¡Hola de nuevo a todos! Este es el segundo one-shot y tal y como dije, lo reafirmo: NINGÚN ONE-SHOT TIENE RELACIÓN CON EL ANTERIOR. Este está ubicado en el AU, no hay titanes, no hay guerra, solo Jean, Mikasa y problemas que cualquiera puede pasar.

Los personajes no me pertenece, son todos de propiedad de Isayama, yo solo escribo fics bien pinche cursis con ellos.

Gracias a las dos personitas que me dejaron review, me hizo muy feliz leerlos.

Espero lo disfruten~


- Podemos tomarlo con calma ¿Sabes? – Jean empujaba con delicadeza la silla de ruedas. Trataba de ir lento para evitar que Mikasa sintiera las abolladuras de la vereda, los baches eran interminables y estaba seguro que si trataba de ir más rápido, podían ser verdaderamente incómodos.

Y más dada la situación de la mujer.

- Lo sé. – ella respondió con suavidad. Ni siquiera trató de voltear su rostro para mirar a Jean, sus ojos grises cansados seguían fijos hacia el frente, como si al final del caminito de adoquines existiera algo que anhelara.

Jean solo apretó los labios, el silencio de Mikasa a veces podía ser asfixiante.

El sol estaba en lo alto y quemaba con fuerza su piel, Jean agradeció que Mikasa llevara ese sombrero de mimbre para protegerla un poco de la potente radiación. La señora Jaeger había sido muy amable al permitirle salir con ella para distraerla un poco antes de su cita con la doctora Hanji. El muchacho no sabía muy bien si conseguía su objetivo, si lograba aliviarla, pero necesitaba intentarlo. La mujer de rasgos asiáticos necesitaba respirar.

No todo podía seguir viéndolo todo gris.

- Jean, allí estará bien.

El muchacho se detuvo y desvió la vista hacia donde Mikasa señalaba. El parque al que había decidido llevarla era conocido por las bellas áreas plagadas de flores de diferentes tipos, colores y aromas, parecía que la joven mujer se había encontrado especialmente interesada en un tipo que crecía cerca de un frondoso árbol con la copa lo suficientemente tupida como para dar un agradable sombra.

Mientras hubiera sombra y ella no sufriera algún golpe de calor, para Jean estaría bien.

Avanzó lento, siguiendo el caminito hasta llegar lo suficientemente cerca de una banca. Allí se detuvo, se acercó a Mikasa y tomó con suavidad la delicada tela que cubría las piernas de la mujer. No hacía frío, era un día muy cálido pero aun así, Jean no quiso llevarla sin nada que no protegiera sus piernas, no tuvo tiempo de doblar la delgada manta, el ademán de Mikasa por tratar de ponerse de pie lo hizo estremecer.

- Mikasa, espera. Aún estás débil. Tus articulaciones deben seguir adoloridas y…

La mujer no lo escuchó. Jean vio como apretaba con fuerza sus delgadas manos en el respaldar de la silla de ruedas, bajaba sus piernas y usaba toda su fuerza para ponerse de pie. Sus piernas temblaron y antes de que pudiera dar un paso, las rodillas se flexionaron y estuvo a punto de caer.

Jean se movió rápido, logró atraparla antes de que cayera y se lastimara. La mujer tenía la respiración agitada por el gran esfuerzo, incluso había un ligero temblor en su cuerpo. Vio un gesto de ofuscación en su rostro y temió que Mikasa volviera a intentarlo, la paciencia de la mujer era escaza.

- Yo puedo llevarte hacia allá ¿Me dejaría ayudarte?

Ella asintió y dejó caer su cabeza hacia un lado junto al sombrero de mimbre que la protegía del sol.

Jean pasó uno de sus brazos por debajo de las piernas de la mujer, la cargó con todo el cuidado posible. Quiso decir algo, pero no sabía qué podía ayudarla, la empatía no era algo propio de él y por más que se esforzara en reconfortar a la mujer, sentía que no ayudaba. Sus esfuerzos no llegaban a ella y eso era frustrante. Era doloroso.

Cuando llegó cerca de las flores, la bajó con suavidad. Mikasa flexionó sus rodillas para acomodarse mejor. Su expresión había cambiado, había vuelto a tener esa cara estoica e indescifrable que impedía que cualquiera se acercara ¿Hubiera puesto ese mismo rostro si Eren estuviera con ella? Jean no lo sabía, a veces deseaba que ese idiota tuviera valor para estar con ella más tiempo, solo un poco.

- Iré por tu sombrero…

- No lo necesito. – la mujer lo interrumpió – estoy bajo el árbol, no me acaloraré.

Jean asintió y se sentó con ella en el suave pasto. Las orquídeas junto a las que Mikasa había decidido estar se veían más bellas de cerca, incluso ella misma parecía disfrutarlas, una suave sonrisa se formó en sus labios cuando sus ojos grises se dirigieron a ellas. La madre de Jean le había dicho una vez que las flores podían cambiar el estado de ánimo de cualquier mujer, alegraban la vida de todas. Parecía que tenía razón, la muchacha de rasgos asiáticos se veía más animada al verlas.

Quizás debió llevar su libreta, así hubiera podido plasmar la expresión de la mujer que amaba.

Mikasa desvió su atención de las flores para dirigirlas a él. Ella alzó nerviosamente su mano hacia su cabeza, en su gesto espontáneo que antes solía hacer cuando pescaba a Jean mirándola en exceso, pero no pudo tomar uno de sus mechones para pasarlo tras su oreja. No, en lugar de la bella cabellera negra que Jean amaba tanto, había un pañuelo rojo que cubría su cabeza.

Ella bajó su mano en reflejo al no sentir su cabello y su expresión se ensombreció.

- Por eso no me dibujas como antes ¿Verdad?

La pregunta tomó a Jean por sorpresa. Tuvo que parpadear varias veces mientras procesaba lo que la mujer había preguntado.

- No importa. – Mikasa desvió de nuevo el rostro – Pero ¿Por qué sigues haciendo esto?

- ¿Hacer qué?

- Seguir aquí. Seguir haciendo lo que haces, preocuparte cuando no debes.

Jean no supo qué decir ¿Por qué hacía eso? ¿Por qué se preocupaba tanto por ella? ¿Por qué seguía detrás de alguien con quien compartía solo un vínculo de amistad? La miró durante varios segundos, sus ojos tristes, su expresión cansada, su figura que siempre se vio tan fuerte ahora se veía frágil, débil, demacrada. Entonces ¿por qué seguir allí?

Porque sigue siendo Mikasa, de cualquier forma, ella es mi Mikasa…

- No tengo una razón para hacerlo, Mikasa. Por lo menos no una que desconozcas. – Jean se rascó la nuca nervioso, se había confesado hace tiempo, antes de que ella enfermara y había recibido la respuesta obvia.

La vida de Mikasa era Eren y eso probablemente no cambiara. Pero los sentimientos de Jean tampoco.

- Yo no entiendo. – la mujer apretó sus manos en su regazo.

- No necesitas entender, creo que no es fácil entender. Solo soy un hombre idiota, Mikasa. Alguien bastante egoísta incluso consigo mismo.

La mujer guardó silencio por largos minutos, Jean solo aprovechó el momento para apartar la vista de ella y fijarse nuevamente en las flores, tan vivas, tan llenas del color que la mujer que amaba necesitaba. Estaba allí con él pero a la vez tan lejos y él tan incapaz de tocar su alma. La señora Jaeger decía que él era un gran apoyo pero Jean no lo creía así. No podía ayudar como realmente deseaba, no podía.

- Eren sale con Annie. Hay muchas mujeres como ella afuera, bonitas, vivas ¿Por qué seguir aquí? – su voz sonó como un susurro.

- Eso depende de la perspectiva de cada hombre. – Jean cruzó sus brazos – Salí con otras mujeres, Mikasa. Con varias, ahora no puedo recordar el nombre de ninguna pero…

El muchacho esperó a que ella alzara su rostro y ambos par de ojos se conectaran. Gris y marrón.

- Pero no hay forma en que alguna sea la mitad de hermosa que tú eres. Tú eres tan hermosa para mí.

Los ojos de la mujer se abrieron levemente, Jean la vio volver a intentar alzar su mano hacia su cabeza pero se detuvo a mitad de camino. Se veía desencajada, perpleja, como si el hombre acabara de decir algo ilógico, algo imposible.

Jean no entendía cómo ella no veía lo bella que era.

- Yo no me veo hermosa. – la mujer apretó los labios tensamente un momento antes de proseguir – Sabes cómo me veo, yo lo sé, todos los días el espejo me lo dice y los ojos de los demás ¿Por qué tú…?

Jean no la dejó continuar, movió su mano y la posó con delicadeza sobre la pierna de la mujer, en un ruego silencioso para que se callara. Fue un gesto suave, sin malicia. Kirstein no quería escucharla decir eso de ella misma, no podía permitirse que nadie dijera eso sobre la mujer que él amaba.

El cáncer lo destruía todo, lo carcomía absolutamente todo y solo dejaba una coraza vacía donde antes hubo una persona llena de sueños, aspiraciones y vida. Eso lo había aprendido desde el momento en que Mikasa Ackerman fue diagnosticada con esa enfermedad, al comienzo creyó que era una mala broma, una completa estupidez, un error de diagnóstico, pero la dura realidad lo golpeó al ver a la mujer más fuerte caer en pedazos ante la noticia. Las operaciones, los medicamentos, las quimioterapias llegaron, los días, meses y años pasaron, ella se marchitaba y él solo podía verla luchar sola, era un espectador junto a los Jaeger, Armin, el profesor Levi y los amigos que Mikasa había hecho durante su breve paso por la universidad.

Tan sola, tan cansada, tan destruida pero nunca dejó de ser bella ante los ojos de Jean.

El cabello se perdió de a pocos, primero fue cortado hasta los hombros, luego un poco más, un poco más y al final, la misma Mikasa decidió terminar con todo y cortarlo de raíz a seguir viéndolo caer lentamente. La sonrisa suave desapareció, el color de la piel tan blanca y tersa; así como también, se perdió la fuerza sobrehumana de la mujer. Del cuerpo trabajado y fuerte de la Ackerman, hoy solo quedaba una figura frágil que Jean sentía que se podía quebrar entre sus brazos.

Pero ella seguía siendo Mikasa. Siempre sería Mikasa.

- El cabello crece. La pérdida es normal, la doctora Hanji te lo dijo ¿no? Cuando venzas a la enfermedad, tu cabello volverá y será más bello que antes. Eso dice mi madre, el cabello vuelve a nacer más fuerte y bonito en las mujeres, creo que ella sabe de esas cosas. – Jean acarició con las yemas de sus dedos la rodilla de Mikasa por encima de la tela de la falda. Un tacto donde trató de transmitir una dulzura que no poseía.

Ella mantenía su vista baja.

- Volverá a crecer. Lo sé. Es cierto que estás un poco demacrada, también es un efecto secundario de la quimioterapia, pero no es nada que no se pueda arreglar con algo de sol, aire fresco y una buena alimentación. Me gustaría que te esforzaras en comer un poco más… - Jean había dejado de acariciar su rodilla para posar con timidez su mano sobre la de Mikasa.

Era tan delgada, tan frágil, el contraste de pieles fue notorio. Ella estaba demasiado pálida.

- Cambiaste, no lo niego, pero en ese rostro siguen los ojos más bonitos que he visto en mi vida. Algo tristes, sin embargo eso no le quita que me sigan pareciendo más espectaculares que los aburridos ojos azules de una mujer de nariz extraña. Me pregunto cómo hará Eren para no picarse un ojo cuando se le acerca mucho al rostro…

Vio a Mikasa apretar los labios y tratar de aguantar una sonrisa que al final logró salir a flote. Ella bajó su rostro en un intento de disimularla, después de varios segundos volvió a alzar el rostro y sonreírle al muchacho.

Jean deseó en verdad haber traído su estúpida libreta y poder dibujar esa cara sonriente, hace tiempo no la veía sonreír.

Es normal que no sonría tan a menudo, cuando lo hace parece que absorbiera la luz de todo y solo ella brillara.

- Annie podría romperte un brazo si escucha eso. Además, Eren…

- No te ofendas, Mikasa, pero a Eren puedo derribarlo con una mano. – Jean interrumpió a la mujer e hizo un gesto de autosuficiencia, un típico gesto en él – Con respecto a Annie, no creo que golpee ni la mitad de fuerte que tú.

- Antes podía derribarla, no era fácil pero podía. Aunque ahora, quizás nunca vuelva a hacerlo.

- ¡Lo harás, Mikasa! – Jean apretó las manos de la mujer – cuando te cures, definitivamente volverás a vencerla.

Mikasa dejó de sonreír.

- Tú… - por un momento Jean pensó que no continuaría la oración - ¿Tú en verdad crees que podré curarme?

- No lo dudo. Eres la mujer más fuerte que conozco, esto no es nada para ti.

La mujer se veía perpleja, titubeó antes de quitar una de sus manos que estaba siendo apretada por la de Jean y posarla encima. El muchacho no pudo negar que fue sorprendido por el inesperado tacto.

- ¿Si me toma mucho tiempo? ¿Seguirán todos aquí? – Mikasa parecía a punto de quebrarse.

- Todos seguirán aquí, la señora Jaeger, el profesor Levi, Armin, Sasha, Connie y Eren, por supuesto que él seguirá aquí, no te abandonará…

- ¿Tú seguirás aquí? – ella lo interrumpió de repente.

Jean se quedó en silencio, la miró fijamente. La primera vez que la vio, él era un mocoso que apenas podía hablarle sin sentir que las piernas le temblaban y la cara redonda se le tiñera de rojo, llevaba demasiado tiempo enamorado que hasta podría escribir un libro sobre todas las relaciones infructuosas que había arruinado solo por ser incapaz de olvidar ese rostro tan perfecto ante sus ojos. Siempre la vio inalcanzable y lo sintió aún más cuando fue rechazado, pero ni así logró dejarla. No existía nada más radiante y precioso que ella, que su Mikasa.

No supo exactamente que lo llevó a moverse hacia delante, no supo si fue por culpa de un mínimo atisbo de valor, pero algo lo hizo acercar su rostro al de la mujer. Apretó la mano la mano de Mikasa y cuando estuvo lo suficientemente cerca como para poder contar cada una de las pestañas que la mujer poseía y verse reflejado en el gris iris de los ojos, la besó.

Solo fue un roce, un casto y delicado roce de labios. El mundo se detuvo para Jean, el pulso se le aceleró, el corazón quiso salirse de su pecho, las manos se le humedecieron y un color rojo subió hasta sus mejillas por culpa de un ósculo que parecía infantil, sin malicia, sin dobles intenciones.

Era un beso puro, tímido, apenas un tacto donde los tersos labios de la mujer estuvieron pegados a los suyos por lo que el muchacho pudo pensar que fue una eternidad pero solo tomó unos segundos. Cuando alejó su rostro avergonzado y temeroso de haber transgredido la confianza de Mikasa, miró la cara sorprendida de la dama y un muy ligero sonrojo en su cara.

¿Creería que se había intentado aprovechar de ella? ¿Creería que era una falta de respeto? Jean esperaba que no, la única intención que tenía con ese beso era sellar una promesa de por vida.

- Yo seguiré aquí, siempre seguiré aquí. Te lo prometo. – dijo cuando por fin recuperó la voz – Mikasa, no importa cuánto te tome curarte, yo no me moveré a ningún lado, no sin ti.

La mujer quitó la mano que tenía puesta sobre la de Jean y la llevó a sus labios.

- Yo… quisiera poder disculparme por eso, pero no lo lamento… - Jean sintió cómo el sonrojo se acumuló en sus mejillas – no quise incomodarte.

- No me incomodó. – la mujer bajó la vista y el rubor se acentuó un poco.

Jean quedó hipnotizado al verla así.

- Yo también prometo curarme… – agregó después la dama con algo más de seguridad.

Antes de que el muchacho pudiera responder sintió como el celular en su pantalón vibraba, lo tomó de mala gana y leyó rápidamente el mensaje. La quimioterapia de Mikasa comenzaba dentro de un par de horas, tenían tiempo suficiente para llegar y probablemente la señora Jaeger y Eren estuvieran de camino para recogerlos.

- Debemos irnos, Mikasa. La señora Jaeger debe estar por llegar.

La mujer asintió. Jean se levantó rápido, se acercó a Mikasa para cargarla nuevamente pero ella negó con la cabeza, en su lugar, la mujer pidió su mano. Kirstein se la tendió con nerviosismo recordando lo ocurrido cuando llegaron y ella intentó levantarse sola, esperaba que no volviera a pasar, no soportaría ver nuevamente esa expresión vacía en la muchacha.

Mikasa apretó fuertemente la mano de Jean y apoyó la otra en el pasto mientras sus piernas se tensaban para soportar el peso del resto del cuerpo. El hombre joven la jaló delicadamente había arriba, las piernas lograron ponerla de pie, por un instante creyó que volvería a perder el equilibrio y que las rodillas la traicionarían pero no ocurrió.

Ella se agarró fuertemente a su mano, Jean pasó el otro brazo por su espalda para sostenerla. Entendía qué era lo que ella quería hacer.

Paso a paso, lento muy lento, ambos caminaron hacia la banca donde a su lado habían dejado la silla de ruedas y el sombrero de mimbre tirado. Sintió el temblor del cuerpo delgado de Mikasa, sintió el agarre fuerte de ella, la tensión de sus músculos, la expresión de esfuerzo en su rostro y como el sudor perlaba la frente de la dama.

Cuando llegaron a la silla de ruedas, Mikasa casi cae pesadamente en ella, Jean la sostuvo y la ayudó a sentarse. Estaba exhausta, su respiración era acelerada y sus piernas aún temblaban después de haber soportado su peso y el dolor de tener que volver a moverse por sí misma. Jean se preocupó ¿Cómo estaría su rodilla? ¿Eso le habría provocado daño? ¿Acaso…?

Pero todas sus dudas se fueron cuando vio el rostro de la mujer iluminarse con una nueva sonrisa, una que parecía ser dirigida hacia sí misma, una que volvía a hacerla sentir confortable y satisfecha con algo.

Por supuesto, ha logrado caminar un largo trecho por sí misma, después de algún tiempo.

Jean sonrió también, Mikasa era tan increíble.

- Creo que es suficiente ejercicio por hoy. – el muchacho tomó la manta delgada de la banca y la posó sobre las piernas de la mujer, acomodó los reposapiés para que la mujer descansara en ellos y se fue a recoger el sombrero casi olvidado.

- Si, suficiente por hoy.

- En el hospital no caminarás, creo que deberías guardar tus fuerzas para la quimioterapia. – Jean le entregó el sombrero.

- No caminaré, si es necesario tú me cargarás – la Ackerman lo miró fijamente por un momento, posó el sombrero sobre su regazo, parecía esperar una respuesta.

- Si, si es necesario te cargaré. – Jean sintió un calorcito inundar su pecho.

La mujer asintió. Kirstein comenzó a empujar la silla de ruedas mientras veía a la mujer jugar con el sombrero sin ponerlo en su cabeza, eso era una buena señal, ella parecía menos avergonzada de usar ese pañuelo que la cubría de la vista de su cuero cabelludo expuesto por la caída inevitable de su cabello

Mikasa era más que su cabello, quizás por fin había entendido.

- Jean.

El hombre joven se detuvo, vio a Mikasa voltear su rostro y mirarlo seriamente, con esa expresión que siempre fue tan típica en ella cuando era adolescente.

- ¿Volverás a besarme?

El color rojo que se había ido de su cara hace instantes volvió con fuerza y sintió hasta las orejas incendiarse.

- Y-yo… - Jean tartamudeó –… si, lo haré. Solo si tú quieres.

La mujer regresó su vista hacia el camino, Jean tomó eso como una indirecta para reanudar la marcha.

- Gracias. – Mikasa esperó un momento antes de agregar unas palabras que Jean jamás olvidaría - Quizás quiera que lo hagas de nuevo.

El corazón le latió fuerte al escuchar esa simple frase. Jean Kirstein era un hombre simple, con metas simples y sueños simples, pero esas palabras fueron suficientes para que fuera capaz de querer cambiar cualquier deseo que albergara en lo más profundo de su corazón por mantenerse con vida el tiempo suficiente para seguir al lado de ella, para no dejarla, para poder ver como esos ojos grises recobraban vida, sus mejillas color y la coraza vacía volviera a llenarse de luz. Le había hecho una promesa a Mikasa, no la dejaría. Nunca.

Y menos ahora que la mujer acababa de regalarle un poquito de la escaza luz que aún tenía dentro de ella. Era solo una chispa, pero Jean nunca pidió mucho de Mikasa, solo estar a su lado. Además, de una chispa era capaz de nacer la luz más cegadora.

De una chispa podía nacer la esperanza de volver posible lo inalcanzable.


Muchas gracias por leer. Por si alguien se pregunta qué tipo de cáncer tiene Mikasa, pues es cáncer óseo, del tipo osteosarcoma. No entro en mucho detalle pero entre la sintomatología que se presenta es el dolor punzante en el movimiento justamente por el crecimiento descontrolado del hueso que puede entorpecer la función articuladora más cercana. Ella lo tiene en la rodilla que es lo más común. Se trata mediante cirugía y quimioterapias y radioterapia. Lo bueno es que tiene un buen pronóstico para los jóvenes, el 80% se cura.

Espero leernos prontito. Bye bye.

Kyo