1
El felétono
Corría calle abajo. Una vez más y desde hacía semanas, volvía tarde al trabajo. Su director de departamento entendía la situación, la entendía de igual manera en todos aquellos que habían sufrido pérdidas durante la guerra. Pero la mayoría de ellos, en mayor o menor medida, procuraba llegar puntual al trabajo. Sin embargo ese no era el caso de Percy. A duras penas consiguió llegar a la entrada al Ministerio y de ahí hasta su departamento, el de Seguridad Mágica, donde ocupaba un alto puesto en el equipo de gobierno del Ministro Shackelbolt. Y hablando del Rey de Roma:
—¿Percy? —se oyó una voz que le resultó familiar. Alzó el cansado rostro.
—Señor Ministro —saludó él.
Kingsley Shackelbolt se rio. Siempre lo hacía ante la pomposidad de Percy, pero tenía un trato preferente para con el hijo de Arthur.
—Percy, te he dicho mil veces que me llames Kingsley —calló un momento, como pensando en qué decir —. Esta es la tercera vez que llegas tarde esta semana.
Percy cerró los ojos con resignación.
—Lo... lo sé, señ... Kingsley. Es que...
—Sé que es por Penny, Percy, y no tienes que ocultarlo. Tras la guerra, todos hemos sufrido muchas pérdidas y tú también. Todavía recuerdo el día que fuimos a Azkaban para...
El joven endureció el rostro.
—No lo digas... no vuelvas a decirlo.
—Percy... tienes que tomarte un descanso. Te he dicho mil veces que cojas la baja...
—No —dijo tajantemente —. Quiero seguir trabajando y aunque llegue tarde... después recupero el tiempo perdido.
—Y eso hace que al día siguiente llegues tarde. Piensa en lo que te he dicho... una vez más.
Kingsley se marchó, dejando a Percy sólo. El resto de la mañana fue todo lo normal que pudo. Se dedicó a revisar documentos y archivos, nada nuevo. Lo peor vino durante el descanso, donde Perkins, uno de sus compañeros, comenzó a atosigarle como hacía siempre.
—Hola Weasley.
—Hola Perkins —contestó él con resignación.
Para Percy, Perkins era un pesado, hablando claro. Y los dos eran totalmente opuestos. Mientras que Percy solía ser la típica persona seria y responsable, Perkins era un juerguista y siempre gustaba de hacer bromas, bromas que para Percy nada tenían que ver con las que hacían Fred y George. A Perkins siempre le gustaba salir de copas con los demás compañeros, y todos, alguna vez, habían salido con él. Todos salvo, claro está, Percy. Y aquel día no era una excepción, hasta que decidió que ya se había cansado.
—¡Maldita sea! —gritó mientras tiraba con fuerza al suelo un documento que llevaba en la mano —¡Entérate de una vez, no voy a quedar contigo!
Perkins y toda la oficina, se había quedado mudo mirando a Percy, cuya cara empezaba a enrojecerse.
—¡Weasley! —oyó que gritaba alguien. Se volvió y vio a Kingsley —A mi despacho. Ahora.
Caminó hasta el despacho del Ministro, quien cerró la puerta, casi con fuerza, tras entrar. Los dos se sentaron, Kingsley mirándolo serio. Cogió un documento de su mesa y una pluma que mojó en tinta.
—Lo siento Percy, pero esto no puede seguir así. Te voy a dar la baja. Y no me discutas —se adelantó al ver que iba a protestar —. Lo siento mucho, pero no puedo permitir esas subidas de tono. Necesitas estar un tiempo fuera del trabajo. Es mi última palabra —dijo mientras le pasaba la hoja firmada.
Resignado, cogió el papel y se marchó. Horas después se encontraba caminando por la calle, sin rumbo fijo. Estaba ya atardeciendo, pero no tenía pensado volver todavía a casa, ni tampoco pasarse por la Madriguera. Caminaba con la cabeza baja, por lo que ni siquiera se preocupaba en que podía cruzarse con alguien, hasta que:
—¡Cuidado! —dijo una voz femenina. Había chocado con una mujer y como consecuencia el bolso de ella se había caído al suelo, desperdigando todo su contenido por la acera.
—Lo... lo siento mucho —se disculpó él mientras ayudaba a recoger los distintos objetos, al mismo tiempo que ella. De repente alzó el rostro y miró a la mujer —¿Audrey?
Ella lo miró.
—Señor Weasley... qué sorpresa —dijo casi con sorna. Evidentemente no parecía querer volver a verle tan pronto. Se levantó rápidamente, sin asegurarse de que lo tenía todo —. ¿Qué hace aquí?
—Pues... daba un paseo. ¿La calle es de todos no?
Se colgó el bolso al hombro.
—Sí, claro. Perdone... es sólo que... bueno —trataba de no sonar hiriente —... no esperaba verle de nuevo tan pronto. En fin, adiós.
—Adiós —se despidió él. Se quedó mirando cómo se marchaba, pero de repente oyó un ruido, como una música. Bajó la mirada y vio el causante, una especie de aparato que temblaba y se encendía. Percy lo cogió dudoso ¿qué clase de objeto era ese? En la especie de ventana se veían unas palabras que Percy leyó —¿Papá llamando? —se acercó el objeto a la boca, algo dudoso —¿Papá? ¡Papá! ¿Eres tú? —miraba extrañado a aquella cosa mientras algunas personas que pasaban por allí lo miraban incrédulos ante el espectáculo que estaba montando.
De repente, la música y los temblores cesaron. Y en la ventana aparecieron unas caras que le resultaron familiares. Eran dos chicas, muy parecidas, de pelo castaño casi negro y rizado. Una era Audrey y la otra... era Penny.
Minutos después, Percy llegó a casa de sus padres. Necesita saber qué clase de objeto era ese, ya que no recordaba que Penny le hubiera hablado de semejante cosa y a él la única persona que le venía a la mente para saberlo era su padre. Mentía, prefería la ayuda de Hermione, pero en ese momento se encontraba en Australia con Ron, tratando de hacer regresar a sus padres hechizados. Tras pasar el descuidado jardín, quizás más de la cuenta, según le pareció a él, accedió a la cocina de la casa. En ella estaba su madre, sentada en una silla, apoyada en la mesa, y con una taza de té enfrente de ella. Mantenía la cabeza apoyada en una mano y su mirada parecía perdida.
—¿Mamá? —preguntó él, al ver que ella no parecía reparar en su presencia.
Automáticamente ella despertó de su ensoñación y lo miró, esbozando una sonrisa que a Percy le pareció forzada, aun cuando ella se aproximó hasta él, lo abrazó y le dio dos besos. Quizás, pensó Percy, no había sido una buena idea venir, pues su madre aún no había superado la muerte de Fred, aun cuando Percy, como hijo, debería estar a su lado. Pero es que él también había sufrido una pérdida.
La guerra había dejado a la familia Weasley rota por la tragedia. La muerte de Fred los había trastocado a todos, quizás a George y a Molly a los que más. Pero Molly Weasley sabía también que sus hijos habían sufrido mucho, como Percy, que había perdido a su novia Penny. Desde que supo la noticia, no pudo evitar ver que su hijo se mostraba alicaído y no sabía si volvería a ser el de antes. No podía evitar ver cómo la pena y el dolor estaban presentes en cada reunión familiar. Además, Percy todavía estaba avergonzado por su actitud hacia su familia durante la guerra.
—Hola Percy, qué bien que hayas venido. Tu padre estará a punto de llegar ¿Qué tal te encuentras?
Él se sentó en una silla.
—Bien, bien, en verdad quería hablar con papá —se negaba en rotundo a hablar de Penny.
—¿Quieres algo de comer? He hecho sopa, tu favorita.
Él sonrió, aunque le costase.
—Mamá, esa sopa es la favorita de toda la familia —Molly sonrió, pero no dijo nada más. Afortunadamente, Arthur Weasley ya había llegado.
Percy miró a su padre, que estaba igual o peor que su madre, con profundas ojeras y el rostro cansado. Kingsley le había dicho que se tomara un tiempo lejos del trabajo, y así lo hizo, pero fue cuestión de días, quizás porque quería volver al trabajo, quizás porque necesitaba algo que le distrajese y no estar todo el día en casa, sin apenas hablar con su mujer.
—Percy, hijo, qué alegría verte —se dejó caer en una silla mientras Molly le ponía un cuenco de sopa. Y se sentaba a su lado — ¿Ocurre algo?
—Papá, necesito tu ayuda ¿Sabes qué es esto? —se sacó el objeto de uno de los bolsillos de su túnica y lo dejó en la mesa.
Automáticamente y como si de efecto retardado se tratase, Arthur Weasley soltó la cuchara que tenía en la mano, cuando estaba dispuesto a llevársela a la boca para tomar el primer sorbo de sopa, provocando que el contenido volviese de nuevo al cuenco y la cuchara golpease contra la superficie, salpicándolo todo. Se quedó con la boca abierta, no por el estropicio, sino viendo el objeto.
—¡Arthur! Ten más cuidado —le reprendió su mujer.
Pero en vez de disculparse, Arthur dijo, casi extasiado.
—Pero Molly... es un... es un... ¡Es un felétono móvil!
—¿Qué? —preguntaron Percy y su madre a la vez, muy extrañados.
—Merlín bendito, es la primera vez que veo uno. Sólo sabía de ellos por esos folletos muggles. Es increíble —lo cogió con cuidado, como temiendo dañarlo, y lo examinó.
Percy por fin habló, entendiendo a qué se refería —Querrás decir que es un teléfono ¿no? —sí que sabía lo que eran los teléfonos normales, pues Penny le dio un día el de su casa.
—Eso, eso, a eso me refería. Siempre me confundo. Es increíble... —decía mientras miraba el objeto.
Percy parecía confuso.
—Pero... ¿cómo funciona?
—Oh, ya sabes que los muggles tienen un montón de recursos para hacer funcionar todo tipo de cosas sin magia. Funciona con eclecticidad —de repente se llevó un susto tremendo, pues el teléfono se había encendido, así como empezaba de nuevo a temblar. El susto provocó que el señor Weasley soltase el aparato, cayendo este sobre la mesa ―. Increíble —fue lo único que supo decir.
Percy se levantó y miró de nuevo el teléfono.
—Mira, mira, está haciéndolo de nuevo. Pone... ¿Casa? ¿Están llamando desde aquí?
—No, no están llamando desde aquí. Será que están llamando al propietario del teléfono... desde una casa.
De repente se oyó una voz, que sonaba amplificada. Los tres Weasley se quedaron mudos y paralizados. No podían entender cómo alguien hablaba desde ese aparato.
—Buenas noches, espero hablar con la persona que ha encontrado mi teléfono móvil. Si es usted quien lo ha encontrado, por favor, llame al siguiente número...
La voz, que era la de una mujer, comenzó a decir unos números, pero Percy sólo atendía a la voz, que le resultaba familiar.
—¡Es Audrey! ¡Es Audrey! —cogió el teléfono y se lo acerco a la boca —¡Audrey! ¡Audrey! ¿Me oyes? —ni siquiera se daba cuenta del espectáculo que estaba montando ante sus padres, así como tampoco que estaba toqueteando frenéticamente las teclas.
—¿Señor Weasley?—se oyó que decía el aparato con la voz de Audrey.
—¿Audrey? ¿Eres tú?
—Dios mío —se oyó que decía —. Por favor, si es posible... llame al número ¿de acuerdo?
Y después, el teléfono se apagó, mostrando de nuevo la imagen.
—¿Audrey? ¿Audrey? —volvía a llamar Percy.
Pero fue el señor Weasley quien habló esta vez.
—Creo que se ha ido ya.
Inmediatamente, Percy guardó el teléfono de nuevo en el bolsillo de su túnica y se dispuso a irse, pero su madre lo detuvo, lo miró quizás con cara de esperanza y preguntó temblorosa.
—Percy, ¿quién... quién es Audrey?
