Capítulo 2

Encuentro

Independientemente de lo que Shaoran dijera o dejara de decir; él estaba seguro, y no era éste uno más de sus "episodios de paranoia", como le había argumentado el castaño en el autoservicio cuando, de forma muy discreta, señaló que la cajera se veía lo suficientemente normal como para considerarla sospechosa; en primera instancia porque visitaba ese lugar al menos una vez por semana y nunca la había visto, y en segundo lugar porque no dejó de sonreír en todo el rato, hasta que ellos hubieran salido.

—Si no le has visto es porque recién comenzó a trabajar —le había dicho Li mientras engullía un pastelillo, habló nuevamente, esta vez con la boca llena —vamos Eriol, nadie te sigue, de verdad.

Momentos después, mientras caminaban por una concurrida calle, Eriol sentía una mirada traspasarle la nuca y a cada tantos pasos observaba de reojo a su alrededor, tratando de captar lo más que podía lo que estaba tras él; su acompañante ni se había percatado, iba tan feliz contando una y otra vez sus historias multitemáticas, como siempre solía hacerlo, que pasó por alto el hecho de que Hiragizawa cambió de rumbo repentinamente a un camino un poco más largo para llegar a su apartamento que el que normalmente seguían.

Sólo hasta que estuvieron a una cuadra del lugar, dejó de sentir esa insistente presencia tras él, pero estaba seguro que el "espía" estaba muy cerca, aún observándole a distancia prudente.

Así había sido durante la última semana, cada vez que salía de casa, ya fuera para ir al trabajo, el supermercado, o cualquier otro lugar, sentía unos ojos posarse sobre él, vigilándolo, siguiendo con sumo cuidado cada paso que daba; era como si de repente todas las personas a su alrededor parecieran sospechosas, incluso la anciana del piso inferior del edificio contiguo al suyo, que él bien sabía nada tenía que ver con la policía, el FBI, ni agencias secretas de detectives.

Como sea que fuere, sus preocupaciones fueron menguando poco a poco debido a la insistencia de Li de que solo se trataba de "alucinaciones" suyas; por supuesto, él no creía que fuera así, sin embargo , escuchar repetidas veces que se estaba volviendo loco, terminó por casi convencerlo de que el cansancio le podía y había estado haciéndose ideas de lo que veía y escuchaba (como cuando estuvo seguro en la fila del banco que dos mujeres regordetas que cuchicheaban tras él pronunciaron su nombre)

Pero al final de la segunda semana, cayó la gota que colmó el vaso.

Resulta que, como todas las noches, llegó del trabajo pasadas las 11, al ir acercándose a su departamento, pudo notar una sombra parada en el pórtico, apremió el paso, pues su mala visión de noche no le permitía ver con claridad de quién se trataba, estaba a escasos metros del edificio cuando la luz de una linterna apuntó el rostro del desconocido y reveló que se trataba de un desgarbado , y evidentemente ebrio, jovencito que fumaba escondido de la vista pública.

—Oye, aquí no es lugar para drogarse —pronunció el dueño de la linterna con un japonés enredado, Eriol supuso que era extranjero, pero al mirarle el rostro (claramente japonés) se planteó que podía tener un problema en la lengua; sus sospechas fueron confirmadas al escucharlo pronunciar unas palabras más con clara dificultad —¡Vete de aquí!

El aturdido joven se medio incorporó como pudo y se marchó, asediado por la amenazante luz de la linterna, que seguramente le produciría un fuerte aturdimiento en su estado.

—Buenas noches —prorrumpió Eriol al personaje frente a él

—Ah, buenas noches —le apuntó con la linterna en el rostro —Oh, lo siento —confesó bajando las manos, pero sin apagar la linterna, Eriol no dijo nada, hizo ademán de querer pasar, pero el desconocido volvió a hablar —estos muchachos de ahora, eh.

Todavía no determinaba si era o no peligroso, aunque por su aspecto, cualquiera diría que no.

Lo reconoció como el señor mayor que se había mudado hacía escasos tres meses a la desvalijada casucha de enfrente; desconocía si era el dueño original de la propiedad o la había adquirido recientemente, aunque ninguna de la dos cosas tendrían mucho sentido desde su punto de vista, pero no todos tenían la misma forma de ver las cosas, y menos aquel hombre encorvado y de voz rasposa.

—No saben en qué rumbo va su vida —escuchó decir; lo siguiente fue una huesuda mano extendiéndose hacia él en gesto de saludo —Ryo Ren, mucho gusto.

Eriol estrechó su mano y se sorprendió de sentir un agarre tan firme.

—Eriol —dijo él simplemente; Ryo no indagó, aparentemente no sentía interés alguno en su apellido, ni curiosidad de saber porque no lo había dicho.

Al final se despidió, apuntándole una vez más la linterna a la cara y disculpándose por ello, y marchó renqueando hasta su vivienda.

Por fin, Eriol introdujo la llave en el viejo portón que protestaba con rechinidos al abrirse, y se adentró en el poco iluminado edificio , subió las escaleras sin pensar demasiado en lo ocurrido hacía unos segundos, estaba agotado y con la guardia baja;

Introdujo la llave en la cerradura, y entró al departamento, dejando su gabardina en el perchero como todos los días; pronto su cuerpo le exigió una taza de café caliente, así que se dirigió a la cocina, encendió la luz de ésta y la observó, se acercó hasta ella y tomó la asa pero hubo algo que lo hizo detenerse de pronto, el recipiente estaba más bajo de lo que él recordaba, su contenido era 4 tazas, lo había dejado en la mañana con el número 3,pero el líquido negro reposaba sobre el número 2

Todo su cuerpo se tensó y entró en estado de alerta, abandonó la tarea de servir café y se dirigió con paso firme pero lento hacia su habitación: nada. Comenzó entonces, una búsqueda por toda la casa procurando hallar cualquier elemento sospechoso, algo que le indicara que habían entrado en su departamento, revisó cada rincón sin saber exactamente qué esperaba encontrar; quizá una cámara, un micrófono, o, en el peor de los casos, una bomba. También existía la posibilidad de que se hubiesen llevado algo de valor, aunque no monetario,pues unos simples ladrones hubiesen dejado todo en completo desorden en su apresurada búsqueda.

Revisó todos los sitios en que guardaba documentos y todo lo que consideraba importante, pero no faltaba nada;

Al final, rendido, se dejó caer pesadamente en el sofá, quitándose los lentes y restregándose el rostro con ambas manos;

No estaba muy seguro de qué estaba ocurriendo, incluso con toda la seguridad que tenía de que un desconocido o desconocidos irrumpieron en el lugar, ésta fue menguando a medida que pasaban los minutos, comenzó a plantearse si estaba siendo demasiado exagerado, tal vez la cafetera ni siquiera se había quedado llena hasta dónde recordaba, su memoria podía fallarle cuando estaba cansado y, tal como sucedieron los acontecimientos en los últimos días, podía incluso pensar que se estaba volviendo loco.

La cabeza comenzó a dolerle, así que para apaciguarla, se tomó una aspirina y regresó al sofá, encendiendo la televisión casi sin volumen.

De todas las cosas que esperaba que sucedieran en su vida en esos momentos, ésa, era la última. Podía incluso jurar que hubiera preferido encontrarse con un desconocido que le disparara en el pecho, a ese hombre que permanecía sentado frente a él con una sonrisa impasible.

Los acontecimientos de la noche anterior, habían permanecido en un rincón apartado de su mente hasta esa mañana, cuando Kaho le entregó la carta sin remitente que lo llevó hasta donde estaba ahora; No está de más decir que se arrepintió terriblemente de haber ignorado las señales que le indicaban que alguien lo perseguía, ahora sus sospechas estaban confirmadas, y maldijo mentalmente a Li por convencerle de que era demasiado histérico (y después se lo echaría en cara, eso seguro)

Ahora tenía que intentar concentrarse para que los nervios no le traicionaran y pudiese hablar con normalidad, no dando ninguna señal de que no le ponía precisamente feliz estar frente a ese sujeto de plateados cabellos.

—¿No me saludas, siquiera? —muy tarde; Había esperado demasiado para responder, y seguramente su acompañante terminó por darse cuenta de su estado. Eriol clavó una fría mirada en los ojos color miel que se escondían tras unos finísimos anteojos.

—Tsukishiro —dijo con firmeza; el aludido mostró una amplia sonrisa confiada, al igual que su posición: el brazo izquierdo apoyado en una pierna y el otro en el respaldo de la silla, su chaqueta sin abrochar dejaba entre ver su nombre de pila grabado en el superior derecho de su camisa.

—Vaya, me empezaba a temer que no me recordaras; después de todo, ha pasado mucho tiempo, ¿Verdad? —apoyó los codos sobre la mesa, para acercar más su rostro al de Eriol a fin de examinarlo —dime, Eriol, ¿Cómo te ha ido en estos años?

Eriol hizo una clara mueca de desagrado, dando a entender (y esperaba que el mensaje fuera claro) que no tenía intención de relatarle su vida a ese sujeto, quien volvió a sonreír genuinamente y apartó la mirada, atisbando por la ventana, la gente que transitaba con tranquilidad por las calles, hundidos en un mundo aparte, sin miedos, sin sospechar siquiera de los que caminaban a su alrededor, sin temer a morir en cualquier momento por un suceso fuera de su alcance. Eriol, sin embargo, no dejaba de observar con cautela esa figura que le acompañaba, su aspecto nostálgico y a la vez alegre, lo recordaba perfectamente, sus gestos, su forma de hablar, la sonrisa que solía usar contra él, y esos ojos que parecían guardar infinidad de secretos;

—Sabes… —comenzó a decir Tsukishiro sin moverse un milímetro —que no eres igual que ellos, ¿Verdad? —solo entonces, Eriol cedió a dejar de mirarle con recelo, y se fijó en los transeúntes; no podía entender exactamente a qué se refería, ¿Qué no era como ellos?, por supuesto, aquellos eran ingenuos, inocentes personas, ajenas al hecho de que su vida era tan frágil como una hoja, él no, él tenía plena conciencia de la muerte, del sufrir, de la maldita miseria en que podía convertirse la vida de un momento a otro; las personas normales vivían el aquí y el ahora, sin siquiera detenerse a pensar en el mañana.

—¿Te piensas más inteligente? —indagó Tsukishiro, quien ahora lo observaba mientras su ensimismamiento iba creciendo; Eriol lo escuchó, pero lejos de voltear a verlo, no hizo más que apretar los puños y endurecer el semblante —no puedes conocer la libertad que ellos conocen , y tal vez nunca podrás, no aquí en Japón; si hubieses sido lo suficientemente listo te habrías quedado en Inglaterra, pero veo que eres tanto o más imprudente que cuando nos conocimos.

—Yukito —interrumpió sin dejar de mirar hacia la calle; ahora los papeles estaban al revés —no necesito tus sermones, esta fue mi decisión y sé perfectamente lo que implica.

—No, no lo sabes —rebatió Yukito —estás tomando en cuenta sólo los factores menores; puede que nadie se haya dado cuenta de tus artículos en el periódico, pero yo sí, porque te conozco; lo que estás haciendo es arriesgado, y no puedo creer que pienses que "ellos" no van a ir tras de ti, y cuando lo hagan, ¿Cómo vas a justificar todo lo que sabes sobre su familia?

—No pueden encontrarme—dijo simplemente, sin inmutarse, sin asustarse, sin siquiera sorprenderse de las palabras de su interlocutor. Para bien o mal, estaba seguro de que si él llegase a leer uno de sus artículos lo reconocería de inmediato, pues su capacidad deductiva, aunado a que era quien mejor conocía su estilo, le permitían deducir todo acerca de él; pero no le asustaba, ni él, ni lo que tuviera que decir sobre "Esas personas".

—No han podido —reiteró Yukito —pero lo harán, ¿Te quedarás sentado a esperar?; escúchame, ya me he metido en suficientes problemas por ti, y no pienso meterme en más. Si te encuentran esto se acabó para los dos —El rostro níveo de Yukito parecía consternado, preocupado, e incluso levemente molesto; la negativa del muchacho de cabello azul a siquiera escucharlo le ponía los nervios de punta, en un último intento, largo un suspiro y habló con la voz más serena que pudo, eligiendo con cuidado sus palabras —Eriol —¡bingo!, el muchacho por fin se dignaba a mirarlo, clavó sus ojos en los suyos, y por un segundo pareció que no existía nadie más que ellos dos —si te queda un poco de sentido común, si puedes siquiera pensar un segundo en todo lo que te puede sobrevenir; vete de aquí, lárgate de Japón. No tienes porque hacerte el valiente para enfrentar tu pasado, tienes miedo, puedo verlo y si no te vas ahora, después no podrás hacerlo.

Las miradas permanecieron cruzadas unos segundos más, hasta que Eriol volvió a desviarla en dirección a la acera contraria, centrándose en una joven pareja que salía de un bar tomados de la mano; de reojo vio como Yukito, con cara de fastidio se colocaba su sombrero, se levantaba y se dirigía hasta la salida, perdiéndose en un mar de colores infinito. Miró a la ahora silla vacía, con un deje de culpabilidad, luego a la mesa, donde descubrió una pequeña tarjeta color negro en dónde estaba impreso un nombre y un número telefónico.

*

El sonido de las pisadas subiendo las escaleras era lo único que irrumpía el sepulcral silencio del edificio; una figura masculina avanzaba a toda prisa; llevaba el rostro compungido, la mirada perdida y una hoja arrugada en las manos; llegó hasta el tercer piso, en el apartamento 3D y tocó el timbre reiteradas veces; no hubo respuesta, más que nervioso, golpeó la puerta una y otra vez, pero el resultado no fue distinto. Finalmente, y sin total conciencia ya de lo que hacía, hizo girar el picaporte, y, para su sorpresa, la puerta se abrió dejándolo pasar.

El escenario no parecía mucho más distinto desde la última vez; incluso la pila de periódicos del rincón estaba intacta; volvió la mirada al perchero y notó que algo faltaba: la gabardina de Eriol.

Comenzó a introducirse con pasos cortos, tratando de vislumbrar alguna señal de su amigo. Se acercó a la salita, nada, en la cocina, nada.

Se paró frente a la puerta de la habitación, que estaba entreabierta y tragó duro

—¿Eriol? —preguntó a la nada, sin atreverse a entrar. Pasaron unos segundos más antes de que pudiera convencerse a sí mismo de que podía soportar cualquier cosa que viera al interior de la habitación, incluso el cuerpo sangrante de su amigo muerto; empujo despacio y dejó escapar un suspiro de medio alivio, el peor escenario que su cabeza maquiló, no había sucedido, pero aún así no había señal alguna del ojiazul.

Confundido y visiblemente preocupado, se sentó en la cama dando un sonoro suspiro.

La noche anterior las cosas se habían puesto muy raras, al menos para él. Eriol le contó todo sobre aquella carta extraña que recibió, luego lo dejo ir solo al café para encontrarse con quien sabe quien fulano, y no volvió a verlo.

Cerca de las 07:30 pm, desobedeció a Eriol y se acercó al café, pasó por ahí caminando y se Asomó al interior como quien no quiere la cosa, pero no había señal de Eirol, ni nadie que a él le pareciera sospechoso (al criterio de Eriol, todos lo eran) repitió la acción unas dos o tres veces más, sin éxito.

Por fin, dándose por vencido, regreso al trabajo esperando encontrarse con Eriol allí, pero tampoco estaba,prgeunto lo más discretamente que pudo a unos cuantos compañeros, pero ninguno supo darle razón de su paradero, unos despistados le dijeron "está en su oficina" otros más "ni idea, no lo he visto" y el último se sorprendió de la pregunta, exclamando que como podía no saber dónde estaba si habían salido juntos de la agencia.

Apachurrado, tuvo que volver a su oficina, pues el jefe Takeda llegó en el preciso instante en que quiso volver a salir para ir hasta el departamento de Eriol; la pila de trabajo sobre su escritorio le causó un dolor de cabeza terrible.

Cada tanto rato le llamaba a su amigo al móvil, pero este lo mandaba al buzón, lo que no hizo más que preocuparlo nuevamente.

Para cerca de las 11:30, se vio libre por fin del trabajo; era ya muy tarde, así que decidió no ir en busca de Eriol esa noche, ya mañana lo haría y con suerte, llegaría a la agencia y se lo encontraría trabajando sin parar y bebiendo un vaso de café tras otro. Se dirigió a su propia casa a descansar, no sin antes marcarle unas tres o cuatro veces más sin resultados favorecedores.

A la mañana siguiente, en la agencia de noticias BellCo. Había un revuelo más GRANDE de lo habitual, Shaoran ingresó en el lugar cerca de las 08:45 de la mañana, pues se levantó muy tarde, producto de que no pudo pegar ojo en toda la noche, si no hasta las 6:00 am.

Todos, o casi todos sus compañeros estaban reunidos en torno a una mesa; cuchicheaban entre ,ellos y de vez en cuando Shaoran distinguía una frase suelta "no puede ser", "¿Qué pasó?", "seguro que es broma". Se acercó con curiosidad abriéndose paso en el círculo hasta llegar al centro de éste, donde se hallaba uno de sus compañeros, el más viejo de todos, con un sobre roto en una mano y su contenido en la otra.

—¿Qué pasa aquí, Berth? —preguntó.

—¡Oh, Shaoran! —exclamó el aludido; se acercó a él con pasos torpes, producto del gran tamaño de sus pies y su prominente barriga —que bueno que llegas, quizás tu puedas explicarnos esto —le extendió la hoja y Shaoran la tomó leyendo el encabezado "CARTA DE DIMISIÓN"

—¿De que se trata todo esto? —gruñó el castaño sin entender.

—Es de Hiragizawa, ha renunciado —terció una chica de cabello negro y corto

Los ojos de Li se abrieron como platos, observó a Berth tratando de confirmar si lo que la chica decía era broma, pero este lo miro seriamente con las espesas cejas fruncidas y los labios torcidos bajo el tupido bigote, luego se giró hacia su compañera.

—¿Le has visto, Vanesa? —Vanesa negó con la cabeza

—No, la carta llegó por correo muy temprano.

Li apretó la carta entre sus manos y salió como pudo del circulo par ir hasta el departamento de Eriol, ignorando los murmullos de sus compañeros y el "Hey, ¿A dónde vas muchacho?" de parte de Berth. Lo único que le interesaba era encontrar a su amigo y llegar al fondo del asunto de una buena vez.

Así había corrido con su auto sin hasta el edificio de Eriol, decepcionándose por encontrarlo vacío de él.

Se rascó la cabeza; estaba arrepentido de haber ignorado a Eriol con sus sospechas, estaba tan acostumbrado a su paranoia que ya ni la tomaba en cuenta. Las primeras veces, cuando recién se conocían, él mismo se había puesto nervioso cuando el ojiazul le aseguraba que alguien los seguía, o que tal o cual persona parecía muy sospechosa, pero después de unos cuantos meses de la misma rutina, dio por sentado que simplemente aquel sospechaba hasta de las rocas, y comenzó a "darle el avión" cada vez que mencionaba algo raro.

Nunca supo porqué, porque el se comportaba de esa manera, porque era tan desconfiado. Durante mucho tiempo sintió curiosidad, pero después de que por una conversación surgió una pregunta sobre el pasado seguida de un incómodo silencio, a partir de entonces, existió entre los dos un acuerdo no dicho sobre el "antes", no preguntar ni indagar nada que el otro no estuviese dispuesto a contar; incluso cuando, por curioso, Li descubrió en uno de los cajones de la cocina un arma de fuego, ni siquiera lo mencionó, simplemente la vio, cerró el cajón, y volvió a su vida normal con Eriol como su mejor amigo del que solo sabía tres cosas:

Su nombre y apellido, su lugar de origen y su edad.

Un nuevo y hondo suspiro se dejó oir en cada rincón de la habitación; Shaoran podía ser un "idiota fastidioso", en palabras de Eriol, pero nunca un mal amigo, llegaría al fondo del asunto, costara lo que costara.

*

La sala parecía tan cálida; tan acogedora; y, sin embargo, las personas sentadas en las filas de butacas pegadas a la pared no concordaban nada con el ambiente, rostros atemorizados, angustiados, cargados de un sentimiento de duda, de espera, de fatiga y en algún punto de su semblante… esperanza.

Por supuesto, el ojiazul no observaba más allá de sombras, centrando la mirada al frente mientras avanzaba por el pasillo, hacia la última puerta en él, se detuvo y golpeó dos veces hasta escuchar una voz masculina indicándole entrar.

El hombre tras el escritorio alzó la vista con una sonrisa que rápidamente se desvaneció al reconocer a su invitado y fue sustituida por una mueca seria.

—Eriol —dijo —creía que no nos veríamos más en esta vida

—Eso se suponía —Eriol cerró la puerta tras de sí con ningún ruido de por medio, y se sentó en una de las dos sillas para los pacientes —pero necesito un favor

—Bueno, era mucho pedir que vinieras hasta aquí solo para saludar —el galeno sonrió ladinamente y observó al muchacho unos segundos —dime, ¿qué puedo hacer por ti?

—Necesito mudarme aquí a Osaka, lo más pronto posible…

*

Notas:

No me miren así, se que tardé mucho y que no se ve a Tomoyo por ningún lado, pero advertí que la historia era más bien lenta, y no he encontrado la manera adecuada de agregar al personaje... Es más difícil de lo que creí.

Por otro lado, quisiera agradecer Toooodos sus comentarios, me han animado muchísimo a continuar. Principalmente, este capítulo (y todos en realidad) deseo dedicarlos a CatLyan, la persona que inspira casi todos mis personajes jaja. Te quiero.

Y pues nada, hasta la próxima. Espero no tardar una eternidad.