(…)Erase una vez de un cuento:

El octavo color de la luz (…)

(…Capitulo 1…):

(…Yuuki POV…):

Por fin la señal de receso se hacía escuchar, no es que odiara economía, pero tampoco me encantaba…en fin me reuní con mis amigas en la entrada del salón de la cafetería, tomamos algo de comida y fuimos a sentarnos a una mesa en la esquina, para comenzar con nuestra típica, pero no por eso poco divertida, charlas de adolecentes.

Adoraba permanecer rodeada del ambiente estudiantil, era agradable, emocionante e interesante. El final de la jornada lograba arrancarme largos y profundos suspiros.

En casa la relación con mis padres resultaba muy impersonal, había desayunos solitarios y cenas tensas y silenciosas.

De camino a casa, la neblina de la lluvia invadió todo el sendero, apresure el paso, ya que si enfermaba no podría estudiar para los exámenes entrantes, sin embargo, algo capto mi atención, junto a un poste de luz, en una caja completamente empapada por agua, se hallaba una gatito recién nacido, estaba más que claro que por mucho que deseara salvarlo, el animal no sobreviviría, llegado a esto continúe… dos cuadras más tarde, decidí regresar por mi nueva y temporaria mascota. Al parecer demore más de lo pensado, cuando llegue, mama y papa ocupaban sus respectivos lugares en la mesa del comedor. Mire el reloj, aun era temprano, mis padres se sentaban en silencio, no había comida servida, lo que indicaban que querían hablar conmigo.

-Hola… siento haberme retrasado-comencé disculpándome.

-No te preocupes hija, te estábamos esperando, deseamos tener una conversación contigo, es acerca de…-mama lo interrumpió.

- Cariño, mejor sube a cambiarte primero y luego baja para poder platicar más cómodamente.

Subí las escaleras, mientras me dirigía a mi cuarto pensaba en los inusuales tonos cálidos y corteses que mama y papa utilizaron, me recordaba a los tiempos en los que mama me confesaba que el tenia nuevas amigas, a las cuales amaba más que a nosotras, también me reclamaba de los reprochables estados en que regresaba papa luego de salir de las oficinas, pero mi padre tampoco callaba, cuando solía llevarme en recurrentes viajes a casa de mis actualmente difuntos abuelos, se la pasaba hablando por teléfono, arreglando encuentros y delatando a mama acerca de sus crisis y adicciones.

Guarde mi abrigo y deposite a un nuevo y dormido amigo en una improvisada cuna de cobijas a un lado de mi cama. Creía saber lo que estaban a punto de decirme, que habían encontrado la manera de ser felices… pero no juntos.

Comencé a descender por las escaleras, pero tuve que detenerme, otra guerra se desencadenaba abajo, simplemente me quede allí sentada en el escalón. Tras pasar cuarenta minutos, se detuvieron, podía oír como mi padre abandonaba la casa para tomar su auto e irse, mi madre, con paso firme y determinado, subió las escaleras sin si quiera mirarme, por ultimo cerro de un portazo su habitación, el estruendo fue suficiente para tirar un cuadro del pasillo y despertar al animal.

Termine de bajar, hoy no habría cena silenciosa ni ambiente tenso. Prepare salchichas y huevos revueltos para uno, luego de satisfacer mi necesidad, calenté algo de leche y subí a suministrarle alimento por medio de una jeringa a mi moribundo huésped. Acabe con mis tareas escolares del día, así poder arrojarme a la cama escuchar música.

En la plenitud de mi relajación, Dumi, como lo bauticé, comenzó un incesante e irritante maullido, tome un libro del escritorio y baje a la cocina a leer en tranquilidad. Arriba, se escuchaba el tenue llanto de Dumi y los sollozos de mama, gracias a esto leí en voz alta más de cinco capítulos de la historia. Transcurrieron unas dos horas o más de sonoras lectura cuando llego mi padre de nuevo, arrojo las llaves al suelo del recibidor, señal de que se encontraba algo ebrio, entro en mi territorio y se dirigió directamente al refrigerador, saco una jarra de té helado y se sentó a mi lado para dedicarse a beber en silencio.

-Buenas noches, papi ¿Cómo te fue?- pregunte luego de comprobar que su estado iba en vías de apaciguarse.

-Humm…- sabedora de que eso sería lo único que conseguiría, pero igual lo intente.

-¿Tienes apetito?...deseas algo de…-calle, al ver que de inmediato se levanto y se fue, seguramente para dormir en el cuarto de huéspedes, supuse. Entonces luego de un momento, me di cuenta que estaba sedienta, un vaso medio lleno sobre la encimera, uno del cual mama bebió anteriormente, el contenido se veía raro, igual lo bebí todo en tres grandes tragos y regrese a mi cuarto. Una vez en el lecho, acomode a Dumi sobre mi pecho, me sentía mareada y somnolienta, observe el reloj eran las 00:30, sin poder soportar más, deje que la inconsciencia tomara mi mano y me invitara a ser parte de un sueño.

Me encontraba despierta, pero todavía sin abrir los ojos, en el rostro sentía algo solido, húmedo y muy frio, pasaron unos segundos hasta que decidí regresar a la realidad, adormecida, logre divisar a lo lejos unos escasos arboles, unos cuantos campamentos y alguna que otra cabaña, pero también se encontraban varias personas, hombres… ¿uniformados?; grandioso, este era uno de esos sueños en los que sebes que estas soñando, estupendo, podría hacer lo que quisiera.

Todo era tan real, hasta los escalofríos se apoderaban de mi cuerpo debido a la nieve, que bañaba todo lo visible en el sueño, al levantarme vi que aun vestía el uniforme del instituto pero sin zapatos, tal cual como dormí, mis pies se congelaban tanto que… ¿dolía? A la distancia, uno de los hombres me acusaba con la mirada, de repente grito algo en un lenguaje que no comprendí, señalaba en mi dirección, otros dos uniformados se unieron a él, acomodaron sus armas y se prepararon para apuntar al blanco… yo. Por instinto me largue a correr en dirección opuesta; corrí y corrí, solo mirando mis pies. Esta era una muy vivida pesadilla ¿Por qué me perseguían? Disminuí el paso, debía confirmar que había perdido a los enemigos, camine de espaldas entre un espeso bosque. De pronto tuve la sensación que detrás de mi no había ningún obstáculo, tenía razón, cuando propine otro paso caí por un barranco, para aterrizar en un violento rio, las piedras magullaban mi cuerpo y el agua se empeñaba en bloquear la escasa entrada de aire, hasta que mi suerte cambio, logre subirme a un tronco bastante robusto que flotaba junto a mí, realmente estaba agotada y adolorida, cerré mis ojos dejando que la corriente arrastrara mi peso. Me sobresalto el temblor que causo el tranco al estrellarse contra una gran roca, el rio se convirtió en un tranquilo y muy bonito arroyo, nuevamente todo había dado otro cambio, aunque no uno tan drástico como el anterior, aun permanecía dentro del bosque, pero aquí no había nieve, sino rayos y destellos de sol acompañado por la polvareda de la luz y la placentera frescura del viento, los hombres y las armas fueron suplantados por verdes arboles y espeso pero colorido follaje, no podía verlos, pero sabía que estaban allí , por todos lados, escondidos, mi intromisión en su santuario sorprendió a la vida silvestre que habitaba tal paraíso. Tras recomponerme del viaje, camine por el borde del arrollo. A unos pocos metros, atisbe una cueva, acelere mi andar hacia el objetivo, asome mi persona de una sola vez para irrumpir en su interior… entonces el escenario dio otro giro de 360 grados… unos deslumbrantes 360 grados.

Frente a mi yacía el, sobrepasaba mi estatura por dos o más cabezas, su cabello dócil, lacio de plata y unas amatistas por ojos, unos cuantos mechones caían tiernamente por su rostro…uff su cara, la más hermosa nunca antes descubierta, la más perfecta jamás imaginada…solo podía ser obra de dioses, sus rosados labios apenas temblaban, como si quisiera decir algo, su cuerpo mantenía una postura desgarbada, pero también tensa, de contextura atlética, su piel era tan blanca que parecía dejar al descubierto su halo, sin mas preámbulos, el resultaba ser lo más precioso del mundo…

Estaba tan abstraída en su esplendor que no me había percatado de sus pies los cuales estaban recubiertos por unas improvisadas bolsas de tela, retazos faltantes de su blanco ropaje, el material también tenía varias pero dispersas motas de un oscuro bordo. Al igual que sus pies, en sus manos bailaban una seria de heridas, ya rosáceas por el tiempo. Aquel semblante sin defectos llevaba teñido en él la tristeza y el sufrimiento… ¿Quién se atrevería a dañar a tan magnífica creatura? Ladeo su cabeza a un lado, lo suficiente para sacarme de mi admiración y cavilaciones, avanzo un paso en mi dirección, vacilo durante unos instantes, entreabrió sus labios, para luego dejar danzar con el viento, la melodía más maravillosa… su vos.

(…)Erase una vez de un cuento:

el octavo color de la luz(…)

(…Capitulo 11…):

(…Zero POV…):

A unos dos kilómetros de mi refugio, alguien era arrastrado por el furioso rio, podía oírlo. Me preguntaba si acaso seria lo suficientemente fuerte para sobrevivir, quizás no, quizás correría la misma suerte que las demás personas que se encontraban en las afueras del bosque, la muerte. El solo hecho de pensar en lo que ocurría me causaba verdadero malestar.

Para tranquilizarme cerré mis ojos. Comencé a contar los animales que percibía a mí alrededor, uno dos tres…, veinte minutos más tarde,… cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y uno, cincuenta… ¿Por qué se alejaban? Normalmente les atraía, algo estaba fuera de lugar.

El crujir de ramas anunciaba la llegada de un desconocido, un extraño, una persona ajeno a la posibilidad de mi existencia; debía prepararme para lo que fuese, una reacción hostil o una reacción opuesta. En mi cabeza mentalice las opciones y los finales.

Alguien se aproximaba, aunque no cerré mis ojos, mantuve una postura despreocupada.

Por alguna razón que ignoraba, afirmaba que un hecho sempiterno se cruzaría en mi camino.

Mi invitado apareció por el lado oeste del escondite, en un avance se materializo en la entrada, era una mujer, más bien una niña, una niña de melena castaña decorada con espesos bucles, desde el final de su coronilla hasta el comienzo de sus pequeños y frágiles hombros, pequeña frágil y esbelta describían su apariencia.

Me observaba sin vergüenza, sin descaro, pero con qué hermosos topacios miraba.

Ella seguía expectante, ¿debía hablarle?, quería hacerlo, ¿por qué? Sin saber que hacer o decir, dude y me acerque con paso vacilante. En mi odisea, millones de pensamientos invadían mi cabeza, todos acerca de ella. Deseaba que se quedara.

Era increíble como aquella dama podía influir ¿Realmente esa dama… esa damita… era más fuerte? Instantáneamente mi boca se abrió e interrumpí la paz del lugar para musitar inconscientemente…

-Damita…-¡no podía ser cierto!

-¿…?-no pronuncio ni una sola palabra ante mi incoherencia.

Concentre todo el poder de intensidad en mis ojos, contemplando aquel par de gemas. Convertí mi voz en una monótona y fría canción, intentando de alguna forma cerrarme.

-¿Quién eres tú?

-¿Yo?... oh… lo sien… mmm- titubeo, seguramente desconocía lo tierna que era.

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?- Retrocedió. La asuste, me resultaba un suplicio provocarle daño… no, no era su culpa. En lo más profundo sentía que debía proteger y velar por… mi damita.

-¡No es justo, no es justo!-grito- Tu tendrías que ser bueno, yo sé que esto es un sueño… deberías comportarte amable conmigo ¡es mi sueño, no puedes arruinarlo!, ¡te lo prohíbo! ¡No lo hagas!... por favor…

La hice llorar. Demasiado tarde, mi damita, desde el primer momento en que la vi, ella sembró su semilla en mi interior… algo superior y de extrema fortaleza.

La señorita hablo, yo acataría sus ordenes a como dé lugar. Debía tratarla como se merecía, y si creía que soñaba yo también soñaría.

-Lo siento, no es tu culpa, discúlpame, me tomaste por sorpresa- pronuncie con el tono cubierto de arrepentimiento.

-Por supuesto que no tengo culpa, también estoy asustada –dijo entre sollozos, mientras refregaba con el dorso de sus manitas la ultimas lagrimas que resbalaban por sus coloradas mejillas.

-No tiene porqué temer, no te hare daño, yo…

-Quizás tu no, pero ellos si… caí en un rio, estoy toda golpeada, me dispararon y…-frunció el ceño. Una mueca de dolor tiño su semblante.

-¿Te encuentras bien? ¿Te lastimaste?- estaba más preocupado de la cuenta.

-No y sí, me duele el brazo- se quejo.

-Tranquila, espera aquí, lo resolveré…

-¿Qué? ¿Com…

-Por favor…, ponte cómoda.

Sin decir más, obedeció.

Salí afuera, mis pies aun dolían, la piel parecía que nunca se acostumbraría al contacto con la realidad, pero no importaba.

Corte un trozo de mi vestimenta y en la palma de la mano hice un corte con una piedra. La sangre embebió el material. Mi herida sanaría en apenas unos segundos y con mi remedio también la suya. Me confortaba más de lo imaginable poder ayudarla.

Cuando regrese, mi damita se hallaba acurrucada en una esquina del refugio. Le indique que descubriera su brazo. Los daños no eran serios, igual le pedí que se vendara con mi solución, lo hizo, aunque con recelo, callada otra vez obedeció.

-Hummm-aclare mi garganta-¿A usted le gustaría dar un paseo conmigo… por el bosque… si…

-Me encantaría, solo si nos mantenemos dentro del santuario- dedico una sonrisa.

-Como usted ordene-¿santuario? Necesitaba saber su nombre, así podría aclarar la duda de que se le cruzaba por la cabecita. Yo solo quería protegerla. El paseo era solo una excusa, debía procurar que su ropa se secara con algo de ayuda del sol o enfermaría por mi descuido.

Nuevamente en el exterior, pude mostrarle el esmeralda bosque con sus maravillosos tonos de luz, cornalina y topacio, por el próximo atardecer, el cual anunciaba el despertar de las creaturas nocturnas. Guie a mi damita hasta un circulo formado por grandes y sabios arboles, ya que por lo alto se colaba la mayor cantidad de luz.

En el camino disfruté, de su admiración ante mis explicaciones sobre el "santuario", de su asombro cuando algo le llamaba la atención o cuando descubría a la fauna observándola entre el colorido hervidero de vida, de su carcajada acerca de nada… acerca de todo. Cuando llegamos a dicho lugar, nos acostamos en el radiante nido de flores y demás. Le pedí que cerrara sus ojos y se mantuviera silenciosa hasta que le dijera. Transcurrieron unos momentos.

-Puedes abrirlos, pero hazlo con cuidado-susurre.

Tal fue la sorpresa al abrirlos que tuve que indicarle entre señas que no hablara, me hizo caso. A nuestro alrededor se encontraban todos con los que convivía, aunque los ciervos guardaban distancia y los búhos vigilaban desde los arboles, las liebres, las mariposas jugaban a su lado, los insectos saludaban desde el dosel de flores silvestres que nos daban la bienvenida, felinos y roedores se mantenían al margen, pero cerca, mientras que las aves revoloteaban cuidando de nosotros. No podía oír su mente, pero veía sus ojos, en ellos la alegría y la felicidad tan nítidas como el azul del cielo.

Nos miramos en silencio y a la vez nos gritamos todo. Perdí la noción del tiempo, ya no interesaba. En mi interior el tiempo avanzaba sin oportunidad de retroceder o detenerse, aquello estaba creciendo, todavía no me vencía pero… lo haría.

Mi damita silenciosa, estaba conmigo, era real y eso hacía que en mi pecho no hubiera lugar para tal satisfacción.

Cayo la noche, las luciérnagas se unieron al cuadro. Yo no sentía ni frio ni cansancio, pero las creaturas diurnas dormían a nuestro alrededor y las mamas cubrían a sus crías del viento y del clima.

Mi damita también descansaba, la admire durante un instante, luego saque de entre mis dientes una suave brisa. Ella se despertó dócilmente.

-Deberíamos volver…

-Espero algún día poder regresar a este mágico lugar.

-Solo tienes que decírmelo, hare lo que me pidas y te concederé lo que quieras.

-Quédate conmigo para siempre es lo único que deseo y seré feliz.

-Si eso quieres… serás feliz.

Retornamos de nuevo a la lúgubre y fría cueva, pero cuando ella ingreso, me pareció el lugar más agradable y cálido.

Mi damita ocupo un lugar al lado de unas estalagmitas de suelo para recostarse, y yo, me repantigue a dos metros de ella en dirección opuesta. No tardo mucho en regresar a sus dulces sueños.

La noche se intensifico. En el arroyo se podía atisbar el reflejo luminoso de los peces debajo del agua y el de las luciérnagas dentro de la guarida.

Contemplar a mi damita fue el último paso, era en vano evitarlo, era más fuerte, dicha bella durmiente seria lo único por lo que existiría. En mi interior ella creció tanto hasta transformarse en… amor…

Quería ignorar lo que sucedía, pero ya no podía, no encontraba razones ni fuerza.

Sigilosamente me adelante hasta ella. De repente caí en la cuenta de que en ningún momento en que pasamos juntos sentí el contacto con su piel, tampoco sabía nada de ella.

Se removió inquieta en el lugar y me busco…

-¿Dónde estás?-musito entre sueños.

-Aquí estoy, justo a tu lado… siempre- prometí.

-No eres normal ¿cierto? Creo saber lo que eres…-su voz se fue apagando.

-Te escucho, no importa lo que digas o pienses, no me molestare, nada cambiara-dije inseguro de que me hubiera escuchado ¿estaba dormida?

-Tú… tú eres… un ángel…-mi damita era muy inteligente y ahora estaba seguro que había regresado con Morfeo.

Mi sentido del tacto cosquilleaba, anhelaba sentirla entre mis brazos.

Sin pensar, me moví, llegué hasta inclinarme sobre ella, e inconscientemente impulsado por el deseo comencé a descender, me detuve a unos escasos centímetros, sufría una epifanía… estaba enamorado.

Sonreí ante la confirmación, entonces fui acercándome más y más a sus labios y en cuanto nos tocamos con un mínimo y preciado roce… se desvaneció debajo de mí. Desapareció secuestrando con ella… mi corazón.