Sonríele a la muerte, Draco... acaba de brindarte amor
Hola a todos! ak otro cap, espero les guste. A leer!
Capítulo 2: "Un extraño acompañante"
Harry se encontraba tumbado boca arriba en su cama. Miraba el techo, ningún punto en específico, sólo que no había otra cosa que mirar.
Y allí estaba, esperando que las horas pasen, y los minutos también. Sin proyecto alguno, y ni siquiera sabía lo que realmente quería.
Los primeros tres días de su estancia en el número 4 de Privet Drive, habían sido los más trágicos. Tres largos días en los que se había martirizado así mismo, y había pensado en todo y todos, desde la muerte de Dumbledore hasta en el mismísimo Voldemort y su infancia frustrada. A cada minuto que pasaba durante aquellos tres días, y desde que el pensamiento se le había cruzado por la cabeza, no podía evitar pensar que se sentía identificado con él, aunque fuera su más grande y acérrimo enemigo, incluso la persona que lo quería matar para llegar al poder. Al segundo día se había sentido asqueado por haber pensado eso, pero después ya ni siquiera pensó en ello.
Dedicó pura y exclusivamente esos tres días a desahogarse en penas, se había propuesto así mismo sufrir en el mundo de los recuerdos durante el plazo de tres días. Ni uno me menos ni uno más.
Y así lo hizo.
Había pasado ya una semana de aquellos tres caóticos días en los que sus ojos llegaron a volverse dos pelotas rojas en medio de su rostro bronceado, y ya ni se molestaba en pensar.
Últimamente intentaba repasar momentos divertidos o "felices" de su época en Hogwarts, cualquier resquicio de tranquilidad durante esos seis años que había cursado en el colegio de Magia y Hechicería.
Hogwarts siempre había sido y seguiría siendo su hogar, jamás se cansaría de decirlo. Lo amaba de punta a punta. No sólo porque le recordara a sus padres, a Sirius, Remus o Dumbledore. No sólo porque le recordara sus mejores momentos con sus amigos, ya sean Ron, Hermione, Seamus, Neville, Ginny, Dean, Parvati o Lavender. No era eso. Hogwarts le recordaba todos los días que el adoraba la magia, ese mismo lugar estaba rodeado de magia pura, y eso le transmitía el sentimiento de paz y tranquilidad que nunca había logrado sentir estando en casa de los Dursley.
Ya no dependía de nada. Las únicas personas que realmente le daban seguridad y podían protegerlo, habían muerto, y el último de ello hacía tan sólo uno cuantos días.
Incluso estando allí, en Privet Drive no podía evitar sentirse algo inseguro puesto que la seguridad ya no era la misma. Tal vez la Orden estuviera vigilándole es ese preciso instante, pero aún así tenían más cosas de las que preocuparse, de modo que no sentía del todo resguardado.
Y bien, allí estaba Harry. Recostado boca arriba en su cama mientras miraba posibles manchas en las paredes o el techo con qué entretenerse, buscándole forma alguna para hacer de la espera algo más ameno.
Sabía que algún día de éstos recibiría una carta de Ron, o probablemente y quien le decía, tenía la suerte de que Ron y su padre se aparecieran con una orden del Ministerio para poder sacarlo de ahí de una vez por todas y llevarlo a disfrutar lo que serían sus últimos días de "paz", en la Madriguera.
Aún quedaba la boda de Bill y Fleur y terminar de planificar los últimos detalles para emprender aquel viaje que Harry se había empeñado en hacer desde la muerte de Albus.
Hoy y con la mente más fría, a Harry le parecía una estupidez. ¿Qué demonios haría un joven de 16 años acompañado únicamente por sus dos mejores amigos en el Valle Godric¿Ir a tomar helados o sacar fotos en el museo de bellas artes?
Era simplemente estúpido, y los últimos días había pensado en desistir en su intento de darse importancia así mismo, o tratar de sentirse útil y leal a los pensamientos y conjeturas del ex Director de Hogwarts.
En eso estaba, decidiendo, (o intentando decidir), qué hacer con su vida, cuando algo sorpresivo lo hizo girar la cabeza hacia la ventana y mirar estupefacto la escena.
Acababa de entrar por la venta abierta un ave de espléndido plumaje. Plumas negras, brillosas, se veían muy bien cuidadas. Un ave que, como primera impresión de Harry, resplandecía en majestuosidad y elegancia. A la legua se notaba que no se trataba de cualquier ave de rapiña, era un águila si, pero al parecer muy bien domesticada.
Llevaba consigo un sobre de tamaño regular, mediano, el típico sobre color madera de esos que se utilizan en las oficinas para guardar papeles importante, el mismo tipo de sobre, atado a su pata por supuesto.
Harry se quedó maravillado ante tal despliegue de importancia y soberanía, realmente lo había cautivado, aunque al ave parecía no importarle demasiado.
Luego de salir de su estado de estupefacción, Harry se levantó de la cama y se dirigió junto a la imperiosa ave que permanecía varada sobre el escritorio.
Se acercó a ella, con cuidado como si fuera a irse a volar de un momento a otro, y de a poco, increíblemente con dedos temblorosos, Harry desató el paquete. Claro que si no hubiera temblado tanto, se hubiera percatado, siquiera, del leve estremecimiento que recorrió el cuerpo del ave al simple contacto de piel con piel. Pero no lo hizo.
Abrió el sobre, y de allí extrajo varios objetos que no parecían destinado a él, (al menos nada parecido a lo que solía recibir), junto a un sobre más pequeño de color blanco.
Harry miró extrañado el conjunto, y se preguntó quién diablos le había mandado aquello. Giró el sobre de madera en busca de alguna dirección o nombre alguno, pero no encontró ninguno. Sólo el sello lo acompañaba, se trataba de la forma de un águila levantando vuelo, pasmado con cera verde oscuro. Aquel detalle le recordó, inevitablemente, a Slytherin.
El moreno miró los objetos esparcidos por la superficie del escritorio, y los examinó con detenimiento, mientras los enumeraba mentalmente por ninguna razón en particular.
Una pulsera de hilo de color negra con detalles en verde oscuro y algunos de color plata como la escritura del frente. Llevaba escrito "Toujours pur" en letras cursivas y que a tras luz brillaban con leves destellos dorados. Aún así, no dejaba de ser una pulsera que pasaría desapercibida ante las miradas indiscretas, según el criterio de Harry, puesto que parecía hecha a mano; "seguramente una producción de alguna chica muy creativa", se dijo a sí.
Un giratiempo, detalle que para Harry no pasó desapercibido. Aquel objeto era muy valioso, y al parecer y por lo que le había dicho Hermione alguna vez, eran registrados y muy bien guardados por el Ministerio de la Magia.
Un fino anillo de oro con una "D" grabada al centro, su forma estética parecía la de una pequeña corona hecha para un rey, y su contextura era tan diminuta que Harry calculó que no estaba hecho para colocarse en cualquier dedo que no fuera el meñique.
Un arete con forma de esas típicas argollas que adornan las puertas y de las que se tira para hacer sonar la madera labrada de la puerta, a modo de llamado. También de oro y no demasiado grande tampoco. "Otro detalle típico de una niña", se volvió a decir.
Y por último una pequeña botella de no más de 5 centímetros de alto, parecida a las de licor, rellena con un espeso líquido rojo, que a Harry le dio la espeluznante impresión que se trataba de sangre.
Además y agregado a ello, aquel sobre blanco que parecía contener lo que sería una carta.
Harry se detuvo en éste último. Lo estudió de ambos lados, pero no encontró nada extraño, a excepción de que ese sobre tampoco llevaba nombre ni dirección.
Claro que si Harry hubiera sido una persona más detallista como lo sería Hermione, se hubiera dado cuenta del ínfimo detalle de que el primer sello que rompió, el del águila verde, no era el primero ni el original que sellaba el sobre.
Aquel sello que Harry acababa de romper, era el segundo en haber sido colocado sobre el sobre. Definitivamente eso le diría que había sido abierto con anterioridad, puesto que la cera del segundo sello se había corrido unos cuantos centímetros más a la izquierda que el primero, en un intento fallido de cubrir la evidencia. Aunque claro, frente a personas tan despistadas como el Gryffindor, aquel detalle no era problema alguno.
Harry miró unas vez más alrededor del segundo sobre, el blanco, comprobando por tercera vez que no había ningún aspecto raro o llamativo que delatara su lugar de procedencia. Cedió entonces, y se dispuso a abrir aquel misterioso sobre, esperando con ansias ver qué había detrás del papel.
Espero reviews¿los merezco?
