Capítulo 2

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Antes de terminar con la lectura, por favor lean las aclaraciones que puse al final para mayor comprensión con respecto a algunos temas.

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Sumido entre sus propios pensamientos el Rey de Hinode, Okita Sougo, consumía su coctel con suma atención a las palabras del Ministro, quien por órdenes del Parlamento daba su consentimiento a que pueda continuar con su mandato de Rey. Había sido de gran alivio esas palabras, y es que el mismísimo heredero al trono no comprendía esa bajeza a la que era sometido. Las leyes habían cambiado hace más de un siglo y debía estar bajo el escrutinio de varios ancianos decrépitos y una ley antigua para ascender al puesto que se le había otorgado por medio de su linaje. Pero, claro, no podía discutir, no al menos hasta tener todos los consentimientos y estar seguro que su puesto de soberano no desaparecería.

Claro que acto seguido debía continuar con una serie de deberes que no eran de mucha importancia, según él. Uno de ellos era contraer nupcias con alguien digno de su persona. Su tío, el anterior rey Tokugawa I, había sido gran soberano digno de elogios y admiración, rodeado de una familia muy unida y un próspero porvenir. El reinado de aquel hombre fue apagándose, una peste de gran envergadura lo había afectado a tal punto que su vida había sido consumida completamente. Su hijo, Shige Shige, el heredero al trono, era honrado y bien educado. Un sucesor digno, que necesitaba conseguir una esposa para cumplir con las expectativas de su familia y de su pueblo. Pero, no habiendo terminado de sortear una gran calamidad como la muerte de su padre, al príncipe lo abatieron las guerras y termino siendo un difunto antes de siquiera comprometerse. Quien seguía en la sucesión incumplía con una de las leyes machistas, típicas de la época, Tokugawa Soyo, había nacido mujer y esa condición le impedía tomar el poder de su reino. Su primo, Okita Sougo, cumplía con muchos de los requisitos de la realeza y no salía de la línea sanguínea de los antecesores al trono.

El matrimonio entre primos no era nada fuera de lo normal, menos viniendo de la realeza, quien trataba de hacer cualquier cosa para continuar con el linaje. Soyo y Sougo se comprometerían en matrimonio una semana luego. Lo normal y típico era realizar esa celebración entre las paredes de su castillo permitiendo a los vasallos y pueblerinos concurrir a tal honrosa celebración. Pero el joven Rey tenía un problema que solucionar. Un pirata sucio y cobarde amenazaba sus flotas de guerra y mercantiles, hurtando y hundiendo sus barcos, y acribillando a sus guerreros.

―me llamaba, mi señor?―inclinado ante él estaba un oficial de su cuerpo de guerreros, el primer oficial y más sangriento de ellos, Imai Nobu, uno de los pocos que podía mantener una pelea con su majestad. Sougo lo saludo cordialmente.

―en unos días la flota principal de nuestro fuerte zarpara a la entrega de artillería para las próximas guerras, los pueblos del sur esperan una entrega rápida y segura, nosotros iremos junto a esa flota. ― explico.

―disculpe mi atrevimiento, mi señor, pero usted no debería de realizar su fiesta de celebración pre-matrimonial?―pregunto con sumo cuidado, tratando de sonar lo más respetuoso para no faltarle el respeto a su rey.

―lo sé, la celebración no puede esperar―se levantó de su asiento caminando unos pasos hasta llegar―pero los atentados no han dejado de suscitarse a lo largo del tiempo, incluso, durante el reinado de mi tío. Soyo partirá a mi lado junto a nuestras familias para hacer el arreglo matrimonial. La celebración con el pueblo será luego. Hay cosas mas importantes que solucionar―se acercó a Nobu apoyando la mano sobre su hombro―tu deber será no solo proteger la flota, si no a Soyo―

Nobu sintió un gran asombro por la preocupación de su rey hacia su prometida. Pero, si bien era real que le preocupaba el bienestar de ella, más no solo era por ser parientes, si no por ser parte de uno de sus deberes como rey. Amor del que las parejas o amantes se profesaban no existía, ni por su lado, ni por el de ella, pero el deber era el deber.

Luego de tener solucionado sus principales responsabilidades, de momento, se encamino por uno de los pasillos largos y solitarios de su castillo. Su futura esposa dormía en una habitación amplia y muy alejada de la suya. Entre el concreto y las miles de piedras con las que estaba hecho el castillo se podían encontrar el lujo, entre cada una de las habitaciones y pasillos, que enaltecían las generaciones pasadas y su propia figura. El mármol era una de las más abundantes piedras que se podían encontrar en cada rincón, al igual que el oro y la piedra caliza. También abundaban las alfombras diseñadas con figuras de batallas y adornos que contemplaban la nación. Obras maestras, como estatuas y pinturas de épocas pasadas que parecían redactar no solo la gloria del reino, si no las tragedias que esta misma había sufrido.

Llegando a su aposento la encontró cepillando su cabello vestida con una bata de seda, lista para dormir. El tiempo había pasado, los asuntos del día habían sido largos y tediosos. Suspiro antes de ingresar.

―no cenaras?―pregunto mirándola a través del espejo. Ella pego un salto en su asiento sorprendiéndose al escucharlo. Por acto de reflejo se giró mirándolo por unos segundos, estaba inclinado sobre el umbral, se veía de lo más casual del mundo, pero ella sabía que no era asi.

―no. No tengo hambre―Sougo iba a objetar cuando ella lo detuvo―no esperes que nos sentemos en el gran comedor cuando buscas pretextos para no pasar nada de tiempo conmigo― el castaño miro hacia otro lado mordiendo su labio inferior. Una clara expresión de que estaba molesto consigo mismo por no cubrir mejor sus intenciones.

―escúchame Soyo…―se acercó a ella por su espalda. La chica de cabellera azabache soltó su cepillo y lo miro a los ojos a través del espejo, viendo una clara intención de negarlo todo.

―entonces bésame―reclamo dándose vuelta sobre su asiento y levantando su barbilla hacia él.―nos casaremos de todos modos. Pero, deberíamos comenzar a probar lo que luego haremos cuando estemos unidos para siempre―

A pesar que sonara descabellado y fuera de lo común, Okita Sougo no quería hacerlo. Era su prometida, si, su futura esposa, sí, pero aun así no deseaba hacerlo. Y no es que fuera casto, en lo absoluto, había sido uno de los más mujeriegos de la cúspide real. Aun así sentía que algo lo detenía.

Inclino su cuerpo para tener un mejor ángulo para besarla. Aprovecho que tenía su rostro mirando hacia su persona y tomo su barbilla con sus manos para llevar acabo su accionar. Se acercó lo suficiente como para sentir su aliento y sentir su perfume. No supo porque pero trago saliva antes de acercarse un par de centímetros más. Soyo podía sentir como el pulso de su primo temblaba y la forma tan desesperada con la que cerraba sus ojos, ella noto su negación a tan simple acto, pero no objeto nada, ella estaba en una situación similar. Pero a punto de llegar a sus labios, a punto de siquiera rosarlos, un recuerdo fugaz de su infancia con una niña sonriéndole lo detuvo completamente obligándolo a alejarse de Soyo. La chica lo miro confundida, estaba agitado y pálido, como si ese intento de beso hubiera sido un acto de gran esfuerzo. Sin que ella pudiera cuestionarlo, el castaño salió de la habitación pidiendo disculpas y ordenándole que vaya a comer a su lado.

Que había sido aquello?

Fue hasta su habitación cerrando la puerta con fuerza. Trato de analizar que ocurría con esos recuerdos, que sucedía. Pero sus divagaciones se vieron interrumpidas por su sabio consejero, Hijikata Toushirou, el hombre que más odiaba en el mundo, su mano derecha.

―disculpe la interrupción, pero la princesa Soyo lo espera en el gran comedor―era un hombre de cabellera oscura y ojos celestes. En su época dorada había conseguido una condecoración de parte del rey Tokugawa I, quien reconoció su valentía y sus hazañas por ser uno de los más agiles y fuertes guerreros. Pero nadie sospecharía que unos años luego el rechazaría ese puesto y terminaría de ser un ermitaño sin rumbo fijo. Sougo lo conocía mejor que nadie, hubo una época donde eran muy cercanos, por lo que decidió unirlo a su sequito de ayudantes y consejeros. Lo volvió su mano derecha. Las razones solo ellos mismos lo sabían, pues había grandes rumores que el tiempo en que se conocieron habían sido enemigos o por lo menos no se llevaban muy bien.

―Hijikata-san, hoy te sentaras a comer con nosotros―dijo a modo de respuestas.

―lo lamento, pero no puedo hacer tal cosa―rechazo Hijikata.

―sí, lo harás. No te lo pregunto, es una orden―Sougo lo miro pasando por al lado de él comenzando a bajar las escaleras. Hijikata lo siguió muy de cerca―hoy tuve una discusión con la princesa Soyo. No será una cena tranquila. La verdad no quiero hablarle, ni mucho menos verla―

―pero… ella es…―

―mi futura esposa, lo sé―Hijikata comprendía la situación de ese mocoso. Había crecido bastante ese último tiempo, pero para Hijikata aún estaban muy presentes los recuerdos de su juventud cuando lo conoció siendo un mocoso lleno de educación, pero con una lengua afilada. Aunque también la recordaba a ella…

Sougo noto un deje de nostalgia en su mirada, no pregunto qué ocurría pues sabía cuál era la causa de todo ello.

―espero recordar los modales en la mesa―susurro levemente.

―claro que lo harás, esas cosas no se olvidan―

En la mesa la conversación no fue muy fluida, no al menos como se debería. Soyo mantuvo una conversación bastante animada con Hijikata, pero Sougo prefirió permanecer en silencio y escuchar como hablaban de los viajes a tierras lejanas que había hecho el antiguo ermitaño. Hablo de sus travesías y sus momentos de sumo peligro, así como el descubrimiento de medicinas y animales que nadie había conocido antes. Soyo se veía fascinada por esas historias, tanto que no noto cuando Sougo se levantó de la mesa y partió a su habitación sin dar una despedida.

Cansado se recostó en su amplia cama. Sin esperar mucho el sueño termino venciéndolo.

Los días siguientes fueron muy similares, Sougo se llenaba de trabajo para evitar ver a Soyo mientras que el único punto de encuentro era la cena, cena en la que no decía ni una sola palabra. Los días pasaron hasta llegar la mañana de la partida. Soyo había estado muy ansiosa por ese viaje la noche anterior y había hablado maravillas de, lo que de seguro seria, el océano.

Pero esa mañana había cambiado un poco. Hijikata, su consejero y Kondo, el hombre más cercano a Sougo, un Sir, dedicado a pasar sus enseñas a los más jóvenes. Un hombre noble y valiente, ese era el ejemplo a seguir del rey, aunque muchas veces el chico se iba de ese camino.

Ambos habían sido encomendados, por el mismo rey, a despertarlo para su viaje a altamar. Pero ni bien habían abierto la puerta se encontraron con su soberano despierto y en pésimas condiciones. Tomando grandes bocanadas de aire, con mucho sudor en su rostro, el joven se encontraba sujetándose con esfuerzo su pecho como si hubiera tenido un ataque al corazón o un gran susto.

―Sougo! Que sucede―al pobre azabache se le olvido las referencias al momento de verlo en pésimas condiciones. Kondo asustado le entrego agua para que beba.

―estas bien?―

―si―dijo calmando su respiración―no es nada―

―pero que le ocurrió― pregunto kondo

―sigues soñando con Mitsuba, verdad?―la pregunta de Hijikata lo tomo desprevenido, pues ni el mismo recordaba que había soñado exactamente, solo recordaba la sensación de pánico y la desesperación por perder algo preciado… tal vez si sea mitsuba.

―de momento necesito cambiarme, partiremos dentro de poco―cambio bruscamente de tema sin desear ver a su antiguo conocido.

Como si se tratara de una orden ambos salieron de la habitación dejándolo solo. Pensando en lo sucedido se levantó de su amplia cama para comenzar a desvestirse. Desde la última vez que había subido a un barco, el nuevo rey, había crecido bastante. Sus brazos delgados habían tomado forma gracias a los entrenamientos a los que se sometía, su espalda se había ensanchado y su estatura había aumentado unos cuantos centímetros. No es que él se fijara en esas cosas, pero comparando los recuerdos de la mañana en que subió por última vez a un barco se dio cuenta la cantidad de años que habían pasado. Miedo? Fobia? El no sentía nada de eso, solamente sentía que se olvidaba de un recuerdo perdido entre sus memorias.

Suspirando término de abrochar sus botones de plata, ajustando el lienzo de su capa, símbolo del rey. Su corona ostentosa se posaba por sobre su cabeza enalteciendo su figura. Tenía lo que muchos desearían, pero aun así, sentía que le faltaba algo.

Cansado de pensar en ideas absurdas camino hasta la entrada acompañado de sus sirvientes y consejeros. Shimpachi Shimura era su nuevo consejero, el más sensato de todos.

Su prometida lo esperaba en la entrada junto al carruaje que los llevaría hasta la orilla del mar. Soyo lo miro como si no hubiera nada al frente ignorándolo completamente.

―está seguro de esto?―pregunto Shimpachi―la neblina es densa y no parece desvanecerse aun con el viento―comenzó a hablar segundos antes de llegar al puerto, esperando hacer recapacitar a su señor.

―las guerras no se detienen por una neblina. Además no iremos solos― Sougo lo miro confiado mientras bajaba del carruaje caminando de manera segura delante de Soyo.

―mi señor?― pregunto confundido. El barco estaba lleno de movimiento mientras los guerreros se preparaban para una segura guerra en altamar.

―una horda de barcos acompañara nuestra flota. ―explico mientras subía tranquilamente al barco. Proa era su objetivo― Lo importante en estos tiempos no es la fuerza, si no la estrategia―comento dejándolo bastante a tras a su consejero―ningún sucio pirata me ganara― murmuro esto último para el solo mientras miraba el horizonte.

´´veremos quién es el que saldrá ganador en esta guerra´´

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Si bien aparece Soyo no está tanto tiempo.

El capítulo se me extendió, pero no mucho así que está bien.

Les prometo comedia absurda dentro de un par de capítulos, sé que se ve muy serio todo pero luego será pura risa. Jajajja. Claro que la seriedad se mantendra.

Si, lo sé, se me fue mi intento de fic serio a la mier**, pero es que no puedo pensar en un encuentro entre varios personajes con Kagura y no poner un insulto o mal comentario de parte de ella.

EN EL PROXIMO SERA EL GRAN ENCUENTRO! JAJAJAJJA… después de ahí no sé qué pasara, este fic se va armando sobre la marcha, ni se cómo concluirá o que ocurrirá… jajajajja XD

Dejándolo acá espero que lo hayan disfrutado!

Aclaraciones:

Hinode: (sé que no debería ponerlo porque lo saque de traductor google y no confió mucho pero bueno) amanecer. Pensé en esa palabra porque como le dicen a Japón la nación del sol naciente o algo así, creí que lo mejor era buscar alguna palabra que conecte algún hilo con Japón. Si saben cómo realmente se dice ´´amanecer´´ les agradecería muchísimo.

Parlamento y Ministro: durante el siglo xviii en lo que vendría a ser años luego Inglaterra, existía un Parlamento con el que se juzgaba al futuro Rey, el ministro era quien decidía si lo seria o no.

Imai Nobu: si, Nobume será hombre, Nobu.

Nos veremos el próximo viernes!