II. Si miró atrás, estoy perdida
– Mi reina – susurró Daario, llamando su atención, a sólo unos pasos frente a ella.
Daenerys no levantó el rostro de sus manos y suspiró fuertemente. Estaba sentada sobre los escalones fríos de la plataforma del trono, apoyando sus brazos sobre sus rodillas con las palmas fuertemente apretadas contra sus ojos, al lado de los escombros y el metal fundido en el que se había convertido el Trono de Hierro.
– Mi reina – repitió Daario y con otro suspiro profundo, Daenerys levantó su mirada, frotándose la sien con su mano izquierda.
– ¿Qué ocurre? – preguntó ella, con cansancio.
– Solo quería informarte que Gusano Gris y algunos Inmaculados acaban de partir con Yara Greyjoy, para traer las provisiones y lo necesario de Rocadragón. – Ella asintió –. En un par de semanas volverán con los barcos restantes y estaremos listos para partir.
– Bien, ¿alguna palabra de la Ciudadela? – preguntó, intentando enfocar su mente en los asuntos pendientes antes de su partida de Desembarco del Rey y no en el desorden de emociones que era su cabeza.
– Sí, los transcritos que has pedido llegarán aquí en unos días, con un par de aprendices que aceptaron viajar con nosotros. – Daenerys hizo una mueca ante la palabra aprendices. Claramente, ella hubiera preferido a Maestres con una formación completada, pero quizá debía estar agradecida que alguien hubiera aceptado viajar con ellos en primer lugar. No sabía si alguno de los hombres o mujeres que se encargaban de los heridos en su ejército, pudieran entender el conocimiento de la información que ella había solicitado.
Si iba a tratar de explorar y reconstruir por lo menos una parte de la Antigua Valyria, necesitaba llevar consigo el conocimiento de tratar enfermedades como la psoriagrís. Sabía que era peligroso, las leyendas de los demonios que habitaban las ruinas de lo que alguna vez fue el Imperio más impresionante de toda la humanidad no eran bondadosas. La maldición de esas tierras le preocupaba, pero en estos momentos, esta nueva meta era también lo único que la estimulaba.
Su plan consistía en regresar a Bahía de los Dragones para reabastecerse, analizar la situación de la ciudad, dejar un asentamiento con su gente y partir de ahí con un grupo pequeño de soldados, Inmaculados y Dothrakis, y algunos de los Segundos Hijos en un primer viaje de exploración hacia las ruinas de Antigua Valyria.
No sería una campaña sencilla. Lo sabía. Tanta gente lo había intentado y tanta gente había fracasado. Pero ella estaba convencida de que podía lograrlo, tenía esa misma convicción que le susurró en su oído en el pasado que ella podría salir de la pira de Drogo viva.
– ¿Daenerys? – le dijo Daario entonces, sacándola de sus pensamientos.
– Lo lamento – respondió. Por la expresión preocupada que tenía aquel hombre en el rostro, la había llamado más de una vez. Él se sentó a su lado –. ¿Nuestros invitados? – preguntó finalmente, tras un segundo de vacilación.
Daario se tomó un segundo antes de contestar.
– La mayoría sigue en la ciudad. El príncipe de Dorne se ha marchado esta mañana y hemos estado atentos al ejército que aún permanece a las afueras de la ciudad. Han levantado campamentos pero no parecen tener intenciones de atacar después de tus palabras de advertencia – comentó, y parecía completamente convencido –. Además, al parecer una parte de los caballeros del Valle se han marchado también esta mañana, aunque Lord Royce fue visto hace poco al lado de la regente de Invernalia, quizá se fueron con su pequeño Lord.
Daenerys asintió con un alivio sincero. De verdad no quería otra batalla, no tenía cabeza para eso en estos momentos.
– Las cosas parecen marchar correctamente – dijo y sonrió ligeramente, con un sentimiento que desde hacía algunos meses, no le llegaba a los ojos.
– ¿No deseas saber a quién han elegido como gobernante? – Ella lo miró un momento y agitó la cabeza.
– No – dijo con firmeza. Y así era, no le interesaba. Si por ella fuera se marcharían esa misma tarde, sin embargo, entre los heridos aun recuperándose y las provisiones que necesitaban, aun no podían zarpar hacia el Mar Angosto. Entre menos supiera de Poniente, mejor. Le daba igual si nombraban a un caballo como nuevo Rey –. ¿Has conseguido hablar con Samwell Tarly?
– Sí y ha aceptado tener una reunión contigo en cuanto lleguen los aprendices de la Ciudadela. – Ella asintió, aliviada. Esperaba que él pudiera aconsejarlos sobre las enfermedades que podrían esperarlos en su viaje. Jorah había confiado en él, ella confiaría en él también. Por lo menos para esto.
Se quedaron callados por unos minutos y ella se sumió de nuevo en sus pensamientos. Sin embargo, esta vez fue consiente de las miradas furtivas que Daario le estaba dedicando. Suspiró profundamente, como se le estaba haciendo costumbre.
– Estoy bien – dijo, con cierto cansancio. Él asintió, no muy convencido.
– No deberías estar aquí… – dijo entonces y ella lo miró.
Sí, pensó ella, estar sola en ese lugar tan sombrío era ciertamente patético. La sala estaba en completas ruinas, con nieve y cenizas por todas partes, el trono destruido y ella se encontraba sentada en el piso ¿Cuándo se había convertido en aquella criatura tan indefensa y vulnerable?
– Estoy bien, sólo necesitaba un sitio para meditar – murmuró. Necesitaba estar sola con sus tormentos y los fantasmas que la perseguían. Él la miró y levantó una de sus pobladas cejas. Daenerys dejó escapar aire por enésima vez en esa tarde –. Necesitaba estar sola, Daario. Agradezco tu preocupación y sé que debo hacer acto de presencia entre los soldados. Pronto lo haré.
– Pronto – reafirmó él y se levantó. Titubeó, – Ninguno de los Stark se ha marchado de la ciudad – susurró finalmente, sabiendo que era algo que ella deseaba saber.
Ella no lo miró y asintió.
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– Necesito hablar con ella – les repitió Jon a sus hermanas y a Tyrion esa tarde, mientras descansaban de la larga reunión que habían mantenido hacía unas pocas horas.
En las afueras de Desembarco del Rey, Jon, sus hermanas y Tyrion se encontraban sentados dentro de una pequeña tienda que había sido asignada para las reuniones del nuevo consejo que se había formalizado aquella tarde. Había apenas unas cuantas sillas alrededor de una mesa de roble, la cual tenía mapas, pergaminos y notas extendidas por todas partes.
Ser Davos había decidido acompañar a Bran a su tienda, nombrado Rey por unanimidad aquella misma tarde, y dado que Ser Brienne había sido asignada como la Comandante de su Guardia Real, se había marchado también con ellos. Lord Royce y Edmure Tully se estaban encargando de verificar la situación de los soldados y Sam se había retirado con su familia, que lo había acompañado. Todos los demás Lores que habían atendido a la reunión ya se habían marchado de la ciudad. Los que quedaban estaban esperando a que Daenerys zarpara hacia el Mar Angosto y se marchara, como había prometido, para que ellos pudieran ocupar Desembarco del Rey. El ejército que Sansa había invocado, permanecía atento, guareciendo la seguridad de su nuevo Rey, aunque Bran había asegurado que Daenerys iba a mantener su palabra y no los pensaba enfrentar.
– No entiendo por qué, si intentas acercarte, te matará – le respondió Sansa a su hermano, primo, por enésima vez, con cansancio, viendo los ojos de Jon, rojos y ojerosos.
– Si ella se marcha de esta forma, no podré vivir nunca en paz conmigo mismo – susurró él, pasándose una mano sobre el cabello en señal de frustración.
– Jon, ella cometió un terrible error. Cometió una atrocidad y tú actuaste de la forma en la que deberías haber actuado. Ella… era peligrosa, para ti y para el reino, y tú eras el único que podía detenerla – aseguró Arya, dándole una palmada en la espalda, brindándole un poco de apoyo. A Jon se le ensombreció el rostro.
– Ella tenía razón ¿saben? Ninguno de nosotros le dio una oportunidad – susurró, como si no pudiera escuchar ninguna de las palabras de ánimo que sus hermanas trataban de brindarle –. Yo no le di una oportunidad. Ustedes no lo entienden… yo, ella intentó acercarse a mí. Intento refugiarse en mí. Estaba tan sumido en mis propios sentimientos hacia ella, que la rechacé y la hice a un lado. No pude brindarle lo que ella desesperadamente buscó de mí. – Sus ojos se nublaron por las lágrimas y las reprimió lo mejor que pudo, recordando aquel encuentro con Lord Varys en la playa, donde él mismo le había dicho que ella no debería estar sola y, sin embargo, él no pudo estar con ella.
– Aun así no es tu culpa. La ambición la corrompió, suele pasar muy a menudo cuando se tiene tanto poder – le reafirmó Tyrion que tomaba una copa de vino, aunque su expresión también parecía sombría y su voz carecía aquel carisma que lo caracterizaba.
Sansa suspiró pesadamente y Arya la miró, tratando desesperadamente de encontrar las palabras adecuadas para que su hermano se sintiera mejor.
– Jon… – empezó Sansa, cuando de repente, él se levantó de su lugar con brusquedad. Ella se sobresaltó un poco.
– Quizá tú puedas vivir con un juramento roto, Sansa, pero yo no puedo. La traicioné. Nosotros la traicionamos – le reprochó con la voz estrangulada.
– Hice lo que en ese momento creí que sería mejor para nuestra gente. Para nuestra familia. Lo haría de nuevo si pensara que alguno de nosotros corre peligro – susurró ella, rehuyendo su mirada.
– Sé que ella nunca te cayó bien pero estoy seguro que lo que menos te gustaba de ella era la idea de cederle el poder. Sé que intentabas proteger a nuestra gente, lo sé. Pero nunca intentaste comprenderla o ponerte en su lugar – le recriminó, llevándose una mano a los ojos y limpiándose las lágrimas con brusquedad –. Todo comenzó cuando decidiste conspirar a sus espaldas, a mi espalda, y después Tyrion y Varys decidieron hacer lo mismo. Nosotros éramos lo único que ella tenía y la traicionamos – dijo y se pasó de nuevo la mano sobre el cabello –. Por supuesto que iba a quebrarse, es un ser humano. Sacrificó a su ejército por gente que la despreciaba. Perdió a su mejor amiga, a su mejor consejero y a dos de sus dragones, ¡sus hijos!
– Todos hemos tenido nuestras batallas y hemos luchado contra nuestros propios demonios – susurró Sansa, con menos convicción que antes, aun sin poder mirarlo –. Y hemos sobrevivido de alguna forma sin matar a miles de inocentes.
– Así es, pero tampoco hemos tenido esa clase de poder – dijo, con amargura –. Ninguno de nosotros podrá ponerlo a prueba nunca. Cada uno de nosotros ha matado a alguien por dolor, venganza o justicia, aun así decidimos juzgarla con esta facilidad tan frívola. Como si fuéramos o actuáramos mejor que ella.
– Tú lo has tenido – repitió Tyrion lo que le había dicho aquel día lejano en su celda. Jon ahora veía la respuesta a aquellas palabras con mayor claridad –. Has tenido esa clase de poder, te hago de nuevo la pregunta ¿actuarías como ella lo hizo?
– Si, lo tuve. Tuve el poder para pelear contra los espectros y los Caminantes Blancos – dijo con dureza –. Nunca tuve esa clase de poder después de creer que mi mundo se estaba desmoronando poco a poco a mí alrededor, consumido por la venganza o viviendo entre personas que me despreciaban completamente solo por el apellido que llevaba. Es más sencillo decir que nunca haría algo sin haberlo vivido en carne propia – terminó, entre dientes –. Tú creíste una vez en ella. Tú sabes lo que ella es. Definitivamente no es un monstruo. – Tyrion asintió y no dijo nada más, solo bebió un poco más del vino de su copa.
Arya suspiró, pensando en la rabia y el dolor que sintió cuando su padre había sido apedrado, humillado y finalmente ejecutado. En ese momento, mientras la multitud se burlaba de él… quizá si ella hubiera tenido el poder… Lo único que le importaba era su familia, después de todo.
– Puedo ayudarte a pasar a los guardias – susurró finalmente, resignada y era claro que no parecía convencida con la idea.
Sansa la miró con horror y a Jon le cruzó una ligera luz de esperanza por los ojos.
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– ¿La encontraste? – preguntó Daenerys al día siguiente, sentada sobre los escalones del estrado del trono nuevamente, sola y en medio del frío. Aquel día había amanecido particularmente nublado y una capa ligera de neblina cubría la ciudad. El día perfecto para una tormenta, quizá.
Daario la miró y ella lo vio apretar los labios. Sabía que estaba preocupado por ella, y no lo culpaba. Cuando él había llegado a Desembarco del Rey hacía ya más de un mes, la había encontrado destrozada emocionalmente y en el estado más vulnerable que la había visto jamás. Ella intentaba recuperar parte de esa fortaleza que alguna vez había tenido, pero sabía muy dentro de sí que aquella persona había desaparecido completamente. Esta guerra había tomado tantas cosas de Daenerys Targaryen y parte de su alma había sido una de ellas. Tragó saliva y se irguió en su lugar queriendo parecer más segura, no estaba lista para abrirse de esa forma con él.
– No, mi reina, pero seguimos buscando entre los escombros – murmuró y se acercó, tomando asiento a su lado. Ella le asintió y entrelazó las manos encima de sus piernas antes de escucharlo suspirar –. Aun no comprendo del todo para que quieres esa espada.
– Creo que es tiempo para que yo lleve mi propia espada. – Lo miró –. Esta expedición es muy peligrosa, no puedo depender de mis guardias todo el tiempo. Ya no seré solo una reina, Daario.
– Deberías dejar que yo me ocupe de tu seguridad, no voy a perderte de vista. Eso te lo prometo – dijo y le sonrió. Daenerys le devolvió el gesto ligeramente –. Tú ya tienes a tu dragón, mi reina.
– Ya hemos discutido esto. Necesito la fortaleza para demostrarle a mi gente que podemos hacer esto. No pondré en peligro a Drogon si no es necesario – murmuró –. No estoy diciendo que me volveré la mejor guerrera de todos los tiempos, pero debería poder defenderme sola. – Lo que él no sabía es que ella no pretendía depender de nadie de la forma que había hecho toda su vida. Había dependido tanto de sus consejeros y sus guerreros que, estado completamente sola, había destrozado todo de ella.
Daario sonrió de nuevo y asintió. Levantó una mano para retirarle un mechón de cabello del rostro y ella echó la cabeza hacia atrás, ligeramente agitada. Él suspiró, dejando caer la mano.
– ¿Estás segura siquiera que esa espada está aquí en la ciudad? – preguntó, tratando de aligerar la tensión que se había formado entre ambos.
– Lo último que supieron de ella es que estaba en manos de Tommen Baratheon. Así que sí, debería seguir dentro de la fortaleza – respondió, tras un momento de silencio, sintiendo los músculos de su espalda ligeramente tensos. Daario había intentado tocarla en varias ocasiones, la mayoría del tiempo con gestos insignificanticos, pero ella no estaba lista para eso tampoco. Al principio la había abrazado, sí, y recordaba vagamente que la había cargado, pero en aquellos momentos ella no era consciente de su alrededor y se había perdido en su mente, bloqueando su exterior. Ahora, definitivamente no quería eso de él, a pesar de ver el anhelo en sus ojos castaños.
Él, tanto como Gusano Gris, eran algo así como su lugar seguro ahora que sus emociones estaban completamente en desorden. Pero nada más. No después de Jon Snow.
Estaba a punto de decir algo más, cuando ambos giraron la cabeza en dirección hacía un ruido que había surgido de entre los escombros de aquel recinto, cerca de la entrada. Daario se levantó de un salto y ella también se incorporó tras su espalda.
– ¿Dónde está Drogon? – le preguntó él mientras lo veía tomar el pomo de su arakh.
– Salió a cazar. No le gusta el frío – susurró ella, ligeramente preocupada, sin apartar su mirada de las esquinas oscuras del recinto, escrutando la oscuridad.
Daario avanzó, en posición defensiva, cuando ambos vieron una figura emerger de entre las sombras, vestido como Inmaculado pero dejando en claro que no era uno de ellos. Daenerys alargó un brazo hacia su guerrero y lo detuvo con firmeza cuando aquella figura removió el yelmo de su cabeza, dejándolo caer a sus pies, y los rizos oscuros cayeron sobre su rostro.
– Espera – ordenó ella, con voz temblorosa, sintiendo como su corazón daba un vuelco. Daario intentó zafarse de su agarre pero entonces ella se adelantó y le puso una mano sobre el pecho, viéndolo con seriedad – Daario – insistió, con urgencia.
Él no apartó la mirada de la figura que se había detenido a unos metros de ellos pero se quedó quieto ante la petición de su reina, con el arakh desenvainado en su mano derecha.
Daenerys aspiró varias veces antes de encontrar las fuerzas para girarse, aun delante de Daario, y ver a Jon Snow, Aegon Targaryen, a solo unos pasos de distancia.
– ¿Cómo entraste aquí? – preguntó, tras unos segundos de silencio. Daario se removió y ella presionó su mano fuertemente sobre su pecho –. ¿Estás loco acaso? Mis guardias tienen órdenes de matar a cualquier intruso que entre sin permiso. – Apretó la mandíbula y Jon la miró, con ojos tristes y expresión desolada.
– Necesitaba verte, hablar contigo – susurró Jon. Daenerys apenas lo escuchó.
– ¡Daario, basta! – exclamó, de repente. Él finalmente la miró y dejó de moverse. Ella lo miraba con seriedad pero sus labios temblaban ligeramente. No tenía la fuerza suficiente para detenerlo si él quisiera soltarse de su agarre y Jon parecía desarmado, por lo menos hasta lo que ella podía observar.
– No deberías estar aquí, Jon – dijo ella entonces, con la respiración levemente agitada y sin mirarlo.
– ¿Cómo evadiste a los guardias? – habló Daario con agresividad, apretando fuertemente la empuñadura de su arma hasta tener los nudillos blanquecinos por el esfuerzo.
– Tuve ayuda… – respondió, en un murmullo. Daenerys lo miró y él dio un paso al frente.
– Jon, ¡maldición, no te acerques! – Daenerys cerró su mano libre sobre el puño que Daario mantenía sobre su arma y le dio un firme apretón, ordenándole en silencio que bajara el arakh. Lo observó apretar la mandíbula fuertemente y finalmente dio un paso hacia atrás, con resignación, sin embargo, no guardó su arma.
Su corazón palpitaba fuertemente, martillando en su cabeza con aprehensión y dolor. Daenerys no esperaba ver a aquel hombre nunca más y su presencia la afectaba más de lo que le gustaría aceptar. Aunque no le guardaba odio alguno por su autodestrucción –ese era un pecado que iba a cargar ella sola– su existencia le generaba cierta amargura y rencor al ser la fuente principal de su miseria. Jon le había roto el corazón, la había intentado matar, a pesar de que ella le había entregado todos los sentimientos que ni siquiera sabía que poseía y se había abierto a él como una niña enamoradiza, y estúpida.
Él le había dado esperanzas y la había hecho soñar en cosas que ni siquiera sabía que quería. Y él la había rechazado, la había traicionado. Y así de fácil le había arrebatado de las manos todos esos sueños absurdos y esperanzas irrealistas que se habían clavado en su cabeza y corazón.
Aun así, cuando dio otro paso cauteloso hacía ella y al observar sus ojos oscuros llenos de tristeza, Daenerys no pudo reprimir el vuelco que dio su corazón con un sentimiento parecido al anhelo.
– Necesito hablar contigo… – murmuró él de nuevo, deteniéndose al ver que ella retrocedía un paso, alejándose de él a pesar de que aun los separaban varios metros de distancia.
– Yo no tengo nada que hablar contigo – dijo e intentó sonar firme, aunque sentía como la voz le temblaba.
– Por favor, no vengo a hacerte daño… – miró a Daario durante un par de latidos de corazón y regresó su atención a ella –. Solo quiero hablar.
– La última vez que nos encontramos en este mismo lugar, yo creí que solo íbamos a conversar y todo resulto de forma distinta – murmuró ella, con amargura. Jon frunció el ceño con frustración y se pasó una mano por el cabello.
– No pienso irme de aquí, Dany, – ella apretó las manos ante aquel mote cariñoso y un nudo se le formó en la garganta –. No hasta que me permitas hablar contigo o me mates – la miró, suplicante –. Por favor.
Daenerys apretó la mandíbula con tanta fuerza que los dientes empezaron a dolerle. Con frustración, cerró los ojos unos segundos y se apretó la sien con una mano. ¿Por qué le tenía que hacer esto?
– Daario… – Él la miró con sorpresa y amargura.
– De ninguna maldita manera.
Ella suspiró con fuerza y apretó su puño libre, con la frustración creciendo a cada minuto. No tenía cabeza para esto, ni para él ni para Jon, pero tampoco le quedaban fuerzas para discutir con ninguno de los dos. No en el estado tan frágil en el que se encontraban sus emociones y sus pensamientos.
– Es una orden, Daario. Solo será un momento. – Intentó sonar segura, pero la voz le falló y él se dio cuenta.
– No.
Se llevó ambas manos a la cara y cubrió sus ojos con cansancio. Suspiró nuevamente, con mayor fuerza que la vez anterior y lo miró, dejando resbalar sus palmas abiertas hacia la parte trasera de su cuello, donde sentía una creciente tensión muscular.
– No – repitió él de nuevo, mirándola con determinación. Ella dejó escapar un gruñido y desvió la mirada, pensando por un momento.
– ¿Por qué no vas a aquella esquina y esperas? De esa forma podrás darme un momento de privacidad con él y al mismo tiempo estarás al pendiente si sucede algo – concedió ella finalmente, consiente que aquel hombre castaño no iba a aceptar otra opción. Daario pareció pensarlo por un momento y desvió su mirada para observar a Jon, que continuaba esperando sin moverse de su lugar. Algo en su mirada pareció suavizarse ligeramente y finalmente asintió.
– Cualquier movimiento en falso y eres hombre muerto – lo amenazó, caminando hacia él. Lo agarró de las solapas del gambesón oscuro que tenía puesto debajo de la armadura de los Inmaculados y lo acercó a él con fuerza –. No te maté antes por ella, pero será todo un placer cortarte la garganta y enviarles tu cabeza a tus hermanas como regalo. – Jon lo miró y aunque no se movió ni se resistió al agarre de Daario, una fiereza resplandeciente apreció en sus ojos oscuros.
– No le haré daño.
El guerrero tyroshi lo soltó, revisó que no trajera ningún arma y con resignación, y echándole una última mirada a su reina, se alejó de ellos hasta quedar a una distancia prudente, donde aún podría obsérvalos pero Daenerys estaba casi segura que apenas podría escucharlos. Él se recargó contra la pared y empezó a jugar con su estilete, sin apartar la mirada de ellos. Daenerys suspiró de nuevo y miró a Jon. Él tragó saliva.
– No pretendo hacerte daño… – susurró él, reafirmando sus palabras como una promesa.
Ella asintió y para sorpresa de él, dio unos pasos hacia atrás y se sentó en su lugar 'favorito' sobre los escalones del trono y soltó otro suspiro profundo, resignada.
– No creo que seas tan estúpido. Si intentas algo, él – señaló a Daario –, te matará. Si me matas, él se asegurará de vengarse de todo Poniente. Te lo aseguro, mi ejército lo seguirá. No es un guerrero honorable o benevolente y no tiene el autocontrol de Gusano Gris, quien se crio bajo el yugo de esclavistas y maestros.
Su voz era fría y aunque apretaba las manos para frenar el temblor de su cuerpo, levantó la barbilla con dignidad y cierto orgullo. A Jon le recorrió un escalofrío.
– Habla, sobrino – dijo y arrastró la última palabra con cierta amargura –, no tengo todo el día para perder contigo. – Quizá si lo tenía, pero definitivamente no quería –. ¿Ahora que necesitas de mí?
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Fue como si ella hubiera golpeado directamente el centro de su estómago. Jon apretó las manos con fuerza y cerró los ojos por unos segundos. Tras unos latidos de su corazón, los abrió y la miró, soltando un suspiro amargo. Otra vez, ella vestía casi completamente de negro, con la capa roja carmesí cayendo sobre su espalda y la cadena plateada con las tres cabezas de dragón que adornaban su hombro. La palidez de su rostro resaltaba enormemente las bolsas oscuras debajo de sus ojos, rojos por el cansancio, y su cabello, recogido en una descuidada trenza, con mechones sueltos que caían sobre sus hombros, parecía más plateado de lo que él recordaba. Sus pálidos labios dejaban escapar vaho cada vez que respiraba y sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas por el frío. Estaba más delgada, incluso a pesar de que solo hacía una semana que la había visto, y parecía tan cansada que Jon sintió como algo le apretaba el pecho con dolor.
Y sus ojos. Dioses, odiaba esos ojos. Odiaba el vacío en ellos. Alguna vez ella estuvo tan llena de vida, de fiereza y determinación. Ahora, su expresión fría y resignada, y los ojos sin sentimiento alguno le rompían el corazón. ¿Qué le habían hecho? ¿Qué le había hecho él? Tragó saliva, sintiendo una resequedad repentina en la parte trasera de su garganta.
– No vine a pedir nada de ti, Dany…
– No me llames así – murmuró ella, con frialdad, entrelazando fuertemente sus manos sobre sus rodillas y apoyando la barbilla sobre ellas, sin dejar de mirarlo.
Jon suspiró de nuevo, encontrando casi imposible ordenar sus sentimientos para pronunciar todo lo que quería decirle. Levantó una mano en dirección al seguro de la armadura y lo desabrochó, sintiendo la molestia de su peso inaguantable, con un calor y una tensión creciendo en su espalda, incluso a pesar del frío y la gruesa neblina helada que los cubría, que traía consigo una ligera capa de humedad.
Dejó caer el peto de la armadura a su lado y estiró un brazo para deshacerse levemente de la tensión de su espalda. Daenerys lo miró, impasible.
– ¿Cómo lograste entrar aquí? – preguntó ella, finalmente.
– Arya me ayudó. La neblina ayudó también. – Daenerys asintió y él se dio cuenta que ella hizo una especie de nota mental para evitar que esto se repitiera en el futuro.
Por un momento, se sintió estúpido, no era tan fácil expresar todo lo que quería y tampoco sabía muy bien por dónde comenzar. Suspiró de nuevo.
– Veo que tienes un nuevo consejero – dijo y se arrepintió casi al instante. Definitivamente eso no era de lo que quería hablar. Ella frunció el ceño, posiblemente pensando que la estaba haciendo perder el tiempo con su plática corta, pero aun así le contestó:
– Daario no es mi consejero, – desvió su mirada hacia él, que continuaba recargado en una esquina lejana y apretó los labios –. No es que te importe, pero es… algo así como mi jefe de guerra – murmuró y regresó su mirada hacia Jon, que asintió. Dio un paso hacia ella y la vio erguirse, tensa, en su lugar. Él se llevó una mano al cabello, con frustración. – Daario debería haber estado conmigo desde que llegué a Poniente, él habría servido mejor que Tyrion para planear mis estrategias.
– Tyrion es una buena persona, creo que sus intenciones nunca fueron malas… cometió errores como todos nosotros.
– Nunca debí darle tanto poder sobre mi ejército, sobre mis decisiones o sobre mí. Ese fue mi propio error – murmuró, con amargura.
– Supongo que no. – Daenerys entrecerró los ojos.
– ¿Te mandaron para sacarme información? – preguntó y Jon parpadeó un par de veces, ligeramente sorprendido.
– ¿Q-Qué? ¡No! Dioses, Daenerys, claro que no. – Se revolvió el cabello, frustrado –. Hay tantas cosas que deseo decirte, tanto que no sé por dónde empezar. Lo siento, maldita sea, no sabes cómo siento todo lo que pasó. Si pudiera regresar el tiempo y hacer todo de forma diferente, lo haría.
Ella, aun con ojos fríos, asintió.
– Ambos sentimos muchas cosas. – Dio otro paso hacia ella y se frenó, indeciso.
– ¿Puedo acercarme a ti?
Daenerys sólo lo miró y, tras unos largos segundos, asintió despacio.
– No tan cerca.
Jon asintió y se aproximó a ella. Escuchó el ruido de Daario moviéndose en su lugar y tragó saliva. Se sentó a su lado, a una distancia que le pareció lo suficientemente prudente.
Tras unos minutos de silencio, Jon finalmente habló:
– Destruiste el trono…
– Así es.
Daenerys se llevó una mano al rostro e inhaló aire con fuerza. Cuando lo exhaló, con un jadeo leve, lo miró, ladeando levemente la cabeza.
– ¿Por qué estás aquí, Jon? – preguntó, casi en una súplica. A Jon se le revolvió el estómago y sintió un ligero temblor en las manos.
– Nunca podré perdonarme lo que estuve a punto de hacerte. Necesito que lo sepas, necesito que lo entiendas.
Ella apretó las manos y miró hacia arriba, hacia el cielo nublado que se dejaba entrever por el techo destrozado. Jon pudo ver que el rostro de Daenerys se cubría con una ligera capa de tristeza. El corazón le latía tan fuerte que le retumbaban los oídos.
– Si lo que buscas de mí es satisfacer tu propia autocompasión, estás perdiendo el tiempo. Si buscas redención, perdón o algo que te permita vivir tus días sin culpa, estás perdiendo el tiempo conmigo. Ya no tengo más de mí para darte – dijo, cerrando los ojos.
Jon se quedó callado, pensando que quizá lo que ella decía era lo que verdaderamente buscaba. Algo de ella que le permitiera encontrar redención. Se sintió patético y trató desesperadamente de encontrar algo que decirle.
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Ante su silencio, Daenerys apretó la mandíbula y abrió los ojos, girando su rostro para verlo. Por un momento, la desesperación de su mirada oscura y el anhelo de sus gestos, intentando buscar las palabras para decirle algo, casi la impulsan a estirar la mano y tocarle el rostro. Se levantó, con la garganta seca y una furia emergiendo desde su estómago.
Tragó saliva y exhaló aire fuertemente. Se pasó una mano sobre los ojos y apaciguó sus emociones para girarse y mirarlo de nuevo.
– Lo que siempre deseé es que tú pudieras encontrar tu felicidad – le dijo él, en apenas un murmullo estrangulado. Ella cerró los ojos por un breve latido de corazón antes de hablar.
– ¿Quieres saber por qué me encuentro siempre en este lugar? – preguntó y miró lentamente a su alrededor. Destrucción, soledad, tristeza. Eso es lo que cualquiera pensaría de aquel recinto que alguna vez fue majestuoso, antes de que ella lo convirtiera en escombros y cenizas – Desde hace unos días, he seguido el impulso de venir y quedarme aquí, sola. ¿Quieres saber por qué?
Jon solo la miró, con aquellos ojos desolados y expresión sombría. Daenerys respiró profundamente el aire helado que corría suavemente sobre ellos, el cual le refrescó la garganta.
– Vengo aquí, todos los días, porque me duele. Me arde en el pecho. A veces es insoportable, otras veces pareciera que es parte de mí. – Apretó la mandíbula –. Y a pesar de sentir que me destroza poco a poco, vengo aquí y me ahogo en mis propios sentimientos porque sé, con todas mis fuerzas, que eso es lo que merezco.
Jon la miró con algo parecido a la desesperación.
– Tú no merecías nada de esto. Ni el dolor, ni el sufrimiento, – él se levantó y quedó a un paso de distancia frente a ella. La miró con lágrimas en los ojos. – Ni la traición. Desearía haberte dado lo que merecías. El amor que desesperadamente buscaste en mí cuando yo mismo estaba perdido en mis problemas.
– Tú y yo, ambos cometimos errores. Yo tampoco intenté entender por lo que estabas pasando – dijo con dolor en la voz. – Intenté… intenté no alejarme de ti, pero era demasiado tarde para ambos.
– Debí haber elegido mi amor por ti – murmuró con una expresión completamente destrozada. Daenerys no pudo frenar el impulso desesperado que la consumió y contra su voluntad, alargó una mano y acunó su mejilla en su palma. La simple caricia le dio una descarga cálida que recorrió todo su cuerpo.
– Te necesitaba, como nunca necesité a nadie en mi vida, pero tu amor no fue suficiente para que me eligieras a mí – exhaló aire con un jadeo ahogado y separó su mano de él.
Jon se llevó una mano al rostro y cubrió sus ojos para esconder sus lágrimas.
– A pesar de todo, no deseo que seas infeliz, Jon. Yo… yo caminé por la ciudad después de que te arrestaran aquel día, como me dijiste… y lo vi. Lo vi todo. – Se detuvo y dejó escapar otro suspiró ahogado, llevándose una mano al rostro para apretar su sien. La cabeza le palpitaba dolorosamente –. Sé lo que hice, nunca quise convertirme en un tirano y luché toda mi vida para ser algo mejor, pero al final, esto – extendió sus brazos para señalar a su alrededor, aunque él no la estuviera mirando –, esto es en lo que me convertí. Fuego y sangre. Cenizas y destrucción… y por eso, lo siento. No quiero manchar tu mundo con mis pecados, así como tampoco pretendo que mi gente cargué con ellos.
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Jon la miró con un profundo dolor en el centro de su pecho. El dolor que sentía emanar de cada una de sus palabras destrozaba cada parte de su alma. Nunca deseó verla tan infeliz, tan desolada, tan destrozada. Evocar el recuerdo de estar a punto de quitarle la vida le rompía el corazón. ¿Cómo había sido tan estúpido para dejarse llevar por las palabras de Tyrion? Ella no estaba loca, había estado sufriendo. Seguía sufriendo. Sus ojos vacíos representaban lo que ella sentía en su corazón. Lo que le quedaba. Él lo entendía.
¿Por qué no la eligió? La amaba. ¿Cómo había sido suficiente para ella pero no para él?
De repente sus propios problemas no parecían importantes. En aquel momento Daenerys había perdido gente preciosa para ella, había perdido a sus hijos y la habían traicionado. Había estado desolada, había necesitado un escape. ¿Ambición? No. Él entendía ahora que ella había necesitado un lugar seguro para su corazón. Ella había hecho lo único que sabía hacer… sobrevivir. Seguir adelante. A pesar de que su mundo se derrumbaba a su alrededor, ella intentó seguir adelante como pudo, sin la ayuda de nadie. A diferencia de él.
Jon había peleado contra su propio infierno, no saber quién era, descubrir que había vivido en una mentira toda su vida y que había aguantado desprecios por esa mentira. Pero aun así y a pesar de que sus problemas se podrían haber resuelto si él se hubiera detenido a procesarlo todo, Jon no pudo seguir adelante. Oh, que insignificante parecía ahora. En aquel momento, él ni siquiera podía aguantar estar cerca de ella y olvidó que la verdad de su linaje también había sido devastador para Daenerys. Aun así, ella intentó seguir adelante y él no pudo. Hizo lo único que él sabía hacer: esconderse dentro de sí.
Y con eso solo logró apartarla. Cobarde.
– Solía repetirme esta frase cada vez que sentía que no podría seguir adelante: Si miró atrás, estoy perdida – murmuró Daenerys tras lo que parecieron unos largos minutos en silencio. Se había sentado de nuevo sobre los escalones del trono y miraba fijamente hacía el piso cubierto de nieve. – Ahora, no puedo dejar de mirar atrás. Estaría completamente perdida de no ser por la persona que me sacó de mi colapso emocional. ¿Sabes quién fue?
Jon desvió su mirada hacia aquel guerrero castaño que seguía mirándolos con fiera atención, con las intenciones de llegar con ellos y detener su conversación en cualquier momento. Ella también siguió el rumbo de su mirada pero negó con la cabeza.
– Daario no había llegado en ese momento. No – suspiró. – Fue Gusano Gris. El estoico e impasible comandante de los Inmaculados. Después de entender lo que había hecho, después de que intentaras acabar con mi vida y deseando que lo hubieras logrado. Estaba destrozada. No sabía cómo levantarme, cómo encontrar de nuevo mi camino. Y de repente, tras unos largos días en depresión, Gusano Gris llegó y me abrazó. Lloré, como jamás lo había hecho en mi vida… y él estuvo ahí, sosteniéndome.
Jon quiso abrazarla, su mirada y la amargura de sus palabras le rompía el corazón. Se acercó y se arrodilló frente a ella sin decir nada. Descansó ambas manos en las rodillas de ella pero no se atrevió a tocarla más allá de eso. La miró y Daenerys le regresó la mirada, tan cerca de él como no habían estado en toda su conversación. Sintió un alivio inmenso cuando ella no lo apartó.
– Entendí que no podía darme por vencida, por él, por Missandei, por mi gente. Por todos los que me siguieron hasta este continente y por la memoria de todos los que murieron por mí. Necesitaba pelar contra mí misma por ellos – susurró y cerró los ojos por un par de latidos de corazón –. Con la presencia de Daario, todo fue más fácil, aunque no perfecto. Sigo adelante porque tengo que expiar mis pecados, pero estoy tan cansada. Todavía hay momentos en los que desearía que me hubieras matado aquel día. – Jon apretó la mandíbula fuertemente y apretó ligeramente las manos sobre sus rodillas.
– No digas eso – pidió con voz estrangulada, con el torrente de emociones arremolinadas en su pecho. Ella suspiró.
– Deseé reinar los Siete Reinos porque me hacía sentir poderosa. Toda mi vida antes de que nacieran mis dragones, todos a mí alrededor me recordaban el poco valor que significaba mi vida. Mi hermano no dejaba de repetírmelo. – Jon tragó saliva y vio como ella, con cautela, descansaba sus manos sobre sus hombros, respirando profundamente por varios segundos –. Los Dothraki me enseñaron la fortaleza que necesitaba para ser una reina, pero también me enseñaron que no podía ser débil o vulnerable. Amaba a mi esposo, a la idea de alguien que me protegía, al ensueño de que él me defendía de la crueldad de mi hermano y del mundo, a pesar de todo el dolor que tuve que soportar para ser digna de ellos. Si miró atrás, estoy perdida, me repetía. Una y otra vez.
Jon sintió como las manos de Daenerys apretaban ligeramente sus hombros y la vio cerrar los ojos con pesadez, inmersa en los recuerdos.
– Desearía poder deshacerme de todo tu dolor.
– Eso sería agradable – sonrió ligeramente y abrió los ojos para mirarlo, pero su expresión seguía cubierta de tristeza. La vio suspirar nuevamente y tragar saliva, eligiendo sus siguientes palabras con cautela –. La verdad sobre ti me destruyó porque me hizo sentir inferior. De repente, la meta de mi vida, por lo que luché y por lo que sufrí con sangre y lágrimas, ya no me pertenecía. Lo único por lo que era digna, ya no era mío. Y mis consejeros me dieron la espalda, me traicionaron, por la idea de un heredero varón. Un heredero varón que era más digno que yo, que tenía más valor que yo. Un hombre que ni siquiera quería el trono, que no pensaba en ser rey y que era más digno de ese título sin haber luchado o sufrido por él. Me destrozó. Peleé toda mi vida para no volver a sentirme inferior, a no sentir esa vulnerabilidad y aun así, me destrozó tan fácil que no pude escapar.
– Lo siento tanto. Y-yo no sabía – dijo él en un murmullo, con un dolor palpitante en el pecho. Las lágrimas pelearon por salir de sus ojos pero Jon intentó frenarlas con todas sus fuerzas.
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Daenerys cerró los ojos y sin querer frenar sus impulsos, bajó la cabeza y descansó su frente sobre la de Jon, con un anhelo desesperado por un poco de su cariño. Apretó un poco más las manos sobre sus hombros, más delgados de lo que recordaba, y exhaló aire varias veces, reprimiendo sus inmensas ganas de llorar.
Si miró atrás, estoy perdida.
Él empezó a frotar sus muslos con ambas manos, en un gesto que pretendía reconfortarla. La garganta se le secó y apretó la mandíbula reprimiendo sus emociones. Fue levemente consiente de que había empezado a nevar y la temperatura había descendido considerablemente. Sentía las manos frías y entumidas, y su cabello había empezado a humedecerse. Nada de eso le importó y para Jon tampoco parecía importante.
– Amarte ha sido lo más correcto que he sentido en toda mi vida. Y me rompe el corazón pensar que nos perdimos el uno al otro porque cada uno se sumió en su propio dolor. Siento lo que hice. Lo siento porque jamás quise lastimarte. Me hiciste tan feliz que me duele intensamente pensar que te lastimé con mis decisiones y mi debilidad – le dijo, necesitaba que él lo supiera, a pesar de que no pudieran estar juntos nunca más. Ella lo amaba, lo amaba y le dolía. Él era lo que siempre había querido y sin embargo, él veía su relación con repulsión. Ella lo sabía, lo supo desde que la había rechazado. Quizá por eso había sido tan fácil para él la idea de asesinarla cuando creyó que ella era demasiado peligrosa para el mundo.
Para ese momento, las lágrimas que tanto quiso reprimir escaparon de la prisión de sus ojos, bajando por sus pálidas mejillas sin su consentimiento. Apretó los labios y los ojos, y no hizo ningún sonido por unos minutos. Si los hubiera abierto, hubiera visto que Jon la miraba, con sus propias lágrimas bajando por sus mejillas y el corazón roto por verla de esa forma.
– ¿Eres el nuevo Rey? – preguntó en un susurro, con la voz estrangulada.
– No. Jamás lo hubiera aceptado. Te amo, Daenerys Targaryen y mi corazón siempre te pertenecerá. Lamento que sea tan tarde para decirte esto, pero es la única verdad. Te amo.
Cuando fue demasiado para ella, Daenerys se inclinó hacia adelante y Jon se incorporó ligeramente, sintiendo su rostro húmedo enterrándose entre su hombro y cuello mientras la mano de él se enroscaba fuertemente en su cabello plateado, abrazándola tan fuerte como ella se lo permitió, brindándole el consuelo y el amor que tan desesperadamente merecía.
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¡Hola! Lamento la demora, esto de escribir y actualizar apenas está regresando a mi rutina. Primero que nada agradezco a todos los que apoyan esta pequeña historia, a los que dejaron comentarios y a los que leen para liberar esos sentimientos amargos que nos dejó la serie. ¡Muchas gracias!
Bueno, como había dicho en el capítulo anterior, quise explorar un poco lo que Dany está sintiendo después de darse cuenta de lo que hizo. Lo que me hubiera gustado de ella es ver como se sentía, destrozada y arrepentida, por todo lo que había causado, porque eso de que Daenerys abandonara su humanidad así de la nada pues… no, o sea, no. Más bien su estado emocional quedaría muy frágil, y así quiero transmitir que intenta salir adelante como puede y estando con Jon no tiene que pelear contra sus sentimientos de vulnerabilidad. Además, quiero demostrar que ella puede tomar sus propias y buenas decisiones, sin la necesidad de sus consejeros.
Alguien escribió por ahí que puse a Daario en la historia porque sería buen personaje para darle celos a Jon. Jaja, me sacaste una buena sonrisa. Pero no, aunque suene como buena trama para otra clase de historia, la verdad decidí incluirlo porque odié que Tyrion fuera tan inútil en crear estrategias. Hasta Gusano Gris hubiera sido mejor que él y definitivamente Daario también, ya que antes se había probado como un gran guerrero. También decidí incluirlo porque en los libros está implícito que Dany desarrolló una dependencia emocional con él y para que ella pudiera seguir adelante en esta historia como nuestra Dany, necesitaba alguien que conectara con ella a nivel emocional y que sinceramente la apoyara. Y Daario la ama.
También me gustaría explorar la hipocresía de los personajes más a fondo. Es decir, estuvimos viendo una serie épica de fantasía que trataba temas de política y guerra, y aun así, Tyrion y Jon parecían siempre querer ganar la guerra sin pelear. Siempre tuve la noción que Daenerys era la única consiente que estaban peleando una guerra. O sea, a Jon no le importó matar a toda esa gente contra la que luchó para recuperar el hogar de su familia pero de repente le importaba un montón que Daenerys matara y luchara contra sus enemigos. Y Tyrion está peor. Si ella le dejó bien en claro lo que tenía intención de llevar a Poniente, el desgraciado este va y le dice que cree en ella y que confía en ella y al final resulta que le tiene miedo. Y lo peor es que la traiciona porque la realidad es que sus hermanos siempre nublaron sus decisiones, se diera o cuenta o no. Tyrion, ¿qué te hicieron? Bah, púdranse D&D. Maldición, por eso leemos y escribimos fanfiction.
Bueno, espero que les guste este capítulo. Aun no sé cuántos escribiré, quizá dos más. No lo sé. Ustedes me dirán qué tanto quieren que haga de esta historia.
