Capítulo 1

Acababa de casarse. Se suponía que el día de su boda debía ser uno de los momentos más importantes y felices en la vida de una mujer. Que debía suponer la unión de dos personas que se amaban y también un día en el que la novia fuera la absoluta protagonista de su particular cuento de hadas. O eso era lo que le habían contado a Elena desde que era una niña. Sin embargo, la cruda realidad distaba bastante de todos aquellos "suponeres". Ni aquel estaba siendo el día más feliz de su vida (más bien todo lo contrario) ni estaba arrodillada en el altar junto a su príncipe azul. De hecho, estaba saliendo de un juzgado minúsculo y con una ventilación espantosa del brazo de un hombre que no le caía ni bien. Y con el que todavía no podía comprender como había sido capaz de casarse.

- Sonríe un poco. Parece que estemos en un funeral. - Le susurró Damon en el oído sin disminuir el paso.

Elena le dirigió una mirada de odio y ni siquiera se molestó en responderle. Para que iba a fingir. Todos los presentes sabían que aquella boda era una farsa, o un acuerdo de negocios, como el propio Damon lo había llamado. Sonreír solo haría más humillante la situación. En vez de hacerle caso, se soltó de su brazo y se acercó a sus padres. La boda no tenía demasiados invitados pues habían decidido que dadas las circunstancias, lo mejor era celebrar un enlace sencillo en el que solo asistieran los familiares más allegados. Todo, absolutamente todo, desde la elección del restaurante, la organización del banquete, incluso el vestido de novia, había corrido a cargo del novio. Que a fin de cuentas, era el que tenía el dinero. Y quien, sorprendentemente, parecía bastante animado.

- Cariño ¿Estás bien? - Preguntó Grayson a Elena con preocupación en la voz mientras entraban en el coche que les llevaría hasta el restaurante.

Elena lo miró y esbozó una pequeña sonrisa para tranquilizarlo. Miranda en cambio suspiró con evidente fastidio ante el comentario de su marido. Sabía que su madre estaba enfadada con él, y que quizá ella también debería estarlo, pero hacerle sentir peor de lo que ya se sentía no solucionaría nada. Su padre era el culpable directo de que ella se encontrara en esa situación, pero no podía condenarle por meter la pata. Apoyando la cabeza en la ventanilla, Elena cerró los ojos y los recuerdos de como había empezado todo aquel lío desfilaron ante ella como si se tratara de los fotogramas de una película.

- ¿Qué ocurre papá?

Elena cerró la puerta del pequeño despacho que su padre había improvisado en el piso de arriba y avanzó hacia la mesa detrás de la que él la estaba esperando.

- Siéntate hija.

Elena asintió y obedeció, sentándose en la silla de madera que él le ofrecía. Tragó saliva y observó al hombre que se frotaba nervioso las sienes. Grayson llevaba días comportándose de forma extraña. Todos lo habían notado, e incluso Jeremy y ella lo habían comentado aquella misma mañana. Tenía cara de cansado, unas ojeras muy exageradas y hasta parecía que le estuvieran saliendo más canas de las habituales. Además, pasaba mucho tiempo encerrado en su despacho, salía y entraba de casa profiriendo maldiciones y desde hacía unas semanas siempre estaba enganchado al teléfono. Algo sucedía y Elena sospechaba que no era nada bueno.

- Verás... - Grayson se pasó las manos por el cabello – No sé ni como empezar. Elena, las cosas no van bien y necesito tu ayuda.

- ¿Mi ayuda?

Abrió mucho los ojos y se inclinó hacia adelante. ¿Que podía hacer precisamente ella por ayudarlo? Siempre la habían mantenido alejada de los problemas familiares, especialmente su padre, quien la había tenido entre algodones desde el mismo día en el que había nacido.

- ¿Recuerdas que hace poco intenté montar mi propia constructora con un par de socios?

- Claro. Pero papá yo soy de ciencias, no tengo ni idea de negocios... ¿No sería mejor que le contaras a mamá...?

- No – la interrumpió - Esto es entre tu y yo. Por favor, escúchame hija. Jamás te pediría algo así en otras circunstancias, pero no me queda otro remedio. Verás, tu sabes que cuando me despidieron del trabajo hace tres años me hundí...

Elena lo recordaba perfectamente. Ella estaba ya en la universidad y pasaba casi todo el año fuera de casa, pero Jeremy todavía estaba en el instituto y le había confesado que vivir con sus padres era un calvario. Grayson no había llevado nada bien que lo despidieran después de toda una vida en la empresa y se había deprimido. Pero ya hacía mucho tiempo de aquello y Elena creía que su padre había logrado superarlo.

- ...pues me volví a ilusionar con este proyecto: el de tener mi propio negocio. Invertí mucho dinero, pedí prestamos... pensé que la cosa funcionaría... pero no fue así. He perdido mucho más dinero del que puedo devolver y me relacioné con gente que no era de fiar. - Grayson se frotó los ojos y suspiró – Ahora quieren de vuelta el dinero que me prestaron y lo quieren ya. Y no lo tengo, Elena.

Grayson apoyó los codos sobre la mesa y escondió la cabeza entre sus manos. Su hija seguía petrificada frente a él, intentando asimilar lo que estaba escuchando.

- ¿De cuanto dinero estamos hablando?

- De mucho. De más de lo que podría conseguir vendiendo esta casa.

Elena se puso pálida. ¿Pero como se había podido meter en algo así? ¿Desde cuando su dulce y protector padre se metía en negocios turbios?

- ¿Cómo has podido? - gritó en cuanto fue capaz de articular una palabra de más de dos sílabas. - ¿De qué tipo de gente estás hablando? Papá por dios no te reconozco... ¿Mamá sabe algo de todo esto?

- ¡No! - chilló – ni tu madre ni tu hermano saben nada. Ni tu tampoco deberías haber tenido que saberlo. Yo metí la pata, y se suponía que yo debía solucionar el problema. Pero estoy atado de pies y manos y no se qué hacer ni cómo salir de esta.

- Papá...

- Al final – la interrumpió - no me quedó más remedio que pedir un préstamo. Ante la posibilidad de perder la casa, o peor, de que algo os pasara...

Elena sintió como el miedo se apoderaba de ella ¿Pero es que existía esa posibilidad? La situación debía ser realmente grave entonces.

- Fui a hablar con los Salvatore.

Elena arrugó la nariz al escuchar ese apellido. Sabía que su padre y Giuseppe seguían siendo amigos y a decir verdad, a ella tampoco le caía mal Stefan, con quien había ido a clase desde la escuela primaria. Pero no podía evitar relacionar ese nombre con su principal pesadilla durante la infancia: Damon.

- Y si, hablé con quien tu te estás imaginando.

Elena puso los ojos en blanco. Por supuesto. Giuseppe y Grayson habían trabajado muchos años en la misma empresa constructora, BCO, pero tres años atrás, justo cuando Grayson había sido despedido, se había producido una renovación de personal y habían contratado a gente nueva. Casualmente, Damon Salvatore había estudiado ingeniería industrial durante sus años de exilio en Europa, y casualmente también, acabo metiéndose en la empresa. Así que mientras Giuseppe preparaba su pre-jubilación, Damon había escalado puestos a un ritmo vertiginoso y se rumoreaba que pronto formaría parte de la junta directiva si seguía a ese ritmo. A Elena no le extrañó. Todo lo que tenía de cretino, lo tenía de ambicioso; ya se le notaba cuando era apenas un niño y hacía cualquier cosa para ganar hasta el juego más inocente. Pero Damon Salvatore no tenía nada de altruista ni de generoso y Elena dudaba que sirviera de algo que su padre le pidiera ayuda. Por eso le sorprendieron sus siguientes palabras.

- Me ha dicho que me ayudará. Que me prestará la mitad del dinero ahora, al menos para que cubra lo justo, y que progresivamente me irá dejando el resto. Y no me ha puesto ninguna presión para que se lo devuelva, siempre y cuando le de mi palabra de que lo haré.

- Vaya – exclamó Elena – Jamás lo hubiera dicho...

- No, yo tampoco. Y como me suponía, tenía trampa.

- Ya decía yo... no podía ser que no pidiera nada a cambio. - añadió ella resoplando.

- Efectivamente. Verás... Damon necesita lavar su imagen. Todo el mundo sabe que es un excelente profesional, pero por lo visto, el señor Stevens, el dueño de BCO, es un hombre chapado a la antigua. Damon está desesperado por acceder a la junta directiva pero según él mismo me ha dicho, el señor Stevens no se acaba de decidir porque piensa que su dudosa reputación en el pueblo puede perjudicar las relaciones laborales y arruinar la imagen de la empresa.

- Pues igual que hizo con la de su familia – murmuró Elena sin poder contenerse – acostándose con toda la población femenina de Mystic falls y alrededores y pasándose las noches de bar en bar y de escándalo en escándalo. Todavía no me explico como puede ser tan buen profesional como dicen.

- Pues ese es el tema, Elena – resopló – Que necesita aparentar que ha sentado cabeza para ganarse la simpatía del jefe. Y según él, la forma más rápida, eficaz, y no permanente (y son palabras textuales), es el matrimonio. - respiró hondo – así que aprovechando esta desagradable situación, me ha ofrecido su ayuda a cambio de que te cases con él.

Elena se ahogó y comenzó a toser incontrolablemente. La cabeza empezó a darle vueltas y por un momento temió que la sangre no volviera a llegarle al cerebro nunca más. ¿Pero que estaba diciendo su padre? ¿Se había vuelto loco? Peor ¿Se había vuelto loco Damon?

- ¡Pero si me odia! - gritó en cuanto se recompuso del ataque de tos. - ¡Me desprecia desde que tengo seis años! ¿O es por eso? ¿Quiere tenerme cerca para martirizarme ahora que ya ni siquiera le dirijo la palabra?

- Según él es una cuestión de ser práctico – suspiró su padre sin ser capaz de mirarla a la cara – Yo necesito un favor y él también. No se que se le debe haber pasado por la cabeza hija, pero no da su brazo a torcer. Dice que o te casas con él, o no me presta el dinero. Hablé con su padre, pero ni tiene semejante cantidad ni piensa hacer nada para que su hijo cambie de opinión. Incluso parecía estar de acuerdo con esa locura de acuerdo. Te prometo que he intentado recurrir a otros conocidos pero nadie quiere ayudarme... Elena, estoy desesperado.

- No me pienso casar con alguien por conveniencia, ¿Es que hemos retrocedido al siglo doce y no me he dado cuenta? Por el amor de dios... y además, de todos los hombres que existen sobre la faz de la tierra, jamás, nunca, me casaría con Damon Salvatore. ¡Ni siquiera entiendo cómo ha podido pasársete por la cabeza que yo podría aceptar algo así!

- Pero no tenemos otra opción... podemos perder la casa, incluso podría pasaros algo... la gente que me reclama el dinero es peligrosa...

- ¿Cómo puedes pedirme esto? Tú te has metido en este lío y soy yo la que tengo que sacarte de él? Estás loco... ¡estáis todos locos!

- Elena cielo, ya hemos llegado.

Elena volvió al presente de golpe al escuchar la voz de Miranda. Su madre no le había soltado la mano en todo el trayecto y justo a su otro lado, en el asiento trasero de aquel taxi, Jeremy miraba incómodo el paisaje mientras le acariciaba disimuladamente la rodilla. Odiaba que le tuvieran lástima, pero no podía recriminárselo porque ella también se la tenía a si misma. Lo cierto era que no sabía si sentirse una heroína por salvar a su familia o una vendida, por renunciar a sus principios casándose por dinero.

Dejó que su madre la arrastrara hasta el interior de un bonito restaurante decorado con motivos marinos. Se habían casado en Mystic falls, obviamente por lo civil, pero Damon había insistido en celebrar el banquete en otro lugar para evitar curiosos. Elena se preguntaba si tenía miedo de que alguna de sus admiradoras irrumpiera en la ceremonía y le asaltara a ella o algo por el estilo. A lo mejor todo habría sido más fácil si una de las Groupies de su recien estrenado marido la hubiera apuñalado con unas tijeras de manicura.

- No te tortures más – le dijo Bonnie, quien se había sentado a su lado en la mesa del restaurante – podría haber sido mucho peor ¿no?

- Sí, podrían haberme lanzado a una piscina repleta de pirañas – respondió Elena con sarcasmo.

- Oh vamos – interrumpió Caroline, sentada al otro extremo de la novia – al menos tu marido esta buenísimo.

- Si, eso me consuela muchísimo – Elena puso los ojos en blanco. - Eso suple sin duda su falta de modales, su estupidez y sus intensas ganas de fastidiarme a cada segundo. - añadió con una sonrisa amarga.

- No se puede razonar contigo cuando te pones así – concluyó Caroline tomando un sorbo del vino que acababan de servir.

Elena resopló y se concentró en su plato. Es que no tenía ningunas ganas de razonar. No veía ninguna ventaja en aquella situación y nada le haría cambiar de opinión. Y se reafirmó en ello cuando vio a una de las camareras revolotear descaradamente alrededor de Damon. Y no es que él pareciera muy incómodo. Volvió a fijar la vista en la cerámica vacía y esperó a que sirvieran los entrantes. Mientras jugaba distraídamente con el marisco de su plato, los recuerdos volvieron a su mente...

Después de la charla con su padre y de la locura que acababa de proponerle, Elena decidió que necesitaba una copa. O dos. Así que decidió ir al grill a ver a Matt. Fue hasta allí andando, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. No quería aceptar la propuesta de Damon, pero tampoco podía evitar preocuparse por la situación en la que se encontraban. ¿Y si le sucedía algo a Jeremy? ¿O a su madre? ¿O incluso a ella misma? Miró hacia un lado y otro de la calle y respiró hondo cuando no vio a nadie de aspecto extraño. No quería ni pensar en la posibilidad de que les pasara algo a alguno de los miembros de su familia. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido su padre? Toda la admiración que siempre había sentido por él se había esfumado en cuestión de segundos y la decepción que sentía hacía que le doliera el corazón. Entró en el Grill y se dirigió directamente a la barra. Matt, el camarero y también uno de sus mejores amigos, la saludó con un beso en la mejilla. Ella le pidió un whisky con cola y él se lo sirvió.

- Vaya, vaya...

A Elena se le atragantó el whisky cuando escuchó su voz. Debía haber imaginado que estaría allí. Por dios, si el Grill era su segunda casa. Gruñó con fastidio.

- Lárgate Salvatore – murmuró sin ni siquiera girarse.

- ¿Ya? Pero si todavía estamos dentro del horario infantil. Déjame que adivine... Tu padre ya ha hablado contigo, ¿verdad?

Elena se giró para mirarlo y lo encontró a menos distancia de la que esperaba, con un codo apoyado en la barra y su habitual sonrisa de medio lado. Llevaba una cazadora de cuero, unos vaqueros negros y el cabello oscuro revuelto. Sus penetrantes ojos azules se mantuvieron fijos en ella, esperando alguna respuesta.

- Sí. Y estoy emborrachándome para intentar olvidarlo. ¿Te puedes largar ya?

- Tssst – murmuró Damon agarrando un taburete y sentándose a su lado – Esa no es forma de tratar a tu futuro marido.

- Estás completamente loco si piensas que voy a aceptar.

- ¿Porqué? Piénsalo bien, es un trato justo para ambas partes. Vosotros ganáis, yo gano. Es perfecto.

Elena levantó una ceja con escepticismo. Era la primera vez que compartían una conversación de más de dos insultos desde hacía años. Últimamente solían ignorarse directamente.

- Es que te odio.

- Eso no es inconveniente – Hizo un gesto con el brazo para restarle importancia – será solo de cara a los demás. Firmamos un papel, fingimos en un par de reuniones sociales, mi jefe piensa que me he vuelto un hombre responsable y he dejado la mala vida, los clientes dejan de odiarme porque creen que ya no tendré interés en acostarme con sus esposas, asciendo y listo. Nos divorciamos de mutuo acuerdo y se acabó. Ni siquiera tendremos que hablarnos más de lo estrictamente necesario.

- ¿Pero tu te crees que estamos en la época medieval?

- No, precisamente ahí está la gracia, que no lo estamos y podremos divorciarnos. Solo serán seis meses, y no a tiempo completo. Vamos mocosa, ¿Donde vais a encontrar a otro que os quiera prestar semejante cantidad de dinero? Ya te lo digo yo: En ningún sitio.

- Primero, no me llames así, y segundo, tu y yo no nos soportamos. No nos hemos aguantado nunca. Y no creo que pudiéramos fingir que nos queremos. Nadie se lo creería.

- Claro que podemos fingir. Además, todo el mundo sabe también que nos conocemos desde hace años y ya sabes lo que dicen sobre la delgada linea entre el amor y el odio. - añadió poniendo los ojos en blanco - Solo necesito seis meses, en ese plazo anunciarán la nueva junta directiva y necesito estar ahí. Los problemas de tu padre me han venido estupendamente.

Él sonrió y ella tuvo ganas de abofetearle.

- Jamás me casaré por conveniencia, Damon. Me parece algo retrógrado y... de mal gusto. Sería tirar todos mis principios a la basura. Además si quieres casarte, pídeselo a cualquiera. Todas las mujeres solteras de este pueblo aceptarían. Incluso algunas casadas accederían a divorciarse por ti. Y justamente vas a decírselo a la que también sabes que nunca aceptará.

- Nunca digas nunca mocosa. Además, ahí está la gracia. Yo no me quiero casar de verdad. Quiero algo temporal y estrictamente profesional. La mayoría de mujeres acabarían pidiéndome más de lo que yo puedo darles y sería un fastidio. Además, a ti ya te conozco y ya se que no me soportas, si me casara con una desconocida tendría que tomarme la molestia de fingir que soy simpático.

- ¿Cómo puedes ser tan cínico? - añadió ella atónita - ¿Es que para ti el matrimonio no vale nada?

- No es más que un papel – se encogió de hombros – Mira, estamos perdiendo el tiempo. Te doy una semana para que te decidas, piensa que esto no va sobre mi, sino sobre cómo tu padre está con la mierda hasta el cuello. Cuando entres en razón, ya sabes donde encontrarme.

Elena vio como se iba detrás de una rubia de metro ochenta que se contoneaba exageradamente y ella se quedó ahí parada como una tonta. Apretó los puños y tuvo ganas de gritar. La situación la estaba intoxicando más que el alcohol. Pagó su copa y salió del bar, a ver si le daba un poco el aire. Sobre sus hombros tenía el peso de sentirse responsable si algo sucedía. No sabía de cuanto dinero hablaban, pero sospechaba que era una cantidad demasiado exagerada como para pedir un préstamo a un banco. Y sospechaba también que Damon no se equivocaba en el hecho de que nadie más se lo dejaría. Pero casarse por conveniencia le parecía sucio e indigno, y mataba de un plumazo todas sus fantasías románticas.

Y ahí estaban sus fantasías románticas, pensó Elena mientras engullía de un trago el contenido de su copa, tiradas por el retrete. Por suerte, los invitados parecían haberse animado un poco y habían empezado a conversar entre si, lo que hacía la situación un poco menos deprimente. Cuando terminaron de comer, con pastel de tres pisos incluido, el dueño del restaurante quiso hacerles un regalo que Elena estuvo a punto de rechazar justo en el momento en el que Damon lo aceptó con una enorme sonrisa. Inmediatamente, los camareros despejaron las mesas y montaron un improvisado salón de baile, con música y todo. Cómo era lo que correspondía en esas situaciones, Damon se levantó y se acercó a la novia para sacarla a bailar. Ella miró su mano extendida durante unos segundos como si se hubiera vuelto loco hasta que él se cansó, la agarró del brazo y la sacó obligada hacia la pista de baile. Una balada que Elena no conocía empezó a resonar en la estancia y los demás invitados se unieron a ellos en la pista.

- Esto no era necesario – refunfuñó Elena siendo muy consciente de la mano de él en su cadera. - Somos solo diez personas, no tiene sentido todo esto. Ni siquiera tenía sentido montar un banquete.

- Deja de quejarte – replicó él - ¿Porqué no dejas de gruñir? Ya está hecho, no puedes retroceder en el tiempo. Así que relájate y disfruta, a fin de cuentas lo he pagado todo yo.

- Tu eres el que me ha comprado – incluso a ella le dolieron aquellas palabras. Notó como Damon se detenía y la miraba a los ojos.

- Hicimos un trato, yo no te puse una pistola en la sien para que aceptaras. Así que deja de hacerte la víctima de una puta vez y asume tus circunstancias como la mujer adulta que se supone que eres.

Elena rechinó los dientes y apretó la mano de él con más fuerza de la necesaria. Aquello jamás funcionaría, ni siquiera durante los seis meses que se suponía que debía durar. A leguas se veía que los recién casados no se aguantaban.

Mientras Damon la hacía girar, los ojos de Elena repararon en Grayson. Miranda estaba a su lado, visiblemente enfadada con él, pero su padre solo tenía ojos para ella, para su niña. A un lateral de la silla en la que estaba sentado, descansaba su aparatosa muleta y Elena respiró hondo. Después de todo, su conciencia le decía que había hecho lo correcto, lo que tenía que hacer, y eso era lo importante. Notó como la mano de Damon se ceñía más en su cintura al notar como ella se desconcentraba del baile. Y entonces, volvió a recordar...

Al final solo había bebido un par de copas. La presencia de Damon en el Grill le había arruinado el desahogue. Pero se le había hecho tarde sin darse cuenta, así que Matt, que siempre era un cielo con ella, se ofreció a llevarla a casa en cuanto terminara su turno. Eran las tres de la madrugada cuando el coche de Matt se detuvo frente al camino principal de la casa de los Gilbert.

- Muchas gracias por traerme – sonrió ella dándole un beso en la mejilla.

- No tienes que agradecerme nada, no iba a dejar que caminaras sola por ahí a esas horas y lo sabes. - sonrió él de vuelta.

De repente, un movimiento sospechoso entre los arbustos que rodeaban la propiedad llamó la atención de Elena.

- ¿Has oído eso?

Cuando Matt asintió, ambos decidieron ir a ver qué sucedía. Se agarró a la mano de su amigo, asustada, y bordearon el jardín porque el ruido parecía venir de la parte trasera. Con cuidado, Matt se colocó delante de ella y rodearon la casa. El chico tuvo los reflejos suficientes para esconderse junto a Elena tras un arbusto y taparle la boca con una mano para que no gritara al ver a un par de tipos moverse en la oscuridad. Sin embargo, debieron hacer ruido, porque vieron como uno de los hombres miraba hacia un lado y otro y daba la orden a los demás para que se fueran.

- ¡Papá!

Cuando los hombres se hubieron marchado, Matt soltó a Elena y ambos corrieron hacia el lugar en el que estos habían estado. El mismo en el que Grayson yacía en el suelo, lleno de golpes y semi-inconsciente. Elena se arrodilló a su lado y Matt se apresuró a llamar a una ambulancia. Los gritos de Elena alertaron a Miranda, que bajó corriendo y salió al jardín en camisón y zapatillas.

- ¿Pero qué ha pasado papá? - sollozó Elena mientras intentaba levantarlo.

- ¿Os han hecho algo? Me dijeron que iban a entrar en casa... ¿Estáis bien?

- Sí papá, estamos bien, tranquilo.

Grayson se relajó y dejó que lo cuidaran y le limpiaran un poco las heridas mientras esperaban a la ambulancia. Miranda se fue con él, y Matt se ofreció a llevar a Elena y a Jeremy hasta el hospital. Durante el trayecto, Elena no pudo parar de llorar. Sabía a qué había venido aquella paliza, si ataba cabos, su padre le había advertido que podía pasar algo así. Y no quería siquiera imaginar qué habría podido pasar si Matt y ella no hubieran llegado a tiempo. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

- Pero qué has hecho, papá – susurró.

- ¿Qué pasa? - preguntó Matt mirándola de reojo mientras conducía. - Elena, tu padre va a estar bien, hay que avisar a la policía, pero estará bien, no llores más.

Pero Elena no podía parar. No solo por su padre, sabía que él se pondría bien esta vez, pero ¿Y si esos hombres volvían? Era evidente que aquello tenía que ver con las amenazas que él le había dicho horas antes. Su mente funcionaba a toda velocidad pensando una solución rápida para su problema, pero no la encontraba. La única imagen que se dibujaba una y otra vez en su retina era la de cierto Salvatore. Y por mucho que aborreciera la idea de aceptar su propuesta, empezaba a pensar que no le quedaba otra opción.

- No volverán a hacerle nada – susurró Damon en su oído como si le hubiera leído la mente. Elena se sobresaltó, porque no se esperaba ser tan transparente. - Haremos la transferencia mañana y yo mismo me encargaré de protegerle. Yo cumplo mis promesas, Gilbert, tu deberías cumplir las tuyas y al menos fingir que estás un poquito contenta.

Elena volvió a apretar los dientes. ¿Cómo podía ser amable y dulce al empezar la frase y terminarla siendo un auténtico cretino?

- Cuando regresemos a Mystic falls fingiré. Ese es el trato ¿no? Fingiré delante de tu jefe y de tus compañeros de trabajo. Lo que sigo sin entender es porqué hemos tenido que casarnos de verdad. Habría sido suficiente con fingir también la boda.

- Oh vamos mocosa, pensaba que eras más inteligente – añadió él inclinándola hacia el suelo. Ella puso los ojos en blanco y a él sonrió de medio lado. - Si sigues haciendo eso con los ojos acabaras quedándote vizca. Verás, puede que yo sea el mejor ingeniero del BCO, pero igual que yo quiero ascender, hay muchos otros que también quieren. En cuanto vean que me he casado de repente sospecharán, porque todo el mundo conoce mi reputación. - añadió con orgullo - E investigarán. Así que cuanto más creíble sea todo, mucho mejor. Ya lo entenderás cuando conozcas mejor mi mundo.

Elena se quedó confundida. ¿Su mundo? Ella no tenía ningún interés en mezclarse con gente de dinero y tampoco quería descubrir a que se refería con que sus competidores le investigarían. Sonaba a mafia, y ya había tenido bastante con lo de su padre. Además seguía maravillándola la capacidad que tenía él de hablar de todo aquello con tanta tranquilidad. Era como si hubiera planeado su propia boda toda la vida. ¿Qué habría hecho si ellos no se hubieran encontrado en aquella situación tan precaria? Elena supuso que entonces habría comprado a otra esposa, o peor, habría encontrado la manera de convencerla a ella igualmente.

En cuanto terminó la canción, huyó de él como si quemara, y volvió a sentarse en su sitio, en la mesa. Quizá había hecho lo correcto para proteger a su familia pero eso no hacía que se sintiera mejor. Cerró los ojos y se repitió mentalmente una y otra vez que solo serían seis meses. Seis meses, y su vida volvería a la normalidad. O eso, es lo que ella pensaba...