Tengo que apagar el ordenador y marcharme ya, así que sólo tengo tiempo para decir que espero de todo corazón que os guste el primer capítulo de Preámbulos de Septiembre. La semana que viene más, y puede que mejor. Nos vemos, ¡un beso desde Gran Canaria!


El sustituto de Matsumoto y los admiradores inconfesos.

—Como encuentre a ese cabronazo le meto un revés que no vive para contarlo…—bufaba Kurama mientras aceleraba el paso por el jardín delantero del instituto. Su apariencia de león enjaulado no le impidió pensar con practicidad a la hora de tomar el atajo de cruzar la cafetería para llegar a su clase. Por culpa del numerito que se había marcado el Ralph Lauren de pacotilla y del anónimo de los cojones llegaba diez minutos tarde. Los de primero no disponían del margen de cinco minutos de llegada y adaptación al principio de la jornada al que tenían derecho los de segundo y tercero. Injusticias del mundo destinadas a prescribir.

A sus trece años, casi catorce como siempre se apresuraba en aclarar, Kurama Norihito era una de las personas más temperamentales que había pisado el Raimon en toda su historia. Si había entrado en el club de fútbol de calle había sido principalmente porque trasladaba ese temperamento al juego, controlándolo lo suficiente para que muchos lo definieran como un chico fuerte y ágil, casi controversista. El veredicto de Kurumada-sempai fue "pequeño pero matón".

A Kurama le caía muy bien el mayor; era uno de los que no hacían muchas preguntas o lo miraban con indecisión cuando se pillaba alguno de sus monumentales cabreos, además de Hamano. Kirino y Hayami también ponían de su parte, pero no podían evitar preguntarle al chico dónde estaba el fuego. Eran así de fáciles de preocupar.

Unos tíos legales.

— ¡Tengo que llegar, tengo que llegar, TENGO QUE LLEGAR!—Kurama salió de su trance para alegrarse la vista con Hamano, que llegaba con las gafas de aviador torcidas en su cabellera despeinada mientras avanzaba a trompicones por el sendero de gravilla intentando cerrar su mochila a rebosar de libros; cómics en su mayoría, CDs y minitablas de skate para los dedos. Había precisado las dos semanas restantes de septiembre y el mes entero de octubre a principios de curso para poder iniciar el exterminio de aquellas tablas del demonio una por una sin que Hamano se lo tomara a mal. La confianza daba asco, pero Kurama no soportaba el ruidito que hacían las ruedas sobre su mesa, la pared contigua a la ventana o cualquier superficie lisa en líneas generales.

En el fondo, muy en el fondo tenía la certeza de que Hamano poseía una fuente inagotable de minitablas, por eso conservaba la conciencia limpia cada vez que partía una a la mitad o le extirpaba tres de sus ruedas. Le hacía un favor al mundo.

—Afloja un poco tío. Se te va de las manos—lo reprendió con picardía.

— ¡Kurama! ¿Tú también ciñéndote a la puntualidad?—sonrió el chico echándose la mochila Nike negra desgastada por el uso a la espalda, cerrada a duras penas.

—Es una larga historia. Bueno, en realidad es corta, pero es muy estúpida—gruñó mientras entraba por la puerta corrediza frontal de la cafetería, no sin antes volverse un instante para inspeccionar los setos por última vez.

Si cuadraba, seguiría con la caza en el recreo, aunque el contratiempo de ni siquiera recordar la cara del chico le ponía las cosas un poco difíciles.

— ¿Una historia estúpida? —preguntó con los ojos iluminados—. ¡Cuéntamela!

—Que te la cuente Minamisawa.

El brillo en los ojos de Hamano se intensificó. Donde hubiera un sarao, ahí tenía que estar él. Ley de Vida.

— ¿Me he vuelto a perder una de vuestras épicas batallas de cartas Pokémon?

Antes de que Kurama sopesase la posibilidad de que se lo estuviera preguntando completamente en serio, uno de los colegas con los que Hamano iba a pescar o a la piscina municipal cuando Hayami conseguía escabullirse de él apareció en la esquina, efectuando una ridícula floritura para evitar chocarse con ellos de frente. Sokko los saludó rascándose en un tic el hélix de la oreja derecha, en la que tenía siete piercings negros cubriendo en fila la fosa escafoidea. Kurama se sintió un poco friki al saberse los nombres técnicos de las partes de la oreja. Le gustaba demasiado estudiar Biología.

— ¡Nos vemos!—se despidió Sokko mientras emprendía camino hacia la clase de Kirino y el Capitán. Kurama continuó caminando hacia 1º C, pero se detuvo al constatar que Hamano no lo seguía.

— ¿No eras tú el que "tenía que llegar, tenía que llegar, TENÍA QUE LLEGAR"?—preguntó con las cejas alzadas acercándose a él. Hamano estaba mirando estupefacto lo que parecía una pequeña hoja de papel cuadriculado entre sus dedos índice y corazón. La comprensión curvó los labios de Kurama en una sonrisa burlona—. No me jodas…

—Seguro que es solo una felicitación de amigos, malpensado—farfulló el mayor mientras se metía la notita en el bolsillo de sus pantalones azules de uniforme con una ligera turbación impresa en el rostro.

—JAJAJAJAJAJAJAJA, ¡no te lo crees ni tú! ¡"Feliz San Amiguín, Kaiji-kun"!—rió imitando mediocremente el timbre agudo de Sokko al tiempo que se llevaba las manos a la barriga, que empezaba a dolerle—. ¡Te lo dije! Tantas perforaciones en la oreja tenían que desembocar en esto. A lo mejor está esperando a que le perfores otra cosa.

—Ya veremos. Lo que ocurre es que la envidia te corroe porque todavía no te has comido un rosco—se defendió Hamano ante la puerta de 1º C.

— ¿No? Antes me regalaron una caja de Mik… joder, se los ha llevado el pijales—recordó con fastidio. No le bastaba con el cargamento habitual, tenía que llevarse también las pocas cosas que le regalaban a Kurama, que para colmo eran más industriales que la Coca Cola.

— ¿Qué se ha llevado Minamisawa?—preguntó Hamano con curiosidad.

—Unos Mikados que me regalaron antes—dijo desviando la mirada hacia el suelo. Al fin y al cabo, los Mikados le gustaban tal y como había afirmado anteriormente el mayor, pero no los concebía como un regalo.

Hamano lo miraba de hito en hito.

— ¿Mikados? No puede existir nadie sobre la faz de la Tierra lo bastante cutre como para regalar Mikados el día de San Valentín. No hace falta que intentes quedar bien Kurama, entiendo como debe ser el catorce de febrero de un amargado.

—Vete echándole azúcar a tus palabras, porque me los han regalado muy en serio y te las vas a tener que tragar. Y para acompañar te puedes tragar también la declaración del marica de Sokko—anda, ya había entrado a saco en el pique. Su lengua viperina era incontenible.

Hamano encajó el golpe bajo y cruzó los brazos tras la cabeza, esbozando una sonrisa gatuna.

—A lo mejor Minamisawa y tú podríais acompañarme mientras jugueteáis con tus caros y exquisitos Mikados. Si quieres que le eche azúcar a mis palabras me deberíais prestar un poco.

— ¿Nosotros? No metas al pijales en esto, surfista de cuarta.

Antes de que Hamano pudiera responder, Kurama giró resueltamente el pomo de la puerta, (que había estado a punto de caer en el olvido) dándole la espalda al chico, sin siquiera un par de toques previos considerando que encima llegaban tarde.

Que Kurama se tomara muy en serio el instituto era innegable. Pero no guardaba la misma consideración hacia los profesores.


A Kirino le gustaba el instituto. Se levantaba a duras penas por la mañana y se hacía las acostumbradas coletas de mala gana, planteándose más de una vez antes de salir de casa la posibilidad de dejarse el pelo suelto y sin peinar, cual nido de golondrinas. Intentaba estudiar diariamente, sin sobresaltos ni prisas de última hora. Le gustaba el ambiente escolar.

Pero como todo mortal tenía una debilidad: la segunda hora. Los redondos e inalterables cincuentaicinco minutos pertenecientes a la franja horaria 8:55-9:50 AM. Y es que si bien el estómago de Kirino Ranmaru aborrecía terminantemente el vaso de leche que su madre se empeñaba en hacerle beber cada mañana (y que a golpe de años de práctica conseguía dejar vacío sobre la mesa, a un metro sobre su gato Nam, que se relamía los bigotes más que satisfecho), no podía reprimir el gruñido visceral de sus tripas, que hacía su magistral aparición sobre las nueve de la mañana con exasperante precisión.

No podía desayunar nada más levantarse. El momento idóneo para ello era la segunda hora lectiva en el Raimon.

Su instinto le decía que había dos panes de leche con crema de cacao esperando a ser recibidos por su boca, en esas situaciones descortés, en el bolsillo delantero de su Rip Curl, antaño blanca. ¿Y si esperaba más que fuera al cambio de hora con la siguiente clase? Miró con fatiga el pasar de agujas del piedra reloj colgado sobre la pizarra, superviviente de la primera glaciación mundial.

Ni de coña.

Shindou lo miraba de refilón desde su sitio, delante del de Kirino. En esas circunstancias solía adoptar una posición que encubriera a su amigo, recto y pegado al respaldo de la silla, pero como muchas veces le había dicho, no aprobaba que comiera en clase. Era curioso que Kirino recordase sus deberes de capitán en medio de discusiones surrealistas como las que frecuentaban Minamisawa y Kurama y sin embargo, se negara a aceptar su autoridad en cuestiones mucho más protocolarias. La puerta abriéndose lo sacó de sus dignas reivindicaciones.

Su compañero de clase, Sokko, acababa de llegar y se dirigía a su asiento junto al Capitán sin dirigirle la palabra a nadie. Shindou le hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo, pero parecía que el chico se encontraba perdido en el séptimo cielo. Se sentó arrastrando la silla y empezó a sacar los libros. Shindou se dijo a sí mismo que solo Sokko podía saber para qué le haría falta un diccionario de inglés en una clase de Latín, y se encogió de hombros cuando algunos de sus compañeros de clase, colegas del skater, le interrogaron con la mirada, confusos. Un mal día podía tenerlo cualquiera, al fin y al cabo.

Cuando abría el estuche por inercia, a Sokko se le cayó un lápiz y Shindou se agachó a recogerlo con la esperanza de poder preguntarle si estaba bien. El chico era amigo de Hamano, y aunque su relación con él no superara la mera cordialidad construida por el compañerismo, a Shindou le caía bien. Nada más rozarlo con la punta de los dedos, el Capitán supo que algo no iba bien. En la clase se había hecho el silencio.

—Kirino Ranmaru, ¿está comiendo en clase?—preguntó su profesor de Latín, sustituto del que estaba de baja. En medio de una punzada de culpabilidad, Shindou se preguntó su nombre.

—No es verdad—contestó su amigo con la boca llena. Los colegas de Sokko rieron por lo bajo y levantaron el pulgar en dirección a Kirino.

—No es una pregunta—repuso el tutor con frialdad—. No tengo la culpa de que en su casa se vean obligados a prostituirse para comprar comida. En mi clase no se come. Si fuera tan amable de salir al pasillo, limpiarse las migas de la cara y volver a entrar se lo agradecería infinitamente.

La clase contuvo la respiración. ¿Lo que acababan de oír era real? ¿Qué clase de profesor perdía los estribos de esa manera con sus alumnos? Shindou hizo el amago de levantarse para decirle cuatro cosas (de manera moderada) a ese cínico, pero Kirino le puso una mano en el hombro, apretándole con suavidad, y salió del aula sin mirar al profesor.

Dentro de los planes de Kirino no figuraba volver a entrar a clase. No a la de ese hombre. Llevaba menos de una semana sustituyendo a Matsumoto, que había comenzado a abusar de las bajas médicas en Navidad debido a un cáncer de páncreas fulminante a sus sesenta y ocho años. Al chico le gustaba su profesor y la asignatura que enseñaba, y le preocupaba su estado. Y aunque había intentado convencerse de que su sustituto merecía una oportunidad, incluso dos, no había podido evitar que el pasmo se reflejara en sus delicadas facciones cuando le había negado su primera clase en el Raimon para ponerse de acuerdo con el resto de sus compañeros en la equitativa cantidad de dinero que aportaría cada uno para comprarle una orquídea a Matsumoto y llevársela al hospital. La ira que escalaba por su garganta eliminaba el hambre que le acuciaba momentos atrás.

En ese momento salía de los aseos para chicos, con la cara recién lavada y los ojos hinchados. Ese…ese…miserable hijo de… no podía decirlo. Seguramente la madre de aquel sujeto no tenía la culpa de haber engendrado a un monstruo, al igual que la suya no la tenía por haber sido tildada de prostituta. Era un negocio digno y respetable, pero no podía evitar sentirse humillado.

Shindou le había reprochado muchas veces que no debía comer en clase. Y en su fuero interno Kirino sabía que tenía razón, pero su estómago no dejaría de rugir por más francas que fueran sus palabras. Cierto es que algún profesor le había llamado la atención en su momento, incluso con una sonrisa que pretendía ser desaprobatoria dibujada en la cara. Y él no tenía nada que objetar al respecto. Pero esa vez se había producido un exceso.

Aumentó la velocidad de su paso mientras recordaba donde estaba el despacho del jefe de estudios. Solo había estado allí una vez, y había sido para que el susodicho le sellara su pre matrícula en el Raimon con el emblema del instituto. Esta vez, el orgullo herido en sus ojos daba pie a un motivo distinto. Quizá debería hablar con el director directamente. No tenía paciencia para que le interrogasen acerca de si había exagerado respecto a la versión que contaba y para que le recordasen de forma obvia que ese tipo de cosas eran inverosímiles en un docente.

Así pues, apuró el último tramo de las escaleras al cuarto piso, ocupado únicamente por la sala de actos y el despacho del director, cuando oyó la voz amortiguada del jefe de estudios. Se felicitó interiormente por no haber perdido el tiempo en ir a buscarle. La puerta estaba cerrada, pero la conversación era audible, así que resolvió esperar fuera. Tenía que esbozar la sonrisa más zalamera que estuviera a su alcance y mostrar la máxima educación posible si quería que lo atendieran de una manera medianamente digna. Sin embargo, no pudo evitar escuchar de qué hablaban los dos hombres. Interceptó solo un fragmento de lo que decían, pero bastó para acaparar toda su atención.

—Con el debido respeto, señor director, mi entendimiento no alcanza a entender el porqué de este cambio de planes—decía la voz titubeante del jefe de estudios, un hombre en el que la fuerza de voluntad brillaba por su ausencia.

—Que usted lo entienda no es prioritario. Entrenador Kudou, ¿son mis órdenes lo bastante claras? No me importa lo mal que le haya ido al Raimon la temporada pasada, este año es menester que nos proclamemos ganadores del Holy Road—gruñó el director con severidad.

Kirino parpadeó. ¡Habían perdido dos partidos! ¿Acaso creía el alma de cántaro que tenían por director que si fracasaban en el campo era por puro capricho?

—La intención de los chicos nunca ha sido otra que la de ganar, señor—respondió una voz monocorde, la de su entrenador. Y Kirino se alegró de que hubiera algún adulto cuerdo en ese manicomio. Era cierto que los de primero trabajaban más en el campo de fútbol que los de segundo y tercero juntos, pero él estaba seguro de que cada quien tenía un potencial limitado que debía respetarse a toda costa.

—Sabe perfectamente de lo que le hablo, Kudou. El Sector V no ha escatimado en sus amenazas, y no seré yo quien se vea las caras con ese mafioso—farfulló el director con un tono incómodo.

— ¿Realmente cree que se trata de un m-m…mafioso, señor director? ¿De los de verdad?

—No sabe cuánto desearía emplear mi tan amada ironía en lo que voy a decirle y responderle que Nazorine es un mafioso de mentira, señor subdirector—respondió sombrío su interlocutor, originando un silencio tenso que rompió el entrenador mientras salía sin más preámbulos de la estancia. Le pareció atisbar una cabellera rosácea perdiéndose tras una de las columnas que flanqueaban la entrada al salón de actos, pero le restó importancia por el momento y emprendió su camino al club de fútbol. Tenía algo vital que confirmarle a Haruna.

Kirino Ranmaru estaba tan rígido como la roca pétrea y marmórea sobre la que descansaba su espalda.

¿Entraba dentro de lo posible que el tipo sobre cuyo comportamiento venía resueltamente a dar parte hacía apenas un minuto suscitara tal pánico en las dos únicas personas a las que podía acudir?


Shindou estaba preocupado como pocas veces lo había estado. Estaba a punto de sonar la campana del recreo, tras una hora y media que se le había hecho interminable. ¿A dónde habría ido Kirino? Se había visto venir que el chico no volvería a clase de Latín, pero esto era demasiado. Para más inri, con la que se había armado no había conseguido sonsacarle nada a Sokko acerca de su inusual comportamiento. "Menudo capitán estás hecho, Shindou" suspiró mientras tamborileaba inconscientemente con los dedos sobre la superficie de su inmaculado pupitre.

Se levantó antes que nadie tras echar un rápido vistazo al viejo reloj de la clase y salió al pasillo sin su mochila Adidas, mirando a ambos lados con la esperanza de distinguir dos llameantes turquesas entre el gentío. ¡El baño de la esquina! Seguro que estaba allí. Hamano y él habían encontrado a Hayami y a Kirino leyendo una revista en el cubículo más amplio de todos antes de Navidad, mientras Kurama se dedicaba a la fructífera tarea de tirar bolas de papel con jabón al techo. En ese momento se había cabreado muchísimo. A día de hoy, Takuto Shindou ignoraba como habían conseguido aquellos tres ponerse de acuerdo para saltarse sus respectivas clases con tanta precisión, lo que recordaba con nitidez era el alivio que había experimentado al encontrarse con Hamano por el pasillo tras asegurar a Cheché que debía abandonar la clase por una "urgencia incontenible". Durante un momento, Hamano no había contribuido a calmarlo con sus aires innatos de despreocupado, pero poco después se había obligado a auto tranquilizarse.

Cuando pasó ante la escalera para entrar a los servicios, una mano tiró de él hacia el hueco de la escalera. Después de contener la respiración un instante, expulsó todo el aire existente en sus pulmones al comprobar de quien se trataba.

—Muy gracioso, Kirino Ranmaru—dijo metiéndose en su papelón de Capitán-tán—. Espero que puedas ofrecerme una buena explicación, o al menos seas lo bastante creativo para que me parezca razonable.

Kirino resopló, ciertamente divertido en medio de su pesadumbre.

—Si por creíble fuera no haría falta que me inventase nada. La realidad es bastante difícil de creer por sí misma, "Capitán Shindou"—dijo haciendo énfasis en las dos últimas palabras. El susodicho estaba pasmado.

— ¿Desde cuándo me llamas "Capitán Shindou"?

—¿Y desde cuando me llamas "Kirino Ranmaru"? ¿Te gustaría empezar a asumir el rol de, según Nazorine, la prostituta de mi madre?—dijo con retintín. Shindou se sintió incómodo de repente, al recordar el motivo de la desaparición temporal de su amigo.

—Así que Nazorine...ya decía yo que no tenía mucha pinta de japonés.

—Para nada. Resulta que el menda lerenda en cuestión es italiano.

—Tiene sentido. ¿Se lo has preguntado en alguna de vuestras charlas amistosas?—dijo Shindou aligerando un poco la irracional inquietud que suponía hablar de aquel tipo.

—Podría apostar a que existen más posibilidades de sacarme la lotería que de entablar una conversación decente con ese idiota—gruñó Kirino—.Tengo algo que contarte, Shindou—dijo bajando la voz y sentándose en el suelo, adentrándose en el hueco cuánto le permitía la inclinación de la escalera. Shindou se sentó junto a él sintiéndose un poco raro por tener que esconderse de aquella manera en un instituto tan grande.

Esperaba de corazón que su amigo de la infancia tuviera motivos para comportarse como los críos que eran cuando se conocieron en una de las muchas guarderías de la ciudad Inazuma.


—Pues vaya con estos dos… a saber dónde se han metido—comentaba Kurama con fastidio, sentado en las escaleras principales del Raimon. De vez en cuando miraba analíticamente algún grupo de chicos que paseaba por el jardín, buscando el mohín de terror o de burla en sus rostros que necesitaría para abalanzarse sobre algún pobre diablo por desplegar públicamente "injurias" hacia su persona.

—Ya los veremos en el entrenamiento, Kurama-kun. ¿Todavía estás enfadado por lo de esta mañana?—preguntó Hayami guardando una botella de agua en su mochila. Kurama soltó un bufido.

— ¿Hoy toca entrenamiento? ¡Venga ya! Si con lo estupendos que han estado los de segundo y tercero este año (sobre todo el pijales) hemos perdido toda oportunidad de ganar el Holy Road—suspiró. Y como por arte de magia, le vino algo más a la mente—. Además, hoy había quedado con ese estúpido. Dejo de estudiar una tarde para matarme a ejercicios físicos que no servirán para nada. Fantástico—escupió con desgana.

—No seas tan negativo, pequeña chita, seguro que hoy terminamos un poco antes. Después de todo, Minamisawa tiene que repartirnos un poco de alegría—dijo Hamano con ánimo. Chocolate. Ah. Kurama lo miró ignorando sabiamente el horrible mote con cara de "gracias por recordarme que hoy es San Valentín y gracias a eso he montado un número que ni Avenue Q" que el mayor decidió pasar por alto.

—Hamano, ¿quieres centrarte en mi pelo? Si lo llego a saber me hago los moños yo solo—dijo Hayami mientras le propinaba al surfista un zape en la muñeca.

—Oye, oye, que cuando me ofrecí a peinarte te dejé claro meridiano que la única experiencia que tengo en pelos la he adquirido con los del sobaco—dijo con alarde. Hayami se estremeció con asco.

— ¿Te peinas los pelos del sobaco?—preguntó despacio Kurama.

—Claro hombreeee, cada mañana me levanto tempranito para hacerme trencitas… anda que no eres tonto ni nada...

—Yo que sé de lo que estás hablando cuando dices experiencia…

—Pues es obvio, a que me los afeito—dijo hinchando el pecho. Hayami había estado intentando recuperar delicadamente el elástico negro con el que su Llongueras particular le estaba masacrando la melena lisa, sin éxito—. Tché, ¡te dije que te peinaba y eso haré como que me llamo Kaiji Hamano!

— ¿Vas a cambiarte el nombre, bolita peluda?—cacareó Kurama.

—Anda y que te den, enanito del bosque… seguro que a ti aún no te han salido pelos ni ahí abajo.

—Vaya, vaya, con que eres el típico que monta una escena cuando le sale un pelo en el pecho, ¿eh machote?

—Para escenas la que montaste tú esta mañana.

—Serás gilipoll…

Pero todos tuvieron que conformarse con intuir lo que era Hamano, porque en ese momento y como mentado por el diablo, llegaba Minamisawa Atsushi con contoneos gráciles, seguido por todo su enjambre de fieles. Amagi, Kurumada y Sangoku cerraban la procesión parodiando de manera exagerada los andares de su colega y portando lo que tenía toda la pinta de ser la larga cola de un vestido de bodas imaginario. Kurama se levantó sin mirarle para bajar las escaleras con disimulo. Le parecía haber visto un sarantontón posado en la hoja de una margarita, a unos quinientos metros de la escalera. Pero no funcionó.

— ¡Minamisawa, dice Kurama que le devuelvas los Mikados!—gritó Hamano poniendo las manos morenas alrededor de su boca a modo de altavoz. "Serás GILIPOLLAS". Debería habérselo gritado en toda su puta cara de intento modernillo de surfista. Pero Kurama Norihito poseía un vocabulario exquisito y moderado que le impedía pronunciar tales barbaridades.

El aludido se sentó junto a Hayami, y tras alabar socarronamente el moño medio deshecho del chico y preguntar por Shindou sin esperar respuesta alguna en realidad, prosiguió con su plan de "tengamos paz con Kurama-kun".

— ¿No tuviste suficiente con el de antes, Kurama-kun?—preguntó Minamisawa con una voz que pretendía ser encantadora.

—Si te refieres a si no tuve suficiente con el de antes para echar la papilla, sí tuve—dijo con tranquilidad. Algunas chicas suspiraron, enternecidas por el amor que aquellos dos se profesaban.

—Siento ser demasiado perfecto para ti, Kurama-kun. Es obvio que soy como un faisán en salsa de naranja; solo pueden apreciarme los más finos paladares—suspiró con gestos de dolencia colocándose el pelo. Kurama lo miró de hito en hito.

—No, venga…ahora en serio… ¿de dónde sacas esas gansadas? ¿Vas a decirme que se te ocurren a ti solo?

—Tengo una musa que me inspira, ya sabes, cosas de la aristocracia—Kurama estaba a punto de tirarse de los pelos cuando un familiar paquete de Mikados impactó contra su frente. Una horrible sonrisa afeó su rostro.

—Bien, pijales. Muy bien, tú lo has querido. Sí quieres paz, abre los brazos.

Minamisawa sonrió.

—Y si quieres guerra, abre el c…

— ¡Hamano!

Las palabras del chico se perdieron en medio del timbre que marcaba el final del recreo. Kurama decidió masajearse las sienes y canalizar la energía negativa que bullía en su interior poniendo a parir junto con Minamisawa al entrenamiento que tendrían esa misma tarde. También se dedicó a meterse con lo que a sus ojos eran escasas habilidades para jugar al fútbol, que el otro rebatía con su suficiencia habitual. Sin duda, hacían un buen equipo cuando despotricaban contra una causa. Pero eran incapaces de ponerse de acuerdo para apoyar una.

Unos pasos tras ellos, Hayami metía la mano izquierda en el bolsillo lateral del pantalón.

—Sólo te he preguntado cómo te lo has hecho—repuso Hamano con cautela.

—Y yo te he respondido que te lo cuento luego.

Acto seguido le explicó un sencillo plan relacionado con una conversación pendiente, un baño de colegio y una llamada telefónica que nunca llegaría a ser una verdad. Hamano podía ser muchas cosas, pero comprendió que había llegado el momento. Uno para el cual no estaba preparado.


Un respetado y disciplinado capitán se encontraba mirando con sequedad al chico sentado tras él. La profesora Tomizawa tardaba en llegar a la clase de inglés.

— ¿Estás completamente seguro de haber oído la palabra "mafioso"? Eh, gracias—respondió algo cohibido a una chica que jamás había visto en vida, y que en ese momento le tendía una bolsita de lino con bombones caseros.

Kirino resopló con impaciencia.

—Estoy tan seguro de haberla oído como que mi pelo es rosa natural.

—Respecto a eso aún tengo mis dudas. El otro día Minamisawa me expuso una teoría detallada y argumentada sobre los efectos del agua oxigenada en el cabello pelirrojo. Ah…qué detalle—masculló avergonzado a Akane Yamana, una compañera de clase. En sus manos temblorosas llevaba un paquete circular que rezaba "Para Shin-sama." Antes de que Kirino le soltase enfadado que el pelo de Minamisawa era menos natural que la nariz de Belén Esteban, la chica sacó una cámara Nikon y huyó al pasillo, dejando a su querido Shin-sama cegado por un alud de flashes. Kirino sonreía con malicia.

—Shindou, ¿sabes que las pupilas se contraen y se agrandan en función de la luz a la que se exponen? Cuando estás a oscuras, la pupila ocupa casi la totalidad del iris, pero cuando enciendes la luz, se contrae.

— ¿En serio? Entonces creo que Akane me acaba de dejar sin pupilas—gimió frotándose los ojos con el dorso de la mano—. ¿Quién te cuenta esas cosas?

—Kurama—respondió Kirino con simpleza mientras hacía girar entre sus dedos un coletero marrón—. Hablando en serio, Shindou, ¿deberíamos contárselo a los demás?

— ¿Lo de las pupilas?—repuso el shockeado capitán. Kirino lo miró con fijeza antes de romper a reír con descontrol. Shindou pensó que parecía la risa de un bebé. Sokko, sentado a un metro de distancia, salió de sus cavilaciones un momento y volvió a bajar la vista.

—Shindou… despierta porfa. Me refiero a lo de Nazorine—aclaró bajando la voz. Shindou salió de su trance y la seriedad volvió a adueñarse de sus rasgos.

—No lo sé Kirino. Igual es el típico epíteto que empleas para hablar de alguien con quien no simpatizas—sugirió rascándose la barbilla con el pulgar—Es como cuando Kurama habla de Minamisawa llamándole Rokefeller o Millonetis.

—Lo llama así porque es lo que es. No me irás a decir que Minamisawa vive bajo un puente y pasa hambre. Y además, Kurama y Minamisawa no se llevan mal.

—Tampoco se llevan precisamente bien. Mira, hagamos una cosa. Sé que estás enfadado por la que te ha armado este…Nazi…Naro…

—Narizón. Ese será su nombre a partir de ahora—Shindou sonrió.

—Como prefieras. Sé que estás enfadado. Si antes de que termine la semana vuelve a las andadas se lo contamos al resto, ¿trato?—propuso el Capitán. Al ver que Kirino no parecía del todo convencido con la idea hizo un gesto impropio de él: alzó el meñique de la mano derecha, blandiéndola ante el rostro estupefacto de su amigo—. Venga Kirino, es lo que siempre me haces hacer tú—dijo como excusándose.

—Pinkie promise entonces—dijo Kirino con complicidad mientras entrelazaban sus dedos.

—Kirino-kun, ¿podemos hablar un momento?—soltó Sokko de repente. Se rascaba detrás de la oreja, hurgando en la piel circundante a sus innumerables piercings con gesto ausente. Kirino lo miró. Era uno de los amigos de Hamano, y el chico sabía que tenía otro piercing insertado en el músculo que había encima de los incisivos porque siempre lo saludaba con una sonrisa.

—Claro, dime—Sokko dirigió una mirada fugaz a Shindou, que no se molestaba en disimular su desconcierto.

—No es por hacerte un feo tío, pero preferiría hablar con Kirino a solas—se disculpó atropelladamente ante el Capitán del Raimon. La luz cegadora de los fluorescentes otorgaba cierta tirantez a su piel tostada por el sol que se ocultaba en el horizonte de las playas japonesas que Sokko frecuentaba cada fin de semana que podía. Shindou hizo un ademán para restarle importancia. El defensa salió resueltamente de clase por segunda vez ese día, siendo seguido por el otro chico. El eco de la puerta al cerrarse retumbó amplificado en los oídos de Shindou, que miraba fijamente un punto en la madera marcada por huellas de deportivas y chicles de fresa que escapaba al límite del aula escolar.


— ¿No vas a contarme a mí (que soy tu segundo mejor amigo) lo que ponía en esa notita amorosa?—picaba Kurama en voz baja a su colega con pintas de hippie a lo Verano Azul. La pizarra se llenaba a una velocidad escalofriante de fórmulas aplicables a las derivadas que comenzarían a tomarse en serio durante la siguiente clase. Hayami lo apuntaba todo incorporándose de tanto en tanto para ver por encima de las cabezas de sus compañeros. Kurama solía prestar una atención especial a esa asignatura en particular, pero ese día había decidido tomarse un respiro. Podría haber sido evitable, pero Hamano tenía que ir asumiendo las consecuencias de ponerse en modo megáfono cada vez que le salía de los santos cojones.

Hamano chasqueó la lengua con desaprobación.

—Ya te he dicho que no se me ha declarado. No a mí—aclaró tras un instante de silencio interrumpido por una voz lejana que recalcaba la diferencia entre el signo más y el signo menos existente en las derivadas del producto y la división.

—Ya, es una pena que tenga que recurrir a mis métodos detectivescos para sonsacarte una información tan pueril—suspiró mientras bajaba la mirada a su cuaderno. Hamano supo que era demasiado tarde para preguntarse cómo diablos había conseguido Kurama extraer la nota de Sokko de su vestimenta en cuanto vio la mueca de pasmo que se instaló en su rostro durante casi un minuto. Finalmente, cuando se la hubo quitado y Hayami se detuvo a mirarlos en la pausa que su tutora, Rafi (presidenta del AMPAS del Raimon y graduada en Ciencias del Mar entre otras cosas) empleaba en borrar la superficie metamórfica que había cubierto de tiza blanca y roja, Kurama musitó con el espectro de una risa revoloteando en sus facciones—. No puede ser. Es demasiado bueno para ser cierto.