Disclaimer: Ninguno de los personajes aquí mencionados me pertenecen, todos son propiedad del estudio Seven Arcs.
Capítulo 2.
I.
No veía la hora de que amaneciera. Siempre había sido una persona mañanera y ahora esa cualidad la traicionaba. Se había despertado demasiado temprano, y en lugar de recurrir a su actividad matutina normal, se había quedado en su cama, observando el techo apenas vislumbrado por la luz gris del inicio del alba. La herida en su espalda la había confinado a una vida más sosegada, sedentaria.
La odiaba.
Pero dentro de un par de horas se habría acabado la espera. Le sacarían los puntos y le darían carta blanca para seguir su vida. Había seguido las indicaciones médicas al pie de la letra, consciente de lo importante que era seguir las indicaciones de los doctores cuando se trataba de su salud. No había puesto pie en el gimnasio, más que para dar una explicación de su desaparición provisional y prometer que regresaría. Incluso sus zapatillas de campo esperaban, ordenadas y limpias en una caja dentro de su armario. Suprimió el deseo de girarse, si lo hacía le dolería la herida y quería evitarse algo de dolor dentro de lo posible. Habían sido bastante las veces que una punzada la había doblado de dolor en medio de una actividad sencilla. Olvidaba que estaba herida y que tenía que restringir ciertos movimientos. Incluso cuando entrenaba al equipo debía quedarse al margen, confiando en que Signum como capitana se aseguraría de que las chicas no perdieran un ápice de concentración en las zonas del circuito que no podía supervisar desde la largada.
No era lo mismo, claro.
Un pensamiento oscuro le nubló la vista, el deseo de culpar a alguien más por su negligencia, por su sufrimiento, por su descuido. Pero no era culpa de él, era culpa de ella.
Por dejar que le afectara.
Se pasó las manos por el rostro y decidió que un desayuno más temprano de lo habitual no le haría daño. Se levantó con una mueca de dolor deslizándose por su rostro. Observó la hora en la pantalla de su pequeño reloj digital sobre su mesita de noche. Cinco y algo de la mañana. Seguro tenía tiempo para prepararse algo más elaborado.
Tamagoyaki, quizás. Sí, sonaba bien.
Caminó lo más recta que pudo, cualquier pequeño cambio en su postura le enviaría corrientes poco agradables desde su piel lacerada. Su madre había insistido en quedarse con ella los primeros días, cuando el dolor era una constante que bombeaba desagradables sensaciones a través de su cuerpo, como un segundo corazón que palpitaba a su propio ritmo. Al principio pensó en oponerse, pero ese dolor sordo que le movía los huesos la hizo decidirse por aceptar. No podían ahogarla en calmantes y los días posteriores habían sido «difíciles», por decirlo de una manera.
Ahora la casa estaba desierta, ella estaba sola y el sol por fin despuntaba, si hubiera sido invierno quizás habría sido más complejo, pero el verano hacía los días largos y calurosos. Podía caminar descalza sin temor, agradeciendo la frescura de ese piso de madera pulida. Arribó a la cocina sin problemas y se puso a cocinar. La ayudaba a perderse en sus propios pensamientos mientras sus manos repetían acciones rutinarias y monótonas, movimientos que conocían ya inconscientemente. Algo que se podía hacer y desconectar la mente a la vez.
Con algo de suerte se encontraría con la doctora «sonrisa» "que no me escuche llamarla así" y recuperaría el objeto de metal punzante que la había reducido a ese estado, ósea el regalo para Vita por su pérdida. Sonrió. Seguro que le encantaría tenerlo en su dormitorio, en un pedestal. Terminó de servir el desayuno en la pequeña mesa que ocupaba parte de la cocina. El sol ya alumbraba con fuerza y una actividad tímida empezaba a adivinarse de las calles de la ciudad. Miró su plato, el bocado que había atrapado entre sus palillos y la sensación de ponerse en movimiento la invadió otra vez.
Quizás podía llevarle algo a la doctora por parcharla, después de todo lo había manejado todo con una tranquilidad que la sorprendió.
Se llevó el bocado que esperaba a la boca y empezó a buscar en su teléfono móvil recetas que pudiera terminar en poco más de una hora.
II.
Alisa manejaba el auto sin ningún tipo de prisas, era un pequeño Suzuki de cuatro puertas. En algún momento de su infancia y adolescencia la chica se había cansado de los autos enormes y de los conductores privados. Ahora ella era la que manejaba el volante y, dentro de todo, podía decir que le agradaba bastante el cambio. Le sonrió a Nanoha cuando se subió al asiento del copiloto, esperó a que se pusiera el cinturón y se acomodara en el asiento antes de conminarla a elegir la estación de radio que le gustase.
―Si no, algo debo tener en el pendrive que tengo guardado en la guantera ―comentó, señalando el pequeño compartimiento frente a la cobriza. Esta lo abrió con la mano derecha, había privilegiado su mano menos hábil durante su recuperación, ya que el torso del lado izquierdo y parte del hombre le dolían al mover esa mano. Dentro, fiel a su palabra, había una pequeña unidad de memorias con un par de perritos de adorno colgando. Lo conectó a la radio y dejó que la música sonara de fondo, en un volumen más bien bajo.
―Tengo muchos deseos de que me saquen esta venda y poder estirar cada mañana al fin en condiciones ―dijo, sosteniendo sobre su regazo el pequeño paquete que había armado en la mañana.
―¿Qué llevas ahí? ―preguntó, mirándola de soslayo, mientras esperaba para tomar una curva.
―Un pequeño presente para las enfermeras y para la doctora, además… quizás pueda sobornarla para recuperar mi pequeño trofeo.
―No vi ni el trofeo, ni a la doctora. Quizás pueda ver ambos hoy… ―A pesar de que era más bien escalofriante, le picaba la curiosidad ver el pedazo de metal que le habían extraído a su amiga y la doctora de la que tan bien había hablado―. Por cierto, me sorprende no ver a Hayate-chan aquí, seguro que le gustaría acompañarte también.
―Le pedí que supervisara la sesión de entrenamiento de la mañana, tengo el día libre pero no me gustaría que mis chicas perdieran siquiera un poco de tono, se acerca el campeonato nacional.
―Ya, porque Hayate-chan sabe cómo dirigir una práctica de atletismo ―levantó una ceja, algo incrédula.
―No, claro que no. Pero le pasé los ejercicios y las rutinas a hacer ayer, para que pudiera aplicarlas hoy. Además, Signum hará todo lo que Hayate-chan le pida, si Signum lo hace, el resto del equipo la seguirá.
―Si tú crees que una profesora de historia, doctorada en historia antigua puede llevar adelante una práctica con un puñado de alumnas atléticas y cabezas duras…
―No olvides que su doctorado es en tácticas de guerra en historia antigua, apuesto a que está poniendo algo de su propia cosecha al entrenamiento de hoy. Quizás hasta mis chicas me extrañen. ―Su amiga rio ante el comentario y giró, esta vez a la derecha, ya se distinguía la silueta del hospital de la ciudad.
Encontraron estacionamiento de manera rápida, al parecer esa mañana también estaba fuera del horario punta. Alisa apagó el motor y se apresuró para ayudarla. La joven Takamachi aceptó la mano que le tendía con algo de reticencia, solía ser ella la que ayudaba al resto, le costaba acostumbrarse a estar al otro lado del papel. Su amiga tomó el pequeño paquete de cartón y luego le tendió una mano. Nanoha la tomó con su mano derecha, su mano tonta, e hizo fuerza para levantarse. Le aliviaba al menos que en una semana no hubiera perdido un ápice de su físico habitual. Un teléfono celular vibró y, mientras cerraba la puerta del auto y lo bloqueaba, miró la pantalla de su aparato. La pelirroja esperaba algo más alejada, deseosa de entrar al hospital y acabar esa visita de una vez.
―Es Suzuka, dice que le habría gustado venir, pero no podía excusarse de su proyecto académico esta semana.
―Está bien, ella estuvo aquí cuando tuvieron que llevarme a casa con analgésicos hasta las cejas. ―Entraron juntas al edificio, siguiendo el mismo camino que habían hecho una semana atrás pero en reversa.
―Es cierto, Suzuka tuvo que sentarse contigo y escucharte contar los faros de las luces de los autos todo el trayecto hasta tu casa. ―Ambas rieron, Nanoha lo recordaba con una débil capa de neblina sobre esas memorias. Al final los calmantes la habían golpeado con ganas.
Se acercaron al mesón de emergencias para solicitar la confirmación de la hora. Ingresaron a la joven al sistema y les indicaron que esperaran, la doctora estaría con ella en un momento. Doctora, quizás la joven rubia aparecería con su bata abierta, el estetoscopio colgando y su sonrisa a recibirlas. Su corazón palpitó con algo más de ligereza al pensarlo.
"¿Qué…?"
No tuvo tiempo para prestarle a su corazón y su tropiezo. La doctora ya estaba ahí ―como no, sonriendo de manera suave, su máscara de trabajo― y las invitó a pasar a uno de los cubículos. Le indicó a Nanoha que se desvistiera para examinarla y le preguntó a Alisa si no le molestaría ver cómo le sacaba los puntos a su amiga. Esta negó, había venido a acompañarla en todo el sentido de su palabra. La pelirroja le alcanzó sus pertenencias para que se las cuidara mientras ella se desabotonaba la camisa ―elegida específicamente por ser fácil de abrir y cerrar― y dejaba al descubierto el vendaje. En cuanto estuvo preparada llamó a la doctora, que esperaba detrás de la cortina. Fate entró y se dedicó al vendaje de manera inmediata.
―Veo que has seguido las indicaciones que te dimos. ―Sorprendió a la cobriza al tutearla, pero prefirió el uso de una forma algo más familiar.
―Lo que sea para sanar lo más rápido posible.
―Entiendo que tu vida esté dedicada al deporte ―dijo, mientras terminaba de cortar las gazas y tomaba un set de tijeras distintas para encargarse de los puntos ―, pero no hay nada que deba preocuparte más que tu salud, estas cosas no deben apurarse.
―¿Estará bien? ―preguntó Alisa, mientras la mujer rubia tocaba los puntos, aún sin tocarlos, estirando con suavidad la piel aún lastimada.
―Ha sanado mejor de lo que esperaba, tendrá que tener cuidado con las jabalinas o hacer fuerza excesiva con su abdomen, pero estará bien.
―Tengo que estar al 100%, se acerca el campeonato nacional y necesito estar ahí con mis pupilas.
―¿Campeonato? ―Las preguntas nacían por sí solas, mientras sacaba los puntos con la facilidad de un experto.
―De atletismo, será dentro de un par de semanas, en el estadio central de la ciudad. La entrada es abierta, me gustaría verla ahí, el equipo de nuestra universidad es muy bueno. ―Su gesto se torció al sentir el último punto al ser sacado.
―Es todo un espectáculo ―añadió Alisa, aún con las pertenencias de Nanoha en las manos.
―Bueno, quizás si no estoy en turno podría ir… sería interesante. ―Fate se levantó, con la bandeja de implementos y los vendajes retirados en una mano, la otra en el bolsillo, parecía ser el lugar favorito para dejar sus manos―. Ya está, si pasan por el mesón de recepción les darán el alta definitiva y la última dosis de analgésicos en grageas.
―Sensei ¿Estará la enfermera que me curó la vez anterior? Traje algo para mostrar mi agradecimiento a ustedes ―dijo, mientras volvía a abotonarse la camisa. Sentía un ligero alivio, de alguna manera los puntos hacían que su piel se sintiera tirante y sensible en todo momento, ahora respiraba libre.
―¿Shari? Está aquí… ahora estoy curiosa, Nanoha-san. ―Se acercó, deseosa de husmear en las pertenencias de su paciente ―que ahora pasaban de mano en mano― para buscar esa muestra de agradecimiento.
―¿Podría llamarla? Es para las dos. ―Casi se le escapó una sonrisa cuando, por primera vez de las pocas horas que la conocía, vio a Fate rozar una mueca al escuchar algo que no le había agradado. Esa sombra de mueca duró solo un segundo, antes de que la mujer asintiera y saliera con rapidez.
―¿Qué trajiste?
―Un pastel que hacía mucho en la cafetería, nada soborna mejor que los dulces.
―¿Y el dinero?
―Es un paso anterior, tendrías que usarlo para comprar los dulces. ―Ambas rieron. Nanoha ya estaba vestida y el alivio empezaba a aumentar, volvería a su vida normal al fin. Escucharon pasos acercarse y, al girarse, en encontraron con la enfermera castaña y la doctora, que le ganaba en altura quizás por un palmo. Se sorprendió encontrar que Fate ocultaba algo detrás de su espalda.
―Bueno, Nanoha-san, nosotras también teníamos algo para darte, quizás podamos considerar esto un intercambio ―dijo, poniendo a la vista de todos lo que sostenían sus manos. La punta de jabalina, extraída hacia una semana, descansaba sobre un pequeño pedestal de plástico transparente con la fecha de la intervención grabada en él. La pelirroja solo pudo ensanchar su sonrisa y extender su paquete. Ambas mujeres ahogaron una exclamación al abrir el paquete y encontrar un pastel decorado con fresas de manera exquisita.
―¡Parece que nos hubieras leído la mente! ¡No sabes lo poco que se llega a comer estando de turno! ―exclamó la enfermera, tomando con reverencia el pastel―. Fate, tenemos que idear algo para que nadie más lo vea, nos merecemos este postre para nosotras dos y nada más que nosotras dos.
―Bueno, Shari, creo que eso no es posible ni tampoco lo más correcto… ―La doctora sonrió ante el entusiasmo de su enfermera―. Además, no podemos pasar a gatas frente a recepción para llegar a la cocina.
―Podemos intentarlo ¡Yo distraeré a la recepcionista! ―Un último intento desesperado que se encontró con la férrea determinación de Fate―. Está bien, lo compartiremos…
Las cuatro rieron, parecía que habían olvidado donde estaban, en medio de una sala de emergencias, donde todo podía pasar en cualquier momento.
―Bueno, Sensei, creo que le hemos quitado ya más que suficiente tiempo, muchas gracias por cuidar de Nanoha-chan. ―Alisa hizo una reverencia, a la que Nanoha se unió, aún con su regalo en las manos.
―Muchísimas gracias, Shari-san, Sensei.
―Fate estará bien, Nanoha-san.
―Entonces, te espero en el campeonato, Fate-chan ―soltó, antes de levantarse e ir inmediatamente por el alta a recepción, Alisa la siguió, algo extrañada, mientras se despedía del personal médico con la mano una última vez. A lo lejos escuchó como Shari bromeaba a la doctora, llamándola Fate-chan. Alcanzó a Nanoha en la recepción y ambas se alejaron en dirección al auto de la rubia. La pelirroja tenía un saludable sonrojo en el rostro, e iba con la vista fija al suelo. Alisa apretó un botón en su llave para abrir el auto y esperó a que su amiga estuviera dentro del auto y con el cinturón abrochado para preguntarle.
―¿Fate-chan? ―una ceja levantada acompañó la pregunta, había dejado de piedra el uso de ese honorífico en especial.
―Se me escapó…
―¿Te gusta?
―Quizás… ―Nanoha podría sentir la mirada de Alisa sobre ella, quemándola―. Supongo que es linda.
―Eres increíble…―Alisa arrancó el auto, con una sonrisa que quería convertirse en risa. Un pensamiento le nubló un poco la mirada―. ¿Has vuelto a hablar con Yuuno-kun desde el incidente?
―¿Desde que se me declaró o desde que caí al hospital?
―Es casi lo mismo ―sentenció, con la vista centrada en el camino, pero desestimando la pregunta con un gesto de su mano derecha―. ¿Cuánto hubo? ¿12 horas de distancia entre uno y el otro?
―No, no he vuelto a hablar con él ―confesó la pelirroja, apretando inconscientemente la mano izquierda, era algo en lo que no quería detenerse a pensar, ni siquiera por encima.
―Pues deberías, tarde o temprano te encontrarás con él, entre más tiempo pase más difícil será hablar de ello.
―Sí, sí. ―Tenía razón, lo sabía y tenía claro el camino a seguir, pero no tenía deseos de enfrentarse a eso aún―. Pero se acerca el campeonato nacional y…
―Y quizás Sensei-chan vaya. ―Esta vez no se aguantó la risa, Nanoha solo aguantó unos segundos antes de unirse también. Un día para enmarcar. Sin presionar ni mencionar de nuevo el tema, la rubia siguió el recorrido hasta la casa de su amiga pelirroja. Cada quien se enfrentaría a sus demonios como estimara y cuando estimara.
NdA: Cerca de una semana después, reaparezco con el segundo capítulo. Muchas gracias a todas las personas que han leído y me han dejado sus impresiones, un follow o me han agregado a favoritos. Espero seguir este ritmo de actualización de un capítulo por semana.
¡Hasta la próxima, saludos!
