Aquí dejo el siguiente capítulo de la historia. Aún no hay interacción entre Harry y Draco, más que nada porque hay que llegar a ciertas situaciones para que su encuentro se dé. Está calculado para el capítulo 4, por si quieren saber. Gracias a Kae chan por comentar la historia y espero que se animen a dejar sus comentarios.

Esta historia participa en el reto "Long-Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black


—Capítulo 2—

Otra bronca más por parte del jefe de aurores, la decimosexta en toda la semana si no contaba mal. Austin era un hombre radical, estricto, impertinente, intransigente y un imbécil de manual donde los hubiese. Gritaba por todo, a veces había llegado a pensar que ese era su tono de voz habitual y si no lo hubiese visto hablar de forma cariñosa con su hija de siete años continuaría con esa idea. Exigía a todos menos a él mismo y se dedicaba a mirar el trabajo de sus sometidos con lupa en busca del más mínimo fallo. Pisoteaba los esfuerzos de los demás y se encargaba de dejar claro que estaba por encima de sus subordinados con descaro. Todavía recordaba su mirada prepotente y sus órdenes absurdas cuando había llegado de prácticas al cuerpo, acabando con cualquier gramo de paciencia que pudiese tener. Y lo que más le gustaba a Austin era regodearse por tenerlo a él, el héroe del mundo mágico, bajo su mano. Pero aquello estaba llegando a niveles que Harry ya no podía soportar. Dos años aguantando las mismas estupideces provenientes del mismo imbécil colmaba la paciencia de cualquier persona.

Hacía una hora y cuarto que su turno supuestamente había terminado, pero un fallo en la redacción del informe que debía entregar lo estaba reteniendo allí y estaba aumentando el mal humor que arrastraba desde la detención que habían realizado. La punta de la pluma se rompió con la presión que hacía sobre el trozo de pergamino e hizo que gritara de indignación. No podía creer que un inútil como Austin le hiciese repetir de nuevo el informe por equivocarse al escribir el apellido del detenido, ni que aquello fuese el mayor de los delitos. Había sido demasiado descuidado al revelar a Mimi, su compañera ahora en el cuerpo de aurores, que Ginny pasaría el fin de semana entrenando en Londres y que eso le daría tiempo para pasarlo con ella. Seguramente el anormal de su jefe había puesto astutamente la oreja, mientras Harry bajaba la guardia, y aprovechó el más mínimo fallo para mantenerlo retenido en la oficina. A veces podía resultar sádico con la forma tan especial e íntima que tenía para torturar a sus trabajadores. Y ahora estaba disfrutando de un sándwich rancio mientras escribía un maldito informe en vez de compartir una cena en condiciones con su pelirroja.

—Potter, agradecería que el informe estuviese antes de fin de año si no te importa. A diferencia de ti yo tengo una familia a la que dedicarle mi tiempo libre y tú te lo estás fumando con tu incapacidad para cumplir con tu trabajo —recitó desde la puerta de su despacho, con lo que parecía un tono burlesco—. Así que termia cuanto antes, que mi mujer me está esperando para cenar.

—¡Ya basta! —gritó lleno de rabia y con su rostro completamente teñido de rojo carmín. Aquellas indirectas habían tirado por la borda toda la paciencia que había reservado para su jefe y no iba a permitir que un amargado como Austin arruinara todo lo que era su vida por el simple placer de regodearse en su poder. Tiró la silla, arrugando el pergamino del informe entre sus dedos y estrelló con fuerza su mano sobre la mesa, causando que el tintero se derramase sobre la pulida madera del escritorio.

—Potter, ¿qué cree que está haciendo? —habló con indignación de quien no ha conseguido sublevar a su esclavo—. Esto puede teñir de negro su impecable expediente. ¿Es consecuente con ello?

—¡Vete a mamar leche de un hipogrifo Austin, que yo me voy con mi novia a pasar una bonita noche lejos ti! ¡Me da igual si quiere abrirme una falta en el expediente, si quiere echarme del cuerpo de aurores, denunciarme frente al Wizengamot o frente al mismísimo ministro de magia! —Recogió la capa del uniforme que estaba en el perchero cerca de la puerta—. Estoy cansado de su prepotencia, sus miradas por encima del hombro, como si fuese mejor que alguien de aquí. No voy a soportar sus críticas destructivas, porque a diferencia de usted yo soy una persona que sabe hacer su trabajo de la mejor forma posible y sin la necesidad de pisar a los demás para levantarme de mis fracasos.

Diciendo eso último y colocándose con prisas la capa salió del departamento de aurores, dejando a su jefe con la palabra en la boca. Ya había escuchado lo que él había hecho mal desde que había entrado en el cuerpo de aurores y nadie había sido capaz de cantarle las verdades a Austin. La costumbre era agachar la cabeza cada vez que le jefe de aurores aparecía para criticar el trabajo de cualquiera de sus subordinados, pero a aquel cerdo le había llegado su san Martín y no pensaba tragar ni un comentario mordaz más. Una cosa era tener cierto respeto y reverencia con sus superiores, otra muy distinta dejarse masacrar de aquella forma tan gratuita.

El atrio estaba completamente vacío, por lo que no tardó en llegar a la chimenea de Grimmauld Place. La estancia principal de la casa estaba iluminada por los candelabros que colgaban del techo, ocupada por Kreacher que lo esperaba en el centro con el escuchimizado brazo preparado para recoger la capa que Harry estaba quitándose. Con un tono de voz mucho más calmado y bajo que el que había usado con su jefe, preguntó por Ginny. En muda respuesta el elfo dirigió la mirada hacia el inmaculado techo de la habitación y desapareció tras recibir el agradecimiento por parte de su dueño.

Subió las escaleras despacio, desabrochando los primeros botones de la camisa y masajeando el cuello. Lo único que le apetecía en ese momento era olvidarse del trabajo, relajarse un rato, pasar tiempo con Ginny y cenar algo más que un simple sándwich de atún. Pensando en todo eso abrió la puerta de la habitación que había convertido en propia, descubriendo a su pelirroja novia deshaciendo la maleta y guardando las pocas prendas en el hueco que tenía reservado para ella en el armario de la estancia. Adoraba esas mañanas en las que, al abrir las puertas del armario, encontraba no sólo sus uniformes de auror y su ropa, ya no tan grande ni desgastada como años anteriores, sino también algunas piezas de ropa de ella. Una sensación placentera le recorría en esos momentos, cuando descubría que no estaba solo y que formaba parte de la vida de aquella pecosa mujer.

—Y yo que pensaba que Molly no te dejaría, en la vida, dormir aquí conmigo —habló desde el marco de la puerta, con la mano apoyada en el pomo de ésta.

El sobresalto que dio el cuerpo de Ginny le anunció que había sido lo suficiente silencioso y cauteloso para que no se percatase de que él había llegado a la habitación. Un complejo de auror que había conseguido perfeccionar tras varios fracasos de ser sigiloso en los entrenamientos y en alguna que otra misión de importancia en el cuerpo mientras había sido un mero auror scolaris. Y que entrase en las habitaciones como si fuera un fantasma enervaba los humos de su pareja, pero a él seguía resultándole encantador como se asustaba cada vez que la sorprendía.

Vio como Ginny giraba sobre sus talones con cara de pocos amigos y en dos zancadas se situó frente a él, respirando con la dificultad de alguien que se ha impresionado. A pesar de esa amenaza Harry no perdía la sonrisa que se había dibujado en sus labios cuando había visto a la mujer moverse con soltura desde la maleta, apoyada en la cama, hacia el armario. Bastante mal se tomaba su trabajo, o más bien a Austin, como para pelearse con Ginny por asustarla de aquella forma tan particular.

La tomó de la cintura, ignorando el cambio de color de su rostro, y cerró los ojos a la vez que apoyaba su frente sobre la de la pelirroja. Sólo necesitaba un instante de paz, un momento para poner en orden los sentimientos y no dejarse llevar por las enormes ganas de descargar toda la frustración que aún contenía a pesar del discurso que le había gritado a Austin. Sabía que Ginny no tenía culpa de lo que pasaba en su trabajo y no tenía ningún derecho a volcar, equívocamente, todo el mal humor que corría por sus venas. Ella siempre había sabido mantener su vida personal y profesional alejada, sin que una tuviese influencia sobre la otra. Nunca había alzado la voz porque había perdido un partido por un despiste de un bateador o por culpa de una disputa interna, siempre se olvidaba de su profesión cuando se encontraba con él y eso Harry lo agradecía mucho. Pero, a diferencia de Ginny, él no tenía esa facilidad para manejar sus emociones y alternar un estado u otro según en el momento que se encontraba. El enfado siempre conseguía ganar la batalla y, quisiera o no, salía por algún lugar inesperado. Lo bueno de eso es que la pelirroja casi siempre lo comprendía, excepto cuando ella también debía dominar sus propios sentimientos y no atinaba a controlar su carácter. Porque Ginny tenía un temperamento fuerte y cuando se enfadaba era mejor no estar muy cerca de ella.

—¿Mal día? —Harry asintió a esa sencilla pregunta sin separarse ni un centímetro. Ahora que la tenía cerca, era mejor aprovechar ese momento por muy enfadado que pudiese estar con su vida laboral—. Bien, entonces mejor no hablar de trabajo hoy. Ya me lo contarás mañana u otro día que te sientas capaz de explicarlo, porque si esto va acabar en una discusión me voy a la Madriguera así tenga que disculparme con mi madre y aceptar que ella tiene razón.

—¿En qué se supone que tiene ella razón? —preguntó escéptico.

—Que no es una buena idea que una pareja, sin haberse casado antes, convivan juntas porque eso podría llegar a destruirla por completo —explicó con una sonrisa en los labios—. Pero sinceramente no me gustaría tener que bajarme del burro y darle la razón a mi madre, por lo que agradecería que no discutiéramos.

Sólo hacía dos años que compartían Grimmauld Place como residencia en Londres, algo que había puesto los vellos de punta de media familia Weasley. Y es que Molly siempre había sido algo reacia a aceptar que Ginny y él compartiesen habitación, incluyendo cama. Incluso Ron había puesto impedimentos que, muy amablemente, su hermana había ignorado para no decirle por donde se pasaba su dichosa opinión respecto al tema. A pesar de que Molly y Arthur sabían que Harry nunca se aprovecharía de Ginny, que la respetaba como mujer, que llevaban juntos desde que la guerra había acabado y que todos esos años de relación eran normal que desembocaran en algo más formal, como compartir casa, aún les era difícil aceptar que su hija cada vez que aterrizaba en Londres no acabaría durmiendo bajo su techo.

Recordando que todavía llevaba puesto el uniforme de auror, que ni si quiera había tenido tiempo para ducharse después de la detención que les había llevado cuatro horas parados en un parque y que posiblemente su ropa debía oler a sudor que tiraba para atrás, se separó de la pelirroja que se había abrazado de forma mimosa a él. Con una disculpa cogió la toalla que colgaba tras la puerta, algo con que vestirse y se encerró en el baño con la esperanza de que su humos se suavizaran con el agua caliente de la ducha.


El agua de la ducha caía hirviendo sobre él, dejando cualquier resquicio de su piel completamente enrojecida y envolviéndolo en una nube de vaho que lo ocultaba del resto de compañeros. Acababan de ganar un partido importante contra los Cannon, que aquel año habían salido como favoritos en la liga tras su espectacular despegue a inicios de temporada y que ellos habían arruinado arrebatándole el primer puesto. El próximo partido sería contra las Harpías algo que no sería sencillo, por lo que no debía bajar la guardia a pesar de que los separaban cien puntos de diferencia y eso les dejaba un margen de maniobra que aprovecharía para su beneficio.

En aquellos años que llevaba practicando el quidditch profesionalmente había logrado que sus compañeros y gran parte de los admiradores del equipo lo apreciasen como jugador, aunque algunos todavía se resistían a aceptar que era realmente bueno en lo que hacía. Habían conseguido dos ligas seguidas desde que era titular, se había convertido en el segundo capitán elegido por sus propios compañeros de grupo y hacía un año había recibido la gran noticia que sería, por fin, titular en el mundial. Sólo había jugado un partido amistoso con la selección inglesa, pero eso no podía compararse con un partido real en el que podía darlo todo de sí mismo y convertirse en una gran figura del quidditch, al menos a nivel nacional.

Enrolló la toalla a su cintura, escurriendo posteriormente su húmedo pelo que goteaba de forma insistente sobre sus hombros y salió al vestuario donde quedaba algún rezagado, el segundo entrenador del equipo y el fisioterapeuta que siempre los acompañaba por si se lesionaban, estos últimos mantenían una entretenida charla sobre el partido que acaban de presenciar. Con discreción abrió la taquilla con un hechizo silencioso y sin varita, una medida de seguridad para que nadie robase las cosas ajenas, y sacó la ropa de calle que tenía allí guardada. Observó la foto en movimiento en la que se encontraba su madre y Astoria, la chica que se había convertido en su novia no hacía más de cuatro meses.

Astoria y él habían coincidido en Hogwarts, pero la diferencia de edad había sido un gran impedimento para que se relacionasen entre ellos. Draco siempre había limitado su círculo de amigos a los compañeros de su mismo curso, pero Daphne se había encargado de hacer saber que aquella niña de pelo castaño y carácter bipolar era su hermana pequeña. Y decía bipolar porque Astoria era alguien temperamental, aunque realmente cariñosa cuando se lo proponía. Podía ser un osito de peluche al que daba ganas de achuchar o bien un frío tempano de hielo imposible de atravesar y eso hacía que la quisiera, porque sabía estar según el tipo de situación en la que se encontrase. A él no se le conocía precisamente por mostrarse tierno en público y no pretendía tener una pareja que necesitase muestras de amor delante de los demás, porque eso era lo suficiente privado como para sólo concentrarlo en sus momentos a solas o quizá simplemente rodeados de su familia.

El reencuentro entre él y Astoria se había dado de forma inesperada, así como su relación. Después de dos años jugando en las Avispas y ser titular, Lucius había aceptado ir a verlo jugar uno de los partidos más importantes de toda la liga. Derrotar a las Urracas era un reto que no podían permitirse perder y no sólo para demostrarle a su padre que él era alguien útil, que le gustaba lo que hacía con su vida y que realmente era bueno. Fue un partido realmente duro, extenuante y glorioso para el equipo. El marcado había acabado 350-270 a favor de las Avispas tras dos horas y medio de juego. El buscador del equipo se había hecho con la snitch y todos los compañeros, incluyéndole a él, se le pusieron encima en lo que era un abrazo grupal a la vez que el estadio rompía en gritos de victoria.

Sus padres habían esperado en el vestíbulo, junto a la familia Greengrass al completo, y él salió tras ducharse con algunos de sus compañeros. Los despidió con un movimiento de cabeza y saludó cordialmente al patriarca de la familia, pasando después hacia la madre y por último a las hermanas Greengrass. Hacía tiempo que no se encontraba con Astoria, quizá años, pero con Daphne había mantenido el contacto todo lo que su profesión le había permitido al igual que con el resto de sus amigos. Lucius se mantuvo alejado, en pose estatua sin dejar notar su presencia, pero su madre lo abrazó de forma cariñosa y lo felicitó por ganar. La relación con su padre se había vuelto casi nula tras la guerra. La terquedad de Lucius por seguir creyendo en todo aquello que había convertido en una pesadilla su vida había abierto una enorme brecha, casi infranqueable, entre padre e hijo. Las discusiones ya no se daban entre ellos, ni siquiera hablaban de forma normal y que Draco le hubiese retirado la palabra hacía tres años y medio no ayudaba a que todas esas diferencias se solucionasen.

Tras una cena en la mansión Malfoy y varios encuentros esporádicos, debido a la cercanía de Astoria con su hermana, habían hecho posible que Draco viese algo especial en aquella chica que en Hogwarts había pasado tan desapercibido para él.

—Draco, ¿cómo tienes el hombro? —preguntó Martin, el fisioterapeuta del equipo. Y es que en el partido había recibido el impacto de uno de los cazadores del equipo contrario provocándole una pequeña contractura en el hombro que se había lesionado hacía varios días atrás en uno de los entrenamientos.

—Todo bien, sólo ha sido el impacto. Aún tengo el hematoma y el golpe no creo que ayude a que desaparezca. —Apartó la camisa para mostrar el brazo que tenía un extraño color azulado desde la clavícula—. No me duele mucho, pero si sigo llegando con estos morados mi novia os pleiteará a todos por maltrato.

—Entonces tendremos que cuidarte mejor. Pásate mañana por la enfermería y te reviso que no tengas algún desgarro muscular. De todas formas continua con la poción que te pasé, no hagas movimientos bruscos e intenta tener el brazo lo más pegado al tronco que puedas. —Sonrió con amabilidad y salió del vestuario revisando los folios que llevaba en la mano.

A pesar de lo que le había costado entrar al equipo, de todas las trabas que habían puesto para ficharlo como suplente, los años habían hecho su efecto para borrar las manchas de su pasado al menos a la altura de su equipo. Algunos hinchas aún no aceptaban que Draco Malfoy estuviese entre las filas de uno de los mejores equipos de Quidditch y que además le debiesen algunas de las victorias de las Avispas. Pero eso ya no tenía el mismo efecto en el rubio, que había aprendido a agradar y desagradar a partes iguales.

Salió del vestuario con la bolsa colgando en el hombro derecho y vio que al final del pasillo, en el vestíbulo, Astoria lo esperaba con una expresión neutra que no dejaba ver cuál era su estado de ánimo. Al llegar a la altura de su pareja la saludó con una sonrisa tierna y caminaron juntos hacia la salida trasera del estadio.