Capítulo 1. Lunes.

Cuando Brennan sale del Jeffersonian, ya ha olvidado la apuesta que Booth y ella hicieron casi tres días antes, el viernes por la noche.

Camina lentamente, disfrutando de la suave brisa que mece sus cabellos. Su casa queda lejos, pero a ella no le importa. Está acostumbrada a caminar y le gusta hacerlo. Sobretodo cuando Booth camina junto a ella.

Un ligero sonrojo tiñe sus mejillas en cuanto ese pensamiento se forma en su cabeza. Booth es su compañero, nada más que su compañero.

Sí, se siente bien a su lado, segura, protegida. Y confía en él. Más de lo que nunca ha confiado en nadie, incluso más que en su mejor amiga. Porque Booth es la persona que siempre está a su lado, la persona que ha arriesgado su vida por ella en más de una ocasión.

Y que a ella le guste estar a su lado más que ninguna otra cosa, que se sienta feliz cuando él le sonríe, no quiere decir nada.

Porque ellos solo son compañeros, ¿no?

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Booth llama al timbre de Brennan rogando porque ella no haya llegado aún a casa. No tiene ningún motivo especial para hacerlo; simplemente es así como se lo imagina. Con ella llegando a su apartamento, él esperándola junto a la puerta.

Al no obtener respuesta se sienta contra la pared y cierra los ojos. Está seguro de que cuando ella llegue no entenderá absolutamente nada de lo que está pasando.

Reprime una sonrisa. Huesos, cómo la adora. Su forma de ser, la manera en que lo vuelve loco.

Sabe que la idea que se le ha ocurrido es realmente ridícula, tal y como dijo Ángela. Sabe que, probablemente, ella ni siquiera llegue a comprender lo que pretende, pero tiene que intentarlo. Porque ya no sabe cómo hacerle entender que, para él, ella es lo más importante.

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Brennan se detiene en la puerta de su edificio. Apoya la mano en la pared, la frente contra los fríos ladrillos.

Se ha acordado del gesto divertido de Ángela el viernes por la noche, cuando mencionó la sonrisa de su compañero. ¿Ha pasado algo? ¿Con Booth?

¿Por qué sigue dándole vueltas a eso? ¿A esas palabras? Solo son eso, palabras. Efímeras, volubles, subjetivas.

Mientras caminaba de regreso a casa, ha recordado la apuesta que ella y su compañero hicieron. Ni siquiera puede considerársela así, apuesta. Según Booth, no hay premio, no para ella, no habrá ganador. No hay reto, es demasiado sencillo.

Solo unas palabras susurradas contra sus labios, unas palabras que él parece haber olvidado.

Quiero que me enseñes. Quiero aprender de ti —dijo él, a tan solo unos centímetros de su rostro. —Te propongo un juego. Una semana. Siete huesos. Siete músculos.

¿Quieres que… te enseñe? —preguntó ella, sin saber muy bien qué decir.

Sí. Cada día yo te mostraré un hueso. Y tú me corregirás. Después serás tú la que me señale un músculo.

Ángela tenía razón; era un juego estúpido, absurdo. Siete huesos. Siete músculos. No eran nada comparado a la cantidad total de ellos que había en el cuerpo. ¿Por qué Booth querría hacer algo así?

Será una apuesta —continuó él, aún sin separarse de ella, los ojos brillantes por el desafío.

¿Una apuesta?

Cuando pasen los siete días podrás hacerme un examen. Te aseguro que los recordaré todos.

¿Y si no lo haces?

Lo haré.

¿Cuál es el premio?

No habrá premio —murmuró él lentamente, con un tono perezoso, incluso juguetón. —No para ti.

La antropóloga cierra los ojos un instante. Era un pasatiempo ridículo, pero no podía negar que le había hecho ilusión. Había planeado con todo detalle qué músculos enseñarle; había repasado todos los nombres hasta elegir los siete que, a su parecer, él tendría más dificultades para recordar: ella quería su premio. Quería demostrarle que podía ganarle, por muy seguro que hubiera estado él de que eso no iba a suceder.

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Booth alza la mirada al escuchar a alguien subiendo la escalera; sabe que es ella. Reconocería esos pasos en cualquier lugar.

Se levanta justo a tiempo para verla llegar, las mejillas sonrosadas por el esfuerzo, el cabello desordenado por el viento.

—¿Booth? —Ella se detiene en seco al verle allí. Lo mira confusa, esperando su respuesta.

—Hola, Huesos.

—¿Qué haces aquí?

Él se acerca despacio, con movimientos ágiles, casi seductores.

—Hay algo que tenemos pendiente.

—¿El qué? —Su voz vacila solo un poco. Él está tan cerca que nota su respiración, cálida, contra su piel. Más cerca de lo que nunca antes había estado.

—Nuestra apuesta. —Booth se inclina sobre ella, su rostro aún más cerca del de ella. —El nombre de tu músculo, ¿cuál es?

Músculo pterigoideo externo. Dilo.

Lo tiene en su mente, claro que lo tiene. Entonces, ¿por qué no es capaz de decirlo?

Pterigoideo externo.

Booth se aproxima más, sus dedos rozan el brazo de Brennan. Ella es consciente del calor de su cuerpo, del brillo de sus ojos, de la barba incipiente que asoma a su mandíbula.

—¿Cuál es, Huesos?

—Bíceps —murmura al fin.

—No te oigo. —Da un paso adelante, haciendo que la mujer retroceda y choque contra la pared.

—El bíceps —repite ella, esta vez más fuertemente. —Este. —Y, siguiendo un impulso, alza la mano y la apoya sobre el brazo derecho de Booth, sobre el músculo que acaba de nombrar. Presiona la zona ligeramente y su compañero sonríe sin despegar los ojos de los de ella.

—¿Tan fácil? —Su nariz casi roza la de ella. —Creí que querrías ponérmelo más difícil.

—Lo haré. —Desvía la vista hacia su mano, que aún reposa sobre él. Acaricia la suave tela del traje, cuidando de no salirse de la zona en la que se sitúa el músculo. De reojo le parece ver que él cierra los ojos, aunque no podría asegurarlo; cuando ella vuelve a mirarlo de frente, él clava otra vez su mirada en la de ella. —El de mañana será tan difícil que agradecerás este.

—Genial. —La mano de Brennan resbala y, en cuanto el contacto entre los dos cuerpos se desvanece, el agente se separa de ella, dando un paso atrás. —Lo estoy deseando.

Booth se da la vuelta, dirigiéndose a la escalera. Cruza los dedos; espera que ella lo detenga y…

—¿Booth? —Bingo.

—¿Sí? —responde inocentemente, volviéndose hacia ella.

—¿Y tu hueso?

—Ah, cierto —Sonríe haciéndose el despistado, como si lo hubiera olvidado. —En realidad, tengo tres.

—¿Tres? —Frunce el entrecejo. —Pensé que la apuesta era…

—Cuentan como uno.

—Imposible. Tres huesos distintos nunca podrán ser uno.

—No son uno. Para mí cuentan como uno. —Vuelve a aproximarse. Toma su mano y la alza, dejándola casi justo frente a su rostro. —Falangeta —posa los labios en la uña del dedo índice y corazón de la antropóloga.

El corazón da ella da un salto. Los labios de él ascienden por sus dedos, hasta detenerse un poco más arriba.

—Falangina —susurra. Su boca sigue subiendo con lentitud y se detiene justo después. —Y falanges. —Los labios de Booth se detienen finalmente, depositando un suave beso justo sobre los últimos huesos nombrados.

Brennan reprime un escalofrío. El agente permanece inmóvil durante unos segundos, se detiene en la zona más tiempo del necesario, pero ninguno de los dos parece reparar en ello. O, por lo menos, ninguno de los dos le da importancia.

—Buenas noches, Huesos —dice después, incorporándose. Sin esperar a que ella diga nada se vuelve y sale de allí, sabiendo que su plan va a funcionar.

Tiene que hacerlo.

Continuará…

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