Capítulo 2

Bella POV

-¿Dónde mierda lo metí? –revisé todo buscando mi suéter.

Tomé al muñeco en brazos, lo miré dudosa.

-¿Tú te llevaste mi suéter, Edward? –pregunté y me di cuenta que le estaba hablando a un pedazo de porcelana –Me volveré loca aquí, por dios –coloqué el muñeco en la habitación sobre la cama.

Sonó el timbre.

-¿Sí? –me asomé por la escalera.

-Hola, Isabella, soy Jasper Hale –exclamó la voz de un hombre.

-¡Hey!

-¿Cómo va todo? Me enteré que los Cullen se fueron unos días. Quería saber si necesitabas algo.

-Bueno, en realidad no –bajé las escaleras lentamente.

-¿Tomamos un café?

-Claro, vamos a la cocina –señalé para que pasara primero –¿Azúcar?

-Dos cucharadas, por favor.

Le entregué la taza.

-¿Me cuentas como murió Edward?

-Es una historia bastante espantosa en realidad –susurró dándole un sorbo al café.

Me quedé mirándolo.

-Sucedió hace mucho tiempo, yo no recuerdo bien la situación porque era pequeño, pero en el pueblo siempre hubo rumores.

-¿Rumores?

-Bueno, es complicado… Edward tenía ocho años y una tarde la parte sur de la mansión se incendió.

-¿El niño murió en el incendio?

-Sí, murió en el incendio hace veinte años aproximadamente.

-¿Y cuál es el rumor?

-Dicen que Edward inició el incendio por capricho.

-¿Por capricho? –no podía creer ese rumor, era tan solo un niñito.

-Era un niño especial, eso dicen –comentó.

-¿Cuándo dices especial, significa que era extraño?

-Sí, eso mismo –se rió.

-¿Tú lo conociste?

-Sí, pero no lo recuerdo bien, tenía seis años cuando sucedió el "accidente" –encomilló.

-¿De verdad crees que el niño incendió la casa por capricho?

-No lo sé, quizás sí.

-Tenías razón, el señor Cullen sabe que el muñeco no es su hijo.

-¿Se lo preguntaste?

-Algo así.

-¿Y porque estás aquí, Isabella?

-Dime Bella –insistí.

-Bien, ¿por qué estás aquí, Bella?

-Es una larga historia –suspiré algo incómoda, odiaba hablar de mi pasado.

-Tengo tiempo –sonrió.

-Bueno… yo…

-Está bien, si no quieres contármelo, lo entiendo –dijo apoyando su mano sobre la mía.

-Es que… b-bueno, ha sido muy difícil para mí. Mi novio, bueno, él… era violento conmigo –las lágrimas se acumularon en mis ojos –Pero cada vez que me golpeaba me pedía perdón y yo le creía como una idiota.

-Lo lamento –susurró.

-Me embaracé, fue algo inesperado. Él estaba contento con el embarazo, pero un día vino borracho y me golpeó tanto que mató al bebé –sollocé.

-¡Oh, Bella, que monstruo!

-Me internaron y no quise volver a verlo, le tenía miedo… puse una orden de restricción en su contra, pero seguía acosándome, me seguía a todos lados y me amenazaba con matarme. Quería que volviera con él, estaba desesperado, pero yo ya había despertado, no iba a volver con él ni loca.

-¿Por eso te fuiste?

-Sí, me fui por él.

-Lamento lo de tu bebé –acarició mi hombro.

-Yo también lo lamento –una lágrima recorrió mi mejilla.

-No debí preguntar, te hice poner mal –me abrazó.

-Está bien, Jasper, se siente bien desahogar un poco las penas –musité –¿Y tú? ¿Tienes penas?

-¿Yo? Me casé con veinte años y me divorcié dos años más tarde –indicó riéndose.

-¿De verdad? ¿Con veinte?

-Sí, en un pueblo no tienes muchos sueños a decir verdad, y éramos novios desde los quince años y lo hicimos… sin pensarlo demasiado. No funcionó, obviamente.

-Qué mal –bufé –Lamento que no funcionara.

-Todo sucede por algo ¿no crees?

-Sí, es verdad, eso dice mi madre –reí.

-Me gusta tu sonrisa, te hace más hermosa –susurró mirándome fijamente.

Me sonrojé.

-¿Quieres ir por un trago esta noche?

-¿Esta noche? No lo sé… no debería salir.

-Pero Edward no existe, recuérdalo –se levantó de la silla.

-¡Lo sé! ¡Lo sé! –lo empujé.

-Bien, pasaré por ti a las 20 pm. ¿te parece?

Asentí.

-¡Genial! –saltó en el lugar.

-Debo preparar el almuerzo, nos vemos esta noche –lo despedí con un beso en la mejilla.

-Nos vemos esta noche –me guiñó un ojo.

Estaba preparando la comida cuando sentí un ruido en el piso de arriba.

Subí las escaleras lentamente con un cuchillo en mano.

-¿Jasper? ¿Eres tú?

Me acerqué a la habitación de Edward, el muñeco estaba sentado en la silla.

-¿No lo había dejado en la cama? –me pregunté confundida.

Al acercarme noté que le caía una lágrima por la mejilla.

-¿Qué mierda? –me acerqué aún más, el muñeco estaba llorando –¿Estás vivo, Edward? –pregunté y una gota cayó en mi rostro –¡Puta mierda! –miré al techo, había una filtración, respiré aliviada.

¿Realmente había pensado que el muñeco estaba vivo? Genial, estaba comprobado, estaba loca.

Busqué la escalera para subir al ático, la deslicé hacia abajo y me dispuse a revisar la filtración.

Me topé con una caja, había un álbum de fotografías familiares.

Lo revisé de curiosa, había un montón de fotografías de Edward.

-Tan pequeñito –susurré observando una donde era bebé.

Esme se veía muy joven, se la veía feliz.

Más abajo se encontraba otro álbum que decía "Cumpleaños N° 8 de Edward", me dio un escalofríos.

En las fotografías aparecía él jugando junto a una niña de cabello rubio. Retiré la fotografía, atrás decía "Jane - Edward".

Dejé el álbum a un lado y revisé la filtración.

-¿De dónde viene? –revisé todo, pero no encontré nada húmedo –Tendré que llamar a un maldito plomero –bufé.

El estómago comenzaba a dolerme, tenía hambre, bajé las escaleras y me dirigí a la cocina.

Tomé el envase con la comida que debía darle a Edward y me lo comí.

Más tarde llamé a Alice.

-Tengo una salida esta noche –comenté.

-¿Una salida?

-Con Jasper, es el muchacho que trae los alimentos a la casa.

-¿Una cita?

-No, no es una cita, es solo una salida.

-¡Bells!

-¿Qué?

-No estás ahí para ligar con otro tipo raro.

-No es un tipo raro… y no estoy ligando con él.

-Eso mismo dijiste de Emmett –respondió.

-Está bien, está bien, ya entendí.

-Te lo digo porque quiero cuidarte, Bells.

-Lo sé, Alice.

-Sufriste mucho…

-Sí, lo sé, me pasó a mí, Alice. No olvido nada, nunca olvido nada.

-Por favor, ten cuidado ¿sí?

-Tendré cuidado, no te preocupes por mí.

Elegí un vestido rojo con escote en V, lo dejé sobre la manija de la puerta del baño y luego tomé una ducha.

Cuando terminé, tomé una toalla, envolví mi cuerpo y noté que el vestido ya no estaba allí.

Me quedé paralizada, no comprendía como había desaparecido.

Caminé a la habitación, las cajoneras estaban abiertas y toda mi ropa había desaparecido.

-¿Qué mierda es esto? –grité desesperada –¿Jasper, eres tú? ¿Señor Cullen? ¿Hola? –caminé al pasillo, el muñeco estaba en el borde de su cama mirándome –No, no –negué –Es solo un muñeco, no es real, no es real –repetí temblando.

La escalera del ático se abrió sola.

-¿Hola? ¿Quién está ahí? –tomé el atizador de la chimenea de mi habitación.

Subí las escaleras lentamente, no podía ver nada, estaba todo oscuro.

-¿Quién es? ¡Salga de ahí ahora mismo! –de repente la puerta se cerró –¡Hey! –grité lanzándome al suelo –¡Abran! ¡Ahora mismo! ¡Hey! –golpeé desesperada.

Oí un coche aparcándose fuera, me asomé por la pequeña ventana, era Jasper, había llegado.

-¡Jasper! –grité golpeando la ventana –¡Jasper! ¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Ayuda!

Se acercó a la entrada y tocó timbre.

-¡Jasper! ¡Aquí arriba!

Esperó unos minutos y luego se subió al coche –¡Noooo! ¡Jasper! ¡Nooo!

Volteé al sentir un ruido dentro del ático, una sombra parecía acercarse –¡Ahhhhhhhh! –grité y me resbalé con una caja, caí al suelo y me golpeé la cabeza.

Abrí los ojos, el sol que ingresaba por la ventana me dejaba ciega.

-¡Puta madre! –exclamé tocándome la cabeza, tenía sangre.

Miré hacia los lados, no había nadie en el ático y lo que me había asustado había sido un traje colgado en la pared.

La puerta estaba abierta, me asomé lentamente y decidí bajar.

Ingresé en mi habitación, la ropa había vuelto a su lugar.

-¿Qué? –me sentía realmente confundida.

Me dirigí al baño para ver el golpe, no era nada grave, me coloqué un paño húmedo para limpiar la sangre.

-¿Bella?

-Ahhhhhhhhhhh –salté del susto.

-Discúlpame, anoche vine por ti, pero no respondiste, me preocupé –Jasper me miraba atónito –¿Eso es sangre?

-Sí, me caí en el ático anoche, alguien me encerró.

-¿Alguien te encerró?

Asentí repetidas veces.

-Llamaré a la policía –tomó su celular.

-Está bien, pero no te vayas lejos, tengo miedo de que esa persona siga aquí dentro.

-Claro, te espero fuera de la habitación.

Al rato llegó la policía.

-¿Qué sucedió exactamente? –preguntó el oficial que se presentó como Charlie Swan.

-Me estaba bañando, dejé el vestido que iba a usar por la noche sobre la manija de la puerta, cuando salí ya no estaba y toda mi ropa había desaparecido.

-¿Su ropa?

-Noté que la puerta del ático estaba abierta, subí, alguien me encerró, luego me pareció ver una sombra y resbalé golpeándome.

-¿Y robaron algo más?

-No lo sé… pero cuando bajé del ático mi ropa había vuelto.

-¿Su ropa fue devuelta? –el policía parecía confundido –¿Usted está segura de que no fue un sueño?

-No estaba dormida, no fue un sueño –respondí furiosa.

-Bien, revisaré la propiedad –se alejó rápidamente.

-Este tipo no me cree ¿puedes creerlo?

-Quizás solo te estaban jugando una broma, Bella –indicó Jasper.

-¿Una broma? Casi muero de un infarto.

-Es extraño ¿no crees? –hizo una pausa –¿Por qué tomar tu ropa y luego devolverla?

-¡No lo sé! ¿Tú tampoco me crees?

-Sí, claro que sí, Bella.

Suspiré.

-No hay nadie en la propiedad, señorita –indicó el oficial al cabo de una hora.

-¿Nadie?

-Nadie –repitió.

-¿Y quién me encerró anoche?

-¿Usted toma medicación de algún tipo?

-¿Disculpe?

-Es solo una pregunta de rutina –indicó.

-Está bien, puede irse oficial –refunfuñé.

-Lo acompaño, oficial Swan –Jasper lo acompañó a la salida.

-¡Que idiota! –exclamé perdiendo la cabeza.

Jasper se rió.

-¡No es gracioso!

-Lo sé, lo lamento, lo lamento.

-¿No fuiste tú, verdad?

-¿Yo? ¡No, Bella!

-Perdón, no quise acusarte, solo quiero entender.

-¿Quieres que me quede hoy?

-Sí –asentí.

.

.

.

Para pasar el tiempo nos pusimos a jugar al pool.

-Encontré unas fotos en el ático de Edward cuando era pequeñito.

-¿Sí?

-En una de ellas estaba con una niña… su nombre era… Jane –recordé.

-¿Jane?

-Sí, una niña de cabello rubio.

-Sí, sé quién es –respondió algo incómodo.

-¿La conoces?

-Sí. Era vecina mía. Jugaba mucho con Edward, un día solo desapareció.

-¿Desapareció?

Asintió –Sus padres la buscaron por años.

-¡Qué horror!

-Las malas lenguas dicen que Edward le hizo daño.

-¿Edward? ¿Un niño de ocho años?

-No lo sé, Bella, solo digo lo que la gente opinaba del caso. Todos decían que Edward la había matado y que los Cullen habían ocultado su cuerpo en estos terrenos.

-¡Jasper! –grité asustada –Odio los cuentos de terror.

-No es un cuento, es un rumor.

-Hay muchos rumores sobre la familia Cullen ¿verdad?

-Sí, bastantes.

-¿No son queridos en el pueblo?

-No, la verdad es que la gente del pueblo los desprecia bastante.

-¿Y tú? ¿Crees en esos rumores?

-No creo que los Cullen hayan enterrado a Jane en su patio trasero, si a eso te refieres.

-¿Y por qué decían que Edward la había matado?

-Bueno era un niño extraño, ya te lo había dicho.

-Pero extraño no quiere decir asesino –refuté.

-Tienes razón, el problema es que a la gente le gusta inventar rumores en los pueblos, cuando tienes mucho tiempo libre, tienes que ocupar tu tiempo con boberías.

-¿Conoces otros rumores?

-¿Yo? Bueno conozco uno muy bueno –susurró.

-¿Cuál?

-Dicen que hay un muchacho en el pueblo que es un galán, que es el hombre más guapo de la zona y que es un gran amante.

-¿Ah, sí? –levanté una ceja.

-Sí –asintió riéndose.

-¿Y cómo se llama ese galán?

-Jasper Hale –respondió.

-¡Oh! ¿Podrías presentármelo? –exclamé intentando no reír.

-¡Claro! ¡Mañana mismo te lo traigo!

-Bobo –lo empujé –Creo que debería ir a dormir, es tarde.

-¿Quieres que me quede?

-No, no, no deberías. Es tarde y deberías irte a tu casa.

-¿Segura? No me molesta, para nada –insistió.

Mordí mi labio inferior –No es lo mejor.

-Está bien, llámame si necesitas algo –me entregó una tarjeta con su teléfono celular.

-Gracias por quedarte conmigo –besé su mejilla.

-Adiós, Bella –sonrió con picardía.

Revisé la casa por última vez, verifiqué que todo estuviera en orden y luego me dirigí a mi habitación.

A la mañana siguiente

Refregué mis ojos, me levanté de la cama y me asomé por el pasillo, el muñeco estaba sentado en el borde de la cama con la lista de tareas que debía hacer y no había cumplido.

¿Qué hacía ese muñeco allí? ¿Cómo había llegado la lista a sus manos?

Cerré la puerta de la habitación y la trabé desesperada.

Tomé mi celular y marqué el número de Jasper.

-¡Por favor, atiende! –grité desesperada.

Bip, bip.

-¡Teléfono de mierda! –sacudí el teléfono furiosa, no tenía señal.

Tiré el celular sobre la cama y tomé el teléfono fijo que estaba sobre el aparador. Antes de levantar el tubo para realizar la llamada, sonó.

-¿Hola? –pregunté atendiendo.

-¿Por qué no respetas mis reglas, Bella? –susurró la voz de un niño.

-¡Ahhhhhhh! –grité soltando el teléfono.

Temblando me acurruqué en un rincón de la habitación.

-No es real, no es real –repetí sollozando.

A los pocos minutos oí unos pasos fuera de la habitación –¡Vete! –grité desesperada –¡Déjame en paz!

-Preparé tu favorito –la voz del niño me estremeció.

-¡Noooooo! –grité cerrando los ojos.

-Por favor, sal de ahí, juega conmigo, Bella –susurró la voz.

-Basta, basta –lloré desesperada.

-Prometo que me portaré bien –oí su risa.

Me levanté del rincón y caminé a la puerta –¿Qué quieres de mí?

-Lo preparé con mucho amor –susurró tiernamente.

-¿Qué cosa?

-Tu sándwich favorito, de atún con tomate –respondió y oí como apoyaban en el suelo un platillo.

Giré la llave, quizás estaba loca, pero tenía que verlo con mis propios ojos.

Al abrir la puerta, en el suelo se encontraba el sándwich de atún con tomate.

Miré a la habitación de Edward, el muñeco no estaba allí. Tomé el plato y cerré nuevamente la puerta.

Una hora más tarde decidí salir.

-¿Edward? ¿Dónde estás? –pregunté bajando las escaleras.

Una risa proveniente de la cocina me erizó la piel.

-¿Ed-Edward? –tartamudeé.

El muñeco estaba sentado en la cocina con la lista de tareas a realizar.

-¿Quieres almorzar? –pregunté mirando al muñeco aterrada.

Éste no respondió.

-Prepararé tu almuerzo –susurré tomando el envase con su comida para calentarla.

Me estaba volviendo loca, coloqué el plato frente al muñeco.

-Ñam, ñam –musité temblando, acerqué el tenedor a su boca lentamente.

Repetí la acción seis o siete veces. Luego tiré la comida en el cesto de la basura.

-No, no –oí la voz del niño detrás de mí.

Recordé que no debía tirar la comida, debía guardarla en un envase y luego en el freezer.

-Lo lamento, Edward –susurré tomando una manzana –¿Quieres una rica fruta? –pregunté pelándola.

Repetí la escena y luego guardé la manzana en un envase en el freezer.

Tomé al muñeco en brazos y lo llevé hasta el estudio donde le leí un cuento.

De repente sentí náuseas y corrí al baño para vomitar.

Sollocé aterrada.

-¿Bella? –oí en las escaleras.

Me lavé el rostro y caminé hacia las escaleras, allí estaba Edward posado sobre el último escalón.

-¿Quieres jugar, Edward? –pregunté mirándolo de lejos –¿Edward?

No emitía sonidos.

-Podemos escuchar un poco de música como a ti te gusta ¿verdad?

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.

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Seguí las reglas al pie de la letra, no dejé a Edward solo ni un minuto, y realicé todas las actividades que Esme me había pedido.

En ese momento recordé las palabras del señor Cullen cuando me advirtió lo que podía sucederme si no seguía sus reglas.

-Al parecer, mamá no estada tan loca ¿verdad, Edward? –miré al muñeco atónita.

Cenamos y luego lo llevé a la cama.

Me encerré en la habitación y coloqué el aparador frente a la puerta.

A la mañana siguiente Edward golpeó mi puerta.

-Tengo hambre –susurró.

El reloj marcaba las 13 pm., me había quedado dormida.

Abrí la puerta –Lo lamento, Edward –levanté al muñeco de la cama y lo vestí.

Bajé las escaleras con él en brazos y lo coloqué en la cocina.

Sonó el timbre.

-¿Quién es? –pregunté.

-¡Jasper! Traigo el pedido de la comida, hoy es viernes –exclamó.

Abrí –Disculpa, me olvidé que venías hoy.

-¿Estás bien?

-Sí, sí –mentí.

-Te ves mal –dejó el cajón de verduras en el suelo.

-No, no, estoy bien –evité sus preguntas y me dirigí a la cocina.

Comencé a preparar el almuerzo.

-¿Qué hace Edward aquí? –miró al muñeco.

-Lo bajé para darle de comer –respondí.

-¿Bella? –se acercó a mí –¿Estás bien? –levantó una ceja confundido.

-Sí –asentí.

-¿Darle de comer?

-Tiene hambre, me despertó hace un rato.

Jasper se quedó mirándome en silencio.

-¿Podrías apurarte? Tengo muchas cosas que hacer hoy –evité mirarlo a los ojos.

-Sí, claro –colocó los cajones de comida sobre la mesada –¿Segura que estás bien?

-Sí, Jasper, estoy bien, tengo mucho que hacer, gracias por traer la comida –lo empujé a la puerta.

-Bella –susurró mi nombre y le cerré la puerta en el rostro.

-Aquí está la comida, Edward –me senté a su lado y comí con él –¿Quieres más?

Pelé una pera para él y otra para mí.

Suspiré –¿Qué haremos, Edward? ¿Qué le diré a tu papi? ¿Tengo que decirle que te he escuchado hablar? ¿O acaso estoy loca y lo imagino todo? –justo estaba levantando los platos y uno se me resbaló –¡Puta madre! –levantando los pedazos me corté.

Corrí al baño y me limpié la herida.

Me coloqué una venda y luego volví a la cocina, Edward ya no estaba allí.

-¿Edward? ¡Aquí estoy! ¡Ven! –grité.

Oí la música en el estudio.

Abrí la puerta, la música estaba a todo volumen.

-No deberías oír la música tan fuerte, te hará mal –bajé el volumen y reté al muñeco como si fuera un niño –Me volveré loca, me volveré loca –repetí.

Me senté a su lado y le leí un cuento.

Por la noche lo recosté en su cama y al leer la lista nuevamente recordé que debía darle un beso de las buenas noches como había dicho Esme.

-Buenas noches, Edward –susurré besando su frente.

Ingresé en mi habitación, esta vez no trabé la puerta, al parecer Edward no quería dañarme.

Me quedé dormida, al despertar salté del susto, el muñeco estaba acostado a mi lado –¡Edward! –grité –¡Me diste un susto terrible!

Esa tarde, mientras limpiaba las tramperas de ratas, con Edward en brazos, oí el timbre de la mansión.

-¿Hola? –me asomé por la puerta, Jasper estaba ahí.

-Quería saber cómo estabas –comentó sonriéndome.

-Bien, estoy bien –asentí.

-Estás con Edward –señaló al muñeco.

-Sí, no le gusta estar solo.

-¿Podemos hablar?

-Estaba limpiando las tramperas.

-Te ayudaré, por favor –suplicó.

Caminamos al patio trasero –Allí hay una –señalé detrás de unos arbustos.

-¿Te has sentido algo sola?

-No –respondí –Edward es buena compañía.

-¿Tomas alguna medicación, Bella?

Volteé y lo miré furiosa –Esa misma pregunta me la hizo el oficial.

-Es que andas con ese muñeco para todos lados, y hablas de él como si estuviera vivo, ya te pareces a la señora Cullen.

-Él si está vivo.

-¿Qué? –me tomó del brazo.

-Edward es real.

-Claro que es real, era un niño real que murió y ahora su madre dice que está dentro del muñeco, pero no es así, Bella, es solo porcelana ¿acaso te estás volviendo loca?

-No estoy loca… él es real –insistí –Hablo con él.

-¿Hablas con él?

-¡Es real! –grité entre lágrimas.

-¡Bella, por favor, deja de decir estupideces! ¡Estás mal!

-¡Vete, Jasper! ¡Vete!

-¡No! ¡No me iré! Estás mal, necesitas ver un médico, Bella.

-¡No estoy loca!

-Déjame ayudarte –acarició mi barbilla.

-No necesito tu ayuda, Jasper, con Edward estamos bien –entré en la casa llena de furia y trabé la puerta.

-¡Bella! ¡Abre! ¡Por favor! ¡Déjame ayudarte!

-No estoy loca, tú eres real, tú eres real –repetí mirando al muñeco –Por favor dime que eres real, ¡dímelo! –sacudí al muñeco sin recibir respuestas –¡Me estoy volviendo loca, oh por dios, ayúdame! –corrí a mi habitación, me tiré en la cama a llorar.

-No llores, Bella, yo soy real –oí la voz de Edward en el pasillo.

-¿Edward?

-Soy real, tú lo sabes –susurró.

-¿No estoy loca?

-No –respondió.

-¿Por qué me haces esto?

-Solo quiero que cuides de mí, que seas buena conmigo y sigas las reglas, Bella.

-Eso intento.

-Te quiero mucho –lo oí reír.

Me levanté y caminé hacia la puerta, me asomé al pasillo, el muñeco estaba allí sentado a un costado.

-¿Quieres cenar? –pregunté levantándolo.

Por la noche lo recosté y le di nuevamente un beso en la frente.

-Buenas noche, Edward –acaricié su rostro.

Me tiré en la cama y me dormí al instante sin quitarme la ropa ni las botas.

Sonó el despertador a las 9 am.

-Mmmm –me quejé algo dolorida, me levanté y me quité las botas –Que estúpida, ni siquiera me quité la ropa.

Sonó el timbre repetidas veces.

-¿Quién es? –grité bajando las escaleras.

-¡Charlie Swan!

Abrí –¿Oficial?

-Buenos días –me saludó amablemente.

-¿Qué desea?

-El señor Hale me pidió que viniera a darle un vistazo.

-¿Jasper?

-Sí, me dijo que usted andaba mal. Quería verificar que todo estaba en orden.

-No, estoy bien oficial –respondí.

-¿Segura?

-Sí, estoy muy segura.

-¿Y los intrusos que ingresaron, volvieron?

-No, no volvieron.

-Bien, cualquier cosa llámeme –se despidió.

Ingresé a la mansión nuevamente y busqué a Edward.

-Vamos a desayunar, Ed –lo senté en la cocina y preparé unos waffles.

Cuando terminamos de comer le leí un cuento recostados en el sofá.

Rápidamente se hizo de noche.

Sonó el teléfono fijo –Familia Cullen –atendí.

-¿Bella?

-¿Quién habla?

-Jasper –respondió –Me preocupo por ti.

-¿Hoy enviaste al oficial Swan?

-Sí, me sentía preocupado por ti por la pelea que tuvimos. No quise ofenderte, no quise tratarte de loca, es solo que me preocupas.

-¿Te preocupo? Yo estoy bien, muy bien.

-Deberías venir al pueblo, quedarte unos días aquí.

-¿Al pueblo? No, no puedo ir.

-¿Por qué no?

-No puedo dejar a Edward solo.

-¿Bella?

-¿Sí?

-Por favor, ven, te prometo que te ayudaré a superar esto.

-¿A superar qué? –le colgué ofendida, no me creía.

Al día siguiente me levanté temprano.

-¿Edward? ¿Quieres desayunar fuera? –lo vestí y lo llevé al patio trasero.

Nos sentamos en un tronco –¿Por qué vives dentro del muñeco? –me sentía intrigada.

No recibí respuestas.

-Siempre me haces lo mismo, ¿por qué no me respondes? –bufé.

-¡Bella! –oí la voz de Jasper llamándome en la puerta principal.

-¿Qué quieres? –me acerqué lentamente.

-¿Con Edward otra vez?

-Vete, Jasper –susurré suspirando.

-Quiero ayudarte, por favor, déjame ayudarte.

-¡Estoy perfectamente bien! ¡Edward y yo, estamos perfectos!

-¿Acaso te has apegado a él por tu pérdida?

-¿De qué hablas? –no comprendía lo que quería decirme con eso.

-¿Por el niño que perdiste?

-¡Te has desubicado, Jasper! ¡Vete! –me metí dentro de la mansión, cerré la puerta furiosa –No te preocupes, Edward, todo está bien –susurré acariciando al muñeco.

-¡Oye! ¡Bella! ¡Por favor!

-¡Vete! –grité nuevamente.

-Ven al pueblo, comamos una pizza juntos. Puedes traer a Edward contigo.

-No puedo salir de la casa –respondí.

-¿No puedes salir? Íbamos a salir el otro día, habías dicho que sí.

-Sí, pero luego Edward se enojó y me encerró en el ático.

-¿Edward te encerró?

-¡Sí, así es!

-Bien, bien. Vendré a las 19 pm. ¿Qué te parece? ¡Traeré una pizza para tres!

Me quedé en silencio.

-¡A las 19 pm. estaré aquí, Bella! –lo oí alejarse.

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El reloj marcaba las 18:40 pm.

Me coloqué el vestido rojo que iba a utilizar la noche de los tragos, preparé la mesa con unas velas y coloqué platos para tres.

Senté a Edward en la punta y le coloqué una servilleta en las piernas.

Sonó el timbre –Hola –abrí la puerta sonriente.

-Hola, Bella –me saludó con un beso en la mejilla y luego me entregó un vino.

-¿Lo destapo o…?

-Sí, hazlo –respondió y caminé a la cocina –¿Edward comerá con nosotros? –preguntó ingresando al comedor.

-Creí que aceptarías esto –exclamé asomándome.

-Sí, claro que sí.

-Sé que no me crees, Jasper.

-No es que no te crea, Bella, es solo que no comprendo. ¿Podrías decirle que me hable?

-No lo hará.

-¿No lo hará? ¿Acaso le da vergüenza?

-Eso creo. Solo me habla cuando no lo veo.

-¿Solo habla cuando no lo ves? –levantó una ceja –¿Habla en tu mente?

-No, en mi mente no, pero lo hace a lo lejos.

-¿Comemos? –abrió la caja de pizza –Traje una de mozzarella, no sabía cuál preferías.

-Me gusta la mozzarella –sonreí sirviéndole una porción a Edward.

-¿Come solo?

-No –suspiré –Preferiría que no hablemos más del tema, sé que no me crees y me haces sentir como si estuviera enferma.

-Está bien, discúlpame, no quiero incomodarte. Solo quiero…

-Sí, lo sé, solo quieres ayudarme –lo interrumpí.

Me sirvió una copa de vino –¿Brindamos?

-¿Por? –pregunté levantando la copa.

-Por habernos conocido.

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Al terminar de comer le pelé una manzana a Edward.

-¿Come manzana también?

-Sí –asentí –Come manzana –puse mis ojos en blanco.

Jasper hacía demasiadas preguntas, ya comenzaba a irritarme –¿En que habíamos quedado?

-Sí, lo lamento –se tapó la boca y se levantó de la silla.

-¿A dónde vas? –pregunté.

-Pondré algo de música –colocó un disco de Pink Floyd en el estudio y subió la música para oírla mejor –Al parecer los Cullen tienen buen gusto –caminó hacia mí riéndose.

-Edward prefiere a Mozart –dije irónicamente.

-¿Ah sí? ¿Mozart?

-¿A ti te gusta Mozart?

-Maso menos –dudé –Prefiero la música pop a decir verdad –comenté.

-¿Algo como Madonna?

-Pues sí, Madonna es la reina del pop –sonreí.

Me sirvió otra copa de vino –¿Una más?

-Una más –tomé la copa y le di un sorbo.

Al rato recosté a Edward en su cama y le di un beso en la frente –Buenas noches, Ed, sueña con los angelitos.

Bajé las escaleras y me encontré a Jasper tirado en el sofá.

-¿Qué haces? –me reí.

-Ven –golpeteo el sofá.

Me senté a su lado –¿Por qué viniste? –suspiré –La verdad, Jasper.

-Me preocupo por ti, Bella. Creo que… bueno tu pasado ha influido en esto.

-Okey, otra vez lo mismo –bufé –Te entiendo, te preocupo, pero yo estoy bien, y digo la verdad, Edward es real.

Me tomó del mentón –¿Real? Es un muñeco, Bella.

-Tú no entiendes, el muñeco está vivo. ¡Hablo con él! Y debo cuidarlo, es tan solo un niño, y me necesita.

-Está bien, te creo, te creo.

Me encogí de hombros y negué con la cabeza –No sé porque insisto, no me creerás jamás. Crees que estoy loca, eso sí que lo crees.

-No creo que estés loca –me tomó de la mano –Estar aquí no te hace bien, eso es lo que creo realmente. Ese muñeco te afectó.

-Edward me trata bien –musité –No es malo conmigo, solo es algo travieso.

-¿Te trata bien?

-Sí.

-Déjame cuidar de ti, Isabella, te ayudaré, yo puedo ser bueno contigo si necesitas compañía. Eres una gran mujer, hermosa, simpática y bondadosa. Deberías venir al pueblo conmigo, deberías acompañarme a casa –se acercó lentamente a mi rostro y besó mis labios tiernamente.

De repente la música que estaba sonando se detuvo y comenzó un tema de Mozart a todo volumen.

-¡Edward se levantó!

Jasper corrió detrás de mí, Edward estaba sentado en el estudio al lado del toca discos.

-¡Ves! ¡Te lo he dicho! –señalé al muñeco.

-No, no –Jasper negó –Esto no… no es… no es real. ¿Tú lo hiciste? – me miró atónito.

-¿Yo? ¡Estaba contigo!

-No es posible, es un muñeco de porcelana.

-¡Te digo la verdad, Jasper! ¡Está vivo! –noté que tenía la lista de tareas en la mano derecha.

La primera frase "Nada de invitados"estaba marcada en rojo.

-Deberías irte –le dije a Jasper preocupada.

-¿Irme?

-Sí, no debería traer invitados a la casa. Edward se ha enojado –lo levanté en brazos y acaricié su cabeza.

-Todo esto es una maldita locura, no puedo entender nada –Jasper se agarró la cabeza confundido.

-Por favor, Jasper, vete –señalé la puerta principal.

Se fue en silencio.

Recosté a Edward en la cama –Lo lamento, Ed, no te enojes conmigo.

Le di un beso en la frente y lo tapé con la frazada.

-Buenas noches –susurré entornando su puerta.

Estaba por irme a dormir cuando alguien golpeó la puerta abajo.

-¡Ya voy! ¡Ya voy! –debía ser Jasper que venía a pedirme perdón por no creerme.

Al abrir me encontré con la persona menos pensada, Emmett.

-¿Qué haces aquí? –lo miré atónita.

-Vine a visitarte, mi amor –sonrió perversamente.

-¿Cómo supiste donde encontrarme?

-Rastree las llamadas que le hiciste a tu amiga, Alice –respondió.

-¿Por qué haces esto, Emmett? –cada vez estaba más loco.

-Oh, Bella… solo quiero que vuelvas conmigo, cariño –intentó acariciarme el rostro y me alejé –No te alejes de mí, Bella, no lo hagas o me enojaré.

Temblé llena de miedo.