Crucé el jardín de la residencia hacia mi Volkswagen Beetle del 98, metí la maleta, cerré el maletero y me dirigí hacia el asiento del copiloto donde Iris estaba dejando la caja de cartón con unos cuantos enseres personales que había preparado: un par de libros hechos polvo de tantas veces que había leído, un ordenador portátil, un par de cuadernos donde había empezado a escribir una novela como proyecto de fin de carrera, unos cuantos CD de música, una caja de zapatos con las esquinas bastante reventadas y la fatídica invitación en la parte superior.

Iris me miró un poco afligida:

No tienes que ir si no quieres… aunque –dijo rápidamente cambiando de tono para darme más ánimos- si quieres puedo acompañarte…. Hacer juntas un viaje en coche recorriéndonos medio país… Bella… como en las pelis…

Suspiré y esbocé una media sonrisa.

Gracias. – tomé aire de nuevo- Pero creo que debo de hacerlo yo sola. Ya es hora.

Acto seguido me acerqué y le di un abrazo a Iris y me dirigí hacia mi asiento. Me esperaba un largo viaje.

Llámame cuando llegues… o envíame un mail. Y ya sabes que aquí estoy para lo que sea – concluyó esbozando una triste sonrisa.

Te llamaré pronto – añadí.

Arranqué el coche y me dirigí hacia mi destino. Me esperaban muchas millas de camino. Demasiadas, pero no podía ir a Forks en avión y esperar que alguien me hiciese de chófer, no estaba por la labor de tener a alguien pendiente de mi para que me llevase de un sitio a otro. De siempre había sido muy madura e independiente y era algo que se había acentuado durante estos años. Así que prefería comerme tres días de carretera antes que depender de alguien, total, tampoco tenía prisa en llegar a Forks… Ni que me esperase alguien… De pronto en mi mente se dibujaron dos preciosos ojos dorados enmarcados en unas densas pestañas, el contorno de una cara de comenzó a perfilar. Rasgos perfectos y bien definidos, una mandíbula que incitaba a recorrerla con las yemas de los dedos. Una maraña cobriza apareció y comenzó a tomar forma, un cabello despeinado cuidadosamente coronaba el rostro que se dibujaba en mi mente. Finalmente, una sonrisa de medio lado se dibujó en su rostro. Ahí estaba él. Edward. No me había olvidado de él. No podía. Me había obligado, lo había intentado odiar por todo lo que me había hecho pasar, había salido con otros chicos para olvidarlo pero… no podía.

Salí de mi sueño y vi las luces del coche que tenía delante demasiado cerca, di un volantazo y lo esquivé.

Bella, creo que es momento de parar a dormir – murmuré para mi misma.

En la siguiente salida de la autopista había un motel. Paré y alquilé una habitación para esa noche.

La habitación era pequeña y con las paredes oscuras. Tenía una cama de matrimonio en el centro con un par de mesillas a cada lado y una cómoda justo enfrente sobre la que reposaba un televisor pequeño que funcionaba con monedas. En el lado derecho un pequeño aseo con toallas que parecían limpias. Dejé una mochila y la caja del asiento del copiloto sobre un pequeño sillón junto a la cómoda y me tumbé sobre la cama. Me puse a llorar con una única imagen en mi cabeza: la imagen de Edward que formé mientras conducía. ¿Cómo podía afectarme tanto? Se supone que ya lo había olvidado. Mentira. Era imposible olvidar a Edward. Lo había intentado por pasiva y por activa y nada había dado resultado, pero él la había dejado alegando que era demasiado joven y debía de vivir plenamente su vida mortal. ¿Demasiado joven? Aparentemente ya era bastante mayor que él, así que si ahora le dijese de volver o incluso de convertirla, ¿qué tendría que hacer? Él tendría la misma apariencia divina que cuando lo vi por última vez. La última vez… "Estarás mejor sin mi"… "Disfruta tu vida"… Las últimas palabras de Edward antes de salir por la ventana de mi habitación en Forks y su última mirada… ¿Por qué sus ojos brillaban de esa manera?¿Acaso eran lágrimas?

No cerré las cortinas y los primeros rayos de sol me despertaron. Miré el despertador y vi que todavía era pronto pero ya no podría volverme a dormir, así que decidí adelantar. Me duché y me cambié; me puse unos vaqueros desgastados y una camiseta de manga corta ajustada de color negro. Sonó el teléfono, era Iris.

¡Lo siento!- dije antes que pudiese decirme nada.

¡Menos mal que ibas a llamarme! – refunfuñó.

Anoche acabé agotada y nada más dejarme caer sobre la cama me dormí y… bueno… ¡tenía pensado llamarte ahora mismo! –dije sin sonar demasiado convincente.

Iris soltó una carcajada. Le conté cómo me había ido el viaje, sin mencionarle el tema Edward para no preocuparla, conversamos un par de minutos más y nos despedimos no sin antes prometer que a la noche sin falta tendría que llamarla.

Cargué mis cosas, fui a recepción a devolver la llave y volví al camino. Todavía me quedaba más de la mitad, aunque si todo iba bien al día siguiente a la hora de cenar estaría en la cocina de Charlie comprobando sus progresos culinarios.