Capitulo 2: Encuentro
Hasta aquel momento, Henrietta no podía quejarse de cómo le había ido el día.
Se había levantado, aseado, vestido, había disfrutado de su desayuno y había asistido a sus clases privadas como de costumbre. Cuando terminó con sus tediosas lecciones, le tocó encargarse de un par de asuntos y tratados que, en teoría, debía de haber aprobado la reina regente. Pero dado que su madre se encontraba incapaz de dirigir a la nación, dicha tarea había acabado recayendo sobre su hija, la princesa. Hasta este punto, Henrietta no tenia queja. Era tedioso, si, y muy cansado, pero al menos ya estaba acostumbrada a esta rutina.
Después, antes de la comida, llegó el momento en que Henrietta realizaría la ceremonia de invocación, para la cual ella misma había estado revisando cada punto para evitar errores. Ahí, supuso, fue cuando el día empezó a torcerse.
¿Que qué ocurrió para que se torciera? Pues… Tal vez tuviera que ver con, no sé, el hecho de haber invocado a un extraño niño manchado de sangre y atado con lo que parecía ser una mezcla de cintas de cuero y cadenas, estirado en medio de un charco de sangre, y que encima había pegado tal alarido que había destrozado más de la mitad de los cristales de palacio, junto con algunos tímpanos.
Si, pensándolo bien, ese era el momento exacto en que el día había empezado a torcerse ligeramente.
Tras rugir durante lo que parecieron minutos, cuando en realidad solo habían sido apenas diez segundos, el misterioso niño echó a correr, atravesando velozmente el patio en dirección a los guardias. Al verlo cargar contra ellos, muchos fueron los que lanzaron conjuros y dispararon sus armas contra él, pero su velocidad inhumana le hacia un blanco difícil, y ninguno consiguió acertarle. Uno de los caballeros trató de cortarle el paso, espada en mano, pero de un salto lo sobrepasó, aterrizando con ambos pies en el pecho de otro caballero situado varios metros más allá, y lo usó para deslizarse por el suelo hasta que se bajó de él de un salto. Zigzagueando por entre los caballeros, el misterioso niño se dedicó a propinar fuertes patadas a quienes no conseguían apartarse a tiempo, mandándolos a volar por los aires y contra el suelo con bastante violencia. Por su parte, varios de los caballeros consiguieron evitar el avance de aquel joven mediante sus conjuros, invocando grandes tornados y llamas que lo obligaron a retroceder en varios momentos. En una ocasión, cierto caballero especialmente fuerte trató de partirlo en dos con su enorme hacha, que el niño se limitó a atrapar con sus dientes. Bajo la asombrada mirada de todos, el niño acabó de cerrar la boca, partiendo en mil pedazos el filo del hacha, y mandando por los aires el enorme cuerpo del caballero de una patada en el estomago.
-¿¡Qué demonios es esa cosa!?
-¡Proteged a la princesa!
-¡Por ahí! ¡Esta por ahí! ¡Cerradle el paso!
El caos en el patio iba en aumento, a medida que aquel pequeño niño corría por todas partes sin un destino claro, derribando a cuantos caballeros intentaron pararle. Henrietta, todavía protegida por Agnes, no podía despegar los ojos de aquel niño. ¿Qué…qué era? ¿Cómo podía hacer esas cosas? A pesar de ir descalzo, sus pies aplastaban la roca por donde pisaba con suma facilidad. Sus caballeros apenas podían seguirle el ritmo, y ni el más fuerte de sus hombres era rival para su anormal poder. ¿Acaso se había excedido al pedir un "familiar poderoso"?
Poco a poco, los caballeros de Tristain empezaron a recobrar el control de la situación. Haciendo uso de una estrategia improvisada de hacerle retroceder a medida que lo iban rodeando, finalmente los caballeros consiguieron encerrar al joven corredor en el centro del patio, apuntándole por todas partes con sus varitas y armas, mientras este trataba de buscar un resquicio, gruñendo como un animal salvaje a quienes intentaran acercársele. Henrietta notó que, a pesar de su aspecto humano, sus ojos era…como los de un animal: completamente rojos, y con las pupilas rasgadas como las de un felino, sin iris.
-¡Ya lo tenemos, no le dejéis escapar!-exclamó Wardes, el capitán de los Caballeros de Grifos, mientras recibía asistencia médica por parte de uno de sus subordinados. Aquel chaval había conseguido escabullirse de su estocada y, clavándole fuertemente los dientes en el hombro, lo había zarandeado como a un muñeco antes de lanzarlo como si nada contra otros caballeros, sangrando abundantemente por su brazo.
-¡No te muevas!- le gritó uno de los caballeros al niño, sin saber si le estaba entendiendo o no. En vez de responder, el niño siguió observándoles a todos con gesto amenazador, antes de mirar al suelo con sumo interés.
Levantando la vista con aire decidido, se medio agachó, levantando las sospechas inmediatas de todos los caballeros. ¿Qué se proponía? ¿Acaso pretendía saltarles por encima a todos? Si ese era su plan, se convertiría en un blanco perfecto para los miembros de la Orden de Mosqueteros, que habían adoptado posiciones con sus característicos mosquetes en busca de un disparo directo contra él en caso de ser necesario. Fuera lo que fuera que se propusiera, no le iba a funcionar. Estaba atrapado.
El niño dio un salto, si, pero en comparación con los que había estado dando antes, este apenas superó el metro de altura, siendo el más bajo que le habían visto hacer desde que había aparecido. Sin embargo, lo que Wardes si notó era que, a diferencia de los otros, en este había algo especial: el niño había levantado mucho la rodilla derecha, casi como si… Entonces, Wardes entendió que se proponía.
-¡Todo el mundo, ATRÁS!- exclamó, pero su orden llegó tarde. Cayendo con fuerza, el niño dio un fuerte pisotón con el pie derecho, enterrándolo completamente en la dura piedra del patio y generando un temblor que sacudió cada piedra del lugar, desequilibrando a todo el mundo y tirando al suelo a varios caballeros. Por si fuera poco, numerosas espinas negras y rojas empezaron a brotar, como grotescos colmillos de lobo, desde el epicentro del temblor, avanzando rápidamente hacia las aturdidas filas de soldados. Justo cuando la oleada de colmillos iba a alcanzar a los caballeros, que por suerte para ellos habían emprendido rápidamente la retirada, el lugar donde antes habían estado estallo, como consecuencia de la aparición de unas espinas de mayor tamaño que mandaron a volar por los aires a los más rezagados. Henrietta contempló con creciente temor la destrucción que estaba ocurriendo enfrente de ella. Ese niño, ser, o lo que fuera… Era increíble. Estaba enfrentándose en solitario a un gran número de sus caballeros, y no solo no había recibido ningún daño por parte de ellos, sino que encima parecía que los estaba destrozando sin ningún tipo de esfuerzo. Y esas espinas… ¿Cómo lo había hecho? ¿Realmente no era humano?
Aprovechando que se había roto el cercado, el niño replegó sus espinas, y sacó el pie del agujero. A grandes zancadas, se dirigió a toda velocidad contra las puertas del palacio, custodiadas por un buen número de caballeros armados. Estos, al verlo acercarse, prepararon sus lanzas y se dispusieron en formación con los escudos hacia adelante, dispuestos a enfrentarse a aquella cosa costara lo que costara.
Sorprendentemente, el niño no fue hacia la puerta. En su lugar, cambió su trayectoria, dirigiéndose sin disminuir su velocidad contra el muro del palacio. Varios caballeros contemplaron la escena, creyendo que aquel niño se había vuelto loco. ¿Acaso pretendía atravesar el muro con el cuerpo? Los muros del palacio eran especialmente gruesos, de manera que era imposible que… En vez de chocar contra el muro, el niño empezó a correr por él, ascendiendo como si nada por la superficie completamente vertical del edificio, agrietando la roca por donde sus pies pasaban. Anonadados, los caballeros y numerosos testigos solo pudieron contemplar con asombro como aquel niño continuaba su ininterrumpido ascenso por el castillo, hasta que habiendo llegado al punto más alto de la torre que daba al patio, el sonido de una ventana rompiéndose indicó a todos los presentes que aquel ser había conseguido adentrase en el palacio.
-¡Jinetes de grifos y manticoras, vigilad la torre y aseguraos de que no salga de allí!- comandó Agnes, organizando rápidamente a sus efectivos para que se encargaran de los numerosos heridos y para que fueran en busca de lo que fuera que fuera esa cosa-. ¡Mosqueteros y todos lo que podáis poneros en pie, conmigo! Vamos a subir a por esa cosa. Vosotros dos, quedaos con la princesa- dijo, señalando a dos de sus soldados, y se dirigió a la carrera al interior del castillo, seguida de cerca por otros tantos caballeros y caballeras.
-¡Princesa, ¿os encontráis bien?!- preguntó alarmado el cardenal, visiblemente alterado por lo sucedido-. ¡Rápido, debemos llevaros a un lugar seguro!- dijo, dando la orden para que mas soldados vinieran a custodiar a la princesa. Esta, sin embargo, se negó a moverse.
-No voy a ir a ninguna parte-dijo decidida, retando con la mirada a quien se atreviera a llevarle la contraria-. Ese ser al que están persiguiendo es mi familiar, y no pienso esconderme mientras esta situación no se resuelva.
-¡Pero princesa, sed razonable! No sabemos lo que es, y está claro que no se trata de un ser humano normal. Podría…
-He dicho que no me iré, y lo pienso cumplir, cardenal- dijo firmemente Henrietta, girándose en dirección al castillo, mientras se agarraba firmemente de su falda para que no la molestará al caminar-. Voy a solucionar esto en persona. Sois libre de seguirme si creéis que es lo que debéis hacer-. Y tras esta proclama, la princesa se dirigió con paso decidido por donde Agnes y el resto de caballeros habían ido, mientras un par de azorados soldados se apresuraban a seguirla.
"Ojalá no fuera siempre tan noble", pensó Mazarin, siguiendo resignado a la princesa. "Sería mucho más fácil protegerla si fuera un poco más cobarde y egoísta, como el resto de nobles de la corte". Moviéndose todo lo rápido que le permitían sus viejos huesos, el venerable cardenal se apresuró a alcanzar a la princesa.
Si, a veces tener una princesa tan magnífica podía ser un autentico dolor de cabeza.
Alto de la torre norte, momentos después:
Finalmente, Henrietta llegó hasta lo más alto de la torre, tras sortear y tener que ordenar repetidas veces a sus caballeros que la dejaran pasar y que no intentaran detenerla. Tras subir el último peldaño, Henrietta se encontró frente a una tensa situación.
La escalera daba paso a un corto pasillo, compuesto por un amplio suelo de madera, unas paredes de piedra con ventanucos por los que se podía ver toda la ciudad, y un techo medianamente alto poblado de vigas de madera. Al otro extremo del pasillo, una solida puerta de madera daba paso a una de las muchas estancias en desuso del castillo, puerta que en esos momentos ya no parecía tan solida, puesto que se encontraba tirada en el suelo tras haber sido arrancada de la pared. A ambos lados del hueco de la puerta se apiñaban sus fieles caballeros y mosqueteros, liderados por la capitana Agnes, quien siendo la más cercana a la puerta trataba de echar un vistazo discretamente en el interior pistola en mano. Junto a las escaleras por las que Henrietta había subido se encontraba dos de sus caballeros, sentados en el suelo mientras recibían atención médica por parte de un sanador.
Con paso precavido, pero decidió, Henrietta se acercó a Agnes, imitando a sus caballeros y procurando no ponerse enfrente del oscuro hueco de la sala contigua. Al verla acercarse, Agnes le salió rápidamente al paso, mientras se esforzaba por no alzar demasiado la voz.
-Majestad, retiraos, por favor. ¡Este sitio es muy peligroso para vos!- medio exclamó, medio susurró Agnes, tratando de evitar con su cuerpo que Henrietta se acercara mas a la puerta.
-¿Esta ahí dentro?- preguntó Henrietta sin alzar la voz, aparentemente ignorando el comentario de la capitana. Antes de que esta pudiera responder, un rugido similar al anterior, aunque esta vez más corto y menos intenso, salió del interior de la estancia, seguido por el cuerpo de un caballero, que atravesó volando la estancia y fue a chocar con fuerza contra la pared del otro extremo. Rápidamente, otros dos caballeros se acercaron a él para comprobar su estado.
-Si, está ahí dentro- dijo Agnes, contemplando con rabie e impotencia a su caballero herido y a las oscuras sombras del interior de la estancia-. Esa cosa es lista. Se ha atrincherado ahí dentro, y como no cabemos todos, solo podemos ir individualmente o en grupos pequeños. Además, se oculta en las sombras y no conseguimos seguirle los movimientos. Ni yo misma he sido capaz de verlo venir…-confesó Agnes, y entonces Henrietta se fijo que la capitana no parecía encontrarse muy bien, viendo que esta apoyaba su mano derecha en su costado, donde su armadura de acero parecía haber sufrido una profunda abolladura-. Como no le hagamos salir con humo, no veo como…
-Voy a entrar- informó la princesa, sorprendiendo a Agnes y a todos los caballeros presentes, que rápidamente intentaron disuadirla de cometer semejante temeridad. Sin embargo, la princesa se limitó a hacerlos callar con un gesto de su mano-. Entiendo vuestra preocupación, pero esto es algo que debo resolver yo misma. Yo fui quien lo invocó aquí, y por tanto debo ser yo la que se haga cargo de él.
-¡Pero majestad, eso es…!
-No te preocupes, mi fiel Agnes- dijo Henrietta, apoyando una mano en el hombro de la caballera y sonriéndole cálidamente-. Te prometo que estaré bien. Si veo que la situación se vuelve peligrosa, o creo que no lo lograré, saldré de ahí tan rápido como pueda.- Henrietta se plantificó frente al hueco de la estancia, mirando con una aire de confianza y decisión que internamente no sentía del todo a las oscuras profundidades de la sala, de la cual salía el gruñido amenazador del monstruo que la estaba esperando dentro.
-¿Pero acaso tenéis un plan, o algún conjuro, o…?
-No te preocupes, mi valiente caballera- comentó Henrietta con una sonrisa decidida cuyo objetivo era enmascarar los nervios que la atenazaban por dentro-. Tengo un plan, y lo que es más importante…-Henrietta posó su mano en la bolsita que le colgaba de la cintura-…, tengo esto.-La idea se le había ocurrido a medio camino, y había hecho un alto en el camino para ir a buscar la bolsita en cuestión a su cuarto.
-Aun así, insisto en que al menos llevéis esto- dijo Agnes, tendiéndole su fiel pistola de chispa. Sin tenerlo del todo claro, Henrietta aceptó el arma de la caballera, y con paso cauteloso se adentró en las tinieblas, mientras sus fieles caballeros la vigilaban impotentes desde la puerta, cada uno de ellos rezando en silencio a Brimir por la seguridad de su princesa. Si algo le ocurría, jamás se lo perdonarían.
Henrietta caminó en línea recta, atravesando las frías sombras y las motas de polvo suspendido que poblaban la estancia, hasta que de pronto vio que enfrente de ella había un pequeño claro de luz, luz que venía del único ventanuco circular de la estancia, situado encima de él por el que entraban los cálidos rayos del sol. Situándose en medio, trató de ver si podía ver o notar la presencia de su familiar, pero únicamente pudo escuchar el eco de su gruñido y su espeluznante siseo, como el de un felino furioso o alguna especie de serpiente. Echando la vista hacia atrás, vio que sus caballeros seguían cada uno de sus movimientos desde la puerta, situada a unos cinco metros de donde estaba ella. Las sombras escondían la presencia de las paredes y del alto techo, mas alto que el del pasillo por el que había llegado, y solo el crujido de la madera y las nubes de polvo descendiendo la alertaron de los avances de aquel ser. Algo asustada, Henrietta inspiró profundamente, y expiró sin prisas, contando mentalmente para calmar el acelerado pálpito de su agitado corazón. Deliberadamente, Henrietta levantó la mano con la pistola, provocando que el gruñido cogiera fuerza, y sin vacilar ni un instante la dejó caer, el sonido de la madera y el metal chocando contra el suelo con un eco que parecía sentenciar el destino de la joven heredera al trono. Al verla tirar su arma, Agnes hizo el gesto de correr junto a la princesa, solo para ser detenida por los brazos y agarres de otros tres caballeros, los cuales traban de explicarle que hacer aquello podía poner en un mayor peligro a la princesa. Ignorando el bullicio de la entrada, Henrietta cogió la bolsa de su cintura, hurgando en su interior. El objeto que sacó de su interior provocó que tanto los caballeros como Agnes se quedaran mudos por la sorpresa. ¿Acaso eso era…, lo que creían que era?
Dándole un mordisco, la princesa confirmó las sospechas de sus preocupados protectores. Una galleta. La princesa se estaba comiendo una galleta. Había tirado su pistola, en presencia de una criatura desconocida y potencialmente peligrosa, y se había puesto a comer galletas. Lo absurdo de la situación rallaba prácticamente la locura. ¿Pero qué demonios tenía planeado la princesa? ¿Acaso quería morir? Justo cuando varios de los caballeros se dispusieron a imitar a Agnes y tratar de entrar para sacar a la princesa a rastras si fuera necesario, esta les hizo una discreta seña para que se quedaran quietos. Tratando de controlar sus impulsos de desobedecerla, los caballeros se quedaron en su puesto, contemplando con creciente nerviosismo como la princesa se terminaba tranquilamente su galleta, tarareando para sí una alegre cancioncita mientras se limpiaba las migas de la cara. Fue únicamente en ese instante que los caballeros lo notaron. El gruñido había cesado. En su lugar, se oía como un murmullo, como el ronroneo de un gato, solo que más grave y bestial, mientras que de vez en cuando se oía el sonido de alguien esnifando fuertemente en diferentes puntos de la estancia, cada vez más cercano al lugar donde se encontraba la princesa.
Henrietta sintió la presencia de aquel ser a su espalda, y sin mirar hacia atrás supo que estaba mirando por encima de su hombro para ver que estaba comiendo, olisqueando con curiosidad junto a su oreja. Rápidamente, Henrietta se dio la vuelta, esperando ver cómo, efectivamente, ese gesto provocó que la pequeña criatura volviera a esconderse entre las sombras. A pesar de los nervios, Henrietta no pudo ocultar una sonrisa. En cierto modo, era como un cachorrito curioso. Tal vez la gustara jugar.
-¿Quieres una?- preguntó al aire, sacando otra galleta y levantando por encima de su cabeza-. Vamos, no seas tímido. Están muy buenas- le aseguró, hablando con tono dulce y tranquilo. Algo pasó raudo y veloz por encima de su cabeza, y Henrietta se encontró que le faltaba la mayor parte de la galleta, arrancada sin haberse dado casi ni cuenta de cuando la había mordido. El sonido del crujir de la galleta siendo masticada y el sonido inconfundible de alguien tragando le indicó a Henrietta que había conseguido llamar la atención de aquel pequeño ser. Sonriendo, Henrietta tiró el resto de la galleta hacia las sombras del techo, sin que esta volviera a bajar. En vez de eso, volvió a oírse el crujir de la galleta, prueba de que aquel ser la había atrapado en el aire.
Sacando otra, Henrietta la volvió a levantar, tratando de discernir por donde iría esta vez el "ataque". Un crujido a su espalda llamó su atención, provocando que se diera la vuelta rápidamente, solo para sentir un tirón y como le arrebataban la galleta. Girándose de nuevo, la princesa consiguió entrever la forma de un extraño tentáculo lleno de espinas que, con la galleta atravesada en su punta, se adentró de nuevo en las sombras.- Ah, granujilla…- comentó divertida Henrietta. Por lo menos, no le había hecho daño. Eso de momento era buena noticia. Otra vez, Henrietta escuchó el sonido de la galleta haciéndose pedazos, y vio como unas cuantas migas caían enfrente de ella desde el techo, indicándole donde se encontraba el pequeño ladronzuelo.
Y, efectivamente, ahí estaba, colgando de una de las vigas sujeto únicamente con un pie, como si fuera un murciélago. La criatura se relamió y fijo los dos puntos de luz roja que eran sus ojos en la princesa, que se limitó a sostenerle la mirada y a sacar otra galleta. Perplejo, la criatura subió de un salto a la viga, y volvió a perderse entre las sombras, el eco de sus pasos y gruñidos recorriendo toda la estancia.
-Parece que hay alguien más en palacio a quien le gustan estas galletas, aparte de a mi- comentó Henrietta con voz jovial, sin dirigirse a ningún lugar en concreto-. Veras, resulta que en vez de ser dulces como las otras galletas, estas son saladas, de manera que a poca gente les gustan. Pero yo creo que son un aperitivo delicioso, un…caprichito alternativo, no sé si me explico. Por lo que veo, tu opinas igual que yo, ¿cierto?- Un tentáculo salió de repente de de entre las sombras, su afilado extremo terminado en una brillante pinza que destacaba en contraste con la negrura del alargado apéndice, recubierto de venas rojas. Henrietta, haciendo uso de unos reflejos de los que no solía hacer gala, consiguió evitar que le arrebatara la galleta-. Ah, ah, aaaah~… No tan deprisa- canturreó, agitando juguetona el dedo diciendo que no-. Si quieres esta galleta, vas a tener que salir a la luz, donde pueda verte bien- La criatura cesó su gruñido, quedándose misteriosamente quieta, mientras Henrietta miraba de reojo a un lado y al otro tratando de localizarla-. Si no la quieres, me la tendré que comer yo…-comentó casualmente, haciendo el gesto de llevarse la galleta a la boca. En respuesta, la criatura soltó un gemido de sorpresa, y luego un rugido de enojo que sorprendió a los caballeros, pero que solo consiguió arrancarle una sonrisa a Henrietta, mientras se cubría los oídos. Puede que no fuera del todo humano, pero estaba claro que era solo un niño. Solo ellos podían pillar un berrinche por tan poca cosa-. Si la quieres, entonces sal.
Una grave mezcla entre ronroneo y gruñido situada encima de ella llamó la atención de Henrietta. Allí, justo encima de su cabeza, se encontraba la criatura, colgando otra vez verticalmente de una de las vigas, mientras descendía lentamente hasta el suelo, sus dos brillantes ojos rojos fijos en ella y contrastando con su luz la oscuridad que los envolvía. Su pierna derecha, con la cual se había agarrado a la viga, se estiraba como si fuera de gelatina, mostrando unas extrañas fibras negras en las que palpitaban mas de aquellas brillantes venas rojas. Henrietta retrocedió, dejando espacio para que la criatura llegara hasta el suelo, sin que ninguno de los dos dejara de observar atentamente al otro. Cuando su hombro tocó el suelo, la criatura se soltó de la viga, replegando rápidamente su pierna y girando ágilmente en el suelo, poniéndose de pie sin dificultad.
Ahora que el extraño niño se encontraba a la luz enfrente de ella, Henrietta pudo notar varios detalles más que antes no había visto bien. Para empezar, vio que el cuerpo de aquel niño era bastante pequeño, su cabeza apenas llegando por debajo del pecho de ella. Sus ojos, que en el patio eran completamente rojos y con la pupila ampliamente rasgada, habían cambiado a un aspecto más humano, dejando de lado que el iris era rojo y que la pupila seguía rasgada como la de un felino. Su peculiar atuendo estaba manchado de lo que era bastante obvio que era sangre, y bastante reciente a juzgar por su aspecto. Con los brazos sujetos a su cuerpo por todas esas cintas y cadenas, Henrietta comprobó que, efectivamente, estaba descalzo. Cómo podía haber pateado a sus caballeros y destrozado el suelo a pisotones con los pies desnudos sin sufrir ningún daño escapaba a su comprensión. Otro misterio más que resolver. A juzgar por su postura semi agachada, su mirada de feroz en el rostro y el gruñido que escapaba de su boca entreabierta, plagada de afilados dientes, Henrietta sintió que el extraño joven no se fiaba de ella. Sonriéndole cálidamente, en un intento de inspirarle confianza, Henrietta se agachó, y le tendió la galleta, lo cual provocó que el joven retrocediera de un salto.
-No tengas miedo, no voy a hacerte daño- le aseguró con voz calmada y amable, manteniéndose inmóvil a la espera de que el niño diera el primer paso. Poco a poco, el joven infante se le fue acercando, mirando con desconfianza a Henrietta y a la galleta que sostenía alternativamente. Cuando estuvo lo bastante cerca, el joven se lanzó de cabeza contra la galleta, arrebatándosela de un mordisco y retrocediendo varios pasos, comiéndosela de espaldas a la princesa como un animal agazapado.
Mientras el niño estaba ocupado con la galleta, Henrietta aprovechó para acercársele poco a poco por la espalda, procurando no hacer movimientos bruscos ni tampoco mucho ruido. Su plan…bueno, había funcionado. Eso era bueno. Lo malo era que su plan solo llegaba hasta ahí. A partir de ese punto, le tocaría improvisar sobre la marcha.
Cuando estaba a punto de alcanzar al niño, este se dio la vuelta de repente, mirando totalmente alerta a Henrietta y gruñéndole amenazador. Al verlo, en vez de retroceder, Henrietta levantó ambas manos y le mostro las palmas, en un gesto que ella esperaba que el niño entendiera como que no le quería hacer daño. Sacando otra galleta de la bolsa, Henrietta la partió en dos, comiéndose una mitad y tendiéndole la otra al niño. Al ver la galleta, este dejó de gruñir de repente, cambiando su gesto de rabia por uno de sorpresa y deseo. Girándose hacia Henrietta, el pequeño niño se acercó a la princesa, con toda su atención centrada en el aperitivo que esta sostenía.
De esta forma, Henrietta consiguió finalmente reunirse con su esquivo familiar, sentados tranquilamente en el suelo de la estancia compartiendo las galletas. Aunque al principio se había mostrado bastante desconfiado de la princesa, había acabado por relajarse a base de galletas, que devoraba una tras otra con avidez. Henrietta, por su parte, sonrió al ver que había conseguido calmar al alterado joven. De cerca… no daba tanto miedo. Si uno ignoraba su curioso color de pelo, la piel pálida y su ropa manchada de sangre, casi parecería un niño humano mas, gozando animado de las galletas que Henrietta le iba proporcionando. Sin darse ni cuenta, la mano libre de Henrietta acabó apoyada en la cabeza del joven y empezó a acariciarle sus blancos cabellos, los cuales tenían el tacto de la más fina seda. El niño, que se encontraba en esos momentos mordisqueando una galleta, miró sorprendido a Henrietta y se tensó, contemplando extrañado como le acariciaba la cabeza mientras le sonreía. Su expresión de confusión denotaba que ese niño no estaba muy acostumbrado a que la gente le acariciara, mirando receloso durante unos segundos a Henrietta, hasta que finalmente se relajó de nuevo y siguió con la galleta que tenia a medias, permitiendo a la princesa continuar acariciando su cabeza. Henrietta notó, divertida, que el niño había empezado a ronronear como un gatito, aunque tenía que admitir que era un ronroneo un tanto siniestro. Sonaba como el gruñido cavernoso de alguna criatura oscura, lo cual desentonaba bastante teniendo en cuenta el infantil aspecto de su creador. Henrietta decidió ignorarlo, y le pasó otra galleta al ver como se tragaba la anterior.
...
Cinco minutos más tarde, los caballeros de la entrada vieron acercarse con paso tranquilo y relajado a su princesa, la cual sonreía calmadamente a pesar de habérselas visto con una criatura como aquel niño… ¡QUE ESTABA JUSTO DETRÁS DE ELLA! Rápidamente todos los caballeros echaron mano de sus espadas, pistolas y varitas, mientras el niño se tensaba y se preparaba para atacar.
-¡Alto todo el mundo!- ordenó Henrietta a sus caballeros, girándose luego hacia el niño y levantando energéticamente el índice frente a él-. ¡No! ¡Quieto, o no habrá más galletas!- Obviamente horrorizado ante la idea de un futuro sin más galletas, el niño miró algo confuso e indeciso a Henrietta y al resto de presentes, hasta que finalmente miró resignado a Henrietta y asintió levemente con la cabeza. Más relajada, Henrietta volvió a sonreírle, poniéndole una mano tranquilizadora en la espalda y acompañándolo hacia las escaleras, ante la atenta y bastante impresionada mirada de sus caballeros, que no podían creerse lo que su princesa acababa de conseguir. Era como si hubiera conseguido domesticar a aquel ser tan violento solo con galletas, dominándolo con facilidad cuando ni todos los caballeros y mosqueteros juntos habían podido ni siquiera alcanzarle ni una vez. Justo cuando se disponían a llegar a las escaleras, el niño se escondió rápidamente detrás de la princesa, quien le miró con cara de no entender que pasaba, y en ese momento apareció por ellas resollando Mazarin, seguido por un grupo de guardias.
-¡Princesa Henrietta!- exclamó al verla, entre jadeos y procurando recuperar el aliento-. Siento… siento el retraso…Me alegro mucho de ver que... ¡AAAAAaaah!- gritó alarmado el cardenal, al ver asomarse tímidamente desde detrás de la princesa al ser que había conmocionado a todo el palacio en tan poco tiempo. Retrocediendo todo lo que pudo, el cardenal lo señaló espantado, boqueando para articular palabras coherentes a pesar de la impresión, mientras el niño volvía a esconder la cabeza detrás de Henrietta, pegándosele al cuerpo como si no quisiera ser visto-. ¡ESA…ESA…ESA…COSA, ESTA DETRÁS DE USTED, PRINCESA! ¡G-g-guardias, arrestadlo…!- ordenó muy alterado a los guardias que le seguían, los cuales no parecían especialmente contentos de tener que acercarse a aquel niño, habiendo visto el poco éxito que habían tenido los caballeros y mosqueteros en su intento de captura anterior. Sin embargo, Henrietta no estaba dispuesta a permitirles que continuaran persiguiendo al pobre chico. Poniéndolo enfrente de ella, lo abrazó protectoramente desde atrás, ganándose una mirada de sorpresa y confusión por parte del niño, y otras tantas por parte de Mazarin y los guardias.
-¡No haréis tal cosa, cardenal! Este niño no es un peligro, al contrario de lo que pueda parecer.
-¡P-pero princesa, ¿es que no habéis visto con que ferocidad ha atacado a los caballeros en el patio?! ¡Es más que obvio que no se trata de un niño normal!
-Es posible, pero donde usted ve a un monstruo yo solo veo a un niño pequeño que está asustado y confundido, y no permitiré que se le persiga como a un animal sin darle la oportunidad de demostrar que no es una amenaza.- Tras dejar clara su opinión, Henrietta se llevó al niño escaleras abajo, dejando atrás a un bastante perplejo grupo de caballeros, guardias y a su consejero.
...
-¿Mas tranquilo?-preguntó Henrietta al niño, sentados uno frente al otro en la cama de la princesa, en sus aposentos privados. Henrietta lo había llevado allí después de bajar de la torre, habiendo sido perseguida brevemente por Mazarin y el resto de la guardia, y tras haber acordado los términos de lo que Henrietta había llamado "una presentación formal y como era debida entre amo y familiar para evitar mas malentendidos como aquel". Mazarin había insistido en que debía llevarse a cabo en el calabozo, con el niño encerrado en una celda y sujeto con cadenas a la pared, mientras que la princesa podría hablar con él a través del ventanuco. La princesa, horrorizada, había insistido en hablar con él a solas en su alcoba, sin que nadie los molestara. Tras haberlo discutido durante un buen rato, habían llegado a un punto intermedio: Henrietta y el niño hablarían en la alcoba de la princesa, pero se mantendrían separados y deberían haber varios caballeros presentes para velar por su seguridad en todo momento. Así pues, Henrietta había permitido que Mazarin escogiera a un pequeño grupo de guardias, en vista que tanto Wardes como Agnes se encontraban en esos momentos en la enfermería, siendo atendidos por los sanadores. Situados a ambos lados de las puertas y ventanas, no dejaban de observar al niño ni un instante, mientras el anciano cardenal se encontraba sentado en una silla junto a ellos, contemplando intranquilo a la princesa y a su…familiar.
Este, desde el mismo momento en que había visto la cama, no había parado quieto. Tras tantearla brevemente con el pie, había saltado encima de ella entre gritos de asombro y risas, botando en ella alegremente como si nunca antes hubiera visto una cama. Henrietta le había dejado jugar durante unos minutos, sonriendo al verle disfrutar tanto de algo tan sencillo como la suavidad de su cama, aunque no podía evitar preguntarse como un cuerpo tan pequeño podía hacer que la cama crujiera tanto con cada bote. Al final, mas calmado, el niño se había estirado bocabajo, hundiendo la cara en el suave colchón.
Carraspeando, Henrietta llamó la atención de su familiar, que todavía estirado giró la cara para poder mirarla de frente, con el mismo gesto de curiosidad que había presentado durante todo el camino hasta su alcoba, donde no había dejado de observarlo todo con asombro.
-Bien, antes de que empecemos, debo preguntarte una cosa- empezó a decir Henrietta. Señalándose a sí misma, continuó:- ¿Puedes entenderme?- El niño asintió-. Bien. Y tú, ¿puedes hablar?- preguntó, señalándole a él. Sentándose con las piernas cruzadas, el niño volvió a asentir-. ¡Genial! Yo me llamo Henrietta Enriqueta Ana Estuardo de Tristain, aunque puedes llamarme solo Henrietta. ¿Puedes decirme tu nombre?
Durante unos instantes, el niño miró al techo con aire pensativo. ¿Su nombre? Su nombre… En realidad, no tenía nombre. Nadie se había molestado nunca en ponerle uno. Lo más parecido que tenia a un nombre era su nombre en clave, PARIAH, de manera que tendría que servir.
-PA…PARIAH…-alcanzó a decir, con una voz de niño algo rasposa e insegura. En los treinta y cuatro años que tenia de vida, apenas había dicho un par de frases en total, ya que los investigadores de la Blackwatch nunca se habían mostrado muy dispuestos a enseñarle a hablar. Tirando únicamente con los recuerdos y experiencias de los hombres y mujeres a los que había consumido en el pasado, PARIAH había aprendido a hacerlo, entre otras cosas.
-¡Vaya, con que te llamas Pariah!- comentó alegre Henrietta, visiblemente contenta de haber conseguido invocar a un familiar que hablara, aunque se tratara de un niño tan extraño como aquel-. Es un nombre muy bonito. Me alegro mucho de conocerte, Pariah.
-Nunca antes había oído que un familiar hablara- comentó Mazarin con curiosidad. Al oírle hablar, PARIAH se giró hacia el cardenal, mirándolo con desconfianza y gruñéndole ligeramente. El cardenal, al verlo, se encogió ligeramente por el miedo, procurando apartarse lo máximo posible que le permitía la silla en la que se encontraba.
-Por supuesto que habla, cardenal. Es un niño al fin y al cabo ¿Por qué no iba a hablar?-respondió Henrietta, nada alegre por la interrupción del cardenal.
-Y eso es lo mas raro de todo, princesa. ¿Dónde se es visto que un mago invoque a un ser humano? Lo único que se suele invocar en estos casos son animales, o…-dijo, mirando de reojo a PARIAH. Entendiendo rápidamente lo que el cardenal estaba insinuando, Henrietta se apresuró a salir en defensa de su familiar.
-¡El no es un monstruo, cardenal, ni tampoco es un demonio!- comentó bastante escandalizada, a lo cual PARIAH simplemente asintió.
-Sí.
-¿Si? ¿Si, qué?-preguntó Henrietta.
-Si que soy un monstruo-comentó él como si tal cosa, algo mas claro que antes. Al oírlo, las sospechas de Mazarin fueron en aumento, mientras Henrietta se le acercaba ligeramente y miraba con gesto de preocupación.
-No pequeño, no eres un monstruo… ¿Quién…quien ha dicho que lo seas?
-Los científicos de la Blackwatch.
-¿Quiénes…?-preguntó Mazarin, confundido.
-Los que me tenían encerrado.- PARIAH hablaba como si tal cosa, como si no fuera nada del otro mundo. Henrietta, por otra parte, empezó a preocuparse muy seriamente por aquel niño.
-¿Co-como que te tenían encerrado? ¿Dónde, por qué?- quiso saber la princesa, decidida a llevar ante la justicia a quienes se hubieran atrevido a encerrar a aquel pobre niño.
-¿Tiene que ver con las cosas que haces?-preguntó Mazarin, ganándose una mirada desaprobadora por parte de Henrietta, que veía la verdad tras el tono de aquella pregunta. PARIAH simplemente asintió.
-A ver, veamos… Vamos a…vamos a empezar por el principio-dijo Henrietta, acercándose más a PARIAH, que se había dado la vuelta y contemplaba en esos momentos el techo agitando los pies en el aire-. Veamos, ¿de dónde vienes? ¿Lo sabes?- PARIAH negó con la cabeza-. Ya veo… ¿Y familia? ¿Tienes familia?- PARIAH negó con la cabeza otra vez-. ¿No? ¿Ni mama, ni papa…?-. PARIAH volvió a negar por tercera vez. Henrietta se estaba quedando sin ideas. Sus intentos por entablar conversación con el niño para así averiguar solapadamente quien o que era estaban resultando ser un perfecto fracaso. En cierta manera, se sentía bastante incómoda por el poco tacto con el que estaban interrogando al pequeño-. Ehmmm… ¿Cuántos años tienes?
-Majestad, con el debido respeto, creo que hay cuestiones más importantes que deberían plantearse cuanto antes, en vez de estas preguntas triviales- comentó Mazarin.
-Querer saber más sobre él no es "trivial", mi estimado cardenal. Como poco, es mera cortesía, y yo verdaderamente quiero saber más de él.
-Pues preguntadle qué es directamente, que es lo más importante en estos momentos.
-Tiempo al tiempo. Esta asustado, confundido, y no quiero atosigarlo sin razón- respondió Henrietta, contemplando como PARIAH continuaba dando vueltas en la cama, aparentemente ajeno a la conversación entre ellos dos-. Vayamos paso a paso… Pariah, ¿cuántos años tienes?
PARIAH parecía meditar sobre esa pregunta. Nunca se lo había planteado. ¿Cuántos años hacia desde que lo habían encerrado? Sus primeros recuerdos habían sido ya en la celda de la base, y eso había sido todo. Hurgando rápidamente en los recuerdos extraídos de los científicos y de los Evolucionados que había absorbido, PARIAH encontró el número que buscaba.
-Treinta y cuatro- respondió decidido, contento de poder responder a una de las preguntas de aquella chica tan guapa. La forma en que le trataba era diferente a como le habían estado tratando a lo largo de su vida. No había dolor, ni fría indiferencia, ni siquiera una falsa alegría, como había fingido aquella extraña mujer que le había dicho que había ido a cuidar de él, días antes de que él acabara por comérsela. Era…agradable, si es que eso que sentía era agradable. Le costaba definirlo con exactitud, no habiéndolo sentido nunca antes en su vida.
Henrietta y Mazarin se quedaron a cuadros al oír la respuesta del niño. ¿Treinta y cuatro años? ¿Cómo demonios iba a tener ese niño treinta y cuatro años? Eso significaría que tendría casi el doble de edad que Henrietta, y poco más de la mitad de edad que el cardenal.
-Ja…jajaja…ja… ¿así que treinta y cuatro, eh?- comentó Henrietta, riendo torpemente ante lo que creía que había sido una mentirijilla del niño, o tal vez un error suyo al contar. Ni de broma se iba a creer que ese niño fuera más mayor que ella. ¡Por Brimir, pero si lo había amansado a base de galletas!-. Vaya, ¡pues que mayor, y no se te nota para nada! Eso significa que eres mucho más viejo que yo, que solo tengo diecisiete.
Mientras que Henrietta procuraba tomarse la noticia como una broma, Mazarin no pudo evitar seguir sospechando de aquel extraño niño que afirmaba tener treinta y cuatro años de edad. Sus habilidades, su carácter,… Todo en el indicaba que no era, por mucho, humano. ¡Si tan solo pudiera hacer entrar en razón a la princesa, que adoptara las medidas de seguridad pertinentes…!
-Bueno, seguro que te preguntarás donde estas, y que haces aquí, ¿no?- preguntó Henrietta, y PARIAH se la quedó mirando con su habitual expresión de asombro, escuchando atento cada una de sus palabras-. Para empezar, te encuentras en el palacio real del reino de Tristania, situado en su capital, Tristain, en el continente de Halkeginia. ¿Tú de qué país eres?- PARIAH se encogió de hombros-. ¿No lo sabes? Vaya…- Henrietta miró cabizbaja a PARIAH, cuando de repente se le ocurrió algo-. Oye, ¿qué te parece si antes de nada te quitamos esas correas? ¿Eh, que me dices?- PARIAH, muy animado de repente, asintió varias veces con emoción, arrancando una sonrisa a Henrietta al verlo tan contento. Mazarin, por supuesto, volvió a meterse.
-¡Princesa, debo oponerme enérgicamente! Habiendo visto de lo que es capaz solo con sus piernas y dientes, no quiero ni pensar en lo peligroso que se volvería si, encima, le liberamos los brazos.
-¿Y que espera que haga? ¿Qué lo deje atado toda su vida? ¿Qué lo trate como a un esclavo, o como a un animal al que deba encadenar sin haberlo conocido antes? ¿Es eso lo que me está sugiriendo, cardenal Mazarin?- exclamó bastante enfadada la princesa, obligando al azorado cardenal a encogerse de nuevo en su silla. Decidida, Henrietta echó mano de su cetro, y con un encantamiento liberó a PARIAH de sus cadenas. Después, poco a poco, empezó a soltarle con sus propias manos las diversas correas que mantenían sujetas las mangas de su traje, atándole los brazos al cuerpo. Mientras trabajaba, Henrietta no pudo evitar notar que, a pesar del obvio desgaste del cuero por parte de los años, no parecía que nadie hubiera aflojado aquellas cintas en mucho, mucho tiempo. La princesa apretó los dientes, imaginándose enrabiada el severo castigo que aplicaría a quien fuera que hubiera hecho pasar por aquello a un niño, aunque fuera uno tan extraño como él. Finalmente, la última cinta salió de su sitio, y los brazos de PARIAH fueron liberados. Al verse suelto, PARIAH contempló con sus ya habituales ojos de asombro sus propias manos, tan pálidas como el resto de su piel. Flexionando las manos y los brazos con una flexibilidad que Henrietta no pudo evitar contemplar con asombro, PARIAH estiró los adormecidos músculos en ángulos solo alcanzados por expertos contorsionistas, provocando que sus huesos crujieran a causa del desacostumbrado esfuerzo y la falta de ejercicio. Mientras que Henrietta contemplaba satisfecha el evidente alivio del joven, Mazarin no pudo evitar mirarle con renovada suspicacia, tratando de evaluar el grado de peligrosidad que tendría ahora aquel ser.
-Bien, sigamos… La razón por la que estás aquí, Pariah, es porque yo te he invocado para que te conviertas en mi familiar. ¿Sabes lo que es eso?- PARIAH negó con la cabeza-. Un familiar es una criatura que los magos invocamos con nuestra magia para que se conviertan en nuestros compañeros de por vida. El familiar invocado suele ser aquella criatura que, supuestamente, mejor vaya en concordancia con el mago, lo cual…-comentó, examinando al joven de arriba abajo, recordando todos los problemas que había ocasionado desde su llegada, mientras PARIAH le devolvía la mirada sin comprender porque le miraba así, ladeando la cabeza en señal de confusion-…no sé donde me deja eso a mí exactamente, pero no entraremos en más detalles. Lo que intento decir es…-Henrietta cogió las manos de PARIAH, el cual vio como sus pequeñas manos eran envueltas por las suaves manos de la princesa, y la miró con renovado asombro. Nunca antes nadie le había cogido de las manos-… ¿querrías ser mi familiar? Puesto que solo eres un niño, a pesar de que afirmas tener treinta y cuatro años-comentó con una sonrisa- y ser tan poderoso, no te obligaré si no es lo que quieres, ni te obligaré a volver a ese horrible lugar del que has conseguido escapar si me dices que no.
PARIAH meditó sobre ello durante unos segundos. Por el tono de Henrietta, parecía decir la verdad. Sin embargo, sus ojos reflejaban otra cosa. Parecía como si estuviera… desesperada. Tal vez…tal vez realmente necesitara su ayuda. Y ella había sido muy buena con él, sacándole inconscientemente de aquel lugar tan malo y sin mostrar excesivo temor desde el momento en que se habían visto. No entendía del todo que se suponía que tenía que hacer, pero tampoco le preocupaba demasiado. PARIAH miró a Henrietta y asintió con la cabeza.
-Lo haré.- La princesa sonrió con los ojos brillantes de alegría.
-¿En serio que lo harás? ¡Bien! ¡Muchas, muchas, muchas gracias!-exclamó, abrazando de pronto a PARIAH. Este, al verse envuelto por los brazos de la joven, se tensó durante unos instantes, creyendo que se trataba de un ataque. Sin embargo, al notar que no solo no dolía, sino que era bastante agradable, el joven infectado empezó a relajarse, disfrutando en silencio de aquella nueva sensación-. Muy bien, entonces, empecemos con la ceremonia de sellado. Es posible que esto te duela un poco, así que intenta soportarlo, ¿vale?- Al ver que PARIAH asentía, Henrietta empezó a entonar la última parte del conjuro-. Santo fundador, que guardas la llave del poder de los cinco elementos. Bendice a esta criatura y conviértela en mi familiar…- y tras pronunciar estas palabras, Henrietta besó la frente de PARIAH, dejándolo completamente anonadado al recibir el primer beso de su vida, tan cálido y suave que ni el mismo se lo podía creer. En cuanto los labios de la princesa dejaron de tocar su piel, una sensación de calor bastante intensa brotó en el interior de su mano derecha, a medida que una extraña marca hizo acto de presencia en su palma. Como grabada a fuego, en ella se encontraba un extraño símbolo, parecido a un complejo circulo de runas con una rosa en el centro y una corona encima de esta, brillando con gran intensidad. Después, su mano volvió a la normalidad, dejando atrás aquel misterioso dibujo-. Muy bien, pues ya está. Ya eres oficialmente mi familiar, marcado con mi sello personal y todo-comentó Henrietta, pasando el dedo por la marca de la mano de PARIAH. Este se quedó contemplando con gran interés el dibujo, observándolo desde todos los ángulos.
Aprovechando que el ser se encontraba distraído, Mazarin aprovechó para acercarse a la princesa.
-Majestad, una cosa que os quería comentar.
-¿Qué ocurre?
-¿Estáis segura de lo que hacéis? Quiero decir, no tenemos ni idea de lo que es, aparte de que es miles de veces más fuerte que un ser humano normal, y que alguien lo encerró y maniató por ello. Además, hay que pensar en lo que opinara el pueblo y el resto de nobles al verlo. Creerán que habéis esclavizado a un niño, nada menos.
-¿Creéis que no me he dado cuenta, que no lo he pensado yo misma? No sé qué pensará de esto el resto del mundo, cardenal, pero lo que si se es que yo realicé la ceremonia de invocación, y Pariah acudió a mi llamada. Lo que si se, es que tiene la clase de fuerza que buscaba en mi familiar, la clase de fuerza que necesito en este momento. Y lo que tengo más que claro es que, aunque no fuera más que un niño normal, no me desharía de él ni aunque mi vida corriera peligro por quedármelo. Me niego a abandonar a un pobre niño que no tiene a donde ir ni a nadie que cuide de él, si yo puedo hacer algo para remediarlo.- Henrietta habló con decisión, contemplando de reojo como Pariah parecía absorto con la marca que había aparecido en su piel, olisqueándola con curiosidad y dándole un par de lametones de prueba. Mazarin, que seguía sin estar muy convencido, simplemente suspiró con resignación.
-Sea pues, majestad.
Mirando a Henrietta, PARIAH señaló la marca que le había salido en la mano.
-¿Marca?-preguntó, señalando su mano y a Henrietta.
-Ah, no, yo no tengo esa marca. La marca solo aparece en el cuerpo del familiar, no en el del invocador-explicó la princesa. Entonces, PARIAH pareció ponerse a pensar, y de repente se le ocurrió algo. Cogiéndole de la mano izquierda a Henrietta, bajo la atenta mirada de todos los presentes y la mirada de confusión de la princesa, PARIAH le dio un mordisco en el dorso de la mano, arrancándole un corto gemido de dolor. Al ver el mordisco, los caballeros desenfundaron rápidamente sus espadas, con la intención de abalanzarse sobre aquel ser que había osado atacar a su princesa. Esta, sin embargo, les hizo un silencioso gesto para que se detuvieran, obviamente conteniendo las ganas de chillar de dolor y con los ojos ligeramente llorosos. Finalmente, PARIAH la soltó, revelando la marca de la sangrienta mordedura que ahora cubría el lateral de la palma de la princesa, con pequeños regueros de sangre que manaban de la misma. Para sorpresa de todos, los agujeros en la carne de la princesa se cerraron rápidamente, dejando únicamente unas pálidas cicatrices redondas dispuestas en forma de círculo que le recorrían tanto la palma como el dorso de la mano. El dolor había desaparecido, dejando atrás únicamente los tenues rastros de su sangre, que rápidamente se secaron.
-Marca- dijo PARIAH de nuevo, levantando la mano con las runas en dirección a la princesa, que le miraba sin entender nada-. ¡Marca!
Recelosa, la princesa levantó también su mano marcada, y poco a poco la juntó con la de su familiar, sus palmas de diferentes tamaños pegadas la una contra la otra. Entonces, PARIAH sonrió ampliamente, obviamente satisfecho con el resultado final.
-Ahora, los dos tenemos marca-comentó, su cara siendo la viva imagen de la felicidad y la inocencia. Henrietta se relajó un poco, extrañamente feliz de ver a su pequeño familiar tan contento, sonriendo ampliamente como solo un niño era capaz de hacerlo. Nadie lo hubiera podido distinguir de un niño normal en aquel momento. ¿Qué más daba que fuera..., bueno, lo que fuera? Ya se preocuparían de eso mas tarde.
Un tremendo gruñido resonó por toda la estancia, alertando a Mazarin, Henrietta y a los caballeros, que creyeron que el pequeño familiar de la princesa se disponía a atacarles. Sin embargo, aquel sonido no había venido de su garganta, sino de su estomago, en el cual PARIAH apoyó una de sus manos, de nuevo con su habitual expresión de impasible asombro y algo de incomodidad.
-Estoooo…Creo…creo que ya es la hora de comer, ¿no, cardenal?-preguntó de repente Henrietta, saliendo del estupor en el que había caído al escuchar un sonido tan extraño y grave viniendo del estómago de un niño tan pequeño.
-Cierto, cierto…-comentó el cardenal, algo aturdido el también.
-¿Qué me dices? ¿Vamos a comer?-preguntó la princesa a PARIAH, bajándose de la cama y tendiéndole su mano marcada. Asintiendo inocentemente, PARIAH saltó también de la cama, agarrándole la mano a la princesa con su propia mano marcada, mientras la singular pareja salía de la sala en dirección al comedor. Mazarin les vio marcharse algo impresionado por todo lo ocurrido. Estaba claro que la princesa no iba a atender a razones. Así pues, la tarea de protegerla de aquel extraño ser, hasta que se determinara si era o no una amenaza, debería recaer sobre sus hombros. "Que así sea", pensó con determinación. Si hiciera falta, no dudaría en eliminar a aquel ser, por muy niño que pudiera parecer. Que el santo fundador le perdonara por ello.
Capitulo 2 completado. A pesar de haberlo revisado como mil veces, sigue sin gustarme un poco el aspecto que ha tenido la conversación entre Henrietta y PARIAH, en el sentido en que creo que me ha salido muy forzada, no sé si me explico. Es como si Henrietta quisiera hacerle su familiar si o si, sin importarle que sea un niño o no, cuando lo que intentaba mostrar era que Henrietta veía aquel asunto de otra manera distinta. Después de todo, en el patio había quedado claro que, como mínimo, no era del todo humano, aunque Henrietta se esfuerce por tratarlo como tal. En fin, si no lo veo claro, ya lo corregiré en otro capítulo, que no se alarme nadie.
Espero que os guste como esta yendo la historia, y antes de que alguien lo comente, que no se alarme. Puede que PARIAH parezca un poco "light" al principio, pero planeo que haya mucha sangre y chicha mas adelante en la historia. Que no se preocupe nadie.
Chao, chao.
