Capítulo 2. La UPOLCO.
Aunque era solamente la una y cuarto de la tarde, y no hacía frío ninguno en aquella sala de la Oficina Central de Seguridad Pública, en Tokyo, Tsubasa Ôzora, jefe de la Unidad Policial de Lucha contra el Crimen Organizado (más conocida como UPOLCO) notó como un fuerte escalofrío le recorría la espina dorsal.
- Tsubasa, ¿estás bien? De repente te has puesto pálido. -le preguntó Tarô Misaki, su mano derecha y uno de sus mejores amigos.
- Sí, sí. Tranquilo, Tarô, no es nada. -dijo Tsubasa, aunque de súbito había tenido el presentimiento de que algo muy malo iba a ocurrir.
- Pues esa "nada" te ha arrugado bastante la frente, amigo. -intervino Ryô Ishizaki, el otro segundo al mando de Tsubasa, entrando en el despacho y depositando en la mesa a la que estaban sentados Misaki y Ôzora un informe pulcramente grapado. Tsubasa suspiró. "Éste es uno de los inconvenientes de los amigos de la infancia." -pensó- "Te conocen demasiado bien." Y él los conocía lo suficiente como para saber que no pararían hasta sonsacarle lo que le preocupaba.
- Sólo fue un escalofrío, nada más. -intentó convencerles de nuevo, con la (vana) esperanza de que cambiasen de tema. Pero Tarô y Ryô lo miraron impasibles, esperando a que soltase el resto. Tsubasa se rindió con un suspiro. No tenía escapatoria.
- De repente tuve el presentimiento de que algo malo iba a pasar. Pero seguro que sólo es el exceso de trabajo... -añadió rápidamente, alcanzando el informe de Ryô y empezando a leerlo. Ishizaki y Misaki intercambiaron una mirada inquieta. Los presentimientos de Tsubasa rara vez fallaban, y aunque él decía y repetía que no era ninguna maldita bola de cristal, Ryô seguía preguntándole todos los sábados a la hora de rellenar la quiniela.
- Pues si es por el exceso de trabajo, será mejor que dejes eso y vayas a por unos cafés ¿no te parece? -dijo Tarô. Ishizaki lo miró sorprendido. Misaki nunca era tan tajante al hablar.
- Y yo que creía que la etapa de chico de los cafés había terminado hace tiempo... -suspiró Tsubasa resignado- ¿Lo de siempre?
- Lo de siempre. -confirmó Tarô.
Cuando Tsubasa cerró la puerta, Ryô se volvió hacia él.
- ¿Se puede saber por qué has hecho eso? -le preguntó a Misaki un poco enfadado- Se ve a la legua que está más preocupado de lo que dice, y en vez de intentar animarlo, ¿tú vas y lo mandas a por café?
- Sí. -le respondió Misaki tranquilamente- Seguramente querrá llamar a su casa, ya sabes, para asegurarse de que están todos bien. Yo sólo le he dado la excusa perfecta para hacerlo. Siempre puede decir que había cola en la cafetería. -añadió con una sonrisa- Conoces a Tsubasa, sabes que nunca admitiría estar preocupado por algo tan vago como un presentimiento; pero si queremos hacer algo con ese informe, mejor que esté tranquilo y centrado en el trabajo.
- Con razón no ha protestado con más energía. -se sonrió Ishizaki- Lo siento, Tarô. He hablado muy deprisa.
- Como siempre... -bromeó el aludido.
Mientras tanto, en el pasillo, Tsubasa hablaba por teléfono con Genzô Wakabayashi, guardaespaldas de la familia Ôzora, aliviado de enterarse de que todo iba bien.
- ¿Y a qué se debe esta repentina llamada? -preguntó Genzô, más inquieto de lo que quería reconocer- ¿Algún anónimo amenazante? ¿Los Hyuga vuelven a dar guerra?
- No, tranquilo, sólo fue un mal presentimiento. Me alegro de haberme equivocado. -respondió Tsubasa sinceramente.
Al otro lado de la línea, Wakabayashi sonrió, más calmado. Todavía recordaba cuando, años atrás, el padre de Tsubasa había sido tiroteado por desoír las amenazas de los Hyuga. Habían sido tres días de locos, pero por suerte el señor Ôzora sobrevivió. Se había quedado parapléjico, eso sí, pero sin duda era mejor estar vivo y en silla de ruedas que que tu familia reciba condecoraciones post-mortem. Desde entonces, Genzô se preocupaba mucho más por la seguridad de su familia (llevaba tanto tiempo con ellos que ya consideraba a los Ôzora su propia familia). No quería que volviese a ocurrirles nada malo.
- Yo también. Saluda a los chicos de mi parte.
- Lo haré. Hasta luego, Genzô.
- Adiós, Tsubasa.
Ya tranquilo, el joven se dirigió a la cafetería, donde pidió dos cortados y un capuchino. Los vasitos de cartón estaban calientes, pero al final consiguió transportarlos (medio haciendo malabares) sin quemarse mucho.
Cuando Ryô vio entrar a un sonriente y acalorado Tsubasa, llevando como podía los tres vasos de café, se alegró sinceramente de que Tarô conociese tan bien a su amigo. Estaba claro que, por suerte, el mal presentimiento de Tsubasa se había quedado sólo en eso, en un presentimiento. "Ahora ya podemos ponernos con el maldito informe." -pensó.
- Genzô os manda saludos, chicos. -dijo Tsubasa entregándoles los vasos humeantes.
- ¿Todo bien? -afirmó, más que preguntó, Misaki.
- Sí. Lo siento, tíos, me preocupo demasiado. -se disculpó Tsubasa, un poco avergonzado.
- Vamos, hombre, tampoco hace falta que te disculpes por invitarnos a café. -bromeó Ishizaki. Tsubasa rió y se sentó de nuevo, volviendo a coger el informe.
- Y bien, ¿qué nos cuenta Hikaru esta vez? -preguntó Tarô. Hikaru Matsuyama, natural de Hokkaido, era uno de sus más íntimos amigos, y el mejor a la hora de enterarse de cosas que nadie en su sano juicio le diría a un policía. Claro que Matsuyama contaba con la inestimable ventaja de no tener en absoluto pinta de policía.
Si te lo encontrabas de noche en un bar de los bajos fondos, con barba de varios días, mirada aparentemente perdida en la cerveza y unas ropas que andaban necesitando un buen lavado, pensarías lo que todo el mundo: un borracho inofensivo que no va a entender tres palabras de lo que digamos. Si, por el contrario, te lo encontrabas por la calle, bien vestido y afeitado, charlando amigablemente con una señorita bastante ligera de ropa, pensarías que estaban negociando la tarifa.
Craso error. En el primer caso, estaría tomando nota mentalmente de la conversación (cuando no apretando con disimulo el botón de su silenciosa grabadora de bolsillo), y en el segundo, le habría pagado a la chica lo suficiente como para que ella le dijera encantada todo lo que necesitase saber. Y esos eran solo dos de sus métodos para conseguir información. Tsubasa ya había perdido la cuenta de las veces que habían pillado in fraganti a una banda de narcos gracias al soplo de uno de los contactos de Hikaru.
- Hoy nos trae algo gordo. -respondió Ishizaki- Hace un par de días, se enteró de que los Hyuga tenían algo que ver con la desaparición de un tal Kitazume, un traficante de armas que al parecer les estaba haciendo la competencia, y cuando su interlocutor se emborrachó un poco más, le dijo dónde habían enterrado el cuerpo. Jun ya está haciéndole la autopsia; en unas horas tendrá los resultados. Teniendo en cuenta que el cadáver es bastante reciente, es más probable que encuentre restos de piel del atacante debajo de las uñas, o alguna otra pista que nos conduzca a un pez mediano.
- Y quizás ese pez sepa lo suficiente como para que podamos empapelar a Hyuga o a alguno de sus subordinados y meterlos entre rejas de una buena vez. -completó Tsubasa.
- Exacto.
Ishizaki iba a continuar, pero en ese momento llamaron a la puerta.
- ¡Adelante! -dijo Tsubasa, y Tamotsu Ide entró en la habitación. Ide era uno de los mejores hackers del mundo, y no tenía rival en Japón. Tsubasa se sentía muy afortunado de tenerlo en la UPOLCO. Si la información que necesitaban estaba en Internet, Tamotsu la encontraría. Además, se encargaba de mantener en constante vigilancia los domicilios de Hyuga y sus socios, y sus principales centros de negocios.
- Siento interrumpir, -les dijo sonriente- pero tengo una buena noticia.
- Dispara. -le dijo Misaki.
- Hiroshi ya está dentro. Nos mantendrá informados de las novedades, pero solo podrá ponerse en contacto con nosotros mientras esté solo en el coche, porque hay cámaras de vigilancia por toda la casa. No podemos arriesgarnos a que le pillen.
- Estupendo, Tamotsu. -le felicitó Tsubasa- A propósito, ¿cómo conseguiste que le contrataran? Por lo que sé, Wakashimazu es muy cuidadoso con los empleados que mete en la casa.
- Hikaru me hizo el favor de "convencer" a un par de conocidos de Wakashimazu para que se lo recomendaran. Lo ha hecho realmente bien, tendré que invitarle a una cerveza en cuanto salgamos. -dijo con una ancha sonrisa.
- Estoy seguro de que se alegrará de oír eso. -se sonrió Misaki- ¿Algo más, Tamotsu?
- No, el resto está en el informe de Ryô. Vuelvo al trabajo, chicos. Si me necesitáis, ya sabéis dónde encontrarme. -se despidió, dirigiéndose a la salida.
- Hasta luego, Tamotsu.
- Hasta luego. -Ide cerró la puerta tras él.
- Lo que dice el resto del informe -continuó Ishizaki- es que, esta mañana, después de una semana en el extranjero, Hyuga llegó a su casa a las 9:45 y salió de ella, con Wakashimazu, a las 12:30. A las 13:00 llegó a la oficina principal, donde ya estaban Kira, Sorimachi y Sawada. Aún siguen allí.
- Bien, parece que, por el momento, habrá que esperar los informes de Hiroshi y de Misugi para dar el siguiente paso. -concluyó Tsubasa- Yo voy a ver si Roberto sabe algo del viaje de Hyuga, quizás haya pasado por Brasil.
- Bueno, entonces será mejor que me ponga con el papeleo y tramite el certificado de defunción de Kitazume. -resopló Ishizaki. Si había algo que Ryô odiaba de su trabajo, era el papeleo, pero sabía bien que era un mal necesario. Se despidió y salió de la sala.
- Mañana no vas a venir, ¿verdad, Tarô? -le preguntó Tsubasa cuando se quedaron solos.
- No. Ya sabes que es el aniversario... -Tarô agachó la cabeza, mirándose las manos con tristeza.
Tsubasa frunció el ceño con preocupación. Ya habían pasado tres años, pero el dolor y la rabia escondidos en la voz de Tarô seguían siendo evidentes. El joven se levantó y se acercó a su compañero, poniéndole una mano en el hombro.
- Tarô, si necesitas hablar, o si quieres que te acompañe, o lo que sea, llámame. No importa la hora ni el lugar, tú llámame. No estás solo en esto, amigo.
Misaki asintió lentamente, notando cómo las lágrimas se arremolinaban bajo sus párpados.
- Gracias, Tsubasa. -logró murmurar con voz débil. Cuando Tsubasa retiró la mano, se levantó y salió de la sala, cerrando la puerta tras de sí. Necesitaba estar un rato a solas.
Cuando salió al pasillo, supo que lo mejor sería ir a la cafetería. El turno de la mañana acababa de terminar, y prácticamente todo el mundo se iría a su casa a comer. En la cafetería estaría tranquilo.
Al llegar a la barra, pidió un capuchino y se lo llevó a una mesita para dos, al lado de la ventana. Mientras el café se enfriaba en la mesa, Tarô se perdió en sus pensamientos, sin poder evitar que los recuerdos lo invadieran.
Él había nacido en Nankatsu, una pequeña ciudad de la prefectura de Shizuoka. Según lo que le había contado su madre, su padre era un pintor ambulante, que viajaba por todo Japón plasmando en sus cuadros los paisajes que le gustaban. Al principio, las cosas fueron bien, pero, aunque la madre de Tarô amaba con locura a Ichiro Misaki, la vida errante no estaba hecha para ella. Así que un día, cogió sus cosas y abandonó a Ichiro, llevándose a su hijo. Arami se fue con él a la capital, donde encontró trabajo y logró criarlo. Los primeros meses fueron difíciles, pero su madre era una mujer fuerte, y salieron adelante. Y al cabo de cinco años, cuando el pequeño Tarô tenía seis, conoció a Akira Yamaoka y se enamoró de él. Se casaron y dos años después nació Yoshiko, la hermanita de Tarô.
Esos años fueron los más felices de la vida de Misaki: tenía una familia completa y buenos amigos (había conocido a Tsubasa y a los demás en el colegio), le iba bien en la escuela y los deportes, y, por si fuera poco, tenía una preciosa hermanita a la que adoraba. Y durante ese tiempo, la fortuna les sonrió a los negocios del señor Yamaoka, que rápidamente se convirtió en un rico empresario.
Once años después, Tarô Misaki era un joven alegre y emprendedor que parecía tenerlo todo de su parte. Y así siguieron las cosas, hasta que un día Yoshiko no volvió del colegio. Esa tarde, los padres de Tarô recibieron una misiva en la que ponía que la habían secuestrado, y que si la querían de vuelta sana y salva tendrían que dejar cierta suma de dinero bajo uno de los bancos del parque de Tokyo, a una hora y un día que Tarô no recordaba. La carta también advertía que, si avisaban a la policía, Yoshiko moriría. Pero a pesar de todo, los señores Yamaoka llamaron a las autoridades para denunciar el secuestro de la pequeña.
Al día siguiente, el cadáver de Yoshiko apareció en el porche, con los ojitos cerrados y una dulce sonrisa en los labios. Parecía haberse quedado dormida debajo del alero. Sobre su pecho descansaba una cuartilla doblada, que rezaba las palabras "Cosa Nostra", escritas con fluida caligrafía occidental.
Aunque (como siempre) no se pudo demostrar nada, no había que ser un genio para darse cuenta de que dos y dos son cuatro. Los Hyuga eran los mayores rivales financieros del señor Yamaoka, y, desde hacía unos cuantos meses, junto a todas las presuntas víctimas del clan, aparecían esas dos malditas palabras: Cosa Nostra. Como si esos monstruos estuviesen adjudicándose los cuerpos. Con una amarga sonrisa, Tarô se preguntó si a Hyuga le gustaría El Padrino.
Hacía ya casi tres años, Tarô Misaki había jurado sobre la tumba de su hermana que no descansaría hasta dar con el cabrón que la había matado, y que se encargaría personalmente de que muriera en sus brazos. También le había prometido que, tan pronto como le fuera posible, metería a Kôjirô Hyuga en una celda, de la que jamás volvería a salir si no era con los pies por delante. Y mañana volvería a renovar su juramento.
- Tarô, ¿estás bien? -la voz preocupada de Tamotsu arrancó a Misaki de sus pensamientos. Algo sorprendido, Tarô se dio cuenta de que tenía lágrimas en las mejillas. Suspirando, se las secó con el dorso de la mano. Ya habían pasado tres años desde la muerte de Yoshiko, y lo único que había hecho era llorar como un inútil.
- Sí, sí, es sólo... -el joven se interrumpió al escuchar su propia voz, débil y rota. ¿A quién pretendía engañar? No estaba bien, y fingir lo contrario sería una pérdida de tiempo.
- ¿Puedo sentarme? -le preguntó Tamotsu con delicadeza. Sin confiar en sus cuerdas vocales, Tarô asintió, señalándole el sitio libre. Ide apartó la silla y se sentó. Tarô le dio un sorbo a su capuchino intacto, por hacer algo.
- Siento mucho lo de tu hermana. -le dijo Ide con sinceridad. Tarô volvió a asentir. Agradecía las buenas intenciones de Tamotsu, pero intuía que hoy no iba a conseguir levantarle el ánimo. Los chicos se sumieron en el silencio; Tarô removiendo distraídamente su capuchino con la cucharilla, Tamotsu preguntándose qué podía hacer para confortar a su amigo aunque fuera un poco.
- ¿En qué piensas? -preguntó, atento a su reacción. Quizás Tarô necesitara desahogarse, pero si no quería hablar, él no pensaba obligarlo. Por suerte, la pregunta no pareció empeorar la situación.
- En cómo sería ahora si... si estuviera viva. -respondió Tarô en voz baja- En diciembre habría cumplido catorce años, y estaría más alta. Quizás comenzaría a fijarse en los chicos, y entonces nuestra madre trataría de darle la consabida charla de las flores y las abejas, y nuestro padre frunciría un poco el ceño, diciéndole que su niña aún era muy pequeña para esas cosas. -para preocupación de Tamotsu, la pequeña sonrisa que había florecido en los labios de Tarô se esfumó de repente- Si tan solo hubiera ido a recogerla ese día... -suspiró.
- No fue culpa tuya, Tarô.
- Ya lo sé, pero no puedo dejar de pensar que si hubiese estado con ella...
- Si hubieras estado con ella, -le interrumpió Tamotsu con suavidad- la habrían secuestrado al día siguiente, o al otro, o una semana después, porque esos capullos ya lo tenían todo planeado, y los Hyuga nunca dejan escapar una presa. Tarô, por favor, no te atormentes. -le pidió- A Yoshiko no le gustaría verte así. -Misaki lo miró fijamente, como procesando sus palabras. Tamotsu se preguntó si no habría metido la pata al ser tan sincero, pero, después de unos instantes, su amigo simplemente asintió con la cabeza.
- Tienes razón, Tamotsu. -murmuró- A Yoshiko le pondría muy triste verme así...
La mesa volvió a sumirse en el silencio. Tarô reflexionaba sobre las palabras de Tamotsu: ¿habría podido él hacer algo? No, el hacker tenía razón: por desgracia, la muerte de su hermanita había sido inevitable. Pero eso no quería decir que otras tuvieran que serlo. "Basta ya de autocompasión." -se dijo Tarô- "Juré que encerraría a ese monstruo para que nadie más tuviera que sufrir lo que sufrió mi familia, y eso es lo que voy a hacer. Mañana, después de pasar por el cementerio, vendré a trabajar. No puedo tomarme el día libre con esa bestia campando a sus anchas por ahí." Un poco más animado, y resuelto a no volver a dejarse vencer por el dolor, Tarô alzó la mirada, una media sonrisa asomando en sus labios.
- Gracias, Tamotsu. -le dijo a su amigo, y el hacker supo que lo decía de verdad. "Este ya es el Tarô Misaki que conozco." -pensó más animado.
- No hay de qué. Para eso estamos, ¿no? -le respondió. Justo en ese momento, el estómago de Tamotsu decidió hacer acto de presencia, provocando que su dueño se pusiera rojo cual tomate. Tarô no pudo evitar soltar una carcajada.
- Venga, te invito a comer. -le ofreció al informático- Y mañana invitas tú, ¿te parece?
- ¿Eso quiere decir que mañana vienes a trabajar? -le preguntó Tamotsu, alegre y un poco sorprendido.
- Sí. No puedo tomarme el día libre cuando hay tantas cosas que hacer aquí. Iré al cementerio por la mañana, con mis padres, y después vendré al trabajo.
- Entonces, ¡trato hecho! -aceptó Tamotsu con una gran sonrisa- Estoy seguro de que, donde quiera que esté, Yoshiko está orgullosa de ti.
Los dos jóvenes se dirigieron a la barra para pedir, y después volvieron a la mesa.
- Tamotsu... -empezó a decir Tarô mientras esperaban la comida. El hacker provenía de otra zona de Tokyo, Shinjuku (más concretamente, de Kabukichô), y lo habían conocido ya en la universidad, así que Tarô no sabía tanto de él como del resto de sus amigos.
- ¿Sí?
- ¿Tú por qué te dedicas a esto? -le preguntó. Cada miembro de la UPOLCO tenía sus razones para trabajar allí: Tsubasa y Ryô soñaban con un mundo libre de mafia, mientras que Hikaru e Hiroshi querían hacer de Tokyo un lugar más seguro. Jun, el médico forense, buscaba que también a los cadáveres que nadie reclamaba se les hiciese justicia. Tarô quería vengar la muerte de su hermana e impedir que más gente pasara por lo que tuvo que pasar su familia, y Genzô prefería proteger a las personas antes que perseguir a los criminales. Pero Misaki no sabía cuál era la motivación de Tamotsu. Sin embargo, al ver el dolor y la tristeza que invadieron las facciones del informático al oír la pregunta, deseó haberse mordido la lengua.
- Porque hace ya casi tres años, los Hyuga mataron a mi mejor amigo. -dijo Tamotsu en voz baja. El joven titubeó un momento antes de continuar- Se llamaba Shingo Aoi, y él y yo habíamos sido amigos desde los cinco años. Él vivía a sólo unas cuantas calles de mi casa, así que nos pasábamos prácticamente todo el día juntos, en su casa o en la mía. Bueno, al menos así era hasta que su padre cayó enfermo... -se corrigió- Cuando teníamos quince años, a su padre le diagnosticaron leucemia, y ya sabes lo caros que son los tratamientos de quimioterapia... -Tarô asintió- Su familia empezó a pasar apuros económicos, así que Shingo tuvo que ponerse a trabajar después de clase (o al menos eso era lo que yo creía que hacía). Fueron unos meses de locura. -Tamotsu negó tristemente con la cabeza- Shingo dormía muy poco, y estaba tan delgado que parecía un fantasma. Y de repente, un día, todo cambió: por la tarde, un tal Kira (sí, Tarô, el mismo Kozo Kira que tú y yo conocemos) se presentó en casa de los Aoi, para informarles de que Shingo había ganado una beca de interno en una academia llamada... ¿cómo era? Ah, sí en una tal Academia Toho. Con todos los gastos escolares pagados y, visto que su familia tenía problemas económicos, recibiría también una pensión mensual.
Al principio, la señora Aoi pensó que todo se trataba de una broma de muy mal gusto, pero cuando Kira la convenció de que hablaba en serio, la pobre mujer no cabía en sí de la alegría. Imagínate: su hijo iba a poder estudiar y encima les enviaría dinero a casa. Sus problemas económicos estaban resueltos.
Las cosas fueron bien durante ese año: el padre de Shingo superó el cáncer, su hermana pudo ingresar en la universidad, y todos los meses les llegaba el dinero de la pensión. Y, sin embargo, a mí todo eso me olía a gato encerrado. Entonces, ya rara vez lo veía y, cuando nos encontrábamos, se comportaba de un modo muy extraño... Estaba distante y nervioso, y yo sabía que me escondía algo. Intenté presionarlo para que me lo contase, pero no hubo manera.
Así siguieron desarrollándose las cosas hasta que un día, cuando teníamos diecisiete años, a casa de los Aoi llegó una carta de Shingo.
En esa carta, Shingo le confesaba a su familia que el dinero que mandaba cada mes no provenía de la famosa beca, sino de varios robos que había realizado como miembro de la yakuza, a la que se había unido hacía entonces dos años. Al parecer, toda la historia de la beca era una farsa. Les decía que se había metido en el clan Hyuga para poder solucionar los problemas económicos de la familia, pero que, al negarse a obedecer una orden de sus jefes, había caído en desgracia, y ahora todos corrían peligro, peligro de muerte. Les rogó a sus padres que se marchasen a Italia, donde tenían algunos parientes, diciéndoles que él iba hacia el aeropuerto y que se reuniría con ellos en Milán.
Su familia, asustada, accedió, y se mudaron lo más rápido que pudieron, dispuestos a esperar a Shingo allí. Pero pasaron los días y Shingo no apareció.
Tres meses después de esto, unos senderistas encontraron en un bosque de Saitama el esqueleto decapitado de un hombre de entre 15 y 18 años, con el pasaporte de Shingo y un billete de avión para Italia en uno de los bolsillos de la chaqueta, cuya fecha coincidía con la de la carta. -la voz de Tamotsu era casi un susurro, y sus ojos brillaban de lágrimas contenidas.
No sé por qué le cortaron la cabeza, -continuó- si se podía identificar perfectamente el cadáver por el pasaporte. Quizás fuera un acto de venganza, o una macabra medida disuasoria para futuros traidores, no lo sé. Lo único que sé es que mi mejor amigo murió a los diecisiete años, y que los Hyuga tuvieron mucho que ver con eso. Podría decirse que mi motivación para trabajar aquí es esclarecer el asesinato de Shingo. -finalizó Tamotsu, con lágrimas en las mejillas y los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba los puños. Por un momento, Misaki se quedó sin palabras, sorprendido y consternado por la historia.
- Lo siento mucho Tamotsu, no debería habértelo preguntado... -empezó a decir Tarô, apenado por haberle hecho rememorar a su amigo un recuerdo doloroso.
- No, Tarô, no te disculpes. -le interrumpió Tamotsu, frotándose rápidamente los ojos con el dorso de la mano- Me ha hecho bien contártelo. -le confesó. Y era verdad. Ahora se sentía mejor, como más ligero. Tarô esbozó una pequeña sonrisa.
- En ese caso, me alegro. -dijo- Y, Tamotsu, si necesitas hablar o lo que sea, ya sabes que puedes contar conmigo. -el hacker también sonrió débilmente.
- Lo mismo digo, Tarô. Lo mismo digo.
