Los nombres de los personajes para publicar ese Fanfic son de Stephenie Meyer. La trama es mía.
Sacrifices
Este era mi amor en forma de sacrificio para él.
Oh, Dios. Qué pesadilla era esta.
— Murieron ayer… y yo ni siquiera estaba ahí, Bella—levanté su cabeza con mis manos hasta que su frente pudo descansar contra la mía mientras nuestros alientos y lágrimas se mezclaban—, yo estaba en un avión tratando de verlos y llegué para encontrarlos muertos.
Solté un sollozo y apreté su cuerpo contra el mío tanto como pude.
¿Cómo iba a hacer esto? ¿Cómo iba a sobrevivir sin sus padres?
—Edward—susurré y moví los mechones de su cabello que le cubrían los ojos parcialmente—mírame—le pedí y sus ojos llenos de dolor se abrieron ante mí. Quería llorar y no volverme a despertar nunca—. Hiciste lo que pudiste, estoy orgullosa de como manejaste la situación.
—Mis padres están muertos—sollozó y mis labios temblaron al verlo tan débil. Ahora él tenía que manejar todo como sus padres un día lo habían dictaminado, y en cambio, tenía el corazón totalmente roto y las ganas de vivir disminuidas. —Oh, Dios…Bella…
Lo apreté contra mi pecho y lo dejé llorar tanto como pude, mientras yo sollozaba en silencio. Tenía que dejar este dolor irse para poder enfrentar al mundo con los niños y con su dolor. Edward tenía que ser fuerte, pero tenía que dejarlo llorar. Él era así, silencioso hasta que se recuperaba y delante de los ojos de la gente era todo un triunfador.
No sé cuánto tiempo lo arrullé como un bebé hasta que su llanto se convirtió en un hipido y pude alejarlo de mi cuerpo el tiempo suficiente como para empujar la chaqueta fuera de sus hombros. Lo puse en pie y le deslicé la camisa fuera del cuerpo, abrí el botón de sus pantalones y lo obligué a levantar sus pies para que pudiera salir después de que se sacara los zapatos. Luego dejé que cayera como un bloque en mi cama y acomodé las cobijas a su alrededor. Empecé a buscar mi pantalón de pijama pero sus manos encontraron mi cintura y lo sentí sollozar en mi hombro antes de que me jalara a su lado en mi cama.
—Shh—susurré acomodando el cabello fuera de sus ojos. Me dolía tanto verlo así, no sabía cómo iba a estar sin Elizabeth y sin Edward I, pero él tenía derecho a su tiempo y si yo podía ayudar le daría todo de mí—shh. Está bien.
No sabía si él aún me quería de esa manera, lo cierto es que yo lo amaría así el resto de mis días y él estaba en mi cama, así que me arriesgué y dejé que mis labios depositaran un delicado beso en los suyos antes de que le besara las mejillas, la nariz, la frente, los ojos.
—Vas a estar bien, mi amor—le besé las lágrimas que caían de sus ojos y juré por todo el amor que le tenía que trataría de aliviar su dolor en esta nueva tarea en su vida—, no conozco a nadie más fuerte que a ti.
Él dejó de sollozar pero encajó su cabeza en el espacio entre mi cuello y hombro y dejó un beso delicado ahí antes de dormirse profundamente.
Yo suspiré y le besé la cabeza, los cabellos y lo abracé fuerte. Cerré mis ojos y dejé que la oscuridad me envolviera antes de que el dolor lo hiciera. Mañana era otro día y tenía que aprender a luchar contra lo que venía por nosotros.
Me desperté cuando sentí las manos calentitas de Alexander empujando mis párpados para que abriera mis ojos. Carlisle quería hacer lo mismo con Edward pero no lo dejé, los empujé a mi lado de la cama y los abracé con toda la fuerza de mi cuerpo antes de indicarles entre señas que debían regresar a su habitación porque tenía algo importante que decirles.
El dolor regresó a mi pecho cuando vi sus cabecitas castañas moverse fuera de mi habitación. ¿Cómo iba a decirles que sus padres no volverían a ver sus caritas sonrientes?
Me levanté y caminé hacia el armario buscando una mudada decente de ropa para tomar una ducha. No sabía si Edward iba a estar enfadado porque lo hubiera besado ayer por la noche, el hombre que se había establecido dentro de él era nuevo para mí en algunos aspectos, y si le sumábamos el hecho de que no sabía si aún me amaba, entonces me quedaba en el espacio. Suspirando, alejé de mi los jeans y suéteres cómodos. Tenía que ser la niñera oficial como él me había pedido antes de navidad, así que tomé los pantalones tubo y oscuros que su madre había mandado hacer con mis medidas para ocasiones especiales y la blusa blanca con el logo de la familia Cullen en el lugar donde estaba mi corazón.
Iba a hacer esto por los niños y por Edward. Tenía que ser la fuerte hasta que él pudiera volver a tomar las riendas de esta situación.
Acomodé la ropa sobre la taza del baño y regresé a la habitación por mi toalla, pero encontré a Edward sentado en el borde de la cama con ojos asustados. Su expresión se relajó al verme y a pasos lentos se acercó hasta que nuestras frentes se rozaron.
—Bebé—susurró y sentí que no importaba si él aún no me amaba, porque me dolía su pánico en lo más profundo de mi alma.
No importaba si estábamos en mi habitación, rodeados de tantos recuerdos que oprimían a mi corazón al pensar en toda esa felicidad que tuvimos cuando solo éramos unos niños.
Tenía que besarlo o ambos nos ahogaríamos en las olas que él emanaba de dolor.
—Shh—mis labios tocaron los suyos lentamente pero él no dejó que se retiraran, sino que los aprisionó y entrometió su lengua en el contacto consiguiendo que mi cabeza girara a toda velocidad por la pasión en el beso.
Lo amaba tanto.
—¿A dónde ibas? —preguntó y su aliento golpeó mis sensibles labios cuando el beso se había terminado.
—Ducha—me limité a decir, porque no podía formar pensamientos coherentes mientras sus manos se paseaban por mis costados. Mis manos empuñaron su cabello cuando él bajó su cabeza para besarme de nuevo y no me resistí a los trucos de su lengua con la mía.
Había pasado tanto tiempo desde que él me había besado así, desde que me había tocado sin que le quemaran las manos.
—¿Qué…? ¿Qué voy a hacer? —Preguntó de nuevo y sus ojos se conectaron con los míos mientras nuestras frentes se tocaban—Bella… como….
No tuvo que decir más, y me recordé a mí misma que tenía que ayudarlo en la forma en la que fuera posible.
—Vamos, tienes que darte una ducha primero—entrelacé sus dedos con los míos y lo empujé a la ducha, abriendo la puerta de cristal para él y colocando mi toalla sobre mi ropa. —Voy a conseguirte una mudada de ropa y me voy a duchar yo también antes de que hablemos con los niños.
—Bella—murmuró consiguiendo mi atención cuando me iba—no… mierda—maldijo y dejó caer su cabeza contra los azulejos de la pared de la ducha cerrando los ojos—no… me dejes solo… yo… sé que he sido un bastardo… pero…mierda…
Algo dentro de mi pecho se sacudió al verlo tan vulnerable, y aunque sabía que me arrepentiría de esta decisión el resto de mi vida, nada pudo detener a mis manos de levantar el borde de mi playera y empujarla fuera de cabeza. Lo miré a los ojos y conseguí su atención pero su mirada jamás abandonó la mía mientras él se despojaba del bóxer y yo de mi ropa interior.
No había lujuría en sus ojos, sino alegría de que yo hubiera tomado la iniciativa, aunque el dolor brillaba con más fuerza que antes. Me abrazó con fuerza cuando cerré la puerta de la ducha detrás de mí y murmuró una plegaria de agradecimiento contra mi cabello mientras yo tomaba shampoo entre mis dedos y enjuagaba las hebras rojizas de su cabello, en puntitas y haciendo esfuerzos para que la espuma no le cubriera los ojos.
—Nunca estás solo—me remití a decir mientras enjabonaba su cuerpo con mi body wash—, siempre me tienes a mí.
Edward cerró sus ojos y dejó que terminara de ducharlo. Luego rápidamente enjuagué mi cabello con agua después del shampoo y me coloqué debajo de la corriente de agua mientras él se encargaba de secarse con mi toalla.
—Vístete—casi le ordené al verlo dudar si salir o no de mi habitación—, luego vuelve aquí.
Él asintió en silencio y regresó al dormitorio cuando ya estaba vestida con el uniforme formal de niñera y mi cabello descansaba sobre mis hombros en ondas húmedas.
—¿Qué…?—Su pregunta se atoró en la mitad de su garganta cuando me miró determinada. Tomé su mano y entrelacé nuestros dedos antes de llevarlo hasta la barra de desayuno donde los niños deberían estar esperándome. Alexander y Carlisle seguramente no aguantarían las ganas de esperar en su dormitorio, así que los encontré ahí, las gemelas charlando con Emmett y los dos pequeños jugando con las manos de su hermano mayor.
Edward se había vestido completamente de negro ese día. Tenía una chaqueta de cuello alto que enfatizaba su fuerte estructura ósea y resaltaba el color de cabello y la oscuridad de sus ojos. El verde manzana no brillaba y ni siquiera había sombra del verde musgo que lo cubría cuando estaba rabioso.
—Buenos días—saludé y rogué porque esto saliera tal y como lo había planeado, porque no iba a soportar ver a los niños quebrarse. Apreté la mano de Edward pero lo único que salió de su boca fue un débil "Niños" y un asentimiento de su cabeza.
Alejé mi mano de la de él y corrí hasta la cocina, empezando a preparar waffles de desayuno porque no se me ocurría algo que los animara más. La cocinera nunca estaba en fines de semana y era mejor en esta ocasión. Nadie más que la familia podía ayudarlos.
Emmett miró inquisitivo a su hermano y a mí pero siguió jugando con sus hermanitos y las gemelas continuaron con su charla de niños mientras Edward se deslizaba en el asiento del frente de la mesa, como de ahora en adelante haría por el resto de su vida.
Mi amor no estaba listo para tanta responsabilidad, y yo lo sabía. Pero también sabía que nadie más que él podía encargarse de sus hermanos y amarlos como sus padres los hubieran amado. Tenía que ayudarlo como pudiera, así que iba a tomar la iniciativa para dar la noticia aunque perdiera mi alma en ello.
Deslicé los platos de waffles con fruta para las gemelas, los de chocolate para Emmett y unos con un vaso lleno de leche para los pequeños. Edward obtuvo café y supe que no podía sino estar agradecido por eso y waffles con jamón y queso. Yo me quedé en la barra, bebiendo tragos de mi café y esperando que terminaran de desayunar, pero Edward ni siquiera hacia el intento de comer algo, así que me acerqué en silencio y coloqué mi mano en su hombro antes de darle un empujón débil, incitándolo a la comida. Él levantó sus ojos hacia mí y negó antes de darle un sorbo largo a su café.
—No puedo, Bella—respondió y sabía que no hablaba solo por el desayuno, sino por todas las cosas que él sabía, venían por él.
Negué con la cabeza y atrapé su mano con la mía antes de que se pusiera en pie. Nos ganamos la atención de los niños y solté un largo resoplido antes de mirar sus caritas sonrientes y sonreírles con la alegría que tenerlos vivos provocaba en mí.
—Pequeños—comencé y Emmett se envaró. Su rostro se contorsionó y sus manos apresaron su cabeza mientras su respiración se aceleraba.
—No lo digas, Bella—rogó y su voz ronca indicó el inicio de las lágrimas—por favor…
—Lo siento—Edward murmuró y se aclaró la garganta—antes de que llegara a Berlín nuestros padres sufrieron un paro cardiorespiratorio mientras estaban en cirugía y… no lo resistieron.
Las gemelas se miraron entre sí antes de abrazarse y empezar a llorar en silencio. Emmett se sacudió y un sollozo profundo salió de su pecho antes de salir corriendo de la mesa. Edward lo interceptó tomándolo del brazo pero Emmett tenía el rostro brutal y le gruñó.
—Necesito salir de aquí.
Alexander y Carlisle me miraron en silencio y supe que no entendían lo que estaba pasando. Las gemelas se lanzaron a los brazos de su hermano y Edward en silencio las recibió, apretándolas contra su cuerpo hasta que los sollozos de ellas amortiguaban los suyos.
—¿Qué pasa Bella? —preguntó Carlisle y sus ojitos tristes se clavaron en los míos mientras Alexander se apretaba contra mi pierna. Los levanté en el aire hasta que pude sostenerlos entre mis brazos.
—Mis amores—susurré y les besé la cabeza antes de hablar—sus padres… ellos…no van a volver.
—¿Van a quedarse a vivir en Berlín? —Preguntó Alexander fallando con la pronunciación de sus consonantes.
—¡Enano estúpido! —Alice chilló y se sacudió entre los brazos de su hermano mayor, pero Edward nunca la soltó—¡Están muertos! ¡Papá y mamá están muertos y no van a volver! ¡Estamos solos! Solos….
Mía chilló también pero hundió su rostro en el cuello de su hermano.
—¡Alice! —Edward la reprendió con un rugido apretando a las gemelas contra su pecho—Deja de gritar… y jamás digas eso. No están solos. Me tienen a mí, siempre me tienen a mí.
Él repitió mis palabras y besó las cabezas de sus hermanas antes de levantarlas en brazos y llevarlas escaleras arriba. Fue difícil para mí seguirle el paso con dos pequeñitos que lloraban en mis brazos, pero cuando al fin lo alcancé no hice sino sorprenderme.
Edward las llevó hasta mi habitación y las recostó sobre mi cama, abrazándolas contra su pecho. Alexander y Carlisle no dejaban de llorar pero sus manitos regordetas no dejaron mi cabello ni mi cuello.
—Bella, no te vayas tu también—Alex me rogó y sentí su saliva por toda mi mejilla mientras me besaba entre lágrimas. —Pod favod….
—Bella—chilló Carlisle y sus manos se clavaron en mi blusa, justo sobre el logo de su familia. —No quiedo estad zolito…
—Nunca están solitos, mis amores—les besé el cabello y los recosté junto a sus hermanas antes de apretarlos contra mi pecho. Sentí el brazo de Edward extenderse hasta que los cubriera a ellos en lo posible—su hermano está aquí para ustedes… y… si me quieren…
—Estúpida Bella—Mía gruñó y levantó sus ojos inflamados hasta conectarlos con los míos—, claro que te queremos—sollozó y empujó a sus hermanos contra Edward mientras su cuerpo se apretaba al mío—… Oh, Bella… siento que me voy a morir…
—No, no—mis brazos trataban de abrazarla y tocar a los pequeños—, me tienen a mí, yo estoy aquí y no vamos a dejarlos solos. Siempre unidos como una familia, siempre.
Después de un rato en el que los sollozos menguaron un poco, Alice levantó su cabeza y me miró con esos grandes ojos verdes que caracterizaban a toda la familia Cullen.
—¿Siempre?
Aún si Edward no me quería, ahora tenía que quedarme porque no iba a dejarlos solos.
—Siempre—reiteré y ella se hundió en mi pecho mientras lloraba.
Casi una hora después, los cuatro pequeños estaban dormidos y Edward apretaba a Carlisle y Alexander contra su pecho mientras las gemelas se abrazaban entre ellas. Él estaba casi dormido cuando mi teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa de noche. Suspiré y contesté esperando que no fuera del hospital, porque no podía faltar más a prácticas pero no iba a abandonar a los niños.
—¿Diga?
—¿Bella? —Una voz familiar resonó en mis oídos—Soy Rosalie, la hermana de Jasper. Y… hum… Emmett está conmigo. ¿Podemos pasar?
¿Rosalie?
Jasper es el mejor amigo de Edward desde que tenían 13 años, pero él se había marchado a estudiar en América cuando sus padres se mudaron y el contacto entre ellos dos había disminuido al menos un poco. Conocía a Rosalie porque era muy amiga de las gemelas, aunque iba a en la clase de Emmett.
—Claro—susurré y me levanté de la cama sin despertar a las pequeñas—ahora voy a la puerta.
Me puse en pie y cuando estaba saliendo de la habitación la ronca voz de Edward llamó mi atención.
—¿A dónde vas? —Reclamó.
—Emmett—respondí y salí lo más rápido que pude en dirección a la puerta.
Rosalie era una niña muy bonita, su cabello era perfecto y Mía y Alice gastaban horas tratando de emular sus rizos naturales, por eso me sorprendí al encontrarla con sus rizos desordenados en un moño sobre su cabeza. Llevaba una playera gris de manga larga y shorts oscuros y entre sus brazos descansaba el cuerpo inerte de Emmett.
—¿Qué le pasó? —Gemí de preocupación y mi corazón se apretó un poquito al ver al niño que había cuidado tantas veces.
—Me dijo… que sus padres habían muerto—su boca se retorció en una mueca de dolor— y luego llegó al gimnasio golpeando todo lo que encontraba en su camino. Creo que ya había bebido para entonces, no lo sé. Pero…
La niña estaba luchando por mantener en pie a semejante hombre y extendí mis brazos para jalarlo pero Emmett se resistió y agarró a Rosalie de la cintura antes de clavar su nariz en el hueco de su hombro.
Era cosa de familia ese gesto.
—Emmett—ella trató de razonar empujando su rostro para poder verlo—estamos en tu casa…
—Quédate esta noche conmigo—él le rogó y noté que no estaba tan ebrio como parecía. Era solo el dolor que neutralizaba sus fuerzas y sus sentidos. —No me dejes solo, princesa…. Siento que me voy a morir…
Oh, Dios.
¿Por qué estos niños tenían que sufrir así?
—Rosalie, si quieres puedes quedarte—concedí tomándome derechos que no me correspondían—no sé si hoy cenemos, porque nadie se siente bien, pero eres bienvenida.
Ella me respondió con una sonrisa triste, pero negó.
—Si mi hermano se entera de que no llego a dormir a casa…
—Jasper puede joderse—Emmett gruñó y se puse en pie como pudo mientras la miraba—, no me dejes solo hoy… no así—casi sentí un sollozo saliendo de su boca.
Yo nunca había visto a Emmett tan apasionado con una niña.
—Yo tengo que hablar con Jasper para avisarle que necesito su ayuda—murmuré mirando a la hermosa niña frente a mis ojos—, y sé que él va a entender que te quedes con tu novio cuando él más te necesita.
No sabía qué tipo de relación tenían ellos dos, pero si Emmett la necesitaba para sentirse bien, entonces merecía tenerla esta noche.
Rosalie dudó, pero sus ojos se llenaron de amor cuando notó las lágrimas de Emmett mojarle el hombro de la camiseta y aceptó en silencio. Emmett caminó detrás de ella, con sus manos en la cintura femenina y la siguió escaleras arriba, pero yo tenía que decirle algo si él estaba sintiéndose de misma manera que sus hermanos.
—¿Emm? ¿Puedo hablar contigo un segundo?
A regañadientes dejó que Rosalie subiera el resto de escaleras y me miró con los ojos llenos de rabia.
—¿Qué?
Me dolió verlo así de enojado conmigo, pero entendí que su ira era contra el mundo y no contra mí en específico, porque me había sentido así los primeros días viviendo con tía Louise.
—Nadie está solo en esta casa—le susurré y acaricié su mejilla con las puntas de mis dedos—, tus y hermanos y yo te amamos y estamos contigo, sintiendo lo mismo que tú. Siempre vamos a estar juntos, en familia. —Tomé aire, porque estaba prometiéndoles a esos niños cosas que me iban a costar el amor de mi vida para cumplirlas—. Siempre.
Me alejé de él al ver sus fríos ojos y caminé escaleras arriba en dirección a mi habitación. Cuando iba a girar la perilla sentí las inmensas manos de Emmett apretarme los hombros hasta que me giró y pudo abrazarme tan fuerte que el aire en mi pecho escapó de golpe.
—Siempre—murmuró y luego me dejó allí con un beso en mi frente.
Los meses pasaron rápido después de eso. Jasper volvió y se convirtió en la mano derecha de Edward para todos los asuntos legales concernientes al traspaso de los bienes raíces de sus padres. Además, Edward I Cullen había sido una poderosa influencia en Londres y estaba propuesto como candidato para alcalde de la ciudad, lo cual se vio destruido tras la muerte de ese, pero el partido no perdió la oportunidad de aprovechar los deseos políticos de Edward por transformarse en una persona de importancia en la ciudad, y comenzaron a prepararlo para candidato.
Los sueños de mi amor estaban volviéndose realidad, aunque fuera tristemente luego de la muerte de sus padres. Sus ojos brillaban cuando hablaba en las cenas familiares de las muchas oportunidades que podían presentarse para Londres si él conseguía ser alcalde. Sin duda alguna, él dejó su vida en Berlín y se trasladó oficialmente a la mansión Cullen en Inglaterra para cuidar de sus hermanos. Jasper ya había vivido un par de años aquí, y se sorprendió al ver la fuerza con la que Emmett le propuso paz en una de las cenas después de la muerte de sus padres, a cambio de que dejara a su hermanita ser su novia oficial. No se fue por las ramas, sino directo al grano.
Rosalie se sonrojó pero le sonrió y sus manos se entrelazaron bajo mi mirada mientras terminaba de servirles la cena que la cocinera había preparado esa noche.
Las gemelas, Alexander y Carlisle poco a poco se estaban acostumbrando a la idea de no ver a sus padres, les ayudaba mucho tener a Edward todo el tiempo que ellos necesitaran ya que él trabajaba desde la oficina de casa y solamente salía a cubrir reuniones con el partido político. Jasper siempre estaba en casa, lo cual había sido de gran ayuda los primeros meses porque Edward no tenía la cabeza lo suficientemente lista como para afrontar las responsabilidades financieras, políticas y familiares que conllevaban volverse cabeza de una familia, pero le bastó tener a Jasper a su lado para manejar todo con facilidad.
Alice estaba enamorada y al inicio no conseguía encontrar al culpable de que su tristeza se hubiera borrado al menos un poco, pero un día que caminaba hacia la cocina después de mi turno de media noche en el hospital encontré las causas y casi las posibles consecuencias de lo que ambos se traían entre manos.
Ahí estaba ella, con la falda de su uniforme sobre sus muslos, levantada por las manos de Jasper que parecían tocarla por todos lados. Sus bocas estaban unidas y se movían en sincronía mientras los pequeños puñitos de la niña que yo había criado jalaban mechones del largo cabello rubio del mejor amigo de Edward.
Recordé cuando tenía 16 años y Edward me aplastaba en la oscuridad contra paredes y puertas antes de robarme un beso que me dejaba sin aire. Yo era, igual que Alice, una niña desesperada por el amor de un hombre.
Me aclaré la garganta y ambos se congelaron en su lugar, pero ninguno bajó la cabeza. Alice me miró orgullosa, como todos sus hermanos, mientras Jasper soltaba un resoplido y se acomodaba los pantalones. Me causó risa verlo nervioso, mientras era Alice la fuerte.
—Es mi novio, Bella—comenzó ella levantando su mentón—mío. Enserio, no tienes porqué meterte en esto, ni siquiera Edward…
—Cariño, ve a dormir—murmuré sonriéndole a la pequeña—no voy a decirle nada a Edward, y por mí no tienes que preocuparte.
Sus ojitos se iluminaron y se lanzó contra mí antes de abrazarme fuertemente.
—¿Enserio? ¡Bella, eres la mejor! —Me besó en una mejilla y corrió contra su novio antes de besarle en la comisura de la boca y ascender las escaleras en pequeños saltitos alegres.
—Ahora—comencé cuando sabía que Alice no podía escuchar—¿Vas a decirme que significa esto para ti, Jasper? Porque yo conozco a las gemelas, y sé que Alice no está jugando. Ella iba a enfrentarme, a mí, por ti.
El rubio se sacudió el cabello fuera de sus ojos y se dejó caer en una silla de la barra antes de mirarme con esos profundos ojos azules que también estaban presentes en su hermana menor.
—La amo—confesó después de un intenso silencio y percibí la fuerza de sus declaraciones—, la quiero conmigo. Sé que está mal, que no debería tocarla, ni besarla, ni quererla como lo hago, pero no puedo Isabella. No puedo. Y estoy consciente de que Edward va a querer arrancarme la cabeza, pero no puedo… detenerme. La quiero conmigo y no voy a dejarla ir, aunque tenga que perder a mi mejor amigo…
Sonreí y lo abracé fuerte cuando se puso en pie, porque me había dado las palabras que yo siempre había querido escuchar de un hombre al hablar de alguna de las gemelas. Ellos tenían que luchar por ellas, porque amaba a esas niñas con todo mi corazón y no iba a aceptar mediocridad para ellas.
—Puedes contar conmigo—susurré y le besé la mejilla antes de ascender las escaleras hacia mi habitación.
Aún seguía teniendo mi departamento cerca de Paddington, pero vivía en casa de los Cullen con total normalidad, como si nunca me hubiera ido. Sin embargo, cuando no estaba con ropa de hospital para las prácticas siempre llevaba el uniforme de niñera de la familia, lo cual enfurecía a Edward pero aplacaba a todas las habladurías sociales que podían haber comenzado después de que yo fuera la única mujer a su lado en todos los actos cívicos que se levantaron en Berlín y Londres por la muerte de sus padres.
Si no estábamos solos, jamás lo llamaba por su nombre de pila e incluso en presencia de los niños me dirigía a él en tercera persona y con más respeto de lo común. Les había prometido mantenernos juntos con una familia, y si Edward y yo volvíamos a cualquier cosa que tuviéramos cuando solo éramos unos niños, íbamos a perder esa unión por cualquier pelea insignificante.
El alma me dolía cuando lo veía venir a mí con otras intenciones y me temblaban las piernas, pero no iba a dejar que eso pasara. Los niños me iban a odiar, y sabía qué pensarían que quería reemplazar a su madre, cuando no había nada más diferente en la realidad. Yo los había criado como míos, pero Elizabeth siempre sería su madre y yo no iba a entrometerme en su relación, aun cuando ella ya no estuviera presente.
Además, dos meses después de su muerte, el testamento de Edward I y Elizabeth Cullen se reveló, dejando saber que existía un fondo con una pensión vitalicia para mí, siempre y cuando me casara con su hijo mayor.
Al principio, la noticia me golpeó demasiado. Estaba terminando mi último año de enfermería y trabajaba más en prácticas que estudiaba, así que tenía mi propio dinero y casi no lo utilizaba porque Edward me había ordenado en una de nuestras peleas que incluyera mi alimentación en el dinero de administración de la casa. Además, de ser la niñera administraba los gastos en comida y demás, asignando mensualmente el dinero para la cocinera y restando los sueldos de ella y del mismo chófer. Un día pensaba que me volvería loca al ver todo lo que tenía que hacer.
¿Por qué iba a necesitar una pensión vitalicia?
¿Y por qué necesitaba casarme con Edward para recibirla?
Mi primer pensamiento fue que los padres de Edward me consideraban una arribista, pero pensaban que era la única capaz de mantener las riendas de esa casa, por lo que me ofrecían dinero a cambio de que me quedara con su hijo.
Luego pensé que Elizabeth lo hacía porque sabía que en el fondo yo no era capaz de aceptar dinero para casarme con alguien, y que por eso mismo era que había incluido esa cláusula en su testamento, lo que me llevaba a la conclusión de que los padres de mi amor solo querían separarme de él.
De ninguna manera era posible que estuviéramos juntos, así que después de ese testamento mi determinación aumentó y me convertí en una niñera silenciosa delante del señor. Era la misma de siempre con los niños, porque jamás podría cambiar la forma en la que los trataba y lo mucho que los amaba, incluso Jasper y Rosalie eran como dos pollitos más que adoraba y cuidaba, pero Edward era tratado descorazonadamente.
Hoy era la fiesta de graduación de Emmett, y yo había decidido por Edward que era tiempo de que escogiera una prometida para que ocupara el lugar que toda la prensa declaraba como libre.
No tenía corazón, mi pecho no latía ni se movía. Pero tenía que darle a Edward la oportunidad de empezar de cero con alguien más.
—Bella, estás perdiendo la cabeza—murmuró dejando caer su cabeza en su escritorio—, me estás pidiendo cosas imposibles.
—Edward, tus hermanos necesitan una figura materna a su lado. Alguien que les haga sentir seguros—reclamé aunque mi pecho se exprimió al verlo y al escuchar las palabras que salían de mi boca. No podía dejar que sentirme tan sola y estúpida, sin corazón al tener que ofrecérselo a otra mujer en bandeja de plata para que pudiera triunfar como alcalde y como figura paterna de sus hermanos.
—¡¿Puedes cerrar la boca por un momento y dejar de decir estupideces?! —Gruñó y atrapó mi muñeca hasta conseguir que mi cuerpo se sacudiera—Bella, por todos los cielos, solo cállate…No soporto—su respiración se volvió errática mientras nuestros ojos se encontraban y noté como se llenaban de furia y de dolor en una batalla contra el otro—, no soporto que me eches en cara que no me amas. ¡Es tan fácil para ti darme a otra mujer!
Temblé y todo lo que tenía guardado desde la muerte de sus padres se reventó dentro de mí.
Yo había escogido ser la fuerte, tenía que ayudar en todas las maneras posibles, aun si eso significaba perderlo para que él pudiera empezar de cero. Oh, Dios.
Mi corazón se quebró en mil pedazos y un sollozo se escapó de mis labios cuando uno de mis puños viajó al centro de su pecho y reventó ahí. Mi muñeca parecía haberse quebrado pero el dolor que sentía en el centro de mi pecho sobrepasaba cualquier otro dolor.
Él no entendía. Este era mi amor en forma de sacrificio para él.
—Qué te ame—lloré mientras lo golpeaba con ambos de mis puños, tratando de liberar mis manos de su agarre—no significa que podamos estar juntos. ¡Yo te amo! —Acepté y su respiración se aceleró tanto que casi pude escuchar bombear a su corazón. Sus ojos brillaron pero una capa de dorado los cubrió mientras me apretaba más contra su cuerpo. Las aletas de su nariz se dilataron cuando encontraron mi cabello—Te amo más que a mi propia vida, y estoy haciendo un sacrificio para que tu vida sea perfecta ¡Para que todos tus sueños se cumplan! Para que no te juzguen—ahora gritaba, mi voz llenaba el espacio que él había dejado mientras el dolor salía de mis poros. —, para que no te quiten todo por lo que has luchado tanto desde que eras un niño. ¡Todo por lo que yo he luchado! ¡Mierda, Edward! Abre los ojos—le rogué y encontré su mirada entre las lágrimas que volvían mi visión borrosa—, mírame aquí, dándote toda mi felicidad para que encuentres tú la tuya. ¡Para que encuentres la felicidad de tus hermanos!
—¡Carajo, Isabella Swan! —Gruñó y se dejó caer al suelo conmigo sobre su cuerpo. Ambos terminamos sentados contra la pared, yo llorando en su pecho y él apretándome con fuerza hasta que consiguió mirarme a los ojos, tenía la rabia pero también el dolor mezclados —, tú eres la que necesita abrir los ojos y entender que no hay otra persona que pueda hacerme feliz. ¡Ni siquiera ser candidato se compara en mínima porción a lo que tu me harías feliz si detuvieras esto! Bebé—sollocé y le besé el dorso de la mano que me sostenía—, mi amor, yo soy solo tuyo y jamás podría ser feliz con alguien que no seas tú. Mis hermanos solo pueden ser felices contigo y yo no consigo pensar en nadie más que Tú. Te lo dije cuando tenías 16 años—me besó las lágrimas y un poco de la rabia en sus ojos se disipó—eres la mujer perfecta para mí, no quiero a nadie que no seas tú y no importa cuántas veces pelees. Nada nos va a separar, porque yo no puedo besar a otra, no puedo tocar a otra, no puedo amarla como te amo. Por favor—rogó y sentí sus labios limpiando las lágrimas de las comisuras de mis ojos—, por favor, déjame decirle al mundo que te amo y que solo quiero estar contigo. Qué me amas y que eres mi mujer. Bella, por favor…
Sollocé hasta que sentí que el aire le faltaba a mis pulmones.
—Quiero lo mismo que tú, Edward—le respondí poniéndome en pie y alejándome de él lo más que pude—, pero no puedo estar contigo. No es correcto.
Empujé la puerta y salí huyendo de la oficina. Los únicos sonidos que escuché detrás de mí fueron libros pesados cayendo contra el suelo y su gruñido.
Pensaba que podía aceptarlo, aún cuando mi corazón se negaba. Mi cabeza fue un desastre mientras me colocaba el vestido negro hasta la mitad del muslo que dejaba mis hombros descubiertos y deslizaba mis pies dentro de un par de tacones negros. El sello de la familia Cullen estaba sobre mi corazón, entretejido delicadamente por el sastre que lo había diseñado para Elizabeth. Mi cabello se quedó a los lados de mi rostro en suaves ondas y traté de arreglar un poco mi maquillaje, aunque mis ojos estaban tan inflamados que no veían claramente. El rímel solo los hizo más grandes y causó que brillaran con tristeza.
Tal vez tenía que bajar y decirle a Edward que podía ser egoísta solo por una noche. Tal vez tenía que decirle que subiera y me besara hasta que los pulmones me ardieran y se consumieran del dolor. Tal vez tenía que rogarle que no se comprometiera con otra. O tal vez tenía que dejarlo libre.
No supe que hacer cuando llegué al salón y comencé a buscarlo entre las personas desesperadamente.
Pero lo único que encontré fue a Scarlett en la puerta de la mansión Cullen, con sus brazos rodeando a sus padres y sonriéndome como triunfadora mientras se adentraba en el salón de la fiesta, consiguiendo la atención de todos los presentes. Mi parte egoísta no la había ingresado en la lista de invitados, porque si la veía estaba segura que podría lanzarme a su rubia y brillante cabellera. Edward no podía estar con ella.
No con ella.
Entonces Alice y Mía habían descendido las escaleras con dos minúsculos vestidos y maquilladas como si tuvieran mi edad, listas para salir al mismo bar al que Emmett y Rosalie irían a festejar después de que la reunión formal terminara.
Edward había explotado de rabia al verlas vestidas así y nuestra discusión había comenzado.
Ellas tenían derecho de salir, un poco menos de maquillaje era necesario, pero sus vestidos estaban correctos con el sitio al que iban. Mía quería sorprender a un amigo de Emmett, porque desde hace mucho que jugaban a manitas calientes muy a mi pesar, y Alice solo buscaba una excusa para conseguir la atención completa de Jasper.
Edward terminó su discurso y se deslizó a mi lado en la mesa del comedor, apretando mi mano delicadamente.
Lo miré con la misma adoración y admiración que le tenía desde los trece años, pero regresé mis ojos a Alexander y Carlisle, sonriéndoles para que comenzaran con su cena.
Me puse en pie y caminé hacia la cocina, temblando sobre los altos tacones. Quería llorar.
¿Y si Edward tenía razón?
¿Y si yo era lo que les daba felicidad a todos su hermanos?
¿Podía aceptar lo que él quería y ser feliz yo también?
Me apreté las manos contra el pecho mientras dirigía a los meseros que habían sido contratados para esta cena formal y tomé la última bandeja, siguiéndolos en fila. Repartimos la entrada y dos meseros se encargaron de llenar las copas de todos los invitados que se vaciaban poco a poco. Emmett y Rosalie jugaban a lanzarse sonrisas traviesas mientras Alexander y Carlisle lucían aburridos.
Los ojos de la mayoría de invitados estaban sobre las gemelas, que brillaban esta noche enfundadas en vestidos ajustados. Alice lucía un vestido plateado y tacones del mismo color y su cabello estaba en largas hebras llenas de rizos divertidos. Mía, por su lado, estaba vestida con un strapless rojo y tacones negros, su cabello largo y lacio.
Eran casi todas unas mujeres, y las amaba tanto.
¿Podía dejar que alguien más se las llevara lejos de mí? ¿Podía permitir que alguien las cuidara y escuchara su llanto avergonzado extrañando a sus padres?
Carlisle llegó corriendo a mis piernas, balbuceando palabras sin sentido antes de que estirara sus brazos. Lo levanté con gusto y le besé la mejilla, llenándole de labial la pálida piel que había heredado de su madre.
—¿Qué pasa mi amor? —le pregunté sacudiendo el polvo de sus pantalones.
—Tengo zueño—respondió frotándose los ojitos con los puños—, no quiero seguir aquí… Emmett no me haze cazo…
Me reí, olvidándome de todo por completo y lo abracé a mi pecho antes de besarle la cabeza.
—Entonces vamos por Alex, porque ambos tienen ya que dormir.
—Supongo que es muy tarde para invitarte una copa ¿Verdad? —Una voz masculina preguntó y mis ojos viajaron a la mirada chocolate que disparaba contra la mía. Su tono de voz sugerente acompañado por una sonrisa descarada me recorrió de pies a cabeza antes de extender su mano hacia mí. —Matt Andrews, socio de Edward.
¿Y qué le iba a decir yo? ¿Hola, soy la niñera?
Era más que eso, me di cuenta de golpe.
Era una exitosa enfermera. Era una mujer que había crecido criando a pequeños. Era…
—Isabella Swan—le respondí agitando mi mano libre con la suya.
—La niñera—una voz terminó por mí a mis espaldas.
Mis ojos regresaron abruptamente a mi lado y encontré a Scarlett sonriéndole a Matt mientras le tomaba el brazo con fuerza.
—Vamos, querido. No ibas en serio con esa proposición ¿No es cierto? Es solo la niñera de los hermanos de Edward. No quieres caer con ella. No vale la pena.
¿No valía la pena?
Tuve ganas de arrancarle la garganta y estamparla contra la pared.
Yo valía la pena. Mis esfuerzos al menos valían la pena.
Sabía que no era correcto amar a Edward, pero había hecho todo lo que había estado en mis manos para ser digna de cualquier hombre. ¿Qué sabía ella de mi vida? ¿De mis esfuerzos y mis sueños? ¿De mis sacrificios?
—Hablar de lo que no conoces no es un signo de inteligencia, Scarlett—sentí la mano caliente de Edward en el borde de mi espalda y comencé a respirar agitadamente. Carlisle se había dormido en mi pecho entre tanto intercambio de palabras y sus puñitos estaban alrededor de mi cabello. —Si supieras lo que Isabella vale, te sorprenderías al notar la magnitud de tu error.
La voz de Edward no era pacífica y educada como él trataba de sonar. Era furiosa.
Sus ojos verdes, cubiertos por una capa oscura de musgo regresaron a mí y su mano empujó su cuerpo más cerca del mío hasta que nuestras narices casi se rozaban.
—¿Estás bien?
Su voz cuando habló conmigo fue tan cálida. Dulce. Suspiré de felicidad al saber que no era conmigo con quién estaba molesto.
—Carlisle tiene que dormir—le respondí y una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios al hablarle. Era espontáneo. Mis reacciones eran tan estúpidamente infantiles cuando sentía que él me defendía. —Voy a subirlo a la habitación…
—Por favor—respondió y su mano, a espaldas de todos viajó hasta mi cuello donde jugó con mi cabello tratando de relajarme.
Había sido hace tanto tiempo cuando él me había tocado ahí.
Tenía 17 años y estábamos encerrados en su dormitorio, yo me había convertido en gelatina cuando me besaba detrás del oído o detrás de mí cuello.
¿Edward aún me conocía? Me recordaba a la perfección, me di cuenta.
Asentí y ascendí las escaleras en silencio hasta que llegué a la habitación de los pequeños y lo recosté en su cama. Tendría que subir a Alexander también y no sabía dónde estaba.
Lo busqué por todos lados hasta que encontré a las gemelas abrazándolo mientras él lloraba en brazos de Alice. Mía le llenaba el rostro de besitos mientras susurraba palabras reconfortantes.
Los tres estaban en la cocina, escondidos de la celebración que ocurría en los salones.
—¿Qué pasa? —Pregunté y la carita de Alexander se llenó de lágrimas antes de que se lanzara a mis brazos.
—Scarlett le dijo que cuando ella se casara con Ed, tú te irías tan lejos como fuera posible y que jamás te volveríamos a ver—Mía murmuró en una fría respuesta.
Oh, Dios.
Apreté al pequeño contra mi pecho y aguanté las ganas de llorar.
Esa mujer no podía estar con ellos.
—No, no—le respondí besándole la cabeza—yo te amo, Alex, no puedo dejarte solo nunca. Me muero antes de dejarte solo.
Mía comenzó a llorar y se lanzó a mis brazos poco después de que Alice me abrazara.
¿Qué estaba pasando?
—Niñas, por favor— las apreté con un solo brazo antes de mirarlas—¿Qué está mal?
—¡Estás siendo tan estúpida, Bella! —Alice me reclamó y sus grandes ojos verdes dispararon cuchillas—Como si existiera alguien como tu… Si te vas, nos vas a dejar igual que mis padres nos dejaron. ¡Vas a romper tu promesa!
—¿Qué…? No entiendo—respondí y le limpié las lágrimas llenas de máscara que cubrían sus ojos.
—Eres nuestra segunda madre, y ¿Quieres dejar que Ed se case con otra por la política?
—¡Nosotras solo te queremos a tí! —Mía chilló y me sacudió en una versión más suave de lo que habría sido su hermano. Mis muñecas aún dolían y las sombras moradas aún se dibujaban alrededor de ellas con la forma de las manos de Edward— ¿Cómo pudiste siquiera pensar que algún día consideraríamos a otra mujer para nuestra madre?
—No podemos reemplazar a Elizabeth—la gruesa voz de Emmett llenó la habitación mientras se acercaba y apretaba contra su pecho a Mía mientras yo abrazaba a Alice. Estaba atónita al verlos hablar a todos—, pero tu siempre has estado para nosotros. Eres la única persona que podría ganarse el título de nuestra segunda madre con honores y jamás nos enojaríamos.
—¡No podríamos odiarte! —Alice me golpeó en los costados con su puñito, consiguiendo que me riera y quejara al mismo tiempo—Eres indispensable… si te perdemos…
¿Ellos hablaban en serio?
Quería saltar de la alegría al verlos hablándome con la sinceridad brillando en sus ojitos.
Todos decían la verdad.
—Oh, Dios—susurré y sentí la alegría expandirse en el centro de mi pecho—Oh, Dios mío… niños…
—Te amamos, Bella—Mía me miró dulcemente y me limpió una de las lágrimas que salía de la comisura de mi ojo derecho—, y por siempre te amaremos. No dejes que una extraña ocupe el lugar que te corresponde. El lugar que mamá siempre supo que tenías junto a Ed.
Pum! Dije que era two-shot pero tuve un par de ideas que recién incorporé así que tendrán otro último capítulo, o máximo cuatro si no puedo detener a mis dedos de escribir :S Tengo final el Lunes! FINAL. Lo siento, son demasiados temas y no me puedo concentrar porque pienso en todo menos en lo que debo, estoy muy emocionada de regresar a Ecuador por navidad. Espero que les haya gustado los previews, la misma regla se aplica. Review= Preview. Muchas gracias por todos sus comentarios hermosos y por apoyar la historia. I love Y'all beautiful people :) Cuéntenme que les pareció Xx-Valhe
