QUIÉN es el padre, Bella? Con su hijo de seis meses en brazos, Bella Swan sonreía de orgullo y placer en la granja familiar, que tenía doscientos años de antigüedad y que estaba repleta de amigos y vecinos que habían acudido al banquete de boda de su hermana. Se colocó bien las gafas y miró con desánimo a su hermana menor. «¿Quién es el padre?».
La gente había dejado de hacerle esa pregunta, ya que Bella se negaba a responder, por lo que comenzaba a creer que el escándalo había acabado.
–¿Lo dirás alguna vez? –el rostro de Emily reflejaba tristeza bajo el velo. A los diecinueve años, era una recién casada idealista, con sueños románticos sobre el bien y el mal–. Robby se merece un padre.
Tratando de contener la angustia, Bella besó a su hijo.
–Ya hemos hablado de eso.
–¿Quién es? –gritó su hermana–. ¿Te avergüenzas de él? ¿Por qué no me lo dices?
–¡Emily! –Bella miró inquieta a los invitados–. Ya te he dicho que... –inspiró profundamente–. No sé quién es.
Su hermana la miró con ojos llorosos.
–Mientes. Es imposible que te hayas acostado con cualquiera. Fuiste tú quien me convenció de que esperara el verdadero amor.
Quienes estaban más cerca de ellas habían dejado de fingir que charlaban y trataban de oír lo que las hermanas decían. La familia y los amigos paseaban por las habitaciones de la granja, haciendo crujir el suelo de madera, mientras que los vecinos estaban sentados en sillas plegables arrimadas a las paredes y comían de platos de cartón que sostenían en el regazo.
Bella abrazó al niño con más fuerza.
–Emily, por favor –susurró.
–Te ha abandonado. ¡Y no es justo!
–Emily –su madre apareció de repente–, creo que no conoces a la bisabuela Gertrude, que ha venido desde Inglaterra. ¿Quieres ir a saludarla? Creo que también querrá conocer a Robby –añadió mientras tomaba al niño de los brazos de Bella.
–Gracias –le susurró ésta.
Renné Swan le contestó con una amorosa sonrisa y un guiño antes de llevarse a su hija y a su nieto. Bella los observó alejarse con el corazón lleno de amor. Renné llevaba su mejor vestido, pero el pelo le había encanecido y el cuerpo se le había encorvado ligeramente. Y en el último año se había vuelto más frágil.
A Bella se le hizo un nudo en la garganta. Creía que se olvidaría del escándalo que había supuesto su embarazo al volver a su pueblo, al norte de New Hampshire, sin trabajo y sin respuestas. Pero ¿lograría superarlo su familia? ¿Y ella?
Tres semanas después de marcharse de Río de Janeiro descubrió que estaba embarazada. Su padre le había exigido que dijera quién era el padre. Bella temió que fuera a buscar a Edward Cullen con un ultimátum o, peor aún, con una escopeta. Así que mintió y dijo que no lo sabía. Dijo que su estancia en Río había sido un festín sexual, cuando en realidad sólo había tenido un amante en toda su vida y durante una sola noche.
Una maravillosa noche.
«Te necesito, Bella». Seguía sintiendo la violencia del abrazo de su jefe mientras la tumbaba en el escritorio apartando papeles y tirando el ordenador al suelo. Al cabo de más de un año, seguía sintiendo el calor de su cuerpo, el roce de sus labios en el cuello y sus besos brutales en la piel. El recuerdo de cómo Edward Cullen le había arrebatado su virginidad continuaba invadiendo sus sueños todas las noches.
Y el recuerdo de lo que había pasado después aún le dolía como un disparo en el corazón. A la mañana siguiente de seducirla, ella le dijo, entre lágrimas, que no tenía más remedio que dejar el trabajo, y él se había limitado a encogerse de hombros.
–Buena suerte –le dijo–. Espero que encuentres lo que buscas.
Eso fue todo, después de cinco años de amor y dedicación. Había amado a su jefe de forma estúpida y sin esperanza. Llevaba quince meses sin verlo, pero no lograba olvidarlo por mucho que lo intentara. ¿Cómo iba a hacerlo cuando su hijo tenía sus mismos ojos verdes?
Las lágrimas que había vertido una hora antes en la iglesia no habían sido sólo de felicidad por Emily. Había querido a un hombre con todo su corazón sin verse correspondida. Y a veces todavía se imaginaba que oía su voz profunda dirigiéndose a ella, únicamente a ella.
«Bella».
Como en aquel momento. Recordarla era hacerla realidad. Su sonido le llegó al corazón como si él estuviera detrás de ella susurrándole al oído.
«Bella».
La sentía muy cerca.
Muy cerca.
Le temblaron las manos al dejar la copa de champán barato. La falta de sueño le producía alucinaciones. Tenía que ser eso. No podía ser...
Inspiró profundamente y se volvió.
Edward Cullen estaba frente a ella. En medio del salón atestado, sobresalía en todo con respecto al resto de los hombres presentes. Y estaba más guapo que nunca. Pero no era sólo su mandíbula cincelada ni el caro traje italiano lo que lo hacían destacar. Tampoco la altura ni la anchura de los hombros.
Era la intensidad despiadada de sus ojos verdes.
Laura sintió un escalofrío.
–Edward... –susurró.
–Hola, Bella.
Ella tragó saliva al tiempo que se clavaba las uñas en las palmas para despertarse de aquella pesadilla.
–No puede ser que estés aquí.
–Pues estoy, Bella.
Ella tembló al oírle decir su nombre. No le parecía adecuado que estuviera allí, en el salón de la casa familiar, rodeados de amigos que comían lo que ellos mismos habían llevado.
Edward Cullen, de treinta y seis años de edad, poseía un complejo internacional de industrias que compraban y enviaban acero y madera a todo el mundo. Dedicaba su vida a los negocios, los deportes de riesgo y las mujeres hermosas. Sobre todo a éstas.
Entonces, ¿qué hacía allí? A no ser que...
Vio por el rabillo del ojo que su madre desaparecía en el vestíbulo con el niño.
Cruzó los brazos para que no le temblaran las manos. Así que Edward estaba en la granja Greenhill. No era complicado encontrarla allí. Los Swan llevaban viviendo doscientos años en la granja. Que su jefe estuviera allí no implicaba que supiera de la existencia de Robby.
–¿No te alegras de verme?
–Claro que no –le espetó ella–. Recuerda que ya no soy tu secretaria. Así que si has hecho miles de kilómetros porque necesitas que vuelva a Río para coserte un botón o prepararte un café...
–No he venido por eso –sus ojos brillaban. Miró el salón, decorado con bombillas rosas y corazones de papel rojo en las paredes–. ¿Qué celebráis?
–Una boda.
Él se le acercó más haciendo crujir el suelo de madera. Bella pensó en lo guapo que era. Se había olvidado de su inmenso atractivo. Sus sueños no le hacían justicia. Se daba cuenta de por qué lo perseguían mujeres de todo el mundo y por qué acababan desesperadas.
–¿Y quién es la novia?
A ella le sorprendió la dureza de su voz.
–Emily, mi hermana pequeña.
–Ah –relajó los hombros de manera casi imperceptible–. ¿Emily? ¡Pero si sólo es una niña!
–Y que lo digas. ¿Creías que era yo? Se miraron fijamente a los ojos.
–Por supuesto que creía que eras tú. La idea de salir con otro hombre, y mucho más la de casarse con otro, hizo que Bella reprimiera una carcajada. Se alisó el vestido de dama de honor con manos temblorosas.
–Pues no.
–¿Así que no hay nadie importante en tu vida? –preguntó él en tono despreocupado.
Había alguien importante. Tenía que sacar a Edward de allí antes de que viera a Robby.
–No tienes derecho a preguntármelo.
–No. Pero no llevas anillo.
–Muy bien –dijo ella mientras se miraba la punta de los pies–. No estoy casada.
No tenía que preguntar si Edward lo estaba, porque ya sabía la respuesta. ¿Cuántas veces le había dicho que nunca tendría esposa?
«No estoy hecho para el amor, querida. Nunca tendré una mujercita que me prepare la cena en una casa cómoda mientras leo cuentos a nuestros hijos».
Edward se le aproximó aún más hasta casi tocarla. Ella se percató de que la gente murmuraba preguntándose quién sería aquel desconocido tan guapo y bien vestido. Sabía que tenía que decirle que se marchara, pero estaba atrapada por la fuerza de su cuerpo, tan cerca del de ella. Le miró las muñecas que sobresalían por los puños de la camisa y tembló al recordar su cuerpo sobre el de ella, la caricia de sus dedos...
–Bella...
Contra su voluntad, alzó la vista y recorrió su musculoso cuerpo, los anchos hombros y el cuello y se detuvo en su cara, de una belleza brutal. Le vio en la sien la cicatriz de un accidente infantil. Vio al hombre al que siempre desearía, al que no había dejado de desear.
Los ojos de él la quemaban por dentro y la invadió una cascada de recuerdos. Se sintió vulnerable, casi indefensa bajo el fuego oscuro de su mirada.
–Me alegro de volver a verte –afirmó él en voz baja. Y sonrió.
La masculina belleza de su cara le cortó la respiración. Los quince meses separados habían aumentado su belleza, en tanto que ella...
Llevaba un año sin ir a un salón de belleza. Hacía siglos que no se cortaba el pelo y el único maquillaje que llevaba era un carmín rosa y poco favorecedor que se había puesto ante la insistencia de su hermana. El pelo, chocolate, se lo había recogido en un moño antes de la ceremonia, pero los tirones de Robby se lo habían deshecho.
Bella se infravaloraba ya en su infancia y, desde que se había convertido en madre soltera, su autoestima era inexistente. Ducharse y hacerse una cola de caballo era lo máximo que llevaba a cabo la mayor parte de los días. Y aún no había perdido el peso ganado en el embarazo.
–¿Por qué me miras?
–Eres más guapa de lo que recordaba.
Bella se sonrojó.
–No mientas.
–Es verdad.
Sus ojos la abrasaban. La miraba, no como si pensara que era una mujer corriente, sino como si...
Como si...
Él desvió la mirada y ella expulsó el aire que había estado reteniendo.
–¿Así que estáis celebrando la boda de Emily? –miró a su alrededor con aire de desaprobación.
Bella creía que su casa era bonita, incluso romántica para una boda campestre. La habían limpiado y ordenado a conciencia, pero, al seguir la mirada masculina, de pronto vio lo pobre que resultaba todo.
Se había sentido orgullosa de lo mucho que había conseguido con un presupuesto tan bajo. Las flores eran muy caras, así que había confeccionado corazones de papel para ponerlos en la pared y había comprado globos y serpentinas. Había decorado la casa a medianoche mientras esperaba que la tarta se enfriara. Para la cena, su madre había hecho su famoso pollo asado y los amigos y vecinos llevaron ensaladas y otros platos. Ella hizo la tarta siguiendo una receta de un antiguo libro de cocina.
Se acostó al amanecer, cansada y feliz. Pero, en aquel momento, al ver la mirada de Edward, nada le pareció bonito.
Emily se había mostrado encantada al ver la decoración y la tarta, y Bella pensó que no se podía haber hecho nada más cuando la familia quería una boda bonita para Emily sin tener un céntimo que gastar en ella.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Edward la miró.
–¿Necesitas dinero, Bella?
Ella sintió que le ardían las mejillas.
–No –mintió–. Estamos bien.
Él volvió a mirar a su alrededor.
–Me sorprende que tu padre no haya podido hacer algo más por Emily, aunque ande mal de dinero.
–Mi padre murió hace cuatro meses –susurró ella.
Oyó que Edward tomaba aire.
–¿Qué?
–Tuvo un infarto durante la cosecha. No lo encontramos en el tractor hasta la hora de la cena, cuando no apareció.
–Lo siento, Bella –Edward le tomó la mano.
Sintió su pena y su compasión. Y también la calidez de su mano, que había anhelado todo el año anterior y los cinco años precedentes.
Suspiró y se soltó.
–Gracias –dijo tratando de contener las lágrimas. Creía que ya había superado el duelo, pero se le había formado un nudo en la garganta al ver a su tío acompañando a Emily al altar y a su madre sola en el banco de la iglesia y bañada en lágrimas–. Ha sido un invierno muy largo. Todo se ha venido abajo sin él. La granja es pequeña y a duras penas íbamos saliendo adelante de año en año. Como mi padre ya no está, el banco no quiere prorrogarnos el préstamo ni darnos dinero para poder plantar en primavera.
–¿Qué?
Ella alzó la barbilla.
–Todo va bien ahora –afirmó, aunque trataban de resistir una semana más hasta que llegara el siguiente préstamo. Y luego rezarían para que el año siguiente fuera mejor–. Sam, el esposo de Emily, vivirá aquí y cultivará la tierra. De esa manera mi madre podrá quedarse en su hogar y estar bien atendida.
–¿Y tú?
Bella apretó los labios. Esa noche, Robby y ella se trasladarían al dormitorio de su madre, ya que no podían compartir el de Emily ni el que sus otras hermanas, Hattie y Margaret, compartían. Su madre había dicho que estaría encantada de que su nieto durmiera en su habitación, aunque tenía el sueño ligero. No era una situación ideal.
Necesitaba un trabajo y un piso propio. Era la primogénita; tenía veintisiete años. Debería estar ayudando a su familia, y no al revés. Llevaba meses buscando trabajo, pero no había. Ni siquiera por una fracción de lo que ganaba trabajando para Edward.
Pero no iba a decírselo.
–Aún no me has dicho qué haces aquí. Es evidente que no sabías nada de la boda. ¿Has venido por negocios? ¿Está en venta la mina Talfax?
–No. Sigo tratando de cerrar el trato con Açoazul en Brasil. He venido porque no tenía más remedio.
–¿A qué te refieres?
–¿No lo adivinas?
Ella contuvo la respiración. Su peor pesadilla estaba a punto de hacerse realidad.
Edward había ido a por el niño.
Después de todas las veces que había dicho que no quería hijos, después de todo lo que había hecho para asegurarse de no tenerlos, había averiguado su secreto y estaba allí para llevarse a Robby. Y no lo haría porque lo quisiera, desde luego, sino porque lo consideraba su deber.
–Quiero que te vayas, Edward –susurró ella temblando.
–No puedo.
–¿Qué te ha traído aquí? ¿Un rumor o...? –se humedeció los labios con la lengua y, de pronto, fue incapaz de soportar la tensión. Deja de jugar conmigo, por Dios, y dime lo que quieres.
Sus ojos verdes la miraron y le atravesaron el corazón.
–A ti, Bella –dijo en voz baja. He venido a por ti.
