Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES Y VIOLENCIA +18.
Capítulo beteado por Melina Aragón: Beta del grupo Élite Fanfiction.
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Capítulo 2:
Para siempre
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PRESENTE
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Brooklyn, NY, 1960
Esa tarde estaba todo muy calmo. La gente ya estaba abrigada, dispuesta a recibir el otoño con paciencia. Un viento fuerte se desprendió de los lares, moviendo la silueta de las copas de los árboles y sus hojas dispuestas a caer.
Edward cerró el piano y se levantó del banquillo para marcharse, mientras que Tanya estaba paralizada.
—Eso es todo lo que puedo decirle, Srta. Denali —afirmó Edward, con el rostro dirigido hacia el horizonte.
El viento removía su cabello y ella pudo apreciar cómo aquello le daba un brío ensombrecido, creando una imagen de lo que aguardaba dentro de él. Con eso, Tanya se levantó, impulsada por el dolor que también tenía en su propio corazón.
—Sr. Cullen, no me deje a la deriva —dijo ella.
Edward apretó la mandíbula y sonrió de forma petulante.
—Usted sabe que no le daré nada, no quiero que los medios se alimenten de mi dolor.
—No es por eso que quiero que usted sea sincero, Sr. Cullen.
La voz estrangulada de Tanya hizo que Edward bajara la guardia. Era la voz de quien también había perdido algo en la vida.
La mujer suspiró y se levantó, parándose frente al pianista más misterioso del país.
—Yo también perdí a alguien, Sr. Cullen.
Edward suspiró.
—Fue en Vietnam, hace exactamente seis meses.
Él apretó los párpados.
—Sólo era un soldado, nada más, ¿no? Pero para mí era el amor de mi vida. El general nunca lo entendió, la guerra nunca lo hará, en realidad, solo son simples peones al igual que los civiles, peones que mueren y que no valen nada, porque el bien del país solo se basa en cuantas personas mueren del bando contrario, incluso si eso se lleva la vida de los soldados —afirmó Tanya, sintiendo el llanto en la garganta—. Íbamos a casarnos en un mes más, pero nunca volveré a verlo, sólo existe en mi memoria. Ni siquiera… pude verlo en su ataúd, no quisieron mostrármelo porque no estaba presentable.
Edward comprendió su dolor, por primera vez sintió que lo entendían, que alguien compartía en realidad la desesperación de los sueños arrebatados.
—Lo busqué porque sé que tiene mucho que decir y necesito su historia para publicar mi libro y hacer que los ciudadanos entiendan que la guerra es una mierda que sólo provoca dolor —afirmó con convicción.
Él sintió nuevamente los ojos llenos de lágrimas y se sentó de golpe, posando sus manos sobre sus muslos, repentinamente exhausto de una agonía que llevaba exactamente 16 años en su interior.
—La guerra es eso, Srta. Denali, una vil mierda —afirmó sin pelos en la lengua.
—¿Ella…?
Respiró hondo.
—La perdí gracias a un general hijo de puta.
Tanya se llevó una mano a los labios.
—Su propio padre.
La mujer tragó.
—Era ella —aseguró, entregándole la fotografía.
Tanya la miró y sonrió, súbitamente envuelta en muchas emociones.
—Isabella Swan —susurró Edward—, la mujer de mi vida. Ojalá tuviera la oportunidad de verla otra vez, de tocarla, de… Sé que eso es imposible, pero es lo que deseo desde que la perdí.
La fotografía era de ellos dos juntos, sonriendo a la cámara mientras comían un helado, usando traje de baño. Se veían tan felices que la periodista se sintió impotente, queriendo introducirse en la fotografía solo con el fin de asegurarse que lo que pasó en el futuro no pudiese suceder, sólo con tal de que esa felicidad siguiera hasta el día de hoy.
—Le contaré todo, Srta. Denali, todo —afirmó—, sólo porque… quiero que publique ese libro.
—Lo escucharé atentamente, así nos tome tiempo, lo haré. Sólo respóndame una cosa.
—Claro.
Tanya se acomodó para hacerlo con delicadeza.
—¿Usted la vio? Ya sabe… Antes de…
Edward frunció el ceño y negó.
—Nunca pude verla. Ni siquiera sé si sufrió, si murió rápido, si… pensó antes de eso.
—¿Por qué, Sr. Cullen?
Edward suspiró.
—Porque supe su destino hace cinco años.
—¿Qué?
—No lo sabía hasta hace cinco años.
—Oh Dios mío. ¿Cómo lo supo…? ¿De qué manera tiene la convicción de que ella murió?
—Vamos paso a paso, Srta. Denali.
Ella asintió y esperó a escucharlo con paciencia, sabiendo que aquello también iba a dolerle.
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PASADO
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Paris, Francia, 1944
La música de fondo era magistral. Nunca pensó que Edith Piaf se escuchase tan bien en un restaurante tan sencillo, pero tan hermoso.
Isabella había entrado al restaurante por tercera vez, esperando encontrarlo como la primera y sin decepcionarse como en la segunda, pero los minutos pasaban y el mesero no era él. Se puso la barbilla sobre las manos y bufó, completamente agobiada ante su necesidad por verlo. ¿Dónde estás, guapo?, pensó, suspirando de por medio.
—¿Ya están listos los platillos? —inquirió un hombre mientras sonreía y ayudaba a una mujer a caminar.
Ella parecía incómoda, elevando una barriga redondeada de quizá unos seis meses de embarazo.
—¡Plato número dos a la mesa seis! —canturreó ella, moviéndose entre medio de las sillas y clientes.
Bella se sorprendió al verlos a los dos, sentía que los había visto antes, pero no sabía de dónde.
—Muchas gracias, Sra. Cullen —le dijo uno de los clientes, dispuesto a saborearse.
—Pues de nada, Black, ya sabes que eres bienvenido.
La mujer vio que Bella aún no era atendida y llamó la atención del Sr. Cullen, su esposo.
—Oye, Carlisle, ¿y ella? —le preguntó en medio de un susurro.
—No lo sé, amor, es tercera vez que viene. A la primera fue Edward quien la atendió, a la segunda esperó y no pidió nada, ahora creo que hará lo mismo —respondió él, muy intrigado.
—¿Crees que no tenga dinero? Quizá podamos darle algo.
Carlisle hizo una mueca.
—Imposible, mira cómo viste, esa chica es de los ricos.
Esme se apoyó en el respaldo de la silla más lejana, aguantando la presión del vientre mientras pensaba.
—Quizá quiere ver a Edward.
Los dos sonrieron, algo extrañados. Él no andaba con chicas, al menos que lo supieran.
—¿Lo crees tú? —inquirió Carlisle, muy intrigado.
Su esposa simplemente se encogió de hombros y siguió dispuesta a trabajar. El hombre se quedó un buen rato mirando a la chica, que seguía esperando, mirando a la ventana, atenta a que su hijo fuera a entrar. Lástima que Edward está estudiando piano justo ahora, pensó Carlisle.
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Edward estaba tocando el piano en el sótano, temeroso de hacer mucho ruido. Su hogar ya estaba marcado y no podía llamar la atención de los soldados que de vez en cuando merodeaban por la rotonda. Miró hacia la partitura, inquieto por su desconcentración. ¿Qué le pasaba? Ni siquiera sabía cómo llamar a esto que le estaba dando vueltas en la cabeza.
Y todo había comenzado desde que vio a esa torpe chica entrar al restaurante de sus padres.
Finalmente sonrió y se apoyó en las teclas, usando su codo para sostener su rostro mientras se lo tomaba, completamente absorto en los recuerdos de ella. Ni siquiera había alcanzando a preguntarle su nombre. Lo único que lograron hablar fue de Paris y del sol, así como de la comida que ella saboreó con mucho gusto.
¿Quién era? ¿De dónde venía? Su francés no era nativo. ¿Vendría de algún lado especial? Era extraño, estaban en guerra, ¿qué venía a hacer a Francia?
Edward suspiró y miró a su alrededor, ansiando volver al hogar que era antes. Ahora tenía que tocar como si se tratara de un delito, no como antes, que disfrutaban de la chimenea mientras papá tocaba el acordeón y mamá estaba en la cocina, haciendo sus maravillas. Pero esos momentos estaban en sus recuerdos y nada más. Lo único que esperaba era que su hermanito, que aún necesitaba unos meses más para nacer, tuviera un mundo mejor y que la guerra terminase lo más pronto posible.
—Ahora sólo queda seguir tocando —dijo al fin, volviendo a mirar la partitura—. Aunque si me dejaras hacerlo todo sería mucho más fácil, ¿no lo crees, bonita?
Sonrió, recordando su rostro. Era una chica preciosa, de solo rememorar la manera en que esos ojos chocolate lo miraron y cómo todo en ella resultaba inimaginablemente atractivo, se le aceleraba el corazón.
—Creo que para calmarme debo volver a verte. Pero ¿cómo? —se preguntó.
Y de pronto, impulsado por la necesidad apremiante de desatar lo que su corazón sentía de tan solo pensar en esa chica desconocida, comenzó a mover sus dedos en el piano, creando una melodía que sólo significaba una cosa: atracción e interés por el amor.
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Era la sexta vez que se devolvía a casa, totalmente desanimada. Al parecer nunca iba a volver a verlo. ¿De qué servía escaparse de casa si finalmente todo volvía a ser aburrido? Paris ya no tenía el mismo sentido, porque no volvería a ver a aquel chico.
Comenzaba a hacer frío, así que se puso el abrigo mientras miraba el camino de árboles que la acompañarían hasta que encontrase a su chofer. Sería otra noche aburrida, con su madre durmiendo por el alcohol y las medicinas, y su padre desaparecido, volviendo a medianoche sólo para recluirse en su nueva oficina junto a los soldados.
Mientras miraba al sol, que ya se escondía, sintió unos pasos frente a ella, lo que significaba que alguien más venía del lado contrario. Cuando miró, notó que era el chico que tanto esperaba, distraído mientras leía un libro. Al contemplarlo acercarse, Bella asimiló que estaba perdida en lo atractivo que le parecía. Se puso tan nerviosa que rápidamente se arregló el cabello, cuan adolescente mirando a quien le había robado el corazón. Pero, ¿cómo era posible? Si ni siquiera lo conocía. ¿Qué pasaba con él que a Bella le gustaba tanto, aún sin saber quién era en realidad?
Edward, por su lado, estaba leyendo algo de historia de la música, ansioso porque cada vez quedaba menos para cumplir su sueño, irse a estudiar piano a Estados Unidos. En realidad, podría haberlo hecho desde que cumplió los dieciocho, pero no quería irse sin su familia, no iba a perdonárselo.
Pero en medio de sus pensamientos, sintió que debía levantar la mirada a como diera lugar, y en cuanto lo hizo, simplemente sonrió. Era ella.
Bella sentía que sus mejillas se enrojecían sin explicación, todo esto mientras veía que él acortaba la distancia entre los dos.
—Hola —saludó Edward, contemplando a la chica.
Hoy llevaba un vestido de color azul claro y un sombrero con flores en una esquina. Se veía increíblemente hermosa hoy.
—Hola —respondió ella, poniendo sus manos en la parte trasera.
—No pensé que volvería a verte.
—Yo tampoco.
—Discúlpame, ¿puedo saber tu nombre? Estoy intrigado…
—Isabella.
Qué lindo nombre, pensó.
—¿Y tú?
—Edward —contestó, ofreciéndole su mano para saludarla y poder tocarla.
Bella la miró y luego subió hasta el rostro de Edward, dispuesta a estrechársela. Cuando lo hizo, sintió la conexión del calor y el magnetismo, distribuyéndose desde las yemas de sus dedos hasta sus brazos, recorriendo sus venas y sus fibras nerviosas. Supo que jamás iba a olvidar el calor que transmitía él.
—¿Ya te ibas? —le preguntó Edward.
—Sí… ¡No! —se corrigió rápidamente, haciéndolo sonreír. Su corazón dio una sacudida—. Estaba… conociendo Paris.
Edward se cruzó de brazos, intrigado.
—¿De dónde eres? Debe ser muy especial como para que puedas viajar a Francia.
—Berlín —respondió.
Edward frunció levemente el ceño, un tanto incómodo de saber su procedencia.
—Nos vinimos porque todo allá es muy raro, papá no me quiere cerca de ahí —insistió Bella, viendo la expresión pensativa de él—. ¿Ocurre algo malo?
El chico rápidamente sacudió la cabeza y le volvió a sonreír.
¿Qué podía ocurrir de malo? No necesariamente debía estar ligada a ellos, ¿no? Quizá había huido, como habían tenido que hacerlo sus familiares.
—¿Quieres conocer Paris? Puedo darte un paseo. ¿Qué me dices?
Bella no pudo ocultar una mueca de felicidad, lo que hizo que a Edward se le cortara la respiración.
—¡Claro! Me encantaría.
—¿No es tarde para ti? —preguntó él. No iba a ponerla en peligro con su familia.
Bella negó, olvidándose de todos ellos.
—Vamos —insistió.
Edward le ofreció su brazo y ella lo tomó de manera tímida, volviendo a incorporarse al calor desbordante del chico.
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Si bien el paisaje de Paris era apabullante, ya no era lo mismo desde que el ejército tomó a la ciudadanía y sus lares. La imagen ya no era la misma, eso lo sabían, y era un peligro constante estar ahí. Edward buscaba la belleza de su tierra, volviendo a pensar en su infancia, a pesar de lo difícil que podía resultar.
—¿Te gustan los parques?
Bella asintió mientras comía el helado que Edward le había comprado de manera clandestina.
—¿Y el agua? Nadar es increíble, ¿no crees?
Bella no contestó porque estaba mirando a Edward, que era un chico fuerte, grande y muy guapo. Su cabello cobrizo y ligeramente desordenado le hacían suspirar y olvidar completamente su aburrida vida llena de lujos que nadie podía compartir. Estar con él era como rodearse del hogar y el calor que siempre soñó.
—No estás escuchándome. —Edward rio, pensando que la estaba aburriendo.
Nada más lejos de su realidad.
—Lo siento, estaba… Descuida, suelo ser muy distraída. ¿Qué decías?
Edward tomó valentía desde su interior, pensando en cómo su padre hizo lo posible por conquistar a la hermosa Esme. Iba a hacerlo tal como su familia.
—Quería invitarte a dar más paseos. ¿Te gustaría conocer un lago? —inquirió, deseoso de que ella dijera que sí.
Bella sintió que afloraba algo dentro de sí, una emoción que no sentía desde hace mucho tiempo.
Su respuesta fue inmediata.
—¡Sí! ¡Claro que me gustaría!
Edward la contempló, magnificado por el rubor en sus mejillas. Fue inevitable que llevara unos dedos a su piel, como si algo lo hiciera actuar de esa manera… o alguien. Ella pestañeó y sintió que su rubor se intensificaba; sus dedos se sentían muy bien.
—¿Te veo mañana? —preguntó Edward, ansioso por más.
—Mañana —contestó.
Sabía que era tarde, pero ¿qué importaba? En estos momentos podía ponerse a brincar sin miedo.
Bella se despidió de Edward besando su mejilla. Ella cerró los ojos y disfrutó de su aroma, grabándoselo para soñar con él esa noche y todas las que siguieran adelante. Él, por su parte, sintió que su corazón se aceleraba más que antes y que, definitivamente, había encontrado a la chica correcta, no la conocía en absoluto, pero algo dentro de sí clamaba por Isabella.
Cuando se alejaron, Bella vio que el coche con el chofer estaban cercanos a una plazoleta. Ella botó el aire, aliviada de que el hombre no haya visto su compañía. El tipo, acostumbrado ya a los constantes escapes de la incorregible Isabella, simplemente le abrió la puerta para dirigirla al hotel.
—Más tarde de lo acostumbrado —susurró el hombre antes de manejar.
—Hoy me divertí —fue lo único que respondió ella.
Llegaron a los minutos bajo un total silencio. El hotel estaba custodiado de manera secreta pero Bella lo sabía. Ningún soldado del ejército francés podía saber que aquí estaban los alemanes. Ella no entendía por qué pero sabía que era peligroso. Cuando subió por el ascensor hasta la habitación de su familia, notó que había más movimiento que antes. Cuando le abrieron la puerta vio que la asistente de su madre la esperaba.
—¡Isabella! ¿Dónde estabas? —inquirió ella, medio adormilada por los medicamentos—. Estaba preocupada.
Su hija enarcó una ceja, sin creerle qué tan preocupada podía estar.
—Sólo disfrutaba del paisaje, ¿qué tiene de malo?
—Sabes que no es tan fácil, pueden saber que eres…
—Sí, ya lo sé, y no me importa.
Renée Swan, su madre, era una mujer melancólica que odiaba su vida pero amaba a su hija. Sin embargo, nunca supo cómo demostrarlo y dejó que la agonía de estar casada con un hombre que no amaba la pudriese en vida. Hasta entonces, la mujer sólo se dedicaba a beber y a abusar de los medicamentos para la depresión, haciendo de ella un espectro que deambulaba, sin personalidad y sin ánimos.
—Dios santo, ¡un día harás que me enferme!
Ya lo estás, pensó Bella para sus adentros.
—Isabella —llamó su padre, que estaba en su oficina.
Ella sintió un escalofrío en su columna y fue rápidamente. Antes de entrar a la oficina, vio por el hueco de la puerta que su padre estaba con dos miembros del ejército, los dos usando esa esvástica rara en uno de sus brazos.
—La invasión es inevitable y ustedes deben llevarse a cada individuo que esté fuera de los planes, ya saben dónde están los campos —bramó Charlie mientras se acomodaba la chaqueta con sus medallas.
—Entendido, General —dijeron los otros dos al mismo tiempo, haciendo un saludo que Bella tampoco comprendió.
Cuando los hombres salieron, Bella tiritó, siempre aterrada de este mundo tan extraño. Su padre le permitió el acceso y ella se sentó frente a él.
—Hola, papá.
—Isabella, veo que llegas tarde.
—Estaba…
Dejó de hablar cuando el hombre le hizo un alto cerca de la cara, impidiendo que fuera a emitir cualquier sílaba.
—Sabes que está prohibido.
—Pero…
—Prohibido —repitió.
Tragó.
—¿Con quién andabas?
A Bella le saltó el corazón de miedo. Nunca podría decirle que estaba con un chico, menos con un francés. Su padre, por alguna razón, odiaba a las personas que tuvieran algo que ver con ellos, especialmente esos que usaban ese símbolo religioso como representación.
—Sola, sabes que me gusta estar sola.
Charlie asintió pero estaba poco convencido.
—Recuerda bien, Isabella, que te crie para que seas una mujer entregada a la familia, con el hombre que yo desee, ¿de acuerdo? No quiero saber que te estás mezclando con esta gente, aquí sólo estamos para liderar —bramó y luego hizo un gesto con su mano, pidiéndole que se retire.
Bella se levantó de su silla y caminó lentamente hacia la salida, enviando a la basura lo que su padre tuviera que decir.
¿Qué cosa tan mala podía suceder?
Buenas noches, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. ¿Qué les ha parecido? Entre ellos va naciendo el amor como es, puro y totalmente juvenil. Charlie va haciendo presencia por quien es, un tirano alemán militar. ¿Creen que él tenga que ver con el pasado que los separó? ¿Creen definitivamente que Bella ha muerto? ¡Cuéntenme qué les ha parecido!
Agradezco todos sus reviews, cada palabra de aliento y aunque sea un gracias hace que el entusiasmo siga al momento de escribir, lo aprecio mucho
Espero volver a verlas a todas por aquí, un gracias significa mucho para nosotras las autoras
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Cariños a todas
Baisers!
