Honestamente, no sé donde vivía Hermione. Tampoco sé como se llaman sus padres, por lo que nunca pongo sus nombres. He leído todos los libros menos el sexto, y en ninguno de ellos apareció aquello. Por lo que tuve que dejar correr mi imaginación e inventar la colonia de Victoria Valley. Que ofrecía casas lindas y seguras a los doctores. No sé cómo será en el resto de los países, pero aquí en México cualquier tipo de doctor gana bastante. Si mis padres fueran dentistas yo sería rica. No recuerdo haber leído que Hermione lo fuera pero me imagino que habrá sido clase media alta. Traté de investigar cuanto ganaban estos doctores en Inglaterra, pero no encontré ningún dato obviamente… en mi país a los lugares donde hay muchas casas se les dice colonias, y barrio se refiere más bien a los pobres. Pero yo le llamo barrio porque he visto que hay quienes lo usan, pero igualmente si alguno sabe la verdadera dirección de la chica sería bueno saber, y de cómo se le deben de llamar a espacios privados cómo ése que es una especie de suburbios en E.U.A que he visto pues me queda a menos de 4 horas…

Besos;

Verónica

Disfruten ;)

La sra. Granger tenía apenas cuatro meses de embarazo, su pancita ya era muy evidente. Pero lo obvio de su estado no era su creciente peso, si no su excelente buen humor. Incluso parecía menos vulnerable a los ataques de su vecina, que seguía pensando lo peor sobre ella y el bebé que esperaba… Bueno mejor dicho, lo sabía muy bien, era perfectamente consciente que el nene que esperaba en su vientre la Sra Granger era de su marido. Pero estaba celosa, ella ahora estaba sola. Sus hijos apenas la iban a visitar, y su yerna acababa de dar a luz a una preciosa nena a la que llamaron Tiffany, cosa que no le gustó a su hermana mayor Ashley quien estaba muy celosa.

Eran sus únicas nietas, y las veía, a lo mucho una vez cada mes. Por lo que le reventaba la idea de que su peor enemiga fuera feliz y ella no. Cosa que no entendía, pues en sus 50 y tantos años de vida jamás había envidiado a ninguna otra mujer.

También se debía al hecho que a diferencia de ella, Granger tenía un trabajo que le gustaba, y la mantenía concentrada en otras cosas. Y ella, estaba destinada a morir sola, cuidando esa gran casa en la que alguna vez hubo una familia feliz. Su marido (que por cierto había sido uno de los pocos que no eran doctores en Victoria Valley) era un abogado ojo alegre y majadero, que por obvias razones la había dejado por una mujer mucho más joven que ella. Esto hizo efecto inmediato en el carácter de la señora Witherspoon. No siempre había sido tan grosera, es más, en sus tiempos felices todos la consideraban como una mujer extremadamente amable y atenta y así era. Y aunque desde siempre había sido así de chismosa, era discreta, muy discreta.

Algo interesante en la señora Witherspoon, era que era tía de una de las brujas más odiosas que alguien famoso del mundo mágico pudiera detestar por su "entrometivismo" ; Rita Skeeter.

Resulta que Witherspoon era hermana de la madre de Rita. Y la anciana (muchos años mayor que Witherspoon) mentía diciéndole al mundo mágico que su hermana era realmente una squib y sus padres unos magos que habían renunciado a su varita, todo por no decir que eran muggles. Aunque nadie lo creía, sorprendentemente había dado pruebas suficientes para aquello para no ser mártir en la primera guerra encabezada por Lord Voldemort. Y salió airosa la vieja condenada.

Las hermanas no se habían visto desde la boda de Witherspoon. (Que casada era Smith) Y no había conocido a sus hijos; Derek y Frank Smith. Frank era el mayor, y el padre de las niñas antes mencionadas. Pero Witherspoon sí había conocido a Rita Skeeter, aunque muy esporádicamente, y sabía de la existencia de los brujos, pero jamás comentó eso con nadie. Ni con su amado gato difunto. Pero admitía, se sentía triste de no haber sido una como su hermana y así nunca haber tenido que separarse, ni pelear como lo habían hecho hacía muchos años…

Eran las dos de la tarde y la futura madre se dirigía feliz manejando su bonito coche hacia a su casa después de un largo día de trabajo; Le había llegado un paciente con una dentadura horrorosamente descuidada, y había tenido que cancelar todas las citas del día para sacar uno que otro diente putrefacto y extirpar algunas de la increíble cantidad de caries en esa sucia boca. La señora Granger estuvo tentada a preguntarle al paciente la cantidad de años que había pasado como vagabundo (mendigo) pero no se atrevió.

Encima de aquello la gente que tenía esperando se molestó, y con justa razón. Pero ella tuvo que decir con el gesto más sereno que pudo, que el caso del paciente era severo, y no podía esperar más. Pero estaba dispuesta a darles ésa consulta gratis a la mañana siguiente. Así la gente se fue yendo de poco a poco. Y esta vez con una expresión de resignación.

A la Sra. Granger nada le costaba dar esas consultas gratis, pues había revisado cuidadosamente la lista ésa mañana y se había puesto feliz al percatarse que todos los pacientes (excepto el vagabundo, que por cierto no lo era pero tenía dentadura de serlo) iban ése día solamente a la limpieza general que se da una vez al año. Y para ella era muy sencillo hacerlo y lo disfrutaba además. Aunque lo del paciente de ése día no había sido especialmente algo bonito ni gratificante. Llegó un punto, en el que tuvo la sensación de estar atendiendo a un caballo. Que por cierto comía muchas porquerías y no solamente pasto.

Giró cuidadosamente hacia una larga calle y se encontró con el gran cerco del barrio que tenía una bella placa dorada pegada que decía "Victoria Valley" Sonrió a Esteban, el guardia y éste le abrió las puertas sonriendo a su vez.

De nuevo giró su auto hacia la izquierda, esta vez para quedar en la calle donde se encontraba su casa y encontró a su vecina Wilhelmina McGrew regando las plantas de su hermoso jardín. McGrew tenía 32 años y un bello cabello rubio, estaba siempre sonriendo y sus dos hijas una nueve y la siete años; Ana y Alicia (La última la mayor) eran un verdadero encanto. Su marido era cirujano plástico, por lo que trabajaba mucho y raramente se le veía mucho tiempo en casa. Eran la familia más rica de aquel lugar, pero increíblemente los más sencillos.

Muy buenas tardes—dijo McGrew sonriente.

Hola Will ¡Lindas rosas!

¿Te gustan? Te puedo regalar algunas si quieres.

Sí, me encantan, pero me temo que no tengo mano con las plantas—dijo apenada la Señora Granger. —pero muchas gracias de todas maneras.

Pues no dudes en pedirme alguna si quieres algún día entonces…. ¡No lo puedo creer!—Dijo Wilhelmina jalándose el cabello y mirando por encima del hombro de la embarazada-¡Lo volvió a hacer de nuevo!

Entonces Granger se asomó hacia a su casa. Y por tercera vez en la semana estaba el auto de la señora Witherspoon, fina e intencionalmente atravesado en su garage.

Esta vez ni siquiera se molestó. Giró despacio el volante, resignada y se estacionó en el lugar que le correspondía a Susana, igualmente en su garage. Y de pronto se le ocurrió una idea maquiavélica y se sonrió y al mismo tiempo se preguntó porqué no lo había pensado antes.

Ahora no quería tener que ir a casa de Susana Witherspoon a decirle cordialmente que hiciera el favor de quitar su auto de su casa. Si no que simplemente se estacionó en la suya, volvió a casa sin mirar a la confundida McGrew que arrancaba malas hierbas sin quitarle un ojo de encima. Y sacó el control de la puerta automática del garage. Dejando encerrado el auto de Susana.

Will ahogó una risotada y lentamente entró a su casa. El garage de Witherspoon no tenía puerta. Por lo que ahora la señora Granger tenía completo control de la situación.

Una hora después llegó el señor granger a comer a su casa.

Lo volvió a hacer—dijo suspirando.

No, no amor. Me pidió de favor poner su auto ahí.

Aquello no tenía sentido. El hombre no sabía si era sarcasmo, pero estaba demasiado cansado para preguntar. O para que le importara.

Susana había estado demasiado tiempo ocupada con su nueva compra; Un hermoso cachorro french poodle de color perla. Que ahora se encontraba agobiado por el enorme moño que la señora Witherspoon le había puesto.

Tan contenta estaba con su nuevo cachorro, que ni siquiera se dio cuenta que su auto estaba ahora en manos de su peor enemiga.

Después de comer, la señora Granger tenía la costumbre de irse a la cama. Pues había leído que ligeras siestas durante el día eran buenas durante el embarazo, y el señor Granger se quedaba mirando televisión. A veces documentales, de salud, históricos o de animales y a veces futbol, aunque no era especialmente fanático al deporte.

La señora Witherspoon ya se había dado cuenta de lo sucedido con su auto, y había pasado aproximadamente una media hora lanzando maldiciones y palabras poco propias para una dama. Pues ya estaba tarde para llegar a recoger a su nieta mayor del colegio, y le había costado trabajo convencer a su hijo Frank de que Ashley pasara las tardes con ella.

Entonces se dirigió a la casa de su vecina. Tocando la puerta, o más bien golpeándola, en vez de presionar el botón del timbre.

El señor Granger se sacudió, espantado. Justo se estaba quedando dormido, y después de respirar hondo para calmarse abrió la puerta.

Señora Witherspoon—dijo sin ganas…- ¿Qué la trae por aquí?

Soy Susana para ti, ya te lo he dicho. ¿Me permitirías pasar?—se mostraba complacida de que ella y el señor Granger fueran los únicos ahí.

El señor Granger pensó seriamente en decir que no. Pero no quería ser descortés, y la dejó entrar. La mujer se sentó exageradamente erguida en la mesa.

Dado que ya había perdido oportunidad con su nieta, estaba más molesta que nunca. Y ahora ya estaba perdido el interés por recuperar su auto. Estaba pensando en un daño más grande que el que le hubiera hecho nunca a esa familia.

¿Cuántos meses tiene?— el señor Granger entendió rápidamente.

Cuatro. —dijo secamente.

Después de un incómodo silencio, Susana sonrió maliciosamente y volvió a abrir la bocaza.

¿Cuándo te fuiste de viaje? ¿Hace cuatro también?

El señor Granger entornó los ojos. No veía a dónde quería llegar… ¿Acaso estaba insinuando algo?

Sí, hace cuatro meses—dijo seguro.

Ah… qué bárbara es la tecnología ¿verdad? Ahora uno puede saber el ADN del niño. Digo para asegurarse que sea suyo.

No necesito hacer tal cosa—casi gritó. Estaba muy enfadado.

Pues digo, no le haría daño a nadie. Para estar seguros.

¡El hijo que espera mi esposa es mío! No tengo la menor duda… ¡ahora mueva su carro de MI garage y desaparezca de mi vista!

¿Qué pasa?—dijo la señora Granger, despeinada y somnolienta.

Pasa que nos mudamos. No pienso estar más aquí.—dijo mientras empujaba a su vecina y le cerraba la puerta en las narices…