Kid abrió los ojos. Cegado por la luz del sol, apartó la mirada del cielo, encontrándose con el rostro de la joven, quien acariciaba su cabello suavemente. Quizás había sido la confusión del momento, pero se demoró más de lo debido en darse cuenta de su cabeza sobre el regazo de Mana.
— Por fin despiertas— Mana sonrió—. Es culpa mía, no debería haberte invocado dentro del altar.
— ¿Dentro? ¿Qué…?
Kid observó a su alrededor. Se paró allá donde debería haber estado el altar. Había explotado en mil pedazos, como si un meteorito hubiera caído allí mismo. ¿Cómo podía haberle pasado todo aquello solo por buscar un tesoro?
Unos pasos le distrajeron de sus pensamientos. Cuando los pasos resonaron bajos sus palmas, no pudo evitar imaginar la imagen de Killer visiblemente sorprendido y confundido. Kid, todavía tumbado en el suelo, giró la cabeza hacia el rubio.
Ojalá pudiera haber visto debajo de la máscara.
— Menudo tesoro, ¿eh?— Kid dijo entre risas—. Venir a por lana y salir trasquilado, lo llaman.
Kid se levantó del suelo, igual que Mana. Juraría que sólo la habría podido reconocer por aquella sonrisa burlona que había visto en su forma espectral. Llevaba el cabello arrastrando por el suelo, cubriendo la arena con un manto blanco; y sus ojos se habían convertido completamente de color oro. Pero lo más extraño no había sido su inusual aspecto ni sus ropas, era el extraño manto de tatuajes sobre su cuerpo que parecían relucir.
— Los chicos han acabado de cargar todo lo que han encontrado en el barco— avisó Kid—. Han cogido los libros también, por si se podrían vender. ¿Qué quieres hacer con ella?
— No soy un monstruo, no la voy a dejar aquí a morir— Kid se puso en pie y le tendió la mano a Mana—. Eh, niña, levanta. Nos vamos.
Mana se encontraba embriagada por la euforia y la excitación de por fin salir de su confinamiento centenario. Los rayos del sol tocando su piel eran una bendición de los dioses, y el poder sentir la brisa de mar era como recuperar el aliento. Arrastraba su pelo por el suelo de una manera que cualquiera podría haber sufrido un fatídico accidente y haber caído por la borda. Pero a ella le daba igual. Disfrutar la libertad era lo que más necesitaba.
Kid, apoyado contra la barandilla en proa, no pudo evitar perderse en sus pensamientos mientras la observaba saltar y corretear como un pajarito. ¿Cómo había podido llegar aquella muchacha a quedar atrapada en semejante lugar? ¿Y qué era aquel extraño pacto que habían realizado?
— Eh, niña. ¿Planeas estar así todo el día?
— Me llamas niña, pero te supero en unos cuantos cientos de años.
Kid se encogió de hombros y le hizo un gesto como invitación a acercarse. Mana dio un par de saltos para acercarse.
— Sé que no te habrás dado cuenta por tu momento de euforia súbita y descontrolada— dijo Kid, con un tono tan grotescamente burlón que cualquiera hubiera estado a punto de estallar —, pero todavía no me has explicado qué se supone que debería haber pasado con el contrato que hemos hecho.
— Bueno, depende de lo que necesites que haga. Mi posición por nuestro pacto es obedecerte, a cambio de que me permitas recuperar mi forma física.
— ¿Lo que sea?
— Lo que sea— Mana se sentó sobre la barandilla y le dedicó una sonrisa—. Los dioses me dieron el poder de manipular la energía en mi alrededor. ¿Qué quieres que hagamos?
Kid le devolvió el gesto.
— ¿Qué te parece hacerme más fuerte?
Mana acercó sus manos al pelirrojo, tocando suavemente su mejilla. Sus tatuajes comenzaron a emitir una luz suave, y Kid notó que parte de su fatiga desaparecía. Casi como una oleada, se notaba con más fuerza y energía.
Mana bajó de la baranda y señaló al archipiélago ,
— En cuanto salgamos de la zona de Atua, mis habilidades se verán sustancialmente reducidas. No podré ser capaz de mantener una corriente de energía estable hacia ti.
— Solo necesito lo suficiente para derrotar a mis enemigos.
Kid y Killer no tenían desacuerdos severos desde que habían empezado a navegar y aquello era una verdad más pesada que una piedra. Kid siempre había sido un hombre que apoyaba las decisiones de su amigo, incluso cuando Killer terminó renunciando a mostrar sus emociones. Lo mismo se podría decir del rubio.
Pero en aquel momento era claro que, pese a la afinidad que tenían ambos, la elección de llevarse con ellos una muchacha que declaraba servitud total a Kid era para Killer extraña.
— Kid, sé que fue idea mía lo de visitar aquella isla— dijo el rubio mientras perseguía al capitán por el pasillo—, pero de verdad, no debería estar a bordo, es una niña, apenas pasará de los dieciocho, y no parece que sea especialmente capaz de pelea-...
— Estaba pensando en ello cuando apareció en esa isla— lo cortó Kid—. No conozco tanto de las culturas más tribales del South Blue, pero sé que eran ávidos en el arte de sacrificar a la gente a sus dioses porque sí.
Killer levantó una ceja bajo su máscara, pero enseguida Kid pudo oír un pequeño susurro. Un oh.
— La he invocado yo y es mi problema. No soy un hombre que sienta pena o se compadezca de la gente, pero algo me dice que el hecho de que tenga unas habilidades tan extrañas no es porque sí.
Habían pasado un par de meses desde que Mana había comenzado a viajar con los piratas de Kid. Desde entonces, la dinámica del grupo había sido más que clara.
Mana había demostrado ser incapaz disparar una simple pistola. Se notaba que no había tocado un arma en su vida o, al menos, de no haber vivido para ver una. Sin embargo, había demostrado ser muy útil como apoyo en batalla. Sus habilidades curativas eran muy eficientes, y el poder remediar la fatiga de los piratas había sido muy útil en más de un aprieto. Y la mejor manera que Kid había encontrado para aprovechar aquello había sido explosiones de poder sin control.
Desde luego, Kid no podía negar que se había ganado un juguetito bastante útil y defenderla era lo de menos. Lo único de lo que podía quejarse era tener que hablar como si viviese en otro siglo con ella.
Por ello, Kid y Mana habían comenzado una dinámica de maestro y alumna. Kid le enseñaba a la muchacha acerca del mundo actual y de cosas de las que no habían oído nunca, además de leer en los alfabetos modernos, mientras que ella se encargaba de asistirlo en los entrenamientos y batallas.
Aquella mañana, fue por fin el momento de unas lecciones bastante extensas de historia.
— Mira, ¿ves estas zonas de aquí? — Kid señaló en el mapa—. Aquí es donde están los fundadores del Gobierno Mundial.
— ¿Y cuándo ocurre eso?
— Hará ya… unos ochocientos años creo.
Mana se rio nerviosamente mientras jugaba con su pelo, recogido en una coleta. Cada vez aumentaban más los años que llevaba sin salir de su altar.
El navegante del barco avisó a Kid de la llegada a la siguiente isla y el pelirrojo decidió que era momento de parar. Los ojos de Mana se iluminaron como estrellas al escucharlo.
— Ve preparándote, práctica de campo— dijo Kid—. Ahora te toca ver algo que sea de este siglo.
