—Disclaimer
Star Trek: The Original Series [1966-1969] no es de mi propiedad. Todos los derechos son de Paramount Pictures.
DEL ROCE NACE EL CARIÑO
—2—
—Los humanos tenemos algo llamado «preliminares». Sirven como una forma de conocer las preferencias de la pareja sexual, además de ir calentando los motores —empezó a decirle la siguiente vez que se encontraron en sus habitaciones.
Eso fue una semana después.
McCoy creyó que le venía bien un poco de diversión luego del incidente del USS-Constellation y la pesadilla de máquina tragaplanetas con la que se habían hallado mientras patrullaban aquel sistema. Spock pareció darle la razón en que ese era un buen momento para que ambos se diesen rienda suelta porque no le hubo recibido de mala gana dentro, y porque había puesto a quemar un poco de esos inciensos suyos de especias vulcanas nada más se sentó en su cama.
—Los preliminares incluyen caricias de todo tipo —continuó—, comentarios, besos en el cuerpo y en la boca. Los que van en la boca, ésos podemos excluirlos. Si le apetece.
—Estoy perfectamente informado de la actividad —reveló Spock a un lado suyo, antes de inclinarse sobre él y ponerle un beso pequeño justo en la boca.
—Vale, vale. Veo que no tiene problema con ellos —soltó McCoy, incómodo e hizo la cara hacia otra dirección. Las mejillas le ardían y las manos sudorosas se le volvieron garras sobre el satén rojo de la manta—, y creo que me empieza a constar que se ha puesto a investigar a profundidad la situación. En fin —enronqueció—, ¿qué más… ha concluido? ¿Alguna cosa que le cause inquietud o curiosidad? ¿Posturas, lugares…? ¿Situaciones?
Spock se puso la mano sobre la barbilla para considerar las palabras del terrestre, McCoy creyó que era la primera vez que veía un gesto de cavilación cruzar las facciones de su cara.
—¿Qué posición prefiere desempeñar usted? —preguntó luego de unos minutos haciendo batido de neuronas en silencio.
—¿Disculpe?
—En lo que he revisado sobre el tema de la copula terrestre, es esencialmente igual a la vulcana. Las diferencias son mínimas y todas están centradas en la anatomía de los órganos genitales. No obstante, no pude privarme de notar que en la copula específica entre los machos de su especie, la cual al parecer es tolerada por las sociedades terrestres, uno ha de desempeñar el rol activo y el otro, el rol pasivo. ¿Cuál es el rol de su preferencia? Es lo que quiero saber.
«Diablos», pensó McCoy, había olvidado aquel detalle tan capital. Miró a la lirpa en la pared, al vulcano.
—¿Se refiere al tema —«O eterno dilema», pensó McCoy con algo de humor negro—, de quién va arriba y quién abajo? Bueno, pues, me gusta ser activo, señor Spock —tuvo que admitir.
Y, la verdad fuese dicha, es que no se trataba de una cuestión de mera preferencia o gusto o de que él estuviese muy apegado a hacer de sus genitales el centro de su experiencia sexual, sino de conveniencia pura. Él no era uno de esos entusiastas a los que les hacía mucha gracia tomar por el culo cuando tenía sexo anal con otros hombres o mujeres. Si podía evitar esa posición, lo cierto era que la evitaba sin pensárselo dos veces siquiera.
Y ya pesándolo todo con más detenimiento y por lo tanto con más prudencia, McCoy no tardó en presagiar que, si en ese preciso instante y por causa de su inexperiencia, Spock no tenía una idea clara de lo que le convenía al respecto, tarde o temprano —tiempo le sobraría para ello, vaya— al tomar nota de la diferencia que hacía un buen par de dedos en el culo y una polla yendo y viniendo sin llegar a conocer en la misma situación, él tampoco iba a querer desempeñarla. Y llegado el día, McCoy reconoció, él no iba a ser el más indicado para ponerse al tú-por-tú con Spock como en otros temas y cuestionarlo sin apenas descanso por ello. No sólo porque él ya se negaba tajantemente a poner el culo, sino porque sabía, y de muy buena mano, que el placer solía ser la búsqueda más egoísta de la galaxia y porque aceptaba que los seres vivos que compartían consciencias como las suyas, tan entre el instinto básico y la mesura que daba la racionalidad, eran susceptibles a olvidarse de todo por sólo un adarme de él.
No. Definitivamente no era él quien iba a tener la cara dura de juzgarlo cuando dijera que «Ya no más», pero entonces McCoy hubo de recaer en que lo más saludable e inteligente era adelantarse a ese escenario. Ya que no podía esperar de forma alguna que Spock fuese a dejarse partir el culo sin más y vez tras vez, McCoy tuvo que corregirse en su maña de dar por sentado su lugar como activo y admitir que esperar lo contrario de Spock no sólo no era viable, sino que era insostenible en el tiempo.
Con otros tíos le había ido de fábula porque, en la vastedad de aquella galaxia, no era muy probable que fuera a volver a hallárselos y repetir. Si su desempeño era deplorable —aunque ya se esforzaba porque no lo fuera, porque aquellos pobres diablos, tan diablos como él, se llevaran alguna cosa de esos encuentros esporádicos—, no tenía modo de crearse muchos remordimientos al respecto. Ni siquiera tenía modo de ponerles cara.
Pero con el vulcano iba a ser distinto.
No era un polvete de una noche: a él iba a topárselo por los corredores de la nave por los siguientes cuatro años. Con él compartía misiones y pertenecían a un mismo círculo social y laboral —en el Enterprise llevaban el mismo jersey azul, por Dios—; y el punto de aquel acuerdo era, en todo caso, que ambos tuvieran alguien fiable a quien recurrir para rascarse un poco y quitarse las ganas si es que las tenían.
«Quizás debería ceder un poco yo también», se dijo entonces McCoy. Al menos al principio, si quería ganar.
—Pero considerando su falta de experiencia sexual... de experiencia sexual consciente, quiero decir —tomó la palabra McCoy, rogando para que su voz no le fuese abandonar sin terminar lo que tenía para decir—, creo que... puedo aceptar ser pasivo mientras vamos tomándonos confianza. O sea, más confianza... y usted va aprendiendo algunas cosas. Luego podemos ir intercalándolos.
El vulcano ponderó sus palabras, en su rostro la reserva frente al razonamiento del médico era inocultable.
Ah, no, pensó McCoy al percatarse de las dudas del Spock. Eso sí que no. Apretó los puños, frunció el ceño: él no iba a quedarse allí tomando y tomando cada vez que tuvieran sexo. Así que creyendo que no le quedaba más que defender con apertura su punto y adelantándose a que verbalizara su opinión al respecto, McCoy le soltó el argumento que consideró más convincente para mantener el acuerdo dentro de sus intereses:
—La mayoría de los hombres y mujeres van de un rol a otro, señor Spock. Se le llama switching. Ayuda a mantener la igualdad de condiciones en la pareja.
Pero Spock pareció darle lo mismo la sensatez del argumento, y opinó igual:
—Dada su afinidad por el rol activo, había considerado ser yo quien desempeñara el rol pasivo.
—¿Ah? —dejó ir el médico cogido por sorpresa, pero hallándose, además de tentado, obligado a negarse. Sería un necio, por no decir tonto perdido, si se atrevía a ignorar lo que el sentido común ya le dictaba—. No, no. Créame un poco. Nos irá mucho mejor si hacemos como le sugiero. Intercalémonos, es lo más justo.
—Está bien.
—Pues —McCoy se levantó de la cama y notó por primera vez la temperatura de la habitación: no hacía tanto calor como la vez pasada. Seguro que Spock se había encargado de ello—, será mejor que empecemos con esto —dijo y ansiosamente tiró un par de veces del cuello de su jersey para quitárselo—. Necesito relajarme. Vaya día hemos tenido hoy, ¿no le parece?
—Lo ayudo —el vulcano se levantó también, le puso las manos sobre el torso del jersey.
—Déjelo —le dijo McCoy con calma—, ya puedo solo.
Spock lo ignoró y lo ayudó a tirar del jersey de todos modos.
Lo primero que McCoy encontró al deshacerse del trozo de tela, fue el rostro del vulcano cerca del suyo, sus ojos negros viéndole fijamente y unas ganas enormes de comerle la boca que se volvieron franca simpatía al notar el viaje que éstos hacían para examinar su pecho descubierto.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó burlón mientras abandonaba por primera vez la formalidad.
Spock, con el jersey en las manos y los ojos puestos en los suyos, no articuló palabra alguna.
—No te olvides de que puedes tocar si te apetece —sugirió McCoy deleitado con su reacción. Le halagaba que lo viera y más si lo veía así, claro, pero tanto más le apetecía que le pusiera de una buena vez las manos encima. Que para eso estaban allí, hombre.
Spock soltó el jersey entonces y este cayó entre los dos en un ruido sin eco, y con una torpeza que no conocía precedentes le pasó las palmas de las manos primero los hombros y después por los pectorales recubiertos en un grueso y oscuro vello que iba volviéndose una franja más delgada a medida que se acercaba al vientre.
McCoy apretó los labios para contener la risa y cogió a Spock por las muñecas.
—Te ayudo a quitarte la tuya —le propuso.
Pero realmente McCoy no esperó a que aceptara su ayuda para decidir que podía ir tirando de una vez de la ropa del Primer Oficial y desnudarlo, sólo lo hizo.
