DISCLAIMER: Los personas de D gray man son de Hoshino Katsura.

Pareja: Kanda-Allen

Contiene: Ooc , Mpreg y UA.

Este fics está basado en la novela del mismo nombre.

Notas de Autor:

Gracias por los reviews recibidos~ Me motivan a seguir escribiendo

Capítulo Dos

Kanda estaba junto a la ventana de la oficina, de espaldas estaba Lavi Bookman su abogado, miraba a través del cristal el tráfico terrible que se asociaba a esa hora en las calles.

Hacía mucho frío en la sala de conferencias, casi hasta el punto de que podía ver su vaho, sintiéndose un poco desesperado consultó por tercera vez su reloj.

—Se retrasa.

—Allen siempre se retrasa —dijo una voz suave.

Kanda se dio la vuelta y vio que un joven entraba en la sala, saludó a Lavi educadamente, dejo unos portafolios sobre la larga mesa.

— ¿Y usted lo tolera?

El joven buscó su mirada y Kanda vio al tiburón que había bajo el abogado impecablemente vestido.

—Los hermanos tienen tendencia a tolerarse muchas cosas.

Hermanos, absolutamente estupendo nada como que una familia uniera sus fuerzas contra él.

—Soy Neah Walker.

Kanda le contempló detenidamente, el parecía esperarlo y lo aceptó con una extraña sonrisa, era severo en apariencia, un profesional enfundado en un traje elegante con su cabello castaño, recogido en una coleta baja.

Todo en el señor Neah hablaba de la dureza que él veía. Pero para él, todos los abogados eran unos tiburones, y eso incluía a Neah. ¡Maldición! ¿Era eso lo que le esperaba? ¿Un doncel tan incapaz de sustraerse a las exigencias de su carrera como para recurrir a un banco de semen en vez de tomarse su tiempo para mantener una relación? El estómago se le cerró.

Volvió a mirar por la ventana, sus manos unidas en la espalda. Se balanceó sobre sus talones e hizo una mueca cuando se escucho el típico sonido de un teléfono. Miró por encima de su hombro a tiempo para ver como el abogado abría la solapa de un móvil, hablaba en voz baja, desconectarlo y guardarlo en el portafolio.

—Ya sube.

Llamaron a la puerta y Kanda se dio la vuelta mientras el secretario abría la pesada hoja de madera y luego se hacía a un lado. Kanda alzó mucho las cejas cuando un doncel desmesuradamente embarazado entró con paso elegante en la gélida sala. Las imágenes que se había formado quedaron destrozadas de inmediato cuando el pareció flotar hasta su hermano y abrazarlo. Allen Walker era la feminidad en su máxima expresión. Y Kanda se vio perdido. ¿Cómo iba a luchar contra aquella etérea imagen de maternidad?

Allen sonrió, pero él sólo lo vio a medias, estaba de perfil mientras el hermano le presentaba a su abogado. Lavi le sonrió con naturalidad y lo invitó a sentarse, cosa que él hizo resguardándose tras el pequeño bolso acomodo en su regazo, ambos asintieron en mutua compresión, mientras su abogado ordenó sus papeles y se dirigió a Lavi.

—El señor Allen quiere saber los derechos a los que se considera acreedor su cliente.

—Yo no creo nada, estoy seguro —dijo Kanda.

Allen lo miró breve, ferozmente y por un instante, Kanda se vio abrumado por aquellos ojos Plateados.

—El señor Allen es de la opinión de que se trata de un problema de la clínica. Ignorando el consejo de Lavi de que le dejara a él la negociación, Kanda siguió adelante.

—Es «nuestro» problema, porque se trata de nuestro» hijo ¿Acaso no tiene voz el joven Walker? —rezongó.

Allen ladeó la cabeza para contemplarle.

—La verdad es que la tengo, aunque no tan chillona como la suya.

Kanda se le quedó mirando y una sonrisa surco en su rostro, Allen se sobresaltó, sus mejillas se ruborizaron al instante de verla.

—Naturalmente, su cliente estará de acuerdo en que ésta es una situación poco habitual — comento Lavi— Nos gustaría saber cómo se descubrió el error, los abogados intercambiaron sus documentos de trabajo.

—Los técnicos del laboratorio estaban actualizando los registros, comprobando los números de identificación de los donantes, para asegurarse de que ninguna muestra fuera utilizada más de una vez, el donante... —Neah se aclaró la garganta y Kanda sintió que la piel se le ponía tirante—... El semen del señor Kanda no estaba correctamente listado.

—Entonces, ¿cómo supieron que se trataba de él? —Preguntó Lavi—. Sólo era un número en un registro, ¿no?

Neah intercambió una mirada con Allen, que asintió.

—Cuando se planteó la cuestión, el joven Allen Walker se hizo una amniocentesis para estar seguro que se hubiera enfrentado al riesgo y al dolor que eso suponía- informo a Kanda más de lo que debería de saber. Se inclinó sobre la mesa, contempló a ambos hermanos y se dirigió al embarazado.

— ¿Con qué resultado? —dijo reteniendo el aire de sus pulmones.

Allen sabía que era él quien debía responder. Levantó la vista de su regazo, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas y dejó que el resentimiento aflorara en su voz.

—Se trataba de su donación, señor Kanda.

Entonces, Kanda dejó escapar el aire contenido. Había habido solo una sombra, de la tenue esperanza de que se tratara de un error en los registros. Pero aquel sentimiento cálido volvió a apoderarse de él, se extendió por sus manos y envolvió su corazón.

Era papá.

Se acomodó en su silla, sintiéndose condenadamente a gusto. Confiaba en que se le notara, que aquel doncel se diera cuenta de que no estaba dispuesto a renunciar a ningún derecho sobre su hijo sin una lucha encarnizada.

Pero Allen lo supo por su expresión, y apartó la mirada de repente. « ¡Dios mío! ¿Qué he hecho?». Acababa de reconocerle, de aceptar que tenía derechos paternos. Pero se dijo que no, que sólo era un donante, una probeta de líquido descongelado, nada más y no permitiría flaquear sus fuerzas en este momento.

—El problema estriba en cómo su esperma fue siquiera registrado —argumento dando una estocada al argumento anterior—Tal como yo lo entiendo, usted y su esposa...

Allen se horrorizó de inmediato y Kanda lo interrumpió.

—Ex esposa. Mi difunta ex esposa —exclamó amargamente, sintiendo por un momento la furia en su interior.

—Lo siento, señor Kanda —dijeron los dos.

Pero Kanda sólo tenía ojos para Allen, contemplaba ardientemente su piel clara hasta que él lo miró, Kanda sintió que sonreía apenas, lo que hizo que él se preguntara qué podría estar maquinando.

—Ustedes iban a utilizar una madre de alquiler -añadió Neah, Lavi asintió rápidamente antes de que dijera alguna estupidez.

-Pues bien, aunque el semen del señor Kanda debió ser destruido al término de su matrimonio, mi cliente figuraba como madre de alquiler- Allen miró abruptamente a su hermano.

— ¡Eso es imposible!

— ¿De verdad? —dijo Kanda.

—Sí —dijo él, enfrentándose—. Jamás habría tenido un hijo para entregárselo a otra persona, por nada del mundo —elevo la voz conteniéndose un poco de golpear al sujeto enfrente de el — El doctor Komui sabe perfectamente por todo lo que he pasado.

Kanda sintió que se le paraba el corazón. ¿Habría algún problema con el embarazo? Aunque quería, necesitaba saberlo, no creía que fuera a decírselo si se lo preguntaba.

—Nunca le entregaré a mi niño —afirmó, con los ojos relampagueantes de una determinación que hacía mucho no veía, como si fueran los ojos de un animal salvaje protegiendo a sus cachorros.

—Nuestro niño —respondió él.

—No, Mío, el donante renuncia por escrito a sus derechos cuando entrega su esperma al banco. Esa es la razón de que lo escogiera.

—No le gustan los hombres, ¿verdad?

Con la cara de estupefacción de Allen, Kanda obtuvo su respuesta.

—Eso no es pertinente.

—Eso no viene al caso —dijeron los dos ahogados a la vez.

Ambos lanzaron a sus clientes una mirada imperiosa de reproche. Allen y Kanda se sentaron rígidos, su furia parecía crepitar por encima de la mesa.

—Los dos tienen derechos. No solucionarán nada demandando a la clínica —explico Neah.

—Yo no quiero empezar con pleitos — aclaro Kanda.

—Entonces, podemos negociar derechos de visita para cuando nazca el niño.

Kanda clavó los ojos en el abogado.

—Ni hablar. No pienso «visitar» a mi propio hijo. Quiero tenerlo.

Un pánico absoluto e innegable lanzó a Allen hacia delante, haciéndolo aferrarse con ambas manos al borde de la mesa.

—Sea el padre o no, no le quiero a usted en mi vida, señor Kanda. La posesión es noventa por ciento de la ley. Hasta que el niño nazca, usted carece de derechos.

—Tengo los mismos que cualquier padre.

—Entonces, lárguese y vaya a ser el padre de cualquier otro. Nosotros no le queremos.

Neah se levantó y obligó a su hermano a sentarse, mientras lanzaba una mirada furibunda a Kanda.

— ¡No es bueno enfadarlo! —le reprochó.

—Por favor, Neah! ¡Seamos serios! —Murmuró Allen— Estoy embarazado, no inválido.

—Hay que utilizar todas las armas a nuestro alcance —susurró su hermano.

—Me parece que será el tribunal quien tenga que decidirlo —intervino Lavi.

— ¡No! —exclamaron ambos padres a la vez.

Neah y Lavi se miraron y luego contemplaron a sus clientes. Los abogados aproximaron las cabezas y consultaron en voz baja. Kanda miró a Allen. Echaba chispas y eso le gustaba.

Aunque iba a luchar contra él con todas sus fuerzas, a Kanda le gustaba. Sólo protegía a su hijo, al hijo de los dos.

Pero él también estaba decidido a conseguir lo que quería. Se fijó como sus dedos trazaban diminutos círculos sobre el vientre como si a partir de eso encontrara algún tipo de paz inexistente.

De pronto, se encontró preguntándose cómo sería sentir aquellos dedos sobre su piel.

¡Maldición! ¿De dónde había sacado aquella idea?

A un así lo siguió observando, el ligero tremor de su respiración, el modo en que el aire acondicionado agitaba la tela del vestido. Era un joven radiante de verdad y Kanda se preguntó, como hubiera hecho cualquier hombre normal, cómo sería de no llevar a su hijo en las entrañas.

— ¿Quiere comer conmigo, Joven Walker?

El parpadeó asombrado y entonces entornó sus ojos plateados.

— ¿Para qué?

— ¿No cree que sería mejor para nosotros tres... —dijo con un gesto hacia su vientre—.., que llegáramos a un alto el fuego amistoso?

Indeciso, Allen lo miró con detenimiento. Un hombre de rasgos duros, de cabellos negros, largo y elegante, los ojos azules penetrantes como dos obsidianas. Además del traje oscuro, se fijó en las arrugas en torno a aquellos profundos ojos, con algunas arrugas que le hablaban del buen hombre que era, a pesar de lo gruñón y hosco que parecía y llegaba a ser.

—De acuerdo —soltó con arrogancia— Un acuerdo de alto el fuego, al menos prometo no tirarle la comida a la cara.

Kanda sonrió únicamente con las comisuras, cruzó los brazos sobre su pecho y contempló el suelo para ocultar su sonrisa. Sin embargo, lo único que vio Allen fue la tirantez de la tela contra los músculos. Era demasiado sexy para su propio bien e imaginó que él lo sabía.

—Nos veremos a las doce en el Golden...

—Arches? —le interrumpió él.

—No, en el Golden Dragón, me apetece visitarlo

Kanda contempló aquel maravilloso vientre redondo y luego su cara.

— ¿Antojos, joven Walker?

—No, hambre. Sígame la corriente, estoy embarazado.

Entonces se levantó, besó a su hermano en la mejilla y saludó con un gesto de la cabeza al abogado antes de salir. Kanda miró a Neah, que sonreía a Lavi, que hacía lo propio, para

Acabar con los ojos sobre una silla vacía. Salió disparado hacia la puerta mientras los abogados se dejaban caer en sus asientos.

—Tengo la impresión de haber engañado a mi cliente —dijo Lavi con un tono de diversión tras su falsa mascara de preocupación.

—Yo también.

—No hemos hecho nada.

Neah le lanzó una tímida mirada

—Oh! Yo creo que sí.

Kanda lo alcanzó en el ascensor, apretó el botón de llamada y le sonrió.

—He dicho que a mediodía.

— ¿Adónde va?

—Vuelvo a mi trabajo, aunque no sea asunto suyo.

— ¿Es que trabaja?

— ¿Cómo? ¿Se creía que soy rico? ¿Qué puedo tener un niño cada vez que me apetece?

Kanda sacudió la cabeza, embutió las manos en los bolsillos de los pantalones, arruinando el corte del traje.

—No sé qué pensar.

—Perfecto.

Kanda apretó los labios.

—Trate de no disparar a quien lleva una bandera blanca —dijo entre dientes.

Allen suspiró.

—Mire, señor Kanda...

—Solo Kanda.

—Señor Kanda —recalcó el— Puede que haya contribuido a unas reservas genéticas, pero eso es todo.

— ¿Va a echarme en cara el hecho de que yo no pueda parir?

—Claro que no, pero no tenemos nada que decirnos y prefiero que las cosas sigan así, la comida es sólo un compromiso.

—Quiere decir que es una concesión al execrable padre, ¿no?

¡Señor! Sonaba tan despiadado y repelente cuando él lo decía con aquellas palabras.

—No significo nada para usted, ¿no es cierto? —Añadió Kanda—. Le importa un pimiento que me pase los próximos diez años pleiteando por mis derechos, ¿eh?

La campanilla del ascensor sonó antes de que se abrieran las puertas. Allen entró mientras y Kanda se quedó quieto mientras él le miraba y apretaba el botón del vestíbulo. Aquel instante le bastó para olvidar la expresión dolida de Kanda y recobrar su determinación. No quería ofrecerle apoyo monetario simplemente, como Neah pensaba, Yuu Kanda deseaba quedarse con su niño y planeaba hacerle la vida imposible.

—Olvídeme, señor Kanda. Lo último que deseo es tenerle en la vida de mi bebé, y por supuesto en la mía.

Las puertas se cerraron y Kanda se aflojó la corbata de un tirón. Entonces se pasó la mano por el pelo. "Ni en la del niño ni en la tuya", pensó furioso.

Allen le vio desde lejos e hizo acopio de coraje. Kanda se había puesto una ropa más casual, todavía recordaba que no había dejado de tironearse la corbata aquella misma mañana.

Debatió que bien no llevaba un traje muy a menudo, o no le gustaban. Él le vio en el momento en que él miraba hacia la calle. La terraza del café era un buen sitio, abierto y concurrido.

No discutirían allí, sin embargo tuvo la impresión de que él parecía sentirse solo, como si estuviera olvidado, aunque estaba relajado en su silla con un brazo sobre el respaldo.

Las mujeres desfilaban ante él con la esperanza, a Allen no le cupo duda, de llamar su atención. Pero el ni siquiera se molestaba en mirarlas mientras mantenía una expresión tan distante que Allen experimentó una punzada de compasión.

Estaba divorciado, su esposa había muerto y ahora vivía solo. Eso era todo lo que Neah había podido averiguar con tan poco tiempo, desde luego también que era propietario de una empresa de construcción.

Allen se masajeó el puente de la nariz para despejar el dolor de cabeza que lo amenazaba y cuadró los hombros. Hizo una seña al camarero que lo condujo a la mesa, como si presintiera su presencia, Kanda giró la cabeza y se puso en pie de un salto para ayudarla a sentarse. Allen se dejó caer en la silla agradecido y se quitó los zapatos. Embarazo y pies felices eran dos conceptos enemistados.

Olía a canela, olfateo Kanda mientras volvía a su asiento, hicieron su pedido. Cuando el camarero se marchó, Kanda centró su atención en el joven que tenía enfrente.

Le había colocado la silla a una distancia segura, presintiendo que él no querría estar demasiado cerca, no quería asustarlo. Había demasiado en juego, Allen podía desaparecer con su hijo aún no nacido y Kanda volvería a encontrarse solo.

— ¿Va a quedarse mirándome así o qué?

Llevaba el mismo vestido que por la mañana. Kanda se alegraba de que no se hubiera cambiado.

— ¿Dónde trabajas, Allen?

El sopesó la opción de no decir nada, con alguien como Lavi Bookman como abogado, a esas alturas era probable que Kanda estuviera enterado hasta el color de su cuarto de baño.

—Tengo una tienda a cuatro manzanas de aquí, «señor Kanda» —insistió el, con la esperanza de que Kanda pillara la indirecta. Y Kanda la pilló, aunque también la ignoró por completo.

—Deja que adivine, ¿una tienda de ropa?

—No, un bazar. Mana's Attic.

Kanda frunció el ceño.

—Diseño y confecciono ropa de época, victoriana, Gatsby —dijo haciendo un gesto hacia su propio vestido— Junto con los complementos adecuados.

Kanda se dio cuenta de que también trabajaba con sus manos y se fijó en los dedos, esmeradamente cuidados, en el encaje delicado. Se descubrió deseando haberlo visto antes del embarazo, incluso después, sin el voluminoso vientre, la verdad era que deseaba verlo sin nada en absoluto.

Allen sintió su mirada, vio que se oscurecía y se hacía más profunda, provocando un calor poco habitual en su cuerpo, ya cálido de por sí. Lo achacó a un golpe de calor. El camarero les sirvió los platos. Allen, todavía atrapado en la mirada de Kanda, no se dio cuenta de que había llegado la comida hasta que estuvo a punto de echársela encima.

— ¿Quién te hizo daño?

Sus palabras eran suaves, como una caricia tibia. A él no le gustó. Para nada en absoluto.

— ¿Cómo dice?

— ¿Quién te hizo tanto daño como para que no quieras compartir tu vida con otro hombre?

Una mentira hubiera ido bien en aquel momento, pero Allen no pudo obligarse a decirla.

—No es que no quiera, más bien me parece... innecesario. Me va bien solo, con alguna cita de vez en cuando.

— ¿Por qué no te acostaste con algún pobre desgraciado para desaparecer después? Habrías tenido justo lo que querías y evitando todo este embrollo.

—No —respondió con su voz un poco tensa— No iba a arriesgarme a contraer una enfermedad ni nada por el estilo. ¿Qué tendría que haber hecho? Oye, discúlpame —dijo el, agitando en el aire los palillos— ¿Te importaría someterte a un análisis para comprobar que no sufres enfermedades y yo pueda quedarme embarazado? Pero tienes que darte prisa porque

Estoy ovulando. No podría haberlo hecho, al menos no sin que él estuviera al tanto de mis planes.

Y Kanda sonrió traviesamente.

— ¿Pero sí podías conmigo?

Allen dejó los palillos y se masajeó las sienes.

—Es distinto, cuando me metí en esto, me aseguraron que el donante nunca lo sabría. Los donantes renuncian a sus derechos por escrito.

—A no ser que los niños quieran encontrarlos. Allen se encogió de hombros.

— ¿Qué ibas a decirle a mi hijo cuando preguntara por su padre?

De nuevo, sus hombros se movieron inquietos mientras jugueteaba con la comida.

—Pensaba decidirlo cuando llegara el momento, si él era lo bastante maduro como para entenderlo, le habría dicho la verdad.

De pronto él se echó hacia delante, analizando el aire, al momento mismo. Estaba tan cerca que él podía ver las motas negras de sus ojos.

— ¿La verdad? ¿Que lo habían concebido en un laboratorio y no en una cama? ¿Que su padre era un tipo al que nunca podría conocer?

El tono de Kanda era íntimo, aterciopelado y Allen tragó saliva nerviosamente.

—Es inevitable.

—Desde luego que no.

— ¿Y cómo supone usted?

Una ola de entendimiento llego hasta Allen y abrió mucho los ojos y le miró fijamente a la cara. Sacudió la cabeza con una expresión asustada.

— ¡Oh, no! ¡No lo diga!

—Cásate conmigo.

Allen estuvo de pie en un abrir y cerrar de ojos. Lanzó su servilleta sobre la mesa, un sonrojo en sus facciones con un mohín de disgusto asomaba su enojo hacia el hombre que enfrente de él.

—Eso nunca arregla nada y esto menos- Kanda se removió de su asiento para terminar levantándose.

—Allen, cálmate.

—Estoy calmado, dije que comeríamos, que hablaríamos, no que admitiría una maldita proposición de matrimonio que no es de fiar.

Se alejó de la mesa airado, dando las zancadas más largas que podía y, de repente, se paró en seco se quedó mirando sus pies descalzos. Kanda se dio cuenta de cómo se hundían sus hombros antes de dar la vuelta. Cuando el volvió a sentarse, Kanda contuvo una sonrisa socarrona mientras se calzaba y recogía su bolso. Lo sujetó del brazo y sintió conocido cosquilleo invadía su cuerpo.

—Allen espera, habla conmigo.

—No —dijo librándose de un tirón— Esta conversación...

Allen jadeó de repente se aferro a su hombro mientras sujetaba el vientre con la otra mano. Kanda se crispó, su mirada desesperada iba del rostro de Allen a su vientre. Al instante se dio cuenta de que no sufría dolor, sino que el niño se movía como un salvaje en sus entrañas.

Sin pensarlo, lo sentó en su regazo y cubrió con sus manos aquella protuberancia y movimientos que surcaban el vientre redondo.

Allen pensó que su audacia era insufrible, trató de levantarse, pero él se lo impidió. Entonces se quedó inmóvil contemplando su expresión, de arrobo, de felicidad. Kanda era feliz hasta el delirio, él podía sentir como una fragancia penetraba su nariz, era dulce como si fuera una brisa casi tangible.

—Kanda —susurró.

Kanda levantó los ojos, Allen estuvo a punto de rompérsele el corazón. Sus ojos oscuros, hechiceros, capaces de atravesarlo, estaban húmedos y eran tiernos, tan increíblemente vulnerables que pensó que iba a ahogarse en ellos.

Parecía desamparado mientras le acariciaba el vientre, siguiendo los movimientos de la vida que alentaba en su interior.

Un familiar ardor, sensual y embriagador, se enrosco por su cuerpo.

Se movió sobre su regazo y él volvió a fijar la mirada en el vientre.

Cuando Allen puso la mano encima de la suya, Kanda sintió que una emoción despertaba en él, una pesadez en el pecho que no había experimentado nunca en sus treinta y cinco años.

Una vida empujaba contra la palma de su mano, era su hijo, que le decía que estaba allí, imbricado en el, pero siendo una entidad distinta de la madre. «Este niño también es una parte de mí que vive y respira».

Y el niño le necesitaba, vio que Allen le sonreía con ternura. «Dios, es precioso». Y estaba provocando reacciones en él, intoxicándole con el movimiento de sus nalgas, con el olor de su perfume y de su piel, con la mirada de sus ojos. Por un momento, Kanda lo vio en su cama, desnudo, húmedo, anhelante.

Abrió la mano que tenía sobre su espalda y la deslizó hacia arriba, apretándola contra sí. Rozó con su aliento sobre los labios cálidos de él, infinitamente dulces.

Allen abrió los ojos y se apartó sobresaltado.

—No, No, no, no.

Se bajó de su regazo, recogió el bolso rechazando su ayuda y repitiendo aquella palabra una y otra vez mientras salía del restaurante lo más deprisa que podía. No se habría movido más rápido aunque su vida hubiera estado en juego. Kanda sonrió como un tonto, varios clientes les miraron.

—Mi niño —susurro al aire, se sentó y se sujetó a la mesa para recuperar el aliento. Él lo había sentido, rezó para que hubiera experimentado la misma descarga eléctrica, porque él estaba frito hasta los calcetines.

Y la única razón por la que no iba tras de él era porque todo el restaurante sabría perfectamente lo que le había hecho con tanto moverse.