Epístola de los horizontes oscuros.
—Tienes el sueño muy ligero… —se aferró al abrazo bajo las sábanas— justo que quiero seguir durmiendo hasta tarde.
A pesar de la queja, las palabras de Hikari no podían estar más colmadas de dulzura. No sabía bien lo que ocurría con Takeru, pero sentía cómo su compañía le había brindado nuevos aires y suspiros.
—Si dices eso a mí tampoco me darán ganas de levantarme. ¿Sabes? Te pareces al azúcar flor de las galletas —su sonrisa era tan pura como la de un infante.
— ¿Qué significa eso? —reía entre confusa y halagada—. Es el elogio más extraño que me has dicho desde que nos conocemos.
—Te ves muy dulce así… —acariciaba su cabello— y eres impalpable, demasiado suave y fina. Uno piensa que las galletas se pueden comer solas, pero cuando llevan azúcar flor ya no puedes comerlas sin él nunca más. Además… se derrite más fácil en la boca —le guiñó un ojo.
— ¡Eres un desfachatado, Takeru! Dime… ¿De dónde sacaste eso? Por favor, ¡estás demasiado extraño! —Hikari no podía aguantar la risa y a modo de respuesta le mordió la mejilla. Jamás le reconocería que era porque no quería soltar el abrazo.
—Y yo soy la galleta. Una vez que te conocí, mi vida no puede estar separada de la tuya.
—Eso es porque tú eres un dulzón.
—También, pero no me puedes culpar.
No eran ni las seis de la mañana pero ellos se hablaban como si la acogedora pieza estuviera inundada por cálidos rayos de luz, de esos que aparecen cerca del mediodía y no parecía importarles en absoluto. Disfrutaban del abrigo bajo las sábanas, del humor ligero y la pequeña pausa que necesitaban hacer. Takeru no le había explicado nada aún, pero de todas formas se sentían más livianos, como dos adultos que volvían a tener la alegría de unos niños que habían encontrado su juguete perdido. Reían, se besaban tímidamente, enlazaban sus manos y en sus mentes comenzaba un pequeño bosquejo de la futura casa que construirían, como si ya hubiesen encontrado el árbol perfecto y robado la madera necesaria junto con un par de clavos en su mayoría oxidados. ¿Y el martillo? Bien venían las piedras hubiera dicho el rubio, pero la castaña no querría correr riesgos con una piedra alevosa. Así eran ellos, siempre contrastándose pero hacia la misma dirección. Si uno de los dos perdía el rumbo, el otro acusaba necesidad.
—No, Takeru. No vamos a faltar a nuestras obligaciones —había tratado de ser tajante—. Además tenemos la noche de viernes y todo el fin de semana para nosotros.
—Vamos Hikari, hoy no tienes que ir al jardín con los niños, no es obligación que hagas la planificación en la oficina.
La futura educadora estaba que le crispaban sus nervios, el temblor en la comisura de sus labios la delataba. No tanto por la actitud de su compañero, a la que ya estaba acostumbrada, sino por sentirse débil frente a sus ruegos. No era ni su sonrisa reluciente ni su atractivo actual el que la hacía dudar, pero aquel magnetismo que iba en aumento ya la había dominado
—Hablemos en serio, ¿por qué quieres que no vaya al jardín?
—Porque quiero invitarte a comer a un restaurant.
Hikari sentía como perdía la compostura y el rubio lo notó.
— ¡No es lo que piensas! Te prometo que no quiero que vaguemos. Necesito hacer una prueba. Si gustas, después podemos pasar a una biblioteca para que puedas avanzar con tus planificaciones y yo con lo mío. Por favor mi Hikari-chan, acepta.
Aún recostados bajo las sábanas, posó su mano sobre la de su amada y la miró fijamente esperando su respuesta. De cien ocasiones, en las cien Hikari hubiera respondido con un rotundo e irrefutable no, pero el brillo y la seriedad de la mirada de Takeru le hizo entender que había algo más. Muy en el fondo, era una súplica muda.
—Está bien, está bien —suspiró sintiéndose derrotada.
—Gracias, pero no te pongas así. ¿Te parece que te prepare el baño y luego el desayuno? Prometo no interferir en tu trabajo, tus planificaciones de hoy las terminarás hoy, te lo aseguro.
Seguridad. En ese instante era lo que más necesitaba y él se lo brindaba. Sentía que también él comprendía las implicancias de lo que pedía, podía estar más tranquila.
La ida al restaurante había sido por sobre todas las cosas, agradable. El ambiente, la comida, el vino y la compañía no podían ser mejor. Takeru se explicaba en su lenguaje abstracto y lleno de figuras, lo que a oídos de muchos sería digno de un charlatán, un vende ilusiones y muchas cosas más, pero el hecho de conocerse desde niños le daba una perspectiva distinta. Probablemente por esencia era creativo y soñador, aunque intuía que los hechos que vivieron durante su niñez hicieron que su corazón se cerrara terriblemente y su cerebro lo ocultara con esa alegría tan afable que transmitía al resto. Presentía de alguna manera que aquello contribuyó notablemente a que Takeru tuviera una incapacidad gigantesca para expresarse con palabras concretas en temas de suma importancia personal para él, pero ella no se sentía la más indicada para criticarlo. Ambos habían vivido procesos similares y se acompañaban, respetaban mucho los silencios y la intimidad del otro. Ella lo conocía mejor que a la palma de su mano y entendía sus limitaciones, mas podía confiar en su mirada llena de determinación desde la primera vez que la vio hace poco menos de veinte años ya. Sentía que el mejor aderezo a aquella salida era él mismo, ¿estaría llegando el momento donde ambos emprenderían juntos el vuelo?
Se sentía demasiado cómoda caminando por las calles junto al rubio, quien la llevaba del hombro tranquilamente. Recorrieron cuadras y cuadras, comieron helados y sintió cómo un recuerdo la visitó: el de sus primeras "citas" donde simplemente caminaban sin rumbo hasta acabar sus conos de helado. Reía en su interior al recordar que ambos hacían hasta lo imposible para demorar en terminarlo. En ellos siempre todo había sido tan espontáneo, ¿cuándo fue que las cosas comenzaron a estancarse?
El suave beso que Takeru le depositó en su mejilla la sacó de sus cavilaciones.
—Aquí estamos.
Estaban al frente de la biblioteca.
—No me di cuenta de que habíamos llegado —se aferraba de su cintura—. Gracias.
—Te dejaré en un lugar y yo iré al otro extremo para no interrumpirte. También tengo algunas cosas en las que trabajar. Además… —se acercó a su oído— te ves guapísima, me distraerías.
Hikari rió y después de un corto beso entraron al lugar.
Buscó una mesa al centro del sector y un poco timorato dejó su querido maletín sobre la silla. Estaba demasiado ansioso. Cerró los ojos y tranquilo inspiró aire evocando a Hikari, exhaló pensando su futuro. Se sabía la limitante de la situación de ambos y quería poner una pausa.
Ya tenía un esbozo de idea para seguir con sus proyectos, nadie podría rechazar una beca para continuar sus estudios en algo que en verdad le gustaba… pero de todas formas dudaba. Sentía que necesitaba volver un poco a la objetividad pero Hikari lo nublaba, por ser ella, por ir siempre un paso adelante. ¿Por qué él no tenía claras sus intenciones desde el inicio? Aún así, intuía —y un artista no puede ignorar su intuición— que si hacía un rincón sólo para ella, las cosas podrían ir recuperando un buen curso. Era tan solo el primer paso, pero debía darlo. Por Hikari, por él. Por ellos.
Empezar por el inicio es trivial, excepto para él. Hikari era una hermosa persona, imponente como una gran marejada que hacía aflorar todo tipo de figuradas y carnales sensaciones dentro de él. La primera vez que pensó que de verdad la perdería, cuando aún no se conocían lo suficiente, ese era el segunda vez estuvo a un instante del colapso.
Entendía que sus silenciosas acciones también podrían llevarlo al mismo estado actualmente.
Si en aquel entonces la hubiese perdido, estaba seguro que el sol jamás hubiera vuelto a salir tras la montaña y no era algo que quisiera imaginar. Estaba bien partir por ahí, al borde del abismo de la desesperación y la locura absoluta, porque probablemente la forma más sincera de valorar una existencia es cuando desaparece, el ocaso de su luz.
Y con esa punzada en el corazón escribió, escribió como si no hubiera ni hoy ni mañana.
Hikari era un sol, lo que contrastaba con los tintes de la versión final de su escrito. Después de estar en la biblioteca habían pasado al departamento del escritor, compartido pizzas cortesía de la castaña, viendo películas como cualquier pareja haría durante el fin de semana. Al día siguiente le había preparado el desayuno porque lo notaba agotado y un poco confuso, cosa que él le agradeció con una sonrisa, pero la realidad era que se había quedado sin palabras.
Cuando se despidieron en la tarde, él le dijo que recién el lunes podría explicarle su idea, que no se vieran hasta ese entonces. A ella le pareció bien y para infundirle tranquilidad lo besó largamente sin ninguna prisa, tan despacio que lo hacía arder a fuego lento. Al separarse, el rubio le dio un pequeño beso en el pómulo derecho y cerró la puerta no sin antes regalarle una sonrisa. Hikari no pudo más que sonreír de vuelta, así había sido el primer beso que él le había dado. Ya se podía hacer una idea de lo que pretendía su compañero.
Sabía que el lunes tenía que presentarse con su profesor guía, hablar de su próxima idea pero resultó que ocupó todo el fin de semana en pulir cada uno de los detalles de la carta que quería entregarle a Hikari. Lo más importante en esos momentos era decirle en su propio lenguaje lo importante que era ella para él. El resto era secundario.
"Lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Mi madre sostenía con fuerza mi mano mientras la ancha espalda de mi padre se hacía cada vez más lejana, al igual que la silente mirada de mi hermano mayor. El azul de sus ojos no hacía más que resaltar en esa mañana tan gris, como si el tiempo hubiera muerto en ese instante de inercia. Aquel día el sol se negó a salir temprano y cuando se dignó a hacerlo se escondió tras densas nubes hasta la temprana hora de su retirada, lo que me hizo sentir un abandono que pensé que no volvería a vivir, pero no pude estar más equivocado. Aquellos momentos siguieron apareciendo ocasionalmente en mi vida.
En el momento en que la oscuridad abrazó al horizonte que tenía en frente, mi vida no volvió a ser la misma. El terror y la desolación que aceleraban mi pulso no respondían a que el entorno se hubiese tornado inerte como el vacío de la noche, sino que la luz había desaparecido frente a mis ojos sin que yo pudiera haber hecho algo por evitarlo.
Lo entendí de esa manera después de haberte conocido.
Lo único que resaltaba en ese infinito horizonte de oscuridad era el blanquecino resplandor de aquellas plumas rotas que caían de las tristes alas de mi ángel próximo a morir. Nunca en mi vida había entendido mucho acerca del verdadero miedo hasta que lo vi todo negro por primera vez. Aquellas alas que representaban la esperanza iban cayendo oscilantes y sin vida al suelo, aunque apenas podía seguir mirando, sentía como se iban acumulando cerca de mis manos. Desde ese entonces comencé a asociar las carencias a la oscuridad, ya sea la muerte o la desaparición de la luz. Con la aparición de ese digi huevo quería aferrarme a la creencia de que yo podía ser un pequeño faro en aquel lugar tan fatídico, ser la esperanza en ese abismo.
Mi ángel volvió a mí y mi corazón abrasó aquella tierna luz en forma de huevo, llevando a un rincón muy apartado todo el dolor que había sentido en esos momentos. Porque en ese entonces, no podía hacer más que olvidar y apretar los puños cuando los recuerdos me persiguieran.
Pasó un tiempo indefinido hasta que nos conocimos. De lo poco que había podido entender entre tanto vaivén era que representabas la luz y eso siempre me hizo sentir cercano a ti, más allá de ser los pequeños del grupo. No fue tu ángel el que dejó de existir, pero sí su fiel compañero, su único amigo. Sentí una decepción tremenda al ver como la oscuridad cobraba una nueva víctima y aunque era muy pequeño como para expresarlo con palabras, quería apoyarte. Decirte que si tenías miedo, yo podía compartirlo contigo, pero al final lo único que hacía era estar a tu lado. Tu sonrisa, tu forma de ser me atraía para permanecer siempre cerca de ti, como si fueras la luz que me permitiera enfrentar la propia oscuridad que se albergaba en mi ingenuo corazón.
Tal vez por eso estaba dispuesto a sacrificarme por ti y morir solo en la cuerda, porque pensaba que de alguna forma sin luz nadie podría tener esperanza. Tú te negaste a soltarme, sabiendo que eso te llevaría inevitablemente a la muerte… casi fue así. Viéndolo desde la distancia, es probable que ese gesto me haya hecho pasar de estar dispuesto al sacrificio a luchar sin intención de morir, lo que pudo elevar nuevamente a Patamon. Pero como iba siendo la tónica entre nosotros, no pasó un buen tiempo hasta que me di cuenta de aquello… Cuando nos reencontráramos en el salón de clases tres años después.
Iban pasando los días y sin darme cuenta comencé a soñar con la idea de que ambos debíamos coexistir. Lentamente estaba dejando de pensar en mí, observándote siempre un paso delante de mí, fijándome en tus delgados hombros que llamaban sin prisa a mis manos a apoyarse en ellos. Ese sentimiento de niñez iba creciendo poco a poco, siendo mi primer pensamiento que quería existir junto a ti, más allá del tacto, de los besos y las declaraciones. Tal vez suene ambicioso, pero era como si hubiese querido proteger el mundo contigo, porque un mundo sin luz y esperanza era un mundo muerto. Y así, bajo tu luz que iluminaba la montaña y llamaba al sol nacer podía reconocerme sin tapujos que eras mi primer amor y único amor.
Un mundo muerto. Eso fue lo primero que imaginé cuando te vi desaparecer por unos cortos instantes durante la clase, como si en ese momento el pánico de sentirme sin futuro me recorriera de pies a cabeza, una sensación tan gélida como agónica que me quitó el aire y también la cordura.
Agradezco a aquel faro que le dio energías a Gatomon y de alguna forma me las dio a mí sin querer. La presencia de Angewomon me infundió algo de tranquilidad entre tanta locura y desesperación, porque de lo que estuvimos dentro de aquel mundo apenas puedo recordar, excepto la sonrisa que se formó en tus labios al ver que logramos llegar junto a ti; me hizo sentir lleno de vida y determinación. Recuerdo también la expresión de congoja en tu rostro antes de volver y prometí que estaría siempre para ti. Lo único que recuerdo tiene que ver contigo.
Ya en la orilla de la playa de nuestro mundo estuve tentado de abrazarte con todas mis fuerzas, besarte desesperado, liberar mis sentimientos pero no pude hacer nada más que acompañarte hasta tu casa sin mediar palabras, incluso con Patamon y Gatomon adelantados en el camino. Tú entendías el motivo de mi respiración tan agitada y cuando estábamos por despedirnos ya cerca de tu casa, rompiste la distancia entre nuestros rostros y sin mirarme a los ojos dijiste suavemente que te esperara un tiempo… Y yo me preguntaba ¿Qué hago contigo? Esperé y fui paciente, sólo para ahora recién darme cuenta de que el único que te hizo esperar después de eso fui yo. De verdad, lo siento mucho.
Con todo esto no hago más que reafirmar la importancia que tienes en mi vida. De cómo iluminaste mi corazón y me hiciste enfrentar mis temores más profundos, así como los más antiguos. Un te amo se queda corto, Hikari.
'Deep abysses I sink into and behind the light I go.
My long journey never end but I will receive what I send.
Nox, the night and key.
I will open your old mistery'
Takeru".
~o~
Hola! Ha pasado mucho tiempo y en verdad lo lamento, espero que les guste esta actualización y que no se me haya pasado ningún dedazo. La cita al final de la carta es del tema "Clavicula Nox" de Therion que me sirvió de inspiración mientras escribía esa parte.
Ha sido difícil escribir esto, se tornó más de lo personal de lo que pensé desde un inicio y... duele. Nos veremos pronto, gracias por sus reviews, favs y follows.
