Encuentro

Al día siguiente Thobari se despertó al oír la alarma; sintió el cuerpo pesado. No tenía ánimos de levantarse, pero tampoco de seguir acostado. Se dio vuelta sobre su futón y miró el reloj. Las siete de la mañana. Cerró los ojos y pensó que, tal vez, aquello que sentía era nostalgia; algo que nunca antes había asimilado. Se sentía bastante incómodo durmiendo allí, casi en el suelo, sobre un montón de tatamis y rodeado de puertas corredizas. Se sentía incómodo yendo a la escuela, donde sus compañeros lo ignoraban o se burlaban de su acento. Se sentía incómodo estando lejos de su hogar y de la gente con la que compartía sus días. Su abuelo no era precisamente la persona más llevadera del mundo, pero él lo admiraba profundamente. Sabía, gracias a él, lo suficiente de la cultura japonesa como para poder defenderse en un principio pero… ¿cuánto duraría? Él nunca debió llegar a Japón, pero su blando corazón no pudo decirle "no" a las plegarias de su abuelo. Ahora sólo quedaba enfrentar las consecuencias.

Volvió a sonar la alarma. Eran las once. Sin duda sus pensamientos lo habían sumergido tan profundo que ni siquiera un terremoto podría haberlo despertado. Su abuelo había salido y regresaría al mediodía, mientras tanto, él podría relajarse y explorar los alrededores de la casa, ya que aún no había tenido la oportunidad.

Salió por la puerta principal y observó un instante el paisaje. El mar estaba muy cerca de allí y el clima era cálido. Él no estaba acostumbrado a un clima semejante, puesto que en su país natal hacía frío casi todo el año, por eso llevaba puesta una camisa desabrochada, la cual aún conservaba el perfume que su madre había rociado el día antes de que partieran a Japón. En ese momento deseó, más que nunca, poder tener ese perfume y poder rociarlo en su ropa para recordar aquella calidez que había dejando tan lejos.

Al cabo de unos minutos de meditar, enfocó la vista en la casa a la que estarían yendo en un par de horas. Aquella donde vivían las personas de las que su abuelo tanto hablaba. Se sentía un suave aroma a una comida que él no podía identificar. Lo que más le llamaba la atención de Japón era la cocina y los jardines ya que, después de todo, cocinar y cuidar del jardín era lo que más le gustaba hacer.

Cerró los ojos e inspiró profundo. Era hora de dejar el pasado y los recuerdos atrás. Hora de empezar a vivir de nuevo.

-¡Hey Thobari! Que temprano estás en casa ¿No tenías clases extra?

Su abuelo estaba regreso. Thobari vaciló un momento.

-No. Hoy salí temprano.

-¡Perfecto! –exclamó el anciano al llegar a la entrada de la casa. –Esta mañana hablé con Akatsuki y nos han invitado a almorzar, así que acomódate la ropa y arréglate el cabello.

-Hmm –masculló el joven despeinándose un poco (más).

Una vez que ambos estuvieron listos se dirigieron a la casa de los Rokujo. En la entrada de la misma había un gran cartel que decía algo como "Restaurant de Okonomiyaki", según Thobari pudo entender. Los kanji no eran su fuerte.

Su abuelo llamó a la puerta y alguien del otro lado contestó "¡Enseguida!". Un hombre alto, de cabello desarreglado, lentes redondos y mirada amistosa abrió la puerta. En sus hombros sostenía un gato de ojos ámbar, pelaje corto y blanco y con un pequeño collar dorado en el cuello.

-¡Akatsuki! ¡Tanto tiempo! –saludó el abuelo de Thobari. –Han pasado cinco años y aún puedo reconocerte.

-¡Sin duda, Black! –sonrió Akatsuki. –Tú tampoco has cambiado en apariencia. –agregó guiñando un ojo y enfocando su vista en Thobari.

-Él es mi nieto, Thobari –añadió Black presentando al joven.

-¡Bienvenido a Japón, Thobari-kun! –saludó Rokujo extendiéndole la mano.

Thobari titubeó unos instantes y le estrechó la mano tímidamente, luego Akatsuki los invitó a pasar. La sala central de la casa era, efectivamente, un restaurant. En la pared había una foto del hombre llamado Akatsuki y una mujer abrazando a un niño, a la que Thobari no le prestó demasiada atención. Allí en la cocina estaba Asahi, la esposa de Akatsuki, terminando los preparativos. Al ver a Black y Thobari fue inmediatamente a saludarlos.

-¡Black, un gusto volver a verte! –saludó Asahi con su radiante y reconfortante sonrisa tomándole la mano al anciano. Su voz era la más dulce que Thobari jamás había escuchado.

-Estás lúcida como siempre, querida. Me alegra saber eso –se alegró el abuelo.

-Ni hablar de ti, mira que venir desde tan lejos sólo para entrenar tus habilidades. Tu energía es ilimitada al parecer –rió Asahi -Por cierto, ¿quién es este apuesto joven? –preguntó pellizcándole con suavidad la mejilla a Thobari, quien se sonrojó ligeramente.

-Él es mi nieto, Thobari. También ha venido a entrenar conmigo. ¡Es todo un hombrecito! Pero tiene que entrenar su físico un poco más.

-De eso nos encargamos nosotros. La pasaremos muy bien –añadió Akatsuki intercambiando una sonrisa con su esposa.

Thobari se sentía confundido, y el aroma de lo que sea que Asahi estuviese preparando lo tentaba a descubrir de qué se trataba.

-Por favor, tomen asiento –invitó Asahi. –Enseguida serviré la comida.

-Ay gracias, querida –se alivió Black, tomando asiento en la mesa más cercana a la cocina. Thobari lo imitó pero, al sentarse, sintió que pateó algo sólido. Para asegurarse, inclinó un poco la cabeza hasta llegar a ver debajo de la mesa. Efectivamente era algo sólido lo que había pateado y, además de sólido, estaba vivo.

Era un niño pequeño de cabello corto y oscuro, estaba hecho una bolita y no parecía tener intenciones de moverse.

-¿Qué sucede, Thobari? –preguntó su abuelo.

-Oh –murmuró Asahi mostrándose un poco irritada. Fue hacia la mesa y jaló del niño. -¡Miharu! Dije que no te comportaras así cuando hay invitados. –lo regañó a la vez que lo alzaba en brazos. Thobari se reincorporó y miró al niño con curiosidad. Éste le devolvió una mirada suspicaz y acusadora con sus grandes y vibrantes ojos verdes.

-¡Que niño tan adorable! ¿Sobrino suyo? –preguntó Black sonriente.

-Oh, no –dijo Asahi relajándose mientras se balanceaba para tranquilizar al pequeño que parecía a punto de llorar. –Black, te presento a nuestro hijo, Miharu.

Hubo una pausa. Black se mostró muy sorprendido. Thobari se mantuvo indiferente, pero curioso.

-¡Increíble! ¡Lo que me entero! ¡Mis felicitaciones! –exclamó el abuelo con ternura.

-Asahi quedó embarazada unos meses después de que nos fuimos de Irlanda. Miharu tiene ya cinco años –agregó Akatsuki sirviendo el almuerzo.

-Es un niño precioso, sin duda –puntualizó Black contemplando al pequeño niño en brazos de su madre.

-Sí, así también como caprichoso –añadió Asahi. Todos rieron y el ambiente se tornó sumamente ameno. Así disfrutaron del okonomiyaki exclusivo preparado por la familia Rokujo entablando una conversación larguísima de la que Thobari esperaba poder huir pronto.

Terminado el almuerzo, los adultos levantaron la mesa. Thobari insistió en ayudar, pero Asahi se negó y, por cortesía, le dijo que vaya a jugar con Miharu.

El joven no ofreció más resistencia y salió al patio de atrás de la casa junto al niño, quien no parecía importarle la presencia de Thobari.

-¿Te llamas Miharu, verdad?

-Sí –contestó el pequeño a secas, fijando la vista en una mariposa azulada que en cualquier momento aterrizaría en alguna flor del jardín.

-Como sabrás, yo me llamo Thobari –se presentó el joven amablemente.

-Hablas un poco raro - objetó el niño acechando a la mariposa que se había posado en una gran flor rosada.

-Ehh… -titubeó. –Sí, porque en realidad yo no soy de aquí.

-¿De dónde viniste? –preguntó desinteresadamente el pequeño a la vez que intentó atrapar la mariposa chocando sus dos manos, lo que provocó que ésta se volara.

-Irlanda –dijo Thobari con lentitud, tratando de pronunciar el nombre con la fonética japonesa. En sus manos tenía la mariposa que a Miharu se le había escapado.

-¿Irlanda? –repitió el chico girando la cabeza, mirando a Thobari impresionado.

-Sí. Queda muy lejos de aquí, pero es un lugar muy bonito –añadió entregándole la mariposa.

Miharu contempló el insecto en sus manos con un gesto de sorpresa. Thobari miró la escena conmovido.

-¡Miharu-kun, Thobari-kun! –llamó Asahi asomándose por la puerta corrediza. –Vengan a comer los bollos dulces antes que Black se los termine –sonrió.

-¡Sí! –exclamó Miharu corriendo hacia su madre a la vez que dejaba la mariposa libre.

Thobari observó a la pequeña volar hasta desaparecer entre unos árboles y luego entró a la casa.

La tarde pasó rápidamente. Hacia el atardecer, Black decidió que era hora de volver a casa.

-Agradezco mucho la invitación. Hace tiempo que no disfrutaba tanto el día. Ya saben, con el trabajo allá…

-Fue un placer haberlos recibido –dijo suavemente Asahi con una sonrisa. Miharu se aferró a su pantalón. Los esperaremos mañana para comenzar el entrenamiento.

-Ahí estaremos ¿Verdad Thobari?

El joven sostenía una profunda mirada con la de Miharu. Había algo en ellos que los había unido, más allá de todo entendimiento.

-Ehh, sí. Claro –dijo cuando salió de su ensismamiento.

-Hasta mañana Black. Hasta mañana, Thobari-kun –dijo Asahi con su típico tono de voz suave dándole un pequeño beso en la frente a Thobari, quien no pudo ocultar su notable sonrojo, lo cual hizo que Asahi sonriera pícaramente.

Así el joven y su abuelo salieron por la puerta principal y volvieron a su casa caminando tranquilamente. Al llegar, Thobari enseguida se metió al baño, dispuesto a darse una ducha. Su abuelo lo contempló hasta que cerró la puerta y luego buscó los ingredientes para la cena.

La lluvia de la ducha golpeaba con delicadeza el cuerpo del joven Thobari. Elevó su cabeza hacia el techo. Sentía una alegría enorme que lo invadía en ese momento, y en su mente se proyectaban los profundos ojos verdes de aquel niño y la pura bondad que la madre mostró hacia él. Quizás había encontrado, más rápido de lo que esperaba, alguien con quien compartir su estadía en Japón. Alguien que le recordara a su propia familia, la que había quedado tan lejos de él, la que sabía que no podría volver a ver.