¡Hola a todos! Aquí está el segundo capítulo de mi historia, espero que lo disfrutéis. Pero antes me gustaría responder a vuestros reviews.
Taishita StarkTaisho gracias por ser la primera de aquí en descubrir mi historia y molestarte en dejarme un review. Espero que este capítulo te guste tanto o más que el anterior.
Maite 123 aquí tienes las primeras batallitas de Kagome con el "nuevo mundo" xD ojalá que te gusten.
Umee-chan gracias por tu comentario, me ha subido los ánimos, en serio.
Este capítulo os lo dedico a las tres, gracias por vuestra confianza en mi fic =)
Cap. 2
— ¡No chilles, maldita sea!
— Pero… ¿cómo voy a volver a casa? —se preguntó con la voz quebrada mirando el suelo.
— Bueno, de momento ven a la mía —le dijo Inuyasha tras un incómodo silencio mirando para otro lado.
— ¿Eh? —preguntó Kagome, creyendo no haber oído bien.
— Necesitarás otra ropa para no llamar la atención aquí, y supongo que no tendrás sitio donde dormir. En mi casa tenemos una habitación libre —continuó sin mirarla en un tono que pretendía ser áspero.
— ¿De verdad? Siento ser una molestia —dijo con la cabeza gacha, aunque se le podía ver una pequeña sonrisa.
— Keh —se dio la vuelta y comenzó a caminar, siendo seguido de inmediato por la chica.
Al llegar a la entrada, Kagome vio cómo Inuyasha sacaba unas llaves y las metía en la puerta, giraba y abría. Cuando entraron, la muchacha se quedó sin habla. La casa era enorme, y muy distinta a las de su época.
— Quítate los zapatos y déjalos junto a los míos —oyó que le decía Inuyasha. Ella obedeció sin rechistar, pero se acercó a los zapatos del Inuyasha y los miró con detenimiento y suspiró. Hasta el calzado había cambiado.
— Keh, ¿se puede saber qué te pasa ahora? —preguntó Inuyasha.
— Nada, desagradable —le contestó.
— ¡Oye tú! ¡Te estoy ofreciendo un sitio donde vivir mientras que encuentras la forma de regresar, y así me lo pagas! —le recriminó él.
— ¡¿No te duelen los oídos cuando gritas tú?! ¡Te agradezco lo que estás haciendo, pero me tratas de un modo despectivo! ¿Puedo saber qué es lo que te he hecho? —le dijo ella indignada.
— Keh —fue su respuesta
Ella notó que nunca la miraba cuando hablaba, nada más que cuando iba a decirle algo desagradable. Eso le molestó aún más, así que decidió comprobarlo.
— Inuyasha —lo llamó.
— ¿Qué quieres? —preguntó él de mala gana y sin volverse a mirarla.
— ¿Ves? ¡Lo sabía! —dijo, y se aproximó a él, poniéndose delante suya — ¿Por qué no me miras cuando me hablas?
— ¿Y se puede saber por qué tengo que mirarte? —se defendió Inuyasha, pero giró de nuevo la cabeza. — Ni que fueras guapa o algo, ¿por qué querría mirar a una niña estúpida?
Kagome, al escuchar esto, bajó la cabeza. Temblaba de ira. Nunca nadie le había faltado tanto al respeto, y puede que estuviera en el futuro, puede que sin la ayuda del tal Inuyasha no sobreviviera, pero NADIE iba a insultarla y a quedarse como si nada. Levantó la cabeza decidida, le agarró dos mechones de pelo que tenía sobre los hombros y tiró de ellos, obligando así a que el chico le mirase a la cara.
— ¡Oye, no sé cómo te tratan los demás si les dices esas cosas, pero yo desde luego no te lo voy a permitir! —le gritó enfurecida.
— Ah, ¿no?, y ¿qué vas a hacer para evitarlo? —se burló con una sonrisa de superioridad.
— Tirarte del pelo hasta arrancártelo —respondió Kagome sin dejarse amedrentar.
En eso, se escuchó el ruido de una puerta abrirse, y los dos prestaron atención a la entrada. Allí se encontraba una mujer mirándolos estupefacta.
— Oh, perdón, ¿interrumpo algo? —preguntó, y sonrió de una manera muy dulce.
Los chicos se miraron y se dieron cuenta de que estaban demasiado cerca, más bien nariz con nariz, fruto de los tirones de pelo de Kagome. En sus caras se podía apreciar un leve rubor. Acto seguido, se separaron dejando entre ellos una distancia de dos metros.
— Pero, ¡¿qué dices mamá?! —preguntó Inuyasha dirigiéndose a la mujer que acababa de llegar— Además, ¿tú no tendrías que estar ahora cogiendo el avión? —volvió a preguntar con los ojos entrecerrados.
— Claro que sí, pero como he terminado antes, decidí coger el primer vuelo para darte una sorpresa, aunque veo que la sorpresa me la he llevado yo —rió la mujer— Y bien, hijo, ¿cuándo pensabas presentármela?
Kagome estaba color escarlata.
— ¡Mamá, te he dicho que no es eso! —se apresuró a corregir Inuyasha.
— ¡Ah!, así que, ¿vienes del pasado? —cuestionó la madre de Inuyasha, después de que este le hubiera explicado todo lo ocurrido.
Estaban en la mesa de la cocina, todos con una taza de té en las manos.
— No estoy segura, pero creo que sí —respondió con cierto temblor en la voz.
— Bueno, no te preocupes —dijo conciliadoramente, seguido de una sonrisa que hizo que Kagome se tranquilizara.
— Vaya, es guapísima… —pensaba la chica.
Y de verdad lo era, llevaba el pelo negro, largo hasta la cadera. Sus ojos eran dos botones de ternura, y su sonrisa le recordaba a la de su madre. Su madre… ¿Cómo estaría? ¿Y Souta? Seguro que estaban muy preocupados por ella.
— Te cuidaremos hasta que encuentres la forma de volver —siguió—Por cierto, me parece que no me he presentado, me llamo Izayoi, Izayoi Taisho.
— Encantada de conocerla —dijo Kagome inclinando la cabeza— Yo soy Kagome. Muchas gracias por acogerme y siento las molestias que les estoy causando.
— No te preocupes, esta casa es muy grande, y ya hacía falta un poco de compañía femenina aquí —dijo ignorando la mala cara que puso Inuyasha— Por cierto cielo, ¿crees que se debería quedar en el cuarto de tu hermano? —preguntó pensativa.
— Si pretendes que Sesshomaru te acabe odiando… —respondió Inuyasha dándole un sorbo al té.
— Tienes razón… bueno, entonces te quedarás en la habitación de invitados, ¿de acuerdo?
— Como usted diga —dijo Kagome.
— Kagome, llámame de tú, ¿quieres? Me siento mayor cuando alguien me dice "usted" —sonrió Izayoi.
Ella soltó una risita nerviosa.
— Como quieras.
— Así me gusta. Y dime Kagome, ¿tienes familia?
— Sí —contestó rápidamente— vivo con mi madre y con mi hermano Souta.
— ¿Y tu padre? —preguntó Inuyasha.
— Mi padre… —miró hacia abajo— mi padre murió cuando yo era pequeña.
— Oh…
Para suavizar el ambiente, Izayoi le preguntó:
— Oye, Kagome, eres muy linda, seguro que tienes novio, ¿verdad?
— ¿N-novio? —preguntó extrañada.
— Oh, lo siento, en tu época se debe de llamar de otra forma… Mmm… una pareja, alguien con el que estás saliendo —intentó hacerla entender.
— ¡¿Ehhh?! Ya te he entendido, pero… No, no tengo…- dijo Kagome sonrojándose furiosamente.
— ¿Seguro que no hay alguien por ahí? —rió divertida la madre de Inuyasha— ¿Ni te gusta ningún chico? ¿O puede ser que haya alguien interesado en ti?
Kagome se puso aún más roja si eso era posible.
— Ahhh, ¿ves? ¿Qué clase de chico es? —preguntó sonriente Izayoi.
— Pu-Pues es… es un poco más alto que yo, mmm, cas-castaño…y es mu-muy amable, pero… a mí… a mí no me gusta… —dijo Kagome torpemente.
— ¿Entonces es un amor no correspondido? Pobre chico…
Kagome soltó una pequeña risa ante aquel comentario, siendo enseguida acompañada por la mujer que tenía delante.
Inuyasha, aburrido de la conversación, miró su reloj. De pronto recordó algo.
— ¡Ahhh! —gritó y se levantó de un salto.
— ¿Qué ocurre Inuyasha? —preguntó sobresaltada su madre.
— Había quedado con Sango y Miroku a las dos, ¡y son las tres menos cuarto!
— Hijo mío, después de lo que ha pasado hoy, ¿vas a quedar con tus amigos? —preguntó con voz cansina.
— ¡Claro que sí! ¡Vamos a ir a ver "Gladiator"! —contestó como si no hubiera cosa más importante.
— Bueno, pues en ese caso, espérate que te llevo con el coche. Kagome —continuó dirigiéndose a la chica— ¿Qué te parece si vamos de compras? Tienes que vestirte como las mujeres de hoy en día, y a lo mejor te apetece ver cómo ha cambiado el mudo en todo ese tiempo.
Kagome asintió sonriendo. Le encantaba ir a comprar, y sentía curiosidad por saber qué era un coche…
Los tres salieron de la casa, y se dirigieron hacia el vehículo, que estaba aparcado frente a las escaleras del templo. Bajaron con una sorprendida Kagome, y llegaron hasta un vehículo azul marino. Izayoi indicó a Kagome que se sentara delante, causando una protesta en Inuyasha. La chica estaba algo perdida, no sabía cómo entrar, hasta que Inuyasha le abrió la puerta y le indicó que se sentara dentro, eso sí, sin mirarla.
-Vaya, este chico sí que es raro…-pensó. Vio cómo Inuyasha se sentaba en la parte trasera todavía con una leve mueca de enfado, y se ponía una cinta que iba desde el extremo de arriba del coche hasta un aparato encima de los asientos. Se fijó en que Izayoi también la tenía puesta, así que buscó para ponérsela ella también. La encontró y encajó la pieza del final en el aparato de al lado del asiento.
Izayoi, que había estado buscando la radio en su bolso, la puso en el coche. Entonces se volvió hacia Kagome diciéndole:
— Kagome, ponte el cintu… ah, ¿ya te lo has puesto? Aprendes rápido —dijo Izayoi.
Kagome sonrió como muestra de agradecimiento.
— ¿Cómo has dicho que se llama esto? —preguntó interesada señalando la cinta.
— Se llama cinturón, y el vehículo entero se llama coche. Ya sabes, es una nueva versión de los carros de tu época… —le explicó mientras arrancaba.
Kagome se asustó al escuchar el ruido del coche y las vibraciones del motor.
— ¡¿Qué es esto?! ¡¿Un terremoto?!
— Tss… —se burló Inuyasha mirando por la ventanilla.
Izayoi rió con ganas ante el comentario de la chica.
— Tranquila Kagome, eso es normal en un coche.
— Ahh… perdón… que vergüenza…
— No te preocupes, tranquila. Ha sido muy divertido, parecías estar tan asustada… —comentó divertida.
Kagome bajó la cabeza avergonzada. Izayoi la miró de reojo.
— Lo siento, no me lo tengas en cuenta, pero hacía tiempo que no escuchaba algo tan gracioso; teniendo en cuenta todas las tonterías de mi hijo…
— ¡Oye! —protestó Inuyasha desde atrás.
Siguieron en coche hasta el centro de la ciudad. La madre de Inuyasha le explicaba cosas a la chica a su lado. Esta se interesaba por cualquier nimiedad, y agradecía en silencio a Izayoi por su paciencia. Kagome estaba tan embobada mirando las calles desde la ventana, que no se percató de que paraban en una de las esquinas hasta que Inuyasha se despidió.
— ¡Hasta luego! Y mamá… suerte —rió el chico fijando su vista por un momento en Kagome.
La muchacha observó a Inuyasha que se reunía con unos chicos en la entrada de un bar, si era así como se llamaba, porque tenía tantos nombres nuevos en la cabeza que parecía que iba a explotar. Uno de ellos miró hacia el coche y, según su expresión, parecía estar sorprendido mientras observaba a Kagome. Acto seguido le dijo algo a la chica a su lado, que miró a Kagome y se puso blanca. Ella apartó la mirada mientras Izayoi movía el coche.
Estaban subiendo las escaleras del templo. Había sido una tarde increíble para Kagome, habían aparcado en el centro e Izayoi la llevó a muchas tiendas a comprar ropa. Ya había perdido la cuenta de cuantas camisetas y pantalones se había probado. Además, prácticamente había pasado el tiempo en los probadores, ya que la madre de Inuyasha se encargaba de llevarle ropa para que se la probase. Mientras caminaba por la calle no dejaba de mirar de un lado para otro, no queriendo perderse detalle de ese mundo tan nuevo y complicado. Se puso al tanto de cosas como por ejemplo qué eran las tarjetas de crédito y los aviones.
A Izayoi le vino bien esa tarde, y cuanto más tiempo pasaba con la chiquilla, más le apreciaba. Nunca había podido disfrutar de ir de compras de esa forma, ya que únicamente tenía un hijo. Rió al imaginarse la reacción de Inuyasha con solo mencionarle la idea. Miró a Kagome, que estaba a su lado pensativa.
— Kagome, la verdad, ese conjunto te queda genial, parece que lo han hecho precisamente para ti —dijo.
Kagome se miró. Los pantalones vaqueros, desgarrados por algunas zonas, le hacían las piernas más largas, y el chaleco, azul cielo con las mangas hasta el codo, estilizaban su figura ya que era algo ajustado.
La chica simplemente sonrió. Aunque la conocía desde hacía menos de un día, Izayoi se había ganado su cariño desde que le sonrió por primera vez.
— Gracias —musitó suavemente.
Cuando entraron en la casa, Izayoi le mostró su habitación, en la sala de invitados. Prepararon el futon, con sus respectivas mantas, y luego ordenaron la ropa que habían comprado en el armario de la habitación. Cuando terminaron, Kagome se dio el lujo de observar más detenidamente el cuarto. En una esquina, al lado de la ventana, había un escritorio, y justo al lado, una estantería con varios libros. Las paredes eran de un color beige claro, decoradas con varios cuadros con paisajes naturales. Kagome sonrió felizmente. Le encantaba.
— -¡Estoy en casa! —dijo Inuyasha mientras cerraba la puerta de la entrada.
— ¡Cielo, que bien que llegas para la cena! —se alegró Izayoi saliendo de la cocina— ¿Qué tal la película?
— Alucinante —contestó Inuyasha con una sonrisa.
— Me alegro —respondió ella de la misma forma—. Justo ahora íbamos a…
La señora Taisho se vio interrumpida por el sonido del timbre.
— ¿Se puede saber quién es a estas horas? —se preguntó Inuyasha en voz alta mientras abría la puerta.
Una sombra cruzó el umbral y se dirigió sin más miramientos hacia Izayoi.
— Señora Taisho, cada día está más hermosa —dijo un chico cogiéndole y besándole la mano, cuan princesa de cuento.
— Miroku, siempre tan galán —rió Izayoi.
— ¡Miroku! ¡¿Se puede saber que haces en mi casa?! —gritó el chico de cabello plateado.
El muchacho se volvió hacia su amigo. Vestía una camisa lila, a juego con sus ojos, azules-violáceos, siempre con un brillo pícaro; y unos pantalones negros ajustados. Tenía el pelo corto color negro.
— Bueno, pasábamos por aquí y…
— Venga ya, no digas tonterías, si tu casa está en la otra punta de… ¿"pasábamos"? ¿No has venido solo?
— No, no ha venido solo —se escuchó.
Todos se giraron para ver, apoyada en el marco de la puerta, a una chica de pelo castaño, recogido en una cola alta. Ojos marrones enmarcados suavemente por una sombra rosa. Llevaba una blusa de mangas caídas color rosa, unos vaqueros claros y unas botas hasta la rodilla del mismo color que el chaleco.
— ¡Sango, querida! Pasa, pasa… —la invitó muy contenta la madre de Inuyasha.
— Gracias señora Taisho. Es un placer verla, como siempre —sonrió después de cerrar la puerta y acercarse a ella.
— ¡¿Me puede decir alguien por qué estáis aquí?! —preguntó Inuyasha frustrado.
— Oh, vamos Inuyasha, no seas tan grosero —le reprendió su madre, y luego, dirigiéndose a los invitados les preguntó— ¿Queréis quedaros a cenar?
— No queremos ser una molestia… —se apresuró a decir Sango viendo las intenciones de Miroku de aceptar rotundamente.
— No es molestia, tranquila — sonrió, y se volvió para irse a la cocina.
— ¿Quiere que le ayude en algo?
— No, Sango, gracias, pero hoy ya tengo mi ayudante personal. ¿Qué tal si os llamo cuando la mesa esté preparada?
— Como quiera —contestó Miroku.
Dicho esto, Izayoi se retiró del lugar dejando a los tres amigos solos.
— ¿A qué habéis venido? Os dije que aquí no estaba Kikyô, así que dejad esa idea de lado.
Miroku suspiró.
— Por mucho que me atrajera la idea de seguirte a casa para ver si escondes a Kikyô aquí, no he venido por eso.
— Toma —le dijo Sango, buscando algo en su bolsillo y entregándoselo.
— ¡Mi cartera! —exclamó Inuyasha sorprendido mientras la cogía.
— Te la dejaste en el bar, listo —continuó su amiga en tono burlón.
— Keh —respondió dándose la vuelta y caminando hacia el salón.
— Al menos podría dar las gracias —murmuró Miroku, para después seguirlo.
Pasaron diez minutos hasta que la señora Taisho los llamó desde la cocina. Cuando entraron en esta, se percataron de que había alguien más con la mujer, y extrañamente se parecía mucho a…
— ¿Kikyô?
— No, Sango, aunque se le parezca no es Kikyô —aclaró Izayoi—. Ella es Kagome. Es la hija de una amiga mía, que se ha tenido que mudar por cuestiones de trabajo, y mientras encuentra un piso decente se quedará aquí con nosotros.
— Sí, ya entiendo por qué Inuyasha se lo tenía tan callado…
— Miroku… —advirtió su amigo con voz gutural.
Sin embargo, sin prestarle atención a Inuyasha, Miroku se adelantó dando un paso al frente y colocándose justo delante de la chica, mirándola a los ojos.
— Kagome, un bello nombre para una bella dama —cortejó tomándole la mano entre las dos suyas—. Permíteme decirte que tus ojos son las joyas más valiosas que el hombre ha debido descubrir en toda su eterna conquista. Preciosa… te gustaría… te gustaría…
Kagome estaba expectante ante la pregunta del chico. Nadie le había hecho tantos cumplidos en su vida, lo que había provocado que sus mejillas tomaran un leve color carmín.
— ¿Te gustaría… ser la madre de mis hijos?
Fin del cap. 2
Jajaja, ¿Qué os parece la pregunta final? Muy típico de Miroku, ¿verdad? Agradezco cualquier tipo de comentario (pero no os paséis que tengo un corazón sensible xD)
¡Un saludo a todos!
