasado y su futuro, ir a un castillo para sacrificarse y que Link pudiera cumplir su destino impulsado primero por el horrible deseo de venganza, luego por un noble sentido de justicia. Era su deber unirlo a Zelda, la princesa elegida, para que su historia comenzara a escribirse.

Era doloroso verlo así, desde lejos y sin poder intervenir. Nada más que unos consejos y unos gestos cariñosos se le permitían a aquel que lo quería y se sacrificaría cuantas veces fuera necesario. Cuantas vidas debiera arriesgar por el Héroe del Tiempo. Y también por Zelda, a quien había visto de cerca…

Los dos siempre sufrirían ese terrible sino, la maldición de los Elegidos. Estaban unidos por lazos estrechos, pero nunca podrían vivir juntos como lo que eran: Seres escogidos por las mismas diosas para cumplir sus designios. Si ganaban esta guerra, una vez más, uno de ellos debería sacrificar su destino para ofrecerse al otro. Zelda era sabia y conocía el desenlace de su propia historia. Pero… ¿Y Link? ¿Si algún día se enteraba de su pasado, podría verlo todo con la misma pureza?

"Eso le queda al Hylian para saberlo, y al Búho para preguntárselo."

Movió la cabeza en un tic que siempre le ocurría cuando Link estaba cerca. Eran las ganas de decirle todo, de contarle de sus múltiples vidas pasadas, de sus historias en las que siempre ganaba la batalla contra la Sombra. Pero también sabía que el decirle eso incluiría la parte horrible: El no poder estar nunca con la persona amada. Porque Link se había enamorado de Zelda… Otra vez. Aún no lo sabía, era apenas un niño de ropa verde (Diosas, cómo amaba ese color el chico…) que había hablado con Zelda un par de veces. Link no sabía de títulos nobiliarios o de diferencias de trato hacia la realeza, y por eso Zelda siempre se enamoraba de él. Porque no veía una princesa o una niña bonita, sino a su amiga Zelda. Y ella no veía en el solo al Héroe del Tiempo o a un niño Kokiri, sino a su amigo Link.

Y pensar que el principal gestor de tanta desgracia sentimental era él le traía un amargo sabor en las papilas gustativas. Pero tenía que hacerlo… Por eso había sacrificado su vida como Hylian para retener todos los recuerdos que ni Link ni Zelda poseían. Por esa razón, su destino, siempre se mantendría lejos y guiaría a los dos Elegidos como marionetas durante su niñez. Maldita sea, siempre tendría que hacerlo. Ganon ganaría por ahora y él moriría a los pocos años, eso estaba escrito con el brillo de la Trifuerza.

-Hoot, hoot. ¡Vaya, volvemos a encontrarnos, Link! Eres muy valiente al venir hasta aquí… -El niño lo miró sorprendido, y nuevamente tuvo que tragarse toda la verdad. Su rostro se contorsionó hasta que quedó con la cara más amable, aquella de pequeños ojitos café, y Link rió apenas un poco, como si no creyera lo que veía.

"Bien, al menos lo hice reír. Supongo que, cuando Zelda se quede sola, tendré que hacerla reír también…"