Capítulo 2
Una semana después, Atchís y yo éramos inseparables…bueno…en realidad vivía en mi cabeza pero vosotros me entendéis. Me refiero a que se había convertido en mi mejor y casi único amigo. Hablábamos de todo y a todas horas. Al punto de que mis padres me creían en la típica regresión infantil de tener amigos invisibles. Yo, desde luego, no les sacaba del error. Si me sorprendían hablando en el comedor supuestamente a solas…pues mejor…que pensaran que realmente conversaba con seres invisibles. Y ya en mi cuarto, le acercaba el piojipulgar a mi antena para que se trepara en él y luego platicábamos cara a cara por horas. He de admitir que, más que sus historias, lo que me fascinaba de él era sus modales exquisitos, tono de voz y elegancia. ¿Alimaña? Para nada. Un solo gesto de Atchís contenía más civilización y significado que dos o tres lecciones de geografía del cole. Además me encantaba su traje turquesa y sus mini-diminutos-invisibles botones con los que anudaba sus ropajes. En fin y resumiendo, no sabría decir a ciencia cierta cuán guapo era puesto que casi no le veía bien, pero desde luego lo era y mucho.
Y en el cole, por fin, me sentía a gusto. Si anteriormente sufría en clase (los estudios se me daban fatal) y más aún en los recreos (casi no jugaba con otros niños), ahora todo había cambiado. Atchís me había autoproclamado su discípula y me ayudaba en todo. Incluso sospecho que una vez se bajó de mi cabeza a hurtadillas y copió las preguntas del examen que me tomarían el día siguiente. Y por supuesto…a la hora de merendar ya no me sentía tan sola. En ese momento podría decirse que mi único problema seguía siendo Piojudo, el bruto de la clase. Medía dos piojimetros de alto y tres de ancho. Y odiaba todo lo que fuera más débil que él, es decir a todo el mundo, y específicamente a quienes le hacían frente. Su hobby, ya lo podréis imaginar: cazar y maltratar humanos. Hasta el momento había logrado mi cometido de parecer invisible a sus ojos. No trataba con nadie ni hablaba en clase. Pero entonces cuando gracias a Atchís, comencé a despuntar en el aula y fuera de ella, capté su atención. Lo suficiente como para que me encarara en un pasillo justo cuando regresaba del aseo. Estábamos solos.
-Veo que has aprendido a hablar, Piomema.
-Me llamo Piojota –le repuse con indiferencia-. O Piojette si quieres llamarme en franciojo. O froilan Piojota en germiniojo. O…
Ante cada nuevo apelativo noté cómo se iba poniendo más y más pálido. Si su plan consistía en empujarme de regreso a mis tartamudeos de tímida, la cosa le había salido fatal. Y supongo que esa era la única técnica para humillarme que se había pensado porque antes de terminar de contarle cómo era mi nombre en japoniojo, me propinó un buen empujón que me dejó literalmente despatarrada en el suelo y sin palabras. Menos argumentos fueron capaces de salir de mi boca cuando una minisombra petitveloz como un ínfimo rayo saltó desde mi antena e impactó a continuación en el brazo de mi agresor.
-¿Qué es esto? –se quitó Piojudo como pudo a Atchís del brazo, no sin antes proferir algunos insultos que una pioja educada como yo no había oído nunca-. Este humano me ha mordido –le cogió de un pie y lo sostuvo boca abajo mientras Atchís tiraba manotazos al aire y se ponía morado por la rabia y la nueva pose en la que se encontraba.
-Súeltale, por favor.
Piojudo le miró con asco.
-¿Es tuya esta cosa?
-Devuélvemelo –bramé desde el suelo-. No se trata de ninguna cosa. Es mi amigo.
-¿Tu amigo? –rió con ganas-. ¿De verdad? Y yo que pensaba que te había vuelto más normal pero sigues tan rara como siempre. A lo mejor me lo como ahora mismo –dijo abriendo la boca y elevando el brazo para que Atchís pendiera justo sobre sus dientes.
Lo que ocurrió después, la lucha de una valerosa Piojid contra su particular Pioliath no la recuerdo bien. Solo que al rato Repulgia nos separaba a los dos con sus largas y huesudas manos (y eso que las pulgas no tienen huesos). ¿El saldo? Unos rasguños por mi parte y un ojo magullado por la suya. Ah, sí, por supuesto. Obviamente, castigados los dos después de clase.
En ese entonces todavía era muy pequeña y no conocía nada o casi nada de la bipolaridad de los hombres. Por eso, cuando Piojudo en lugar de contarle a todo el mundo el secreto de Atchís, asumió la culpa al completo de lo ocurrido, no pude más que sorprenderme. Y más descolocada me sentí cuando Repulgia nos dejó solos en el aula de castigos y este empezó a hablarme con suavidad.
-Déjame ver si lo he entendido. ¿Tienes a un humano de mascota?
-¡NO! Atchís es mi amigo. No una mascota –grité innecesariamente. Creo que todavía seguía enfadada.
Piojudo me miró desconcertado. Sus amplios ojos azules y sus antenas peinadas hacia atrás, como piojigalán de telenovela no concordaban con su fama de matón.
-¿Le has puesto nombre?
-¡No! –le grité un poco más bajo. De a poquito iba calmándome a medida que me sorprendía admirando el tono ultramar de sus ojos-. Yo no se lo he puesto. Habrá sido su madre. Entérate de una vez. Los humanos piensan y sienten como nosotros.
Piojudo se rascó la cabeza.
-Entonces…¿hablan? Yo…lo siento…nunca había tratado uno de verdad. Solo contaba historias para asustar a las piojas tontas…porque me parecía divertido. Tú crees…que podría…¿pedirle disculpas?
¿Lo veis? Bipolaridad masculina al máximo nivel. O una sucia treta para que le dejara atrapar a Atchís otra vez entre sus garras. ¿Vosotros qué hubieseis hecho en mi lugar? Supongo que lo mismo que yo. Todas las hembras, da igual la especie, somos iguales. Nos enternecemos antes las primeras palabras dulces de un mastodonte y perdonamos sin pararnos a pensar en las consecuencias. Por suerte, Piojudo no era de esos. Cuando notó que Atchís, escondido en el bolsillo de mi camisa, se había quedado dormido, ni intentó robármelo ni aprovechó la ocasión para insistir en su idea de que los humanos no eran civilizados. Antes, demostró incluso mayor sensibilidad por su situación que yo misma.
-Parece enfermo.
-¿Tú crees?
Piojudo le cogió con dulzura y extremo cuidado, como si se tratara de una mota de polvo a punto de echarse a volar o el corazón de cristal de una dama enamorada y lo depositó sobre el pupitre, junto al ejemplar de Don Piojote de la Caspa que supuestamente debíamos leer en silencio.
-Mira. Tiembla. Además parece que murmura.
Nos acercamos los dos hasta colocar nuestros oídos sobre sus labios. Y tan cerca quedamos de él y el uno del otro, que incluso una de mis antenas se enredó con una de las suyas. Una especie de escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Por alguna extraña razón, ninguno de los dos hacía nada por separarlas. Se sentía suave y tibia. Como un abrazo de despedida pero sin separarse.
-Cof…cof.
-¡Está tosiendo! -exclamó Piojudo de golpe-. ¡Lo sabia!
Intentamos abrigarle mejor. A falta de pañuelos, Piojudo recortó un extremo de su camisa y le envolvió con él.
-Tu madre te va a matar –aseveré mientras abrigaba al paciente.
-Da igual –sonrió-. De todos modos hoy vuelvo de un castigo después de clase. No creo que me regañe más por esto que por lo otro.
Tenía razón, pensé avergonzada. ¿Cómo habíamos pasado a esto? ¿De casi matarnos a golpes de puños a casi jugar a mamás y papás cuidando a Atchís?
-Lo si…ento –tartamudeé por primera vez en la semana. Creo que te he juzgado mal.
Piojudo desenredó nuestras antenas y al hacerlo sentí como si me acariciara.
-Mejor así. Cuando dudas te vez más linda.
No dije nada. No hacía falta. Sabía de sobra que me había puesto colorada como un mosquito cuando chupa mucha sangre roja. Silencio. Un largo y lento silencio se paseó por el aula durante las siguientes tres eternidades.
-Cof…COF. COF…cof.
De pronto, cuando ya no podía más de la vergüenza, las toses de Atchís se hicieron mucho más fuertes y preocupantes. Y aunque le había tapado con hasta tres capas de camisa…cada vez temblaba más.
-¡Ya está bien! –dijo Piojudo pegando un puñetazo en el pupitre con tanta fuerza que por poco tira a Atchís al suelo-. Hay que llevarlo al veterinario.
-Imposible –argumenté-. Si Repulgia se entera, le matará. Y estamos castigados. No podemos salir.
Claro que eso en el idioma de Piojudo más que un inconveniente era una simple distracción. Cuando quise acordarme ya le tenía frente a la pizarra garabateando su plan.
-Dos castigados más picardía igual: un supercastigado y una prófuga.
-¿Harías eso por mi?
Piojudo meneó la cabeza.
-Por él. Así estaremos en paz.
Fin del capítulo 2.
