CAPÍTULO 2..
"En el que Sophie debe salir a buscar fortuna"
—¿QUÉ? —preguntó Sophie mirando fijamente a la chica sentada en el taburete
frente a ella. Era igualita a Lettie. Llevaba el segundo mejor vestido azul de Lettie, de
un azul maravilloso que le sentaba muy bien, y tenía el pelo oscuro y los ojos azules
de Lettie.
—Soy Martha —repitió su hermana—. ¿A quién pillaste cortando en pedazos las
calzas de seda de Lettie? Yo no se lo dije a nadie. ¿Y tú?
—Tampoco —dijo Sophie, totalmente atónita. Ahora veía que era Martha.
Distinguía esa inclinación de cabeza tan suya aunque la cara fuera de Lettie, y tenía
las manos entrelazadas sobre las rodillas haciendo molinillos con los pulgares, como
hacía siempre Martha—. ¿Por qué?
—Me aterrorizaba pensar que podrías venir a verme —dijo Martha—, porque
sabía que tendría que contártelo. Y ahora es un alivio. Prométeme que no se lo dirás
a nadie. Y sé que si lo prometes no lo dirás, porque eres muy honrada.
—Te lo prometo —dijo Sophie—. Pero ¿por qué? ¿Y cómo?
—Lettie y yo nos pusimos de acuerdo —dijo Martha, haciendo molinetes con los
pulgares—, porque Lettie quería aprender brujería y yo no. Ella tiene muy buena
cabeza, y quiere labrarse un futuro donde pueda utilizarla. ¡Pero a ver quién le dice
eso a mamá! ¡Está demasiado celosa de Lettie como para admitir siquiera que es
lista!
Sophie no creía que Fanny fuera así, pero lo dejó pasar.
—¿Y tú?
—Cómete el pastel —siguió Martha—. Está bueno. Sí, yo también puedo ser lista.
Con solo dos semanas en casa de la señora Fairfax encontré el conjuro que estamos
usando. Me levantaba por la noche para leer sus libros en secreto y fue muy fácil.
Luego le pregunté si podía visitar a mi familia y me dijo que sí. Es un cielo. Creyó
que tenía morriña. Así que vine con el conjuro y Lettie volvió con la señora Fairfax
haciéndose pasar por mí. Lo más difícil fue la primera semana, cuando no sabía
todas las cosas que se suponía que ya me habían enseñado. Fue horrible. Pero
descubrí que le caigo bien a la gente. ¿Sabes? Funciona cuando a ti también te caen
bien los demás, y todo salió bien. Y la señora Fairfax no ha despedido a Lettie, así
que supongo que ella también se las habrá arreglado.
Sophie masticó el pastel que no estaba disfrutando.
—Pero, ¿por qué lo has hecho?
Martha se balanceó en el taburete, con una gran sonrisa sobre la cara de Lettie,
haciendo girar los pulgares de contento.
—Quiero casarme y tener diez hijos.
—¡Eres demasiado joven! —exclamó Sophie.
—Es verdad —admitió Martha—. Pero comprenderás que tengo que empezar
bastante pronto si quiero tener diez. Y así tendré tiempo de ver si la persona que
quiero me quiere por mí misma. El conjuro irá desapareciendo poco a poco, y cada
vez seré más yo misma.
Sophie estaba tan maravillada que se terminó el pastel sin darse cuenta de qué
clase de pastel era.
—¿Y por qué diez hijos?
—Porque esos son los que quiero —respondió Marcha.
—¡No tenía ni idea!
—Bueno, no tenía mucho sentido contártelo porque tú siempre le dabas la razón
a mamá sobre que yo tenía que hacer fortuna —dijo Martha—. Creíste que mamá lo
decía en serio. Y yo también, hasta que papá murió y vi que lo único que quería era
librarse de nosotras: colocó a Lettie donde conocería a muchos hombres y se casaría
pronto, y a mí me mandó lo más lejos que pudo. Estaba tan enfadada que pensé que
valía la pena intentarlo. Hablé con Lettie y, como ella estaba igual de enfadada, nos
pusimos de acuerdo. Ahora estamos satisfechas. Pero las dos nos sentimos mal por ti.
Eres demasiado lista y buena para pasarte el resto de tu vida encerrada en esa tienda.
Hemos hablado de ello, pero no sabemos qué hacer.
—Estoy bien —protestó Sophie—. Tan solo es un poco aburrido.
—¿Que estás bien? —exclamó Martha—. Sí, claro, y por eso no has venido a
verme durante meses y cuando por fin apareces es con un horrible vestido gris y con
ese chal. ¡Parece que hasta yo te doy miedo! ¿Qué te ha hecho mamá?
—Nada —dijo Sophie incómoda—. Hemos estado muy ocupadas. No hables así
de Fanny, Martha. Es tu madre.
—Sí, y yo me parezco a ella lo bastante para entenderla —replicó Martha—. Por
eso me mandó tan lejos, o al menos lo intentó. Mamá sabe que para explotar a
alguien no hace falta portarse mal con él. Ella sabe lo obediente que eres. Sabe que
tienes esa idea metida en la cabeza de que vas a ser un fracaso por ser la mayor. Y te
ha manejado perfectamente y ha conseguido que trabajes como una esclava para ella.
Seguro que ni siquiera te paga.
—Todavía soy aprendiza —protestó Sophie.
—Y yo también, pero recibo un salario. Los Cesari saben que lo valgo —dijo
Martha—. La sombrerería está ganando una fortuna, Sophie. ¡Y todo gracias a ti! Tú
hiciste el sombrero verde con el que la mujer del alcalde parece una colegiala, ¿a que sí?
—El verde manzana. Yo lo adorné —dijo Sophie.
—Y el bonete que llevaba Jane Ferrier cuando conoció a aquel noble —continuó
Martha—. Eres un genio con los sombreros y la ropa, Sophie. ¡Y mamá lo sabe!
Sellaste tu futuro cuando le hiciste aquel vestido a Lettie para la fiesta del año
pasado. Y ahora eres tú quien gana el dinero mientras ella se divierte por ahí.
—Ella hace las compras —dijo Sophie.
—¡Las compras! —gritó Martha. Sus pulgares giraban enfurecidos—. Eso lo
liquida en media mañana. La he visto, Sophie. Y he oído los rumores. ¡Anda por ahí
en un carruaje alquilado y con ropa nueva gracias a lo que ganas tú, y visita todas las
mansiones del valle! Dice que va comprar esa casa tan grande en Vale End y
establecerse a lo grande. ¿Y qué haces tú?
—Bueno, Fanny se merece disfrutar un poco después de todo lo que ha trabajado
para criarnos a las tres —dijo Sophie—. Supongo que yo heredaré la tienda.
—¡Menudo destino! —exclamó Martha—. Oye...
Pero en ese momento en el otro extremo de la habitación estaban retirando dos
rejillas vacías y un aprendiz consiguió asomar la cabeza entre ellas.
—Me pareció oír tu voz, Lettie —dijo, sonriendo con un aire de lo más amistoso y
galante—. Acaba de salir otra hornada. Díselo a todos —su cabeza, cubierta por
cabello rizado y un tanto harinoso, volvió a desaparecer. A Sophie le pareció un
muchacho simpático. Estaba deseando preguntar si era el que a Martha le gustaba de
verdad, pero no tuvo ocasión. Martha se levantó a toda prisa sin dejar de hablar.
—Tengo que decirle a las chicas que saquen esto a la tienda. Ayúdame con esta
—dijo arrastrando la bandeja más cercana. Sophie la ayudó a llevarla hasta la tienda,
ruidosa y llena de actividad—. Tienes que hacer algo por ti misma, Sophie
—continuó Martha mientras avanzaban—. Lettie no dejaba de repetir que no sabía
que pasaría contigo cuando no estuviéramos nosotras para darte un poco de
confianza en ti misma. Y tenía razón en preocuparse.
En la tienda, la señora Cesari tomó la bandeja en sus enormes brazos, gritando
instrucciones, y una hilera de ayudantes pasó corriendo junto a Martha para recoger
las demás. Sophie se despidió a voces y se deslizó entre el tumulto. No le parecía
apropiado quitarle más tiempo a Martha. Además, quería estar a solas para pensar.
Se fue a casa corriendo. Desde el prado donde se encontraba la Feria, junto al río,
estaban lanzando fuegos artificiales que competían con los relámpagos azules del
castillo de Howl. Sophie se sintió más desvalida que nunca.
Durante toda la semana siguiente no dejó de pensar y pensar, y lo único que
consiguió fue sentirse confundida y descontenta. Las cosas no parecían ser como ella
creía, listaba asombrada por lo que habían hecho Lettie y Martha. Durante muchos
años las había mal interpretado. Pero no podía creer que Fanny fuera el tipo de
mujer que decía su hermana.
Tuvo mucho tiempo para pensar porque, aunque Bessie se marchó para casarse y
Sophie estaba casi siempre sola en la tienda, Fanny parecía pasar mucho tiempo
fuera, divirtiéndose o no, y el negocio se tranquilizó después de las fiestas. Tres días
más tarde, Sophie se atrevió a preguntarle a Fanny:
—¿No debería ganar un sueldo?
—¡Claro que sí, cariño, con todo lo que haces! —respondió l:anny cariñosamente,
colocando un sombrero rosa en el escaparate—. Me encargaré de eso en cuanto haya
hecho las cuentas esta noche.
Y entonces salió y no regresó hasta que Sophie ya había cerrado la tienda y se
había llevado a casa los sombreros del día para adornarlos.
Al principio Sophie se sintió mal por haber hecho caso a Martha, pero cuando
Fanny no mencionó su sueldo ni aquella noche ni en toda la semana, empezó a
pensar que Martha tenía razón.
—A lo mejor me está explotando —le dijo a un sombrero que estaba adorando
con seda roja y un ramillete de cerezas de cera—, pero alguien tiene que hacer estas
cosas, o no habría sombreros para vender.
Terminó el sombrero y estaba mirando uno blanco y negro, muy elegante,
cuando se le ocurrió otra cosa:
—¿Acaso importa que no haya sombreros para vender? —le preguntó. Miró a su
alrededor, a los sombreros colocados en sus hormas o esperando en un montón a
que ella los adornara—. ¿Para qué servís, vamos a ver? —les preguntó—. A mí desde
luego no me estáis sirviendo para nada bueno.
Y a punto estuvo de salir de casa a buscar fortuna, cuando recordó que era la
hermana mayor y que no valía la pena. Volvió a tomar el sombrero con un suspiro.
A la mañana siguiente todavía seguía descontenta, sola en la tienda, cuando una
joven de aspecto ordinario entró hecha una fiera, haciendo girar un bonete color
champiñón que sujetaba por los lazos.
—¡Mira esto! —exclamó la joven—. Me dijiste que era el mismo bonete que
llevaba Jane Ferrier cuando conoció al conde. Y era mentira. ¡No me ha ocurrido
nada de nada!
—No me extraña —dijo Sophie, sin poder contenerse—. Si eres tan tonta como
para llevar ese bonete con esa cara, es que no tienes seso ni para distinguir al
mismísimo Rey si apareciera por aquí. Eso si no se convirtiese en piedra nada más
verte, claro.
La clienta le lanzó una mirada asesina. Luego le arrojó el bonete y salió de la
tienda. Sophie lo metió con cuidado en la papelera, jadeando. Según decían las
reglas, el que pierde los nervios, pierde un cliente. Y acababa de demostrar que era
cierto. Lo que más le preocupó fue darse cuenta de cómo había disfrutado.
Sophie no tuvo tiempo de recuperarse. Se oyó el sonido de las ruedas y los cascos
de un caballo y un carruaje oscureció el escaparate. La campana de la tienda
repiqueteó y entró la clienta más elegante que había visto nunca, con un chal color
arena sobre los hombros y un traje negro en el que centelleaban diamantes. Los ojos
de Sophie se dirigieron en primer lugar hacia el ancho sombrero de la señora, que
tenía auténticas plumas de avestruz teñidas para reflejar los rosas, verdes y azules
que refulgían en los diamantes, y seguía pareciendo negro al mismo tiempo. Aquel
sombrero era muy caro. El rostro de la dama era de una belleza minuciosa. El pelo
castaño le hacía parecer joven, pero... Los ojos de Sophie se posaron en el joven que
la había seguido. Tenía un rostro ligeramente impreciso y el pelo rojizo, iba bastante
bien vestido pero estaba pálido y obviamente disgustado. Miró a Sophie con una
especie de horror suplicante. Era más joven que la señora. Sophie estaba confundida.
—¿La señora Hatter? —preguntó la dama con voz musical pero autoritaria.
—Sí, soy yo —contestó Sophie. El hombre parecía más turbado que nunca. Tal
vez la señora fuese su madre.
—He oído que hace unos sombreros maravillosos —dijo la señora—.
Muéstremelos.
Sophie no se creía capaz de contestar con el humor en que estaba. Fue a la
trastienda para sacar sombreros. No había ninguno de la categoría de aquella dama,
pero notó que el hombre la seguía con la mirada y aquello le puso nerviosa. Cuanto
antes descubriera la señora que aquellos sombreros no eran adecuados para ella,
antes se marcharía la extraña pareja. Así que siguió el consejo de Fanny y sacó
primero los que menos la favorecerían.
La señora los rechazó de inmediato.
—Encantador —le dijo al bonete rosa—. Juventud —comentó sobre el verde
manzana. Para el que tenía velos y brillos, añadió—: Aire misterioso, qué obviedad.
¿Qué más tiene?
Sophie sacó el sombrero más elegante, en blanco y negro, que era el único que
podría remotamente interesarle. Ella lo miró con desprecio.
—Este no vale de nada a nadie. Me está haciendo usted perder el tiempo, señora
Hatter.
—Solo porque ha entrado usted en la tienda y ha pedido un sombrero —dijo
Sophie. Detrás de la señora, el hombre abrió la boca y pareció intentar prevenirla por
señas—. No somos más que una tienda pequeña en una ciudad pequeña. ¿Por qué se
ha molestado en entrar? —terminó Sophie, preguntándose qué estaba ocurriendo.
—Siempre me molesto cuando alguien trata de oponerse a la bruja del Páramo
—dijo la dama—. He oído hablar de usted, señora Hatter, y no aprecio ni su
competencia ni su actitud. He venido a pararle los pies. Eso es —extendió la mano
con un movimiento descuidado hacia el rostro de Sophie.
—¿Quiere decir que es usted la bruja del Páramo? —tembló Sophie. Le pareció
que la voz le había cambiado del miedo y el asombro.
—Lo soy —dijo la dama—. Y a ver si esto le enseña a no entrometerse con cosas
que me pertenecen.
—No creo que yo haya hecho algo así. Debe de haber algún error —gimió Sophie.
El hombre la estaba mirando completamente horrorizado, aunque ella no sabía por
qué.
—No es ningún error, señora Hatter —dijo la bruja—. Vamos, Gastón —se dio la
vuelta y avanzó hasta la puerta de la tienda. Mientras el hombre la abría servilmente,
la bruja se dio la vuelta y le dijo a Sophie—: Por cierto, no podrás decirle a nadie que
estás bajo los efectos de un conjuro —dijo. La puerta de la tienda se dobló tras ella
como una campana fúnebre.
Sophie se llevó las manos a la cara, preguntándose qué habría visto el hombre. Y
palpó arrugas suaves y curtidas por el sol. Se miró las manos y también estaban
arrugadas, y muy delgadas, con grandes venas en el dorso y nudillos huesudos. Se
levantó las faldas y bajó la vista hasta los delgados y decrépitos tobillos y unos pies
que habían deformado los zapatos. Eran las piernas de una persona de unos noventa
años y parecían ser de verdad.
Sophie se acercó al espejo y descubrió que cojeaba. El rostro del espejo estaba
bastante tranquilo, porque encontró lo que esperaba ver: el rostro de una anciana
enjuta, demacrada y morena, rodeado de un halo de escaso pelo blanco. Sus propios
ojos, amarillentos y acuosos, la miraron con expresión trágica.
—No te preocupes, viejita —le dijo Sophie a la imagen—. Pareces estar muy sana.
Además, esta cara se corresponde mejor con tu estado de ánimo.
Pensó en su situación con bastante calma. Todo parecía haberse vuelto tranquilo
y distante. Ni siquiera estaba especialmente enfadada con la bruja del Páramo.
—Bueno, claro que tendré que ocuparme de ella en cuanto tenga oportunidad
—se dijo—, pero mientras tanto, si Lettie y Martha pueden soportar ser otra, yo
también puedo aguantarlo. Lo que no puedo hacer es quedarme aquí. A Fanny le
daría un ataque. A ver. Este traje gris es apropiado, pero necesito el chal y algo de
comida.
Avanzó cojeando hasta la puerta y colocó con cuidado el cartel de CERRADO.
Las articulaciones le crujían al moverse. Tenía que caminar despacio e inclinada
hacia delante. Pero descubrió aliviada que era una anciana fuerte. No se sentía débil
o enferma, solo agarrotada. Fue a recoger su chal y se lo colocó por encima de la
cabeza, como hacían las señoras mayores. Luego recorrió lentamente la casa y
recogió su bolsa con unas cuantas monedas y un hatillo con pan y queso. Salió de la
casa, escondió la llave con cuidado en el sitio de siempre y se alejó calle abajo
cojeando, sorprendida por lo tranquila que se sentía.
Dudó si despedirse de Martha, pero no le gustó la idea de que no la reconociera.
Era mejor marcharse sin más. Decidió que escribiría a sus dos hermanas cuando
llegara a donde fuera y siguió andando, atravesando el prado donde había estado la
feria, cruzando un puente y recorriendo senderos. Era un día cálido de primavera.
Sophie descubrió que ser un vejestorio no le impedía disfrutar de los colores y
aromas de mayo en los setos del camino, aunque tenía la vista un poco nublada. Le
empezó a doler la espalda. Avanzaba a buen paso, pero necesitaba un bastón. Iba
mirando a los lados, por si veía algún palo suelto.
Su vista no era tan buena como antes. Le pareció ver un palo, a una distancia de
una milla más o menos, pero cuando tiró de él resultó ser el extremo de un
espantapájaros que alguien había arrojado al seto. Sophie lo colocó de pie. La cara
era un nabo arrugado. Sophie se compadeció de él. En lugar de hacerlo pedazos y
quedarse con el palo, lo colocó entre dos ramas del seto de forma que se cernía
amenazadora sobre los espinos. Sophie lo enderezó y las mangas hechas jirones
ondearon sobre los palos.
—Ya está —dijo, y su propia voz ronca la sorprendió tanto que se rió con una
carcajada seca—. Ninguno de los dos servimos para mucho, ¿verdad, amigo? Tal vez
consigas volver a tu campo si te dejo aquí donde la gente te pueda ver —siguió
adelante por el sendero, pero se le ocurrió algo y se dio la vuelta—. Si no estuviera
condenada al fracaso por mi posición en la familia —le dijo al espantapájaros—,
podrías convertirte en un ser vivo y ayudarme a hacer fortuna. Pero de todas formas
te deseo suerte.
Volvió a reírse por lo bajo mientras continuaba. Tal vez estuviera un poco loca,
pero eso era normal en las ancianas de su edad.
Alrededor de una hora más tarde encontró un palo cuando se sentó a descansar y
a comer el pan y el queso. Oyó ruidos que venían del seto, a su espalda, pequeños
gemidos ahogados, seguidos de tirones que hicieron volar pétalos de los arbustos.
Sophie se incorporó sobre sus huesudas rodillas para escudriñar entre las hojas,
flores y espinas, y descubrió que allí dentro, en el interior del seto, había un perro
gris y delgaducho. Estaba atrapado sin remedio con un palo grueso que de alguna
forma se había enredado con una cuerda que el perro tenía atada alrededor del
cuello. El palo se había enganchado entre dos ramas del seto, de forma que el animal
apenas podía moverse. Al ver la cara de Sophie, miró de un lado a otro despavorido.
De niña, a Sophie le daban miedo todos los perros. Incluso a su edad se alarmó al
ver las dos hileras de colmillos relucientes en las mandíbulas abiertas de aquel
animal. Pero se dijo a sí misma: «Tal y como estoy ahora, casi no merece la pena
preocuparse», y buscó las tijeras en la bolsa de costura. Cuando las encontró, metió
la mano entre las ramas y se puso a cortar la cuerda que el perro tenía alrededor del
cuello.
El perro era totalmente salvaje. Intentó alejarse de ella y gruñó. Pero Sophie
siguió cortando con valentía.
—Te vas a morir de hambre o a asfixiarte —le dijo al perro con voz cascada—, a
menos que me dejes que te suelte. De hecho, me parece que han intentado
estrangularte. A lo mejor por eso eres tan fiero.
Le habían atado la cuerda con fuerza alrededor del cuello, y el palo había servido
para retorcerla con maldad. Sophie tuvo que esforzarse mucho para conseguir cortar
la cuerda y que el perro pudiera salir por debajo del palo.
—¿Quieres un poco de pan con queso? —le preguntó Sophie. Pero el perro le
gruñó, se abrió paso hacia el lado opuesto del seto y se alejó—. ¡Qué ingrato!
—exclamó frotándose los brazos arañados—. Pero me has dejado un regalo sin
quererlo.
Sacó el palo que había tenido el perro atrapado en el seto y descubrió que era un
bastón bien torneado con la punta de metal. Sophie terminó el pan y el queso y se
puso de nuevo en camino. El sendero se fue haciendo cada vez más empinado y el
bastón le sirvió de gran ayuda. También le servía de compañero de conversación. Al
fin y al cabo, las personas mayores suelen hablar solas.
—Ya van dos encuentros —dijo—, y ni rastro de gratitud mágica en ninguno de
los dos. De todas formas, eres un buen bastón. No me quejo. Pero estoy segura de
que me aguarda un tercer encuentro, mágico o no. Es más, insisto en que tiene que
haberlo. Me pregunto qué será.
El tercer encuentro llegó hacia el final de la tarde. Cuando Sophie había
avanzado hasta la parte alta de las colinas, un campesino se acercó hacia ella
silbando por el sendero. Sophie pensó que sería un pastor, que volvía a casa tras
cuidar de sus ovejas. Era un hombre joven muy apuesto, de unos cuarenta años más
o menos.
—¡Dios mío! —se dijo Sophie—. Esta mañana me habría parecido un hombre
mayor. ¡Cómo lo cambia todo el punto de vista!
Cuando el hombre vio a Sophie murmurando para sí, se apartó con cuidado
hacia el otro lado del sendero y la saludó con gran amabilidad.
—¡Buenas tardes, madre! ¿Hacia dónde va?
—¿Madre? —dijo Sophie—. ¡Yo no soy tu madre, joven!
—Era solo una forma de hablar —dijo el pastor, apartándose lentamente hacia el
seto del otro lado—. Solo le he preguntado por educación, al verla caminar por las
colinas a esta hora de la tarde. No volverá a Upper Folding antes de que anochezca,
¿verdad?
Sophie no se había parado a pensarlo. Se detuvo y lo consideró.
—Lo cierto es que no importa —dijo, a medias para sí misma—. No se puede ser
escrupuloso cuando se sale a buscar fortuna.
—¿De verdad, madre? —dijo el pastor. Ya había dejado atrás a Sophie y pareció
sentirse más tranquilo—. Entonces le deseo buena suerte, siempre que su fortuna no
tenga nada que ver con hechizar el ganado de los demás.
Y avanzó sendero abajo a grandes zancadas, casi corriendo.
Sophie lo miró indignado.
—¡Me ha tomado por una bruja! —le dijo a su bastón.
Le dieron ganas de asustar al pastor gritando cosas desagradables, pero le
pareció una maldad. Siguió avanzando cuesta arriba, refunfuñando. Al poco tiempo
llegó a las tierras altas cubiertas de brezos, donde los setos de ambos lados del camino
habían desaparecido. A lo lejos se veían pendientes cubiertas de hierba
amarilla que se agitaba con el viento. Sophie siguió adelante con determinación. Para
entonces le dolían los pies viejos y nudosos, la espalda y las rodillas. Estaba tan
cansada que no podía ni murmurar, pero siguió adelante, jadeando, hasta que el sol
se acercó al horizonte. Y de repente comprendió que no podía dar un paso más.
Se dejó caer sobre una piedra junto al camino, preguntándose qué hacer.
—¡La única fortuna en la que puedo pensar ahora mismo es una silla cómoda!
—exclamó.
La piedra resultó ser una especie de mirador, que le ofreció a Sophie una vista
magnífica del camino por el que había venido. A sus pies se extendía casi todo el
valle con sus campos, vallados y setos, los meandros del río y las mansiones
elegantes de los ricos que resplandecían entre las arboledas bajo el sol poniente,
hasta llegar a las montañas azules a lo lejos. Justo debajo se veía Market Chipping.
Sophie contempló sus calles que le resultaban tan familiares. Ahí estaban la Plaza del
Mercado y casa Cesari. Podría haber tirado una piedra por la chimenea de su casa,
junto a la sombrerería.
—¡Qué cerca estoy todavía! —le dijo Sophie a su bastón, desanimada—. ¡Tanto
andar para llegar justo encima de mi propio tejado!
Cuando el sol se ocultó se quedó fría sentada en aquella piedra. Hacía un viento
desagradable que soplaba desde todos los lados al mismo tiempo cuando Sophie
intentaba guarecerse de él. Ahora ya no le parecía tan poco importante pasar la
noche en las colinas. No dejaba de pensar, cada vez con mayor insistencia, en una
silla cómoda junto a la chimenea, y también en la oscuridad y los animales salvajes.
Pero si regresaba hacia Market Chipping, no llegaría antes de la medianoche. Lo
mismo le daba seguir adelante. Suspiró y se levantó. Le crujieron todos los huesos.
Era horrible, le dolía todo.
—¡Nunca me había dado cuenta de lo que tienen que soportar los ancianos!
—exclamó mientras avanzaba cuesta arriba con dificultad—. De todas formas, no
creo que me coman los lobos. Debo estar demasiado seca y dura. Es un consuelo.
La noche venía con rapidez y las altas colinas cubiertas de brezo eran de un azul
grisáceo. El viento se volvió más afilado. Los jadeos y los crujidos de sus huesos
resonaban con tanta fuerza en sus oídos que tardó un momento en darse cuenta de
que no todos los chasquidos y jadeos procedían de ella misma. Levantó la vista
nublada.
El castillo del mago Howl se acercaba traqueteando hacia ella sobre el brezo.
Tras sus negras almenas ascendían nubes de humo negro. Era una figura alta,
delgada, pesada y fea, y realmente siniestra. Sophie se apoyó en su bastón y lo
observó. No estaba particularmente asustada. Se preguntó cómo se movería. Pero lo
que más le llamó la atención fue que aquel humo debía significar que dentro de
aquellos muros negros y altos habría una chimenea.
—En fin, ¿por qué no? —le dijo al bastón—. Dudo mucho que el mago Howl
quiera mi alma para su colección. Solo acepta jovencitas.
Levantó el palo y lo agitó con autoridad en dirección al castillo.
—¡Alto ahí! —gritó.
El castillo obedeció deteniéndose con mucho estruendo, a unos veinte pasos
colina arriba. Sophie se sintió tremendamente agradecida mientras avanzaba
cojeando hacia él.
