El silencio en la sala era tan denso que prácticamente podía cortarse con un cuchillo. Tsunade permanecía sentada en su parte del escritorio, con ambas manos sobre la mesa, retorciéndose los dedos de forma nerviosa, algo bastante inusual en ella. A su lado, recostado contra la pared donde no llegaba la luz de la ventana, estaba Kakashi, el cual seguía con su habitual silencio calmado. Los ojos castaños de la Hokage se posaron en la chica que estaba sentada frente a sí, con una ligera sonrisa de seguridad.
Habían pasado casi cinco años desde que la viera por última vez, aunque nadie de Konoha aparte de ella, Jiraiya y el Tercero la habían visto en catorce años. Los ojos de la joven eran límpios, puros, transparentes, llenos de una energía jovial y tranquilizadora...muy lejos de la mirada fría que esperaba haber encontrado en ella después de tanto tiempo. Al mirarla, veía aún a aquella niña inocente y rota por dentro que lo había perdido todo hacía ya tanto tiempo. A pesar de que debía tener casi diecisiete años, parecía bastante más niña. Sin embargo, la adolescente que tenía ante sí desprendía una calma y una tranquilidad admirables.
La Quinta suspiró pesadamente y después volvió a mirarla.
- Me gustaría saber qué circula por tu cabeza, Fuuko... -se explicó la mujer.
- ¿He hecho algo malo...? -inquirió la rúbia arrugando las cejas.
- No, pero...¿por qué tan de repente? -preguntó la Hokage.
- Los catorce años han pasado -respondió Fuuko- Tal como prometí, he regresado a Konoha.
- Lo entiendo, pero aún así... -empezó la mayor, recapitulando mentalmente- ¿Qué hay de tu "pequeño" problema...?
La aludida permaneció quieta por unos instantes, aunque depués agachó levemente la cabeza y sonrió con tristeza.
- Está todo bajo control, Tsunade-sama -expuso con seguridad- Hace más de cuatro años que no ha vuelto a suceder...
Kakashi permanecía con todos sus sentidos puestos en la conversación. Era evidente que la Quinta confiaba en él al permitirle su preséncia en aquella habitación. La mirada de Tsunade se tornó reprobatória.
- ¿Estás segura?
Fuuko apenas de lo pensó unos instantes.
- Por supuesto -añadió.
Tsunade pareció dudar por unos instantes, pero finalmente pareció aceptar sus palabras.
- Confío en tu juicio -dijo con seguridad- Aunque preferiría realizarte un estudio físico y del chakra yo misma.
- No tengo nada en contra -respondió la chica con una sonrisa infantil. Después, sus ojos se iluminaron- Así...¿qué? ¿Puedo regresar a Konoha?
- Ya lo has hecho -sonrió la Hokage amablemente- Y de forma muy llamativa, me atrevería a decir...
- Ah...ya... -enrojeció la chica, al recordar su actuación ante aquel grupo de jóvenes ninjas- ¿Cómo se ha enterado...?
- El joven Nara ha venido a darme el parte de inmediato -aclaró la mujer. Después, cambió rápidamente de tema- Bueno, oficialmente ni siquiera eres ninja, así que haremos una excepción y te concederemos el grado de genin tras comprobar tus habilidades...aunque seguramente eso es innecesário. Después deberás realizar el exámen de Chuunin para...
- Tsunade-sama -interrumpió repentinamente Fuuko- Siento decirle que no tengo ningún interés en convertirme en chuunin.
- ¿Qué? -exclamó Tsunade sorprendida.
Aquellas palabras llamaron también la atención de Kakashi, el cual se incorporó levemente y se acercó a las dos mujeres, uniéndose a la conversación de la que hasta entonces había permanecido al márgen.
- Fuuko -dijo el jounin- Todos los ninjas necesitan ascender de grado si estan preparados para ello. Si quieres reincorporarte a Konoha, deberás actuar y aspirar al igual que todo ninja.
La chica recapituló sobre aquellas palabras, pero después inclinó levemente la cabeza, dejando que unos mechones rúbios cubrieran sus ojos, de un azul límpio y transparente.
- Yo...no es que no quiera... -se explicó la joven- De hecho, siempre he querido ser una ninja...tal y como prometí una vez... Pero antes he visto a Naruto...
La verdad se hizo patente en la mente de Tsunade. La mujer suspiró con aceptación y miró a la chica con tristeza. Los ojos azules de esta parecían haberse apagado notablemente.
- Sé que no...no tengo ningún derecho para con él... -empezó a hablar con voz rota- Aunque fuera contra mi voluntad, le dejé solo cuando apenas era un recién nacido... Pero cuando hoy le he visto... me ha recordado tanto a nuestro padre... Son...casi idénticos... Es su viva imagen... Seguro que cuando Naruto crezca será casi una cópia de él... -las lágrimas casi asomaban en sus ojos- Y yo...quiero recuperar todos estos años perdidos... Porqué soy su hermana...creo que es suficiente razón...
Los dos adultos contemplaban totalmente sosprendidos y a la vez apenados la desaparición de la seguridad de la joven Uzumaki.
- Por eso no puedo ocuparme en exámenes y demás... Quiero que Naruto sepa la verdad... Quiero que sepa que tiene família, aunque sea sólo una persona... Me gustaría entrenar con él, saber qué técnicas posee, cómo las ha desarrollado, enseñarle nuevas, acabar agotados después de días de entrenamiento... Quiero acercarme a él, saber cómo es, qué le preocupa, ayudarle, protegerle...
Tsunade reflexionó sobre todo lo que había oído, sin dejar de mirar intensamente a la chica.
- En otras palabras, ¿prefieres seguir siendo una genin y poder estar al mismo nivel que Naruto? -inquirió la Quinta.
- Exacto -respondió Fuuko con determinación- Os ruego que me permitáis permanecer como gennin...
La Quinta pareció pensar su decisión unos instantes, en los cuales la joven permaneció tensa. Al final, pero, la legendária Sannin asintió con una leve sonrisa.
- Espero que no le des problemas a tu hermano en las misiones y le ayudes en cuanto puedas. Si no, yo misma me encargaré de ponerte en tu sitio.
El rostro de la rúbia muchacha se iluminó por completo, mientras una enorme sonrisa se dibujaba en él.
- Se lo prometo, Tsunade-sama -dijo agudamente.
Dicho esto, la chica se puso en pie y se alejó hacia la puerta, con un entusiasmo y una jovialidad dignas de la hermana mayor de Naruto. Antes de irse, pero le dirigió una sonrisa cargada de calidez a la Hokage.
- Se lo agradezco mucho, Tsunade-sama -dijo muy feliz- Siempre ha hecho todo lo que ha podido por mí...
La puerta se cerró tras la rúbia una vez se marchó. Después, un silencio aplastante, como si nunca hubiera ocurrido nada. Kakashi permaneció quieto unos cuantos segundos, aunque después dirigió la mirada de su ojo negros hacia la mujer de aspecto veinteañero.
- Hokage-sama... -dijo levemente- No es que dude de usted, pero me extraña que alguien tan firme en cuanto a las normas ascienda con tanta facilidad a alguien a gennin...además de permitirle no presentarse a los exámenes de chunnin...
La mirada castaña de Tsunade impactó sobre la suya, mostrando una seriedad increíble. Después de mantener el contacto visual por unos segundos, lo rompió bruscamente y entrelazó los dedos de ambas manos, mirando hacia la ventana abierta.
- No voy a mentirte, Kakashi -dijo firmemente- No negaré que lo he hecho con segundas intenciones...
El jounin observó detenidamente a la mujer, detectando en su rostro una seriedad que nunca antes había notado. Sin saber la razón, Tsunade le pareció más cansada que nunca antes en su vida. La mirada castaña de la Hokage estaba perdida, fingiendo contemplar la villa de Konoha. En aquellos ojos podía entreverse una preocupación muy intensa, algo que no había sentido desde hacía meses.
- Existe una razón para el regreso de Fuuko a Konoha...
La tensión que reinaba en el ambiente terminó por afectar también a Kakashi, que puso su total y absoluta atención en la Quinta, la cual parecía meditar muy bien sus palabras.
- En estos momentos, Uzumaki Fuuko es una de las cuatro personas...que tienen alguna posibilidad de derrotar...a Uchiha Itachi...
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Konoha no había cambiado tanto. De hecho, permanecía casi exactamente igual a cómo recordaba en su difusa memória de tres años. Sin embargo, a la vez todo le parecía diferente. La última vez que había andado por aquellas calles, lo veía todo como una criatura, una niña apenas. No podía compararse a lo que le ofrecía en aquellos momentos la mirada.
No sabía exactamente qué hora era, pero empezó a oír unos gritos agudos e infantiles muy cerca. La chica saltó ágilmente un muro de madera y observó la escena. Una leve sonrisa se dibujó en su expresión. La Académia Ninja. El lugar en el que había alcanzado a estar durante unos pocos meses de su vida. Así mismo, durante muchas tardes había ido a jugar allí con...
Una repentina nostálgia la llevó hacia allí. Andó tranquilamente por aquel patio de pocos pero frondosos árboles. Vió el columpio en el que una vez su padre le ayudara a subir. Entonces, escuchó una voz masculina cercana, la cual sonaba realmente afable. Dirigió sus ojos azules hacia aquel lugar, para ver un hombre rodeado de niños, los cuales parecían despedirse de él, todos con grandes sonrisas.
- ¡Hasta mañana, Iruka-sensei...!
- Hasta mañana, chicos -respondía el moreno, con una dulce sonrisa- Practicad mucho, ¿eh?
- Sí, Iruka-sensei -respondieron ellos a coro.
Los niños empezaron a salir a toda prisa de del patio, dejando al ninja de cabellos, piel y ojos oscuros sonriendo cálidamente, viendo como sus alumnos se alejaban. Iruka se dió la vuelta, dispuesto a entrar de nuevo en la escuela, pero entonces sintió una cálida brisa tras de sí. Giró rápidamente sobre sí mismo, para ver a una chica de cabellos rúbios e intensos ojos azules, la cual sostenía un sombrero oriental en su mano izquierda.
Sonreía. Una sonrisa que le trajo unos recuerdos increíbles. El recuerdo de un pasado lejano, de cierta persona que creía haber olvidado...
- Hola, Iruka-kun... -dijo ella levemente, recostada con una mano en el tronco de un árbol.
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La mente de Kakashi trabajaba a toda velocidad, tratando de asimilar el impacto de las palabras de la Quinta. Tsunade no parecía reparar en su reacción, simplemente seguía en la misma posición pensativa. El jounnin no pudo resistirse y se plantó frente a ella, mirándola con absoluta sorpresa.
- Tsunade-sama... -dijo, casi sin voz- ¿Pretendéis...crear un enfrentamiento entre Uchiha Itachi y ella? ¿Así sin más?
- Yo nunca he dicho eso -le reprochó Tsunade, mirándole casi con enfado- Fuuko necesita aún un fuerte entrenamiento. Es posible que algún día tenga el poder necesário para derrotar a Uchiha Itachi...
- Pero...Tsunade-sama... -protestó de nuevo Kakashi- Nadie que no posea el sharingan puede enfrentarse a ese Uchiha.
- Uzumaki Fuuko aprendió el Kage Bunshin cuando tenía tres años -soltó de repente Tsunade.
- ¿Qué? -inquirió Kakashi, sin entender el porqué de aquel giro en la conversación.
Sin embargo, Tsunade estaba dispuesta a seguir con lo suyo.
- A los cuatro dominaba la Técnica del cambiazo a la perfección -continuó, sin inmutarse de la reacción del jounnin- Manipulaba su chakra de una manera admirable a pesar de los problemas que tuvo inicialmente. A los seis adquirió el Kazegafuku junto con el Kirikizu. A los ocho dominaba a la perfección el elemento aéreo, junto con ciertas técnicas basadas en la cópia de la realidad -sus ojos castaños se posaron de lleno en Kakashi- Es absolutamente increíble que en su situación y su estado psicológico produjera tantos avances. Por sí sola llegó a desarrollar técnicas que nadie le enseñó.
- ¡Pero ni siquiera con esa habilidad podrá derrotar a Uchiha Itachi...! -aseguró el jounnin casi fuera de sí- Un enfrentamiento entre esos dos supondrá la muerte de Uzumaki Fuuko.
- No estés tan seguro -apuntó Tsunade, apoyando un brazo sobre la mesa.
Kakashi se silenció ante la seguridad que emanaba la Hokage. No podía entender cómo podía ser tan optimista ante una teoría como aquella. La mujer suspiró lentamente y se recostó sobre el respaldo.
- Esa ninja...aún no ha mostrado su técnica más poderosa... Es una técnica quizás simple, pero que bien utilizada... podría llegar a vencer al sharingan...
Los rasgados y exóticos ojos marrones de Tsunade se posaron totalmente en la mirada oscura de Kakashi, el cual no era capaz de sacar los ojos de ella.
- E incluso quizás matar a Orochimaru...
+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+
Ambos jóvenes reían, sentados tranquilamente al pie de uno de los árboles de la Académia Ninja. Llevaban ya un rato hablando animadamente. La diferéncia de edad entre ambos no parecía impedir que regresaran a aquellos tiempos de infáncia que vivían en su memória. La rúbia miró levemente al moreno, deteniendo su risa pero no borrando su sonrisa.
- Así que...te convertiste en Sensei, tal como querías...
- Sí -asintió Iruka, con una sonrisa complacida- Aunque me sorprende que te acuerdes de que yo dijera eso... Aún eras muy pequeña cuando te ví por última vez...
- Eso es verdad, pero siempre fuiste como un hermano mayor para mí -respondió Fuuko con una sonrisa maliciosa- Era una pesada... Siempre te enredaba para que vinieras a jugar conmigo... Y eso que tú tenías más de 10 años...
- Ya, pero me lo pasaba muy bien a tu lado... -respondió el chunnin sonriendo con melancolía- Me dolió mucho saber que habías dejado la aldea...
Aquella expresión pensativa desapareció de su rostro, mientras la miraba y le sonreía de un modo casi infantil.
- Pero, bueno, ¿a qué se debe este regreso tan repentino...? -preguntó el chico.
- Bueno... -susurró la chica, dibujando una sonrisa triste en su rostro- Quería...acercarme un poco a Naruto...
- Ah, ya... -dijo de repente el moreno, pensativo, mientras dirigía su vista al cielo- Si quieres verle, te aconsejo que vayas con cuidado...
Fuuko le miró. Era evidente que él conocía muy bien a Naruto. Seguramente sabía más de él de lo que muchos podrían llegar a conocer jamás. El chico de piel oscura ahogó un suspiro, mientras se ponía en pie.
- Naruto cree que nunca ha tenido hermanos... -explicó- Siempre le han ocultado tu existéncia... Ni siquiera sabe quién era su padre... Todo el pasado de Naruto ha sido borrado de los archivos de Konoha. No sabe nada de su família -añadió, mirándola- Quizás...deberías ser precavida con lo que le dices... Seguramente deberás explicarle las cosas poco a poco...
La chica no dijo nada, pero después dobló las rodillas y se abrazó las atléticas piernas con ambos brazos. Sus ojos azules no fueron capaces de ocultar su inseguridad.
- Tienes razón... -susurró- No creo que fuera fácil para él...saber que es hijo del Cuarto...
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La noche era preciosa. El kitsune tuvo que reconocerlo. Las estrellas se encendían aquí y allá como millones de velas que nunca parecían apagarse, mostrándose mortecinas en aquella inmensa oscuridad. Suspiró con pesadez y se dejó caer de espaldas sobre el tejado, colocando sus brazos tras la cabeza. Estaba más pensativo que de costumbre: sus rasgados ojos azules lo denotaban.
Había estado pensando mucho en aquella ninja, la chica de cabellos rúbios y ojos color cielo. Seguía pareciéndole increíble que se semejara tanto a aquella técnica suya. Había sentido algo muy insólito cuando ella se le había acercado. Una espécie de nostálgia, quizás... Una sensación de calor y de familiaridad que le habían hecho sentir vivo. Inspiró profundamente y dejó salir el aire de un modo calmado. El viento transportó una hoja hacia él, la cual cayó sobre su nariz.
La cogió entre dos dedos, mirándola por todos lados. Sin apenas concentrar chakra, consiguió cortar la hoja en dos partes exactamente iguales. Desde que Sasuke había regresado, Kakashi le había enseñado aquel método de entrenamiento para fortalecer su dominio sobre el viento.
Empezaba a funcionar.
De repente, escuchó el conocido sonido de unos nudillos golpeando la puerta de madera. Se incorporó un poco molesto, preguntándose quien sería a aquellas horas, mientras entraba de un salto por la ventana de su cuarto. Andó descalzo por la casa y abrió la puerta, esperando encontrar quizás a Kakashi, Sasuke, Sakura o quizás a Hinata, que últimamente había ido muchas veces a verle por las tardes.
Tras el umbral había una figura femenina, un poco más alta que él. La luna lanzaba reflejos de plata en aquellos largos cabellos dorados recogidos de aquel particular modo. Unos ojos azules pálidos y tétricos en aquella oscuridad, aún así de una belleza expectante. Naruto se quedó de piedra, contemplando a la chica que veía frente a sí, la cual no parecía mirarle a él, si no a través de sí, llegando al lugar más recóndito de su mente.
Una leve sonrisa iluminó la expresión de la chica.
- Te dije que nos volveríamos a ver, Naruto.
El portador del Kyuubi no supo qué le impulsó a aceptar la petición de ella, unas simples palabras que salieron de aquellos rosados labios pidiéndole que le dejara pasar. El chico sólo alcanzó a apartarse del camino y a dejarle pasar. Era algo inconsciente: toda precaución había desaparecido de su mente.
La rúbia entró en la casa y miró alrededor: la desordenada cocina, la ropa esparcida por el suelo, los platos apilados en el fregadero... Sin duda era un desastre. A pesar de ello, una sonrisa emmarcó sus labios. Giró sobre sí misma para mirar al chico, el cual seguía observándola con precaución y quizás incertidumbre en aquellos ojos color cian. Entendió de inmediato qué debería suponer para el chico dejar entrar a una extraña en casa. Lentamente, deshizo la correa de su portakunáis, tanto el del muslo como el del brazo. Se los tendió al chico, el cual los cogió sin entender nada.
- No voy a atacarte, Naruto... Nunca te haría daño -dijo la chica de un modo sincero.
El chico no supo qué decir. La cercanía con aquella muchacha le producía una extraña añoranza que no era capaz de entender. Le ofreció asiento a la chica, la cual aceptó sin decir nada y se sentó con las piernas cruzadas frente a él. El silencio les sumió en su infranqueable manto, del cual no pudieron escapar. La rúbia paseaba su mirada aquí y allá, observando cada detalle de la estáncia. Naruto, por su lado, no le quitaba los ojos de encima. Demasiadas preguntas que requerían respuesta.
- Escucha...¿se puede saber quién eres? -inquirió mirándola con intensidad.
La chica fingió no darse cuenta de aquella pregunta, pero después hizo resbalar su mirada hasta clavarla en los ojos azules del chico. Aquella intensidad le pilló por sorpresa.
- Creía que era evidente, ¿no? -preguntó con sorna.
Dicho esto, ella se incorporó levemente sobre el asiento, acercándose a él lo suficiente como para que sus ojos quedaran a la misma altura.
- Yo estuve aquí hace catorce años...la noche en la que Kyuubi atacó Konoha... -empezó a explicar.
El corazón del rúbio se estrujó de repente. ¿Por qué sabía ella sobre Kyuubi...? Entonces...¿era verdad que había sido una ninja del país del Fuego? Escuchó con más atención las palabras que decía la chica, la cual miraba hacia otro lado de un modo distraído.
- Yo no nací aquí en Konoha...pero fuí traida aquí al nacer y viví aquí durante tres años...hasta que el Bijuu legendário arrasó la villa... Desde ese momento, aunque sólo tenía tres años, me ví obligada a marcharme de Konoha... He vivido lejos de la villa durante todo este tiempo... Sin embargo, siempre he querido regresar...
Le miró ahora directamente. Naruto sintió como si penetrara en su corazón, en su alma, desnudando todos sus sentimientos y sus emociones pasadas...
- Aquel fatídico día dejé atrás a un niño... Apenas era un recién nacido y le esperaba un negro destino... Recuerdo sus dulces ojos...eran muy azules...como los míos... -una suave sonrisa se dibujó en sus labios, expresando una fuerte ternura- Como los tuyos...
Todo escaseó de sentido en aquel momento, solamente la increíble y absoluta revelación que intuía que iba a tener lugar. La sonrisa desapareció de la expresión de la chica, para dejar únicamente una leve y suave tristeza.
- El portador del Kyuubi...el último Jinchuuriki...era mi hermano...
La reacción de Naruto no fue la que se esperaba. El chico se puso en pie bruscamente, mirándola fijamente con los ojos azules enormes y la boca ligeramente entreabierta. El rúbio ni siquiera parecía respirar. Podía notarse un gran dolor apoderándose de su ser, una angústia y una sorpresa que dominaban su alma por completo...
- ¿Qué...qué has dicho...? -preguntó, viéndose incapaz de creérselo.
La chica se negaba a sostenerle la mirada, pero al final entabló un fuerte contacto visual con él, sacando valor de no se sabe dónde.
- Mi nombre es Uzumaki Fuuko... No hace falta que te explique...qué tipo de parentesco tenemos... Es evidente -finalizó, entornando sus ojos, tan parecidos a los del chico.
Naruto seguía sin reaccionar. Cientos de sentimientos trataban de mostrarse a la vez, miles de emociones ya pasadas...
Recordaba sus tristes años... Despreciado, humillado, abandonado por todos... Creyéndose solo en el mundo, poseído por un monstruo la sombra del cual todos parecían ver en él... Derramándose a cada instante en lágrimas por cualquier rincón de la villa, dejando sueltos su angústia y su dolor cuando nadie podía verle...
Nadie sabía quiénes eran sus padres, nunca nadie le había dicho si había nacido en Konoha, si tenía hermanos o família alguna, si alguna vez había alguien que le había querido...
Todos le daban la espalda. En el fondo, sabía que estaba destinado a seguir vagando solo por su negro mundo, sin alguien en quien recostar su dolor...
Y entonces, cuando se resignaba a no conocer jamás su orígenes, aparecía ella. Aquella chica que se parecía tanto a él. El mismo color de piel, los mismos cabellos rúbios, los ojos rasgados y azules idénticos...
Ya no tenía dudas. Sentía que por fín existía algo antes de Kyuubi, algo antes del terrible momento en el que se convirtió en el contenedor de un monstruo...
La chica que tenía delante, mirándole con aquel deje de ternura, no era otra que con la que compartía su sangre, el poder que fluía por sus venas, una unión mística y poderosa, más allá del afecto o la comprensión...
Su única família. Família...que curioso le resultaba pensar en aquella palabra...
Poco a poco, notó que sus ojos se llenaban de lágrimas. No era un llanto de dolor, de angústia o de desesperación...
Únicamente una manifestación de cuanta felicidad sentía, de cuanto alivio, de cuanto calor sentía en el pecho, una sensación que casi le quemaba... Sin dudarlo, se llevó la mano al corazón, estrujándoselo de un modo desesperado, con los ojos rezumando lágrimas clavados en el piso.
- Después de tanto tiempo...resulta que...tengo família... -una sonrisa quebrada por las lágrimas cruzó su rostro- Al menos...tengo una hermana...
Fuuko quedó totalmente petrificada. Había sido tan precavida como había podido. Aún así, esperaba que Naruto se enfureciera, que la atacara, que la rechazara... Después de todo, era una absoluta extraña para él.
Por eso, no esperaba que lo siguiente que sintiera fuera los brazos del chico rodear su cuello, aferrándose a ella como si le fuera la vida. Sintió el rostro del muchacho hundirse en su hombro, sus manos aferrar su ropa con fuerza...lágrimas calientes como gotas de cera resbalar por su piel. Escuchó cerca de su oído los llantos retenidos, un sentimiento de consuelo que se le clavó como una daga en el alma. La chica cerró los ojos levemente. Sus manos acariciaron levemente la espalda del chico, fundiéndose ambos en un abrazo lleno de cariño y apoyo.
Se sintió como abrazando a un niño, un muchacho que apenas acababa de llegar a la adolescéncia, con un alma sensible y fácil de herir, hecha de un cristal tan frágil que se rompía con sólo mirarlo.
Aquel reencuentro significaba el fin de la soledad de ambos. El fín de una separación iniciada por unas circunstáncias que ellos no había elegido.
Una gota caliente y transparente resbaló por la mejilla de Fuuko Uzumaki.
Juntos por primera vez...en catorce años.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
La bruma se levantaba en el bosque tenebroso como queriendo proteger los secretos que allí se guardaban. Ocho siluetas se movían en la oscuridad, camuflándose perfectamente en las tinieblas grácias a sus ropajes negros. No hacían ruido al moverse, a pesar de que muchos de ellos eran de una altura considerable.
Solamente dejaban atrás el tétrico sonido de un cascabel.
Las ocho figuras se dirigían hacia un lugar en concreto, un claro sumido en sombras donde les esperaba alguien. La figura en particular permanecía de pie encima de un roca, de espaldas a ellos. En su túnica negra podían verse los dibujos de unas nubes rojo oscuro. En el anillo que llevaba con gran firmeza en su pulgar podía leerse el carácter "nada". Al sentir la preséncia de los demás, se dió la vuelta, de modo que su rostro quedó oculto en la oscuridad. Todos los presentes podían notar su fastidio.
- ¿Por qué tan tarde...? -inquirió.
- Je... -se quejó un tipo que portaba una guadaña con tres hojas en su mano- El mierda de Kakuzu, con su p- obsesión... Se ha parado a atracar una aldea por el camino.
- Hidan, mide tus palabras o te rebano la cabeza...otra vez... -respondió uno de los más altos.
- Ya basta -dijo el que había esperado- Os he llamado para anunciaros algo.
Las ocho figuras permanecieron expectantes. Sentían la mirada fría e infusilánime del líder mirarles uno por uno. Al fin, este se irguió y empezó a hablar.
- En la estátua...ha aparecido un décimo ojo...
Un murmullo casi inaudible recorrió a todos los presentes, los cuales se miraron unos a otros, visiblemente sorprendidos. Solamente una persona permaneció impasible, sin moverse, aparentemente sin sorpresa. El sombrero oriental que cubría su rostro ocultaba a la perfección sus ojos, aunque dejaba ver unos mechones negros que asomaban por debajo.
- ¿Y cómo debemos interpretar eso...? -inquirió uno de ellos, de cabellos rúbios.
- Ni siquiera yo lo sé -respondió el líder- Hay un ojo por cada Bijuu... Nunca había creído posible la aparición de un décimo...
- ¿Quieres decir que hay...otro Bijuu? -preguntó el que portaba una enorme espada.
Todos guardaron silencio. Para ninguno era imaginable algo semejante. ¿Un décimo Bijuu? Las leyendas lo contaban claramente: existían nueve demónios malignos en el mundo, nueve en total, cada uno más poderoso que el anterior. El Kyuubi era el más fuerte y legendário de todos, con un chakra ilimitado. Sin embargo...¿qué significaba el décimo ojo en la escultura del sellado?
Al cabo de unos minutos, el líder inspiró calmadamente y les observó a todos en profundidad.
- Solo quería informaros para que estubieráis ojo avizor... -anunció- Ahora regresad a capturar a los Bijuu.
Al oír aquellas palabras, las figuras se fueron dispersando, algunas desapareciendo en la nada, otras a una velocidad increíble. El muchacho que había permanecido firme se dió media vuelta y se dispuso a marcharse junto con su compañero. No obstante, una voz le detuvo.
- Itachi -llamó.
El aludido se detuvo lentamente, girando levemente la cabeza para clavar su mirada en el que había pronunciado su nombre.
- ¿Vas a pasarte por Konoha pronto, verdad...? -inquirió el Líder de Akatsuki- Si es así, procura ir con cuidado... Algo me dice que encontrarás algún que otro obstáculo.
Aquellas palabras parecieron herir profundamente el ego del Akatsuki, el cual le dirigió una muerta pero ardiente mirada roja como la sangre, machada con motas negras, a su líder.
- Mataré a cualquiera...que se interponga en mi camino...
