Capítulo 2: Miedo en el Distrito
Yacía en el suelo sin ánimo de levantarme. Un tumulto me rodeaba. Parecía un mercadillo, pero nadie reparó en mi presencia. De repente, noté que algo me pinchaba en un costado.
- Eh, ¿está viva? – preguntó una voz infantil al tiempo que me golpeaba con una ramita y estudiaba la reacción de mi cuerpo tendido.
- Qué pregunta más tonta… ¡Pues claro! Si no, ¿cómo iba a estar aquí? – le contestó otra vocecilla.
- Oye, ¿has visto eso? – señaló a los cuernos.
La curiosidad guiaba su mano. Cuando se disponía a tocar aquel extraño saliente, le agarré con presteza del antebrazo antes de que pudiera rozarlo siquiera.
- Yo que tú no haría eso – le dije mirándole a los ojos.
Aquel movimiento hizo que se pusieran a gritar aterrados, como si le hubiese dado el susto de sus vidas. El que estaba libre salió corriendo como alma que lleva el diablo, mientras el que tenía agarrado me dejaba sorda con sus chillidos.
- ¿Dónde estoy, enano?
Era tal el miedo que llevaba encima que no me contestó. En vista del éxito obtenido, lo liberé, a lo que huyó en la misma dirección que el amigo. Me levanté del suelo. Efectivamente, estaba en medio de un mercadillo como los que se hacían en mi ciudad.
- Quién me iba a decir que los muertos pasan hambre… - me dije a mí misma.
Me llevé las manos a la barriga para amortiguar los rugidos de mis tripas hambrientas. Al tocarme el vientre, me fijé en que vestía unos harapos de ropa sin romper, lo que era de agradecer dadas las circunstancias de mi muerte.
De repente, la gente empezó a correr hacia sus casas. En un abrir y cerrar de ojos, me quedé totalmente sola con cientos de ojos expectantes, observándome desde sus refugios. A lo lejos, una figura se aproximaba. ¿Acaso sería un monstruo como Michael? Conforme se acercaba la figura, esa posibilidad caía por su propio peso.
- ¡Casi me adelantas…!
Aquella voz en grito me resultaba demasiado familiar. Es más, hacía poco tiempo que la había escuchado. Tras unos segundos intentando ubicarla, me percaté de quién era su dueño. Aquel no era otro que el tío que me sacó de la casa donde morí, quien me llevo a ese lugar. Mientras se aproximaba, observé que vestía el mismo uniforme que entonces, exactamente con la misma raja que le hice. Se paró frente a mí con una expresión campechana. De nuevo, mi barriga hizo acto de presencia, se hizo notar con un gruñido como hacía tiempo no escuchaba. En ese momento, arrimó su oído a mi vientre para constatar el sonido que acababa de sonar por la calle.
- ¿Ya con hambre? ¡Creo que bates un récord!
Yo no hacía más que parpadear, anonadada ante sus palabras. No tenía ni la más remota idea de lo que hablaba y, aún así, continuó hablando como si comprendiera cada palabra que sus labios articulaban.
- Deberías ir a casa del señor Kurono. Él te dará cobijo y, lo más importante, ¡comida! – propuso a toda velocidad.
- No, gracias, no necesito a nadie. Sé cuidarme solita – me volví de espaldas y me crucé de brazos orgullosa. De nuevo, el estómago reivindicó su presencia.
- Sí, ya veo… ¡No seas cabezona y toma esto!
Amigo de lo ajeno, como demostró en mi propio hogar, agarró una manzana de uno de los puestos desatendidos del mercado y la lanzó por los aires. Cuando iba a impactar en mi cabeza, esa extraña fuerza, la que emergía de mi espalda, partió la fruta por la mitad evitando el choque. No me enteré hasta que no vi los dos trozos a mis pies. Entonces, cientos de murmullos, procedentes de la gente que aún aguardaba en sus casas, rompían el silencio.
Para evadir preguntas, cogí los trozos y salí en dirección opuesta a la que tomó el chico de la cicatriz. Por suerte, encontré un escondite en total silencio. Me acomodé y devoré la manzana como si hiciese años que no me llevaba nada a la boca. En la seguridad que me propiciaba el boquete en el que me colé, oí unas vocecillas estridentes. Se trataba de los niños que me encontraron tirada en el suelo y me dieron la bienvenida en aquel mundo.
- ¿Cómo lo has hecho? – dijo el pecoso desde el exterior.
- Sí, sí… Y, ¿cómo te has dirigido a ese shinigami? ¿Lo conoces? – preguntó el amigo, el rubio que minutos antes tenía chillándome en el oído.
- ¿"Shinigami"? – me interesé.
- Sí, los dioses de la muerte. Ellos se encargan de traer aquí a las almas y de matar a los hollows. ¿Has visto alguno antes de venir aquí? – preguntó el rubio, curioso. No había peor cosa que un niño cotilla, pensé.
- Sí, he visto uno – supuse que "hollow" era el monstruo en que se convirtió Michael. Me levanté y sacudí los harapos – Y ahora, dejadme en paz.
- ¿Vas a ir a casa del señor Kurono? – preguntó el pecoso – Nosotros vivimos al lado, podríamos acompañarte. Es muy bueno. Siempre juega con nosotros…
Continuaron divagando. Dejé de escucharlos, me estaban dando una buena jaqueca. Necesitaba pensar en silencio, cosa que aquí al parecer no abundaba. De pronto, recapacité en mis pequeños informadores.
- ¿Por qué os ocultáis cuando veis uno de esos shinigamis? – intenté sacarles más detalles de aquel lugar, nuevo para mí.
- Bueno… Hay algunos peligrosos – dijo el pecoso desvelando cierto nerviosismo.
- Abusan de su poder – completó la frase del amigo. – Y los adultos los odian.
- "Odio", ¿eh? No será muy diferente de mi vida anterior – susurré.
Los niños se miraron, no entendían lo que decía, pero siguieron a su bola. Después de la conversación, se presentaron debidamente. El rubio era Takashi y el pecoso Ryuchi. Les di mi nombre y, adelantándome a sus palabras, corté por lo sano: "No quiero ser vuestra amiga ni nada". Odiaba a los críos. Esos renacuajos sabihondos habían protagonizado la peor época de mi vida. Bueno, de mi anterior vida. Aunque, pensándolo bien, aquí podría ser distinta. Serían los primeros amigos de mi nueva vida. Los miré de arriba abajo y me reafirmé en mi negativa.
Pasé varios días recorriendo el poblado, haciéndome un plano mental del lugar. Puede que fuese una manía, pero me gustaba saber dónde pasaría el resto de la… ¿eternidad?
En mis exploraciones por el barrio, descubrí que era un lugar tranquilo, carente de tecnología. Me costaba creer que no hubiese ni un solo coche, que los hogares no tuvieran televisión, ni una radio siquiera. Se me hacía muy extraño. Se podía respirar la paz en aquel sitio, o eso parecía hasta que Takashi vino a pedirme ayuda.
Al parecer, Ryuchi quería comprar comida pero el tendero le pedía más dinero del que el niño tenía. Se lo iba a cobrar con una paliza. Yo, al igual que ellos, no tenía dinero con el que saldar su deuda. No podía ayudarle. Aún así, Takashi me agarró de la manga y me llevó hasta allí a tirones.
En cuanto doblamos la esquina les vi. El chiquillo estaba suspendido en el aire por el bruto del tendero que lo agarraba de la oreja. Un profundo pesar me inundó. Mi mente se puso en marcha, transformó la escena. El agresor ya no era el tendero, sino Michael, y la víctima no era Ryuchi, sino mi madre.
- Suéltale – dije mientras me acercaba a él mirando al suelo.
- ¡Ja! ¿Quién me lo va a impedir? – contestó con despecho. Ryuchi gritaba desesperado, mientras sujetaba el brazo del tendero para minimizar el dolor.
- ¡Que le sueltes!
En ese momento, crucé la mirada con él. La "fuerza" se tomó la justicia por su cuenta. Ryuchi cayó al suelo con un brazo inerte sujetándole aún de la oreja. El hombre se retorcía de sufrimiento en el suelo. La gente de alrededor salió despavorida en todas direcciones, incluidos los niños.
Fue entonces cuando "desperté". Fui consciente de lo que acababa de hacer. No podía ser cierto, pensé mientras me limpiaba la sangre que me había salpicado en plena cara. Comencé a correr. No detuve la carrera hasta que no me hallé rodeada de un bosque alejado del pueblo. Me senté bajo un árbol, encogida, ocupando el menor espacio posible. Me derrumbé, lloré desconsolada hasta que la noche se adueñó del terreno.
- No merezco vivir… un monstruo como yo… - me repetía las palabras que una vez le oí decir a Michael, balanceándome como los locos.
- No, de hecho, ya estás muerta. – habló una silueta indefinida por la oscuridad nocturna – Y no, no eres un monstruo. Simplemente no sabes controlarte.
Salí del mundo de pesadilla en que me encontraba inmersa desde hacía varias horas. Me limpié las lágrimas que habían encontrado su hogar en mis mejillas, aún con restregones de sangre.
- Vengo a ayudarte – dijo con bondad – Te vigilo desde que llegaste al Distrito.
- No necesito tu ayuda – aún me quedaba algo de orgullo.
- Yo diría que sí, al menos para controlar esa cuchilla. Si luego buscas algo mas… ya veremos – indicó sonriente.
- ¿"Algo más"? – me escandalicé.
- Me refería a convertirte en shinigami. ¿Por qué los jóvenes no pensáis más que en sexo? – se cuestionó a sí mismo.
Suerte que era noche cerrada y no se me apreciaba mucho porque me puse colorada cual tomate. A pesar de todo, prefería aprender sola a controlarme. Le repetí que no necesitaba su ayuda y me alcé. Mis pies se adentraron en el bosque y acerté a escuchar un grito a mi espalda:
- Bien, como quieras. Pero, ¡cuida tu carácter!
