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Metrópolis. Más tarde.

Noche.

El atracador atrapó a su victima femenina a la entrada de un callejón. Tapándole la boca, la arrastró hasta un sector repleto de tachos de basura y periódicos acumulados.

-Vamos, vamos, chiquita – le susurró al oído, mientras le metía mano en su bolso – Pórtate bien y…

Una sombra se movió. Cayó de un balcón cercano sobre él, aferrándolo con fuerza.

El atracador se sacudió. Rodó por el piso y quien lo había sorprendido con la guardia baja lo soltó. Mientras se recuperaba, irguiéndose otra vez, observó a su atacante.

Se quedó mudo cuando vio que se trataba de una mujer embutida en un traje de cuero negro, con una mascara sobre su cara.

-¿Quién carajo eres tú? – preguntó.

-La que te va a dar la paliza de tu vida, cerdo – fue la respuesta que recibió, junto con una feroz patada en el rostro.

El atracador retrocedió, atontado. Su agresora estiró una mano enfundada en un guante hacia él… una mano con dedos ribeteados con cuchillas.

Le arañó el rostro.

El hombre gritó y se desplomó en el piso, las manos en la cara, donde salía sangre de sus heridas.

La misteriosa mujer del traje de cuero no esperó ni un minuto más para propinarle una patada demoledora en las costillas. El malviviente soltó el aire y se encogió, hecho un ovillo en el piso.

Temblaba.

Su victima, paralizada, lo contempló todo. Cuando la enigmática mujer acabó de descargar sobre él una lluvia de golpes y de patadas, se volvió hacia ella con una sonrisa en su enmascarado rostro…

-Diles quién te salvó esta noche – dijo.

-¿Qué?

-A las autoridades… a la Prensa… al puto y maldito mundo. Diles que Superman no estuvo esta noche para ti… Diles que yo sí y que pretendo quedarme en la ciudad. Diles… diles que mientras el día pertenece al Hombre de Acero, las noches son mías.

La mujer se colgó de una escalera de metal. Empezó a trepar por ella como un gato.

Se detuvo un momento y se volvió para seguir hablando desde allí.

-Diles que, esta noche, Black Cat te ha salvado – sentenció y desapareció saltando por los tejados.


Elizabeth se detuvo en mitad de una cornisa. Se sacó la mascara. Su rubio cabello ondeó al viento.

Sonrió satisfecha a la noche.

¡Había sido un debut exitoso!

Y se había sentido tan bien… mientras le daba esa paliza a aquel hombre, se sintió fuerte, poderosa…

Viva.

Fue una sensación intoxicante.

Casi como un orgasmo.

Se prometió a sí misma continuar con ello.

Ya no le temería a ningún hombre. Nunca. Jamás.

Metrópolis ahora era SU ciudad.

¡Que Superman se buscara otra!


Edificio LexCorp.

Al día siguiente.

-¿Alcalde de Metrópolis?

-Así es.

-Estas de broma.

-Me conoces bien. No suelo hacer bromas… no de ese tipo.

Lionel miró a Lex. Se encontraba sentado en la silla de su escritorio, con las manos cruzadas y una mirada astuta en su semblante.

El empresario debió reconocer una vez más que era un digno heredero de su padre. Aquellos gestos de superioridad, el porte, la forma en la que se dirigía a él de igual a igual…

Si. Un digno hijo de su padre.

-No puedes ser Alcalde – replicó – Eres muy joven para el cargo. Además, las elecciones son en noviembre. Estamos en diciembre, Lex.

-No estas pensando en iguales términos que yo. Tienes razón. Nos perdimos las elecciones normalmente programadas, pero… - alzó un dedo - ¡Los funcionarios electos pueden ser echados a patadas! – remató sus palabras con una sonrisa picara.

Lionel le devolvió el gesto. El chico era listo, sin duda. Y manejaba como pocos la ironía.

-Sigue. Te escucho.

-Tú tienes poder, influencia económica. Puedes juntar firmas para anular los comicios…

-Pero igual necesitamos una plataforma – le recordó Lionel – Para revocar al actual Alcalde, necesitamos un catalizador, un incidente desencadenante…

-Ahora sí me estas siguiendo – Lex se reclinó en la silla – Ahí es adonde entran nuestros contactos con el bajo mundo de Metrópolis. Tú puedes disponer de todo ello.

-Un detalle, Lex. Te lo repito por si no te quedó claro: no puedes ser Alcalde. Legalmente, eres todavía bastante joven para ocupar el cargo.

Lex resopló. Se pasó una mano por el rostro.

-Te equivocas: yo no puedo ocupar el puesto, pero .

Sonrió de nuevo. Lionel enarcó una ceja.

-Tú tienes la edad perfecta, la posición adecuada… estas en el momento justo, en el lugar apropiado – puntualizó Lex.

-¿Yo? ¿Quieres que yo sea candidato a Alcalde?

-…Alguien tiene que suplantar a este Alcalde que no quiere el progreso…

-Pasémoslo en limpio: tú quieres ser Alcalde de Metrópolis, pero como no puedes, vas a utilizarme a como mascaron de proa para serlo. Y también quieres que mueva mis contactos e influencias para conseguir el puesto mediante el caos…

-¡Co-rrec-to!

-¡Estas demente!

La sonrisa que Lex le dirigió fue de oreja a oreja.

-Además, hay otro factor que no has tenido en cuenta – puntualizó Lionel.

-¿El cual seria…?

-Superman.

-Ese payaso vestido de rojo y azul es la menor de mis preocupaciones. Ya estoy ideando una forma de acabar con él. ¿Por qué esa cara? ¿No era lo que querías? Desde que tengo uso de razón, viniste preparándome para destruirlo y así vengar a mi padre. Bien, ese momento está llegando… pero primero es lo primero: tenemos que controlar la ciudad totalmente.

Lionel permaneció mudo largo rato. Caminó renqueando con su bastón hacia una ventana. Observó a la ciudad.

-Eres un gran negociador, Lex – concedió – Muy bien, seré Alcalde.


Smallville. Kansas.

Hospital General.

Lois y Clark salían de la consulta del doctor Vale en silencio. Habían ido a recibir el resultado de los análisis médicos que ella se había hecho.

Solo confirmaron lo que Clark le había dicho: la placa de tórax revelaba una mancha negra en un pulmón.

La pareja caminó muda hasta el estacionamiento del hospital y se subieron al coche. Lois iba con el ceño fruncido y rebuscó en su bolso con decisión. Sacó un paquete de cigarrillos y se dispuso a fumar uno.

-¿Qué haces? – Clark se lo sacó de las manos. Miró con fuerza a su mujer - ¿Te volviste loca?

-Devuélvemelo.

-No.

-Ni modo – ella se encogió de hombros y procedió a extraer del paquete otro.

Clark fue mas drástico está vez. Le arrancó el atado entero de cigarrillos, lo trituró en pedazos con la mano y lo arrojó por la ventanilla.

-¿Por qué hiciste eso? – exigió saber Lois, enfadada.

-¿Por qué te empeñas en hacer lo que NO debes? – le retrucó su marido - ¡Ya escuchaste al doctor! ¡Tienes que dejar de fumar! ¡Si no lo haces, tu salud se va a deteriorar!

-¡A la mierda con eso! Hace años que fumo. ¿¡Como carajo esperan que de un día para el otro deje de hacerlo!

-Lois, tienes que hacerlo – la miró con paciencia – El doctor fue claro. ¡Tu vida está en riesgo!

Ella se cruzó de brazos, molesta.

-Todo por una manchita en un pulmón – se quejó.

-Lois, no eres tonta. Sabes perfectamente que todo comienza de esa manera…

-¿Y mi derecho a hacer lo que quiero, qué? ¿No cuenta?

-No estas siendo razonable… - Clark suspiró – Cariño, por favor. No puedes poner más en riesgo tu vida. ¡Piensa en Tom! ¡Piensa en tu hijo! Él está muy preocupado por ti.

Lois aflojó. La expresión de disgusto abandonó su semblante. La reemplazó una de triste resignación.

-Amor, tu hijo se preocupa por ti, como yo lo hago – siguió diciéndole él – Lois, te amo. Si algo te pasara… si algo malo te ocurriera… no sabría cómo seguir.

Ella miró a su marido a los ojos. Estaban surcados por lágrimas.

Se conmovió.

-Por favor, Lois. No fumes más. Por tu hijo. Por mí – la señaló – Por ti.

-Está bien – cerró sus ojos. Aspiró una amplia bocanada de aire y los abrió otra vez – Está bien. Lo haré.

-¿Lo harás?

-Lo… intentaré.

-Cariño…

-¡No te pongas pesado, Clark! Si te digo que lo haré, lo haré…

-Ok, ok… pero no estarás sola en esto. Thomas y yo te ayudaremos.

Lois asintió. Se ajustó el cinturón de seguridad.

-Todo ira bien, amor – Clark puso en marcha el coche – Ya veras.


De camino a la granja, escucharon la radio. Pasaban cosas en Metrópolis…

Se estaban produciendo saqueos. Varias bandas criminales estaban creando caos en la ciudad. Al mismo tiempo. La policía no daba para más y el Alcalde solicitaba cuanto antes la ayuda del Hombre de Acero.

Clark entendió que debía entrar en acción. Dejó a su esposa en casa, se cambió de ropa por su traje superheroico y salió volando hacia Metrópolis.

Thomas no estaba en casa en aquel momento, por lo que Lois se quedó sola.

Miró algo de tele, comió un poco, encendió la computadora, chequeó mails, respondió algunos y después se fue al baño.

Se miró en el espejo sobre el lavabo.

Se sentó sobre la tapa cerrada del retrete.

Aguardó un rato en silencio. Tosió fuerte por unos segundos.

Fue una tos ronca y bastante fea.

Cuando acabó, rebuscó detrás del inodoro, en un hueco secreto.

Sacó un paquete de cigarrillos… y empezó a fumar otra vez.