Capítulo II: Eric
Sentía que era demasiado. Demasiados días, sol, sueños, deseos. Demasiados pasos caminados en vano. No quería seguir cargando esa armadura un segundo más... Se apoyó contra una roca convenientemente situada en medio del desierto y respiró con fuerza. El aire caliente llenó sus pulmones, lamentablemente venía acompañado de un gran número de partículas de arena, que se comenzaron a infiltrar rápidamente a través de su garganta, hasta los pulmones. Casi podía sentir cada uno de sus alvéolos llenos de tierra, lo que lo llevó a proferir grandes estornudos, sonoros y continuos, mezclados con alaridos de "Me ahogo" y "No puedo respirar". Todos siguieron caminando, acostumbrados a sus arrebatos infantiles, excepto Sheila. "La dulce y compasiva Sheila", pensó Eric. La chica se arrodilló junto a él –Eric, ¿Estás bien?- le dijo, mientras lo observaba con sus enormes ojos azul-verdosos. El joven sintió el impulso de responder irónicamente, algo del estilo "¿Tú lo estarías si tuvieras al maldito Desierto del Sahara metido dentro tus pulmones?", pero se contuvo. La chica se preocupaba de verdad, y no se merecía esto. Eric se extrañó "Al parecer esto es lo que llaman madurez" pensó, mientras sacudía su armadura. – Estoy bien. Solo una consecuencia de un paseo desértico. ¿Sigamos?- Ambos se pusieron de pie y se dispusieron a seguir el trayecto, tratando de dar alcance al resto de sus amigos.
Eric los observó. Hank iba a la cabeza, atento a cualquier movimiento. Diana iba tras él, erguida, atlética, despampanante, la segunda a bordo. Conversaba alegremente con Presto, quien reía nerviosamente cada 2 minutos. Eric sonrió, el joven mago aún no se acostumbraba a la compañía de la diosa de ébano que tenían como amiga. Incluso él se maravillaba a menudo de la relación que habían establecido con Diana. Cierto es que discutían mucho, probablemente todo el día, pero tenían una relación de amistad muy fuerte. Si él debía dar la vida por alguien, sin ninguna duda lo haría por ella. Eric se detuvo de improviso. El pensamiento lo sorprendió, nunca pensó que podría establecer de forma tan clara por quien moriría, y menos creyó que sería por Diana. Sintió u ardor extraño en el pecho y en el estómago, pero decidió no darle importancia. Era mejor así.
Sheila caminaba alegremente a su lado, observando atentamente cada movimiento que hacía Bobby y Uni. "Esto se siente bien", pensó Eric, mientras avanzaba acompasadamente junto a la chica. Ella era una persona agradable, que generaba atmósferas de tranquilidad. El cabello rojo brillaba con la luz del sol, la piel blanquísima resplandecía. Eric observó de reojo la corta falda que ella llevaba y las piernas que asomaban bajo ella. Antes de llegar a este lugar ella no se caracterizaba por ser deportista, pero siempre poseyó un cuerpo armónico. Ahora, los meses de batallas y caminatas habían surtido efecto. "Pechos y trasero generosos, pequeña cintura y piernas tonificadas" pensó Eric, dando gracias al caluroso ambiente que disimulaba el rojo de sus mejillas con un bronceado. – Oye Sheila, ¿Cómo es que tu piel está tan blanca?- preguntó súbitamente. Sheila lo observó con extrañeza – Es de nacimiento Eric. Mi mamá es igual … - No- interrumpió el caballero - Me refiero a que no te has bronceado un ápice, mientras el resto de nosotros parecemos carbonos a las brasas.- Eric sonó un poco más acusador de lo que hubiera querido –Digo, para que me des el secreto- añadió, más conciliador. - ¡Ohh!, Presto conjuró un pastel de crema para mi cumpleaños y obtuvo por error una crema bloqueadora. Después de todo, fue un mejor regalo.- Sheila sonrió con fuerza, dejando ver sus albos diente. Eric la observó ensimismado. Podía tomar solo un segundo enamorarse de esa sonrisa. Él había pensado que la amaba cuando estaban en el mundo real y en parte esa era la razón de sus desencuentros con Hank. Le había costado aceptar que ella prefería al rubio arquero, pero ahora tenía sentido. Ella era muy delicada para un tipo como él, que acostumbraba a romper todo lo que llegaba a sus manos. Parecía que habían pasado siglos desde esos días.
Era extraño, todos sabían que Hank y Sheila tenían sentimientos el uno por el otro, pero nunca los habían escuchado expresárselos. Es más, rara vez se les veía juntos en situaciones que produjeran suspicacias. Claro, todos habían notado las miradas de soslayo, o las ocasiones en que Hank decidía tomar la retaguardia para vigilar el ataque de algún enemigo, cuando en realidad lo hacía para acompañar a Sheila en su marcha. Pero el chico se contenía y Eric no entendía el porqué. Una vez había conversado de esto con Presto, y su amigo le había dado una explicación para el asunto. Recordaba que le había dicho algo como "Hank no le dice a Sheila lo que siente por ella para protegerla y protegernos". Eric no lo entendió, ¿qué tenía que ver un pequeño amor de adolescentes con el resto de ellos?, pero Presto le sorprendió diciendo "Algún día lo entenderás", como si él fuera el experto en temas amorosos. Estaba claro que había tenido su romance con Varla, se lo recordaba cada día que lo veía observando melancólico el más allá. Tratando de encontrarla en el horizonte. Eric pensaba que estaba exagerando. ¡¿Cómo alguien se iba a enamorar en tan corto tiempo?! Y mejor que no le hablaran de conexiones espirituales ni nada por el estilo. Esa era pura mierda. Pero lo tangible eran las noches en las que Presto despertaba gritando cubierto en sudor y lágrimas. Sucedía tan a menudo que ya deberían estar acostumbrados, pero como acostumbrarse al terror y la pérdida…
Hank caminaba sin aminorar el ritmo. Para él era fácil, no cargaba kilos extras de metal. Se veía con más ánimo, casi con la ilusión de que esta vez si iban a encontrar la vuelta a casa. Eric poseía la certeza de que no iba a ser así. Ya habían acumulado millas por todo el reino, y observado los mismos soles y lunas infinidad de veces y siempre debían renunciar a su deseo de salir de este lugar por alguien más. Estaba cansado de crecer como persona y tener que ceder ante el bienestar de otros. "¿Acaso no podemos ser egoístas por una vez?". Hoy debían atravesar ese gran desierto, para llegar a una ciudad llamada Lokrhan, y ahí encontrar a alguien "cuyo disfraz es hermoso pero mortal" y quien los hará "sacrificar lo que más aman para alcanzar la salvación". El anciano se los había dicho, y Eric había concluido que no importaba si llegaban a ese lugar o no, de todas formas no era el camino a casa. Además, las palabras mortal, sacrificar y salvación no le gustaban en la misma frase. Al parecer, el resto del grupo había decidido mantener sus esperanzas en alto.
Al cabo de un par de horas, dos sorbos de agua y 5 moras con sabor a tierra observaron a lo lejos un resplandor dorado. Sheila le sonrió y comenzó a correr -Eric, apúrate. Esa es Lokrhan- le gritó. Eric los observó mientras todos corrían hacia la ciudad. "Demonios", pensó. "Aquí vamos de nuevo".
