Ed, Edd y Eddy son propiedad de Danny Antoucci.
Esta historia es de mi autoría.
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Pasaron los días en ese lugar, y Eddward ya se estaba acostumbrando. No podía quejarse, pedir, y mucho menos exigir nada, pues no podía "rebelarse" contra la autoridad. Fue fácil para él, pues era un niño muy educado, y aunque estaba acostumbrado a otro tipo de vida, el saber que sus padres volverían por él, le daba ánimos para soportar.
A diferencia de los otros, Eddward disfrutaba mucho las clases, al menos sí les enseñaban algo, realizaban lectura en silencio, y aunque la mayoría bostezaba sin parar, él lo gozaba imaginando los lugares que aparecían en sus novelas. El tiempo se iba muy rápido. Mejor, pues ya que Kevin trabajaba en el huerto del orfanato, no podía verlo durante sus clases, porque, por alguna razón que todavía desconocía, amaba su compañía.
Marie no había dejado de molestar a Eddward desde que llegó. Tiraba o se comía su porción de comida, lo hacía caer en clase poniendo su pie, le arrojaba papeles ensalivados cuando las monjas estaban distraídas… no le caía bien, era muy claro. Eddward creía que su odio se debía a que no quiso darle su collar, nada más lejos de la realidad. Lo que Marie sentía hacia Eddward, eran celos. Era un niño tan lindo, y bien portado, las monjas no dejaban de elogiarlo. Una excelente educación, no se cansaban de ponerlo de ejemplo, mientras ella apenas si había aprendido a leer, de forma muy mala. A pesar del encierro y lo mucho que sufrían, siempre sonreía. Pero, sobre todo, tenía la atención de Kevin… lo cuidaba con recelo y lo trataba con cariño, y Marie moría de celos por eso. Aunque claro, era muy joven para saber lo que sentía realmente.
Un mes después de su llegada, a la hora de la cena, Marie, en complicidad de otra niña llamada Lee, se las arreglaron para hacer una travesura, y culpar a Eddward.
Así lo hicieron entonces. Se sentaron frente a Kevin, sonriendo con malicia. Se arrojaron la comida una a la otra, ante la confusión del otro. Cuando Eddward se acercó a ellas, lloraron, acusándolo de dejarlas sin comer.
—¿Qué sucede aquí? – Preguntó una monja al escucharlas.
—Fue Eddward. – Se quejó Lee.
—Nos arrojó nuestra comida. – Había que reconocer que ese par de chiquillas, eran muy buenas actrices.
—¡Eso no es verdad! – Se defendió Eddward, que en realidad no sabía que rayos pasaba.
—Y supongo que ellas se arrojaron la comida, ¿no?
—Yo… no lo sé. – Eddward contestó cabizbajo.
—Vamos con la madre superiora. Mereces ser castigado. – Dijo la monja tomándolo del brazo, con fuerza. Eddward estaba asustado, Mari y Lee se miraron con satisfacción, aguantando la risa. Kevin sabía que no le creerían a su amigo, pero tampoco era justo que esas se salieran con la suya.
—¡Un momento! – Gritó Kevin. Los niños y las monjas lo miraron. —Lo siento hermana… yo fui el que arrojó la comida a Lee y a Marie. – Las nombradas lo miraron sin saber qué decir.
—¿Qué dijiste Kevin?
—Yo fui el que arrojó los alimentos, no Eddward.
—Kevin… – Edd lo miró suplicante, sabía que no era cierto.
—Si alguien merece ser castigado, soy yo. – La monja soltó a Eddward, y con agresividad tomó a Kevin de la muñeca y lo jaló fuera del comedor, ante la mirada atónita de todos, especialmente la de Marie.
—¿Ves lo que provocas tonto? – Se dirigió a Eddward. —Van a castigar a Kevin por tu culpa.
—Pero yo no hice nada Marie...
—Exacto. Dejaste que se lo llevaran.
Eddward solo se quedó callado, no sabía que decir o hacer, y aunque no tuvo nada que ver, no pudo evitar sentirse culpable. Marie era una gran manipuladora. Esa fue la primera vez que Kevin demostró lo mucho que le importaba.
En la sala de la madre superiora, Kevin escuchaba la forma en la que lo acusaban por arrojar los sagrados alimentos, a dos niñas más pequeñas que él. La madre superiora lo miraba con altanería, mientras la monja se quejaba de su comportamiento.
—Y es por eso, por lo que debería imponerle algún castigo. – Finalizó la mujer.
—Kevin, lo que hiciste fue una grosería. – Le dijo la madre superiora.
—Lo sé y me disculpo. Lo siento mucho Madre Rosenda.
—¿Y puedo saber porque lo hiciste? Desperdiciar la comida es pecado.
—Yo… me molesté con ellas porque son muy malas con Eddward. Él es más pequeño que ellas y yo solo quise defenderlo.
—No mientas. Eddward es un niño ejemplar, no tendrían por qué. Y si así fuera, nosotras nos daríamos cuenta, además tu siempre estas mintiendo y desobedeciendo las reglas. Eres la oveja negra de mi rebaño. Mentir es pecado, todo lo que haces es pecado.
—¡Yo no estoy mintiendo!
—¡No me levantes la voz! – Gritó Rosenda histérica. Si algo la hacía perder la razón, era sin duda que trataran de rebelarse. —Pon las manos en la mesa. – Ordenó. Kevin, obedeció sin titubear. Extendió sus manos en la madera, las palmas hacia arriba, y miró a Rosenda. —Odio esa mirada que tienes, tan llena de rencor. No es bueno que un niño tenga esa mirada. – Con rapidez, pero con mucha fuerza, la superiora golpeó las manos de Kevin, con un fuete*. Kevin solo atinó a respirar con fuerza, sin gritar ni quejarse. —Debes aprender a obedecer la voluntad del Señor. -Otro azote, esta vez en sus dedos. Los dobló hacia adentro, cerrando sus puños, pero volvió a extender sus manos, pues no podía quitarlas hasta que le dijeran. —Obedece a las hermanas. Respeta a los otros niños. Y sé un buen cristiano. – Un último azote provocó que sus lágrimas salieran. Las manos le pulsaban de dolor, estaban rojas y temblorosas. —Oh Kevin, tus lágrimas demuestran que sientes arrepentimiento. Eso es. Arrepiéntete. – Kevin no la miró, pues su mirada de rencor lo haría merecedor de otros azotes.
La superiora lo dejó irse. Debía confesarse, rezar, y obedecer. Sus manos le dolían terriblemente, pero al menos, Eddward estaba bien. Afortunadamente ya era hora de dormir, podría descansar.
Cuando entró a la habitación de los niños, todos lo miraron con empatía. Todos habían sufrido de algún tipo de castigo, casi todos los días, uno de ellos era castigado, esa noche fue turno del pequeño pelirrojo.
Al llegar a su cama, se dejó caer boca abajo, estaba muy cansado, y muy adolorido. Sintió como alguien acariciaba su cabello, llamándolo. Giró su cabeza, solo su ojo derecho era visible, y con él observó la silueta de Eddward, que lo acariciaba con delicadeza, y lo miraba en silencio.
—Lo siento Kevin… lo siento mucho. – Se disculpó entre sollozos. —Todo fue mi culpa.
—¿Qué? ¿De qué hablas? – Kevin se incorporó y lo miró.
—La madre Rosenda te castigó por mi culpa… porque soy un… un cobarde. – Las lágrimas de Eddward salieron si que pudiese contenerlas. A Kevin se le rompió el corazón verlo así, lo abrazó para tranquilizarlo.
—No eres un cobarde tonto. Marie es la cobarde, es la culpable de todo. Ella quería hacer que te castigaran, pero no lo logró. Y no lo hará nunca.
—Pero no tenías porque culparte. No fue justo.
—No iba a permitir que te lastimaran Eddward. – Kevin le limpió las lágrimas con sus pulgares. Eddward tomó sus manos y sintió la hinchazón. A pesar de la poca luz que irradiaban las velas, pudo verlas de cerca, estaban lastimadas.
—Tus manos…
—No es nada. – musitó en silencio, tratando de hacerse el fuerte.
—¿No es nada? La necesitas para trabajar… Kevin no es justo… – El llanto volvió a su persona, no podía evitar sentirse culpable.
—No te preocupes por favor. Mañana en la mañana estarán bien, lo importante es que esa tonta de Marie no se salió con la suya. No es la primera vez que me castigan, y tampoco la última.
—Odio este lugar Kevin. – Se quejó. El pelirrojo lo miró conmovido, Eddward no pertenecía a ese asqueroso lugar. No lo merecía. —Cuando mis padres regresen por mí, te prometo que los convenceré para que vayas con nosotros. – Le dijo más tranquilo, con una enorme sonrisa.
—Gracias Eddward.
Esa noche, Kevin durmió profundamente. Por primera vez en su corta vida, había hecho algo desinteresado por alguien, y se sentía muy bien por eso. Eddward, definitivamente, se había adentrado en su ser, por alguna razón.
•
Con el tiempo, Eddward se hizo a la idea que sus padres no regresarían por él. Ni su tía, ni nadie. Estaría ahí encerrado, y ya se había resignado, se deprimió mucho. Siempre que les preguntaba a las monjas por su familia, le decían que no sabían nada. Llegaron al punto de prohibirle preguntarles por eso, pues estaban hartas, pero en realidad desconocían la razón de su insistencia, ellas sabían que era huérfano, pero al parecer, él no lo sabía.
Pasaron las semanas, los meses, y su depresión fue siendo olvidada poco a poco, en parte, por Kevin, que trataba de animarlo, de aconsejarlo y cuidarlo. Él era su familia ahora. Marie seguía molestándolos, Kevin seguía defendiéndolo. Su vida se tornó rutinaria, y su amistad fue creciendo de forma muy especial.
Kevin le fue tomando mucho cariño. Estar a su lado, le hacía creer que no había ningún lugar mejor en el planeta, a su lado se sentía pleno. Al cumplir 14 años, empezó a verlo con otros ojos, de forma más romántica, con más fuerza, y eso lo confundió totalmente.
Eddward, ahora de 12, ya había dejado los estudios hacía dos años. Era delgado y algo débil físicamente, era claro que el trabajo físico no era lo suyo. Lo mandaron a la cocina, para hornear el pan que les daban en la cena. Era algo nuevo para Eddward, y hasta divertido, lo único malo, era que Marie estaba con él. Con el tiempo, se fueron tolerando un poco más, hasta intercambiaban palabras. Pero Eddward nunca confió en ella, por consejo de Kevin, al que obedecía en todo.
Se veían en el desayuno, la comida, el descanso y la cena. Por supuesto a la hora de dormir. Solo sus trabajos los separaban toda la mañana, pero se extrañaban mucho. Ya eran uno solo.
—Me pregunto que fue lo que sucedió con mis padres. – Preguntó Edd una tarde, mientras descansaban después de su trabajo. —Sé que no me abandonarían. Pero también sé que no volverán. – Kevin no supo qué decirle. En lugar de eso, pasó un brazo por su espalda y lo atrajo hacia sí. Eddward recargó su cabeza en su pecho. —¿Crees que se olvidaron de mí?
—Ellos nunca se olvidarían de ti Eddward. Tal vez solo han tenido algún tipo de contratiempo. Ya sabes, se les hizo un poco tarde.
—Eso espero. No podría imaginarme la vida sin ellos. – Eddward tomó el dije de luna entre sus manos. —No importa cuánto tarden, esperaré y tú vendrás con nosotros.
—¿Crees que ellos me acepten?
—¡Por supuesto! Son muy buenas personas, y siempre quisieron tener una familia muy grande.
—Entonces, esperaré contigo. No importa lo que pase, prometo que siempre estaré a tu lado.
—No hagas promesas que no puedes cumplir… eso decía mi madre. – Kevin sonrió y lo miró con calidez. Tomó su mano y la estrechó entre las suyas.
—Te lo prometo.
Se puso el sol. El cielo tomó un color rojizo, las nubes rosáceas y violetas, daban un espectáculo hermoso. Las primeras estrellas comenzaron a salir, y ellos dos estaban ahí observándolas, en silencio, pero queriéndose. Eran dos almas gemelas, el hilo rojo del destino definitivamente se ató en ellos. Era hermosa su unión, inquebrantable.
Pero, al pasar los meses, Kevin se fue distanciando de Eddward, de forma sutil. Casi no hablaba con él, y pasaba más tiempo con otros chicos. Apenas intercambiaban palabras en las comidas, y en las noches siempre dormía sin tener esas conversaciones de antes. Porque solían hablar todas las noches, pero ahora esas noches sabían a soledad, aunque estuviesen uno junto al otro.
Eddward, trató de mil maneras de hacer que las cosas volvieran a ser como antes, pero Kevin siempre lo evitaba. Eso le dolía, y lo peor es que no entendía la razón de su cambio.
Una noche Eddward, no podía dormir. Solo daba vueltas en su cama, miraba el techo, se sentaba, se volvía a acostar y daba más vueltas. El insomnio lo había invadido.
—Deja de moverte tanto… – Pidió Kevin entre bostezos. —Haces mucho ruido y no puedo dormir.
—Lo siento.
—Duérmete. – Ordenó dándole la espalda. Eddward lo observaba desde su cama. ¿Por qué lo trataba así? Antes era tan atento, se preocupaba por él y le hablaba de forma muy distinta. Ahora actuaba como si no lo soportara. Tenía que enfrentarlo.
—Kevin…
—¿Ah? – respondió en un susurro.
—Necesito ir al baño.
—Pues ve.
—No quiero ir solo… ¿podrías acompañarme?
—¿Qué? No.
—Por favor… tengo miedo a la oscuridad.
—Toma una vela.
—No es suficiente luz. Por favor Kevin, te necesito. – Kevin tragó saliva. Esas palabras lo doblegaron, Eddward seguía siendo su debilidad, más que nunca. Se incorporó de su cama sin mirarlo, tomó un candelero* y se puso de pie.
—Muévete. – Le ordenó. Eddward lo siguió sonriente.
Mientras caminaban, Eddward lo tomó de la mano, pues estaba muy oscuro. Kevin se puso muy nervioso, sentirlo tan cerca, tan indefenso, su corazón se aceleró y sus sentimientos hacia él, lo golpearon con fuerza. Kevin había tratado de reprimirlos, de matarlos para sentirse libre, pero con pesar, se dio cuenta que seguía siendo esclavo de ese pequeño ser.
Eddward entró al sanitario, mientras Kevin lo esperaba frente a la puerta. Se sentía inmensamente culpable por quererlo de esa forma, tan "asquerosa". Cuando el primero salió, Kevin dio media vuelta y sin decir palabra, se apresuró a salir del lugar.
—¿Por qué me odias? – Preguntó Eddward. Kevin se detuvo. —¿Qué fue lo que pasó?
—No te odio. – Respondió sin mirarlo.
—Pues me tratas como si lo hicieras. –Kevin se dispuso a irse, pero Eddward ya había callado mucho tiempo, no iba a quedarse sin una explicación. —¡Espera! – Lo tomó del brazo, Kevin dejó caer la vela y el fuego se extinguió, dejándolos en completa oscuridad. Edd comenzó a temblar, aguantando sus sollozos.
—Tranquilízate. No deberías tener miedo, ya tienes 12 años. – Le dijo con fastidio. Eddward no lo soportó más. Lágrimas recorrieron sus mejillas, y cayó de rodillas. —Oye no es para tanto. – Kevin se arrodilló frente a él. No podía soportar que sufriera. Y menos por su culpa.
—¿Por qué ya no me quieres? – Esa pregunta le rompió el corazón. Ahí se dio cuenta de lo tonto que fue, al alejarse para intentar no lastimarlo, lo hirió profundamente. Eddward lo quería de verdad. Ni el mismo Kevin entendía sus razones, pero se dio cuenta en ese momento, de lo equivocado que había estado.
—No digas eso Eddward… no pienses eso por favor… yo nunca he dejado de quererte.
—Mientes…
—¡No! Yo… te quiero. Y tal vez más de lo que debería. – Confesó avergonzado.
—Solo lo hiciste un par de años. – Eddward lloraba de forma silenciosa. —Hace meses que tu trato hacia mí cambió… disculpa si soy demasiado fastidioso… es solo que… eres lo único que tengo Kevin. – El pelirrojo sintió un nudo en la garganta.
—Lo sé. Y lo siento. Pero no significa que no te quiera. Me alejé por tu bien.
—Que tontería. – Un poco más tranquilo, Eddward lo miró a los ojos, entre tanta oscuridad. —Me dijiste que siempre estarías a mi lado.
—¿Y acaso me he ido?
—Es imposible que te vayas, pero me dejaste de lado. – Dijo con tristeza.
—No lo entenderías.
—¿Cómo podría si no me dices que pasa? – Le preguntó en forma suave, casi como un ruego. Kevin lo necesitaba, era claro, y el sentimiento era recíproco, pero la culpa y el remordimiento no lo dejaban sincerarse. ¿Cómo confesar un secreto tan grande y perverso, a un ser de luz como Edd?
—Es que… no puedo. – Y en efecto, no podía decirlo. Le resultaba muy difícil.
—¿Por qué no?
—No quiero arruinar nada. – Kevin se puso de pie, tratando de darle la espalda. Edd lo imitó, no pensaba quedarse así, ahora que su curiosidad era mayor.
—Hace mucho que lo arruinaste. – Le dijo con firmeza. Kevin agachó su cabeza rendido. —Pero ¿sabes? A pesar de todo yo aún te quiero Kevin. Sé que entendería si me lo dijeras. – Kevin lo miró fijamente. Sus ojos estaban llorosos, y su entrecejo fruncido. Siempre se ha dicho que las madrugadas son peligrosas, pues las palabras más sinceras siempre salen a flote. Hay que tener cuidado a quién se las dices.
—Está bien Eddward. – Se acercó hacia él, hasta acorralarlo contra la pared. Al pelirrojo, los azules orbes de Edd nunca le parecieron tan hermosas y sobrecogedoras cuando, al acercarse a su rostro, se abrieron lo máximo posible, demostrando una sorpresa que no conseguía traducirse a palabras. Sus respiraciones se entrechocaban por la proximidad, Edd tragó en seco y su tórax comenzó a moverse pronto cuando percibió que el abdomen del mayor se relegaba contra el suyo. Kevin apartó unos mechones del rostro de Edd, sin decir palabra. Entreabrió su boca y se acercó más, cerrando después los ojos al percibir que había encontrado los labios de Edd.
Al menor casi se le fue el alma del cuerpo cuando los labios de Kevin tocaron los suyos, la indescriptible sensación se incrementó ya que el pelirrojo fue cerrando sus brazos hasta rodear completamente a Edd entre ellos. El alterado Eddward no hizo cuestión de moverse ni evadirse del contacto, sentía un miedo casi paralizante por lo que sucedía, pero los tiernos besos por parte de Kevin acabaron venciéndolo y terminó accediendo. Después de unos eternos segundos, Kevin despegó sus labios de los del otro despacio, y lo miró, un par de segundos. Sus párpados volvieron a cerrarse. Lo besó otra vez. Eddward estaba convenientemente tranquilo, saboreando gustoso los labios de Kevin, disfrutando con esmero de su primer beso.
Se apartaron después de un par de besos más, solo rozando sus labios de forma tierna. Inexpertos, sí, pero con todo su amor. Se miraron sin decirse nada, sus mejillas estaban rojas y su respiración profunda y rápida.
—Kevin…
—¿Te quedó clara esa explicación? – Preguntó con miedo. Edd asintió.
—¿Tú… me-me amas? – Kevin no contestó. Apenas cortó el contacto visual dispuesto a alejarse, pero Edd lo tomó de las manos, obligándolo a hablar. —No vas a dejarme con dudas esta vez.
—Sí Eddward. Te amo. Te amo desde siempre. Te amo desde que llegaste a mi vida, y me odio a mí mismo por eso. – Confesó al borde del llanto.
—¿Acaso sientes culpa? ¿Por eso me evitabas?
—¿Cómo no voy a sentir culpa? Somos hombres Eddward… eso está mal.
—Oh Kevin. Si algo me enseñó mi difunta abuelita, es que el amor no se elige, él nos elige a nosotros. Creo que ahora entiendo lo que quiso decir.
—Pero esto va en contra de lo que nos han enseñados las hermanas Eddward… yo no quiero que por mi culpa vayamos al infierno. No sabes las veces que pedí perdón al cielo por tener pensamientos impuros… tú no mereces esto.
—Por favor evita tener esas ideas. No es algo malo Kevin.
—Pero las hermanas…
—Ellas son malvadas con nosotros. Son malas personas, se supone que deberían cuidarnos, pero solo nos castigan por todo. – Edd acarició su mejilla, Kevin cerró sus ojos al sentir tan fina caricia. —Afortunadamente viví con mis padres hasta los ocho años, y ellos nunca me educaron con esas ideas. Aunque, ahora entiendo el porqué de tu rechazo.
—Perdóname. – Kevin se sonrojó y agachó la cabeza.
—¿Tienes miedo verdad? – Eddward estrechó entre sus brazos a Kevin y éste, casi instintivamente, ocultó su rostro entre el hombro y cuello de Edd, como si fuese un pequeño.
—Sí. – Replicó Kevin tan débilmente que fue casi imperceptible. —Tengo miedo de lo que siento, que sea malo.
—Yo también tengo miedo Kevin, pero no siento que sea malo, porque sentirlo me hace feliz.
—Entonces tu…
—También te amo Kevin. – El rostro del pelirrojo se iluminó, esbozó una hermosa sonrisa, por primera vez en mucho tiempo. —Estoy feliz de saber que no me dejaste de querer.
—Eso nunca. Te he querido desde que llegaste. Te vi tan vulnerable, quise protegerte desde el principio, te amaba sin saber lo que era realmente el amor. No supe cómo actuar… en serio lo siento.
—No te preocupes. ¿sabes? Yo también te quise desde que me salvaste de Marie.
—Me siento como un tonto. De haber sabido que actuarías así… te hubiese besado meses atrás. – Dijo abrazándolo con fuerza, sonrojándolo. —Será nuestro secreto Eddward. Tal vez nadie más logre entender esto que sentimos.
—Está bien Kevin. Pero, no vuelvas a hacerme a un lado. – Pidió con ternura tal, que Kevin no pudo contenerse. Le dio un fugaz beso en los labios y sonrió.
—¿Estarás conmigo siempre Eddward?
—Te lo prometo.
—No hagas promesas que no vayas a cumplir.
—Es una promesa Kevin. – Edd si quitó su amado collar, y lo colgó del cuello del pelirrojo, que lo miró sorprendido.
—Eddward… esto es un recuerdo de tu familia.
—Tú eres mi familia ahora. – Kevin lo abrazó una última vez, besándolo repetidas veces en la cabeza. Nunca nadie, había mostrado tanto afecto hacia su persona. Después de haberse comportado como un patán cobarde, recibía tales muestras de amor. Lo amaba, más que nunca.
—Vamos a dormir Edd.
A partir de ese momento, a partir de esa confesión, se les hizo costumbre ir a mitad de la noche a verse a escondidas de todos. Siempre era igual: cuando todos dormían, iban al sanitario, y se besaban por varios minutos. Era el único momento en que podían compartir afecto físico, pues no harían semejante espectáculo frente a nadie.
Los días pasaron, y se les notaba muy felices, muy unidos. Kevin volvió a ser protector con Edd, incluso más, pues ahora le demostraba lo importante que era para él, lo mucho que lo amaba y lo idolatraba. Eso llamó la atención de Marie, y no le gustó nada. Decidió observarlos de cerca, tenía una sospecha, y no era agradable. La confirmaría.
Entonces, una tarde, después de clases y trabajos respectivamente, los niños estaban en el comedor, como cada día. Marie notó la enorme sonrisa que Kevin le regaló a Edd, apenas al verlo. Comieron juntos, hablaban amenamente, solo ellos dos, ignorando al resto. Edd no dejaba de reír, y Kevin no dejaba de mirarlo de forma devota. Marie jamás había visto a Kevin mirar a nadie así, sus sospechas aumentaron al notar el hermoso collar en forma de luna que tanto le gustaba, pero ahora colgaba del cuello del pelirrojo. Ese par definitivamente estaba muy unido, quizá demasiado.
Al terminar la comida, los niños jugaban toda la tarde. Los adolescentes, o, mejor dicho, los que trabajaban, estaban tan cansados que solo se sentaban a charlar hasta que les daba hambre otra vez. Marie observó que Eddward y Kevin, se sentaban a los pies de un árbol, y sus manos estaban peligrosamente cerca. ¿Por qué tanta necesidad de estar solos, y tan juntos?
Esa noche casi no durmió, estuvo atenta a cualquier sonido, era una ventaja que su cama estuviese justo junto a la puerta. Pudo escuchar, después de un rato, como la puerta de la habitación de los chicos se abría, y una luz muy tenue alumbraba el pasillo. Salió de su cama, y con sumo cuidado abrió la puerta de la habitación, dispuesta a seguir dicha luz. Sigilosamente, cual gato, se detuvo justo al final del pasillo que llevaba a los sanitarios. Poco a poco se acercó, y al llegar a la puerta, inhaló profundamente, para no hacer ruido con su respiración. Con el rabillo del ojo, se dispuso a espiar, reconoció a Kevin enseguida, pero su sorpresa fue enorme, cuando su vista se enfocó a la verdad, y pudo ver con claridad, (en parte gracias a la luz de la vela que llevaban consigo Kevin y Edd) lo que hacían. Se estaban besando. Ahogó un grito y cubrió su boca con sus manos. Su corazón se aceleró y su sorpresa aumentó cuando escuchó un "te amo" por parte de Kevin.
Marie pensó rápido, debía hacer algo, y pronto. No podía simplemente acusarlos, no le creerían. Decidió buscar a la madre superiora, directamente. Se escabulló hasta su dormitorio, y con mucho miedo tocó la puerta. No hubo respuesta. Volvió a tocar, con más fuerza, y esta vez pudo escuchar como la superiora se levantaba.
—¡Le pido mil disculpas Madre superiora, por despertarla! ¡Pero es muy importante, se lo juro! – Exclamó Marie con las manos juntas frente a su rostro, apenas la puerta se abrió. Estaba muerta de miedo.
—¿De qué hablas? Es muy tarde, si es una de tus travesuras yo…
—Le aseguro que no es ninguna travesura. Debe creerme, no me arriesgaría a despertarla si no.
—Está bien. ¿De qué se trata?
—Bien… se trata de amm, Kevin…
Besos en la oscuridad, caricias delicadas y risas ahogadas. Kevin y Edd se sentían en el cielo cada vez que se demostraban su afecto físico, en el sentido más puro de la palabra.
—Kevin… – Susurró Edd en palabras entre cortadas por los besos que recibía. —Ya es tarde…
—No me pidas… que me detenga… moría por besarte desde la mañana.
—¿¡Qué significa esto!? – Los habían descubierto. No fue un niño del orfanato, o una monja, fue la mismísima superiora. La maldad hecha mujer, eso los aterró. Sus cuerpos se estremecieron y su estómago sintió vértigo. Kevin apretó la mano de Edd en señal de protección.
—Madre Rosenda. – Atinó a balbucear Kevin, víctima del miedo.
—¡En nombre del Señor! – Exclamó escandalizada al momento que se persignaba. —¡No puedo creer semejante perversión! Ustedes dos… han cometido el peor de los pecados. – La pareja estaba inmóvil, sorprendida, y temían, temían mucho el uno por el otro. —¡Pecadores! ¡Pecadores!
—¡Puedo explicarle! – Exclamó Kevin.
—¡Silencio! – La superiora llevaba en sus manos un látigo. El látigo, era uno de los peores castigos, pues estaba hecho de tiras de cuero, con pequeños nudos al final, eso les causaba un enorme dolor. Pero esta vez, la mujer fue muy lejos. Este látigo, era nuevo, tenía pequeñas bolitas de metal anudadas en las puntas, definitivamente los haría desmayarse del dolor. —Yo sé muy bien lo que vi. En nombre de Dios, debo salvar sus almas. —Se acercó a ellos, pero antes cerró la puerta del sanitario, pues no quería armar un alboroto, o los demás podrían influenciarse de mala manera. Eddward escondió su rostro detrás de Kevin, muerto de miedo, el pelirrojo no iba a dejar que lo castigaran, no a su ángel.
—¡Yo soy el culpable! – Gritó a Rosenda con los ojos cerrados.
—¿Qué cosa?
—Yo obligué a Eddward a venir aquí… yo soy el que se aprovechó. Castígueme a mí, yo merezco pagar por todo, pero por favor no lo lastime. – Suplicó, apretando la mandíbula para no perder la compostura.
—¿Qué? ¡No es verdad! – Dijo Eddward completamente sorprendido.
—¡Sí lo es! Yo me he estado aprovechando de ti.
—¡No! ¡No voy a permitir que tú me protejas, y yo no pueda hacerlo! – Le dijo Edd con lágrimas en los ojos, Kevin se quedó mudo. ¡Cuánto amor le profesaba su pequeño! Sin importar llegar hasta las últimas consecuencias, le demostró que lo amaba, que estaría a su lado pasara lo que pasara. Tontos, temerosos y resignados, se dedicaron una mirada de complicidad y tomaron sus manos. Afrontarían juntos su destino.
—Pero cuánto descaro de su parte. Su actitud es intolerable. – La mujer estaba histérica. —Nunca debí aceptarte aquí Kevin, eres igual de pecador como tu madre. – El pelirrojo la miró con furia, si bien tenía pocos recuerdos de su difunta madre, la amaba, y ella siempre lo trató con mucho afecto. —Eres hijo del pecado de la fornicación, estás pagando la asquerosa vida que tuvo esa mujer.
—¡No hable así de mi madre!
—¡Cállate! – La superiora lo abofeteó con fuerza.
—¡Kevin! – Exclamó Edd asustado. Rosenda lo miró con asco y algo de lástima.
—Y tú Eddward. Debiste haber muerto junto con tus padres. Cualquier cosa es mejor que la homosexualidad. – El mencionado quedó en shock. ¿Sus padres muertos? ¿Era en serio? —Deben ser castigados en nombre del Señor, para purificar sus pecados y poder entrar al reino de los cielos.
—Tonterías. – Dijo Kevin molesto, pues acababa de romper toda esperanza de Edd. La luz de sus ojos se había apagado.
—¡Silencio! – Ordenó furiosa. En sí, Kevin nunca la había visto así. —Quítense sus ropas. – Kevin y Edd se miraron sin entender, y luego la miraron a ella. —¡Les di una orden! – Golpeó la pared con la mano, asustando a Eddward. Obedecieron entonces, quitándose el enorme pijama, quedando desnudos frente a ella. Eddward la miraba con temor, en cambio en los ojos de Kevin, el rencor se había hecho presente. —Te he dicho mil veces que odio esa mirada. Es una lástima que sigas guiándote al camino del mal. ¡Manos contra la pared! ¡Ahora!
—Tengo miedo Kevin. – Susurró Edd mientras le daban la espalda.
—Tranquilo, pasará pronto, resiste un poco, estaré a tu lado. – Respondió para tratar de calmarlo. Ambos apoyaron sus manos en la fría pared, Kevin cubrió con su mano izquierda, la derecha de Edd.
—Señor, tú puedes cambiar el mal por el bien, ahora yo los castigo y los elevo a tu presencia para obtener tu perdón y tu misericordia. Yo rezo para que los laves en tu preciosa sangre, y les permitas entrar en el cielo con los ángeles y con los santos. Gracias Jesús, alabado y bendito seas Jesús. Amén.
Los dos se prepararon. Cerraron sus ojos con fuerza, y su respiración aumentó, era profunda y agitada. La madre Rosenda lanzó el primer latigazo, justo a la espalda de Edd.
—¡Ahh! – Eddward gritó con tal fuerza, que Kevin temió, temió como nunca en su vida, pero por la persona que estaba a su lado, porque nunca había visto esa expresión en su lindo rostro. Un solo latigazo hizo temblar sus delgadas piernas, y sus lágrimas salieron. un solo latigazo fue suficiente para que cayera de rodillas.
—¡No! ¡Por favor! – Gritó Kevin desesperado. —¡Pégueme a mí! – La superiora hizo caso omiso, levantó su brazo dispuesta a darle un segundo latigazo a Edd, pero Kevin lo protegió, cubriéndolo él mismo recibiendo así, un azote. El golpe se escuchó, y Edd pudo sentir como Kevin aguantaba un grito de dolor.
—¿Qué? – La madre superiora estaba incrédula. Lo protegió. Tal vez, era un buen chico, tal vez estaba arrepentido, o tal vez la lujuria no lo dejaba pensar. —Si eso es lo que quieres…
Otro azote fue a parar a la espalda de Kevin, que a pesar de los intentos de Eddward de zafarse de su agarre, se mantenía firme. Un tercero. Cada azote que recibía lo inmunizaba contra el siguiente, enajenándose del dolor, firmando el pensamiento en otras cosas, pensando… en Edd, sí, la sangre corría por su espalda mientras pensaba cómo cumpliría con su promesa, la de alejarse de allí, pero luego comenzó a perder el hilo de los pensamientos, el dolor comenzó a imponerse como si agujas entraran en su carne, necesitaba concentrarse más… no pudo hacerlo. Kevin se derrumbó gracias al dolor que sentía. Edd no dejaba de llorar de impotencia, de coraje, de culpa.
—Ya basta, tú también tendrás tu castigo. – Rosenda tomó a Edd del cabello y lo haló hacia afuera, pese a sus llantos y súplicas que no lo alejara de Kevin. —Aquí dormirás. – Dijo a Kevin sin un gramo de remordimiento, cerrando la puerta con llave, dejando al pelirrojo llorando y temblando, en un charco de sangre, y a pesar de sus pocas fuerzas, pedía que no se lastimara a Edd.
La superiora lo llevó a rastras hacia afuera, desnudo y lastimado, tanto física como emocionalmente, pues no acababa de asimilar las palabras dichas por la mujer, y de forma tan cruel. Sus padres muertos, Kevin probablemente moriría, y Eddward no podía siquiera respirar por el llanto. Pudo ver,por el rabillo del ojo, como Marie los observaba desde la puerta. Ella había sido la culpable… los acusó.
—Entra. – Ordenó de forma hostil, obligándolo a meterse al temido "agujero". —Aquí te vas a quedar. Espero que implores perdón por tu falta.
—N-no… por favor… – Suplicó antes de ser arrojado al interior de dicho lugar. —¡Por favor no me deje aquí! ¡Tenga piedad! ¡Piedad por favor! – Eddward golpeaba la puerta con desesperación, era un horrible lugar, y su miedo a la oscuridad lo empeoraba. O, había algo peor aún: Kevin tirado en el suelo del sanitario.
La malvada monja, se alejó a pesar de los gritos y ruegos del pequeño, creyendo que, con esos métodos, los estaba "salvando". No le importaba haceros llorar y mucho menos lastimarlos físicamente, pues mientras fuera en nombre del Señor, estaba siendo una buena cristiana.
Eddward nunca había sentido tanto dolor en su vida, tanta impotencia y tanta angustia. Era injusto la forma en que los trataban. Nunca se sintió tan desdichado.
Kevin por su parte, se sentía culpable por no haber aguantado un poco más, por haber permitido que se llevaran a Eddward quien sabe a dónde. Culpable por haberlo llevado esa noche, por haberse confesado antes… si nunca hubiese dicho la verdad, Edd estaría a salvo, dormido calientito en su cama. No podía moverse siquiera. De sus labios se escapó el nombre de Eddward, y de sus verdes orbes, lágrimas, las más dolorosas que hubiese derramado.
Prometió que sacaría a Eddward de ese infierno. No desfallecería, no lo haría.
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*Fuete: Azote con que se aviva y castiga a los caballos o a otros animales.
*Candelero: Utensilio para sujetar y mantener derecha una vela o candela que consiste en un cilindro pequeño hueco, donde se coloca la vela, unido a un pie.
Hola :)
Espero hayan disfrutado la lectura, aunque fue un poco cruel al final.
Una vez más les digo que los tiempos son rápidos, porque quiero hacer el fic cortito, además que lo interesante sucederá cuando Kevin tenga 18.
Gracias por su apoyo :) nos leemos pronto.
Bunny.
