Los días no hacían más que pasar, la llegada de los tres Shinobi empezaba a caer en el olvido de los habitantes del pueblo cuyo nombre ya había sido olvidado. Naruto, que vivía oculto bajo la identidad de un posadero llamado Minato, aun palidecía mentalmente en la cuestión que se refería a sus prisioneros. El trato sellado tiempo atrás con la que había sido su aldea había sido roto sin contemplación alguna y, a decir verdad, la mayor tentación que corría por la posada era la de acabar con aquellas tres personas que, en un pasado ya lejano, tanto habían significado para él. Kurama, el Bijū que había sido encerrado en su interior, ejercía como voz de conciencia en aquel tema. Le aconsejaba, escuchaba sus pensamientos y le reportaba su opinión mas sin sobreponerla a la del otro, le dejaba bien en claro que la decisión era suya. Era su vida y, por tanto, las riendas de la misma recaían sobre sus espaldas. Tenía varias opciones y, como tal, había dos que ejercían como polos opuestos: el dejarlos libres o, por el contrario, acabar con sus vidas. La segunda era más sencilla, le ahorraría muchos problemas pero, por el contrario, la primera opción era la que menor dolor le ocasionaría.

Como hacía cada día, Uzumaki descendió hasta el lugar que ejercía como celda de los tres guerreros de Konohagakure no Sato. Todos los días intercambiaba, al menos, unas cuantas palabras con los intrusos, casi como si en base a sus respuestas fuese formulando, poco a poco, la que debía ser la mejor opción posible. – Aun no sé que hacer con vosotros, la verdad. Sois como un grano en el culo, molestos aunque irrisorios – comentó mientras los miraba, perpetrando las corazas que suponían sus carcasas de carne para así acercarse a sus almas y descubrir aquello que le hacía dudar. Estaba claro que no les odiaba, así lo demostraba el hecho de que les había cedido una serie de Kimonos para su comodidad.

El moreno, por su parte, era el que más molesto resultaba de los tres. Tiempo atrás había sido su mejor amigo, su hermano no sanguíneo, la persona en la cual más había confiado y, sin embargo, ahora no era más que un señor de las sombras que, paciente y sereno, esperaba el veredicto que decidiría su vida. Naruto sabía que en caso de padecer pena capital no se estaría quieto, era conocedor de que si sus tres prisioneros no habían actuado todavía era porque esperaban sacar algo de aquella situación. Sus sellos eran eficientes pero sabía de buena mano que esos tres eran grandes Shinobi y que no podría retener sus habilidades por demasiado tiempo, él jugaba con ellos y, ellos, jugaban con él. Miró al pelinegro que, sin inmutarse, le devolvió la mirada.

- A ver, Sasuke, ¿qué es lo que tienes que decirme? – cuestionó mientras se sentaba con relativa tranquilidad. Se cruzó de piernas y esperó las respuestas del Uchiha. Esperaba que, por lo menos, la interrupción de su tranquilidad hubiese estado motivada por una verdadera razón. De entre los tres de Konoha, él era el único que se asomaba a la verdad de los hechos y que conocía de la existencia de un pacto. Las otras dos no sabían del tema, lo había confirmado al ver sus reacciones cuando hablaba sobre el pacto.

Un breve silencio hizo acto de presencia, el moreno parecía estar medianto bien que era lo que quería decir. – La aldea requiere de tus servicios, Uzumaki – fue la respuesta que atinó a dar el guerrero del Sharingan. El Jinchūriki no pudo más que esgrimir una amplía sonrisa adornada en una sutil demencia, aquello le había resultado extremadamente gracioso. Una repentina catarsis pareció acudir a la habitación cuando aquella sonrisa se transformo en una sonora carcajada, por unos segundos el Naruto que creían recordar emergió de entre las sombras de su actual yo. No duró demasiado, la muerte se cebó con el recuerdo y el presente Namikaze volvió a reinar sobre su cuerpo. Por un segundo había pensado que le habían gastado una broma mas, al observar la seriedad de su visitante, supo que no era así. Era verdad, lo que le decía era verdad.

- ¿Y por qué debería de prestar mi ayuda? Vosotros fuisteis quienes, una vez deje de ser útil, me tirasteis a la basura como un condón usado… no tengo porque despertar de mi tranquilidad, de mi letargo, por una panda de traidores desagradecidos – escupió con rabia, cerrando el puño y resaltando las venas de su musculoso brazo derecho. Por un momento sus ojos se inyectaron en sangre, el ataque del anterior día hizo zozobrar el timón de la calma pero, por suerte, esta logró sobreponerse. Naruto suspiró con profundidad y, tras sacar una pipa de fumar, sonrió con amargura. Encendió el instrumento de madera para, sin mediar palabra alguna, empezar a fumar. – Deberías agradecer que tu cabeza siga sobre su cuerpo, Sasuke – agregó segundos después, soltando una voluta de humo poco después. – No pienso ayudaros – sentenció finalmente.

Los tres de Konoha miraron al rubio con decepción y pena, entendieron en cuestión de segundos que su amigo había muerto y que no había forma de recuperarlo. Durante el pasar de los días habían tenido la esperanza de que aquello fuese no más que una fachada para protegerse pero, tras aquellas palabras, recibieron un puñetazo de la cruda realidad. El día que se marchó la despedida marcada no había indicado un odio tan profundo ni un rencor tan marcado, al parecer durante aquel periodo de tiempo el Uzumaki había estado dándole vueltas a lo sucedido aunque, realmente, las dos damas no eran capaces de entender nada. No tuvieron tiempo a preguntar el motivo de aquella triste negativa pues, del umbral de la puerta, emergió Kurama que, sin entonar sonido alguno, se sentó al lado del rubio. Ignoró a los tres prisioneros y, tras darle una breve mirada al rubio, dijo – Ya sabes que fumar no es bueno, y que odio el olor de tu tabaco – con vehemencia de madre. Naruto la miró, no hizo nada, simplemente siguió fumando.

- Vosotros – expuso, de repente, mientras los señalaba con la mano libre – Vosotros no sabéis por lo que he pasado, no tenéis derecho para pedir mi ayuda – aclaró momentos después. Sabía que Sasuke si era más conocedor, más no demasiado, del asunto pero, igualmente, lo incluyó. No sabía lo suficiente, ni si quiera se acercaba a saber de la superficie del problema.

El silencio volvió a proclamarse como amo y señor de aquellas tierras, la situación, bañada en un oscuro y maltrecho gris, se tensó hasta el punto de que el aire casi pareció obtener volumen y densidad. Naruto, aun a pesar de estar acompañado por otras cuatro presencias, parecía estar solo en aquel lugar, su persona era una verdadera efigie para la soledad, el silencio y la oscuridad, parecía ser el hijo y hermano de estos. Y seguramente habría llegado a ser considerado como tal de no haber sido por la interrupción de la joven de cabellos rosados, esta era la más confundida de todas y, tal y como demostró al tomar la palabra como suya, no tenía pensado permanecer de aquella forma.

- Pero… ¿No fuiste tu quién eligió marcharse de la aldea? – preguntó, temerosa. Naruto la miró inquisitivamente, queriendo descifrar la mentira que se hallaba tras aquellos vocablos. Increíblemente, no la encontró. La joven de ojos esmeraldas no preguntaba desde la idea de crear una farsa, lo hacía desde el desconocimiento de la verdad y, aquello, molestó todavía más, si es que podía ser, al antiguo Shinobi de la hoja. A saber que mentiras habrían contado a su marcha… le parecía bien que el pacto fuese ocultado pero, el que hubiesen proclamado que su retiro había sido voluntario, lo enfurecía.

- Me parece increíble que te creyeses esa historia, Sakura – contestó, en primera estancia, Namikaze. Una nueva voluta de humo salió de sus labios y, tras aspirar el aroma del humo, la miró. Atravesó todas sus defensas con aquel contacto visual, sus ojos, azules como el cielo, fríos como el hielo, se clavaron sobre la hermosa dama. A diferencia de como hacían otros hombres, el posadero no estaba degustando al sentido de la vista con la esbelta figura de la que fue su mejor amiga, era algo distinto, casi parecía estar palpando su alma. – A saber que mentiras os habrán contado sobre mí – puntualizó segundos después.

- Dudo que sea escusa como para negar la ayuda al hogar que te vio crecer. Lo único que me muestras es a un cobarde que es incapaz de enfrentarse a la realidad, a uno que abandonó su hogar – enunció la joven a modo de respuesta. El de ojos azules encaró furtivamente a la muchacha, clavándole su fría mirad, perdonándole la vida con cada pestañeo que realizaba. Su puños se cerró con fuerza y rabia al tiempo que su brazo era cargado hacía atrás, dispuesto a lanzar un golpe fatal. Una pequeña capa azulada recubrió su piel y cuando se disponía a liberar toda aquella fuerza, preso de una ira homicida e irracional, notó como una suave mano se posaba sobre su arma asesina con un cariño visto pocas veces. Naruto giró su rostro para encontrarse con Kurama, que lo miraba con compresión y afecto. Se mantuvieron así por varios segundos hasta que, finalmente, bajo el puño. El contacto visual entre ambos no cerró, casi parecían estar hablando a través de sus miradas.

- Tienes suerte de que Kurama-chan me haya convencido. Seré bueno con vosotros, os contaré el porque me regocijaré al ver como la aldea muere y luego os dejaré marchar con la promesa de que no volveréis a molestarme – los tres asintieron ante las palabras del rubio, no pensaban renunciar a convencerlo tan fácilmente pero, por lo menos, ya tenían la promesa de ser libres y, ciertamente, eso era un alivio. Sabían que era un hombre de palabra. Sakura, por su parte, suspiró aliviada, por un momento había sentido que la muerte se cernía sobre su persona. Sasuke, por su parte, pudo sentir como sus músculos se relajaban de golpe, presa de lo que era un alivio superior. La otra dama, por su parte, solo pudo cerrar los ojos con miedo… pero no era miedo a la muerte, al dolor o algo similar. Era otro tipo de miedo, era el miedo que surgía desde lo más profundo del corazón al ver como un ser querido se transformaba en eso que ahora contemplaba.

– Pero eso si, os juro que si después de soltaros os atrevéis a volver, yo mismo acabaré con vosotros. Ahora, acomodaos, mi historia es bastante larga, pienso empezar desde el principio, así que escuchaos y callad. Muchas cosas de las que voy a contar os resultaran conocidas, pero no omitiré nada pues, de lo contrario, sería una estupidez hacerlo… además, como me resulta molesto el tener que contároslo, lo haré a mi manera – continuó explicando con parsimonia, casi como si aquello le resultase aburrido y, por encima de todo, pesado. – Hinata, será mejor que abras el coco y no te cierres, se te va a caer más de un mito – puntualizó justo antes de empezar a narrar su historia. Sabía que Sasuke y Sakura eran más reacios a la fe ciega, al contrario que la morena. Ella, al ser la primogénita del clan de los ojos blancos, había estado influenciada por un estilo de vida más arcaico y tradicional, más cerrado…

"Aquel diez de octubre mi vida cambió por completo, pase de ser el hijo, recién nacido, del mayor héroe de la historia de Konoha para ser, simplemente, un esclavo de la oscuridad que, sin posibilidad alguna de escapar, fue engullido por una extraña sensación de soledad que jamás le llegó a abandonar. Aquel diez de octubre las cosas fueron muy extrañas y es que, lejos de lo que se toma por realidad, el mundo del Shinigami no es un paramo de muerte y frío en el cual las almas vagan en busca del descanso eterno. Era un lugar hermoso, una basta pradera en la cual la vida rebosaba por doquier, era una alevosía al concepto clásico que se tenía del mundo de los muertos.

Decir que mis primeros años de vida fueron difíciles sería una mentira, no recuerdo más de lo que Kurama me ha mostrado y, ciertamente, no había demasiadas cosas raras en lo que era mí día a día como un niño que apenas había salido del vientre de su madre. Me alimentaron con leche durante mis primeros meses y luego subsistí a base de papillas cuyo sabor no soy capaz de reconocer. Estuve al cargo de un hombre que me acompañó durante los trece años que estuve en aquel lugar, su nombre era Toshizo.

Toshizo era, sin duda, un muerto más en aquel lugar. A priori no tenía nada de especial, era un hombre de mediana edad cuyo pelo castaño estaba recogido en una coleta bastante larga. Sus ojos eran bastante afilados, al igual que su nariz aguileña. Era de piel bronceada y de musculatura media, era un nombre bastante normal, más de lo qe habría cabido esperar en un lugar como aquel. No era un alma muerta, era un hombre de carne y hueso. Su piel desprendía calor y sus ojos poseían más vida que los de cualquier otro ser humano, era imposible pensar que fuese de otra forma.

Aquel hombre fue quien se encargó de la crianza de Uzumaki, fue quien lo cuidó durante sus cinco primeros años de vida y solo se separaba de él cuando el Shinigami reclamaba la presencia del niño para realizar sus investigaciones. La información que logró sustraer del cuerpo del Jinchūriki resultó ser un completo misterio tanto para la bestia como para su portador, jamás lograron desentrañar los objetivos de aquel ser etéreo que tanto poder tenía. Lo único que decía, día tras día, era que en algún momento de la vida del rubio tomaría por suyo todo aquel trabajo y se vería recompensado por haber perdonado la vida de sus padres y el haber salvado la suya.

Hoy todavía sigo intentado descifrar aquellas palabras, pero sigo sin comprenderlas. Pienso que tiene relación con mi actual estado de salud, pero tal vez sea una simple paranoia de mi persona. No le di importancia en su momento, ni se la doy ahora. Pero Toshizo si que pareció preocuparse por el joven, cada día intentaba averiguar algo de lo que sucedía pero jamás lo conseguía, era simplemente imposible el sacarle algo de información al Shinigami.

Así pasaron los años hasta el día de su sexto cumpleaños. Habría sido como cualquier otro de no haber sido por un pequeño incidente, uno que desató una ráfaga de sucesos tan imprevisibles como impresionantes. Naruto, por primera vez en su corta vida, mantuvo su primer contacto con el rey de las bestias con colas, Kyūbi no Yōko, el zorro de las nueve colas."