Hola a Todas!... Espero que les guste este capitulo. Recuerden que es una adaptacion la historia de Candy, el autor del libro es Sophia James.
Candice Randwick se despertó en una sucia celda llena de cañas de las ciénagas. Jemmie estaba tumbada a su lado, inconsciente. Como ella, también estaba atada por las muñecas. Había ratas a su alrededor. El gabán que había llevado puesto en el bosque había desaparecido y habían cubierto su vestido con la tela de los Andley. Los cuadros azules, rojos y negros no conseguían hacer que pareciera respetable, ya que el lino de sus enaguas se había desgarrado en varios sitios y habían cortado los lazos de su corsé. La conmoción de despertarse allí hizo que comenzara a temblar. Y, a pesar del frío reinante, no podía dejar de sudar. No entendía qué hacían allí ni dónde estaban. Se dio cuenta de que no se trataba de Ashblane, sobre la pared había un mural en el estaba dibujado el blasón del clan de los Armstrong.
Alguien se acercó a la puerta de la celda al ver que se movía. Era un hombre con pelo largo y sucio y al que le faltaban unos cuantos dientes. Lo vio mirar entre los barrotes. Después se tapó la cara con las manos al percibir que ella lo estaba observando. —Está despierta —le dijo ese hombre a alguien en gaélico.
No había llegado a aprender bien ese idioma, sólo sabía un poco y no entendió lo que otra persona le contestaba.
Dos hombres entraron de repente en la celda y le colocaron un saco sobre la cabeza. Lo cerraron con firmeza. No entendía qué pretendían hacer con ella y empezó a dar patadas e intentar escapar en cuanto le desataron las muñecas. Pero su reacción la atajaron dándole un fuerte puñetazo en la mejilla que le hizo ver las estrellas. No pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas. Se dio cuenta de que esos hombres iban a matarla y el miedo la paralizó mientras la conducían por un pasillo y escaleras arriba. Llegaron a una sala que le pareció más cálida que el resto. Le llegó el aroma a carbón quemándose. Pero también olía el fuerte olor a sudor de los hombres que la habían llevado hasta allí.
—Quitadle el saco —dijo alguien con voz fría.
Ese tono hizo que sacara fuerzas de donde no las había. Se enderezó y no pudo evitar parpadear para adaptar sus ojos a la luz.
Lord Anthony Andley estaba frente a ella y a su lado había dos hombres casi tan altos como él. No se había dado un baño desde que lo viera por última vez, aunque vio que se había cubierto el torso con una casaca de lana. La luz procedente del fuego iluminaba su rostro y lo hacía parecer aún más poderoso. Vio que llevaba unas cinchas de cuero sujetándole el brazo. Supo que debía de dolerle. Se dio cuenta porque parecía estar haciendo un terrible esfuerzo para no moverse más de lo necesario mientras observaba a sus hombres y todo lo que estaba pasando.
—Lord Armstrong me indica que sois Candice Randwick, hermana del barón Neal Falstone de Heathwater. ¿Es eso cierto?
Asintió mientras miraba la espada que llevaba colgando del cinturón. Después volvió a mirarlo a la cara. Durante Un segundo, le dio la impresión de que le sorprendía saber quién era, pero enseguida su rostro se llenó de furia.
Se acercó a ella y le levantó la cara. Rozó entonces con los dedos su dolorida mejilla.
—¿Quién le ha pegado? —preguntó.
—Estaba luchando, señor, tuve que...
El hombre que la había sacado de la celda no consiguió seguir hablando.
Anthony Andley le dio una tremenda bofetada que lo dejó en el suelo.
—Marcus, lo sustituiréis vos.
Uno de los hombres que estaban al lado de Anthony asintió con la cabeza. Se sintió algo mejor al ver que no deseaban hacerle daño, pero las palabras de ese hombre no le dieron demasiadas esperanzas.
—Aquí sois una prisionera, lady Randwick. Una rehén que hará que vuestro hermano recobre el sentido.
—Él no... —comenzó ella.
—Silencio —la interrumpió Anthony sin levantar la voz.
Se fijó entonces en las venas que sobresalían en su cuello y en el brillo especial de sus ojos grises. Notó también el intrincado diseño del blasón que llevaba en una sortija de oro. Era el león de Escocia. No podía creerlo.
Ya se había sabido en peligro, pero cada vez estaba más aterrorizada. Perdió el equilibrio y habría caído al suelo si él no se hubiera acercado deprisa para sostenerla con firmeza. Sus manos estaban muy frías y sintió contra su piel la silueta de una daga que Anthony de Andley llevaba escondida en la manga. Le pareció increíble que un hombre como él tuviera que llevar armas escondidas cuando estaba en compañía de sus hombres y de sus aliados.
Se dio cuenta de que él no obedecía ley alguna ni se fiaba de nadie. Presa del pánico, se clavó las uñas en su propio brazo para que el dolor la distrajera del miedo. Pero se detuvo al darse cuenta de que Anthony Andley había visto las señales que acababa de dejar en su piel.
—¿Por qué estabais allí? —le preguntó con desprecio en sus ojos—. ¿Qué
hacíais en ese campo de batalla?
Se quedó en blanco al oír su pregunta. Se preguntó si ese hombre pensaría
que ella había tomado parte en la lucha.
—Soy curandera —le dijo desafiante.
—¿Curandera? —repitió él con desagrado—. No es eso lo que dicen los rumores. Alistear llevadla de vuelta a la mazmorra.
—No —repuso ella.
—¿No? ¿Osáis desobedecer mis órdenes? —le dijo Anthony Andley
Pero le pareció ver una sombra de calidez en sus ojos que contrastaba con la omnipresente dureza de su rostro.
Estaba tan cerca de él que podía distinguir sus rubias pestañas. Vio que eran
largas y algo más oscuras cerca de sus párpados.
—Hay ratas —le dijo ella.
Las risas de todos los hombres la estremecieron e intentó ocultar su miedo.
La manta con la que habían cubierto su cuerpo se deslizó un poco, hasta donde
se había rasgado la tela que cubría su escote. Notó ojos lujuriosos muy interesados en su pecho. Suspiró y se cubrió de nuevo con la tosca manta. Era una humillación más que añadir a todas las que había sufrido en los últimos tiempos.
—Lleváosla —ordenó de nuevo Anthony.
—Por favor —insistió ella—. Si es dinero lo que queréis, puedo pagar. Y pagaría muy bien.
Había aprendido que todos los hombres tenían un precio. Pero Anthony la miró con el ceño fruncido y pensó que quizás él fuera diferente a todos los que había conocido en su vida.
—Lo que quiero conseguir de vuestro hermano es lo que hemos pagado con sangre, lady Randwick. No existe oro que pueda resarcirme por los hombres que he perdido —le dijo.
—Entonces, ¿pensáis matarnos?
Antes de que pudiera preguntar nada más, Anthony agarró su cuello con una mano y apretó levemente.
—Yo no soy como vuestro hermano, yo no asesino a mujeres ni a niños.
Exhaló con alivio al oír sus palabras, pero tenía una nueva preocupación. Había visto lo que su hermano Neal hacía con los cautivos en Heathwater y creía que la violación podía llegar a ser tan brutal como un asesinato.
Una especie de muerte en vida.
Y sabía que su hermana y ella estaban a expensas de cualquiera de los hombres allí presentes. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que muchos de ellos la observaban de arriba abajo como si fuera un botín rescatado de la batalla.
Reunió todo el coraje que pudo. Anthony de Andley la contemplaba con la mirada llena de dolor e ira. Le sorprendió ver que parecía muy apesadumbrado. Recordó cómo lo había visto en el bosque, llorando mientras mecía en sus brazos el cuerpo inerte de su compañero. Ese dolor y esa rabia pudieron con ella.
—Puedo ayudaros —le dijo.
Las palabras le salieron de dentro sin que pudiera controlarlas y vio que Anthony se estremecía al notar que le tocaba la mano. Creía que la pena que arrastraba podía ser tan negativa para su salud como la fiebre o un dolor de estómago. Y la curandera que llevaba dentro quería aliviar ese dolor.
—No necesito vuestra ayuda —replicó él con dureza mientras apartaba su brazo —. Lleváosla — repitió.
Parecía más enfadado entonces que cuando entró por primera vez en la sala.
Su orden fue obedecida de manera casi inmediata. Dos hombres se acercaron a ella y la agarraron para sacarla. Se giró antes de salir por la puerta y vio que Anthony seguía observándola. Con su silueta recortada contra la luz que entraba por la ventana, lord Ullyot le pareció un hombre de leyenda. Era enorme, fuerte y despiadado. Pero había algo más en sus ojos. Algo que había visto antes en las miradas de muchos hombres.
En sus ojos había interés y deseo.
Sonrió cuando dejó de verlo y se concentró en ver cómo podría sacarprovecho de ese deseo en su propio beneficio.
—¿Qué os ha parecido, Anthony?
La pregunta de Alistearlo devolvió a la realidad mientras se terminaba de un
trago la cerveza de su copa.
—Candice Randwick se parece más a un ángel algo sucio que a la intrigante y despiadada mujer que todos dicen que es —agregó entonces su amigo.
—Es más alta de lo que pensé que sería —repuso él pensativo.
—Y mil veces más bella, ¿no es cierto?
—Una cara bonita puede engañar tanto como cualquiera, Alistear —contestó Anthony algo enfadado.
—Le dan miedo las ratas, señor.
—Entonces, aniquiladlas.
—¿A las ratas?
—Mañana saldremos hacia Ashblane y no tenemos tiempo que perder. No nos podemos permitir el lujo de transportar a una mujer enferma. Ponedla en otra habitación y colocad un guardia en su puerta.
Le dolía mucho el hombro izquierdo. El ungüento que su médico había colocado en la herida le escocía. Intentó levantar el brazo, pero le dolía demasiado. Se quedó sin aliento y el corazón comenzó a latirle con más fuerza.
No podía creerse que Ian hubiera muerto.
Todo había cambiado, ya nada iba a ser lo mismo.
—¡Maldito Neal Falstone! ¡Espero que arda en el infierno! —murmuró mientras iba hasta la ventana.
Miró hacia las colinas de Cheviot, las que separaban Inglaterra de Escocia. Todo su cuerpo se tensó al notar que Adam Armstrong se le acercaba por detrás
—Lo siento mucho. Sé cuánto apreciabais a Ian y...
Levantó la mano para no dejar que siguiera hablando. Le costaba menos estar enfadado que taciturno y era demasiado duro para él sentir que los demás lo compadecían.
—Debería haberme adentrado en Heathwater con los hombres que quedaron vivos tras la batalla y sacar de allí a ese maldito canalla. Sé que Ian habría hecho lo mismo por mí si hubiera sido yo el que hubiera muerto en la batalla. Ahora él yace en el suelo de vuestra capilla...
—De haberlo hecho, vos habríais muerto también —repuso Adam con la lógica de la que hacía siempre gala—. De eso nada. Es mucho mejor esperar y continuar la lucha otro día, cuando el elemento sorpresa esté de nuestra parte y no estéis agotado por la batalla. Además, estáis herido. Al menos dejad que os mire el brazo.
—No, ya lo ha hecho Hale.
Dio un paso atrás y acercó su brazo izquierdo contra su torso, no quería que se le acercara nadie. No quería que nadie supiera de su dolor. La herida era importante y estaba lejos de casa. Creía que ya tendría tiempo de curarse cuando llegaran a Ashblane al día siguiente. De momento, mientras estuviese en la propiedad de los Armstrong, quería sentir que seguía controlando la situación. Al menos ésa era su idea, pero el dolor estaba consumiendo sus energías.
Se sintió mareado y tuvo que sentarse en un sillón.
—Ian….. Archie no debería haberse acercado allí con tan pocos hombres como llevaba...
—Entonces, ¿por qué lo hizo? —preguntó Adam con interés.
Se sirvió otra copa de cerveza. Le vino bien tener esa distracción para poder respirar profundamente y beber algo. Se sintió algo mejor después de hacerlo.
Comenzó a hablar en cuando se encontró menos mareado. Pero el corazón
no había recuperado su ritmo normal y le costaba expresarse.
—Neal Falstone había prendido fuego a casas y secuestrado a las mujeres de una aldea que se encuentra al oeste de Ashblane. Archie salió fuera de sí sin que yo tuviera tiempo de ir con él. Si me hubiera esperado, podríamos haber atacado a ese cruel canalla entre los dos.
—¿Esperado?
—Yo estaba en Edimburgo, visitando al rey.
—Y, cuando el rey sepa lo que ha hecho Falstone, ¿creéis que hará algo para detenerlo?
—Creo que el monarca ha perdido valor después de estar cautivo durante tanto tiempo en mano de los ingleses. Ahora prefiere hacer uso de la diplomacia antes que meterse en una guerra —le explicó con cuidado.
Elegía con tacto las palabras para no ofender a nadie.
—Puede que tengáis razón. Además, a pesar de sus provocaciones, creo que el rey David no asesinaría a un hombre tan taimado como el barón Falstone. Le es de mucha utilidad en esta conflictiva zona de la frontera, sobre todo ahora que el ejército está completamente desorganizado.
—Por eso es por lo que tendré que encargarme de ese hombre personalmente —le dijo mientras se levantaba con esfuerzo—. Falstone es un fanfarrón y un temerario. Pero también es un hombre de costumbres. Pasa todos los meses de enero en Egremont y viaja hasta allí pasando por Carlisle. Sólo lleva un pequeño grupo de guardias con él. Cree que está a salvo.
—Pero no podríais actuar tan al sur, eso supondría violar la integridad del suelo inglés. Eso no se puede hacer.
—¿No? —preguntó él desafiante.
—Tal y como están ahora las cosas, tenéis al rey de vuestra parte Pero, si ponéis en peligro el tratado con Inglaterra, podríais perder el feudo de Ashblane por un delito de alta traición —le advirtió Armstrong.
—¿Es que no pensáis llevar puesto el atuendo con la tela de Ashblane? Señor, dejad que os advierta de los posibles fallos que tiene vuestro plan. Puede que David sea vuestro pariente, pero es el rey y el que ha permitido que sigáis siendo dueño y señor de Ashblane. ¿No creéis que lo que planeáis podría traer inestabilidad a la región? —le preguntó Adam mientras lo miraba con firmeza—. Soy vuestro amigo, Anthony. Mi experiencia me ha enseñado que los hombres que sólo tienen un objetivo en la vida suelen a menudo dejar de lado la lógica para defender algo de lo que nunca han estado seguros. Llevad a vuestro clan de vuelta a Ashblane. Allí estaréis a salvo y Falstone no podrá haceros nada. No se atreverá a atacar la fortaleza. Y también os aconsejaría que le devolvierais esa mujer a su hermano. Puede que Falstone os lo agradezca. El rey sin duda lo hará, sobre todo porque protege el tratado de Berwick que acaba de firmar.
Anthony estaba fuera de sí. Se acercó a la chimenea y arrojó allí la cerveza que le quedaba en la copa.
—No hago las cosas para que me lo agradezcan. No es eso lo que busco — exclamó con fuerza mientras veía cómo el alcohol avivaba las llamas—. No, Adam. Lo que quiero es venganza. Quiero a la hermana de Falstone, quiero sus tierras y quiero su vida.
—No os olvidéis de las artes de brujería de las mujeres de Cargne. ¿Cómo conseguiréis apaciguar esos poderes en Candice Randwick? Dicen que esa mujer puede hacer que cualquier hombre acabe creyendo lo que ella quiera.
No pudo evitar echarse a reír al escuchar sus palabras.
—Tenéis una extraña manera de interpretar las Sagradas Escrituras. Se dice en la Biblia que no se debe rendir culto a falsos dioses. Sin duda, la hechicería y la brujería son los más falsos de todos. Si es esa magia lo que de verdad teméis, dejad de hacerlo, porque la Biblia no permitiría la existencia de una sinrazón tan inexplicable.
Adam Armstrong dio un fuerte puñetazo en la mesa.
—Habéis permanecido en este mundo de guerras y batallas durante demasiado tiempo, Anthony, y os habéis alejado de las enseñanzas de Dios. Así que no os atreváis vos a darme lecciones sobre la validez de mis interpretaciones de la Biblia. Aunque no queráis escucharlas, esta región está llena de historias sobre las mujeres de Cargne. Ocurrió con Josephine Anthony, más tarde con Eleanor de Cargne y ahora con Candice Randwick. Usa su belleza para hacer que los hombres hagan promesas. Promesas que después no recuerdan haber hecho cuando amanece y se encuentran en la cama de esa mujer. Le ha pasado a hombres fuertes y valientes. Hombres a los que esa bruja ha conseguido poner a sus pies.
Respiró profundamente para calmarse. Deseaba más que nada verse de vuelta en Ashblane. Esperaba que para entonces su dolor se hubiera mitigado algo. Estaba convencido de que el dolor lo estaba mareando porque no podía dejar de pensar en los brazos y piernas de Candice Randwick. Se los imaginaba desnudos y enredados en su cuerpo. Una y otra vez, intentó quitarse esa imagen de la cabeza, pero seguía apareciendo sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
Furioso, dejó con fuerza la copa sobre la mesa. Recordó entonces su melena cuando la sacaron de la sala. Su pelo, del color del oro, había conseguido hipnotizarlo. Tampoco se le había olvidado el tacto de su piel cuando ella le había dicho que podía ayudarlo.
Sacudió la cabeza con desagrado. Ella no era más que su rehén, nada más. Esa mujer iba a ser la mejor manera de vengarse de su hermano. La usaría para conseguir lo que quisiera de ese canalla cuando llegara el momento de negociar.
Era un peón en su plan. Un peón que le venía muy bien. Su nombre representaba la traición y la inmoralidad.
Era la viuda negra de Heathwater, así la llamaban por esas tierras.
Tomó la jarra de cerveza y se terminó su contenido de un solo trago. Pensaba librarse de esa mujer antes de que terminase la semana. Juró que así lo haría. Por encima de todo, quería que Ashblane estuviera a salvo.
Acababa Candice de volver a su celda cuando entró el hombre al que
Anthony de Andley había llamado Alistear.
—Quitadle los grilletes —ordenó éste al guardia.
Todo su cuerpo se tensó al escuchar la orden.
Había visto furia en la mirada de lord Andley. Se preguntó si se lo habría pensado mejor y había decidido que uno de sus hombres fuera a buscarla para matarla. El pánico hizo que se resistiera y diera un paso atrás.
—¿Adonde me lleváis? —le preguntó al hombre con tono indignado.
—A una habitación donde no hay ratas —repuso Alistear.
Le dio la impresión de que a ese hombre le divertía la situación y la orden que le habían encomendado.
—¿Por qué?
—Mi señor desea que estéis en condiciones de viajar hacia al norte por la
mañana.
Sus palabras la llenaron de alivio. Se dio cuenta de que no pensaban matarlas esa misma noche y que, después de todo, quizá tuvieran aún esperanzas de salir bien de todo aquello.
—Por favor, podríais liberar también a Jemmie, mi paje —le preguntó—. Es muy joven y hace demasiado frío aquí abajo.
El soldado parecía perplejo con su petición.
—La oferta es sólo para vos, lady Randwick.
—Entonces, lo siento, pero no puedo aceptarla.
Miró el rostro de su hermana, empezaba a azularse por culpa del frío que hacía en esa celda de piedra. Extendió las manos para que le colocaran de nuevo los grilletes y apartó la vista del soldado. La esposaron, pero sabía que Alistear estaba indeciso. No lo miró más, pero el portazo que dio con la puerta de la celda le dejó muy claro que no le gustaban sus peticiones.
Se sentó y colocó la cabeza entre las piernas. Tenía que calmarse, no podía dejarse llevar por el pánico que amenazaba con hacer que se desmoronara. Estaba atrapada en las mazmorras de la fortaleza de los Armstrong. Quien la tenía cautiva era un hombre conocido por su crueldad y, si eso no fuera bastante, su hermana estaba disfrazada de paje. De ser descubiertas, su situación sería aún más complicada.
Y todo lo empeoraba la maligna naturaleza de lord Andley.
Pero no podía pensar así. Tenía que calmarse.
«Yo no soy como vuestro hermano, yo no asesino a mujeres ni a niños», le había dicho él.
Recordar sus palabras hizo que se sintiera algo mejor.
Los rumores sobre la apariencia física de Anthony Andley no le habían hecho justicia. Esperaba que lo que había oído siempre sobre su terrible carácter fueran también historias sin fundamento alguno.
—Por favor, que así sea —rezó en voz baja.
Se acercó a donde estaba Jemmie. Le asustaba ver que no se movía nada. Llevaba mucho tiempo inconsciente. No sabía cómo podría ella seguir viviendo si su hermana moría.
Aterrorizada, comenzó a llorar sin que pudiera hacer nada para detener sus lágrimas. Intentaba ser fuerte, pero estaba demasiado asustada. Se convenció de que había estado en peores situaciones y que había conseguido salir de ellas. Con la ayuda de Dios y algo de suerte, esperaba que pudieran sobrevivir también a ese encierro.
Alistear volvió al gran salón unos diez minutos más tarde.
—Dice que no se irá de la celda si no es con su joven criado.
—¿Que ha dicho qué? —preguntó incrédulo mientras se giraba para ver al recién llegado.
El repentino movimiento le produjo un terrible dolor en el hombro.
—Dice que no se irá de la celda sin Jemmie, así es como ha llamado al joven.
Sigue inconsciente y teme por su vida si se queda en esa fría celda.
—Entonces, dejadla allí. Colocad una manta encima de los dos y que se queden en la celda.
Pero vio que Alistear no se daba por satisfecho.
—Esa mujer huele muy bien, Anthony. Y sus modales son exquisitos...
Se echó a reír al escucharlo.
—Es la hermana de Neal Falstone, Alistear. Esa mujer participa en sus asaltos.
Alistear negó con la cabeza.
—Sí, pero cuando la tela que cubría sus hombros le resbaló un poco en la celda, vi una cicatriz sobre uno de sus pechos en forma de cruz. Recordad las palabras de Jock Andley, Anthony. Nos dijo que la mujer del castillo de Heathwater que le había ayudado llevaba la señal de una cruz en su piel. Y su pelo... Habló de un ángel con cabello de oro que curaba a la gente...
—Estaba muriéndose —lo interrumpió él—. Estaba delirando por culpa de las heridas y el dolor. Si lo que buscáis es un ángel, dudo mucho que se trate de Candice Randwick.
—Los rumores podrían ser inciertos...
—No lo son —replicó él de mala gana—. Dejad las cosas como están, ¿de
acuerdo?
—Lo haría, pero Geordie es el que está de guardia esta noche.
Maldijo entre dientes. Tomó la daga que había dejado sobre la silla y se la
metió en el cinturón.
—Su hijo yace muerto en el suelo de la capilla. ¿No os pareció buena idea
cambiarle la guardia?
Alistear se encogió de hombros.
—Está fuera de sí. Creo que sería un insulto para él...
No esperó a que terminara de hablar. Salió del gran salón con ímpetu y bajó las escaleras hacia la mazmorra.
La celda estaba en silencio. Sólo se oía el sonido del viento colándose por las rendijas y los pasillos.
Candice Randwick estaba tumbada de lado y se abrazaba con algo de dificultad al flaco cuerpo del niño que la acompañaba. Le pareció una postura muy incómoda, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo para estar así.
Entró en la celda y la agarró para que se levantara.
—¡En pie! —le gritó.
Le quitó la manta de un rápido movimiento y la giró hacia la luz para mirar la cicatriz de su pecho, de la que le había hablado Alistear. Le sorprendió ver que era ciertamente una cruz. La rozó levemente con los dedos antes de concentrarse de nuevo en las razones que lo habían llevado hasta allí.
—¿Quién os marcó así? —le preguntó.
—Liam Williamson, el conde de Harrington —le dijo ella sin poder ocultar su conmoción.
—¿Sois suya?
—Sí —repuso ella.
Candice Randwick vio el puñal que sostenía en sus manos, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Él le produjo un corte sobre la cicatriz y su pecho se cubrió de sangre al instante. La misma sangre que empapaban sus propias manos.
—Como botín de guerra, reivindico la posesión del conde de Harrington. Desatadla, Quinlan, y subidla a la alcoba que hay frente al patio.
—¿Es que pensáis...?
—¡Ahora mismo! —gritó él.
Todos los soldados que había en la celda corrieron a obedecerle. No se le pasó por alto que se tomaban muchas libertades mientras tocaban a esa mujer, pero no dijo nada.
La alcoba a la que fueron se componía casi en su totalidad de una gran cama. Los soldados se quedaron allí observando con interés, pero Alistear parecía estar bastante nervioso.
—Es una dama, Anthony...
—No, es la zorra de Harrington.
—No lo soy...
Tapó su boca con la mano para que no pudiera replicarle.
—Hablad de nuevo y os mataré —le dijo.
Anthony Andley no la soltó hasta que Candice asintió con la cabeza. Vio entonces la sangre en su pecho y se mareó. Estaba temblando y tenía el estómago revuelto.
Cada vez se encontraba peor y terminó por vomitar en el suelo.
Pensó que iba a matarla, no tenía dudas. Se limpió la boca con la manta que le habían dado.
Estaba segura de que la mataría o violaría. Para ella ya era lo mismo. Si ese hombre no consumaba el acto con ella, sabía que no tardaría mucho en hacerlo el propio Liam Williamson.
Ya no le importaba nada, no quería seguir preocupándose por todo. No podía seguir viviendo como lo hacía, un día tras otro y sin ninguna esperanza.
—Terminad ya conmigo —murmuró mientras se ponía en pie.
Su idea era retarlo, pero el repentino movimiento hizo que se mareara aún
más y cayó al suelo.
Anthony maldijo al ver la melena dorada de esa mujer sobre sus botas. Su pálida y suave piel estaba cubierta de moretones y manchas de sangre. Se dio cuenta en ese instante de que era una mujer joven, delgada y más vulnerable de lo que había creído. Se agachó y tocó sus rizos de seda. En su rostro inconsciente ya no había sombra de preocupación y parecía otra persona, dulce y en paz. Se fijó en su esbelto y fino cuello y en cómo se curvaba bajo su barbilla.
Se dio la vuelta, no deseaba seguir adelante con esa humillación pública.
—Llevadla a una de las alcobas de arriba y subid también a su paje —ordenó a uno de sus hombres mientras miraba la herida que le había hecho en uno de sus pechos.
Le entraron deseos de taparlo, pero sabía que la gente hablaría si hacía algo así.
Tomó una antorcha de la pared y salió de la sala sin mirar atrás. Con un gesto, les indicó a los centinelas que ya se podían ir. Sabía que podía confiar en Alistear para asegurarse de que el honor de lady Randwick estuviera a salvo.
Candice Randwick se despertó en una cama y cubierta con gruesos y suaves edredones de pluma. Jemmie estaba a su lado, en una especie de catre que habían colocado en el suelo.
Alargó la mano hacia ella y se sintió muy aliviada al ver que se movía. Jemmie estaba viva y no parecía tener heridas. Eso era todo lo que le importaba.
Vio que era de noche. A través de las estrechas ventanas podía ver la luna menguante.
—¿Cómo te encuentras, Candy? ¿Tienes muchos dolores?
—Unos cuantos...
Se sentó en la cama y retiró la manta de cuadros para mostrarle el corte que
Andley le había hecho para marcarla. Aún supuraba un poco, aunque ya comenzaba a curarse la piel alrededor del corte. Escupió en la palma de su mano y se frotó con la saliva la herida. Le dolía mucho, pero no quería llorar.
—Ya estoy mejor. Además, Andley no nos ha matado, así que ya no creo que lo haga.
—Pero esa marca... Creo que te tomará...
—Me tomará como amante con marca o sin ella, Jemmie —la interrumpió ella para que no se preocupara—. Ésa debe ser la menor de nuestras preocupaciones.
Se puso en pie y fue hacia la ventana. Abrió las puertas de madera con cuidado. Estaban en la tercera planta del torreón y no había ningún tipo de asidero que les sirviera para escapar por allí. Estaba claro que lord Andley no quería arriesgarse. Y sabía que al otro lado de la puerta habría algún guardia.
—Tenemos un cuchillo y una corona de oro —le dijo mientras sacaba los dos objetos de un bolsillo interior que llevaba cosido a las enaguas—. Puede que sea suficiente. También ocultaba allí la mezcla de hierbas que usaba para curar.
—¿Quieres escapar?
—No, lo que pretendo es enviar un mensaje.
—¿A quién?
—A Goult. Si pudiéramos salir de aquí y cabalgar hacia el oeste, hacia
Annan...
—No, no sería seguro —la interrumpió Jemmie.
Notó algo de sudor en la frente de su hermana. Se preguntó si sería un síntoma de que había enfermado por culpa de la gélida celda o si sería el miedo lo que estaba produciendo ese efecto. A ella también le asustaba lord Andley.
No podía controlar los acelerados latidos de su corazón. Creía que él no era como el resto de los hombres. Había podido distinguir bien el aura que lo rodeaba desde el primer momento. Era un aura de color negro y plateado. Eleanor siempre le había advertido que debía tener mucho cuidado con esa mezcla.
Muchos años antes, había encontrado a su madre en las cuadras, con el vestido subido hasta los muslos y sus piernas alrededor de un forastero que tenía un aura de plata a su alrededor.
Estaba convencida de que era de plata y oscuridad el aura de Anthony Andley. Pero creía que también había algo más, algo prohibido, algo que no se podía definir, algo básico y temerario.
Sacudió la cabeza para dejar de pensar en esas cosas. Volvió a esconder la daga y la moneda en el bolsillo de su vestido. Tenía que encontrar la manera de salir de esas negras circunstancias y sacar beneficio de lo que le estaba pasando.
—Esperaremos a que llegue nuestra oportunidad para escapar. Cuando podamos salir de aquí, nos iremos a Francia —le dijo a su hermana.
No estaba demasiado convencida de lo que le estaba diciendo, pero no quería que Jemmie estuviera preocupada, no podía dejar que viera que el pánico la atenazaba.
—¿Y estaremos juntas, Candy?
La voz temblorosa de su hermana la enterneció. Había pasado por mucho en su vida y notaba enseguida si alguien tenía miedo o no.
—Siempre estaremos juntas, Jemmie. Te lo prometo. Pero ahora tienes que dormir y descansar. Nos espera una larga marcha mañana.
Esperó a que su hermana se tranquilizara de nuevo. Cuando vio que se quedaba dormida, se concentró en mirar a la puerta y en la luz que entraba por abajo.
Si alguien entraba para atacarlas, estaba preparada. Tenía la daga en la mano y pensaba usarla contra cualquiera que entrara.
Lord Andley entró en su alcoba al amanecer, cuando el cielo comenzaba a teñirse de rosa. Vio que se sorprendía al ver que ya estaba despierta, pero cambió pronto de gesto.
—Necesito hablar con vos, lady Randwick, y tiene que ser sin vuestro paje.
Mis hombres se lo llevarán —anunció él.
Jemmie se puso en pie con algo de temor. Estaba medio dormida y sus movimientos eran algo torpes. Tenía mucho miedo, temía que le hicieran daño.
—¿A dónde van a llevárselo? —le preguntó ella mientras intentaba esconder su desesperación.
—A la habitación de al lado. Lo traerán de vuelta más tarde.
Miró a los dos guardias que habían entrado tras su señor. No sabía si serían de fiar. Se fijó en uno de ellos. Fue un alivio ver que era ya un hombre mayor y que en sus ojos había bondad.
—Estaré bien, Jemmie. Ve con esos hombres.
—Pero creo que..
Le hizo un gesto para que no siguiera hablando, pero su valiente hermana no parecía querer salir de allí hasta estar segura de que nada iba a pasarle.
—¿Me podéis dar vuestra palabra, lord Andley, de que no le haréis daño?
Notó que a Anthony le sorprendía ver que alguien tan joven, delgado y desarmado se atrevía a sugerirle algo parecido. Candice se quedó sin respiración, esperando la reacción de ese hombre.
—¡Fuera de aquí!
No le había clavado un cuchillo ni le había dado un puñetazo a su hermana. No podía creerlo, pero Candice se sentía tremendamente agradecida. Vio cómo sacaban a su hermana de la alcoba y cerraban la puerta. Ullyot se dirigió entonces a ella.
—Tenéis a vuestro servicio a alguien que parece estar dispuesto a defender vuestro honor en todo momento, lady Randwick. Y eso que muchos dirían que no sois más que una zorra y una mentirosa conocida en dos reinos por vuestra inmoralidad y vuestra magia.
Le costó hacerlo, pero forzó una sonrisa en su cara antes de contestar.
—He estado encarcelada en Heathwater durante los últimos diez años, mi señor —le dijo.
—Eso lo dudo mucho, mi señora, pues vuestras hazañas en el castillo las cuentan todos los que han disfrutado de vuestros favores.
Sin poder evitarlo, se sonrojó al oír sus palabras. Le molestó reaccionar así a su provocación y fue hasta la ventana para esconder su rostro.
No entendía por qué había ido a verla esa mañana ni por qué había querido que estuvieran los dos solos.
—¿Cuántas tropas tiene vuestro hermano en Heathwater? —le preguntó.
Se sintió aliviada al ver que lo que quería de ella era obtener información sobre la capacidad de lucha de su hermano Neal.
—Mil —mintió ella.
—¿Mil sin contar con los hombres de Harrington? —preguntó él.
Sabía que no era fácil responder a esa pregunta y apartó la mirada.
—Mi hermano no tiene tantos soldados como vos, señor, aunque creo que valora la seguridad que le da contar con las tropas de otros
—¿A qué os referís?
Vio que estaba muy atento a sus palabras. Había interés en sus ojos y su cicatriz, a la luz del día, destacaba mucho más.
—Son muchos los soldados de Ashblane. Les he oído comentar que casi son demasiados. A los reyes les gusta tener a sus hombres más fuertes cerca de la frontera, como una primera defensa en caso de invasión. Pero, si llegan a ser demasiado poderosos, cualquier rey acabaría preocupándose.
Anthony se echó a reír al escuchar sus palabras. Parecía muy seguro de sí mismo y la miraba con arrogancia.
—Si lo que queréis es ayudar a vuestro hermano, os aconsejo que no me mintáis.
—¿Por qué? ¿Mi traición le proporcionaría una muerte rápida en vez de una lenta y dolorosa?
Pensó en Goult, atrapado en medio de la batalla.
Pero Anthony de Andley decidió ignorar su pregunta y seguir presionándola.
—Ese paje vuestro, ¿es muy importante para vos?
Estuvo a punto de desmayarse al oírlo, pero se agarró al alféizar de la ventana y cerró un segundo los ojos. Se dio cuenta entonces de que todo lo que había oído sobre el cruel y despiadado lord Andley era real. No tenía alma, corazón ni sentido del honor. Y era más inteligente de lo que había imaginado. No podía creer que la conversación con ese hombre hubiera llegado a ese punto. Se preguntó si habría adivinado la verdadera identidad de su paje.
Desesperada, se giró para mirarlo a los ojos.
—Si lo que pretendéis es amenazar con matar a alguien, lord Andley, preferiría negociar con mi propia vida.
—¿De verdad, lady Randwick? ¿Por qué estaríais dispuesta a algo así?
No quería volver a abrir la boca. No entendía tampoco qué quería de ella.
Porque sabía que querría algo, como todo el mundo.
—Os lo preguntaré de nuevo, ¿cuántos hombres tiene?
—Tres mil —le dijo sin mirarlo a la cara.
Le dijo cuántos hombres tenía y sus puntos débiles. Tampoco olvidó mencionarle los aliados que su hermano tenía hacia el oeste. Le confesó todo lo que sabía y no omitió nada ni le mintió. Con la vida de su hermana en juego, no pensaba arriesgarse.
Creía que Goult iba a tener que asumir lo que acaba de contarle a lord Andley
—Gracias —le dijo el hombre cuando hubo terminado.
Sus palabras eran tan frías y vacías de contenido como sus ojos. No dejaba de observarla. Su mirada era gris como la pizarra, como un lago en un día plomizo. Sus ojos eran pálidos y no podía interpretar lo que sentía. Era el hombre más distante que había conocido nunca. Durante unos instantes, se sintió desorientada y vulnerable.
—La seguridad de mi clan es lo más importante para mí, lady Randwick —le dijo después—. Haré cualquier cosa para protegerlo. Cualquier cosa. Recordadlo bien y puede que así viváis lo suficiente para poder regresar a vuestro querido Heathwater.
Asintió con la cabeza porque eso era lo que Anthony de Andley esperaba de ella, pero no podía haber estado más equivocado. Heathwater no era su hogar, no tenía buenos recuerdos de ese sitio.
Lo miró mientras salía de la alcoba.
De haber podido quemar ella misma el castillo de Heathwater, así lo habría hecho. Y si le hubieran podido garantizar que su hermano Neal y Liam Williamson perecerían en el incendio, se habría alegrado aún más. Los fantasmas de diez años de odio no la habían abandonado. Cerró los ojos para que se esfumaran los recuerdos. No se le olvidaban los gritos desesperados de su marido asesinado. Sintió una fuerte presión en el pecho que le impedía respirar. Se agarró a una silla y se sentó como pudo.
No quería pensar en ello, no cuando estaba en una situación tan complicada como esa, no era el momento de recordar aquello. Intentó convencerse de que debía concentrarse en la seguridad de Jemmie y en la suya propia, en nada más.
Después de eso...
Pensaba rezar para que el cruel señor de Andley consiguiera acabar con el castillo de Heathwater y con todos los que lo habitaban. No quería volver a pensar en todo aquello. No podía...
Anthony entró en la capilla de la fortaleza. Las velas encendidas en la sacristía lo guiaron hasta donde Ian yacía en el suelo.
Le quitó la tela de los Anthony y trazó con sus dedos una cruz sobre la fría frente de su amigo. Sobre el estómago del muerto habían colocado un plato con sal. Tomó un pellizco y la tiró hacia las cuatro esquinas de la capilla.
—Que el Diablo permanezca lejos de tu alma y tu viaje al Cielo sea dulce — rezó en voz baja.
Con mucho cuidado, colocó la daga que su querido amigo llevaba metida en la manga de la chaqueta. Le gustó ver que alguien había tenido el buen juicio de limpiar la punta y afilarla.
—Te juro que vengaré tu muerte —susurró entonces—. Lo juro por el alma de la Virgen María y la sangre de Nuestro Señor.
Se dio cuenta entonces de que esas palabras sonaban extrañas en su boca.
Intentó recordar cuándo había rezado por última vez. Quizás fuera en Crecy, en Alejandría o en El Cairo. Levantó la vista hacia el techo abovedado y se fijó después en el retrato dorado de la Sagrada Familia que estaba colgado en una de las paredes. Adam Armstrong era un hombre devoto y vio que su capilla así lo reflejaba. Se quedó mirando el retrato de la Virgen María en esa pintura. Su melena era del mismo color que la de Candice Randwick.
Desesperado, sacudió la cabeza. No podía creerse que estuviera pensando en su sedosa piel de porcelana ni en su pelo de oro. Se arrepentía de haberla secuestrado. Pensó que lo mejor sería dejarla en esa fortaleza para que Armstrong la enviara de vuelta con su hermano. Creía que los rehenes no iban a aportar nada bueno a Ashblane, sino que sólo conseguirían poner a su gente en peligro. Siempre se preocupaba mucho por la seguridad de su castillo. Pero, a pesar de todas esas razones, sabía que no estaba dispuesto a hacerlo.
—¿Por qué no puedo dejarla aquí? —se dijo en voz alta, sin dirigir su pregunta a nadie en particular.
No entendía por qué sentía que debía llevarla con él e incluso protegerla.
—Creo que me ha hechizado, Ian. Creo que ha usado su magia negra para echarme algún tipo de maldición —murmuró
Sintió un fuerte dolor en el brazo herido. No se encontraba bien y creía que la culpable era esa mujer.
Suspirando, levantó la manga de la camisa para ver mejor la herida. Tenía sangre oscura por todo el brazo. El dolor era insoportable. Mucho peor incluso que en El Cairo, cuando le rajaron la cara desde la mejilla a la sien.
Se arrodilló y se santiguó sin mover el brazo de su lado. Después de terminar con sus oraciones, salió de la capilla y fue a donde estaban sus soldados. Esperaba que el mareo que sentía fuera sólo algo temporal y que no le hiciera caer de su caballo antes de llegar a las tierras de Ashblane.
