CAPITULO 2
-Ya los puedes abrir.
El sol me cegó por completo. Anonada contemplé la belleza del lugar, y el largo laberinto que se extendía bajo mis pies. ¡Cómo había añorado aquello!. Me giré y observé el enorme e imponente castillo. Habíamos ido a parar a la parte de atrás del mismo. Miré confundida a mis amigos y antes de llegar a preguntar el motivo Hoogle me tapó la boca ansioso.
-¡No hables o nos descubrirán!- dijo- Hemos parado aquí porque te será más fácil acceder al interior, ya que delante está muy vigilado. No puedes hablar o Jareth descubrirá tu presencia y eso ahora mismo es un error fatal.
Asentí comprendiendo todo al fin. Me levanté sacudiéndome el polvo de mis jeans. Menos mal que iba cómoda para la ocasión; deportivas para correr si la situación lo requería y una blusa por el clima.
-No te podemos acompañar adentro-suspiró- no somos bienvenidos por ayudarte, y si apareciésemos acabaríamos en los calabozos.- miró a Ludo y Sir Didymus, quienes asentían vigorosamente y prosiguió.- Puedes entrar tranquila, nadie ha detectado tu presencia. Encontrarás a Jareth en la terraza de arriba, no tiene pérdida.- dijo mirando hacia arriba- Es la hora del té y es allí donde le gusta relajarse- me volvió a mirar fijando sus negros ojos en los míos.- Mucha suerte niña.- se despidió abrazándome.
-Y recuerda, llámanos si ocurre algo- murmuró Sir Didymus. Asentí y lo abracé también. Me dirigí a Ludo y lo abracé. Se parecía tanto a un enorme osito de peluche suave que no pude evitar sonreír divertida a pesar de la gravedad de la situación.
Me despedí de ellos con la mano y entré al castillo. Enfilé un pasillo sin mirar atrás y torcí una esquina llegando a los pies de las escaleras. Atravesé la cocina y me dirigí a otras escaleras en forma de caracol situadas al ala norte del castillo donde sabía que me llevarían a él. Todo estaba tal cual lo recordaba, incluida la sucia y desordenada sala del trono. Casi se me sale el corazón por la boca cuando tropecé con un par de guardias goblins, que bajaban murmurando cosas sobre su rey, cuando comprendí que nadie me podría ver hasta que yo hablara dejando entrever mi presencia.
A medida que me fui acercando más y más a la azotea, más nerviosa me ponía y más rápidamente latía mi corazón en pos de un reencuentro incierto. Tomé una bocanada de aire y salí.
Me sorprendí del lugar. No sé muy bien que esperaba ver pero no desde luego una hermosa pérgola de madera adornada con cortinas y flores y un enorme sofá en su interior donde él se encontraba descansando con los pies apoyados en una pequeña mesita de café delante suyo. Se respiraba tanta paz en el lugar… Cuidadosamente me acerqué sin hacer ruido hasta quedar frente suya y me agaché a la altura de sus rodillas para poder verle el rostro. Lo había añorado tanto que una solitaria lágrima se desbordó de la comisura de mis ojos sin previo aviso. Dolía tanto… Acerqué mi mano temblorosa a su rostro con la intención de retirar un pequeño mechón rubio que había caído suavemente sobre sus ojos, pero antes incluso de llegar a tocarlo una mano me tomó fuertemente de la muñeca y me levantó a la par que unos enfadados ojos bicolores me miraban directamente. Lancé una exclamación ahogada del susto. Se había despertado y estaba de pie frente a mí. No parecía que estuviera de buen humor.
-¿Sarah?.- preguntó confuso. Me miró insistentemente hasta que se cercioró de que era yo y sus ojos adquirieron un cariz peligroso y rabioso.- ¿Qué haces aquí?.
Logré encontrar valor para responderle y aparentar seguridad.
-Quería venir.
-No eres bienvenida- me dijo amenazantemente cruzándose de brazos- Así es que lárgate de aquí antes de que mi benevolencia se acabe contigo.
-No me iré- dije levantando la barbilla adoptando su pose desafiante.
-No sabes de lo que soy capaz- dijo inclinándose sobre mí con una sonrisa que auguraba futuras torturas.
-Dices ser un villano, incluso más de lo que eras antes, pero no eres malo, y ya va siendo hora de que acabes con tu pataleta de niño pequeño. Estás lastimando a la gente.- me tapé la boca sorprendida. Una vez más me había dejado llevar por el impulso.
-Niña estúpida- sonó realmente enojado. Me tomó del brazo y me sacó de la azotea materializándose en una habitación que jamás antes había visto. Me soltó bruscamente sobre la cama mientras lo miraba asustada.- Ya que tanto quieres quedarte, esta será tu habitación pero jamás saldrás de aquí hasta que no te retractes de tu osadía y aprendas a moderar tu lenguaje.- Se marchó cerrando la puerta tras de sí con llave.
-¡Arrggg!, ¡Desgraciado patán!, ¡Vuelve aquí cobarde!- solté furiosa lanzando puñetazos contra le hermosa puerta doble de roble, una vez se me pasó el miedo y analicé lo que me había dicho. Al cabo de un rato, con los puños dolidos y cansada de gritar inútilmente, me senté rendida en la cama y comencé a llorar en silencio.
-No me puedo creer que haya venido con la intención de hablar sobre lo que siento con él y acabe encerrada en una habitación. Qué idiota he sido- cerré los ojos y me tumbé en la cama con la intención de descansar.
Lo que yo no sabía era que aquel rey villano había estado todo el tiempo fuera hasta que me hube calmado y escuchó lo que yo había murmurado con su increíble oído de fey lanzando un suspiro triste; porque aquel tonto mago muy en el fondo seguía amándola con locura, pero seguía dolido.
-¿ Podrás sanar este corazón Sarah?.
