Respuestas a Reviews:
Alexa Sakurita Chan: Muchas gracias por el review.. :DD Y espero que te guste este nuevo capítulo.. :DD
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Aclaraciones del capitulo:
Hola! Aquí les traigo el segundo capítulo de este fic. Espero que les haya gustado. Los siguientes tardarán unos tres o cuatro días entre cada uno pero, bien.. finalmente un capítulo completo.. XDD
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CAPÍTULO II
Ciel estaba de pie. No sabía donde estaba pero, el tacto frío del suelo le decía que se trataba de un suelo de mármol. Era el suelo de su mansión. Casi le dolían los huesos por la baja temperatura pero, no llegaba a sentir dolor alguno. De repente, escuchó una voz.
"Ven a mí.", le decía.
La voz era masculina, grave pero, lo suficientemente aterciopelada como para no molestarle tan siquiera un poco los oídos. Es más, le gustaba escucharla.
"Ven a mí, Ciel. Solo quiero ayudarte."
-No. – Respondió el ojiazul con firmeza. - ¿Quién eres? No existe nada que puedas hacer por mí, porque tengo todo lo que quiero. – Su voz tembló al decir eso. No tenía todo lo que quería porque habían cosas que sencillamente no podía tener.
"¿Qué hay de tus ojos? ¿No te gustaría poder ver?", preguntó la voz y, esta vez, si el oído de Ciel no fallaba, el sujeto se hallaba a solo unos pasos de él.
-¿Dónde estás? ¿Qué quieres? – Exclamó el ojiazul, sacudiendo las manos al frente y a los lados, intentando encontrar a su interlocutor. - ¡Vete! ¡Llamaré a Scotland Yard!
"¿No te gustaría ver cómo soy? Así podrías saber a quién buscas.", respondió con tono burlesco.
-No lo necesito. – Masculló Ciel. – Solo con el tono de tu voz sabré que eres tú.
El sujetó empezó a reír. Aunque en cierta forma, la risa parecía algo cansada, como si le molestara que el menor no se amedrentara fácilmente.
"Seré bueno contigo."
Y Ciel sintió como si las luces se encendieran de repente aunque la visión no era clara… Espera. ¡Podía ver! Sí. No era del todo claro pero, veía. Sin quererlo, esbozó una sonrisa de sorpresa. Se sentía tan maravilloso poder volver a ver. Aunque, no estaba en su casa.
Giró el rostro, intentando contemplar lo más que pudiera del lugar. Era una mansión de aspecto poco descriptible. Si alguien le hubiera preguntado, diría que era una mansión "de colores crema y corinto", pues cada parte del lugar parecía haber sido estratégicamente hecho en alguno de esos dos colores, provocando un aspecto elegantísimo pero, lúgubre a la vez. No lo veía con claridad pero, al fondo, estaba una escalinata de mármol y frente a él había varios sillones de la época tapizados, posiblemente con terciopelo, color corinto. Divisaba unos trastos que parecían ser floreros y tenían algo dentro con puntas color crema que, quizás fueran rosas. Por un instante, sintió una repulsión total hacia el lugar pero, se disipó de inmediato. Eran ideas suyas. La mansión era hermosa.
"Lo sabía. Extrañabas esto.", dijo la voz, tomándole por los hombros.
Ciel se giró lentamente. Estaba acostumbrado a moverse con precaución para evitar marearse y acabar desorientado. Frente a él encontró un hombre cuyo rostro no era capaz de ver definidamente. Solo el cabello negro distinguía y, ¿era una sonrisa? Tal vez sí.
Luego bajó la mirada, llevaba un traje completamente negro y, lucía como si lo tuviera ajustado perfectamente al cuerpo. Y botas. Esas sí las había visto bien. Tenía botas de tacón alto, tan alto y delgado que el menor casi no podía distinguirlo.
Cerró los ojos un instante, sorprendido de la visión.
-Joven amo, es hora de levantarse. – Dijo una voz en su oído y, fue como si todo el mundo volviera a oscurecerse.
-¡Ah! – No gritó porque se le fue la voz. – ¡Tanaka!
-Tranquilo, joven amo. – Le consoló el mayordomo, dándole unas palmadas en el hombro. –Solo ha sido una pesadilla.
Ciel se apartó de inmediato, apretando los puños. Cerró los ojos, los abrió pero, nada. Seguía tan ciego como hasta la noche anterior. Estiró las manos y las deslizó sobre las sábanas. Sus sábanas. Lo que quería decir que aún estaba en su casa. Por dentro, sentía como si su corazón fuera a detenerse por la tristeza. La maldita voz que lo había fastidiado en su sueño tenía razón, extrañaba poder ver. Antes, era libre de ir a cualquier parte y ahora tenía que atenerse todo el tiempo a que su mayordomo o alguno de los otros sirvientes le guiara hasta dentro de su misma residencia. No había pensado o recordado lo maravilloso que era tener vista hasta que creyó recuperarla por un momento. Ahora, volvía a ese mundo que le parecía tan irreal, en el que se sentía perdido y desorientado todo el tiempo.
Percibió el silencio del mayordomo a la vez que sentía una frialdad en su boca. Seguro que estaba con cara de idiota recordando todo lo sucedido. De inmediato se obligó a cerrar la boca y a tomar una expresión que consideraba se vería más seria. No pudo evitar preguntarse ¿cómo sería su cara después de ocho años? Borró esos pensamientos y se dirigió a Tanaka. - ¿Qué día es hoy?
-Hoy es jueves, joven amo. – Respondió el hombre, mientras le ayudaba a salir de la cama y comenzaba a vestirlo. – Son las ocho treinta de la mañana.
-¿Ocho treinta?
Tanaka sonrió. Imaginó a qué se debía la pregunta sobre el día y, por eso le dijo la hora. Lo sabía, después de todo Ciel querría ir a conocer la nueva tienda. – Sí. ¿Puedo preguntar por qué el interés en la hora?
-Por nada. Cosas mías. – Dijo el menor con aire orgulloso y permaneció en silencio hasta que el anciano mayordomo acabó de vestirlo.
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El reloj marcó las nueve de la mañana, el ojiazul incluso contó las campanadas. Habían cosas que un conde como él tenía que hacer por… seguridad del pueblo pero, no tenía que contárselas a todo el mundo, ¿o sí?
-Tengo una hora para llegar a la plaza central. – Dijo para sí mismo, levantándose de la mesa donde acababa de comer el desayuno y dirigiéndose a su despacho. No creía que nadie notara su ausencia, tomando en cuenta que siempre se dedicaba a sus libros de braile de nueve a once de la mañana aproximadamente.
Tomó su bastón y, con su ayuda, logró llegar a su despacho y, a su escritorio. Abrió uno de los cajones y sacó una bolsa de libras que mantenía siempre con él para cualquier situación. Situaciones como querer salir de casa sin ser descubierto, buscar un carruaje que lo llevara a la plaza central y, conocer "Cosas Necesarias" la estúpida tienda de ese comerciante llamado Sebastián Michaelis.
Escuchó atentamente. A lo lejos se oían las voces de los sirvientes pero, todos parecían haber coincidido en la cocina. Si el ojiazul los conocía lo suficientemente bien, estan hablando de hacer turnos para poder ir todos a la tienda sin que él lo supiera. No pudo evitar sonreír. A veces, él con todo y su impedimento, les llevaba tres pasos de diferencia.
Caminó con cuidado de no hacer ningún ruido, ni botar nada a su paso. Esa era una de las desgracias de cuando no puedes ver nada, cualquier cosa puede cruzarse en tu camino y ¡zaz! Al suelo y, todos corren hacia ti para ver que "no te haya sucedido nada malo".
Llegó hasta la puerta del armario y con los dedos buscó la manija. La abrió y sacó un abrigo. Era el de color azul marino con detalles negros. Lo sabía por Tanaka y él lo reconocía por su textura. Se vistió rápidamente, colocó la bolsa de monedas en el bolsillo interno y, se encaminó hacia la puerta de entrada. Sí, a veces se desorientaba pero, conocía bastante bien la mansión. Buscó nuevamente la manija pero, esta vez, se encontró con la cerradura.
-Tsk. Tanaka, más te vale… - Movió la manija y, alegremente, la puerta no tenía la llave echada. – ¡Sí! – Exclamó el ojiazul en voz baja y salió de su casa. Cerró la puerta tras de sí con suavidad y echó a andar hacia la entrada. Sabía que caminando en línea recta llegaría al enrejado que rodeaba toda la propiedad pero, ése era lo de menos porque jamás ninguno de sus muchas-veces-ineptos sirvientes se tomaba la molestia de echar llave a la cerradura.
Salió finalmente a la calle y, se quedó quieto por un instante. ¿Qué tal si se perdía y quedaba vagando por todo Londres? La sola idea de imaginarse perdido por completo le provocó naúseas pero, no quería desistir de su idea. Quería ir a esa tienda pero, no quería ningún testigo de su visita más allá de los pueblerinos que le saludaran.
Paso a paso, recorría la calle topando el bastón contra el suelo a casi cada milímetro. Era un maldito cobarde la mayor parte del tiempo, un cobarde que temía incluso darse un tropezón. O al menos así se sentía él. De acuerdo a las palabras de los demás, el Conde Ciel Phantomhive era un joven muy respetable, capaz de administrar la fábrica que su padre le heredó a pesar de cualquier limitación física.
Caminó unos cuántos pasos más y, un viento tibio le llegó al rostro. El ojiazul lo aspiró. Olía a heno y zanahorias. Extendió la mano y, sí, en efecto se encontró con lo que creía.
-Un caballo. – Murmuró pero, el dueño alcanzó a escucharle.
-Sí. Es el caballo de mi carruaje. – Espetó el hombre con aire orgulloso. - Es un hermoso corcel, ¿o no?
-No puedo verlo. – Musitó Ciel. – Pero imagino que ha de serlo.
-¿No? – El hombre caminó hacia el ojiazul y, lo miró de frente. - ¿Conde… Conde Phantomhive?
-El mismo. – Respondió el menor. Ahora era él quien podía presumir de ser conocido. - ¿Crees que podrías llevarme a la Plaza Central? Yo te pagaría muy bien.
-De acuerdo. – Asintió el hombre, frotándose las manos y sonriendo maliciosamente. – Suba, conde. – Le tomó del brazo y lo ayudó a subir al carruaje.
El ojiazul se dejó ayudar aunque, algo en la voz del sujeto le decía que no debía confiar demasiado en él. –Gracias. – Masculló el menor, quien odiaba necesitar ayuda.
Llevó la mano hasta la bolsa de las monedas y, mientras el hombre se dirigía a la plaza, él alistó las tres libras que estaba dispuesto a pagar por el viaje. Ni un centavo más porque no lo valía. Tres libras era más que suficiente por el servicio.
Tuvo que agarrarse de la portezuela del carruaje porque sentía que caería tirado por ahí, debido a la forma impetuosa del hombre al conducir el vehículo. Hacia arriba y hacia abajo, Ciel estaba siendo sacudido como un camarón empanizado, de aquí para allá.
-¡Eh, tú! ¡Basta! – Gritó el ojiazul. - ¡Detente!
-No se queje, conde. Si ya llegamos. – Decía el cochero despreocupadamente.
Detuvo el carruaje y bajó, para ayudar al ojiazul nuevamente. Abrió la puerta y tomó al menor por el brazo con todo el cuidado. Luego, se colocó frente a él y extendió la mano. – Cinco libras, conde.
-¿Qué? – Protestó Ciel. – Te daré tres. Ni una más.
-He dicho cinco, joven señor. – Replicó el hombre, ya algo exaltado.
-Y yo he dicho que solo tengo tres para usted. – Masculló Ciel, extendiendo la mano con las monedas. El hombre bufó y no las recibió. - ¿No las quiere? – Se las lanzó, calculando para que chocaran contra su rostro. – Yo ya le he pagado.
-¡Maldito niño! – Bramó el hombre, tomándolo por el brazo y lanzándolo contra el suelo. - ¡Me las pagarás por engañarme!
-¡Yo no le he engañado! – Exclamó el menor. – ¡Usted ha querido aprovecharse que es distinto! Pero lo voy a encontrar.
-¿Ah sí? ¿Cómo ciego de mierda? ¡No puedes saber ni dónde estás! – Le dio un puntapié en el estómago. El ojiazul le escuchó dar unos cuantos pasos, subir al carruaje y marcharse. El caballo relinchó ante el latigazo que le propinó el cochero. Ciel se estremeció al escuchar el golpe contra la piel del inocente animal.
Se levantó e intentó recomponerse lo mejor posible. ¡Qué golpe se había llevado! – Umm… - Se quejó débilmente, cogiendo su bastón. Por un instante, estuvo en la nada. No se escuchaba ni un solo ruido. O quizás, él estaba tan nervioso que no podía tener siquiera una señal de vida humana.
"¡Vamos, vamos a la tienda nueva!", gritaron unas chicas a lo lejos y Ciel, comenzó a caminar hacia donde creía que provenía el sonido.
-Esperen… - Musitó. Quería y no quería ser escuchado a la vez.
De repente, se chocó contra un bulto suave. - ¡Ah! – Gritó el bulto con voz de mujer. - ¿Conde Phantomhive, es usted? – Preguntó en un tono más amable. Bueno, por lo menos no podía quejarse de no ser conocido.
-Señora. – Saludó el menor, buscando la mano de la dama y besándola suavemente.
-¡Es un milagro encontrarlo por aquí! – Exclamó. – Pero, ¿acaso anda solo? – Al parecer su problema también era famoso. Las cosas de las que uno se enteraba cuando salía solo y, no había quien le protegiera de las habladurías de la gente.
-Eh… sí, he venido a la nueva tienda y no he considerado necesario traer a mis sirvientes. – Respondió. "Como si en verdad no los necesitara.", se dijo en su fuero interno.
-¡Ah sí! ¡Cosas necesarias! ¡Tienen de todo ahí dentro! – Decía la mujer con emoción. - ¿Quiere que le ayude a llegar hasta allá?
-No gracias. - Dijo con orgullo.
-Oh bien, está a tan solo unos pasos de aquí, conde. Continúe en línea recta.
-Se lo agradezco, amable dama. – Ciel se despidió con una leve reverencia. - Fue un gusto hablar con usted.
La mujer le dijo otro par de cosas pero, el menor se alejó como pudo. Lo chocaban por todas partes como si se tratara de un perro solo y sin dueño que apenas deja el nido.
-¿Será que puedo ayudarlo con algo, conde Phantomhive? – Preguntó una voz aterciopelada a su izquierda en ese momento.
-Eh… sí, ¿podría decirme en dónde se encuentra la tienda nueva? – El menor habló con voz tranquila pero, el hombre casi suelta la carcajada. Tenía el cabello despeinado y la ropa estaba hecha un desastre de arrugas.
-Ha llegado a ella, conde. – Respondió el hombre. Era de tez blanca y vestía un traje negro con corbata, una camisa blanca y llevaba guantes negros. El cabello corto, lacio, negro y ligeramente despeinado le daba un aspecto más jovial. Alguien con quien cualquier chica querría tener una aventura cuando menos. – Mi nombre es Sebastián Michaelis.
-Vaya, vaya. – Dijo Ciel. – He escuchado algunas… cosas sobre usted.
-Habladurías, seguro. – Continuó el moreno. – Soy un nuevo comerciante y, usted sabe, señor conde, cómo son las personas cuando se trata de poner en mal a alguien.
-Si no lo sabré. – Murmuró el ojiazul.
-Pero, dígame, ¿busca algo en particular? – La voz de Sebastián tomó un tono más casual. Ayudó al menor a entrar al local. La puerta chocó contra el marco al cerrarse y una campanita sonó. Ciel imaginó que el hombre la había colocado en la bisagra para enterarse cuando entraba un nuevo cliente. El mayor le retiró el abrigo y él no se opuso. Luego, le llevó a tomar asiento en una butaca muy cómoda.
-Ciel. Llámame Ciel. – Nunca le dejaba a nadie llamarlo por su nombre de pila mucho menos tutear a alguien pero, aquel hombre le provocaba confianza. Se acomodó en la butaca y suspiró.
-Te lo agradezco. Siempre puedes llamarme Sebastián. – Añadió el comerciante. – Pero aún no me has dicho, ¿qué es lo que buscas?
"Nada", habría sido lo correcto responder pero, Ciel con su común tono autoritario respondió. – Un tablero de ajedrez para no videntes. – Porque no se llamaba ciego a sí mismo. – Pensé que podrías tener uno.
-Mmm… dame un minuto. Estoy seguro que está por aquí, en una de esas cajas que aún no he terminado de vaciar. – Sebastián caminó hasta la trastienda. El ojiazul lo escuchaba escarbar y mover cosas hasta que finalmente se detuvo. – Creo que tengo lo que buscas. – Llegó hasta frente al menor y colocó una caja de madera frente a él, justo en la mesita que se hallaba frente a la butaca. – ¿Por qué no lo abres tu mismo?
-¿Tienes el juego de ajedrez que quiero? – Preguntó dudoso, destapando la caja. Metió las manos en ella y encontró la figurillas. Tomó un peón y lo estudió con las manos. Tenía una pequeña clavija de madera en la base.
Sebastián le ayudó, sacando el tablero y colocándolo frente a él. – Inténtalo. Sé de muy buena fuente que eres muy bueno en el ajedrez.
Ciel llevó la figura hasta el tablero y la colocó sin problema alguno. Luego, tomó otra y nuevamente la colocó en su posición sin siquiera dudarlo, solo contando los pequeños agujeros en los que encajaban las clavijas. – Ya no creo siquiera recordar como jugarlo. – Tragó en seco y decidió cambiar el tema. - ¿Has tenido muchos clientes hoy?
-Algunos. Pero justo estaba libre cuando llegaste. – Sebastián sonrió, amablemente como si Ciel pudiera verlo.
-Ah… he tenido suerte. – Musitó. - ¿Cuánto cuesta el tablero?
-¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por él? – Preguntó el moreno.
-Pues solo traigo…
-¡Basta! – Le interrumpió. – No me digas cuánto traes. Es como vaciarse los bolsillos frente al vendedor. – Tomó asiento en la butaca del otro lado de la mesita.
-Entiendo. – Ciel lo pensó un instante. – Haré una oferta entonces. – Recordó que en la bolsa tendría solo unas diez libras y ya había gastado tres. - ¿Qué tal cinco libras?
-Mmm… Tres. – Respondió el moreno, inclinándose hacia el frente. Sus ojos denotaron su brillante color carmesí mientras veía al menor de cerca, tanto que parecía como si quisiera comérselo por momentos. Se detuvo a sí mismo a escasos centímetros del rostro de Ciel y regresó a su posición original. – Y un juego conmigo.
Ciel rió ligeramente. – De acuerdo. Mira que perderás dos libras por un juego.
-Serán dos libras que no me arrepentiré de perder. – Sebastián sonrió maliciosamente una vez más. – Además, estoy seguro que no tendré visitantes en un par de horas.
