Las primeras horas de la noche transcurrieron tranquilas. No obstante, ambos escucharon a Alice despertarse asustada más tarde.

—Tranquila shhhhh—dijo Rose intentando calmar a la niña.

—No, están ahí—aseguró ella señalando los extremos de su cama. Ninguno de los dos veía nada.

—Solo le sucede a ella…—dedujo John.

—Porque es una niña—añadió Rose terminando su frase.

—Supongo—contestó John mientras levantaba los faldones de la cama y miraba debajo—.

A la gente no le gusta mirar aquí; muchas veces hay solo pelusa, juguetes perdidos, mascotas tímidas, pero otras… Toma, sujeta esto—le dijo a la niña mientras le daba un osito de peluche que había encontrado cerca.

—Es el señor Dawson creía que lo había perdido—dijo Alice— abrazándole fuertemente. Las sombras que le acechaban se disiparon por unos instantes.

—¡Oh! Creía que ya habían desaparecido de la faz de la tierra—dijo John al descubrir lo que era—,aunque quizá han desaparecido y se han escondido aquí—hizo una pausa—Sal de ahí, no te haremos daño.

Luego escucharon al ser removerse inquieto y la niña volvió a asustarse.

—Solo es un gusano estelar, es verdad que pueden cambiar de forma, pero este no tiene la suficiente fuerza.

—¿Y qué aspecto tiene ese gusano?—quiso saber Rose.

—Es bello…a su manera—dijo John. Aunque lo estaba viendo, era una criatura alargada y fofa que apenas podía mover su cuerpo. No podía ver sus ojos, ni tampoco su boca, pero estaba seguro de que vivía porque su piel viscosa emitía unos destellos fluorescentes.

—Por eso se está alimentando de Alice.

Ambas le miraron aterrorizadas.

—Tranquilas, está débil. No te matará, Alice. No lo permitiré—aseguró sonriendo a la niña—Piensa en algo alegre.

—No puedo, está oscuro y…volverán—aseguró la niña.

—Vamos, puedes hacerlo—le animó Rose.

Entonces Alice apretó los ojos muy fuerte, intentando pensar en algo que le gustara: los caramelos, los paseos por el parque, las fiestas de cumpleaños, sus peluches…Su madre le había regalado al señor Dawson cuando tenía seis años, siempre estaban juntos, tenía algunos remiendos pero seguía siendo él y le seguía queriendo, hasta que un día desapareció y se fue olvidando de su existencia poco a poco.

Y más tarde, mucho más tarde, empezaron las pesadillas. Le había estado protegiendo todo ese tiempo.

—Es él, es el señor Dawson. Es mi pensamiento alegre.

John observó como el gusano se agitaba dolorido. Se resistía a morir, no quería hacerlo. El colchón empezó a temblar y la niña abrazó a Rose.

—No te va a pasar nada—le dijo besando su cabello.

—Sería una lástima matarlo, es joven—apuntó John—.Sigue pensando en el señor Dawson, lo estás haciendo muy bien.

Alice sintió las luces parpadear y las sombras sin rostro dando vueltas a su alrededor confundidas, no sabía hacia dónde dirigirse.

John y Rose también percibieron algo pero fue muy leve.

—Lo estás haciendo muy bien—aseguró John le dijo a la niña—Lo siento, pero no te vas a quedar con ella.

El gusano se retorció de dolor, sentía una punzada intensa en su interior que persistía a pesar de sus esfuerzos por vencerlo. El resplandor que emitía su cuerpo comenzaba a fallar y esto solo podía significar que estaba debilitado.

Finalmente la criatura soltó un alarido estridente y desapareció ante la mirada de John convertido en una nube arenosa. Luego recogió lo que pudo del alienígena para guardarlo en un frasco, puesto que no era recomendable dejar sus partículas desperdigadas por cualquier parte.

Alice sintió un gran alivio a partir de ese momento.

Pudo dormir el resto de la noche sin temor. Mientras, John y Rose se fueron a descansar un rato al sofá.

—Asunto arreglado, no le dejes que se separe del señor Dawson hasta que pase la adolescencia. Puede ser vulnerable hasta entonces—señaló John a la recién levantada Francine.

—¿Qué era?—quiso saber ella.

—Un gusano extraviado, seguramente necesitaba reponer fuerzas. Se alimentan de las pesadillas infantiles. En otros tiempos era muy habitual encontrarlos por aquí pero supongo que encontraron otros lugares donde absorber energía—explicó John.

—Entonces ¿ya está?—preguntó Francine emocionada.

—Sí, tú le has salvado—aseguró John guiñando un ojo.

John guardó el recipiente después de etiquetarlo en una estantería de su estudio para que estuviera junto a los demás fragmentos de: vespiformes, saturnianos, adiposios, racnoss,…e incluso hadas. Aún no sabía que haría con ellos.

—Bien, otro alienígena menos ¿Qué hacemos ahora?—preguntó Rose bostezando cuando vio a John salir de la habitación.

—Creo que deberías acostarte y yo también. Es un fastidio que necesite dormir tantas horas. Siento que estoy desperdiciando la vida. Hay tantas cosas por descubrir ahí fuera—suspiró John.

—Al menos seguimos haciendo lo de siempre—apuntó Rose.

—Sí, lo de siempre—replicó él.

Después, cada uno se retiró a su cuarto.

Así era la vida de Rose y John en el otro Londres cada día. Ninguno de los dos sabía lo que era la monotonía.