Allí estaba de nuevo aquel rechinido y una maldición en algo que parecía ser un alemán con acento rasposo del serbio. Sin duda era ruso. Obvio que era ruso, se decía John Watson mientras tomaba una taza de té, religiosa y metódicamente como todas las mañanas y solo porque Sherlock intentaba componer a raíz de un caso que lo estaba volviendo completamente en un maniático (mas de lo usual) no significaba que podía hacerlo con un violín que ahora contaba con 3 cuerdas.

Era ridículo.

-Sherlock.

-Segundo cajón de la izquierda, en el escritorio.

El detective señalo dicho mueble a su lado, sin siquiera voltearse a John que ahora inhalaba profundamente.

-Eres completamente capaz de moverte y tomar el repuesto por tu cuenta, si no te ofende –comento John, fingiendo modestia y tomo un sorbo de su té.

Sherlock le dirigió una mirada por debajo de las cejas, violín sobre su hombro y a punto de tocarlo una vez más cuando por el umbral del apartamento, la Sra. Hudson entro con bolsas de compras y saludando a ambos de sus inquilinos se dirigió a la cocina pero se detuvo al percibir un aroma poderoso en el aire.

-¿Es eso sangre? -Dijo y su atención se volcó a un frasco sobre la mesa, de material oscuro y algo que parecía ser una uña -¡Manos! ¡Ahora dejas manos a la vista de cualquiera, Sherlock!

-Menos ruido o los echare –devolvió Sherlock, concentrado.

-No serias capaz –atino John desde el sofá junto a la entrada -quédese tranquila Sra. Hudson –se dirigió a la mujer ahora presente en la sala, al punto de hiperventilarse -estoy seguro que cuando Sherlock termine de torturar al pobre violín, se encargara de devolver todas las partes al departamento de criminalística de Scotland Yard.

-¿O sea que hay más? –exclamo escandalizada.

-Lo tome prestado para un proyecto personal del cual a ninguno de ustedes, sin ofender, les pueda interesar. Esta relacionado con el estudio de los sueños y, bueno, cosas que dudo que lleguen a comprender.

Y con un gesto despreocupado, Sherlock Holmes termino su sesión de composición interrumpido y se dirigió a la cocina, turbado de no haber recibido una respuesta por parte de su colega. Debía pensar en algo mas convincente, algo un poco mas persuasivo si es que deseaba lograr cierta reacción en John, una que pudiese confirmar sus mas recelosas sospechas sobre ciertos acontecimientos que ocurrían en el subconsciente del detective consultor y que habría empezado hacia unos días atrás, justo después de verse envuelto dentro de una casa incendiada donde una importante funcionaria del Parlamento se hallaba secuestrada.

Fuego. Llamas y flemas danzando a su alrededor debió haberlo aterrado o al menos aturdido, pero no, una añoranza y confianza ciega lo guio a través de ese infierno, una voz en medio del desastre lo alentaba a que continuara y que no temiera a las llamas.

Solo luego esa noche, comprendió de qué trataba. Esa noche lo recordó todo. Todo lo ocurrido en un lugar lejano, precisamente en una montaña solitaria rebosante de oro y enfermedades que trastornaba a los hombres y desataba guerras. Sherlock recordó el dolor en su pecho, atravesado por una aguda flecha mortífera que supo deslizarse por ese único punto desprotegido de su abdomen. Aquel había sido el final de Smaug, la Calamidad de ese tiempo, el Terrible, el que inflige terror en el corazón de los hombres y quien había exterminado a uno de los mas poderosos reinos de la Tierra Media.

Sherlock Holmes había sido Smaug, el terrible dragón. Tal vez eso explicaría su adicción a la nicotina.

Pero esos recuerdos nefastos no lo turbaban. Despertaban curiosidad, miles de preguntas que ansiaba responder y que intuía que le depararía largas jornadas de interesante búsqueda. O eso pensó.

Gracias a su red de vagabundos, llego hasta sus oídos algo que por primera vez en mucho tiempo, lo preocupaba. Un nombre en particular y que no era Moriarty (de quien no tenia noticias hasta entonces), sin embargo, un nombre de tanto peso que a su antiguo yo mítico despertaba interés.

Azog.

Y con este nombre, otros pares de nombres venían a su cabeza. No había que ser un gran genio como él para deducir que, en algún momento, irían tras de si. Después de todo, tenia a un miembro importante de la antigua Compañía de Thorin Escudo de Roble, enano quien no infundía simpatía en él (muchos menos ahora que recordaba ser Smaug) consigo. El pequeño saqueador que una vez lo despertó de su letargo y que lo desafío e intento persuadir para conseguir la Piedra del Arca, vivía con el bajo el nombre de John Watson.

Ese era la meta de Sherlock en estos momentos, procurar que John recordase su vida de hobbit. Pues el peligro no estaba tan lejos como él deseaba.

[…]

Una vez mas, Sherlock invertía su atención en el microscopio tratando de analizar las muestras del polvo hallado en el cuerpo de un zorro que se encontraba en la zona de un crimen, relacionado con su último caso que siendo sincero consigo mismo, era tal vez lo mas aburrido que había aceptado en las ultimas semanas. Claro, comparado con la revelación de una vida pasada repleta de aventuras, criaturas mágicas, tesoros, guerras y villanos con intenciones de destronar el equilibrio del mundo.

Pero no revisaba por segunda vez sus pistas en el caso de que algo se pasara por alto. Era obvio que el asesino era el despechado amante del esposo quien no soportaba ver a su compañero sentimental en un matrimonio vacio y por conveniencia. Caso básico y nada emocionante. De todas formas, ese no era el propósito de su minuciosa revisión, solo quería llamar la atención de John quien, imperativamente se hallaba mas tranquilo de lo usual.

Sospechaba que algo lo estaba perturbando aunque no encontrara signos de falta de sueño o estrés en él.

En ningún momento de su carrera, jamás creyó encontrar una persona como John Watson imposible de leer. Había excepciones, por supuesto pero que no venían al caso. Así que su última oportunidad por el momento era ignorarlo.

-Hay un problema –la voz de John entrando a la cocina del apartamento 221B, arranco una sonrisa bien disimulada de victoria.

-¿Alguna novedad con el esposo de la victima? -pregunto Sherlock, concentrado en la extracción de muestras -por mas que sea obvio que aquí la única victima es el esposo por meterse en una aventurar sin procurar que su inseguridad sobre su sexualidad y el deseoso impulso de sentir aceptación lo llevarían a meterse con un sociópata.

John abrió y cerró la boca, prefiriendo al final optar por ignorar ese comentario y prosiguió -No, en realidad, es Mycroft, quiere verte ahora.

-Dile que estoy ocupado en el caso del siglo.

-¿Es enserio? -Inquirió John, condescendiente.

-Claro que no –respondió Sherlock con desprecio -es una burda que haya aceptado lo que es a mi criterio uno de los crímenes pasionales mas clichés del mundo entero.

-Entonces, ¿Por qué te empeñas tanto en analizar las pistas?

-¿Quién dice que analizo las pistas de ese crimen? -Suspiro Sherlock, dejando de lado el microscopio.

-Por que lo dice allí –señalo un tubo de ensayo que decía "polvo del zorro" -y si me dejas decírtelo, Sherlock, tu estas preocupado por algo. Y no es por este caso.

-Me tomas por alguien más. Alguien como Anderson.

Típico, pensó John. Típico de Sherlock de negar la realidad de las cosas, por más que sea lógico. John sacudió la cabeza y planto los puños en sus caderas, frunciendo los labios en la búsqueda de una respuesta elocuente para tan disparatado comportamiento.

-Entiendo que eres el Señor "Soy muy inteligente para una mente tan media como la tuya pero-

-Cuéntame una adivinanza.

-¿Disculpa? –vacilo John mientras Sherlock volvía la silla hacia el y juntaba las puntas de sus dedos bajo su mentón –Sherlock, tu odias las adivinanzas.

-Um, eso es cierto –ahora el detective vacilo.

-En serio, te lo repito, estas raro, mas de lo usual.

-Eso jamás interfirió en nuestra amistad.

-De hecho si, si lo ha hecho o ¿debo recordarte aquella vez que fingiste tu propia muerte?

-Detalles minúsculos. –soltó Sherlock. John carraspeo molesto al tiempo que su amigo se levantaba y tomaba su saco de sobre el sofá, con claras intenciones de salir -Ahora, procurar pensar sobre las adivinanzas –se volvió hacia John un segundo antes de intentar salir y volverse una vez mas a su amigo -¿Qué piensas de ver Indiana Jones y el misterio del Arca? Necesito probar una teoría contigo.

-Solo vete.

-Tomare eso como una tal vez.

[…]

La noche cayó y Sherlock se acomodo la bufanda al cuello y cubrió su boca al toser, finas volutas de vapor escapo de entre sus dedos. El otoño golpeaba con fuerza a Londres, más por las noches como la misma en la que se internaba y la cual prometía vicios y tentaciones para mundanos que vagaban en los escondrijos más oscuros, alejados de la luz de la civilización, donde los secretos eran la moneda de cambio y el silencio la garantía de seguir respirando.

Una sonrisilla traviesa ilumino su rostro, o la oscurecía debido a viejos recuerdos de retorcidas fechorías en contra de la paz en la Tierra Media y como su cuerpo mortal y humano vibraba de éxtasis al recordarlo. Pero Sherlock debía mantenerse a raya. Conocía los efectos de dejarse llevar por oscuros impulsos, por mas que en estos tiempos, el fuese uno de los buenos. No el mas ortodoxo, pero si era alguien que pretendía hacer lo correcto y satisfacer su mente sublevada en el camino.

Esa era la razón por la cual no sucumbía a las viejas tretas de Smaug, el Terrible, ese era un cuento demasiado antiguo del cual podía sacar muchas enseñanzas.

Hundió las manos, echa puños, en los bolsillos de su abrigo y se metió de lleno a uno de los túneles de las abandonadas líneas del metro, ahora hogar de vagabundos y chiquillos con dotes más criminalísticas que artísticos. El fétido olor a heces, aceite, agua estancada y humo lo azoto, siguió su camino ignorando las miradas curiosas, las ratas correteaban a sus pies y sin embargo no fue suficiente para asquear a Sherlock Holmes. Túnel mas abajo, luego de doblar a la izquierda, dos veces, y donde la luz de las farolas apenas si iluminaba un pequeño espacio, llego a unas escaleras y las subió.

Decadencia se respiraba en el aire viciado de la vieja estación. Hedor, suciedad, secretos e inhumanidad quitaba vida. El detective cruzo la plataforma en medio de un silencio clave y aterrador, mas el sonido de sus zapatos de cuero rechinando en los viejos azulejos no era reconfortante. Se interno en la instalación, ahora en pasillos e ingreso en una puerta. No había visto a un solo ser viviente en todo el camino.

Y lo que encontró en la sala de maquinas no era lo mas cercano a uno, en absoluto.

-Oh, gran calamidad, te he estado esperando.

Una voz lastimosa, comparada con el rechinar de las juntas de una puerta oxidada que se abre luego de mucho tiempo, escapo de la boca reseca y arrugada de la figura sentada frente al brasero. Encorvado de tal forma que parecía que sus hombros cargaran con el agonizante peso del mundo, el anciano levanto la mirada, cansada, y las luces de las brazas iluminaron un rostro avejentado tras una larga vida de sufrimiento desconocido para Sherlock.

-Disculpa –dijo, confuso -aguardaba a alguien más.

-Pues, yo aguardaba por ti.

-Pero yo no lo esperaba, en lo más mínimo.

El anciano, envuelto en arrapos mugrosos, miro con disentimiento a Sherlock. Este, en cambio, lanzo una mirada de desconfianza y comenzó a caminar en círculos alrededor del vagabundo, manos en su espalda y con la certeza de que esto no era coincidencia.

-Entonces, ¿a quien aguardabas? –Pregunto el anciano –porque yo tenía más que intenciones de encontrarme contigo, Sherlock Holmes.

-¿Cómo sabes mi nombre? -Interrogo Sherlock, con voz ronca.

-Muchos te conocen, Señor Holmes, así que no dejes que tu alma se sienta perseguida, porque en efecto, aun no es el tiempo para caer en desesperanza.

Sherlock se detuvo en seco y vio de pies a cabeza al hombre, aun sentado en el suelo y de piernas cruzadas. Disfrazo su asombro con un rostro de inexpresividad y continúo.

-¿Cuándo, entonces, deberé caer en desesperanza? Y, ¿Por qué?

-No es mi deber ser quien te comunique malas venturas, aunque se me conoce por ser portador, voluntario o involuntario, de oscuros presagios. Pero, oye bien, Sherlock Holmes, aquel que lleva el alma vieja de una maldición que destrozaba montañas y prendía fuego ciudades enteras y custodiaba fortunas inmensurables; ha llegado el tiempo de que esta vez protejas algo mas preciado que el oro de Erebor, por el que se concedió tu infernal fama.

"Esta vez, deberás proteger al mas pequeño ser bondadoso y valiente que jamás se haya observado en Arda y guiarlo de vuelta a la única persona capaz de devolverle su fuerza. Debes proteger a Bilbo Bolsón"

-¿Bilbo Bolsón? ¿Cómo sabes sobre el hobbit saqueador? -Aparto con brusquedad las manos del vagabundo en sus hombros -¡contesta! ¿Cómo es que lo conoces?

-Todo a su tiempo, oh gran Smaug, pues no seré yo quien responda estas preguntas. No al menos, con este aspecto.

Con un chasquido, desapareció.

La noche fría lo recibió de vuelta en su seno, Sherlock temblaba no por frio, sino por la creciente fuerza de una cólera enfermiza dentro de sus entrañas a causa de una preocupación bien justificada. Había fuerzas oscuras detrás de él y de John. No, querían a Bilbo Bolsón. Pero el, Sherlock Holmes también conocido como Smaug, el gran dragón que sembró terror por dos siglos no se los iba a permitir con tanta facilidad, pues, él los estaría aguardando.

Lucharía con garras y fuego de ser necesario.

[…]

Mycroft dejo la taza sobre el platillo de porcelana y miro a John, entrelazando las manos sobre sus rodillas.

-Estamos hablando de mi hermano menor, ¿Cuándo no ha parecido un sociópata calculador con deficiencias en sus habilidades sociales? Un poco de fuego no es algo que deba preocuparme.

John no respondió, se tomo el tiempo para inhalar profundo y hablar, soltando todo el aire -Lo he visto en sitios con personajes mas extraños que sus usuales "vagabundos" informantes, intercambiando cosas, hablando casi en silencio. El fuego, sin duda puede ser una exageración mía, lo admito, pero escucha bien, Mycroft, temo por tu hermano. Temo en lo que sea que se inmiscuyendo y me temo que es algo mucho mas grande que una mafia o una red de asesinos o espías con secretos de los gobiernos, algo significativamente mas allá de lo que tu puedas manejar.

-John, es Sherlock –suspiro Mycroft -meter sus narices en el peligro es su mantra en las mañanas.

El medico dejo caer la cabeza, cerrando los ojos y murmurando quejas entre dientes para luego alzar la vista y clavar sus penetrantes ojos miel sobre la personificación del gobierno de Inglaterra. Fervientemente, haría que Mycroft lo tomara en cuenta.

-Tu hermano esta en peligro –siseo.

-Siempre lo esta, y lo he sacado del fondo del foso una y otra, y otra, y otra vez. Pero no puede con su propia terquedad y termina lanzándose de cabeza una vez mas, ignorando olímpicamente cada una de mis advertencias –sentencio el mayor de los Holmes, sombrío. Se inclino hacia adelante, con la misma intensidad en sus ojos -mi pequeño hermano debe golpearse con tanta fuerza para que finalmente logre aprender la lección.

"Así que no lo olvides John, si Sherlock decide arriesgar su cabeza en un asunto que no me deba competer ni a mi o la potestad de mi nación, ni a tu bienestar personal, no interfieras. Su propia mente será su sentencia de muerte."

Molesto era poco. John ardía de furia una vez dentro del taxi en su viaje de regreso a Baker Street. Lo sorprendía en magnitudes absurdas la despreocupación de Mycroft hacia Sherlock (por más que tuviese razón en muchos aspectos). Hubiese golpeado al tipo de no ser porque sus últimas palabras pesaban en su cabeza.

Su mente será su sentencia de muerte.

No podía discutir por la veracidad de esa declaración porque era cien por ciento acertado. La mente prodigiosa y malinterpretada de su compañero traía tantos problemas como soluciones por igual. Como así también, preocupación.

John se preocupaba por Sherlock, a pesar de que los periódicos comparasen ese sentimiento por amor, él estaba convencido de lo que sentía hacia el detective era platónico, puro y exclusivamente una preocupación devota entre dos amigos.

Sacudió esos pensamientos al entrar al apartamento. Abrió y cerró los puños ante la visión de un Sherlock sentado frente a la chimenea encendida; afuera, la noche estaba en su auge y la voz melodiosa de la Señora Hudson inundaba el lugar con alegría.

-John, ¿eres tú? -Dijo la mujer, apareciendo de la cocina, secándose las manos.

-¿Quién mas podría ser, un ladrón? –soltó una risa y fue hacia la cocina, de donde un ponderoso aroma a hierbas lo atrajo –estofado de res.

-Se cuanto te gusta –afirmó la Señora Hudson ahora a su lado.

La conversación continúo en un segundo plano astral para Sherlock, aun bajo la mirada disimulada de John que se preguntaba que pasaba por la mente del detective en ese preciso momento. Sin duda, miles de cosas, como siempre, pensamientos acelerados a mil, información bombardeando las terminales nerviosas obligándolas a responder con velocidad.

Detrás de un brillo iluminado por las llamas, John quería develar el secreto de la mirada distante de su mejor amigo y al porque del interés claramente visible en la posición pensativa del detective; manos juntas, piernas cruzadas y espalda recta.

Ambos sin saberlo, habían sentado las bases para llevar a cabo la misma tarea desde diferentes puntos de vista.

Proteger al otro.