Konungariket Sverige, Kingdom of Sweden.
No sé en qué momento tuvieron los recursos para preparar una fiesta cínica cómo la de aquella vez.
Recuerdo que Josefina lloró recostada en mi brazo todo el camino de vuelta al palacio; fue realmente lento debido a las personas que salieron a nuestro encuentro a saludarnos. Mis manos blandían con tantas fuerzas sobre sí mismas, que mis huesos rogaban un poco de paz; de aquello no recuerdo más. Para la noche estaba tan ebrio que Lukas luego me comentó que tuvo que encubrirme cuando desaparecí escaleras arribas a ocultarme en mi habitación. No salí de ella dos días, no recibí ni cena ni palabras de aliento. No permití que el rey me diera órdenes ni que irrumpiese en mi habitación. Me encerré en ella, anteponiendo ante sus puertas grandes mi armario y otros muebles. Los gritos de Josefina se escucharon hasta altas horas de la madrugada. Vidrios quebrados, patadas en mis paredes, personas observándome desde el jardín hacia mis ventanales. Oculté mi rabia e incluso grité de ira cuando Josefina lo hacía frente a mi puerta. Dormí inquieto y tampoco quise contestar a Lukas quien me rogaba que abriese mi habitación para él.
Descargué mi frustración conmigo mismo y mis pertenencias. Me permití llorar todas las lágrimas que ocultaría en el futuro, deshacerme de estos deseos enfermos de desaparecer nuevamente a los bosques. Mi mente no era capaz de llevar tanto de un momento a otro; nadie comprendía que luego de siglos obtuve lo que anhelaba y de pronto se me arrebata, sabía que no actuaba siendo totalmente racional, sin embargo vivir alguna vez en mi vida algo que me importase sólo a mí, era un capricho algo caro que estuve dispuesto a tomar.
Salí de mi habitación sin que nadie me lo pidiese. Me había bañado y puesto ropa limpia. Intenté hacer como si nada hubiese pasado, caminé por los pasillos y se me acercaron varias personas preguntándome si estaba bien. Mi habitación la cual resultó en desastre era más que suficiente para contestar sus preguntas insistentes.
Bajé en completa calma a comer algo y luego fui a mi estudio. Es ahí donde Josefina irrumpió y se me quedó mirando atentamente. Su rostro cansado y sus ropas arrugadas me delataron que no estuvo tranquila durante el transcurso de mis rabias.
― Buenos Días Josefina ―. Musité tranquilamente mientras revisaba la correspondencia. Mi anillo de oro brillaba en mi mano izquierda, a medida que buscaba entre mis cartas algo importante. La joven no era capaz de moverse y su presencia me resultó molesta a la larga. ― Si no tienes nada que hacer, te pido que me dejes unos momentos, debo leer mis mensajes, por favor ve a estudiar piano.
― Berwald… ¿Me amas? ― Su voz aguda quebrada nuevamente golpeó mis sienes. Mi puño izquierdo se contrajo fuertemente y sentí cómo mi mandíbula se tensó.
― No.
Miré a la joven mujer sobre mis lentes y una borrosa silueta se me acercó y cerró la puerta de mi despacho. Se sentó frente al buró y me sonreía derrotada.
― Entonces haré que me ames ―. Comenzó con los botones de su camisa alta. Miré atentamente aquello sin cambiar mi expresión en lo más mínimo. Algo de la blancura de su piel me recordaba a Tino. Sus dedos continuaron con los broches del corsé y me dejó entrever el sostenedor. Observé cómo se intentaba subir a mi escritorio, descuidando sin ningún descaro su vestido. Cuando ya estuvo cerca de lograrlo, me levanté de mi lugar y me dirigí a mi aparador, para tomar un vaso de vodka. La escuché hablar y la ignoré, me pareció más interesante observar el pequeño bosque detrás del invernadero que mis ventanales eran capaces de exponer.
Revisé la hora y apenas sentí los dedos de Josefina en mi espalda, di media vuelta y salí de mi maldita oficina sin revisar ninguna estúpida carta. En el camino a la biblioteca, pude encontrarme con Lukas, quien lucía agitado y nada sano, ya que probablemente no descansaba su fiebre correctamente.
― ¡Cómo se te ocurre preocuparnos de ésta manera, pedazo de imbécil! ― Una voz tosca y ronca poco usual invadió el pasillo silencioso y solemne. El descuido de su condición le hizo enfermar más aún. Me tomó de un brazo y poco fui capaz de reaccionar. Luego de cerrar con violencia la puerta de una de las salas privadas de la biblioteca, comenzó a sermonearme. ― Me preocupaste, idiota, ¡Mírate!, luces como si nada te pasara, ¡Necesitas decir las cosas y no pasar por periodos así!
― Estoy bien, Lukas ―. Murmuré después de su esforzado regaño. Se quedó en silencio unos instantes y se sentó en una silla de estilo antiguo que daba a una pequeña mesita de café.
― No, no lo estás. Hablas igual que siempre, miras igual que siempre, apacible y distante, pero no estás bien, porque en toda tu miserable vida jamás estuviste bien y cuando por fin te aliviaste, hablaste conmigo y con los demás, me ofreciste desayuno, reíste y me confiaste tus prácticas. Es obvio que necesitas de nuestro apoyo; por favor Berwald, siéntate y habla conmigo, si no sé qué decirte, por lo menos puedo escucharte. Además necesito hablarte ―. Tomó aire y prefirió no dirigirme la mirada cuando comenzó ― Logré que mientras tramitaran mi independencia, me dejaran hospedarme aquí con Emil, Mathias tendrá que volver dentro de poco, sin embargo nos acompañará durante un tiempo. Mi idea original era que te regresaras conmigo a Oslo, pero como estás casado… ¿Berwald?
Lukas con sus gestos típicos de su genio, se dio por consciente de que yo no prestaba atención del todo. Mis ojos inexpresivos coincidían con mi rostro. Asentí sin más y Lukas decidió terminar con la conversación.
Como mi hermano sólo intentaba ayudar y aliviar sus culpas, me llevó a consumir algo de cerveza a la cocina de las sirvientas.
Así transcurrieron mis días por al menos unos meses. En las tardes recibía visitas histéricas de Josefina y de vez en cuando aceptaba que se quedara un tiempo para calmar sus deseos molestos. Para cuando la noche caía, me desaparecía y Josefina no lograba encontrarme; algunas noches las pasé en la habitación de una sirvienta que había muerto hace un tiempo. Otras me embriagué al punto de no poder sostenerme. Lukas intentaba hablarme todos los días y me acompañaba a donde fuese como mi escolta, ya que de pronto aparecía Josefina, totalmente desarreglada exigiéndome cosas de las cuales Lukas se espantaba. El rey me logró detener unos momentos, obligándome a corresponder con mis labores de esposo.
Creo que han sido los días más silenciosos de mi vida.
Las cosas cambiaron cuando una mañana, un hombre extraño golpeó la puerta de mi estudio. Cuando lo dejé pasar, una sirvienta traía consigo una especie de merienda. El amable caballero no se identificó hasta que estuviésemos a solas.
― Mi estimado señor, mi nombre es Joseph Bergström y soy su psicoanalista ―. Su mano enguantada se extendió para saludarme. Fruncí el ceño y saludé de todas formas.
― No necesito sus servicios, muchas gracias ―. Regresé a mi escritorio, en dónde leía actas sobre las últimas discusiones en el parlamento.
― ¡Oh, por favor descuide!, no conversaremos temas ingratos. Es más, antes de cualquier cosa, quiero que sepa que fui contratado por el mismísimo rey para su auxilio. Me ha comentado sobre actitudes suyas no muy sanas para un hombre de su importancia y realmente está preocupado de usted; su salud es la de nuestra nación.
― Vuelvo a reiterar que no necesito de esto. Me encuentro completamente sano y llevo una vida adecuada a mis obligaciones ―. Tomé cierta cantidad de papeles que ya leí completamente y los dejé a un lado para continuar con el diario del día. El hombre se acomodó sin que yo lo invitase a hacerlo y me sirvió una taza de té con un trozo de pastel de arándanos. El favorito de Tino.
― No obstante ha tenido arranques de ira y lujuria que no son nada agradables de sentir, es normal que usted se sienta exhausto, vengo en su ayuda ―. Se llevó la elegante taza de porcelana a sus labios y bebió en completa calma. Una mirada furtiva dirigí a su falsa amabilidad. Miré mi merienda y la dejé intacta.
― No me siento extenuado. Por favor, deje que termine mi labor, esto es importante para la nación. Insisto en que me urge atender estos asuntos ―. Observé la hora como siempre lo hacía cuando no estaba cómodo en una situación. Por no ser descortés, no continué con mis papeles. Un silencio cubrió mí ya aburrido estudio, arruinado sólo por el tintineo de los servicios en la porcelana.
― ¿Sabe usted que Josefina está en extremo preocupada por su situación?, a pesar de estar casados, no ha disfrutado de su compañía en lo que lleva del acuerdo. También me han comentado que no ha dormido en su habitación y que muchas veces se le encuentra ebrio en alguna sala de estar; ¿No considera que esas actitudes son dignas de observar?, ¿Qué lo incita a descuidar sus relaciones matrimoniales, siendo que ustedes conforman una pareja joven que recién inician sus procesos?
― No hablaré de temas desagradables ―. Retomé mis documentos nuevamente por mera incomodidad. Ya estaba necesitando otro trago en mi garganta apretadamente molesta.
― ¿Qué le es desagradable? ¿Su esposa?
Ese maldito hombre me estaba sacando de quicio, sin embargo mantener mi calma era crucial para desviar sus intenciones. No quise contestar y releí nuevamente una carta de peticiones del gremio de pescadores de Estocolmo. Su presencia sentaba como un perfecto estorbo en mis días vacíos. Había logrado contenerme perfectamente sin Tino a mi lado por unos cuantos días y él sólo venía a hurgar en mis debilidades.
― ¿Se ha sentido mujer alguna vez en la vida?, quizá eso le lleve a actuar erráticamente. Lamentablemente no ha nacido en su cuerpo correcto, debe adecuarse a sus necesidades biológicas tal como lo dicta su naturaleza. Con ello comprendería totalmente que Josefina sea una molestia en su vida; una mujer no se siente atraída por otra mujer.
Alcé mi vista y me incorporé de mi asiento. Tomé mi taza de té intacta y la hice estallar en la muralla. Con mis manos tiré tanto mi trozo de tarta como la de él, los documentos, las cartas sin leer, libros y adornos de la mesa a la alfombra perfectamente limpia. De una patada tiré un armario lleno de papeles viejos y aburridos. Con fuerza descomunal, fui capaz de voltear mi escritorio también. Para entonces ese tal Joseph se había retirado unos tantos metros de mí.
― ¡FUERA DE AQUÍ! ― Mis gritos repercutieron fuerte y claro a través del pasillo. Perdí la calma y apenas desataba mi furia, me arrepentí de ello. Algunos médicos corrieron tras mi asistencia y Joseph era enfrentado por el encargado de ellos, ya que no había sido capaz de contenerme. Entre mi ira, me corté con el abrecartas y manché mi rostro cuando fui a quitarme los lentes. Estaba dispuesto a golpear a todos los que se me acercaran. Un médico intentó conversar conmigo y sólo lo empujé para que se apartara de mi despacho. Después de un momento peleando por mi libertad, pude cerrar la puerta y apoyarme en ella, intentando contenerme. La sangre se agolpaba en mis oídos y sentía calor como hace mucho no experimentaba. Mi respiración acelerada me llevó a no poder calmar mis temblores. Nuevamente me encerré en un lugar sin querer salir. Fui tras la botella de punsch y no reparé en servirme en un vaso, bebí directamente de la botella y me abandoné en un rincón a ahogar mi mente, así pocas veces estaba consciente que lloraba más seguido de lo que me permitía.
Cuando desperté, deseaba enormemente hacer mis necesidades. Toda mi espalda dolía, puesto me quedé dormido en una extraña posición. Me había derramado encima parte de la botella de alcohol y la noche descendió desde sus cielos. Me restregué los ojos y los recuerdos se agolpaban en mis sienes con una velocidad creciente. A duras penas me levanté de mi rincón y sorteé los desperdicios en el suelo, para tomar el pomo y salir de aquel lugar; agradecía que no forzaran la entrada a mi despacho, ya que probablemente así no lograrían nada conmigo. Cuando pude adentrarme en el camino, escuché el piano resonar por las paredes del pasillo. Al reparar desde las puertas abiertas de vestíbulo principal que Josefina era quien repasaba sus ya desgastadas partituras de Von Weber, me detuve a observar su espalda perfectamente erguida al ejecutar sus piezas con una perfección casi fría de interpretación. Su cabello rubio estaba encogido en su nuca y sus manos danzaban a través de las teclas blancas con fluidez. Su rostro no expresaba emoción por los eléctricos acordes soltados de las cuerdas tensas del piano, sin embargo su tez descansada le daban un aire elegante. Su olfato femenino percató mi presencia y se volteó grácilmente enfundada en aquel vestido negro. Choqué con sus ojos celestes y se prendió de mi vista unos instantes. Se levantó del asiento y apenas lo hizo, di media vuelta.
― ¡Berwald! ― Su voz clara y aguda resonó por las escaleras, reverberando con fuerzas en los vidrios. Pisé con rabia los escalones, una sirvienta me esquivó y en su intento, la porcelana que portaba tembló peligrosamente sobre la bandeja. ― ¡Por favor!, ¡Quiero hablar contigo!
― Yo no ―. Vociferé en dirección a su rostro. Las personas con las que me topaba se desviaban de mi camino, evitándome como si fuese algo contagioso; mis ropas estaban desarregladas y probablemente mi cabello no lucía ordenado y pulcro como siempre. Me había soltado la corbata y olía fuertemente a alcohol; tomaría un baño y me tendería en mi cama a relajarme.
― Berwald, por favor ―. Josefina me agarró del brazo y la miré furtivamente. Solté su mano con rabia y sus lágrimas cayeron de sus ojos. ― Sólo quiero saber que hago por ti. Lo necesito, necesito que estés bien.
No pude dar crédito a lo que mis oídos recibían; ¿Estar bien? Por favor.
― Trae a Tino de vuelta y deja de perseguirme. En realidad a corto plazo, déjame en paz ―. Entré a mi habitación y di un portazo en su rostro, abandonando sus llantos desconsolados.
Mis días transcurrían entre la embriaguez y la rabia.
