Disclaimer: Los nombres de los personajes pertenecen a S. Meyer, el contrato a The Price of a Bride, los dialogos, demás argumentos y Renato son míos XD
Gracias totales XD a mi super beta Ericastelo por tener la paciencia de un santo conmigo, creanme una diqueautora con ataques alemanes no es lo más sencillo del mundo de soportar XD
Feliz día a todas las madres que lo celebraron el pasado 10, espero que hayan tenido un día espectacular.
A los que me dejan rr les quiero decir que aprecio mucho el tiempo que se toman en dejarme saber lo que les parece las locuras que escribo.
CAPITULO 26
—Isabella, amor—. Aparté el cabello que tenia cubriéndole el rostro. — Sé que en estos momentos no quieres hablar sobre esto, pero necesito saber donde quieres que descanse tu padre. Podemos llevarlo a Chicago con tu madre si quieres o a Masen Hall, cuando termine el año escolar nos mudaremos allá y de esa manera estarás más cerca de él. —encogió sus hombros antes de suspirar.
—No lo sé… no quisiera regresar nunca a Chicago, allí hay demasiadas recuerdos, pero tampoco quiero dejar a mamá, no creo que sea correcto ponerlos juntos, ella dejó de quererlo… pero podemos ponerlos cerca—dijo con voz rota.
La volví a estrechar contra mí, dejándola desahogarse de un dolor que apenas empezaba.
Hice los arreglos para exhumar los restos de Renee y traer a Londres sus cenizas. Isabella quería que los restos de sus padres fuesen juntos hasta Irlanda y que descansaran cerca.
Ella dejó de ser su esposa al año del accidente. A pesar que Aro la obligaba a hacer cosas que no se pueden repetir, sé que cuando se enamoró del padre de Renato, se olvidó de papá, fue tanto lo que lo quiso que murió de desamor como en las novelas trágicas sin importarle que pasaría con Renato o conmigo.
Sus palabras aún resonaban en mis oídos.
Su rostro crispado por el dolor aún bailaba frente a mí, como si hubiese quedado grabado en mis retinas.
El doctor me dijo que su madre había muerto en el parto por una hemorragia, pero supongo que para una niña de doce años quien había tenido que soportar todo tipo de maltratos, el que su madre falleciese era considerado un abandono.
Debo reconocer que al saber que su madre murió en un parto me puso los nervios de punta, sólo pensar que mi Isabella estuviese en peligro me hacia revolver el estómago. Por suerte el doctor me explicó que la hemorragia no hubiera sido tan grave si Renee hubiese sido más cuidadosa durante su estado, al parecer sabía que estaba anémica y al ser abandonada por el padre de Renato cayó en una depresión y dejó de alimentarse bien.
Tenía toda la intención de buscar a ese tal Phil Dwyer, para tumbarle todos los dientes por crearle falsas esperanzas a mi suegra y abandonar a Renato, si es que aún estaba vivo.
Según lo que me contó Esme, el tal Phil fue el guardaespaldas que rescató a Isabella cuando cayó a la piscina y siempre tuvo una admiración que rayaba en reverencia en cuanto a Renee se trataba. Al caer en coma mi suegro, los dos se fueron acercando y cuando mi suegra descubrió su embarazo él prometió planear un escape para que pudieran llevarse a mi esposa con ellos. Lo único es que nunca llegó a la cita acordada y no se le volvió a ver.
No tenía idea si desapareció por propia cuenta o si lo borraron del mapa.
Mientras más información recababa sobre Aro, menos me sorprendían las posibilidades de que fuese un asesino y que en su afán de conservarlas hubiese ultimado al padre de Renato.
Mi mirada se fijó en la forma durmiente de mi esposa. El doctor tuvo que darle algo para sedarla después de haber hablado con su ginecóloga para conseguir su aprobación.
Me mataba verla tan triste, sabía que no era algo que yo pudiera remediar, solamente el tiempo haría su dolor más llevadero aunque la ausencia siempre estaría presente, cosa que estaba experimentando en carne propia.
¿Cuántas veces no deseé tener a mi padre para que viera los logros que conseguí? Para que viera como había logrado posicionar nuestras empresas, para que conociera a Jacob, a mi esposa, a Renato, a sus nietos.
No. La ausencia de un padre no era algo que se echaba al olvido.
La primera noche fue una agonía. Cada vez que Isabella se despertaba lo hacía bañada en lágrimas.
La mañana siguiente no fue mejor, mi esposa había dejado de llorar pero ahora se rehusaba a comer, cosa que yo no podía permitir.
Cuando me planté diciéndole que tenía que alimentarse no sólo por su bien sino por el del bebé y Renato, y poniéndole el plato de comida frente a ella, volvió a romper a llorar alegando que iba a ser una pésima madre.
Decía que los estaba abandonando como su madre la abandonó a ella.
Me llevó casi una hora calmarla y hacerle comprender que era natural que estuviese triste por la pérdida de su padre y que eso afectase su apetito, que no tenía que compararse con la situación de su madre. Lógicamente el mencionar su padre trajo una nueva ola de sollozos.
Mi madre fue quien me ayudó a comprender que sus hormonas no estaban ayudando mucho y que tenía que tratarla con mucha delicadeza y pensar antes de hablar. Cosa que hizo que Jacob estallara en carcajadas ganándose una dura mirada de mi madre y un golpe mío bajo la mesa.
Pensé que ahora que tenía casi cuatro meses las temibles hormonas de las que siempre escuché se habrían calmado pero según mi madre aún me quedaban cinco meses por delante para acostumbrarme a ellas.
Renato estaba totalmente aislado de la situación, para el niño Isabella estaba algo enferma y sus ojos estaban rojos porque tenía gripe. El día del sepelio iríamos a Irlanda y regresaríamos en cuanto hubiera concluido, él niño no se daría por enterado de nada.
La ayudé a subir las escaleras del avión y me aseguré que estuviese cómoda antes de ir hablar con el capitán. El doctor y su esposa nos acompañaban, al igual que mi madre y Sue junto a Harry.
A pesar de la tristeza reflejada en su rostro seguía siendo lo más hermoso que mis ojos hubiesen visto alguna vez. Su vestido negro a pesar de ser algo holgado dejaba ver la pequeña redondez de su vientre.
Sus ojos se encontraron con los míos mientras me acercaba a ella. Les indiqué que iba a despegar en cualquier momento y todos procedieron a colocarse sus cinturones de seguridad.
Isabella recostó su cabeza, cerrando los ojos, sobre mi hombro y yo tomé sus manos en una de las mías.
Casi no había hablado desde que nos despertamos pero al menos no se había retraído encerrándose en sí misma.
El sepelio dio lugar en el cementerio de mi familia. Solamente nosotros estábamos presentes para despedir a Charles Swan.
Mi esposa ladeó su cabeza cuando entramos al cementerio, presionó la rosa blanca que llevaba contra su pecho y me miró con curiosidad. Sin embargo no dijo nada mientras volvía a fijar la vista en el cofre que contenía los restos de su padre.
Sus lentes oscuros no ocultaban las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas mientras el sacerdote oraba por el descanso eterno de su padre.
Si hace doce años me hubiesen dicho que iba a estar sepultando al hombre que compró la casa de mis ancestros y que yo iba a tener a la pequeña niña que trató de darme consuelo en el sepelio de mi padre, entre mis brazos, no lo hubiese creído. Sin embargo ahora estaba estrechándola contra mí y jurándole a su padre que nunca estaría desprotegida, ni le faltaría mi amor.
—Yo estuve en el entierro de tu padre—no era una pregunta, tan sólo constataba un hecho.—lo recordé al verte allí vistiendo de negro y con los lentes oscuros.
—Sí, tu padre compró Masen Hall pero me permitió sepultar al mío con nuestros ancestros. Tú no podías tener más de seis años y me pareciste la niña más dulce del mundo a pesar del dolor que me consumía en esos momentos—. Acaricié su espalda.
— ¿Edward?—dijo después de unos minutos de silencio. — No voy a estar para fiestas en los próximos meses, pero Renato cumple años en mayo y no quisiera que pasara desapercibido.
—Claro que no pasará desapercibido, no todos los días se cumplen seis años—le dije besando su cabello.
Recordé cuando lo vi por primera vez y pensé que era mayor a lo que era en realidad. Lo orgulloso que estuvo cuando se lo comenté diciéndome que siempre en el orfanato siempre le decían que era alto para su edad.
—Eres un buen hombre, Edward. Lamento haber desconfiado de ti—. Me acomodé en las almohadas y levanté su mentón para verla a los ojos.
—Era lógico en tu situación desconfiar de todos, debo reconocer que no te di motivos para que confiaras en mí y no traté de ganarte hasta que entendí que esa sería la única forma en la que podría empezar a aspirar llegar a tu corazón.
Se quedó callada otro par de minutos.
— ¿Te casaste conmigo por la casa de tu familia?—soltó de pronto. Por lo visto era la hora de las confesiones.
—Cuando te vi en la subasta supe que tenía que tenerte sin importar qué, no supe quién eras hasta mucho después de haber decidido hacerte mía. La casa pude conseguirla sin tener que casarme contigo, la verdad es que Aro me dio algo de trabajo cuando le informé de mi intención de hacerte mi esposa. Sólo mi insistencia en tenerte lo hizo aceptar nuestro matrimonio.
—Gracias por salvarme, no tienes idea la clase de vida que él quería para mí—. Su voz se rompió y yo la estreché con fuerza tratando de asustar sus demonios.
—No tienes nada que agradecer, lo único que lamento es no haberte hecho la transición más llevadera. Espero podértelo compensar colmándote de afecto—. Sólo podía imaginar el tipo de vida que llevó antes de conocerla y ese pensamiento me hacía querer romper algo.
— ¿En verdad me quieres?—su voz fue pequeña, casi un susurró y sus mejillas se sonrojaron.
— No te quiero, Isabella—murmuré besando sus labios suavemente—te amo.
Sus labios buscaron los míos.
No hicieron falta palabras, su cuerpo me demostró con creces lo que su mente se negaba a confiarme.
Tenía la certeza que sentía algo por mí, lo podía notar en la manera en que sus manos me tocaban mientras nos amábamos, como su cuerpo buscaba el mío y como sus labios clamaban que los míos le pertenecían.
Pero lo que me hizo saber que no me equivocaba fue cuando después de terminar de hacer el amor y mientras ella pensaba que yo estaba totalmente dormido, sus labios besaron no sólo, mis labios y mis mejillas sino también mi pecho justo sobre mi corazón antes de recostar su cabeza sobre mi hombro para dormir.
A pesar de todo eso, nada me preparó lo que vendría al cabo de unos meses.
Por lo visto me enfrentaba a los peores treinta minutos de mi vida.
Mis manos se sujetaban con fuerza al asiento del auto.
Mi mente no dejaba de gritarme que había sido un imbécil por permitir esta locura.
No tenía idea de dónde se me ocurrió lo que en su momento pensé que era una brillante idea.
Las risas no hacían nada por calmarme. Mi vista estaba fija en la carretera y en todas las formas en que algo podía salir mal.
El auto volvió a remecerse cuando Isabella pisó el freno con más fuerza de la debida. Antes de poder decirle nada lo volvió a poner en marcha cuando se le apagó.
Vendería el maldito auto en cuanto tuviera oportunidad. Ella tendría que ir con un chofer experimentado cuando quisiera salir a algún lugar, no pensaba dar mi brazo a torcer en esto.
La caja de velocidades protestó ruidosamente cuando hizo un cambio sin pisar el embrague.
Definitivamente una mala idea.
—No, no, no. Frena por favor—le supliqué, sujetando su pecho cuando volvió a pisar el freno sin consideración, para evitar que se golpeara con el timón.
— ¡Ese fue el paseo más divertido, Bells! Volvamos a hacerlo—. Dijo Renato riendo desde el asiento trasero.
—No creo que haya repetición, Renato—. Murmuré quitando la llave de la ignición para esconderla en el bolsillo de mi chaqueta y ganándome una exclamación enojada de mi esposa—ni mis nervios, ni mi corazón lo soportarían—. Me froté los ojos antes de tocar con suavidad el ya evidente vientre de mi esposa para sentir el movimiento de mi hija antes de que Isabella me diera un manotazo.
—Lo estaba haciendo muy bien, pero tú me pones nerviosa con todo ese "¡Cuidado! ¡No tan rápido!" O la mejor "¡Por el amor de Dios, Isabella vas a matarnos!"—bufó mirándome con su expresión de gatito enojado.
—Es por tu bien Isabella, ¿Qué tal si dejamos las clases para después de dar a luz?—sus ojos se entrecerraron.
—No—. Cruzó sus brazos sobre su pecho y levantó la barbilla en actitud desafiante.
No pude evitar que mis labios se curvaran en una leve sonrisa.
Hacía meses que no veía ese fuego en sus ojos, debería picarla más a menudo.
—Gatito… tienes casi seis meses de embarazo
— ¿Y?—sus labios se tensaron.
Renato miraba el intercambio como si fuese un partido de tenis.
Suspiré. Sabía que si seguía con la discusión el niño se estresaría y ella rompería a llorar en cualquier momento. Por lo que era mejor una táctica evasiva.
—Lo que tu digas, amor—besé sus labios ligeramente y ella sonrió tomando mi mano y colocándola sobre su vientre permitiéndome sentir el movimiento del bebé. Luego me encargaría que estuviese tan ocupada que no tendría tiempo para las dichosas clases de manejo o me haría yo el ocupado.
—Me siento como un perro amaestrado, ¿sabes?—le dije ayudándola a bajar del auto. —cuando hago algo que te disgusta me privas de tocar a la bebé, cuando te complazco me recompensas dejándome acariciar tu barriga, sólo falta que me digas "buen chico" y que yo mueva la cola.
Rompió a reír, su burbujeante risa se hacía presente con mayor frecuencia ahora que la muerte de su padre no era tan reciente.
—Lo siento, debes pensar que soy una mala persona. No te privo de que toques al bebé, "al", porque aún no sabemos su sexo. Te imaginas lo raro que será para tu hijo cuando le diga que su padre lo llamaba "ella" antes de haber nacido—me dio una mirada exasperada—en fin, es sólo que cuando me enojo no me gusta que me toques, eso hace difícil que siga enojada contigo—murmuró la ultima parte muy bajo y yo sonreí.
Cada vez era más abierta conmigo, estaba seguro que pronto no me ocultaría nada.
—Te lo dije amor, es el encanto Masen lo que te priva de pensar, además debes reconocer que soy irresistible—rodó sus ojos y sacudió la cabeza exasperada.
Me pareció que me llamó presumido bajo su aliento pero no estaba seguro.
Estuve tentado a tomarla en brazos y llevarla a la habitación, pero a mediodía era la fiesta cumpleaños de Renato y ella quería asegurarse que todo estuviese perfecto.
El niño había cumplido hacia un par de días, pero Isabella y mi madre insistieron en que era más conveniente que fuese en fin de semana para que la fiesta no se rigiese por un horario tan estrecho.
Mi madre, Isabella y Esme se habían esmerado en la preparación del cumpleaños. A pesar que sólo eran los quince niños de su salón de clase, ellas habían conseguido máquinas de hacer algodón de azúcar y palomitas, un castillo inflable, personajes de caricaturas, pinta caritas, animadores e incluso un salvavidas por si los niños querían bañarse en la piscina.
Jacob había sugerido que los niños montaran en los caballos o en los ponis pero tuve que plantar mi pie. Con tantas atracciones los niños tendrían que quedarse a dormir para poder disfrutarlas todas. Renato dijo que eso era una excelente idea y por primera vez tuve que negarle algo.
Dieciséis niños llenos de azúcar y comida chatarra, corriendo por la casa, no era algo que me atraía. Además Isabella tenía que descansar ya que sabía que el regalo que le tenía le iba a causar una gran impresión.
La fiesta fue éxito.
Renato e Isabella no paraban de sonreír, por lo que me había contado lo único que podía hacer para celebrar los cumpleaños del niño era robar unos panecillos dulces de la cocina y una vela para cantarle cumpleaños.
Como siempre que me hacía una revelación, tuve la necesidad de romper algo. El maldito de Aro parecía haber sido tragado por la tierra y eso no ayudaba a mi insatisfecho deseo de venganza.
—¿En qué piensas? Parece que algo te molesta—murmuró pasando su mano por mi ceño fruncido para alisar las duras líneas.
Debía recordar que esta noche era de celebración. No podía empañarla con pensamientos oscuros.
—Tonterías de la oficina—besé su mano—nada que deba preocupar tu hermosa cabecita. Haz hecho un excelente trabajo, Renato está más que feliz—. Cambié de tema desviando su atención a otras cosas.
—Todo es gracias a ti—su voz se quebró y yo la atraje contra mi cuerpo
—Isabella—empecé a decir pero ella me cortó poniendo la mano sobre mis labios.
—Es verdad, Edward. —sus ojos estaban llenos de lágrimas—No me atrevía a decírtelo, pero quiero que sepas—tomó aire y fijó su mirada en la mía—significas mucho para mí—mordió su labio.
Sonreí besando la mano que aún tenía sobre mis labios. Eso era un avance enorme me sentía casi eufórico con su revelación.
—Y tú para mí.
—No, no lo estoy diciendo bien—empezó a mordisquear su labio inferior mientras cuadraba sus hombros como si se preparara para una pelea o para un rechazo.
La miré expectante sin decir nada.
—Lo que quiero decir, es que me importas, bueno más que importarme…te quiero—su ceño se frunció haciendo que sus cejas casi se juntasen. Esperé a lo que venía sin embargo no dijo nada más.
Aceptaría lo que ella me ofrecía, cuando dije que iría poco a poco con ella, lo había dicho en serio.
—Gracias, amor—besé su frente tratando de alisar la arruguita. — tengo un regalo que quiero darte.
— Es Renato el que cumpleaños y además ya le diste su regalo el jueves—me miró con confusión.
—Tal vez regalo no sea el término más apropiado —. Me mecí los cabellos antes de tomarla de la mano y llevármela a mi oficina. — Esto es para ti —le dije en cuanto nos detuvimos frente a mi escritorio.
Ella miró el sobre que coloqué en la mesa y su ceño se frunció más.
— ¿Otro contrato prematrimonial?—negué con la cabeza alentándola a seguir leyendo.—No entiendo…—Su voz estaba teñida por la duda cuando habló finalmente después de unos minutos de lectura.
—Es la orden de un juzgado y de mis abogados que deja sin efecto nuestro acuerdo prematrimonial —. Ladeó su cabeza para mirarme—Tú, mi Isabella eres como una avecilla, yo nunca debí pensar en cortarte las alas. Siempre debí dejar que fueses libre una vez te saqué de la jaula donde te tenía tu tío, ahora los eres.
Su respiración se aceleró, sus ojos se llenaron de miedo.
— ¿Te quieres divorciar de mí?—dijo con un hilo de voz antes que las lágrimas se hicieran presentes rodando por sus mejillas como un manantial.
—No amor, claro que no.
— ¿Entonces por qué?—sacudió el papel frente a mí antes de dejarlo caer sobre la mesa como si fuese una serpiente venenosa.
—Por qué quiero que estés junto a mí porque es tu elección, no tu obligación —. Murmuré acercándome a ella. Sus ojos eran desconfiados.
— ¿Es por esa mujer, no es cierto? La oxigenada del club—me gruñó, a pesar de las lágrimas que aún rodaban por sus mejillas su expresión era tan fiera que no me atreví a reírme de su equivocación— ¡le voy a arrancar todos los pelos!—chilló—y luego a ti te voy a sacar los ojos—me señaló con un dedo acusador.
Me quedé estupefacto por unos segundos, no tenía idea de que decirle.
Para un espectador, la situación podía haber sido muy cómica.
Mi mujer de dieciocho años, metro sesenta y ciento veinte libras me había hecho encoger como sólo lo hacia mi madre cuando era niño.
— ¿Es porque estoy gorda? ¿Es eso?—negué apresuradamente con la cabeza, mi voz parecía haberme abandonado—. ¿Necesitas a alguien que parece no haber sido alimentado en años para contrarrestar la apariencia de tu esposa? ¿ te doy asco?
—No seas absurda—dije cuando mi voz apareció.
Craso error.
—¿Absurda?—chilló levantando las manos—¿Me llamas absurda? Esperaste justo hasta que estuviese declarándote mi amor para hacerme esto—agarró el documento y lo partió primero en dos, luego en cuatro, ocho y luego en miles de pedazos para lanzármelos al rostro con total descontrol. — No pienso darte lo que quieres, estas tan atado como yo a ti. No te rías—su ceño se frunció nuevamente.
—Gatito…—dije entre risas, cuando ya no pude seguir aguantando más, aferrándola por la cintura para atraerla hacia mí y evitando que sus puños me golpearan.
— ¡No te rías! ¡Suéltame! ¡Canalla! ¡Mentiroso! ¡Infiel!—ahogué sus protestas con un beso demandante.
—Te amo, no sabes lo feliz que me has hecho al decir que me correspondes—. Me miró con sospecha.
—No pretendo dejarte libre—enarcó una ceja con abierta desconfianza y desafío.
—No quiero mi libertad si tú eres mi carcelera—volví a besarla.
Nunca antes en mi vida me había sentido más feliz. Era como si pudiera hacer cualquier cosa, lograr cualquier objetivo que me propusiera.
Ahora que tenía su amor, nada más importaba.
N/A: Sólo quedan 2 capitulos para el final, me han preguntado en rr anonimos si viene historia despues de esta. Primero quiero terminar con las historias que tengo incompletas antes de traer una nueva. Ponganme en alerta de autores si quieren estar al tanto de cuando será eso. Besos
