Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y personajes que no reconozcan son míos.


Capítulo uno

LOS TRES CHICOS

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De todos los lugares horrorosos que podría haber escogido mi padre como posible nueva residencia, el pueblo de Forks debía contar dentro de los primeros puestos de cualquier lista. Era como una pequeña burbuja verde en la que nada sucede y en la que nadie parecía tener vida, y su clima frío, hostil y lluvioso era lo único que me agradaba. Cuando hace frío uno puede seguir y seguir abrigándose aunque parezca un mono de nieve, pero en el calor ni desnudo se puede estar a gusto, y esa sola idea, por remota y absurda que fuera, me daba una especie de consuelo. O eso quería creer mientras avanzábamos por la carretera y acortábamos los kilómetros para llegar a nuestro nuevo hogar.

— Hope, ¿estás bien? – Mi madre se giró en su asiento y me observó con una sonrisa amable que no quise devolver – Pareces contrariada.

Contrariada, ya. Intenté controlar parte de mi genio e irme por la tangente de la aceptación. Habíamos hablado de esto tantas veces en los últimos meses que no me quedaban fuerzas para nada, pero no estaba segura si mamá hacía esto para molestarme o porque simplemente no se daba cuenta, y eso alteraba un poco mis nervios.

— No pasa nada, mamá, ese es el problema. En Forks jamás pasará nada – Noté que fruncía el ceño y me apresuré a añadir – He buscado en Internet, lo juro. Puse Forks en el buscador y solo aparecen tipos de apellido Forks, Forks en una guía de los "50 lugares donde aburrirse en Estados Unidos" y Forks en un reportaje sobre los mejores pueblos para gente de edad. ¡Es un maldito pueblo de ancianos!

Desde la seguridad del volante, papá soltó una risita educada que me hizo sonreírle con cierta suficiencia a mamá. La guerra ya la habían ganado ellos llevándonos a vivir hasta ahí, desde luego, lo sabía y ellos se regodeaban en la idea, aunque eso no quería decir que no podría usar mis excusas de mártir y hacerles pensar que me sentía fatal teniendo que mudarme a un pueblo por el que varias veces habían manifestado mi repudio con gran énfasis. En realidad, Forks no era peor o mejor que cualquier otra parte, y estaba acostumbrada a que el trabajo de papá nos llevara por distintos estados lluviosos, calurosos, huracanados y húmedos, pero sentía un secreto y perverso placer en hacerles notar mi molestia a mis preocupados progenitores antes de aceptar que, al menos hasta que terminara la escuela, me quedaría estancada aquí.

Mi madre me sacó la lengua maduramente y volvió a sentarse bien. Giré mi rostro un poco mosqueada y me encontré con las dormidas facciones de Joy, que con la boca abierta y la mejilla derecha apoyada en el frío cristal de la ventana dormitaba ajena a la verborrea de su inconforme hermana mayor. Debía admitir que le tenía un poco de envidia a la enana, pues mientras ella se acostumbraba con facilidad a donde iba, yo no llegaba a encajar en ningún lugar. Aunque también tenía la impresión de que no habría encajado nunca así me quedara tres años enteros.

Tiempo atrás, cuando había sido una inocente y soñadora niña, o algo así, tenía la secreta esperanza de que cada vez que me mudara entraría a una escuela donde finalmente haría amigos y hallaría un lugar donde pertenecer. Fantaseaba e inventaba locuras donde me ganaba la admiración de los estudiantes luego de encarar y humillar a una chica popular o con prestancia, algo así como una porrista, pero eso nunca había pasado. Quizá habría tenido el valor para hacerles frente, intuía que estaba en mí, pero para eso primero ese tipo de chicas tendría que haberse fijado en mi existencia, y eso jamás había sucedido en los múltiples colegios que llenaban mi historial académico. Y, ya fuera un alivio o una maldición, tampoco podía juntarme con los más aplicados, porque su celo extremo por los estudios y lo convencional me aburría y desquiciaba. Yo no era ni un bicho raro impopular ni una porrista rubia con moscas en la cabeza, no era nada, simplemente uno de esos alumnos que van por ahí sin necesitar la aceptación de algún grupo social. Así me veían allá donde iba, y me gustaba hasta cierto punto, aunque años atrás me hubiera atormentado un poco. Afrontaba el instituto como un mero trámite, no como el eje de mi vida.

— Llegamos – Anunció finalmente papá.

Me percaté de pronto que había apagado el motor frente a una casita con un amplio patio delantero en el cual se hallaba estacionado un coche de evidente segunda mano. Mi coche, en específico, aunque no era tan antiguo como había esperado ni como papá había amenazado que sería. Su pintura brillaba con la alegría de una nueva capa de azul oscuro, y si bien era evidente que el guardabarros no podía ser de este siglo, conservaba cierto encanto que me convenció. Después de todo, lo usaría en Forks, no en el Valle de San Fernando. No había necesidad de la histeria social automovilística en un lugar donde la mayoría debía usar coches de igual o peor condición.

Removí bruscamente a Joy, delicada como soy, y mi hermana abrió los ojos con el nerviosismo de un cachorro asustado. Se talló los ojos, bostezó y murmuró algo, y antes de que le dijera nada se abrigó con su pequeño jersey blanco y saltó con agilidad del coche, corriendo hacia el lugar donde mamá observaba con deleite su nueva casa. Papá, en cambio, me sonrió divertido a través del espejo retrovisor y señaló con la cabeza a mi lujoso Ferrari azul de la prehistoria.

— No es un último modelo, pero te acostumbrarás – Aseguró.

Mi padre era justo la clase de persona que sabía intuir qué rayos pensabas cuando observaba tu rostro, y era por lejos con quien mejor me llevaba en mi familia, así que le sonreí a modo de aprobación tanto por la elección de coche como de la casa.

— Supongo que no me dejarás faltar mañana al instituto para acomodar bien mis cosas, ¿no? – Al menos había que intentarlo, pensé mientras bajaba.

— Ya te gustaría – dijo riendo, y se apoyó contra la ventanilla con expresión cómplice – Tú madre se ha negado.

Alcé las cejas un poco incrédula por el sometimiento marital del súper agente de la CIA, pero no dije nada y me apuré en llevar mi mochila y mi chaquetón a la casa, donde las risas fascinadas de mi madre y mi hermana señalaban todo lo que les parecía encantador. Un poco aburrida, bostecé. Esa no era una escena muy nueva en nuestra familia, siempre eran ellas dos las que se encargaban de dar el ambiente hogareño necesario y dirigir los arreglos aquí y allá, y papá y yo éramos simples espectadores.

— Jo, lleva las maletas de Sam a su habitación – Ordenó mi padre cuando comenzó a ingresar el equipaje. Me señaló con el índice los dos bolsos pertenecientes a mi hermana y luego hacia el segundo piso – Es la primera después del baño, te darás cuenta. La mediana.

— Vamos, enana.

La confusa razón de los cambios constantes de apodos de mi hermana y míos es la eterna disputa entre mis padres y sus religiones. Mi verdadero y legal nombre es Josephine, pero mamá nunca superó que papá no la dejara ponerme Hope en primera instancia, por lo que insistió desde niña en llamarme por mi segundo y cristiano nombre. Lo mismo podía aplicarse a mi hermana, que en verdad se llamaba Samantha Joy. Papá nos llamaba Jo y Sam, y mamá Hope y Joy, y aunque era un poco difícil explicarles el cerebro de nuestros padres al resto de las personas, ya estábamos acostumbradas y respondíamos a ambos. Lo único que no aguantaba era a mi abuela Grace llamándome Josephine con ese insoportable acento inglés suyo.

Tomé una profunda bocanada de aire y agarré los dos bultos subiendo las escaleras. Sam se me adelantó saltando de dos en dos los peldaños mientras yo híper ventilaba para no dejar caer la carga y conservar algo de decencia, pero afortunadamente todo indicaba que había acumulado algo de resistencia durante la tarde en el coche, pues llegué con dignidad a la habitación de paredes blancas y encajes celestes en las cortinas. Solo había una cama y un pequeño escritorio, pero sospechaba que Sam pronto se encargaría de robarles algunos muebles a mis padres, como era su costumbre desde que descubriera que tenía la fuerza para hacerlo.

La dejé encontrándose con su fascinante cuarto y bajé de nuevo para subir mis cosas, un solitario bolso muy mal armado y una modesta caja. Mi madre ya había comenzado a desempacar los pocos víveres que habíamos traído y los colocaba sobre el mesón de la estética cocina americana que ella misma había exigido construir. Mi padre, en tanto, estacionaba con más cuidado su coche junto al mío.

Mi habitación era la más pequeña, una tradición que se remontaba a mi histórica capacidad de reducir espacio y ceder privilegios cuando se trataba de mi hermana. Al igual que la de ella, sus paredes eran de un deslucido blanco, pero los encajes de las cortinas eran verdes y alguien, papá, sin duda, había añadido tres prácticas repisas que necesitaría para mantener mis libros con cierto orden. Desganada y sin dejar que el cansancio me pudiera, comencé a desempacar.

Media hora después, Sam se puso a parlotear acerca del hambre que tenía, y mamá, que siempre se anticipaba a su estómago, llamó a todos a cenar al improvisado comedor. De alguna manera que desconocía, ya había logrado que el lugar pareciera habitado por humanos desde al menos tres días, aunque quizá tuviera que ver con la combinación característica de especias que echaba a todas sus comidas.

— ¿Has terminado de desempacar, Jo? – preguntó Sam, una vez que se atoró con el primer trozo de carne asada y la bestia de su apetito se apaciguó un poco. Entrecerré los ojos y la miré con suspicacia, pues sabía exactamente adonde quería llegar.

— No te ayudaré a hacer lo tuyo, así que vete olvidando – La enana estiró su labio inferior de forma manipuladora, pero la ignoré y miré a papá – ¿Sabes qué tan lejos está el instituto de acá?

— A unos tres kilómetros, más o menos – respondió – Tienes que ir por la misma carretera por la que llegamos y lo verás, aunque no se parece mucho a tus anteriores escuelas.

— ¿Hay algo en Forks que se parezca al resto del mundo? – pregunté de manera irónica. Sam rió bajito y mamá frunció el ceño.

— No lo sé – comentó mi padre, distraído – Al menos me complació darme cuenta de que los chicos del instituto parecen mucho más centrados que en Chicago, no hay nada de porristas ni ninguna de esas cosas estúpidas.

— ¡Qué lástima! – dije con un suspiro teatral, y papá sonrió – Con las ganas que tenía de postular.

Ya fuera una cosa del clima o el cansancio del viaje, mi primera noche en Forks fue apacible y con un sueño reparador. Al día siguiente, como era costumbre, desperté gracias al ruido de Sam, y me bastó con asomar la cabeza por entre las sábanas para recordar la desventaja del frío y el instituto combinados: las pocas ganas de levantarse pudiendo quedarse en una cama caliente y cómoda.

Mi madre, sin embargo, apareció para levantarme minutos después, y no tuve otra opción que arrastrarme con pies de plomo hasta la ducha y vestirme como un zombi mientras Sam revoloteaba por mi habitación buscando algo. Me puse unos tejanos, una camiseta delgada y un grueso jersey con capucha que serviría para pasar desapercibida, a lo que tendría que sumar luego la chaqueta y los calentadores que había dejado en la planta baja. Solía usar faldas en mí día a día, y las usaría también estando aquí, pero preferí no tentar al destino por principio y bajar de un salto, tomar un poco de leche y, antes de que mis padres pudieran atacarme con alguna cursilería típica de primer día de escuela, salir al frío exterior en busca de mi coche.

Resultó relajante comprobar que por dentro tampoco era tan horrible como podría haber esperado. A pesar del ligero pitido del parlante izquierdo, el reproductor funcionaba bastante bien, y con tales perspectivas la idea de que la máquina y yo nos hiciéramos amigos era mucho más alentadora. Arranqué el motor, puse marcha atrás con cuidado y di un último vistazo a la casa, donde la vivaracha cabeza llena de bucles castaños de Sam se movía a forma de despedida.

Mi hermana tiene nueve años, pero se comporta como de cuatro. Yo tengo diecisiete. La razón de nuestra considerable distancia entre nacimiento y nacimiento se debe a que justo después de mi primer cumpleaños mis padres decidieron que no querían seguir casados y se divorciaron. Eran jóvenes y estúpidos, pero estaban enamorados y tardaron otros dos años para darse cuenta de que debían estar juntos. Volvieron a hacer una ridícula ceremonia en la que tuve que llevar un espantoso vestido con volantes (un pésimo trauma de la infancia) y Sam vino después, planificada y coronando la alegría de casi todo el mundo. Para mí, que había deseado un hermano con quien jugar mucho tiempo atrás, ya era muy tarde, y aunque la quería locamente, no estaba para jugar a las muñecas. Cuando ella babeaba su ropa yo ya había entrado en la nefasta fase de encerrarme en mi habitación a escuchar música a volumen alto, y era más una preocupación que una compañera.

Tal como predijo mi padre, encontrar el instituto no resultó complicado. Estaba ahí, en efecto, medio desvencijado y sin nada del aspecto normal de una escuela secundaria, pero algo era algo y al menos conservaba la típica caseta destinada a la recepción. Estacioné en un despejado aparcamiento y caminé a través del camino de grava, y como era temprano no me encontré con demasiadas miradas curiosas de estudiantes.

— Hola – Saludé, una vez que entré y me acerqué al mesón donde una señora de aspecto cálido estaba sentada. Esbocé aquella falsa voz amable que hacía tanto reír a mamá y Sam – Soy Josephine Williams, hoy es mi primer día.

La secretaria era una mujer de cuarenta y tantos con un aspecto que habría derretido hasta a un alma carcomida por la maldad como la mía, si me dejaban una o dos horas a su merced tal vez. Me miró con interés y se dispuso a indicarme los caminos a clases y el horario que tendría, pero aparte de eso no pareció curiosa por saber los sucios detalles de la llegada del agente especial Williams y su familia. Eso me alivió, temía que el trabajo de mi padre despertara chismes en un lugar tan pequeño como Forks.

Salí nuevamente al frío aire de la mañana, ocultando mis dedos en los calentadores y escondiendo mi cuello con la capucha, pero pude notar el cambio de ambiente al instante. Los coches y las personas habían comenzando a llegar en mayor número, siendo el único automóvil que llamó mi atención un Volvo plateado y una motocicleta de aspecto trabajado que se encontraba estacionada algo alejada del resto. Con un suspiro, saqué mi mochila del asiento del copiloto y, mirando mi horario y el plano de los edificios, me dispuse a embarcarme en la apasionante vida escolar de aquel pueblo.

Y en esto estaba, caminando una vez más a un primer día, calándome de frío y con la seguridad de que odiaría ese lugar con el alma, cuando choqué contra algo que me hizo botar todos los papeles que llevaba en la mano. Sin mirar con quien había tropezado, me agaché de inmediato a recoger todo lo que se había esparcido agradeciendo que no hubiera pozas por la lluvia. Entonces levanté el rostro y lo vi.

Era un chico, tal fue mi primer y absurdo pensamiento, lo que constituía un record pues en general cuando veía uno pensaba más bien en la palabra "idiota". Este, sin embargo, parecía, sonreía y hablaba como un chico de aquellos que jamás se habrían acercado a hablarme por ser del mismo grupo de solitarios con estilo que les vale un carajo lo que piense el resto. De esos que, de haberlo deseado, habrían sido aceptado en cualquier parte.

Era alto y delgado, con un aire indiscutiblemente rebelde por la manera en que conservaba sus manos dentro de los bolsillos de sus viejos tejanos deshilachados. Tenía el pelo liso y de un tono castaño oscuro, pero parecía que se había peinado pasándose la almohada y esbozaba una juguetona e infantil sonrisa que enmarcaba un par de increíbles y sorprendentes ojos azules. Para mi mayor infatuación, llevaba un arete en su oreja izquierda, y era muy, extremadamente guapo. Como una molesta piedra en el zapato que te mira de manera burlona y poco amable, y con la cual, después del fulgor inicial, la palabra idiota fluía con naturalidad.

— Disculpa – murmuré, una vez que acomodé mis cosas y superé mi estupidez primaria. Intenté pasar por su lado, pero él me detuvo tomándome del brazo con una seguridad y fuerza que se me antojó invasiva.

— ¿Eres nueva? – preguntó de inmediato, con una media sonrisa confiada en los labios.

— Mmm…

— Mucho gusto – dijo, extendiendo una mano con fluidez y elegancia. Noté una muñequera y algunas pulseras de cuero en su brazo – Soy Matthew.

— Jo – murmuré, devolviendo el saludo que me ofrecía.

— Jo – meditó, sus ojos brillando divertidos y poniéndome nerviosa – ¿Jo de Jonathan o de Johanna?

— De Josephine – mascullé con acritud, sin saber a qué venía ese comentario innecesario y estúpido.

— Ajá… – Torció la cabeza y observó mi rostro de cabo a rabo – Entonces supongo que nos vemos por ahí, Jo. Un gusto.

Caminó un poco hacia atrás, aun observándome con su enervante sonrisa de suficiencia, y luego se alejó con pasos seguros hacia otro de los edificios, acarreando de paso numerosas miradas femeninas interesadas. Un poco violenta y un poco avergonzada, sin estar muy segura por qué, sacudí la cabeza y deambulé con rapidez hasta el aula de Literatura, donde me desparramé sobre la mesa y miré ansiosa por la ventana. No estaría mal verlo de nuevo, pensé, aunque por supuesto en el momento no se me había ocurrido preguntarle con algo de gentileza por la dirección de mi siguiente clase. Incluso podría haberle sugerido que me acompañara, pero esa era la clase de cosas que no inventaba con rapidez y, de todas maneras, probablemente el chico habría dejado de parecerme guapo una vez que cruzáramos más de diez palabras. Jamás había sentido nada ni remotamente apasionante por nadie.

La clase resultó ser larga, aburrida y repetitiva. La lista de lecturas que el profesor me dio era bastante obvia y compaginaba los mismos libros que había releído cientos de veces en los otros colegios, por lo que intuía que bien podía recitarlos sin problema. El profesor, un viejo de aspecto gruñón a quien no le hizo gracia mis conocimientos, se limitó a saludarme como a una antigua conocida cuando pasó lista, y luego se sumergió en un largo y tedioso análisis de Romeo y Julieta, lo que solo empeoró las cosas. La consideraba una de las obras dramáticas más insípidas, burdas y cursis de la humanidad, y para alguien como yo, que jamás había experimentado algo así y que secretamente fantaseaba con conseguirlo, constituía más bien una perdida de tiempo que un placer. Esas cosas no pasaban.

Finalmente, la campana sonó y me levanté con la seria disposición de salir cuanto antes, pero una voz amable me detuvo antes de poner un pie afuera.

— ¡Hola!

Me giré con pavor y un tic nervioso me entró al darme cuenta de que tendría que responder con algo de modales a la estúpidamente dulce chica que me sonreía como si yo fuera su nuevo sonajero. De pronto, una sonrisa de oreja a oreja se extendió por mi rostro y me mordí la lengua tratando de frenar todo el carácter ácido que solía presentar al mundo. Ella no tenía la culpa de que yo hubiera salido mal de fábrica, así que había que demostrar lo buena actriz que era.

— Hola – Tartamudeé.

— Soy Julie Newton, ¿tú debes ser Josephine Williams? Es un placer – Extendió contenta su mano derecha y consideré seriamente si debía o no responderle. No estaba segura de querer que las huellas del chico guapo se borraran tan pronto.

— Jo – Le corregí, incapaz de decir que estaba igual de contenta por conocerle. No lo estaba.

— Jo – Sonrió otra vez con esa mueca dulce. Me iba a volver paranoica si todos me veían y hablaban así, pues no estaba acostumbrada a recibir más que una mirada alerta cada vez que andaba por los pasillos de los institutos – ¿Cuál es tu siguiente clase?

— Ah… Historia, creo – respondí, y su rostro se mostró decepcionado. ¿Qué le pasaba a todo el mundo en este pueblo?

— Bueno, supongo entonces que nos veremos en el almuerzo, ¿cierto? Nos vemos, Jo.

Y salió charlando alegremente con un grupo de chicas que se despidió de mí con efusivos "adiós, Jo" como si me conocieran de siempre. Aturdida, salí a un pasillo despejado y me senté en el suelo para poder tomar aire, sin estar muy segura si esta súbita cordialidad de Forks me venía bien.

Porque lo cierto era que yo siempre había sido intrínsecamente extraña, como si tuviera algo que aletargaba a la gente que me rodeaba. No me gustaban las multitudes y sus charlas algo idiotas, no les tenía mucha paciencia. Ni siquiera a mi familia, que se divertía con mis conductas extrañas y me toleraba con amor. Era feliz en los otros colegios pasando desapercibida y yendo a mi ritmo, pero si en este pueblo llegaban a prestarme más atención de la requerida tenía la impresión de que podía volverme más loca de lo que ya estaba en poco tiempo.

— ¿Piensas hacer novillos el primer día de clase?

Alcé la cabeza sobresaltada y me encontré con el tal Matthew mirándome con interés. Estaba recostado en la pared con las manos en los bolsillos y sonreía peligroso, pero tuve que parpadear dos veces hasta que estuve segura de que no era una ilusión. Luego, como si el veneno se activara con solo verle, respondí.

— ¿Qué? ¿Te he quitado el lugar? – barboteé con brusquedad, señalando el espacio donde estaba sentada. Una mueca burlona cruzó por su rostro.

— De hecho, sí.

— Ah… vale, es bueno saberlo para no volver a asomarme por aquí.

Matthew se echó a reír a carcajadas y me sorprendí de lo sencillo que era ser antipática con él. Sin dejar de mirarme, se desplomó a mi lado en silencio.

— ¿Tienes novio? – preguntó entonces de manera abrupta. Parecía muy serio.

— No, ¿tú?

— ¿Novio? – respondido divertido – No, a mí me gustan las chicas. Y tampoco tengo novia.

— Ah… bien, supongo.

Quise insultarlo de alguna forma, decirle que dejara de mirarme con interés y esa sonrisita estúpida, pero tenía la impresión de que mi carácter arisco solo le daría más placer. Así que no le hablé, no tenía ganas de inventar alguna charla cortes con nadie, por muy guapa que esa persona fuera. Me levanté a regañadientes y comencé a caminar hacia mi segunda clase, que había resultado ser Biología y no Historia, pero me bastaron segundos para darme cuenta de que Matthew me seguía todavía con esa estúpida sonrisa en la cara. No había nadie más en el pasillo, solo podía estar persiguiéndome a mí.

— ¿Qué quieres? – pregunté con una mueca.

— ¿Tienes Biología? – Me preguntó, ignorándome. Asentí recelosa.

— ¿Tienes tú Biología? – Contraataque despectiva. Matthew sonrió aun más.

— No – Aseguró – Solo quería saberlo. Nos vemos, Joe.

Y desapareció por segunda vez en el día, dejándome sin saber qué rayos le sucedía a ese chico y aun más violenta por su constante e inacabable rostro amistoso. Desorientada, sacudí la cabeza y comencé a caminar nuevamente hacia el aula de Biología, que quedaba en el edificio tres y donde un grupo de chicos se amontonaba para entrar. Me uní al tumulto y finalmente ingresé a una sala blanca y llena de mesones metálicos con algunos artefactos científicos al fondo del lugar. Adelante se encontraba la mesa del profesor, un tipo joven de aspecto entusiasta que me saludó efusivamente y me señaló el último asiento libre que quedaba, justo al lado de un chico del que solo podía ver su extraño cabello cobrizo.

Me encaminé hacia mi lugar ignorando las miradas de algunos curiosos y procurando no hacer contacto con nadie, pero me quedé petrificada al mirar al muchacho que se sentaba justo en el mesón del lado.

Matthew no parecía gran cosa a su lado. Se trataba de un chico, un hombre, más bien, que miraba con expresión inescrutable y profunda al que sería mi compañero de mesa, quien permanecía aun con la cabeza metida entre sus brazos. Era rubio y de aspecto leonino, más espectacular que un modelo pero sin esa pinta arrogante de ellos. Este tenía una apariencia, aunque angelical, notablemente amenazadora, la piel más blanca que había visto en mi vida, y bajo sus ojos, de un negro extraño, unas ojeras pronunciadas, como si fuera un zombi y no hubiera dormido en mucho tiempo. En su asiento tenía solo algunos libros, dentro de los que destacaba un grueso tomo ilustrado de La Crítica a la razón pura de Kant y otro sobre filosofía general. No eran libros muy escolares, aunque el tampoco parecía un alumno promedio.

Como una idiota, me deslicé hasta mi asiento e intenté no mirar al perfecto chico rubio del lado, pero no pude dejar de notar que apartaba sus ojos de mi compañero de mesón para escrutarme fija y seriamente. Si no me estaba volviendo loca, parecía descolocado.

Entonces me di cuenta de que precisamente mi compañero acababa de erguirse en cuanto me había sentado a su lado. Los hombros de su amplia espalda, notorios por estar escondiendo su rostro, se habían puesto a la defensiva, como si fuera un león agazapado a punto de atacar. Esperé una fracción de segundo, preguntándome si le sucedería algo y debía llamar al profesor, pero luego se deshizo de sus brazos y alzó el rostro justo para toparse con el mío a escasos centímetros. Y si él parecía confundido por encontrarse conmigo, yo me quedé desconcertada.

Tenía que tener algún parentesco con el chico rubio del lado. De otra manera, no podría haberme explicado su increíble belleza, dolorosa de solo verle. De alguna forma, supe que él no podía ser de este mundo, que tenía que ser una especie de ángel convocado a la tierra para proteger a la gente que se portaba bien, pero no yo, por supuesto. Y aun así, no podía comprender porque algo tan puro y hermoso como un ángel me observaba a mí como si fuera una amenaza. Sabía perfectamente que no había hecho nada en mi vida que me hiciera merecer el cielo, ni siquiera era creyente, pero tampoco había asesinado o hecho algún mal a alguien como para que él viniera a amenazarme con esa mirada desagradable y furiosa.

Era alto, aquello lo podría haber notado sin necesidad de que se levantara, y de un aspecto desgarbado de exquisita despreocupación. Su cabello, desgreñado y de ese tono cobrizo tan particular, adornaba por los lados un rostro níveo y terriblemente perfecto. Si los ojos del chico rubio me habían parecido extraños, los suyos lo fueron aun más. Negros y brillantes, negros como el más oscuro carbón, y tan opacos y sin vida como la misma ceniza.

El profesor llamó a la calma y mi compañero se irguió en el asiento, aun dirigiéndome una mirada frustrada, y apartó su silla de la mía de una forma que nadie con algo de cordura podría haber tomado por normal. Parecía apartarse de mí para reordenar sus pensamientos, lucía confundido, desarmado, pero ninguna clase de brillo acudió a sus ojos. Se quedó ahí, con los puños apretados, el ceño crispado y su perfecto rostro llenó de concentración.

Me pregunté qué rayos le sucedería, qué le había hecho, pero ninguna idea coherente llegó a mí y tuve que luchar contra la paranoia cuando me percaté de que su pariente rubio estaba tan o más descolocado que él. De esa forma, la clase pasó con horrorosa lentitud, y aunque intenté prestar atención, nunca llegué a abstraerme de verdad de la atención tan perturbadora que les suscitaba. Me sentía como debía sentirse un animal del zoológico, incómoda por las miradas mitad fascinadas mitad asustadas de los espectadores.

Observé con impaciencia mi reloj y apenas vislumbré el fin de la hora me levanté antes de que cualquiera en el lugar pudiera hablarme. No miré hacia atrás, quizás por miedo a encontrarme con ese par de ojos curiosos, e iba saliendo triunfal del aula cuando alguien me agarró de la mano apenas puse un pie fuera. Mi corazón dio un vuelco aterrado, pero apenas me di cuenta de que era Matthew se relajó divertido, y lo miré sin entender a cabalidad qué diantre querría ahora. Aun así, estaba más aliviada que fastidiada por nuestro tercer encuentro en el día.

Comencé a caminar a paso firme y él me siguió divertido, sin hablar. Para mi real pánico, me di cuenta de que los dos chicos perfectos caminaban juntos tras de nosotros, sin hablar y sin mirarse, aunque con una extraña energía fluyendo entre ambos, como si pudieran comunicarse a pesar de todo.

— Jo...

— ¿Qué? – gruñí, casi susurrando por alguna razón.

— Sal conmigo – Escuché que decía Matthew.

— ¿Perdón?

— Que salgas conmigo, este sábado. Están dando una película que quiero ver en Port Angeles. Te estoy invitando – Me repitió con paciencia.

— ¿Acosas a todas las chicas nuevas para llevarlas a Port Angeles y violarlas, o algo por el estilo? – pregunté, dándome cuenta de que el dúo perfección de atrás nos escuchaba con evidente interés. Matthew se rió con naturalidad, acentuando su atractivo y mirándome con ojos cándidos.

— Solo a ti, venga. Dime que sí – murmuró.

Caminé incómoda justo cuando iba llegando a la cafetería, pero no respondí de inmediato. ¡Y por qué rayos esos dos chicos tan hermosos parecían tan interesados en saber de qué hablaba una muchacha odiosa como yo! Podía sentir sus ojos grabados a fuego en mi espalda.

— ¿No me dejarás tranquila a menos que te diga que sí, no?

Matthew sonrió vacilante, una chispa de diversión cruzando sus ojos profundos como un oasis, y negó con una sonrisita burlona mientras se agachaba a mi altura esperando una respuesta. Derrotada, o quizás no tanto, asentí con la cabeza con frustración, y bastó solo eso para que Matthew saliera disparado fuera de la cafetería, mirándome una sola vez más con un deje satisfecho en el rostro. Antes de que pudiera escabullirme yo también, Julie Newton y su grupo de amigas ya me hacía señas para que me fuera a sentar con ellas. En un último gesto, miré hacia atrás y por segunda vez me topé con los ojos especialmente frustrados, vacíos y sin vida del chico de cabello cobrizo.


Hola! Muchísimas gracias a las personas que leyeron la primera parte. Lamento pensar que a algunos les desagradará mi historia porque aquí Bella está muerta. Eso es un hecho y no podré revivirla como una de las chicas que comentó me había propuesto, no al menos de la forma en que piensan. Lo siento. GD.