Los personajes que uso en el fic no me pertenecen, son propiedad de Stephenie Meyer, solo me adjudico la historia.
Canciones del capítulo:
Como el agua de Camarón de la isla y Paco de Lucía
First Love de Yiruma
¡DISFRÚTENLO!
Capítulo 1 ― Como el agua
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"Yo te eché mi brazo al hombro
y un brillo de luz de luna
iluminaba tus ojos."
Camarón de la isla
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Tenía cuatro años y mi papá estaba sentado cómodamente en el sillón de nuestra sala, con un tazón de palomitas en el regazo y conmigo a su lado, ambos mirábamos atentamente hacia la pantalla de televisión. Cualquiera, desde afuera, pensaría que padre e hijo estaban disfrutando de una bella y emocionante tarde de películas del viejo oeste, pero si se detenían a ver y escuchar con más claridad, se daría cuenta de los emocionados "OLE" que gritábamos cada vez que el toro embestía furioso el capote que el torero batía, sostenido firmemente entre sus manos, incitando y provocando al animal para atacar.
Recuerdo tan claramente, como si hubiera sido ayer, el cómo mi corazón galopaba frenéticamente en una carrera a muerte, provocado por la emoción de toda la escena: el ruedo, el toro, ese gigante animal que en vez de miedo me causaba fascinación, el torero a pie así como el caballista tan imponentes, la voz coral de todo el público desbordado en ovaciones por cada asalto. En sí era todo el conjunto lo que me hipnotizaba, haciendo que repitiera casi con fervor una de las pocas palabras que estaban en mi léxico infantil. Ni siquiera le presté atención al delicioso postre de chocolate que mamá había acabado de traer, aunque era mi favorito.
―Carlisle, sabes que no me gusta que el niño vea ese tipo de programas ―reprochó mamá, cansada, pues ya estaba harta de enojarse.
―Cariño, no le veo nada de malo, no le hace ningún mal a nadie, es un deporte… OLE ―gritamos ambos cuando el toro volvió a arremeter contra el capote. Mamá bufó, frustrada, dio media vuelta y regresó a la cocina.
―Deporte, ¡deporte! Llamar deporte a un crimen.
―No le hagas caso, Edward ―dijo papá, sonriendo y llevando una de sus manos hasta mi cabeza para revolverme el cabello―, tu madre no sabe apreciar los verdaderos espectáculos. Por eso, cuando te cases, hazlo con una mujer amante de la faena. ―Sonreí y me llevé una palomita a la boca mientras regresaba la vista al televisor.
Mis recuerdos de cómo fui cultivando el amor por el toreo crecen a partir de ese momento, y mi respuesta era clara desde ese entonces cada vez que me preguntaban el qué quería ser cuando sea grande. Papá me incentivaba a que fuera torero, me enseñaba lo que él sabía del tema, me llevaba constantemente a las plazas de toros, incluso viajábamos hasta España, desde nuestro país natal Inglaterra, para las fiestas de San Fermín (1), las de la Virgen del Rosario (2) y demás festividades que se llevaban a cabo en ese país, en donde incluían encierros (3) y las posteriores corridas. Mi primer capote fue un regalo de mi padre.
Por otro lado, mamá por supuesto se negaba a aceptarlo, estaba convencida de que a medida que creciera iba a cambiar de opinión, por eso siempre me inculcaba el amor por la música, ella se encargaba de enseñarme a tocar en el enorme piano de cola que teníamos en casa, pero cuando crecí y vio que todo lo que quería iba en serio, suspiró profundamente, me abrazó y dijo:
―Si eres feliz con ello, adelante, pero ten siempre presente que los seres humanos no somos superiores, somos simples habitantes de esta tierra, así como cualquiera de los demás animales. Por ser seres pensantes no significa que tengamos el derecho de disfrutar con el dolor del otro, sea ser humano o animal.
Esas palabras me hicieron pensar seriamente, pero los toros de lidia eran creados precisamente para ello, para la diversión de millones de personas que apreciaban el toreo.
Fue entonces, que a los 17 años, apenas terminado el instituto, me fui hasta España, a estudiar en una de las mejores escuelas taurinas del país: Escuela de tauromaquia de Madrid "Marcial Lalanda".
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Los rayos potentes del sol que se colaban por la cortina impactaban de lleno en mis ojos, despertándome del profundo sueño en el que me había sumergido. Miré el reloj y me sorprendió ver el número que el horero marcaba: doce del mediodía. Menos mal era mi día libre.
La fiesta de la noche anterior me había dejado, literalmente, en el piso. A ciencia cierta, ni siquiera sabía a qué hora llegué, ni quien fue el alma bendita que me llevó hasta casa y me acostó en mi mullida cama.
Me levanté con rapidez y un vahído pasó por mi cabeza, haciéndome regresar inmediatamente a mi anterior posición. Me sostuve con fuerza el puente de la nariz cuando el mareo hubo pasado.
―Maldita resaca. ―Caminé con torpeza hasta el baño.
Cuando el agua del retrete se fue me miré en el espejo, la pequeña herida en mi labio inferior evidenciaba lo que había pasado. Me carcajee y seguidamente hice una mueca de dolor cuando pasé uno de mis dedos por la herida.
―Jane, Jane, Jane. ―Me estremecí al recordarla. La condenada mujer besaba como la gloria, además de saber cómo usar sus manos y lengua en semejante sincronía que me hacía ver estrellas. Claro, sumadas a las estrellas que me hizo ver el idiota de Félix, uno de mis amigos de la Escuela Taurina, cuando nos encontró en el baño del club nocturno.
¿Pero quién me manda a aceptar una mamada de la novia del anfitrión de la fiesta? Echémosle la culpa una vez más al exceso de alcohol.
Me mojé el rostro para despejar la somnolencia y caminé pesadamente hasta la cocina, donde al abrir la nevera, encontré nada más que vacío.
―Perfecto. ―Sí, nuevamente, ¿quién me manda a darle vacaciones a la dulce Helenita? Bueno, teniendo en cuenta que en más de dos años de trabajar para mí no había tenido un solo día de descanso, ya era justo. Ella no quería dejarme, alegando que no viviría sin ella ni siquiera una semana. Y ahí estaba, después de tres días, en los que mi apartamento se había vuelto un desastre, y en poco iba a morir de inanición.
Si mi madre me hubiera visto en esa situación seguro me habría halado de las orejas. No quiero hacerla quedar mal pues, Esme, desde pequeño me enseñó a ser ordenado y a ocuparme de mis cosas, pero la cuestión radica en que vivir solo es otro nivel: el trabajo, las fiestas, el trabajo, las mujeres… el trabajo; por eso contraté a Helenita.
Vivo solo desde que tenía 17, es decir, desde hace cuatro años que radico en Madrid, a donde llegué para alcanzar mi gran sueño: ser torero profesional y reconocido. Y en el camino del reconocimiento estaba desde hace ya un año, que fue cuando conocí a Stefan, mi actual representante, en la Escuela Taurina.
Me conformé con un trozo de pan tostado que encontré en la alacena, para aplacar los sonidos incómodos de mi estómago. Me duché y me cambié a velocidad luz, enfundándome en unos jeans y una camiseta verde militar, con unos anteojos negros para ocultar mi noche, y así poder salir al supermercado.
Cuando salí vi que mi Audi, otro regalo de mi padre, estaba muy mal parqueado pero, afortunadamente, intacto. Conduje a una velocidad razonable y llegué al supermercado quince minutos más tarde. Agradecí al cielo que no estuviera tan lleno, así que me pasee rápidamente por los pasillos, agarrando y metiendo en el carrito lo que necesitaba. No sé cómo las mujeres se demoran tanto si hacer el mercado es lo más de sencillo: papitas, enlatados, jugos, pan, jamón, la infaltable cerveza…
Caminé apresuradamente hacia la sección farmacéutica, la cabeza me estaba realmente matando, pero cuando iba a doblar en el siguiente pasillo, la punta de mi carrito colisionó contra una menuda chiquilla, que llevaba toda su compra en las manos. Por supuesto, el golpe provocó que todo se le cayera al suelo y que ella se tambaleara un poco, pero logró mantenerse en equilibrio. Gracias al cielo.
La chiquilla, de hermosos cabellos largos y castaños, bufó y cerró los ojos, alzando la cabeza hacia el techo antes de suspirar y arrodillarse para recoger sus cosas, refunfuñando un montón de cosas inentendibles mientras de vez en cuando movía sus manos para enfatizar lo que decía. Creí que estaba con los cascos de los audífonos, en alguna conversación por celular, pero cuando se apartó el cabello tras las orejas, pude ver que estaba equivocado.
Me reí bajito y me apresuré a llevar un carrito para la chica en apuros, me agaché a su lado y empecé a recoger cosas del suelo. Mi mano se fue a recoger una bolsa de alguna salsa y la de la chica también, así que de un momento a otro sus dedos se rosaron con los míos, revelándome lo exquisitamente suave que era su piel.
―¿Existen los carritos para mayor comodidad, hermosa?
―No pedí tu… ―Sus ojos, hipnóticos y profundos, se toparon con los míos y me miró con una gran curiosidad; su entrecejo se acentuó más, su boca de botón de rosa formó una pequeñita "O", provocándome impuros pensamientos, haciendo que mi reseca boca se volviera agua en tan solo un segundo, con la imagen de mis labios sobre sus labios.
Después del momento de aturdimiento por haberme embelesado en esos hermosos posos chocolate, simplemente sonreí y le guiñé un ojo mientras me ponía en pie para extender mi otra mano y así ayudarla a pararse. La chica desconocida se quedó mirando mi mano con confusión.
―Anda, tómala, no muerdo ―bromee e inmediatamente alzó su rostro, fulminándome con la mirada, poniéndose en pie.
―Muy amable de tu parte, pero no es necesario ―dijo con voz fuerte y decidida, tendiendo su mano y pidiéndome con un gesto la salsa que aún tenía en mi poder.
Apenas en ese momento me daba cuenta de su acento, tan perfectamente adorable, con el que dejaba claro que, como yo, ella tampoco era de este país.
Me carcajee y tomé su pequeña y delicada mano de muñeca para llevarla rápidamente hasta mis labios y plantarle un beso en el dorso. Mi acción la tomó desprevenida, por lo cual pude sentir con gusto su cremosa piel en contacto con mis labios.
―Un gusto conocerte, soy Edward Cullen, ¿tu, eres…?
―¿Edward Cullen?
―Ese mismo
―El torero
―¿Te gusta la faena, dulzura? Por tu acento me deja claro que no eres de aquí, puedo invitarte a cenar, enseñarte la ciudad y… ―No dejó que terminara mi caballerosa invitación y, tan rápido que casi no pude verlo, me arranchó la salsa de las manos y la tiró furiosamente en su carrito antes de mirarme con ira. Sus bellos ojos se endurecieron profundamente y, tan claro como el agua, quedó expuesto que lo menos que quería era verme vivo.
―Asesino ―dijo, con cuchillos incrustados en cada letra. Sin más, agarró el aparato y desapareció precipitadamente de mi vista.
Mi quijada no podía estar más abajo. ¿Qué había acabado de pasar?
―Que chica tan rara… y hermosa. ―Sus divinos ojos, su piel, su boca… aparecieron en mi memoria, por un momento no pude pensar en más, pero cuando el dolor fue más mortal que armados ojos achocolatados, me pasé con frustración la mano por el cabello y suspiré profundo antes de agarrar mi carrito y apurarme hasta mi objetivo: una caja de Advil y una botella de agua, la cual me bebí casi de un solo trago.
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Cuando llegué a casa me encontré con una lista de diez llamadas perdidas, la mayoría de mamá, y un mensaje de Stefan en la contestadora:
Edward, sé que es tu día libre pero esto es importante. Aro me acaba de llamar y me informó que ya no vas en la próxima fecha. Alegó que no eres lo suficientemente reconocido y que ya contrató a James. Lo lamento. Llámame apenas puedas.
Lo que me faltaba. Con la frustración y rabia contenida en mi pecho llamé de inmediato a Stefan, quien me contestó al tercer timbrazo.
―¿Qué clase de excusa barata es esa? ¿Qué no soy reconocido y contrató a James? Stefan, sabes que él ni siquiera ha participado en la mitad de los eventos en los que lo he hecho yo.
―Lo sé, Edward, pero todo esto fue tan inesperado. Ya estabas más que confirmado, todo estaba listo, hasta había hablado con la gente que estaba encargada de los toros para que te permitieran verlos mañana, no sé qué pasó ―bufé y con lo que me había acabado de decir estaba más que claro para mí.
―Félix… ―bramé.
―¿Qué tiene que ver él en todo esto? ―Fue ahí cuando le conté lo que había pasado la noche anterior.
No solo me metí con la novia de uno de mis amigos, sino con la novia del hijo de Aro, el organizador del espectáculo taurino en el que iba a participar el fin de semana, en Pamplona. Por supuesto que el idiota de Félix le había ido con el chisme.
―¿Cuántas veces tengo que decirte que debes moderarte en el alcohol y dejar de meterte en líos de faldas?
―¿Y yo que iba a imaginar que ese imbécil le iba a contar a Aro? Y más encima, que él se pusiera a mezclar lo personal con el trabajo.
―Bien conoces a Aro, hijo. ―Simplemente bufé y, antes de dar por terminada mi llamada con Stefan, me dio indicaciones de encontrarnos el día siguiente en su oficina.
El apetito se me había quitado con esa reciente y agria noticia, decidí que llamaría a mamá cuando estuviera más calmado, no me gustaba que me escuchara en estados así. Por ello, me encaminé hacia el pequeño piano que ocupaba una parte de la sala, regalo de mi madre cuando llegué a España, "para que sientas a mamá cerca de ti, amor", me dijo cuándo la llamé después de encontrarme con él, ya instalado en mi nuevo apartamento, regalo de papá.
Apenas mis dedos tocaron las suaves teclas, las notas empezaron a fluir libremente, relajándome y haciéndome sonreír por el recuerdo repentino de esa extraña chica del supermercado, que con su actitud me hizo sentir momentáneamente frustrado, pero ahora solo podía elevar mis comisuras al remembrar sus perfectos ojos, extrañados, sorprendidos y finalmente furiosos.
Cerré los míos, recordando también cada una de las pocas palabras que cruzamos, y solté una pequeña risita al acordarme del acento con el que hablaba el español, deleitándome con la dulzura de cada palabra.
Las delicadas y sublimes notas de First Love seguían flotando libremente por la habitación y en ese momento desee que el destino la pusiera nuevamente en mi camino.
(1) Fiestas de San Fermín o Sanfermines: son una celebración en honor a San Fermín que tiene lugar anualmente en la ciudad española de Pamplona.
(2) Fiestas de la Virgen del Rosario: son una fiesta popular española declarada de Interés Turístico Nacional que se celebra el último fin de semana de agosto en la ciudad segoviana de Cuéllar.
(3) Encierros: es una costumbre taurina tradicional en las fiestas de numerosos pueblos y algunas ciudades de España y Latinoamérica. Consiste en correr delante de una manada no muy numerosa de toros, novillos o vaquillas, entre los que puede haber también cabestros que dirijan a la manada. Por lo general, los mejores corredores intentan correr lo más cerca posible de los toros, pero sin llegar a tocarlos.
Hola, hasta aquí llego, por hoy :3 ya conocimos un poquito más de Edward y de ¿Bella? jajaj alguito :P ¿qué les ha parecido? Espero sus comentarios con ansias.
Millones de gracias a todas las chicas que me han dejado sus favoritos, sus alertas, como autora y a la historia, a todas las que se tomaron el precioso tiempo de dejarme sus reviews, son muy importantes, y cada uno es único, gracias.
Espero subir muy pronto el próximo capítulo, no tengo fecha, pues aunque estoy de vacaciones de universidad, no lo estoy en cuestiones de ayudar a mi madre, en fin. Este fic iba a ser OS, pero por los caprichos de una amiga :P SOL jajaja se ha vuelto long fic, pero creo no tendrá muchos capítulos :)
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Beijos
Merce
