Intervenciones en la historia.

Narración de mi llegada

Disclaimer: Percy Jackson y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de el todopoderoso tío Rick, rey de los trolls. Este fic participa en el reto de inauguración "Tu llegada al campamento" del foro Campamento Greco-Romano.

Estábamos todos tranquilos comiendo en la mesa de Hefesto, cuando a Leo se le ocurrió preguntar por mi llegada al campamento. Bien, me dije, o se lo cuento ahora o me llamará de alguna forma durante el resto de mi vida. Empecé a hablar:

Yo soy español, pero llevaba viviendo en Italia desde los 4 años hasta los 10. Mi madre vivía conmigo en Italia, pero un día se puso enferma y murió. A los 6 años me adoptó una familia que me llevó a España, pero yo me escapé de casa y fui a Italia.

Venga ya, ¿cruzaste Francia entera para ir a tu pueblo? —me preguntó Leo

Sí, atravesé Francia de cabo a rabo para llegar, pero al final llegué, con unos 2 quilos menos que cuando salí, muchas cicatrices y una espada llena de sangre de monstruo. La espada me la construí yo mismo. Era de doble filo y la empuñadura estaba conformada por dos dragones luchando entre ellos. La había hecho en un taller abandonado, que de manera sorprendente todavía tenía una forja funcional y reservas de algún tipo de bronce extraño.

Bronce celestial, seguro que Hefesto te lo dejó ahí como ayuda —dijo Nyssa

Al llegar a Italia me fui a Roma. Me convertí en un delincuente juvenil. Tenía un taller en un silo abandonado en el que fabricaba todo tipo de cosas para cometer robos.

¿Cómo que cosas? —preguntó Jake, interesado.

Recuerdo que una vez fabriqué una especie de pistola que lanzaba piedras de unos 3 kilos a 15 metros de distancia. Rompí la ventana de una casa y me colé con una escalera. Encontré unos 150 euros en metálico, comida para unas dos semanas y más metal para artilugios. Ese día si que fue un día productivo.

¿Seguro que no eres una especie de legado de Hermes? —me dijo Travis Stoll, que estaba en la mesa de Hermes, al lado nuestra. Todos rieron su comentario.

Seguro que no. Los antepasados de mi madre eran japoneses.

¿En serio?

Sí, pero esos eran como mis tatara-tatara-tatara-tatara-abuelos. Bueno, ¿por dónde iba?

Nos estabas contando qué artefactos construíste —dijo Jake

Oh, sí. Con el metal que conseguí ese día, un poco de cobre y fuego candente hice una bicicleta.

Qué cutre.

Ya, solo que las ruedas estaban echas de un disco de fibra de vidrio con un poco de goma alrededor, de manera que no se pincha, se desgasta. Además, tiene un motor que obtiene la energía del pedaleo, por lo que 1 hora en la bici te asegura 30 minutos yendo a 120 por hora. Luego construí unos accesorios de lo más útiles: un dispositivo con el que lanzar aceite por la rueda trasera, un botón que te lanza de la bici y un montón de otras estupideces.

¿Qué utilidad tiene el botón? —dijo Connor Stoll.

Sé que suena absurdo, pero cuando le das lanza el sillín y activa el paracaídas que tiene conectado. En un principio quería que el sillín se convirtiera en un mini-helicóptero, pero no tenía suficiente metal como para construir un prototipo que funcionara, así que descarté la idea.

A Leo le brillaban los ojos —Te pienso ayudar a hacerlo, esa bici será flipante—.

La cuestión es que empecé a vender las bicis a un buen precio (entre 200 y 350 cincuenta euros, dependiendo de las modificaciones que le querías poner), con ese dinero alquilé un piso y pude comer todos los días. Estaba todo bien hasta que cumplí los 12 y los monstruos se acercaban cada vez más. Un día, probando la bicicleta, me encontré con un grupo de unos 25 lestrigones en posición de ataque. Yo saqué la espada, pero por aquel entonces creo que no hubiera sido capaz de matar ni a un solo lestrigón. Mi salvación fue Nico Di Angelo.

¿Nico? —dijo Leo extrañado—. ¿Qué hacía allí?

Más tarde me dijo que solo estaba de paso, pero sintió la presencia de monstruos y se acercó a ver que pasaba. Entonces, saltó de uno de los tejados y empezó a abrirse paso entre los lestrigones con la espada. En pocos minutos no quedaba ninguno. Al acabar me miró, como evaluándome.

—Tienes que venir conmigo —me dijo. Yo no sabía que hubiera más gente que viera a los monstruos, así que le hice caso.

—Vale.

Nico me agarró entonces y de repente noté un tirón extraño. Abrí los ojos y ya no estaba en Roma, sino en algún lugar de Estados Unidos, más que nada lo sabía por la bandera americana.

—¿Que has hecho? —le grité, enfadado por no saber nada. Él me miró cansado, como si ya hubiera tenido esa conversación antes.

—Hemos viajado por las sombras — me dijo desganado —. Ventajas de ser hijo de Hades.

—Espera, ¿has dicho Hades?

—Sí.

—¿Pero no eso no es un mito?

—Para la mayoría de los mortales sí, pero para tú, yo y los del Campamento no.

—¿Entonces lo que mi madre me dijo de que era hijo de Hefesto era verdad?

—Probablemente, ¿como te llamas?

—Pablo.

—Vale... Pablo, eres bueno construyendo cosas, por lo que veo —señaló mi bici—, así que sí, seguramente eres hijo de Hefesto. Venga, en marcha.

Monté en mi bicicleta y pulsé el botón. En unos segundos la bici se alargó y pasó a tener dos asientos. El montó en el asiento de atrás y yo empecé a pedalear.

—Tú... —le dije, pero me di cuenta de que él no me había dicho su nombre.

—Nico —me dijo.

—¿Miras esa bolsa? —señalé una bolsa al lado de su sillín, él asintió—. Dentro hay un GPS y una especie de tubo amarillo (en realidad, una batería) —los cogió—. Mete el tubo esa ranura del motor —lo hizo— y indica en el GPS hacia dónde tenemos que ir —tardó un poco pero cuando acabó me pasó el GPS— lo clavé en los controles, en un sitio pensado para llevarlo y encendí el motor. En un momento íbamos más rápido que algunos coches.

—¡A sí que a Long Island...!

No me quiero imaginar la cara que pondrían los conductores cuando los adelanten dos chavales a 120 km/h en una bici de fibra de vidrio llena de botones y con 2 asientos —dijeron los Stoll a la vez.

Todo fue bien hasta que nos encontramos con un monstruo montado en una Harley, en cuanto nos vio se puso detrás nuestra espada en mano. Nico hizo ademán de bajar de la bici, pero yo se lo impedí.

—Todavía me quedan algunos trucos.

Pulsé el botón del aceite. La rueda de atrás empezó a expulsarlo en cantidades industriales. La Harley empezó a perder el control, pero el monstruo consiguió recuperarlo. La pantalla lo indicaba claro: no queda aceite. Vale, pensé, ahora va a saber lo que es bueno. Apreté el botón de las chinchetas. En esta ocasión tanto la rueda delantera como la trasera expulsaron chinchetas, ya que las ruedas de mi bici no se pinchan. La Harley se quedó parada entonces, pero yo apreté el botón de granada y solté un explosivo de potencia media que lanzaba esquirlas del bronce extraño que encontré en el taller, ya que había descubierto que hacía más daño a los monstruos. Lo que no me esperaba era que un ciervo saltara a la carretera y se llevara la bici por delante, ¡sorpresa! Eso fue exactamente lo que pasó. La bici quedó inutilizable, tardaría una semana en arregrarla, quizá 3 días si encontrara un taller. Recogí las granadas de bronce que quedaban, el GPS y el paracaídas del sillín y los metí en mi mochila.

—Mierda, ahora si que la hemos liado —dijo Nico—. Ven, te voy a dar una clase rápida de esgrima.

Nico me enseñó a pelear con la espada, pero la verdad es que estaba a años luz de él.

—¿Y ahora qué? —le pregunté.

—No sé, tendremos que ir andando.

—¿Estás loco? Son 200 kilómetros.

—Es la única opción.

—O podemos robar un coche.

—Si, amenazamos al conductor con una espada, le cogemos el coche y lo dejamos tirado en la acera, ¿por qué no? —dijo él sarcástico

Por el rabillo del ojo vi pasar la camioneta. Era lo suficientemente grande como para instalar unos colchones en la parte de atrás. Tiré la bici hacia la carretera, y el conductor la atropelló. El muy idiota paró, y yo fingí una cara de pena.

—¡Mi bici, mi bici, usted ha atropellado mi bici!

—Tranquilo chico, ¿cuanto te ha valido? Yo te la pago.

Le pegué un puñetazo en la cabeza y lo dejé inconsciente. Nico todavía tenía la boca abierta. Fui hasta mi bici, saqué los sacos de dormir del compartimento en el que estaban —que por cierto, estaba tan dañado que en vez de abrir por donde siempre los saqué por una grieta en el costado— y monté en el coche. Nico me siguió, todavía en shock por el robo que acabábamos de cometer.

—¿Sabes conducir? —le pregunté.

—No, todavía no tengo 16.

—Vale, entonces conduzco yo.

—¿Qué?

—Oye, yo por lo menos sé conducir, tú no.

Llegamos a Long Island sin ningún percance más. Al llegar estaban cenando, y al acabar la cena fui reconocido por Hefesto. Dos días después, en la cena, empecé a contar mi historia por culpa de que mi estúpido hermano Leo preguntó.

Oye, que yo no soy estúpido —dijo el fingiendo enfado.

Es verdad, tu eres muy estúpido —dijo toda la mesa de Hefesto.

C'est tout. Lo empecé a escribir a las 8 de la mañana y lo acabé a las 15:40 tras haber hecho una pausa de dos horas y media, así que he escrito la historia en 4 horas y 10 minutos.